CAPITULO II
Viene a Madrid como superior de la casa y vicevisitador. Visitador de la Congregación de la Misión y Director de las Hijas de la Caridad (1828-1844).
Una vez que el. P. Feu hubo establecido la casa de Madrid, y en vista de que sus achaques le impedían cumplir fielmente sus obligaciones de Visitador, el Padre General nombró en otoño de 1828 superior de la nueva casa y vicevisitador de la Provincia al P. Juan Roca. Partió éste de Badajoz para Madrid a 28 de noviembre del año susodicho, llegando a la Corte el 6 de diciembre dando en la prosecución de las obras de la nueva casa, como en proporcionarse recursos y defender los intereses de la comunidad, tuvo el P. Roca ocasión de mostrar su recto juicio, fino tacto y hombría de bien.
Presidió el P. Roca la asamblea provincial, celebrada en nuestra casa de Valencia, desde el 28 de marzo al 4 de abril de 1829, tratándose en ella de asuntos muy importantes y prácticos. Cuatro días después de cerrar la asamblea, abrió el P. Roca la visita de aquella casa, concluyéndola el 22 del mismo mes. Las ordenanzas que dejó manifiestan un cariño muy grande a la Congregación, a sus ministerios y a la santa unión que debe reinar entre los miembros de la comunidad. Pasó también visita a las Hermanas del Hospital General de Valencia, y les dio los ejercicios. Poco después fue a Mallorca, donde estuvo haciendo la visita desde el 23 de junio al 16 de julio, recomendándoles que conservaran el buen nombre de los– antiguos Misioneros de aquella casa, imitándoles «en el recogimiento, no andando por la ciudad sino por precisa necesidad, y siempre con compañero sacerdote o hermano coadjutor». Desde el 10 de septiembre al 6 de octubre hizo asimismo la visita en la casa de Barcelona, dejando ordenanzas muy sabias y prudentes, en las que palpita su ardiente celo por la buena formación de nuestros jóvenes y por mantener en todos la observancia y el espíritu de la Congregación.
Poco después de la Asamblea general de la Congregación, tenida en París en mayo de 1829, la que eligió Superior General al P. Salhorgne, fue el P. Roca nombrado Visitador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad en España, aunque en éstas tuvo, por entonces, poca intervención, porque continuó de Director el P. Feu.
En marzo de 1830 consiguió el P. Roca mil reales semanales del Rey «para atender a la total habilitación de la casa» de Madrid.
Aquel mismo año tuvo la gloria de dar personalmente comienzo a las misiones de la casa de Madrid, dejándonos él mismo nota de las tres primeras, que copiamos a continuación: «A los 22 de abril del 1830 se comenzó la Misión de Las Rozas, y se concluyó a 11 de mayo. Dicho pueblo dista de Madrid dos leguas y media; sus vecinos son en número de 95. La Misión fue la 1a que hizo esta Casa en Castilla, y Dios la echó una copiosa bendición; pues fue muy fervorosa, de modo que las gentes asistían a todas las funciones, y estaban oyéndolas con tanta atención y silencio, que el Doctrinero [lo era el propio Padre Roca] se admiró, porque jamás hubo de avisar a los muchachos que callasen, cosa que jamás le había sucedido en más de 30 años de misiones. Todos se confesaron generalmente, excepto unos pocos que no pudieron verificarlo por haberse de ausentar por ciertos negocias. La Comunión general se hizo con todo lucimiento, asistiendo los realistas en cuerpo. Cantó la Misa el Sr. Juan Roca, el Sr. Mariano Igües hizo de diácono y de subdiácono el Sr. D. José Cerdá, Canónigo y Vicario General de Mallorca, que era novicio, y vino con ocho más novicios que hicieron de acólitos y comulgaron los primeros, y edificaron mucho con la modestia y exactitud de ceremonias. Por la tarde, cantarnos vísperas y completas antes de la Procesión, que se hizo con toda solemnidad, asistiendo los realistas en cuerpo; y porque en dicho pueblo no había Cura, ni otro sacerdote, el Sr. Juan Roca, Visitador y Superior de la casa de Madrid cantó la Misa, hizo la Comunión general y llevó la Custodia en la Procesión, asistiendo a ella los novicios, de manera que todo se practicó con la misma exactitud de ceremonias, como si estuviésemos en nuestra iglesia. En tiempo de la Misión el Sr. Roca administró un bautismo y un viático por estar aquel pueblo sin eclesiástico alguno; mas después de la Misión enviaron un Cura. Al regreso de la Procesión se hizo el sermón de la perseverancia, y el día siguiente pasamos a 1VIlajadahonda, acompañados de todo el pueblo, hombres, mujeres y niños, que por más que nosotros les rogábamos que se volvieran, quisieron acompañarnos hasta la misma iglesia de Majadahonda, cuyo solemne acompañamiento conmovió sus vecinos de tal manera que hasta el mismo Cura derramó lágrimas por ver tanta devoción y afecto a los Misioneros. Los operarios fueron Sr. Juan Roca, Doctrinero, Sr. Gaspar Torres, Predicador, y Sr. Mariano Igües, Platiquista: vino a ayudarnos a confesar un religioso capuchino del Pardo. Nos asistió el Hermano Mariano Bauliri.
