Aunque andaba muy decaído hacía ya bastante tiempo el Padre Esteban González, nadie podía sospechar que aun al decidirse después de muchas vacilaciones a sufrir una operación que no parecía muy comprometida y a la que fue por su propio pie, firmaba con esa decisión su sentencia de muerte. Bien dice el Evangelio que la muerte viene como ladrón, cuando no se la espera. Claro que él ya se había preparado al menos con una confesión inmediata por si acaso. Operado hacia el mediodía del 15 de septiembre, le sentó tan mal la anestesia que apenas pudo recobrar el conocimiento, falleciendo hacia la media noche del mismo día.
Habla nacido el P. Esteban en la conocida y vicenciana villa de Tardajos el 21 de noviembre de 1898. Cuando iba a cumplir los doce años se sintió llamado, lo mismo que otros de sus compañeros: Juan Sáiz, Esteban Velasco, José Santamaría, a ingresar en las filas vicencianas —era la decisión más a la mano y sin salir del pueblo— y comenzó con ellos sus estudios de latinidad y humanidades. Terminados éstos con notable aprovechamiento, pasó con otros varios condiscípulos al Seminario Interno de Madrid. De los 16 que ingresaron aquel 9 de septiembre de 1914, aún continúan siete trabajando en los ministerios de la Compañía. Es posible que su carácter observador y un tanto burlón no se acomodara muy bien a la dirección a veces bastante pintoresca del Padre Agapito Alcalde; el caso es que le retrasó la profesión hasta el 25 de marzo de 1917, ya comenzados los estudios filosóficos. Por cierto que esto dio ocasión a tres cartas impresionantes que manifiestan la profundidad de su dolor y su amor a la vocación. De los teológicos nos ha quedado una nota en que se señala que el 18 de marzo defendió en público la tesis: Se da comunicación entre los hombres y los espíritus malos, y esta comunicación es un crimen gravísimo». Y añade la nota que el Hno. González desarrolló el tema con claridad y precisión en sus dos partes.
A punto de terminar los estudios de Teología, entre enero y mayo de 1923, fue recibiendo las diversas órdenes sagradas, todas ellas en el Palacio Episcopal, de manos del Obispo diocesano, Monseñor Melo y Alcalde. El Presbiterado lo recibió el 26 de mayo, y al día siguiente decía su primera misa rodeado de sus familiares.
El primer destino fue el Colegio de Alcorisa, donde explicó durante cuatro cursos Matemáticas y Ciencias Naturales. Ya entonces participó en algunas misiones y comenzó a desarrollar sus aficiones de investigador trabajando durante las vacaciones en organizar la biblioteca del Colegio y el pequeño archivo de la Casa. A pesar de su petición de ser destinado al ministerio de las misiones, en agosto de 1927 le destinaron al Colegio de Murguía, donde hubo de estar cinco años dedicado a las mismas tareas de la enseñanza.
En julio de 1932 el P. Visitador le llamó a la Casa Central de Madrid, seguramente por insinuación del P. Paradela, para que le ayudara en la organización del Archivo provincial y en la confección de las ANALES. Aunque el P. Paradela era el Director, la mayor parte del trabajo lo llevaba el P. González, sobre todo en las largas ausencias de aquél para hacer investigaciones. El año 1934 tuvo una actuación muy sobresaliente en una Junta de Estudios de Pedagogía para las Escuelas apostólicas, que se celebró en el verano en Limpias; los resúmenes y críticas que hacía de los diversos trabajos —él mismo presentó alguno— eran y siguen siendo de notable valor, con predominio de la alabanza y admiración hacia la mayor parte de ellos.
