Nuestra casa de Barcelona y la revolución (1938)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Antonio Tugores · Year of first publication: 1939 · Source: Anales Barcelona.
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Barcelona 3A este año se le puede llamar el año de las violencias extremadas, el año de las tinieblas y el año de la agonía de la revolución, agonía acompañada del ‘desespero más horrible en que la fiera se bate con rabia, sacude con dificultad sus miembros y acaba por quedarse inmóvil.

Violencias de parte del S. I. M. contra los jóvenes y sus familias; violencias de Negrín llamando progresivamente al combate a nuevas quintas hasta llegar a los jóvenes de 17 años y a los hombres de 50, ¿y con qué armamentos? Ni en tiempo del torpe D. Rodrigo se vio cosa semejante: ¡Con un plato, una manta y unos zapatos! ¿Qué ridiculez, qué pobreza, y qué barbaridad! Y lo peor del caso es que estas tres armas formidables y capaces de hacer huir al enemigo espantado, ya no se encontraban, y los que lograban hallarlas, las pa­gaban a precios increíbles. Violencias de parte del hambre, y violencias de parte del bombardeo, que se intensificó una manera capaz de espantar al más valiente.

Año de tinieblas, porque desde el 17 de Marzo se apaga­ren, mejor dicho, ya no .se encendieron las luces del alumbra­do público, de tal manera que no había más luz que la natural del sol, y cuando ésta desaparecía, la ciudad quedaba sepul­tada en la obscuridad; ya no había tranvías, pues a las cinco retiraban a las cocheras; sólo había la luz de las tiendas y de los escaparates, y después de las siete, era muy dificul­toso ir por las calles, y uno estaba expuesto a dar contra un árbol o a caerse en la acera. Sin embargo mucha gente tran­sitaba, porque uno se acostumbra a todo, transitaba silencio­samente y procurando ir con tiento para no chocar unos contra otros.

Y año de la agonía de la revolución, porque tal estado era demasiado violento, y ya hacía mucho tiempo que los mismos dirigentes veían la partida perdida; estaban con el agua basta el cuello, y sin embargo imponían resistir, resistir, y sólo resistir. ¡Y de cuántas atrocidades fue causa esa estúpida consigna!

Había en Barcelona el Hno. Fábregas, de la Casa de Bell­uig, escondido en Sarriá con el Hno. Riu, cuidados por la ermana del Sr. Padrós. El día 6 de Enero compareció el no. Farnell, escapado del frente de Aragón en vigilias de ir hacia Teruel, y también se refugió en la casa de la Srta. Mer­tedes Padrós, que pasaba por Mercedes Pujol esposa de su hermano, que la había dejado.

Este año también aumentaron las expediciones de innume­rables jóvenes que para evitar ir al frente o ser detenidos, se marchaban a Francia para pasarse a las filas de los Nacio­nales, guiados por hombres que conocían los parajes. Era empresa muy arriesgada, tanto por lo pesado del largo camino, como, y sobre todo, por la vigilancia que muchos de los cien mil hijos de Negrín (a) carabineros, ejercían. ¡Cuántos pobres muchachos cayeron en sus garras, muriendo de una bala o Picudo encerrados en las horribles «chekas».

En Febrero marchó el sobrino de la señora Paquita, y habiendo llegado bien, ella se animó a enviar a sus dos hijos, que no tuvieron tanta dicha, sino que cuando faltaba una noche para llegar a Andorra, fueron detenidos, trasladados a Barcelona y encerrados en una «cheka» y castigados bárba­ramente: con la silla eléctrica, siendo metidos en agua, reci­biendo latigazos hasta en la cara, y con simulacros de fusilamiento.

Dejo a mis lectores el considerar la pena de tan cariñosa madre, que por amor a sus hijos había consentido en quedar­se sola, y esperaba de un día a otro oír por la radio la consigna dada, señal de que sus hijos habían llegado bien, como su sobrino.

Era el día de su Patrona, Sta. Francisca Romana 9 de Marzo, cuando la llamaron al teléfono, a las 9 de la noche, para comunicarle que sus hijos estaban en Barcelona deteni­dos en una casa-cárcel de la Plaza de Adriano. Quedó pálida y sin poder hablar ni tenerse de pie. Su cuñada, la señora Montserrat Masagué, madre del sobrino, la auxilió con ter­nura, y poco a poco pudo hablar, pues nosotros ni sabíamos qué le pasaba ni de qué se trataba. Entonces acudieron las lágrimas y el desahogo, pidiendo que la encerrasen en la cárcel y que soltaran a sus hijitos.