«Nota. Una de las cosas de que se edificaron mucho aquellas gentes fue nuestro desinterés, pues nada se tomó de balde, ni leña, ni agua, ni otra cosa fuera de la habitación; y porque el Sr. Roca hubo de pasar a Madrid por asuntos de la casa pagó la caballería, por más que el dueño no quisiera los ocho reales que le correspondían por jornal; y lo mismo se practicó en los demás pueblos, pagando el carro que nos llevaba de un pueblo a otro por más que el Ayuntamiento repugnase aceptar el pago.
«A los 11 de mayo se comenzó la Misión de Majadahonda y se concluyó a 1 de junio. Dicho pueblo dista de Madrid dos leguas y media, y consta de 130 vecinos. La Misión fue fervorosa como la de Las Rozas. Como aquellos vecinos eran muy aficionados a frecuentar la taberna y de aquí se originaban las borracheras, por medio de la Misión se logró que el Alcalde y Ayuntamiento renovasen las pragmáticas de S. M. en las que se prohíbe jugar y beber en la taberna, multando a los que las infringen, y en especial a los taberneros, cuya prohibición impedirá los desórdenes que ocasionaba el beber y jugar en la taberna. La Comunión general fue igualmente lucida que la anterior; porque también viniera los novicios para acólitos y comulgar; pero no estuvieron en la procesión, porque se volvieron a casa por la tarde. Los operarios fueron los mismos e hicieron las mismas funciones, y el Sr. Cerdá, novicio, empezó a hacer cinco doctrinas y nos ayudó a confesar. El Sr. Juan Roca hizo la Comunión general. El pueblo acompañó a los Misioneros a Somosaguas, como los de Las Rozas a Majadahonda, y era un espectáculo muy edificante ver andar la pobre gente a pie por espacio de dos horas, y pasaron por Pozuelo, cuya gente admirada de tanta devoción se conmovieron mucho y vinieron a Somosaguas a oír las funciones y a hacer confesión general. Nos asistió el Hermano Bauliri.
«A los 2 de junio se comenzó la Misión de Somosaguas y se concluyó a los 14 del mismo mes. El Palacio de Somosaguas dista de Madrid hora y media. El motivo de hacer la Misión en Somosaguas fue porque la iglesia de Húmera estaba interdicta por amenazar ruina. Este pueblo consta de seis vecinos. Las funciones se hicieron a las seis de la tarde por miedo a los ladrones que a menudo van de Madrid a robar allá. El concurso era bastante, pues venían de Pozuelo. Los operarios fueron los mismos, menos el Sr. Juan Roca que sólo hizo la Comunión general, y el Sr. Cerdá las doctrinas. La Misión fue fervorosa, y la Marquesa estuvo todo el tiempo de la Misión. Comulgaron como unas 150 personas».
En vista de los excelentes resultados de éstas y otras misiones que dieron en los años sucesivos, no faltaron personas piadosas y pudientes que trataron de hacer fundaciones para proveer a la subsistencia de los Misioneros; pero les arredraba el tener que dar la cuarta parte al Estado. Entonces el Padre Roca elevó al Monarca una sentida exposición, en que le dice: «Establecida bajo la soberana protección de V. M. nuestra Congregación en la Corte con el doble objeto de atender a la dirección de las Hijas de la Caridad y al ejercicio de sus funciones en orden a los pueblos más necesitados de pasto espiritual, ha procurado desempeñar lo primero, reuniendo los ánimos de todas bajo de un gobierno paternal y extendiéndolas con el real permiso y beneplácito de V. M. en casi todas las provincias de la Monarquía: y ha principiado a-,desempeñar lo segundo no sólo abriendo y franqueando su casa a cuantas personas, así eclesiásticas como seculares quieran retirarse a hacer los ejercicios espirituales; sino también enviando sacerdotes a los pueblos más miserables, y por lo mismo más necesitados de instrucción cristiana, haciéndoles misiones por todo el tiempo que necesiten, hasta su completa instrucción en los deberes de un buen cristiano y de léales vasallos de Vuestra Real Majestad». Manifiesta luego el Sr. Visitador que las misiones han de hacerse completamente gratis, y la Comunidad recién fundada y con solos 18.000 reales de renta anual fija para sostener a 40 individuos, no puede sobrellevar los gastos de las misiones; pero al ver los extraordinarios frutos de éstas, algunas personas buenas han manifestado su ánimo decidido de hacer fundaciones, a fin de que se continúe y extienda tan santa obra; sólo les detiene el tener que dar una cuarta parte al tesoro. «En tal conflicto, Señor, no hallando otro camino que implorar vuestra soberana protección, y persuadido de que V. M., que ha dado el ser a esta Comunidad, querrá logre también su progreso y perfección, lo que no puede verificarse, sino tiene una renta fija y suficiente para que pueda atender al socorro espiritual de los pobres necesitados; por tanto, a vuestra Real Majestad humildemente suplica: Que por un efecto de su bondadoso corazón y de la soberana protección con que vuestra Majestad se ha dignado admitirnos en su Corte, tenga a bien conceder la gracia de que nuestra Casa de Misión de Madrid pueda adquirir aquella porción de bienes necesarios que la piedad de los fieles les quiera donar para su sustentación, y para hacer las funciones propias de su instituto, sin obligarla a pagar el 25 por 100 a que están sujetas las adquisiciones de bienes temporales, hechas por las comunidades».
