P. Fortunato Feu, Séptimo Visitador (III)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores de la CM.
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CAPITULO III

Labor del P. Feu como Visitador y Director de las Hijas de la Caridad (1825-1S33). Su muerte.

Fue el activo e inteligente P. Feu uno de los Directores más beneméritos de la Con­gregación de las Hijas de la Caridad en Es­paña, desviviéndose, sobre todo, por su au­mento y sólida organización. En su tiempo se encargaron y fueron las Hermanas a prestar sus caritativos servicios al Hospital de Tafalla, Escuelas de Sangüesa, Hospital de Játiva, Hospital general y Enseñanza de las niñas pobres de Valladolid, a la Miseri­cordia de Valencia, Hospitales de Vitoria y Badajoz, Escuelas de Los Arcos, Hospital provincial de Oviedo, Misericordia de Tolo­sa, al Hospital y Escuelas de Santo Domingo de la Calzada, Casa-Cuna de Cádiz, Misericordia y Hospital de San Sebastián, Escue­las y Hospital de Cáceres, Hospital del Fe­rrol y Misericordia de Játiva, yendo además a Las Palmas (Canarias) y a San Ildefonso (La Granja).

Consiguió el P. Feu, no sólo para las Hermanas que estaban bajo su dirección, sino también para todo el Instituto, el que tuvieran al Señor Sacramentado en sus ora­torios y capillas. Fue expedido el Breve por Gregorio XVI, a 14 de mayo de 1833. Des­pués de aludir el Papa a los caritativos ser­vicios del Instituto, añade: «Hemos sabido, no sin grande gozo nuestro, que está floreciente, no sólo en Francia, donde tuvo su origen, sino también en otros reinos de Eu­ropa, y principalmente en España, en don­de, bajo el patronato y auspicios de los mis­mos Reyes, se arraiga y prospera más y más cada día… Por esto Nós, procurando mirar por su mayor bien de un modo especial, he­mos acogido benignamente las preces que nuestro amado hijo Fortunato Feu, Presbítero de la Congregación de la Misión y Di­rector general de las Hijas de la Caridad que moran en los territorios del Rey Católico. Humildemente nos ha dirigido para que tu­viésemos a bien conceder el privilegio para que pueda reservarse el Santísimo, celebrar la misa y recibir la sagrada comunión en los oratorios domésticos de las mismas…, y ade­más para que las mencionadas Hijas de la Caridad puedan ganar en sus propios tem­plos y oratorios las indulgencias concedidas a las demás iglesias. Nos, para excitar aún más y más el celo de estas mujeres suma­mente beneméritas de la Religión y del Es­tado, resolvimos hacer extensivos a toda la Congregación de las Hijas de la Caridad los dones de nuestra pontificia benevolencia…» Concedió, pues, el Papa, cuanto le pidió el P. Feu, proporcionando con ello a las Her­manas el consuelo de tener en sus casas a Jesús Sacramentado, oír la misa, recibir los sacramentos de la penitencia y eucaristía, y ganar otras muchas gracias, extendiendo be­nignamente el Pontífice tal privilegio a toda la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Por algunas ordenanzas y avisos dejados por el P. Feu al pasar visita en las casas de las Hijas de la Caridad, se ve su ardiente celo por mantenerlas en la verdadera obser­vancia de sus Reglas, cuidando de que no se introdujeran abusos, y encargando a las Superioras pusieran especial cuidado en que no faltara nada de lo necesario a sus Herma­nas. Les hacía instrucciones espirituales, en las que les inculcaba el amor a Jesús Sacra­mentado, la guarda de los votos, la más exacta modestia en el vestir, el amor a los pobres y la caridad fraterna. «No podemos dispensarnos —dice en las ordenanzas que dejó en 1826 a la Comunidad del Santo Hos­pital general de Valencia— de encargaros con todo el afecto de nuestro corazón el ejercicio de la caridad fraterna, sobre el que la santa Regla os pone dos capítulos ente­ros, que son el quinto y el sexto, en los cua­les hallaréis todo cuanto podríamos deciros sobre este importantísimo asunto. Solamente queremos advertiros que desde que tenemos alguna noticia de lo que pasa en vuestras ca­sas, estamos sobrecogidos de un cierto te­mor de que las faltas que se cometen con sobrada frecuencia contra la caridad frater­na lleguen finalmente a acarrear la entera destrucción del Instituto. Por esto debemos confesaros que estas faltas son las que más cruelmente hieren nuestro corazón, por ser también las que más desgraciadamente per­turban la paz y tranquilidad que debe reinar entre vosotras. Y por lo mismo, aunque nos parezca indispensable que un Superior o Superiora disimule muchas faltas en sus súbditos, con todo, estamos persuadidos que de ningún Modo deben disimularse, sino castigarse severamente las faltas cometidas, contra la caridad, y que perturban la paz y sosiego de la Comunidad. Por lo que a nosotros toca, os aseguramos que si alguna vez hemos de tener el disgusto de negar los vo­tos a alguna novicia, o la renovación de los mismos a alguna profesa, será regularmente por reconocerlas destituidas del espíritu de caridad fraterna, amigas de dar que sentir a sus Hermanas y fáciles en perturbar la paz de la Comunidad».