En estas ocupaciones, alternadas con algunas misiones y otros ministerios, le sorprendieron los trágicos días del año 1936. Pronto se dio cuenta, con el P. Paradela, de la importancia de poner en lugar seguro el Archivo provincial y la Biblioteca, y efectivamente, al menos el Archivo se recuperó intacto después de la guerra. Durante ésta, él estuvo escondido en varios lugares de Madrid hasta los comienzos del año 1938 en que, bajo la protección de la Embajada francesa, se trasladó a Barcelona y en el puerto de Caldetas consiguió embarcar para Francia. Con otros muchos evacuados y en compañía del P. José M. Alcácer y del Hno. Anda, fue llevado a un campo de concentración establecido en Chomerac (Ardeche). Aunque las autoridades religiosas de allí procuraron ir colocando convenientemente a los sacerdotes y religiosos evacuados, los nuestros, viendo el desamparo en que quedarían los demás evacuados, prefirieron, con los debidos permisos, quedar al servicio de éstos, lo que el señor Obispo alabó y agradeció mucho. En medio de grandes dificultades consiguieron organizar un culto no sólo matutino, sino también vespertino o de devoción, como el mes de mayo, con mucha asistencia de los evacuados. Aunque el Padre Alcácer y el Hno. tenían muchas ganas de volver a España cuanto antes, e incluso salieron del campo con otros muchos refugiados, aunque luego la gendarmería les hizo volver, él se determinó a seguir allí en su puesto hasta que se cerrara el campo. Y no hay que decir la campaña que hizo con todos los franceses que se acercaban por allí, sobre todo sacerdotes, en defensa de la legitimidad del Movimiento Nacional; aunque pronto se convenció de que todo era inútil. Por fin, cerrado el campo a mediados de junio, salió de allí y tras algunos días de estancia en París, volvió a entrar en España el 9 de julio.
Apenas entrado en España, como ya se sabía que el P. Paradela había sido fusilado en Madrid, se le encomendó a él la dirección de ANALES, cuya publicación se había suspendido indefinidamente. Después de unas gestiones infructuosas desde Limpias, en Santander y Bilbao, pasó a Villafranca del Bierzo en agosto; pero aquí tampoco pudo hacer nada, y sólo al año siguiente, trasladado a Orense, pudo sacar allí el primer número en marzo y otros tres hasta junio, en que, liberado ya Madrid, trasladó allí la revista y se hizo también cargo del Archivo provincial, dichosamente salvado de la destrucción. No dejó de poner dificultades para aceptar este oficio, porque se consideraba sin preparación para él, pero al fin lo hubo de aceptar y trabajó muy bien en él, con acierto y constancia, lo mismo que en la dirección de ANALES, que mantuvo en la amplitud y detalle de información y en la abundancia de doctrina vicenciana de que los había dotado su antecesor y maestro.
Sin embargo, y a pesar de tantos quehaceres, no olvidó sus entusiasmos misioneros, ofreciéndose a los Superiores para este excelso ministerio. En la misma carta en que exponía al P. Visitador sus dificultades para encargarse del Archivo, le decía que con más gusto aceptaría el ser destinado a la predicación y especialmente a las misiones. Y efectivamente, ya en el verano de 1943 cedió la dirección de ANALES al P. José Herrera para poder entregarse más de lleno a la predicación, si bien conservó todavía algunos años el cuidado del Archivo provincial. En el otoño de este mismo año 1943 le encontramos de misión por los pueblos de Cuenca, y en marzo del año siguiente en la misión de Melilla. El año 1945 trabajó mucho en preparar una cooperación nuestra digna en la Exposición Nacional del Libro Misional. En 1946 sustituyó al P. Elías Fuente en el trabajo de investigación sobre nuestros mártires, publicando al efecto una Circular señalando la obligación de comunicar las noticias que cada uno tuviera de dichos mártires, y la Guía del testigo», en que señalaban las cosas sobre que se había de informar. Este mismo año sufrió una que podríamos llamar crisis con la muerte de su padre en octubre, por
la que confesaba que había quedado aplanado. Por haberle dejado su padre de albacea, tuvo que pasar varios meses en Tardajos, y aunque en enero de 1947 fue a las misiones de Badajoz, en marzo volvió de nuevo a Tardajos por otra temporada. Con esto ya se desconectó bastante de la Casa Central, dejó el Archivo al cuidado del que suscribe, y en julio fue destinado a Málaga. Recibió el destino con tanta satisfacción que decía que le parecía haberle tocado el premio gordo. Como estaba acostumbrado de siempre a una ocupación constante y allí no había mucha, aceptó las clases de Religión en unas Escuelas de Formación Profesional: 800 alumnos y 18 clases semanales. Claro que esto le ocasionó dificultad para poder participar en las misiones que se presentaban, sobre todo cuando no pudo encontrar quien le supliera. Al fin, por estas incompatibilidades cada vez mayores, tuvo que dejar esas clases con harto sentimiento del señor Obispo y de los dirigentes de las Escuelas. Lo malo fue que en una de estas misiones cogió una pulmonía que le tuvo imposibilitado de actuar por unos meses. Sin embargo, él, contra el parecer del médico, pronto se ofreció a continuar en el trabajo misional, que los Superiores no aceptaron. Tal vez por eso le encomendaron la Procura de la Casa, oficio que desempeñó con cuidado y diligencia.