Está firmado el memorial el 7 de marzo de 1833, y un mes después, el 10 de abril, comunicábase al P. Roca una R. O., que dice: «Queriendo el Rey N. S. dar a la Congregación de la Misión establecida en esta Corte bajo sus soberanos auspicios una nueva prueba del interés que tiene en su aumento y bienestar, se ha servido permitirla que adquiera los bienes necesarios para la subsistencia de sus individuos hasta en cantidad de seiscientos mil reales, sin pagar la contribución del 25 por 100.
De este modo proveía el P. Roca el sostenimiento de su querida obra de las misiones; pero los trastornos que pronto sobrevinieron, lo echaron todo por tierra.
En casa, además de dirigir a algunos ejercitantes en particular, también tomó parte el P. Roca en las numerosas tandas de ejercicios a ordenandos, encargándose unas veces de la explicación de las ceremonias de la Misa o del Nuevo Testamento, y otras de las pláticas.
A mediados de diciembre de 1830, con el fin de pasar visita, se dirigió el P. Roca a Badajoz, llevando consigo al Hermano Armisen, al novicio Melchor Igües y a los estudiantes José Canals y Manuel Barrio: los tres últimos para que estudiaran teología en aquella casa y el primero para formar parte de su Comunidad. Empezó la visita el 9 de enero de 1831 y la cerró el 22 del mismo mes. Elogia con mucho encarecimiento, en las ordenanzas que dejó para prevenir abusos, el bello orden y la exacta observancia de todas las reglas que reinaba en aquella Comunidad. A esto se debía el buen olor de Jesucristo que había difundido por todo el obispado. Les exhorta a no dejar introducir ninguna relajación, por pequeña que sea; ser muy mirados en todo lo que se refiere a la religión y al culto, imitando los hermosos ejemplos de nuestros mayores y siendo edificación de los eclesiásticos que nos miran como norma del clero «y algunos procuran imitarnos, como lo hallamos en las misiones, y hasta ha habido sacerdote que ha pedido la sotana de Misionero, que actualmente conserva, movido de la limpieza que observó en los corporales y purificadores una vez que dijo una Misa en una de nuestras casas». Pero si todos los Misioneros deben ser luz resplandeciente, máxime en las cosas referentes al culto, tienen más obligación de serlo los de esta casa; porque tienen el honor de educar y formar en la ciencia y virtud a los jóvenes del obispado aspirantes al sacerdocio. Les anima a continuar practicando fielmente las virtudes propias de la Congregación, en especial el silencio y el retiro, que siempre han dado tanto crédito a los Misioneros, y evitar todo cuanto pueda herir la caridad. Termina con algunas recomendaciones a los estudiantes de la Congregación que cursaban allí parte de sus estudios, y a los hermanos coadjutores.
«Estoy visitando esta casa, de Badajoz en la que se guarda un bellísimo orden, a pesar de los muchos jóvenes que hay —decía en carta de 11 de enero a un Superior—; y el buen olor de la vigorosa observancia de nuestras santas Reglas se ha difundido por toda la provincia, por lo que los padres ruegan con instancia que se les admitan sus hijos. Bendito sea Dios por las misericordias que derrama sobre estos buenos Misioneros. Esta casa mantiene tres estudiantes que han venido conmigo».
