P. Juan Roca, Octavo Visitador (II)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPITULO II

Viene a Madrid como superior de la casa y vicevisitador. Visitador de la Congrega­ción de la Misión y Director de las Hijas de la Caridad (1828-1844).

Una vez que el. P. Feu hubo establecido la casa de Madrid, y en vista de que sus acha­ques le impedían cumplir fielmente sus obli­gaciones de Visitador, el Padre General nombró en otoño de 1828 superior de la nueva casa y vicevisitador de la Provincia al P. Juan Roca. Partió éste de Badajoz para Madrid a 28 de noviembre del año susodi­cho, llegando a la Corte el 6 de diciembre dando en la prosecución de las obras de la nueva casa, como en proporcionarse recur­sos y defender los intereses de la comunidad, tuvo el P. Roca ocasión de mostrar su rec­to juicio, fino tacto y hombría de bien.

Presidió el P. Roca la asamblea provincial, celebrada en nuestra casa de Valencia, desde el 28 de marzo al 4 de abril de 1829, tratándose en ella de asuntos muy importantes y prácticos. Cuatro días después de cerrar la asamblea, abrió el P. Roca la visita de aque­lla casa, concluyéndola el 22 del mismo mes. Las ordenanzas que dejó manifiestan un ca­riño muy grande a la Congregación, a sus ministerios y a la santa unión que debe rei­nar entre los miembros de la comunidad. Pasó también visita a las Hermanas del Hos­pital General de Valencia, y les dio los ejercicios. Poco después fue a Mallorca, donde estuvo haciendo la visita desde el 23 de ju­nio al 16 de julio, recomendándoles que con­servaran el buen nombre de los antiguos Misioneros de aquella casa, imitándoles «en el recogimiento, no andando por la ciudad sino por precisa necesidad, y siempre con compañero sacerdote o hermano coadjutor». Desde el 10 de septiembre al 6 de octubre hizo asimismo la visita en la casa de Bar­celona, dejando ordenanzas muy sabias y prudentes, en las que palpita su ardiente celo por la buena formación de nuestros jóvenes y por mantener en todos la observan­cia y el espíritu de la Congregación.

Poco después de la Asamblea general de la Congregación, tenida en París en mayo de 1829, la que eligió Superior General al P. Salhorgne, fue el P. Roca nombrado Vi­sitador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad en España, aunque en éstas tuvo, por entonces, poca intervención, porque continuó de Director el P. Feu.

En marzo de 1830 consiguió el P. Roca mil reales semanales del Rey «para atender a la total habilitación de la casa» de Madrid.

Aquel mismo año tuvo la gloria de dar per­sonalmente comienzo a las misiones de la casa de Madrid, dejándonos él mismo nota de las tres primeras, que copiamos a continua­ción: «A los 22 de abril del 1830 se comenzó la Misión de Las Rozas, y se concluyó a 11 de mayo. Dicho pueblo dista de Madrid dos leguas y media; sus vecinos son en número de 95. La Misión fue la 1a que hizo esta Casa en Castilla, y Dios la echó una copiosa ben­dición; pues fue muy fervorosa, de modo que las gentes asistían a todas las funciones, y estaban oyéndolas con tanta atención y silen­cio, que el Doctrinero [lo era el propio Pa­dre Roca] se admiró, porque jamás hubo de avisar a los muchachos que callasen, cosa que jamás le había sucedido en más de 30 años de misiones. Todos se confesaron generalmente, excepto unos pocos que no pudie­ron verificarlo por haberse de ausentar por ciertos negocias. La Comunión general se hizo con todo lucimiento, asistiendo los rea­listas en cuerpo. Cantó la Misa el Sr. Juan Roca, el Sr. Mariano Igües hizo de diácono y de subdiácono el Sr. D. José Cerdá, Ca­nónigo y Vicario General de Mallorca, que era novicio, y vino con ocho más novicios que hicieron de acólitos y comulgaron los primeros, y edificaron mucho con la modes­tia y exactitud de ceremonias. Por la tarde, cantarnos vísperas y completas antes de la Procesión, que se hizo con toda solemnidad, asistiendo los realistas en cuerpo; y porque en dicho pueblo no había Cura, ni otro sacer­dote, el Sr. Juan Roca, Visitador y Superior de la casa de Madrid cantó la Misa, hizo la Comunión general y llevó la Custodia en la Procesión, asistiendo a ella los novicios, de manera que todo se practicó con la misma exactitud de ceremonias, como si estuviése­mos en nuestra iglesia. En tiempo de la Mi­sión el Sr. Roca administró un bautismo y un viático por estar aquel pueblo sin ecle­siástico alguno; mas después de la Misión enviaron un Cura. Al regreso de la Proce­sión se hizo el sermón de la perseverancia, y el día siguiente pasamos a 1VIlajadahonda, acompañados de todo el pueblo, hombres, mujeres y niños, que por más que nosotros les rogábamos que se volvieran, quisieron acompañarnos hasta la misma iglesia de Ma­jadahonda, cuyo solemne acompañamiento conmovió sus vecinos de tal manera que has­ta el mismo Cura derramó lágrimas por ver tanta devoción y afecto a los Misioneros. Los operarios fueron Sr. Juan Roca, Doctrine­ro, Sr. Gaspar Torres, Predicador, y Sr. Ma­riano Igües, Platiquista: vino a ayudarnos a confesar un religioso capuchino del Pardo. Nos asistió el Hermano Mariano Bauliri.

