Nueva Apostólica de los Padres Paúles en Méjico (1965)

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria sin categorizarLeave a Comment

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Author: Elías Regalado · Source: Anales españoles, 1965.
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ESCUDOCMEl 12 de septiembre del año pasado se inauguró solemnemen­te en la ciudad de Lagos de Moreno, Jalisco, la nueva Apostó­lica de los PP. Paúles en Méjico. El R. P. Provincial, don Justo Artaso, C. M., acompañado de su Consejo, Superiores de todas las residencias, Paúles invitados, Hermanas de la Caridad, Damas y Luisas, Hijas de María y amigos seglares, bendijo el nue­vo edificio. En el recorrido todos pudieron apreciar su magnífi­ca orientación, capacidad, belleza y la funcional distribución de todas sus dependencias. Para la ciudad de Lagos es el primer centro educativo. Dentro de la Congregación, por su alegría, es­tética y capacidad, ocupará, sin duda alguna, uno de los prime­ros lugares.

ORIGEN

En la riente ciudad de Lagos, donde el sol contadas veces deja de aparecer, tienen los PP. Paúles a su cargo un pequeño santuario en honor de la Virgen del Refugio. Situado en las afue­ras de la ciudad, amo y señor de la vega—una vega majestuosa, orlada por el no, cuajada dé trigales—, pareció desde el prin­cipio lugar ideal para la Escuela Apostólica. Soledad, buen cli­ma y sol, mucho sol.

Pero ya desde los albores no todo marchaba a las mil mara­villas. La casa contigua a la iglesia, que serviría de seminario a los apostólicos, no estaba en condiciones de serlo. Una plaga de murciélagos tenía puestos sus dominios en los estrechos y pa­vorosos pasillos conventuales. Había lugares clausurados, ya por estar en ruinas o invadidos de pulgas o próximos a caerse. El Padre Vito Ayala, primer Superior de la Escuela Apostólica en ciernes, cargó con la misión más dura, que consistió en habilitar cuanto  fuera posible aquel vetusto caserón y darle un aspecto risueño a su inhóspita entrada. La Apostólica, desde entonces, iba tirando. Los muchachos encontraban diversiones. Por una parto el atrio de la iglesia era un magnificó mirador, desde el cual podían contemplarse la melena de los sauces o las hileras de los álamos, bordeando el río y agrupados aquí y allá. En la casa existía la posibilidad de jugar al escondite, matar ratas o ‘murciélagos, destripar panales caseros o simplemente hacer dia­blura. En el campo de recreo había menos posibilidad de divertirse pues era público, y desde hacía tiempo algunos agraris­tas le temían puestos los ojos. Para evitarlo solía sembrarse de tiempo, robándonos todo el espacio para juegos de movimiento. Los muchachos tenían que contentarse con charlar con los burros que, a diario, triscaban los maíces o escaparse a la tienduchas vecinas en busca de golosinas.

Para los padres, a pesar de ser un mal destino, resultaba un tanto simpático. Allí ejercían apostolado, enseñaban y quién más menos hacía algún remiendo al convento. En términos generales, el destino era, tranquilo, pero aburrido. Hasta que un buen día el P. Francisco Roa, C. M., metió en firme la piqueta y lugares clásicos de pulgas desaparecieron para dar lugar a una capilla, cocina y comedor amplios. Luego el P. Luis Velasco, C. M., benemérito superior, con paciencia de hormiga y sin contar con medios, rodeó casa e iglesia con una barda sólida, quitando para siempre las tentaciones a los señores agraristas y asnos de alre­dedor. El P. Santiago Bengoa, C. M., muy querido de los laguen­ses, restauró corredores y salones muy valiosos que estaban en completa ruina. Finalmente el P. Justo Artaso, C. M., entonces Procurador Provincial, hermoseó y dio colorido a todas las de­pendencias de los niños. Fueron años de auge para la Apostólica. El raquítico número de veinte pudo superarse y se llegó a los cuarenta y cinco niños, repartidos en sólo dos cursos. Esto hizo pensar seriamente en la necesidad de un local más amplio, hi­giénico y funcional para ponernos así a la altura de los muchos y magníficos seminarios erigidos recientemente por los señores Obispos y Provinciales de diversas Órdenes.

LA NUEVA FUNDACION

Los lugares ideales para la nueva Escuela Apostólica eran, a no dudarlo, las ciudades de Méjico o Guadalajara, pero se es­cogió nuevamente a Lagos por su clima, privilegiada posición geográfica y, más que todo, por la donación que hicieron amigos laguenses de un terreno «ad hoc».

La historia de esta donación no fue sencilla. El terreno per­tenecía a un club. Los principales condueños, figurando entre ellos el siempre incondicional de los PP. Paúles, Dr. Alfonsó Es­cobar, no sólo estaban de acuerdo, sino decididos a que los te­rrenos del club pasasen a nuestras manos con la condición de levantar en ellos nuestro centro educativo. Otros condueños, sin embargo, no eran de la misma opinión, apareciendo como prin­cipal opositor el Dr. Ricardo Moreno, buen amigo también de los Padres. Sus razones eran de mucho peso, pues él atendía al bien común y no al particular de una entidad religiosa, por más que lo ligase a los Paúles una gran amistad. Al fin las razones llegaron a un acuerdo. Los señores Alfonso Escobar, Juan Gó­mez, Juan José Gómez, Roberto e Ignacio Torres, Antonio y Ro­berto Cabello, Ricardo Villalobos y Jesús Manrique, movidos por la simpatía que profesan al P. Santiago Bengoa, pugnaron amistosamente por lograr la absoluta mayoría, la cual se obtuvo en plena.