El 13 de julio de 1831 dirigió el P. Roca una circular a los Superiores, exponiendo con noble franqueza el estado de la Provincia, abocada a la ruina por falta de sujetos, y pidiéndoles que vinieran en auxilio de las casas de formación, con el fin de que éstas pudieran recibir y sostener a los jóvenes; porque «no habiendo suficientes sujetos en las casas para salir a misión,. los pocos que haya se habrán de quedar en ellas: y como les faltará el estímulo de salir a las tareas del ministerio, no se aplicarán al estudio de las funciones, antes bien se darán al ocio; de aquí quebrantar el silencio, murmurar de unos y otros, tratar con los externos, ser amigos de curiosidades y de leer papeles nada conducentes a nuestra profesión, y por último, otros desórdenes que a pasos agigantados llevarán a la relajación y a la ruina de nuestra madre la Congregación».
Por otra circular del 31 de agosto del mismo año comunicaba a todos un ruego del ‘P. General, de que no le molestaran con cartas sobre cosas ordinarias y de poco momento, sino que se dirigieran al Visitador.
Desde el 27 de octubre al 3 de diciembre de 1831 hizo la visita en la casa de Barcelona. A continuación la hizo probablemente en la casa de Reus, y luego, a principios de febrero de 1832, en la casa de Guisona, según consta por el borrador de las ordenanzas que dio. En mayo del mismo año pasó visita en la casa de Barbastro y desde el 17 de julio al 28 de agosto en la de Palma de Mallorca. Las ordenanzas y avisos de estas y otras visitas nos revelan el corazón paternal del P. Roca, su prudencia y su ardiente celo por mantener en todo su vigor la más estricta observancia, el decoro en la celebración de los divinos misterios, la limpieza, sobre todo, en lo referente al culto, el apartamiento del mundo y la intensa vida interior para aprovecharse a sí y a los demás.
En una circular de 30 de junio de 1833 comunica el P. Roca a las Hijas de la Caridad de España algunas disposiciones tomadas por el Superior General, referentes a sus directores; pues las reglas de dirección que había dado al P. Feu, cuando Te nombró Director general, eran ya insuficientes, a causa de la multiplicación de los establecimientos. Los directores serán nombrados por el Visitador, con la aprobación del P. General, y estarán siempre bajo la dependencia del Visitador. Recuerda el P. Roca el cuidado que de las Hermanas han tenido en todo tiempo, los Superiores generales, y añade: «Pero no ha sido menor el esmero con que los Superiores y Visitadores españoles, mis dignos predecesores, han mirado por vuestra conservación y aumento. ¿Cuántos desvelos, cuántos trabajos, cuántas contradicciones han tenido que sufrir y cuántos sacrificios han tenido que hacer desde el año 1790, en que comenzó la dichosa época de vuestro establecimiento en España? Recorred con vuestras memorias los varios acontecimientos y las insuperables dificultades que desde vuestra entrada en el suelo español han tenido que vencer para que vuestra Congregación no quedase ahogada en su misma cuna. ¿Cuántas veces habéis sido miradas como inútiles? ¿Cuántas veces habéis sido perseguidas, y hasta desechadas de vuestros establecimientos? Pero jamás habéis sido abandonadas ni olvidadas de vuestros Visitadores y Directores, quienes siempre han salido al frente para defender vuestro honor y para conservaros en vuestra vocación. Y si al presente os veis respetadas de las gentes, deseadas de las juntas de Beneficencia, y vuestras casas multiplicadas, debéis atribuirlo a los Superiores y Visitadores difuntos, y en estos últimos tiempos al celo y vigilancia con que vuestros Directores, el Sr. D. Fortunato Feu y D. Buenaventura Codina, os han dirigido. Ellos se han desvelado y aún desvivido para formaros en el espíritu de vuestra vocación y para extender vuestro Instituto… Yo tengo el consuelo de merecerlos por mis compañeros en vuestra total dirección; porque aunque antes, por razón de mi empleo de Visitador de las dos familias de San Vicente, podía visitar vuestras casas y ordenar en ellas lo que tuviese por conveniente, concluidas mis visitas, quedaba exonerado de vuestro cuidado para poderme ocupar únicamente en el gobierno de los Misioneros, dejando vuestra dirección al cuidado de los dichos Sres. Directores.
«Pero ahora por disposición de nuestro honorabilísimo P. el Sr. Salhorgne, Superior General de ambas familias, quien por un particular amor hacia vosotras quiere igualaros en todo al gobierno de los Misioneros, de modo que las dos familias tendrán un mismo jefe que las dirija, como su representante.