«Nota. Una de las cosas de que se edi­ficaron mucho aquellas gentes fue nuestro desinterés, pues nada se tomó de balde, ni leña, ni agua, ni otra cosa fuera de la habi­tación; y porque el Sr. Roca hubo de pasar a Madrid por asuntos de la casa pagó la ca­ballería, por más que el dueño no quisiera los ocho reales que le correspondían por jornal; y lo mismo se practicó en los demás pueblos, pagando el carro que nos llevaba de un pueblo a otro por más que el Ayun­tamiento repugnase aceptar el pago.

«A los 11 de mayo se comenzó la Misión de Majadahonda y se concluyó a 1 de junio. Dicho pueblo dista de Madrid dos leguas y media, y consta de 130 vecinos. La Misión fue fervorosa como la de Las Rozas. Como aquellos vecinos eran muy aficionados a fre­cuentar la taberna y de aquí se originaban las borracheras, por medio de la Misión se logró que el Alcalde y Ayuntamiento reno­vasen las pragmáticas de S. M. en las que se prohíbe jugar y beber en la taberna, mul­tando a los que las infringen, y en especial a los taberneros, cuya prohibición impedirá los desórdenes que ocasionaba el beber y ju­gar en la taberna. La Comunión general fue igualmente lucida que la anterior; porque también viniera los novicios para acólitos y comulgar; pero no estuvieron en la proce­sión, porque se volvieron a casa por la tar­de. Los operarios fueron los mismos e hi­cieron las mismas funciones, y el Sr. Cerdá, novicio, empezó a hacer cinco doctrinas y nos ayudó a confesar. El Sr. Juan Roca hizo la Comunión general. El pueblo acompañó a los Misioneros a Somosaguas, como los de Las Rozas a Majadahonda, y era un espec­táculo muy edificante ver andar la pobre gente a pie por espacio de dos horas, y pa­saron por Pozuelo, cuya gente admirada de tanta devoción se conmovieron mucho y vi­nieron a Somosaguas a oír las funciones y a hacer confesión general. Nos asistió el Her­mano Bauliri.

«A los 2 de junio se comenzó la Misión de Somosaguas y se concluyó a los 14 del mismo mes. El Palacio de Somosaguas dis­ta de Madrid hora y media. El motivo de ha­cer la Misión en Somosaguas fue porque la iglesia de Húmera estaba interdicta por amenazar ruina. Este pueblo consta de seis vecinos. Las funciones se hicieron a las seis de la tarde por miedo a los ladrones que a menudo van de Madrid a robar allá. El con­curso era bastante, pues venían de Pozuelo. Los operarios fueron los mismos, menos el Sr. Juan Roca que sólo hizo la Comunión general, y el Sr. Cerdá las doctrinas. La Mi­sión fue fervorosa, y la Marquesa estuvo todo el tiempo de la Misión. Comulgaron como unas 150 personas».

En vista de los excelentes resultados de éstas y otras misiones que dieron en los años sucesivos, no faltaron personas piadosas y pudientes que trataron de hacer fundacio­nes para proveer a la subsistencia de los Mi­sioneros; pero les arredraba el tener que dar la cuarta parte al Estado. Entonces el Pa­dre Roca elevó al Monarca una sentida ex­posición, en que le dice: «Establecida bajo la soberana protección de V. M. nuestra Con­gregación en la Corte con el doble objeto de atender a la dirección de las Hijas de la Caridad y al ejercicio de sus funciones en orden a los pueblos más necesitados de pas­to espiritual, ha procurado desempeñar lo primero, reuniendo los ánimos de todas bajo de un gobierno paternal y extendiéndolas con el real permiso y beneplácito de V. M. en casi todas las provincias de la Monarquía: y ha principiado a-,desempeñar lo segundo no sólo abriendo y franqueando su casa a cuantas personas, así eclesiásticas como se­culares quieran retirarse a hacer los ejerci­cios espirituales; sino también enviando sacerdotes a los pueblos más miserables, y por lo mismo más necesitados de instruc­ción cristiana, haciéndoles misiones por todo el tiempo que necesiten, hasta su completa instrucción en los deberes de un buen cris­tiano y de léales vasallos de Vuestra Real Majestad». Manifiesta luego el Sr. Visitador que las misiones han de hacerse completa­mente gratis, y la Comunidad recién funda­da y con solos 18.000 reales de renta anual fija para sostener a 40 individuos, no puede sobrellevar los gastos de las misiones; pero al ver los extraordinarios frutos de éstas, al­gunas personas buenas han manifestado su ánimo decidido de hacer fundaciones, a fin de que se continúe y extienda tan santa obra; sólo les detiene el tener que dar una cuarta parte al tesoro. «En tal conflicto, Se­ñor, no hallando otro camino que implorar vuestra soberana protección, y persuadido de que V. M., que ha dado el ser a esta Co­munidad, querrá logre también su progreso y perfección, lo que no puede verificarse, sino tiene una renta fija y suficiente para que pueda atender al socorro espiritual de los pobres necesitados; por tanto, a vuestra Real Majestad humildemente suplica: Que por un efecto de su bondadoso corazón y de la soberana protección con que vuestra Ma­jestad se ha dignado admitirnos en su Cor­te, tenga a bien conceder la gracia de que nuestra Casa de Misión de Madrid pueda ad­quirir aquella porción de bienes necesarios que la piedad de los fieles les quiera donar para su sustentación, y para hacer las fun­ciones propias de su instituto, sin obligarla a pagar el 25 por 100 a que están sujetas las adquisiciones de bienes temporales, he­chas por las comunidades».