En estas circunstancias y sin que se vea claro por qué —él sólo dice que se ha enterado de que el P. Visitador anda buscando personal para América— se ofrece para allá el 28 de julio de 1954, y efectivamente es aceptado su ofrecimiento. El 7 de noviembre sale para Madrid sintiendo solamente dejar en Málaga sólo dos Padres, con muchísimo trabajo. No deja de ser curioso que, habiendo sido el P. González Director de ANALES, su marcha a América no haya merecido de esta Revista ni una línea de notificación de la fecha de su salida de España. Solamente he encontrado una nota en que se dice que el día 10 (sin duda, de diciembre de 1954) comenzó la Comunidad de la Casa Central los Ejercicios anuales, en los que participaron también los Padres que estaban esperando su salida para Puerto Rico. Uno de ellos era el P. González, aunque no le nombra. No es creíble que salieran ya hasta pasadas las Navidades. Apenas llegado a Puerto Rico, fue designado como uno de los fundadores de la Primera Casa de Santo Domingo. En junio de 1957 escribía desde San Francisco de Macorís. Por fin, no hemos tenido más remedio que aceptar una de las parroquias de esta ciudad, y por ahora estoy interinamente encargado de ella… Tiene unas 20.000 almas, seis o siete mil en el casco de la población y el resto en los campos, distribuido en 14 secciones. En general, todas estas secciones, con sus respectivas capillas, tienen acceso por carretera, distando algunas hasta 15 y 20 kilómetros; pero hay tres o cuatro capillas a donde no se puede llegar sino a lomo de bestia. Aunque le parezca un poco extraño, yo ya me he dado algunas buenas caminatas a caballo por montes y valles, con buen sol y lluvia y con todo lo que ha querido venir encima, y hasta la fecha todo me ha venido bien para la salud, que es cada día mejor. Pero usted comprenderá que estos trotes no son muy apropiados a mis bastantes años. Si fuera esto sólo, aún podría ir tirando como pudiera; pero tengo encima la Parroquia de la población con todos los cultos y movimiento parroquial de bautizos, etcétera, el Colegio, que, gracias a Dios, ha ido marchando admirablemente, hasta acreditarse de verdad y con esperanzas de una buena matrícula para el curso próximo. Además de esto, tengo que atender al Hospital: enfermos, Hermanas, etc. Usted sabe bien que a mí nunca me ha asustado el trabajo y que en él estoy en mi elemento; pero le digo de verdad que me es materialmente imposible atender a tantas cosas…».
Claro que las cosas no podían seguir así mucho tiempo. Pero es curioso que no fue él quien determinó ni pidió poner fin a aquellas actividades excesivas, ni tampoco los Superiores: fue Dios mismo y de una manera bien impensada. El día 7 de abril de 1961 escribía desde Río de Janeiro al P. Visitador: Tan sólo unas líneas para saludarle con el afecto y distinción que usted se merece y comunicarle que he sido expulsado de la República Dominicana y he sido enviado por el Gobierno de dicha República, vía Río Janeiro, a España, pagando él todos los gastos. Yo no sé las causas, y tampoco es tiempo de hacer comentarios…» En efecto, llegó a los pocos días, y todos vimos que su venida era una necesidad, pues traía un aspecto verdaderamente lamentable.
Con el descanso se repuso bastante y volvió a un trabajo moderado, especialmente en el Archivo; pero a los dos años volvió a desmejorarse y ya no volvió a levantar cabeza, hasta que Dios se lo llevó según hemos dicho arriba.
Era de un carácter muy agradable, aunque no fino; de conversación amena e interesante y en todo muy cumplido. En su correspondencia aparece siempre muy respetuoso con los Superiores, aun en los casos difíciles, absolutamente nada murmurador, indiferente para aceptar cualquier ministerio, muy agradecido hasta del más mínimo servicio que se le hiciera y muy amante de la Congregación.
Descanse en paz y que tenga muchos imitadores.
A. Ircio.







