CAPITULO III
Labor del P. Feu como Visitador y Director de las Hijas de la Caridad (1825-1S33). Su muerte.
Fue el activo e inteligente P. Feu uno de los Directores más beneméritos de la Congregación de las Hijas de la Caridad en España, desviviéndose, sobre todo, por su aumento y sólida organización. En su tiempo se encargaron y fueron las Hermanas a prestar sus caritativos servicios al Hospital de Tafalla, Escuelas de Sangüesa, Hospital de Játiva, Hospital general y Enseñanza de las niñas pobres de Valladolid, a la Misericordia de Valencia, Hospitales de Vitoria y Badajoz, Escuelas de Los Arcos, Hospital provincial de Oviedo, Misericordia de Tolosa, al Hospital y Escuelas de Santo Domingo de la Calzada, Casa-Cuna de Cádiz, Misericordia y Hospital de San Sebastián, Escuelas y Hospital de Cáceres, Hospital del Ferrol y Misericordia de Játiva, yendo además a Las Palmas (Canarias) y a San Ildefonso (La Granja).
Consiguió el P. Feu, no sólo para las Hermanas que estaban bajo su dirección, sino también para todo el Instituto, el que tuvieran al Señor Sacramentado en sus oratorios y capillas. Fue expedido el Breve por Gregorio XVI, a 14 de mayo de 1833. Después de aludir el Papa a los caritativos servicios del Instituto, añade: «Hemos sabido, no sin grande gozo nuestro, que está floreciente, no sólo en Francia, donde tuvo su origen, sino también en otros reinos de Europa, y principalmente en España, en donde, bajo el patronato y auspicios de los mismos Reyes, se arraiga y prospera más y más cada día… Por esto Nós, procurando mirar por su mayor bien de un modo especial, hemos acogido benignamente las preces que nuestro amado hijo Fortunato Feu, Presbítero de la Congregación de la Misión y Director general de las Hijas de la Caridad que moran en los territorios del Rey Católico. Humildemente nos ha dirigido para que tuviésemos a bien conceder el privilegio para que pueda reservarse el Santísimo, celebrar la misa y recibir la sagrada comunión en los oratorios domésticos de las mismas…, y además para que las mencionadas Hijas de la Caridad puedan ganar en sus propios templos y oratorios las indulgencias concedidas a las demás iglesias. Nos, para excitar aún más y más el celo de estas mujeres sumamente beneméritas de la Religión y del Estado, resolvimos hacer extensivos a toda la Congregación de las Hijas de la Caridad los dones de nuestra pontificia benevolencia…» Concedió, pues, el Papa, cuanto le pidió el P. Feu, proporcionando con ello a las Hermanas el consuelo de tener en sus casas a Jesús Sacramentado, oír la misa, recibir los sacramentos de la penitencia y eucaristía, y ganar otras muchas gracias, extendiendo benignamente el Pontífice tal privilegio a toda la Compañía de las Hijas de la Caridad.
Por algunas ordenanzas y avisos dejados por el P. Feu al pasar visita en las casas de las Hijas de la Caridad, se ve su ardiente celo por mantenerlas en la verdadera observancia de sus Reglas, cuidando de que no se introdujeran abusos, y encargando a las Superioras pusieran especial cuidado en que no faltara nada de lo necesario a sus Hermanas. Les hacía instrucciones espirituales, en las que les inculcaba el amor a Jesús Sacramentado, la guarda de los votos, la más exacta modestia en el vestir, el amor a los pobres y la caridad fraterna. «No podemos dispensarnos —dice en las ordenanzas que dejó en 1826 a la Comunidad del Santo Hospital general de Valencia— de encargaros con todo el afecto de nuestro corazón el ejercicio de la caridad fraterna, sobre el que la santa Regla os pone dos capítulos enteros, que son el quinto y el sexto, en los cuales hallaréis todo cuanto podríamos deciros sobre este importantísimo asunto. Solamente queremos advertiros que desde que tenemos alguna noticia de lo que pasa en vuestras casas, estamos sobrecogidos de un cierto temor de que las faltas que se cometen con sobrada frecuencia contra la caridad fraterna lleguen finalmente a acarrear la entera destrucción del Instituto. Por esto debemos confesaros que estas faltas son las que más cruelmente hieren nuestro corazón, por ser también las que más desgraciadamente perturban la paz y tranquilidad que debe reinar entre vosotras. Y por lo mismo, aunque nos parezca indispensable que un Superior o Superiora disimule muchas faltas en sus súbditos, con todo, estamos persuadidos que de ningún Modo deben disimularse, sino castigarse severamente las faltas cometidas, contra la caridad, y que perturban la paz y sosiego de la Comunidad. Por lo que a nosotros toca, os aseguramos que si alguna vez hemos de tener el disgusto de negar los votos a alguna novicia, o la renovación de los mismos a alguna profesa, será regularmente por reconocerlas destituidas del espíritu de caridad fraterna, amigas de dar que sentir a sus Hermanas y fáciles en perturbar la paz de la Comunidad».