Está firmado el memorial el 7 de marzo de 1833, y un mes después, el 10 de abril, comunicábase al P. Roca una R. O., que dice: «Queriendo el Rey N. S. dar a la Con­gregación de la Misión establecida en esta Corte bajo sus soberanos auspicios una nue­va prueba del interés que tiene en su au­mento y bienestar, se ha servido permitirla que adquiera los bienes necesarios para la subsistencia de sus individuos hasta en can­tidad de seiscientos mil reales, sin pagar la contribución del 25 por 100.

De este modo proveía el P. Roca el sos­tenimiento de su querida obra de las misiones; pero los trastornos que pronto sobre­vinieron, lo echaron todo por tierra.

En casa, además de dirigir a algunos ejer­citantes en particular, también tomó parte el P. Roca en las numerosas tandas de ejer­cicios a ordenandos, encargándose unas ve­ces de la explicación de las ceremonias de la Misa o del Nuevo Testamento, y otras de las pláticas.

A mediados de diciembre de 1830, con el fin de pasar visita, se dirigió el P. Roca a Badajoz, llevando consigo al Hermano Ar­misen, al novicio Melchor Igües y a los es­tudiantes José Canals y Manuel Barrio: los tres últimos para que estudiaran teología en aquella casa y el primero para formar par­te de su Comunidad. Empezó la visita el 9 de enero de 1831 y la cerró el 22 del mismo mes. Elogia con mucho encarecimiento, en las ordenanzas que dejó para prevenir abu­sos, el bello orden y la exacta observancia de todas las reglas que reinaba en aquella Comunidad. A esto se debía el buen olor de Jesucristo que había difundido por todo el obispado. Les exhorta a no dejar introducir ninguna relajación, por pequeña que sea; ser muy mirados en todo lo que se refiere a la religión y al culto, imitando los hermo­sos ejemplos de nuestros mayores y siendo edificación de los eclesiásticos que nos mi­ran como norma del clero «y algunos pro­curan imitarnos, como lo hallamos en las misiones, y hasta ha habido sacerdote que ha pedido la sotana de Misionero, que ac­tualmente conserva, movido de la limpieza que observó en los corporales y purificado­res una vez que dijo una Misa en una de nuestras casas». Pero si todos los Misione­ros deben ser luz resplandeciente, máxime en las cosas referentes al culto, tienen más obligación de serlo los de esta casa; porque tienen el honor de educar y formar en la ciencia y virtud a los jóvenes del obispado aspirantes al sacerdocio. Les anima a con­tinuar practicando fielmente las virtudes propias de la Congregación, en especial el silencio y el retiro, que siempre han dado tanto crédito a los Misioneros, y evitar todo cuanto pueda herir la caridad. Termina con algunas recomendaciones a los estudiantes de la Congregación que cursaban allí parte de sus estudios, y a los hermanos coadju­tores.

«Estoy visitando esta casa, de Badajoz en la que se guarda un bellísimo orden, a pe­sar de los muchos jóvenes que hay —decía en carta de 11 de enero a un Superior—; y el buen olor de la vigorosa observancia de nuestras santas Reglas se ha difundido por toda la provincia, por lo que los padres rue­gan con instancia que se les admitan sus hi­jos. Bendito sea Dios por las misericordias que derrama sobre estos buenos Misioneros. Esta casa mantiene tres estudiantes que han venido conmigo».