Y ahora un trabajo más, atender a sus hijos en la cárcel con ropa y alimentos, y con la escasez que reinaba. Su esposo había sido trasladado de Montjuich a la cárcel Modelo, des­pués a Mataró y por fin a Manresa, donde se hallaba enton­ces. Yo fui a Manresa a comunicarle tan infausta nueva. Allí pude ver lo que es el amor del padre, del cual se ha disputado si es inferior al de la madre. Yo observé que si el de la madre es tierno, el del padre es fuerte, cualidad dis­tintiva del verdadero amor: fortis ut mors dilectio; pude ver que, si la madre es ternura inofensiva, como la paloma que arrulla, y como la oveja que bala, al sentirse sin hijos, el padre es el amor que amenaza, como la osa a quien se arre­batan los cachorros, el poder que defiende, la fuerza que sos­tiene. Mas ¡ay! el Sr. Masagué estaba privado de todo en la cárcel menos del amor, del dolor, de la rabia y del deseo de venganza; profirió las más terribles amenazas contra todos los rojos si se atrevían a tocar un cabello de sus muy’ ama­dos hijos; se mesaba los cabellos, como fiera que en la jaula arremete con furia contra los barrotes que la aprisionan y ora pensaba escaparse de la cárcel, ora ir a un batallón disciplinario para evitar que sus hijos tuviesen tal destino, como era ordinario y corriente. Me costó mucho calmarlo y hacerle ver que lo que se imponía era estarse quieto y en­comendar e1 asunto a Dios, que sabe por qué sufrimos tal o cual contrariedad, que al fin y al cabo, si somos buenos, todos para nuestro bien. Le dejé algo tranquilo y volví a Barcelona.

Los días 15s 16, 17 y 18 de Marzo fueron terribles para Barcelona, pues los aviones nos visitaron día y noche cada dos horas, arrojando bombas que nos dejaron aturdidos, y todo el mundo pensó en huir al monte de Vallvidrera o a los pueblos cercanos. Los trenes estaban abarrotados; las estaciones y los andenes eran un bloque de carne humana; se entraba al tren transportado, sin tocar con los pies en el suelo y como un fardo, entre gritos y ayes. Otros muchos se tras­ladaban a pie, llevándose mantas, colchones, almohadas, tien­das de campaña, sillas, camas, cestos, jaulas de conejos y de gallinas, es decir, todo lo que podían cargar. Aquello era un éxodo aterrador, y se decía que si tan duro bombardeo hu­biese durado tres días más, es seguro que Barcelona se hubiera rendido.

Entre las muchas bombas que fueron arrojadas, una o va­rias cayeron dos manzanas lejos de la casa de la señora Paquita. Eran las dos de la tarde, a la hora de comer, el estruendo fue ensordecedor; se rompieron los cristales, se abrieron las ventanas saltando astillas de las mismas, se sin­tió un viento fuerte y caliente que echó por el suelo a un señor. Gritos y ayes en todos los pisos; y-o miré por donde cata la casa, porque ya estaba seguro que se hundía. Las bombas habían arrasado cuatro o seis edificios de la Gran Vía, esquina a la calle de Balmes, lanzando en medio del paseo los grandiosos bloques de piedra que sostenían los edificios; todos los cristales de varias manzanas habían caído hechos añicos, muchas puertas y ventanas de muchísimas casas habían sido rotas, varias eran de hierro; debajo de los escombros, un montón formado por todo lo que había en todos los pisos, ¿cuántas víctimas, cuántos muertos? Sólo Dios lo sabe, y todo esto en un momento, en menos de un minuto. ¡Qué horror! Unos dicen que en uno de dichos edifi­cios, en los sótanos, otros que en dos camiones, que estaban delante, había una gran cantidad de trilita, y que por esto el ruido fue tan fuerte y los efectos tan horribles.

Comimos en un momento, pues pensamos que a las cuatro volverían los aviones, y yo quería marchar. Reuní los libros, los trasladé al patio y tomando un poco de ropa me marché a San Cugat, detrás del Tibidabo, a casa de una buena fanmilia, donde sólo estuve dos días, porque me dijeron que allí llamaría la atención. El día de San José ya había cesado la racha de bombas y  volví a Barcelona.