Prohibió severamente que el día de Inoc­entes se nombrara Superiora a una de las más jóvenes para que mande, distribuya ofi­cios y conceda permisos, que, a pesar de ha­cerse por vía de juego y diversión, había ocasionado notables faltas.

«Por vuestro Instituto debéis procurar servir a Jesucristo en la persona de los po­bres con toda la exactitud, caridad y dulzura posibles —decía a las Hermanas del Hospi­tal de Tafalla en 1829—; pero no debéis con menor eficacia esmeraros en tratarle en su misma propia persona con aquel decoro, lim­pieza y aseo a que alcancen vuestras facul­tades y la pobreza de los establecimientos en que os halláis. Sabéis por la fe que Su Divina Majestad se pone todos los días en los altares en el santo sacrificio de la Misa: procurad, pues, que todo lo que sirve a tan alto ministerio, especialmente los corporales y purificadores, sean limpios y decentes, sin esperar para mudarlos a que estén sucios».

Preocupóse asimismo el P. Feu de dar por escrito a las Hijas de la Caridad que le es­taban confiadas, un cuerpo de doctrina apro­piado a su vocación, a fin de mantenerlas mejor en su verdadero espíritu y en la ob­servancia fiel de sus Reglas. De ello da tes­timonio la carta dirigida a las Hijas de la Ca­ridad españolas, que va al frente de las Ins­trucciones ascéticas y que transcribimos a continuación.

«Mis amadas Hermanas: Luego que por comisión del honorabilísimo Sr. Superior General de nuestra Congregación de la Mi­sión y de la vuestra quedé encargado de di­rigir, visitar y gobernar- los establecimientos de vuestra Congregación en estos reinos, re­conocí la importancia de daros por medio de la prensa varias instrucciones que hasta en­tonces se os habían comunicado tan sola­mente de viva voz: por este motivo empecé a meditar sobre la reunión de las materias que deberían comprender las tales instrucciones y coordinarlas para presentároslas con el de­bido método.

«Mas habiendo casualmente llegado a mis .manos un librito en idioma francés, intitu­lado: Instructions pour le Séminaire des Fi­lies de la Charité, quedé dulcemente sor­prendido al ver que en él se hallaba feliz­mente ejecutado lo que yo trataba de em­prender. Efectivamente, leyéndole después con más atención y reflexión, observé con la mayor satisfacción mía que en él se halla­ban reunidas las más importantes instruc­ciones sobre las virtudes propias de vuestro estado, y sobre el espíritu con que debéis obrar, para conservar vuestra inocencia en medio de las ocasiones y peligros, para vivir siempre en unión con Dios a pesar de los empleos que os puedan distraer, para des­preciar al mundo y sus vanidades, aunque puestas en medio de él, y, en fin, para san­tificaros sirviendo a los pobres enfermos, y procurando al mismo tiempo, según el espí­ritu de vuestra vocación, la santificación de sus almas.