El 13 de julio de 1831 dirigió el P. Roca una circular a los Superiores, exponiendo con noble franqueza el estado de la Provin­cia, abocada a la ruina por falta de sujetos, y pidiéndoles que vinieran en auxilio de las casas de formación, con el fin de que éstas pudieran recibir y sostener a los jóvenes; porque «no habiendo suficientes sujetos en las casas para salir a misión,. los pocos que haya se habrán de quedar en ellas: y como les faltará el estímulo de salir a las tareas del ministerio, no se aplicarán al estudio de las funciones, antes bien se darán al ocio; de aquí quebrantar el silencio, murmurar de unos y otros, tratar con los externos, ser amigos de curiosidades y de leer papeles nada conducentes a nuestra profesión, y por último, otros desórdenes que a pasos agigan­tados llevarán a la relajación y a la ruina de nuestra madre la Congregación».

Por otra circular del 31 de agosto del mismo año comunicaba a todos un ruego del ‘P. General, de que no le molestaran con cartas sobre cosas ordinarias y de poco mo­mento, sino que se dirigieran al Visitador.

Desde el 27 de octubre al 3 de diciembre de 1831 hizo la visita en la casa de Barce­lona. A continuación la hizo probablemente en la casa de Reus, y luego, a principios de febrero de 1832, en la casa de Guisona, se­gún consta por el borrador de las ordenanzas que dio. En mayo del mismo año pasó visita en la casa de Barbastro y desde el 17 de julio al 28 de agosto en la de Palma de Mallorca. Las ordenanzas y avisos de estas y otras visitas nos revelan el corazón paternal del P. Roca, su prudencia y su ardiente celo por mantener en todo su vigor la más es­tricta observancia, el decoro en la celebra­ción de los divinos misterios, la limpieza, so­bre todo, en lo referente al culto, el apar­tamiento del mundo y la intensa vida inte­rior para aprovecharse a sí y a los demás.

En una circular de 30 de junio de 1833 comunica el P. Roca a las Hijas de la Cari­dad de España algunas disposiciones toma­das por el Superior General, referentes a sus directores; pues las reglas de dirección que había dado al P. Feu, cuando Te nombró Di­rector general, eran ya insuficientes, a cau­sa de la multiplicación de los establecimien­tos. Los directores serán nombrados por el Visitador, con la aprobación del P. General, y estarán siempre bajo la dependencia del Visitador. Recuerda el P. Roca el cuidado que de las Hermanas han tenido en todo tiempo, los Superiores generales, y añade: «Pero no ha sido menor el esmero con que los Superiores y Visitadores españoles, mis dignos predecesores, han mirado por vues­tra conservación y aumento. ¿Cuántos des­velos, cuántos trabajos, cuántas contradicciones han tenido que sufrir y cuántos sa­crificios han tenido que hacer desde el año 1790, en que comenzó la dichosa época de vuestro establecimiento en España? Reco­rred con vuestras memorias los varios acon­tecimientos y las insuperables dificultades que desde vuestra entrada en el suelo espa­ñol han tenido que vencer para que vuestra Congregación no quedase ahogada en su misma cuna. ¿Cuántas veces habéis sido mi­radas como inútiles? ¿Cuántas veces habéis sido perseguidas, y hasta desechadas de vues­tros establecimientos? Pero jamás habéis sido abandonadas ni olvidadas de vuestros Visitadores y Directores, quienes siempre han salido al frente para defender vuestro honor y para conservaros en vuestra voca­ción. Y si al presente os veis respetadas de las gentes, deseadas de las juntas de Benefi­cencia, y vuestras casas multiplicadas, de­béis atribuirlo a los Superiores y Visitadores difuntos, y en estos últimos tiempos al celo y vigilancia con que vuestros Directores, el Sr. D. Fortunato Feu y D. Buenaventura Co­dina, os han dirigido. Ellos se han desvelado y aún desvivido para formaros en el espíri­tu de vuestra vocación y para extender vues­tro Instituto… Yo tengo el consuelo de me­recerlos por mis compañeros en vuestra to­tal dirección; porque aunque antes, por ra­zón de mi empleo de Visitador de las dos familias de San Vicente, podía visitar vues­tras casas y ordenar en ellas lo que tuviese por conveniente, concluidas mis visitas, que­daba exonerado de vuestro cuidado para po­derme ocupar únicamente en el gobierno de los Misioneros, dejando vuestra dirección al cuidado de los dichos Sres. Directores.

«Pero ahora por disposición de nuestro honorabilísimo P. el Sr. Salhorgne, Superior General de ambas familias, quien por un particular amor hacia vosotras quiere igualaros en todo al gobierno de los Misioneros, de modo que las dos familias tendrán un mismo jefe que las dirija, como su repre­sentante.