«A mí, pues, aunque sin mérito, se me ha _confiado vuestro gobierno, así como el de todos los Misioneros de España…» Después de agradecerles los homenajes de respeto y sumisión que de ellas recibe, dice: «Yo puedo aseguraros con toda la ingenuidad de que soy capaz, que después que la Divina Providencia me ha colocado, a pesar de mi indignidad, al frente de vuestra Congregación, mi felicidad es inseparable de la vuestra. No vivirte sino para vosotras, ni tendré otros deseos que el de conocer vuestras necesidades para socorrerlas; vuestras penas para suavizar sus amarguras; vuestras dudas para aclararlas; vuestras inquietudes para calmarlas; vuestros consuelos para participar de ellos y para congratularme con vosotras. En fin, no tendré otra felicidad, como nos decía uno de nuestros superiores mayores, que la de sacrificarme por el bien de las dos familias de S. Vicente que el Señor me ha confiado».
A partir de la fecha de la precedente circular tomó, pues, el P. Roca parte más directa e inmediata en la dirección de las Hijas de la Caridad. Para poder hacerlo mejor, dejó por entonces, o poco después, el cargo de Superior de la casa de Madrid, siendo nombrado en su lugar el P. Codina.
El 31 de enero de 1835 dirigió el P. Roca desde Guisona una circular a las Hijas de la Caridad, congratulándose por la protección que el ‘Señor las había dispensado en medio del contagio donde prestaron con santa intrepidez sus caritativos ministerios, que les granjearon el aprecio de los pueblos y de las autoridades. Exhórtalas a la pureza de intención, con el fin de no perder el mérito de tantas buenas obras, y termina con algunos avisos muy, importantes para la uniformidad.
Desde el 9 de marzo al 7 de abril del año susodicho,– hizo la visita en la casa de Barcelona, confirmando las ordenanzas anteriores y dejando algunos avisos, particularmente a los Hermanos, para la limpieza y buen orden de la comunidad.
En agosto de 1835 celebróse en París la décimaoctava Asamblea general de la Congregación. De España asistieron los PP. Roca y Gros. El primero rogó a los allí reunidos que, en vista de los trastornos de su patria, recibieran a los Misioneros españoles en sus Provincias. Todos aceptaron con agrado la proposición. El, concluida la Asamblea, se quedó en Francia, haciendo mientras tanto sus veces en España el P. Codina.
Desde París envió el 25 de septiembre de dicho año una circular a las Hermanas, animándolas a confiar en Dios y en la protección de la Virgen, y haciéndoles saludables advertencias para mantener la unión y caridad, y conducirse con acierto en los difíciles trances en que se encontraban.
Conformándose con los deseos de las Hermanas y del mismo Superior General, regresó el P. Roca a España en abril de 1839, fijando su residencia en Sangüesa; pero en noviembre del mismo año el P. General, atendiendo las reiteradas instancias del P. Roca y su quebrantada salud, le relevó de la dirección de las Hijas de la Caridad, nombrando en su lugar al P. Gros. El primero continuó en Sangüesa haciendo todo el bien que le permitían sus achaques en el colegio de las Hermanas.
«Si yo no’ he hecho todo lo que vosotras merecíais, afirmaba en una circular a las Hermanas, anunciándolas el nombramiento del P. Gros, no ha sido por falta de voluntad; pues ésta siempre ha sido la misma, pronta para complaceros; pero la han faltado los alcances y la salud para poderlo verificar como yo lo deseaba: lo que me hace digno de perdón delante de Dios como lo espero de su infinita misericordia. Para impetrarla, ayudadme con vuestros ruegos al Señor para que me perdone todos mis pecados y me dé una preciosa muerte en sus divinos ojos, la que también os deseo a todas.»
Restablecida por fin su salud, el P. General volvió a encomendarle, por renuncia del P. Gros, la dirección de las Hijas de la Caridad a fines de 1841. Al comunicárselo a las Hermanas en circular de 8 de diciembre, les anuncia también el P. Roca la formación del Consejo que residirá en el Noviciado de Madrid. En la circular de 1 de enero de 1842 les habla de la sumisión a los superiores legítimos y de la utilidad del Consejo, piedra fundamental del gobierno de su compañía. El 7 de enero de dicho año empezó a funcionar el Consejo, aunque no lo presidió el P. Roca; pues todavía se hallaba en Sangüesa; pero sí aprobó sus resoluciones: «Doy a ustedes las más afectuosas gracias —escribía el 16 de enero a los miembros del Consejo— por haber dado principio a un acto que, practicado como se debe, dará mucha gloria a Dios, mucha utilidad a la Congregación, mucho honor a las Hijas de la Caridad y mucho alivio y consuelo a los Superiores.»
A fin de atender mejor a la dirección de las Hermanas, se trasladó el P. Roca a Madrid, desde donde escribió (28 de mayo de 1842) al Vicario general de la Congregación P. Poussou, diciéndole que, como estaban suprimidas las casas de España, no podía convocar asamblea provincial, ni tampoco iría él a la general, para evitar los peligres que le ocasionaría el sacar el pasaporte. Hablando de las Hermanas dice que son muy estimadas por el Gobierno, y pedidas de todas partes.