«Bajo este concepto creí que no me res­taba más que presentároslas traducidas a nuestro idioma castellano, como lo hago al presente. Leed, pues, con frecuencia este pequeño libro que os pongo en la mano, es­tudiad con cuidado las lecciones que en él se os dan, meditadlas con atención y procurad conformar a ellas vuestro modo de pro­ceder.

«Dos cosas solamente quiero advertiros, mis caras hermanas: la primera que no he Juzgado conveniente presentaros la primera parte del citado librito, que contiene un Ca­tecismo de la Doctrina Cristiana, ya porque os supongo suficientemente instruidas desde vuestra infancia en todo lo que es necesario para vuestra salvación, ya también porque considero muy conveniente que así para vuestra instrucción, como para la de las ni­ñas a la que fuereis destinadas, os valgáis del Catecismo que estuviere en uso en el lu­gar de vuestro domicilio. Tampoco os pro­pongo una colección de 147 máximas con­tenidas al fin del mismo librito, que os en­señó nuestro Santo Fundador y Padre San Vicente de Paúl, porque espero con el favor de Dios dárosla a su tiempo mucho más com­pleta y aumentada con otras del mismo Santo. La segunda cosa que os advierto es que el autor de estas instrucciones fue el señor Edmundo Perriquet, primer asistente gene­ral de la Congregación de la Misión, hom­bre lleno de luces, piedad y celo, el cual des­pués de haber trabajado por muchos años en los ministerios del Instituto en la direc­ción de vuestro Seminario de París acabó su laboriosa carrera en la casa de San Láza­ro a los 18 de agosto de 1755, llevándole Dios para recompensar sus méritos y virtudes.

Su caridad para con vosotras, la que manifestó no sólo en esta obrita, sino también en los importantes servicios y decidido afecto que profesó a vuestra Congregación, exige de vosotras la recompensa de vuestras oraciones. Estas os pido también para todos los que trabajamos en vuestra dirección y santificación, y señaladamente para el que mayor necesidad tiene de ellas, y es vuestro afectísimo hermano, atento servidor y capellán. El Visitador.

En forma de preguntas y respuestas, contienen las Instrucciones ascéticas enseñanzas claras y sencillas de las virtudes propias de la Hija de la Caridad y de sus principales  ejercicios piadosos.

Con el librito precedente, aunque siguiendo paginación distinta, va la Instrucción sobre el modo con que las Hijas de la Caridad deben ejercitar el celo de la salud de las almas por lo que mira a los pobres enfermos, que ocupa 6 páginas numeradas. Por el papel, tipos y caja de imprenta creemos que fue impresa al mismo tiempo que el anterior. En algunas de las ediciones sucesivas que hemos visto de las Instrucciones ascéticas, va a continuación de las mismas, siguiendo la paginación correlativa. Sin embargo, hubo por lo menos otra dedicación hecha aparte, que ocupa 70 páginas numeradas en el ejemplar que tenemos en el archivo.

Aunque no nos atrevemos a asegurarlo, fue también sin duda el P. Feu quien tradujo a hizo imprimir el opusculito: «De los votos de las Hijas de la Caridad«. Instrucción sobre los votos que hacen las Hijas de la Caridad en la que hacen las Hijas de la Caridad en la que se halla resumido todo lo que han escrito y aprobado acerca de esta materia los Superiores Generales de las dos familias de san Vicente, desde su muerte hasta el presente, principalmente los Sres. Joly, Pierron, Bonnel, Cayla y Placiard. Ocupa este pequeño catecismo de los votos 56 páginas numeradas en el ejemplar que conocemos y es del mismo tamaño que las Instrucciones ascéticas.