«A mí, pues, aunque sin mérito, se me ha _confiado vuestro gobierno, así como el de to­dos los Misioneros de España…» Después de agradecerles los homenajes de respeto y su­misión que de ellas recibe, dice: «Yo puedo aseguraros con toda la ingenuidad de que soy capaz, que después que la Divina Pro­videncia me ha colocado, a pesar de mi in­dignidad, al frente de vuestra Congregación, mi felicidad es inseparable de la vuestra. No vivirte sino para vosotras, ni tendré otros de­seos que el de conocer vuestras necesidades para socorrerlas; vuestras penas para suavi­zar sus amarguras; vuestras dudas para acla­rarlas; vuestras inquietudes para calmarlas; vuestros consuelos para participar de ellos y para congratularme con vosotras. En fin, no tendré otra felicidad, como nos decía uno de nuestros superiores mayores, que la de sa­crificarme por el bien de las dos familias de S. Vicente que el Señor me ha confiado».

A partir de la fecha de la precedente cir­cular tomó, pues, el P. Roca parte más di­recta e inmediata en la dirección de las Hi­jas de la Caridad. Para poder hacerlo mejor, dejó por entonces, o poco después, el car­go de Superior de la casa de Madrid, siendo nombrado en su lugar el P. Codina.

El 31 de enero de 1835 dirigió el P. Roca desde Guisona una circular a las Hijas de la Caridad, congratulándose por la protección que el ‘Señor las había dispensado en medio del contagio donde prestaron con santa in­trepidez sus caritativos ministerios, que les granjearon el aprecio de los pueblos y de las autoridades. Exhórtalas a la pureza de in­tención, con el fin de no perder el mérito de tantas buenas obras, y termina con algunos avisos muy, importantes para la uniformidad.

Desde el 9 de marzo al 7 de abril del año susodicho, hizo la visita en la casa de Barcelona, confirmando las ordenanzas anterio­res y dejando algunos avisos, particularmen­te a los Hermanos, para la limpieza y buen orden de la comunidad.

En agosto de 1835 celebróse en París la décimaoctava Asamblea general de la Congregación. De España asistieron los PP. Roca y Gros. El primero rogó a los allí reunidos que, en vista de los trastornos de su patria, recibieran a los Misioneros españoles en sus Provincias. Todos aceptaron con agrado la proposición. El, concluida la Asamblea, se quedó en Francia, haciendo mientras tanto sus veces en España el P. Codina.

Desde París envió el 25 de septiembre de dicho año una circular a las Hermanas, animándolas a confiar en Dios y en la protec­ción de la Virgen, y haciéndoles saludables advertencias para mantener la unión y cari­dad, y conducirse con acierto en los difíciles trances en que se encontraban.

Conformándose con los deseos de las Her­manas y del mismo Superior General, regre­só el P. Roca a España en abril de 1839, fijando su residencia en Sangüesa; pero en noviembre del mismo año el P. General, aten­diendo las reiteradas instancias del P. Roca y su quebrantada salud, le relevó de la di­rección de las Hijas de la Caridad, nombran­do en su lugar al P. Gros. El primero con­tinuó en Sangüesa haciendo todo el bien que le permitían sus achaques en el colegio de las Hermanas.

«Si yo no’ he hecho todo lo que vosotras merecíais, afirmaba en una circular a las Hermanas, anunciándolas el nombramiento del P. Gros, no ha sido por falta de voluntad; pues ésta siempre ha sido la misma, pronta para complaceros; pero la han falta­do los alcances y la salud para poderlo veri­ficar como yo lo deseaba: lo que me hace digno de perdón delante de Dios como lo espero de su infinita misericordia. Para im­petrarla, ayudadme con vuestros ruegos al Señor para que me perdone todos mis peca­dos y me dé una preciosa muerte en sus di­vinos ojos, la que también os deseo a todas.»

Restablecida por fin su salud, el P. Gene­ral volvió a encomendarle, por renuncia del P. Gros, la dirección de las Hijas de la Ca­ridad a fines de 1841. Al comunicárselo a las Hermanas en circular de 8 de diciembre, les anuncia también el P. Roca la formación del Consejo que residirá en el Noviciado de Madrid. En la circular de 1 de enero de 1842 les habla de la sumisión a los superiores le­gítimos y de la utilidad del Consejo, piedra fundamental del gobierno de su compañía. El 7 de enero de dicho año empezó a fun­cionar el Consejo, aunque no lo presidió el P. Roca; pues todavía se hallaba en Sangüe­sa; pero sí aprobó sus resoluciones: «Doy a ustedes las más afectuosas gracias —escri­bía el 16 de enero a los miembros del Con­sejo— por haber dado principio a un acto que, practicado como se debe, dará mucha gloria a Dios, mucha utilidad a la Congregación, mucho honor a las Hijas de la Caridad y mucho alivio y consuelo a los Superiores.»

A fin de atender mejor a la dirección de las Hermanas, se trasladó el P. Roca a Ma­drid, desde donde escribió (28 de mayo de 1842) al Vicario general de la Congregación P. Poussou, diciéndole que, como estaban suprimidas las casas de España, no podía convocar asamblea provincial, ni tampoco iría él a la general, para evitar los peligres que le ocasionaría el sacar el pasaporte. Ha­blando de las Hermanas dice que son muy estimadas por el Gobierno, y pedidas de to­das partes.