Prohibió severamente que el día de Inocentes se nombrara Superiora a una de las más jóvenes para que mande, distribuya oficios y conceda permisos, que, a pesar de hacerse por vía de juego y diversión, había ocasionado notables faltas.
«Por vuestro Instituto debéis procurar servir a Jesucristo en la persona de los pobres con toda la exactitud, caridad y dulzura posibles —decía a las Hermanas del Hospital de Tafalla en 1829—; pero no debéis con menor eficacia esmeraros en tratarle en su misma propia persona con aquel decoro, limpieza y aseo a que alcancen vuestras facultades y la pobreza de los establecimientos en que os halláis. Sabéis por la fe que Su Divina Majestad se pone todos los días en los altares en el santo sacrificio de la Misa: procurad, pues, que todo lo que sirve a tan alto ministerio, especialmente los corporales y purificadores, sean limpios y decentes, sin esperar para mudarlos a que estén sucios».
Preocupóse asimismo el P. Feu de dar por escrito a las Hijas de la Caridad que le estaban confiadas, un cuerpo de doctrina apropiado a su vocación, a fin de mantenerlas mejor en su verdadero espíritu y en la observancia fiel de sus Reglas. De ello da testimonio la carta dirigida a las Hijas de la Caridad españolas, que va al frente de las Instrucciones ascéticas y que transcribimos a continuación.
«Mis amadas Hermanas: Luego que por comisión del honorabilísimo Sr. Superior General de nuestra Congregación de la Misión y de la vuestra quedé encargado de dirigir, visitar y gobernar- los establecimientos de vuestra Congregación en estos reinos, reconocí la importancia de daros por medio de la prensa varias instrucciones que hasta entonces se os habían comunicado tan solamente de viva voz: por este motivo empecé a meditar sobre la reunión de las materias que deberían comprender las tales instrucciones y coordinarlas para presentároslas con el debido método.
«Mas habiendo casualmente llegado a mis .manos un librito en idioma francés, intitulado: Instructions pour le Séminaire des Filies de la Charité, quedé dulcemente sorprendido al ver que en él se hallaba felizmente ejecutado lo que yo trataba de emprender. Efectivamente, leyéndole después con más atención y reflexión, observé con la mayor satisfacción mía que en él se hallaban reunidas las más importantes instrucciones sobre las virtudes propias de vuestro estado, y sobre el espíritu con que debéis obrar, para conservar vuestra inocencia en medio de las ocasiones y peligros, para vivir siempre en unión con Dios a pesar de los empleos que os puedan distraer, para despreciar al mundo y sus vanidades, aunque puestas en medio de él, y, en fin, para santificaros sirviendo a los pobres enfermos, y procurando al mismo tiempo, según el espíritu de vuestra vocación, la santificación de sus almas.
«Bajo este concepto creí que no me restaba más que presentároslas traducidas a nuestro idioma castellano, como lo hago al presente. Leed, pues, con frecuencia este pequeño libro que os pongo en la mano, estudiad con cuidado las lecciones que en él se os dan, meditadlas con atención y procurad conformar a ellas vuestro modo de proceder.
«Dos cosas solamente quiero advertiros, mis caras hermanas: la primera que no he Juzgado conveniente presentaros la primera parte del citado librito, que contiene un Catecismo de la Doctrina Cristiana, ya porque os supongo suficientemente instruidas desde vuestra infancia en todo lo que es necesario para vuestra salvación, ya también porque considero muy conveniente que así para vuestra instrucción, como para la de las niñas a la que fuereis destinadas, os valgáis del Catecismo que estuviere en uso en el lugar de vuestro domicilio. Tampoco os propongo una colección de 147 máximas contenidas al fin del mismo librito, que os enseñó nuestro Santo Fundador y Padre San Vicente de Paúl, porque espero con el favor de Dios dárosla a su tiempo mucho más completa y aumentada con otras del mismo Santo. La segunda cosa que os advierto es que el autor de estas instrucciones fue el señor Edmundo Perriquet, primer asistente general de la Congregación de la Misión, hombre lleno de luces, piedad y celo, el cual después de haber trabajado por muchos años en los ministerios del Instituto en la dirección de vuestro Seminario de París acabó su laboriosa carrera en la casa de San Lázaro a los 18 de agosto de 1755, llevándole Dios para recompensar sus méritos y virtudes.
Su caridad para con vosotras, la que manifestó no sólo en esta obrita, sino también en los importantes servicios y decidido afecto que profesó a vuestra Congregación, exige de vosotras la recompensa de vuestras oraciones. Estas os pido también para todos los que trabajamos en vuestra dirección y santificación, y señaladamente para el que mayor necesidad tiene de ellas, y es vuestro afectísimo hermano, atento servidor y capellán. El Visitador.
En forma de preguntas y respuestas, contienen las Instrucciones ascéticas enseñanzas claras y sencillas de las virtudes propias de la Hija de la Caridad y de sus principales ejercicios piadosos.