Se debe asimismo al P. Feu la 2ª edición española de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad y también la 2ª impresión de la vida de la Beta Luisa de Marillac, escrita por el Sr. Gobillón y corregi­da y aumentada por el P. Collet, C. M., cuya traducción es sin duda mucho más exacta y sobria que la hecha en 1792 en Barcelona por el Sr. Llinás, aparte de la preciosa Adi­ción que lleva al final esta del P. Feu, en que se da noticia de las fundaciones de Hi­jas de la Caridad en España hasta 1832, y de la naturaleza del Instituto. La. Adición, al menos en parte, fue escrita por el P. Feu. Ignoramos si hizo él también la traducción; quizá fue obra de su secretario el P. González de Soto. Al frente de la vida va una ex presiva dedicatoria del propio P. Feu al in­signe ferrolano y protector de ambas fami­lias de San Vicente de Paúl, D. Manuel Fer­nández Varela, Arcediano de Madrid y Co­misario de Cruzada.

Aunque todavía no hemos logrado ver nin­gún ejemplar,, parece que hizo imprimir el P. Feu en 1830 la siguiente obrita, cuyo ma­nuscrito poseemos: «Palabras de Nuestro Se­ñor Jesucristo sobre los principales miste­rios de nuestra fe y la práctica de las vir­tudes cristianas, junto con el sermón que hizo Nuestro Señor a los apóstoles después de la cena, y su santa Pasión. Sacado del Nuevo Testamento para consuelo de las al­mas que han hecho ya algún adelantamien­to en la santa devoción».

Además de estas obritas que proporcio­naron a las Hermanas sólida instrucción para santificarse y cumplir bien sus obligaciones y ministerios, mandó imprimir el Padre Feu, cuando durante el otoño de 1829 estaba visitando los establecimientos de las Hijas de la Caridad en Navarra, los Artículos generales y particulares bajo los cuales se establecerán las Hijas de la Caridad en las casas de Beneficencia que las pretendie­ren de todos los dominios de S. M. Fue también probablemente el P. Feu el primero que imprimió en español algunas de las circulares dirigidas por los Superio­res Generales de entonces a las Hermanas, y en su tiempo se editó la «Novena en honor de la Encarnación de Nuestro Señor Jesu­cristo y de la divina Maternidad de María Santísima, sacada a luz por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, e impresa con aprobación del Emmo. Sr. Cardenal Ar­zobispo de Toledo. Madrid, 1826.

 

* * *

Si no cargado de años, pero sí de trabajos y sufrimientos físicos y morales, acabó el P. Feu sus días en su querida Comunidad de Madrid el 27 de noviembre de 1833. El Pa­dre Codina que le había conocido y tratado mucho, nos dice de él en una nota necroló­gica: «Había como veinte años que adolecía de gota, cuyos ataques violentísimos, los de piedra y otros muchos que frecuentemente le acometían, sufrió con paciencia heroica. Varón sencillo, afable, bondadoso, amante de la observancia y de la rectitud. Vivió y murió lleno de buenas obras y edificando a los que estaban en su compañía y rezando con la Comunidad las oraciones de la Igle­sia». Por lo que mira a su labor respecto de las Hijas de la Caridad, afirma el propio Pa­dre Codina: «Tomó un interés particular en procurarles el mejor orden en el gobierno de su Congregación. Durante su oficio de Vi­sitador, y después de Director general de las Hermanas, éstas tomaron un incremento singular». Es, pues, el P. Feu uno de los Directores a quien más deben las Hijas de la Caridad en nuestra patria.

One Comment on “P. Fortunato Feu, Séptimo Visitador (III)”

  1. es requisito necesario en todo institucòn reglas y normas y debe quedarse plasmado en un librito.
    gracias a dios las hermanas de la caridad de san vicente de paul; son llenas del espiritù santo y de la vida jesus. SE PIDE A DIOS POR PADRE FEU !!!!

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