Al comunicar en una circular de 18 de junio de 1842 su traslado a Madrid, hace resaltar el sacrificio que para él suponía el dejar su amado rincón de Sangüesa, y pro­mete trabajar cuanto pueda por el bien de las Hijas de la Caridad; se preocupa de las enfermas y de las difuntas, señalando los su­fragios que se han de hacer por sus almas, y concluye con algunos avisos muy impor­tantes para el buen orden de las casas y sos­tenimiento del Noviciado.

A fines de 1842 imprimióse por primera vez el Catálogo de las fundaciones, hechas hasta entonces, de las Hijas de la Caridad en España, anotando la población, escritura, toma de posesión, etc. De él resulta que las fundaciones realizadas desde 1790 eran 45; casi todas subsistían y se hallaban en las principales ciudades del Reino, excepto Bar­celona. Sigue a continuación el Catálogo de las Hermanas, sumando 811 las que habían ingresado y siendo 418 las que entonces vi­vían en el Instituto; las demás habían muer­to, y algunas se habían ido.

Con ocasión del año nuevo escribió el Pa­dre Roca el 1 de enero de 1843 una circu­lar a las Hermanas, en la que después de desearles un año santo, les habla de la bre­vedad del tiempo; del estado de su Compa­ñía en España; de los ejercicios espirituales de las Superioras en el Noviciado; de la ca­ridad y respeto mutuos; del trato inútil con las personas de fuera, etc. Con la circular envía una nota del estado de las casas y de lo que ha dado cada una al Noviciado.

En agosto de 1843 tuvo lugar en París la decimonona Asamblea general de la Congre­gación de la Misión, saliendo elegido Supe­rior general, el P. Juan Bautista Etienne. Al felicitarle el P. Roca, muestra su agradeci­miento por los beneficios que de él había re­cibido y le promete obediencia. Asegura que el P. Nozo le confió la dirección de las Her­manas españolas y que éstas se portan muy bien, protegiéndolas el Gobierno de una ma­nera especial, lo mismo que a su Director. Afirma haber pedido el Catecismo de los Vo­tos, la edición de las Palabras de Nuestro Señor, el Manual de las Hijas de la Caridad y los Avisos a los confesores y que no le han mandado nada. Le suplica el envío de dichos libros, a fin de que haya uniformidad en el régimen de las Hermanas.

Poco después, en carta del 7 de septiem­bre, vuelve a hablarle del estado floreciente de las Hermanas y le comunica la orden del Gobierno para enviarlas a Méjico, yendo un Misionero de director. Respecto de los Paú­les residentes en España, dice que unos vi­ven con sus familias, y otros sirven parro­quias. Ellos en Madrid son cinco sacerdotes, dos hermanos coadjutores y un doméstico; viven juntos en una casa que es de las Her­manas, procurando guardar las Reglas y cumplir sus ministerios. El Gobierno los deja en paz, y si’ nó fuera provisional, hasta po­dría establecerse noviciado; pero en las ac­tuales circunstancias era imprudente pedirlo.

En la circular de primero de año (1844) habla el P. Roca del estado próspero de las Hermanas en España, multiplicándose los establecimientos y las vocaciones. «No dudo, mis amadas Hermanas, que todas, vosotras sabéis el objeto de mi viaje a Sangüesa el año pasado. Este fue la construcción de un nuevo departamento para vuestro refugio en caso de necesidad, y un asilo para el alivio de vuestras fatigas y achaques contraídos en vuestros penosos ministerios. Este mismo había sido el proyecto de mis dignos predece­sores, el que por razón de las circunstancias de los tiempos no pudieron efectuar… De aquí podéis inferir, Hermanas mías carísi­mas, que mi amor hacia vosotras no es esté­ril y Que mi sacrificio es un continuo holo­causto de mi reposo, de mis conveniencias, de mi salud, y lo sería también de mi ‘vida, si esta se me exigiese para conservar entre vosotras en su primitiva hermosura la obra de San Vicente y asegurar vuestra doble fe­licidad. Ninguna recompensa temporal exijo por esto de vosotras; las rehuso altamente; mi ancianidad no me permite andar tras unos bienes que muy luego he de dejar, y aún cuando olvidando la proximidad de mi sepulcro quisiera ambicionados, no podría hacerlo sin desvirtuar y envilecer el minis­terio sagrado que respecto de vosotras se me ha confiado. Deseo y pretendo únicamen­te de vosotras lo que no me es dado descui­dar: deseo vuestra observancia, deseo vues­tra perfección, deseo que seáis fieles a la pa­labra que habéis dado a Jesús vuestro divino esposo, a la Congregación vuestra tierna madre, y a los pobres, vuestros verdaderos señores»… Termina dándoles avisos muy in­teresantes para la fiel observancia de la vida común y el buen orden de la Comunidad, sobre todo, en lo referente al dinero, debiendo al fin del año dar cuenta de las en­tradas y salidas al Director.