Al comunicar en una circular de 18 de junio de 1842 su traslado a Madrid, hace resaltar el sacrificio que para él suponía el dejar su amado rincón de Sangüesa, y promete trabajar cuanto pueda por el bien de las Hijas de la Caridad; se preocupa de las enfermas y de las difuntas, señalando los sufragios que se han de hacer por sus almas, y concluye con algunos avisos muy importantes para el buen orden de las casas y sostenimiento del Noviciado.
A fines de 1842 imprimióse por primera vez el Catálogo de las fundaciones, hechas hasta entonces, de las Hijas de la Caridad en España, anotando la población, escritura, toma de posesión, etc. De él resulta que las fundaciones realizadas desde 1790 eran 45; casi todas subsistían y se hallaban en las principales ciudades del Reino, excepto Barcelona. Sigue a continuación el Catálogo de las Hermanas, sumando 811 las que habían ingresado y siendo 418 las que entonces vivían en el Instituto; las demás habían muerto, y algunas se habían ido.
Con ocasión del año nuevo escribió el Padre Roca el 1 de enero de 1843 una circular a las Hermanas, en la que después de desearles un año santo, les habla de la brevedad del tiempo; del estado de su Compañía en España; de los ejercicios espirituales de las Superioras en el Noviciado; de la caridad y respeto mutuos; del trato inútil con las personas de fuera, etc. Con la circular envía una nota del estado de las casas y de lo que ha dado cada una al Noviciado.
En agosto de 1843 tuvo lugar en París la decimonona Asamblea general de la Congregación de la Misión, saliendo elegido Superior general, el P. Juan Bautista Etienne. Al felicitarle el P. Roca, muestra su agradecimiento por los beneficios que de él había recibido y le promete obediencia. Asegura que el P. Nozo le confió la dirección de las Hermanas españolas y que éstas se portan muy bien, protegiéndolas el Gobierno de una manera especial, lo mismo que a su Director. Afirma haber pedido el Catecismo de los Votos, la edición de las Palabras de Nuestro Señor, el Manual de las Hijas de la Caridad y los Avisos a los confesores y que no le han mandado nada. Le suplica el envío de dichos libros, a fin de que haya uniformidad en el régimen de las Hermanas.
Poco después, en carta del 7 de septiembre, vuelve a hablarle del estado floreciente de las Hermanas y le comunica la orden del Gobierno para enviarlas a Méjico, yendo un Misionero de director. Respecto de los Paúles residentes en España, dice que unos viven con sus familias, y otros sirven parroquias. Ellos en Madrid son cinco sacerdotes, dos hermanos coadjutores y un doméstico; viven juntos en una casa que es de las Hermanas, procurando guardar las Reglas y cumplir sus ministerios. El Gobierno los deja en paz, y si’ nó fuera provisional, hasta podría establecerse noviciado; pero en las actuales circunstancias era imprudente pedirlo.
En la circular de primero de año (1844) habla el P. Roca del estado próspero de las Hermanas en España, multiplicándose los establecimientos y las vocaciones. «No dudo, mis amadas Hermanas, que todas, vosotras sabéis el objeto de mi viaje a Sangüesa el año pasado. Este fue la construcción de un nuevo departamento para vuestro refugio en caso de necesidad, y un asilo para el alivio de vuestras fatigas y achaques contraídos en vuestros penosos ministerios. Este mismo había sido el proyecto de mis dignos predecesores, el que por razón de las circunstancias de los tiempos no pudieron efectuar… De aquí podéis inferir, Hermanas mías carísimas, que mi amor hacia vosotras no es estéril y Que mi sacrificio es un continuo holocausto de mi reposo, de mis conveniencias, de mi salud, y lo sería también de mi ‘vida, si esta se me exigiese para conservar entre vosotras en su primitiva hermosura la obra de San Vicente y asegurar vuestra doble felicidad. Ninguna recompensa temporal exijo por esto de vosotras; las rehuso altamente; mi ancianidad no me permite andar tras unos bienes que muy luego he de dejar, y aún cuando olvidando la proximidad de mi sepulcro quisiera ambicionados, no podría hacerlo sin desvirtuar y envilecer el ministerio sagrado que respecto de vosotras se me ha confiado. Deseo y pretendo únicamente de vosotras lo que no me es dado descuidar: deseo vuestra observancia, deseo vuestra perfección, deseo que seáis fieles a la palabra que habéis dado a Jesús vuestro divino esposo, a la Congregación vuestra tierna madre, y a los pobres, vuestros verdaderos señores»… Termina dándoles avisos muy interesantes para la fiel observancia de la vida común y el buen orden de la Comunidad, sobre todo, en lo referente al dinero, debiendo al fin del año dar cuenta de las entradas y salidas al Director.