Comenzaba la batalla cuando el entonces Provincial R. P. Elías Alduán se presentó de improviso en el lugar de los hechos, acompañado por los PP. Artaso y Dehesa. Era una tarde de Corpus, ligeramente empañada de lluvia. Hacía fresco y los campos reverdecían. En tan magnífico marco, el terreno del antiguo club, umbrío y dotado de frontón y alberca, resultaba un rincón de ensueño, muy apropiado al recogimiento y la bulliciosa expan­sión de los apostólicos.

¿Qué le parece, Padre?

¡Colosal, chico, colosal!

Entonces, ¿juzga prudente que demos la batalla final?

No sólo lo juzgo, sino que vamos a comenzar desde ahora. Era el 16 de junio de 1960.

Siguió el trabajo duro: reunir las firmas de todos los condueños -algunos de ellos dispersos—, con la cual cedían sus derechos a nuestra Congregación. Después vino el papeleo de trá­mites y escrituras en las oficinas del Lic. Zambrano, muy amigo nuestro. Al fin se logró la adquisición.

El seis de febrero de 1962 fue colocada la primera piedra por el Padre Elías Alduán en un terreno bardeado ya, bien dotado de agua y electricidad. Únicamente faltaba la orden de empezar para lanzarse, a fondo, a la construcción. Esa orden no llegó darla el Padre Alduán. Su Provincia, en plena etapa de desarro­llo, tenía demasiados compromisos en León, Veracruz, Monterrey, Reynoso, Puebla y Cd. Mante para abrir un nuevo frente de trabajo y consumo en la ciudad de Lagos. Dos años escasos per­maneció enterrada la primera piedra esperando la compañía de otras. Los chiquillos, mexicanos al fin, decían, con guasa:

–      Tarda mucho en retoñar la piedra, padre.

LA CONSTRUCCIÓN

Pero no hay mal que por bien no venga. Aquella espera, como sucede a los buenos vinos, sirvió para que el proyecto madurase y pudiera llegarse al que, técnicamente, pareció el mejor. El actual Provincial R. P. Justo Artaso, a quien correspondió llevar tan magna obra, asesorado por su consejo, y el R. P. Ramón Belmonte, Procurador Provincial, no perdonó medio alguno para conjugar sobre el plano, belleza, y sencillez, funcionalidad y complejidad de servicios.

Y, como acontece en los cuentos de hadas, cierto día—dos de enero de 1964—la piedra retoñó. El ingeniero Felipe de J. Fer­nández, dos capataces y cuarenta trabajadores turbaron la tran­quilidad de aquel lugar. Pronto fueron surgiendo trabes, muros, columnas y lozas de concreto. La fecha que se había impuesto al ingeniero para presentar casa de Padres, capilla y edificio es­colar con dos pisos era la muy significativa del 10 de septiembre. El Padre Artaso cumplía en tal ocasión sus Bodas de Plata sa­cerdotales.

El compromiso fue cumplido. Ante la admiración de propios y extraños, el 12 de septiembre del mismo año, el Padre Artaso celebraba la santa misa en la hermosa capilla, diseñada por él mismo.

Fue un día de fiesta para la ciudad. La emisora local se en­cargó de transmitir tan resonante evento de la Provincia. Los antiguos condueños del club se congratulaban de haber cedido sus terrenos para semejante obra. Un sinfín de amistades de la ciudad y distintos puntos de la República rodeaban al P. Provin­cial y Padres de la Provincia, felicitándolos por lo que ya se había hecho y lo que se iba a realizar. Las Damas de la caridad y Lui­sas de Lagos contribuyeron al magnífico realce de la fiesta con un sabroso banquete, ofrecido al Padre Artaso e invitados.

HASTA EL FINAL

La obra continúa y continuará por algunos meses hasta que el plano se realice con todo detalle. El plano—obra del arqui­tecto Humberto Gutiérrez—es un rectángulo. Los trazos peque­ños están llenos por la casa de los Padres y capilla, en la parte oriente. Comedor general en la parte sur. Los lados mayores es­tán ocupados, en la parte norte, por la, cocina, comedor de los Padres, aulas y salón de estudios—primer piso—; dormitorio y baños—segundo y tercer pisos—; salón de actos (provisional) —segundo piso—. En la parte sur del otro lado mayor del rectán­gulo estará situado el teatro o, simplemente, habrá un pasillo, que una la casa de los Padres con el extremo sur del comedor general. De esa manera todo el edificio quedará circundado con un amplio y funcional corredor que sirva de tránsito y comuni­cación a todas las dependencias. Parte muy importante de la obra será la casa de dos pisos que dará albergue, en la parte alta, a las RR. Madres que hagan el oficio de Marta, y, en la parte hala, ofrecerá una gran despensa, lavandería y botiquín de emer­gencia.

La parte deportiva—alberca, frontón, campos de fútbol y canchas de basquet-bool, volt-bool y spiro—quedaron aisladas y cerca, a  la vez, del edificio escolar. Una magnífica posición para la vi­gilancia de los alumnos. El cupo, en ambas partes, puede llegar a 200 apostólicos,

La Provincia mexicana necesitaba una escuela apostólica de tal magnitud. Los afanes de los Padres Provinciales De las Heras, Ataún, Morales y Alduán, y de los Padres Superiores de La­gos Padres Ayala, Coello, Lanchetas, Velasco, Bengoa y Regalado, quedan sobradamente compensados, porque lo que deseaban fue superado.

Para el R. P. Justo Artaso, máximo dirigente, para el Padre Belmonte y demás Superiores, que tesoneramente costearon la obra, nuestra más sincera gratitud, porque cumplieron con Méxi­co y la Provincia.

Elías Regalado

 

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