El 20 de febrero de 1844 dirigió una cir­cular a las Hermanas, dándoles cuenta de los pasos que se estaban dando para su estable­cimiento en Méjico, pidiendo asimismo a las que se sientan con fuerzas para ir y tengan las condiciones requeridas, que se lo comuniquen a principios de abril. Se firmó, efec­tivamente la escritura, y las Hermanas pu­sieron por primera vez los pies en la repú­blica mejicana en noviembre de aquel mismo año.

Habiendo manifestado en un principio de­seos el P. General de que fueran a embar­car en Francia las Hijas de la Caridad desti­nadas a Méjico, el P. Roca le expuso con noble franqueza los gravísimos inconvenien­tes y fatales consecuencias que esto traería; «porque el Gobierno español —afirma el Vi­sitador— no mira con buenos ojos nuestra dependencia de Francia; bien que al presen­te disimula, y yo hago todo lo posible para conservarla, como usted verá por la escri­tura de contrata, donde siempre se os nom­bra como nuestro Superior General». Si se ejecutaba su deseo, podría suceder que las Hermanas fueran expulsadas del reino. Pero además, no admiten los fundadores sino a las que envíe su comisionado de acuerdo con el Gobierno español, que se interesa mucho por la ida de las Hermanas. «Hice cuanto pude —vuelve a decir— por conservar nues­tra total dependencia de usted, según apare­ce en todas las escrituras ; pero si usted, Re­verendísimo Padre, se opone a los decretos de los dos Gobiernos y a la voluntad de los funda­dores, yo no respondo de las consecuencias… Le escribo todo esto con la más pura intención de hacer la voluntad de Dios, sin olvidar el bien de la. Congregación. Soy anciano y no puedo pensar más que en prepararme para la eternidad. Sería para mí cargo de con-, ciencia, si no le advirtiera lo que sucederá, si hace usted lo que dice el Sr. Codina. Rue­go al Señor que os ilumine, a fin de no ex­poner a que queden fuera de vuestra de­pendencia y de la unión con la cabeza las dos familias de San Vicente en España».

De otras cartas del P. Roca al P. General aparece el floreciente desarrollo Y prosperi­dad que iban alcanzando las Hijas de la Ca­ridad en nuestra patria. El Gobierno las es­tima y protege dice en carta de 16 de ene­ro de 1844. «Nunca fueron tan deseadas y apreciadas como ahora en España. Bendi­to sea Dios. El 4 de este mes partieron cin­co Hermanas para Córdoba; el 3 de febre­ro saldrá otra colonia para Manresa, y en seguida para Santander y Jerez de los Caba­lleros: El Señor que abre campo a nuestras Hermanas para extenderse por toda la Península, nos envía también muchas postu­lantas: tenemos 22 en el noviciado, y a di- timos del mes, serán 30». Renueva la peti­ción que le ha hecho otras veces de que le envíe los libros e instrucciones pedidas; por­que, para que las Hijas de la Caridad estén sólidamente instruidas en el espíritu de su vocación, es preciso darles las reglas por que se han de dirigir en todos sus ministerio s.

En el verano de 1844 determinó el Pa­dre General poner al frente de las Hijas de la Caridad en España al P. Codina. «Recibí con mucha alegría vuestra afectuosa carta, escribía el P. Roca al P. Etienne el 26 de agosto del citado ario-. De todo corazón doy a usted las gracias por haberme quitado la pesada carga que me agobiaba. Dios se lo pague. Hace 34 años que gimo bajo el grave y terrible peso de la responsabilidad; pero ahora me veo libre. Doy gracias a Dios y a usted por haber escuchado mis súplicas. Ahora tendré tiempo de prepararme para una buena muerte, que es lo único nece­sario».