Con el librito precedente, aunque siguiendo paginación distinta, va la Instrucción sobre el modo con que las Hijas de la Caridad deben ejercitar el celo de la salud de las almas por lo que mira a los pobres enfermos, que ocupa 6 páginas numeradas. Por el papel, tipos y caja de imprenta creemos que fue impresa al mismo tiempo que el anterior. En algunas de las ediciones sucesivas que hemos visto de las Instrucciones ascéticas, va a continuación de las mismas, siguiendo la paginación correlativa. Sin embargo, hubo por lo menos otra dedicación hecha aparte, que ocupa 70 páginas numeradas en el ejemplar que tenemos en el archivo.
Aunque no nos atrevemos a asegurarlo, fue también sin duda el P. Feu quien tradujo a hizo imprimir el opusculito: «De los votos de las Hijas de la Caridad«. Instrucción sobre los votos que hacen las Hijas de la Caridad en la que hacen las Hijas de la Caridad en la que se halla resumido todo lo que han escrito y aprobado acerca de esta materia los Superiores Generales de las dos familias de san Vicente, desde su muerte hasta el presente, principalmente los Sres. Joly, Pierron, Bonnel, Cayla y Placiard. Ocupa este pequeño catecismo de los votos 56 páginas numeradas en el ejemplar que conocemos y es del mismo tamaño que las Instrucciones ascéticas.
Se debe asimismo al P. Feu la 2ª edición española de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad y también la 2ª impresión de la vida de la Beta Luisa de Marillac, escrita por el Sr. Gobillón y corregida y aumentada por el P. Collet, C. M., cuya traducción es sin duda mucho más exacta y sobria que la hecha en 1792 en Barcelona por el Sr. Llinás, aparte de la preciosa Adición que lleva al final esta del P. Feu, en que se da noticia de las fundaciones de Hijas de la Caridad en España hasta 1832, y de la naturaleza del Instituto. La. Adición, al menos en parte, fue escrita por el P. Feu. Ignoramos si hizo él también la traducción; quizá fue obra de su secretario el P. González de Soto. Al frente de la vida va una ex presiva dedicatoria del propio P. Feu al insigne ferrolano y protector de ambas familias de San Vicente de Paúl, D. Manuel Fernández Varela, Arcediano de Madrid y Comisario de Cruzada.
Aunque todavía no hemos logrado ver ningún ejemplar,, parece que hizo imprimir el P. Feu en 1830 la siguiente obrita, cuyo manuscrito poseemos: «Palabras de Nuestro Señor Jesucristo sobre los principales misterios de nuestra fe y la práctica de las virtudes cristianas, junto con el sermón que hizo Nuestro Señor a los apóstoles después de la cena, y su santa Pasión. Sacado del Nuevo Testamento para consuelo de las almas que han hecho ya algún adelantamiento en la santa devoción».
Además de estas obritas que proporcionaron a las Hermanas sólida instrucción para santificarse y cumplir bien sus obligaciones y ministerios, mandó imprimir el Padre Feu, cuando durante el otoño de 1829 estaba visitando los establecimientos de las Hijas de la Caridad en Navarra, los Artículos generales y particulares bajo los cuales se establecerán las Hijas de la Caridad en las casas de Beneficencia que las pretendieren de todos los dominios de S. M. Fue también probablemente el P. Feu el primero que imprimió en español algunas de las circulares dirigidas por los Superiores Generales de entonces a las Hermanas, y en su tiempo se editó la «Novena en honor de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo y de la divina Maternidad de María Santísima, sacada a luz por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, e impresa con aprobación del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo. Madrid, 1826.
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Si no cargado de años, pero sí de trabajos y sufrimientos físicos y morales, acabó el P. Feu sus días en su querida Comunidad de Madrid el 27 de noviembre de 1833. El Padre Codina que le había conocido y tratado mucho, nos dice de él en una nota necrológica: «Había como veinte años que adolecía de gota, cuyos ataques violentísimos, los de piedra y otros muchos que frecuentemente le acometían, sufrió con paciencia heroica. Varón sencillo, afable, bondadoso, amante de la observancia y de la rectitud. Vivió y murió lleno de buenas obras y edificando a los que estaban en su compañía y rezando con la Comunidad las oraciones de la Iglesia». Por lo que mira a su labor respecto de las Hijas de la Caridad, afirma el propio Padre Codina: «Tomó un interés particular en procurarles el mejor orden en el gobierno de su Congregación. Durante su oficio de Visitador, y después de Director general de las Hermanas, éstas tomaron un incremento singular». Es, pues, el P. Feu uno de los Directores a quien más deben las Hijas de la Caridad en nuestra patria.








One Comment on “P. Fortunato Feu, Séptimo Visitador (III)”
es requisito necesario en todo institucòn reglas y normas y debe quedarse plasmado en un librito.
gracias a dios las hermanas de la caridad de san vicente de paul; son llenas del espiritù santo y de la vida jesus. SE PIDE A DIOS POR PADRE FEU !!!!