El 20 de febrero de 1844 dirigió una circular a las Hermanas, dándoles cuenta de los pasos que se estaban dando para su establecimiento en Méjico, pidiendo asimismo a las que se sientan con fuerzas para ir y tengan las condiciones requeridas, que se lo comuniquen a principios de abril. Se firmó, efectivamente la escritura, y las Hermanas pusieron por primera vez los pies en la república mejicana en noviembre de aquel mismo año.
Habiendo manifestado en un principio deseos el P. General de que fueran a embarcar en Francia las Hijas de la Caridad destinadas a Méjico, el P. Roca le expuso con noble franqueza los gravísimos inconvenientes y fatales consecuencias que esto traería; «porque el Gobierno español —afirma el Visitador— no mira con buenos ojos nuestra dependencia de Francia; bien que al presente disimula, y yo hago todo lo posible para conservarla, como usted verá por la escritura de contrata, donde siempre se os nombra como nuestro Superior General». Si se ejecutaba su deseo, podría suceder que las Hermanas fueran expulsadas del reino. Pero además, no admiten los fundadores sino a las que envíe su comisionado de acuerdo con el Gobierno español, que se interesa mucho por la ida de las Hermanas. «Hice cuanto pude —vuelve a decir— por conservar nuestra total dependencia de usted, según aparece en todas las escrituras ; pero si usted, Reverendísimo Padre, se opone a los decretos de los dos Gobiernos y a la voluntad de los fundadores, yo no respondo de las consecuencias… Le escribo todo esto con la más pura intención de hacer la voluntad de Dios, sin olvidar el bien de la. Congregación. Soy anciano y no puedo pensar más que en prepararme para la eternidad. Sería para mí cargo de con-, ciencia, si no le advirtiera lo que sucederá, si hace usted lo que dice el Sr. Codina. Ruego al Señor que os ilumine, a fin de no exponer a que queden fuera de vuestra dependencia y de la unión con la cabeza las dos familias de San Vicente en España».
De otras cartas del P. Roca al P. General aparece el floreciente desarrollo Y prosperidad que iban alcanzando las Hijas de la Caridad en nuestra patria. El Gobierno las estima y protege dice en carta de 16 de enero de 1844. «Nunca fueron tan deseadas y apreciadas como ahora en España. Bendito sea Dios. El 4 de este mes partieron cinco Hermanas para Córdoba; el 3 de febrero saldrá otra colonia para Manresa, y en seguida para Santander y Jerez de los Caballeros: El Señor que abre campo a nuestras Hermanas para extenderse por toda la Península, nos envía también muchas postulantas: tenemos 22 en el noviciado, y a di- timos del mes, serán 30». Renueva la petición que le ha hecho otras veces de que le envíe los libros e instrucciones pedidas; porque, para que las Hijas de la Caridad estén sólidamente instruidas en el espíritu de su vocación, es preciso darles las reglas por que se han de dirigir en todos sus ministerio s.
En el verano de 1844 determinó el Padre General poner al frente de las Hijas de la Caridad en España al P. Codina. «Recibí con mucha alegría vuestra afectuosa carta, escribía el P. Roca al P. Etienne el 26 de agosto del citado ario-. De todo corazón doy a usted las gracias por haberme quitado la pesada carga que me agobiaba. Dios se lo pague. Hace 34 años que gimo bajo el grave y terrible peso de la responsabilidad; pero ahora me veo libre. Doy gracias a Dios y a usted por haber escuchado mis súplicas. Ahora tendré tiempo de prepararme para una buena muerte, que es lo único necesario».