Días después escribía en una circular a las Hijas de la Caridad: «Ya ha llegado, ama­das Hermanas mías, el momento feliz de poderos comunicar una agradable noticia: escuchadla con atención, porque es muy útil a vosotras mismas y a mí muy provechosa. Sabed, pues, que nuestro honorable Padre, el Sr. Superior General, cerciorado de mi avanzada edad, de mis achaques ha­bituales y de los deseos que yo tenía de ver­me libre de la pesada carga y formidable responsabilidad que gravitaban sobre mis débiles hombros, se ha dignado compadecer­se de mí, y ha tenido a bien nombrar al se­ñor D. Buenaventura Codina, sacerdote de la Congregación de la Misión, para que sea mi sucesor en el honorífico empleo de Di­rector y Visitador de las Hijas de la Cari­dad en los dominios de España». Las exhor­ta a obedecerle; agradece la pronta y amo­rosa obediencia que a él mismo le han pres­tado, deseando que todos sus sucesores pue­dan darles un testimonio tan honorífico; re­cuerda que en varias circulares les prome­tió sacrificarse por su bien espiritual y cor­poral, empleando en ello todas sus energías y añade: «Tengo la satisfacción de pensar que he cumplido con lo que os ofrecí. Vos­otras mismas sois testigos los más abonados de mis cuidados, de mis trabajos y sudores para vuestra santificación, honor de vuestra Congregación y propagación de ‘vuestro Ins­tituto: este ha sido de día y de noche el blanco de mis desvelos y el único blanco de mis oraciones en el acatamiento del Todo­poderoso; a este fin os llevaba todos los días al altar del adorable sacrificio para ofreceros al Altísimo Dios juntamente con la Hos­tia santa e inmaculada, para que vosotras fueseis hostias agradables .y puras a sus di­vinos ojos. En pocas palabras: todos mis vo­tos al cielo, todas mis súplicas a la Reina del cielo, y todos mis ruegos a N. S. Padre San Vicente, se dirigían para obteneros del Dios de las misericordias las gracias necesarias para vuestra conservación y salvación, de modo que casi me olvidaba de mi pobre alma para pensar en las vuestras».

Atribuye a la protección de la Virgen el que Dios haya escuchado sus votos; pide perdón a las Hermanas, les recomienda la caridad fraterna y termina enviándoles a todas su bendición.

Durante la segunda etapa de dirección del P. Roca se establecieron las Hermanas en el Hospital de la Santa Caridad y en el Hos­pital Provincial de mujeres de Sevilla, Hos­pitales de Sigüenza, Vich y Manresa, Cuna y Hospicio de Málaga, Cuna de Córdoba e Inclusa de Santander.

Juzgando necesaria la presencia del Padre Roca en Madrid, el P. Codina le rogó que continuara á su lado, como en efecto lo hizo, ayudando en la dirección de las Hermanas. Sin embargo, en el verano de 1846 le en­contramos en Sangüesa, desde donde escri­be el 29 de agosto al P. General agrade­ciéndole la afectuosa carta que le había escrito y las consoladoras noticias que le daba de la Compañía. «Me alegro —añade— como buen hijo, de la prosperidad de mi tierna madre. Dios Nuestro Señor, la Santísima Vir­gen y nuestro Santo Padre nos miran con ojos de piedad. Doy gracias a Dios por las bendiciones que sobre nosotros derrama… En España no ha llegado todavía la hora de la Providencia para nuestro restablecimiento; pero confiamos que llegará. Las Hermanas se extienden prodigiosamente en España y son deseadas en todas partes… Estoy bien de salud, gracias a Dios. Me ocupo en con­fesar a las Hermanas y a las niñas del co­legio, que son muy edificantes».

En octubre del mismo año’ fue a San Se­bastián a ruegos del P. Codina, para asistir al P. Cerda que se encontraba allí enfermo, y quizá estuvo con él hasta diciembre del año siguiente en que murió, volviéndose lue­go a Sangüesa.

Cuando en 1.847 el P. Codina, bien a pe­sar suyo, fue nombrado obispo de Canarias, al indicar al P. General quien podía suce­derle en el gobierno de las Hijas de la Ca­ridad en España, pone en primer término a su digno antecesor el P. Roca que «se con duce muy bien; y, a pesar de su avanzada edad, puede viajar todavía, como, en efec­to, lo hace con frecuencia y sin molestia; co­noce bien a los Misioneros y a las Hermanas y goza de excelente reputación dentro y fue­ra de ambas Congregaciones. Sé que su edad no le permitirá trabajar tanto como yo; pero puede tener consigo algún Misionero a pro­pósito para ayudarle». Al P. General le pa­reció más conveniente nombrar al P. San­tasusana.

En enero de 1851, por insinuación del P. Santasusana y de las Hermanas, estaba de nuevo en Madrid el P. Roca, sufriendo en mayo del año siguiente una peligrosa enfer­medad que le puso a las puertas de la muerte.

Restablecida la Congregación en España, continuó el P. Roca formando parte de la Comunidad de Madrid, manteniéndose firme en aquellos tiempos difíciles, siendo ejem­plo y sostén de muchos. Lleno de años y de méritos terminó santamente sus días el 29 de enero de 1859 a las siete de la tarde.

Distinguióse por su acendrado amor a la Congregación y a la observancia regular. A pesar de, su edad y achaques, sobre todo de sus piernas, se levantaba siempre a las cua­tro. Todos los que le conocieron y trataron, hablan de él con veneración. Como Director de las Hijas de la Caridad fue uno de los que más se preocuparon de su formación y aumento, mereciendo figurar en primer tér­mino entre los que echaron los sólidos fundamentos de su posterior florecimiento y grandeza.

Nos quedan del P. Roca bastantes doctri­nas y pláticas, y confiamos todavía encon­trar más con el tiempo. Basta hojearlas, para ver que están repletas de sólida y abundante doctrina.

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