Días después escribía en una circular a las Hijas de la Caridad: «Ya ha llegado, amadas Hermanas mías, el momento feliz de poderos comunicar una agradable noticia: escuchadla con atención, porque es muy útil a vosotras mismas y a mí muy provechosa. Sabed, pues, que nuestro honorable Padre, el Sr. Superior General, cerciorado de mi avanzada edad, de mis achaques habituales y de los deseos que yo tenía de verme libre de la pesada carga y formidable responsabilidad que gravitaban sobre mis débiles hombros, se ha dignado compadecerse de mí, y ha tenido a bien nombrar al señor D. Buenaventura Codina, sacerdote de la Congregación de la Misión, para que sea mi sucesor en el honorífico empleo de Director y Visitador de las Hijas de la Caridad en los dominios de España». Las exhorta a obedecerle; agradece la pronta y amorosa obediencia que a él mismo le han prestado, deseando que todos sus sucesores puedan darles un testimonio tan honorífico; recuerda que en varias circulares les prometió sacrificarse por su bien espiritual y corporal, empleando en ello todas sus energías y añade: «Tengo la satisfacción de pensar que he cumplido con lo que os ofrecí. Vosotras mismas sois testigos los más abonados de mis cuidados, de mis trabajos y sudores para vuestra santificación, honor de vuestra Congregación y propagación de ‘vuestro Instituto: este ha sido de día y de noche el blanco de mis desvelos y el único blanco de mis oraciones en el acatamiento del Todopoderoso; a este fin os llevaba todos los días al altar del adorable sacrificio para ofreceros al Altísimo Dios juntamente con la Hostia santa e inmaculada, para que vosotras fueseis hostias agradables .y puras a sus divinos ojos. En pocas palabras: todos mis votos al cielo, todas mis súplicas a la Reina del cielo, y todos mis ruegos a N. S. Padre San Vicente, se dirigían para obteneros del Dios de las misericordias las gracias necesarias para vuestra conservación y salvación, de modo que casi me olvidaba de mi pobre alma para pensar en las vuestras».
Atribuye a la protección de la Virgen el que Dios haya escuchado sus votos; pide perdón a las Hermanas, les recomienda la caridad fraterna y termina enviándoles a todas su bendición.
Durante la segunda etapa de dirección del P. Roca se establecieron las Hermanas en el Hospital de la Santa Caridad y en el Hospital Provincial de mujeres de Sevilla, Hospitales de Sigüenza, Vich y Manresa, Cuna y Hospicio de Málaga, Cuna de Córdoba e Inclusa de Santander.
Juzgando necesaria la presencia del Padre Roca en Madrid, el P. Codina le rogó que continuara á su lado, como en efecto lo hizo, ayudando en la dirección de las Hermanas. Sin embargo, en el verano de 1846 le encontramos en Sangüesa, desde donde escribe el 29 de agosto al P. General agradeciéndole la afectuosa carta que le había escrito y las consoladoras noticias que le daba de la Compañía. «Me alegro —añade— como buen hijo, de la prosperidad de mi tierna madre. Dios Nuestro Señor, la Santísima Virgen y nuestro Santo Padre nos miran con ojos de piedad. Doy gracias a Dios por las bendiciones que sobre nosotros derrama… En España no ha llegado todavía la hora de la Providencia para nuestro restablecimiento; pero confiamos que llegará. Las Hermanas se extienden prodigiosamente en España y son deseadas en todas partes… Estoy bien de salud, gracias a Dios. Me ocupo en confesar a las Hermanas y a las niñas del colegio, que son muy edificantes».
En octubre del mismo año’ fue a San Sebastián a ruegos del P. Codina, para asistir al P. Cerda que se encontraba allí enfermo, y quizá estuvo con él hasta diciembre del año siguiente en que murió, volviéndose luego a Sangüesa.
Cuando en 1.847 el P. Codina, bien a pesar suyo, fue nombrado obispo de Canarias, al indicar al P. General quien podía sucederle en el gobierno de las Hijas de la Caridad en España, pone en primer término a su digno antecesor el P. Roca que «se con duce muy bien; y, a pesar de su avanzada edad, puede viajar todavía, como, en efecto, lo hace con frecuencia y sin molestia; conoce bien a los Misioneros y a las Hermanas y goza de excelente reputación dentro y fuera de ambas Congregaciones. Sé que su edad no le permitirá trabajar tanto como yo; pero puede tener consigo algún Misionero a propósito para ayudarle». Al P. General le pareció más conveniente nombrar al P. Santasusana.
En enero de 1851, por insinuación del P. Santasusana y de las Hermanas, estaba de nuevo en Madrid el P. Roca, sufriendo en mayo del año siguiente una peligrosa enfermedad que le puso a las puertas de la muerte.
Restablecida la Congregación en España, continuó el P. Roca formando parte de la Comunidad de Madrid, manteniéndose firme en aquellos tiempos difíciles, siendo ejemplo y sostén de muchos. Lleno de años y de méritos terminó santamente sus días el 29 de enero de 1859 a las siete de la tarde.
Distinguióse por su acendrado amor a la Congregación y a la observancia regular. A pesar de, su edad y achaques, sobre todo de sus piernas, se levantaba siempre a las cuatro. Todos los que le conocieron y trataron, hablan de él con veneración. Como Director de las Hijas de la Caridad fue uno de los que más se preocuparon de su formación y aumento, mereciendo figurar en primer término entre los que echaron los sólidos fundamentos de su posterior florecimiento y grandeza.
Nos quedan del P. Roca bastantes doctrinas y pláticas, y confiamos todavía encontrar más con el tiempo. Basta hojearlas, para ver que están repletas de sólida y abundante doctrina.