El día 22, nuevo sobresalto; la Policía fue a detener a la señora Paquita y a su cuñada, la señora Montserrat, por razón de la detención de tus hijos. ¡Cómo se complicaba la situación! ¡Cómo se ponía a prueba el temple de la pobre madre! Otra cuñada suya, la Sra. Asunción Masagué, ya es­taba presa y sentenciada a 30 años d3 reclusión por haberle encontrado en su casa a tres jóvenes ocultos, uno de los cua­les, estudiante de sacerdote, de Gerona, fue fusilado en Mon­juich. La cosa se ponía muy seria, y capaz de espantar a cualquiera.

Afortunadamente en casa no había más que la señora Montserrat, la cual le dijo que ella no era ella. ¿Cómo se entien­do eso? Dijo que era una mujer que vivía en Horta, en tal calle, número tantos, y que iba a aquella casa para ayudar a las señoras en las faenas de la misma; que las señoras habían valido y que no sabía cuándo volverían. Los policías se marcharon haciéndola responsable si no les avisaba cuando vol­viesen, y se llevaron a un Hermano Marista para que cantase, el cual protestó que él no sabía nada de asuntos de familia (y lo sabía como el que más), que estaba a pensión y no se metía en nada. En vista de estas sinceras (!) protestas le de­jaron bajar del auto, pero con el encargo de avisarles cuando e tuviesen en casa las señoras. ¡Vaya qué compromiso!

Tan pronto como los policías hubieron desaparecido, la cuñada hizo un paquete y se marchó. Cuando la señora Paquita llegó ya estaba advertida de todo y se preparó para que los policías no le echasen mano. Cuando llegué yo, el portero me enteró, subí al piso, tomé lo más preciso, el bre­viario, el misal, y me fui a Sarriá, a casa, de la hermana del Sr. Padrós, la que me sirvió lo que pudo para comer.

Así salí de la casa del Sr. Masagué, después de diecinueve meses de estar en ella.

Bueno, ahora hay que pensar en un nuevo refugio. Pero ahora es muy difícil, porque la escasez de alimentos no per­mite aumentar los comensales. Pensé quedarme en casa de la hermana del Sr. Padrós, pero ya había tres, y ella estaba muy agobiada. Fui a Moncada a casa de una hermana de la Sra. Paquita; pero me dijeron que ellos estaban muy tildados de derechas, y que allí yo corría peligro. Y efectivamente, dentro breves días el señor fue preso y lo ha estado hasta el final de la guerra, habiendo sido azotado y llevado al campo de fortificaciones, y después otra vez a la cárcel del Seminario ron sus sobrinos, y padeciendo muchísima hambre. Pregunté a otra familia, y me dijeron que en Moncada corría mucho peligro, y que estaría mejor en Barcelona. Todo sea por amor de Dios.

Regresé a Sarriá, y con penas y trabajos, por la falta de mida, aunque la Sra. Paquita me reservaba el pan que me pertenecía, según la, tarjeta de racionamiento, me quedé hasta el día 18 de Abril, en que, viendo los apuros que pasábamos para no ser oneroso, pedí a una buena familia, con la que vivía un pariente mío, Teatino, el Rdo. Pedro Verdi, si me podían admitir en su casa. Me dijeron que de muy buena gana, pero que no tenían con que alimentarme. Yo, apurado, les supliqué que me admitiesen, pues me contentaba con cual­quier cosa, porque lo que necesitaba era be no me dejasen en la calle, y me admitieron.

Pero, pronto vi que aquella situación era insostenible por la falta de alimentos, y el jefe, carpintero, D. Juan Rigo, de Mallorca, me lo dijo claramente, añadiendo que si yo encon­traba quien me diera de comer, podría continuar durmiendo en su casa, sólo dormir, pero comida, no tenía más que para los hijos.

Y cuando más apurado me vi, más brilló la Providencia de Dios, pues así como cuando nadie me quería por razón de la persecución religiosa, encontré a un alma valiente, la de la señora Paquita, así también ahora en que no me quiere nadie por varias dificultades, especialmente por causa de la falta de alimento, Dios me presenta a una caritativa, noble, gene­rosa y desinteresada persona que me salva, y me sienta a su mesa hasta que llegan los Nacionales, o sea, hasta que pasa el hambre. Y esta vez no es una señora, es todo un caballero el Sr. D. Pedro Abella, el cual, igual que su piadosa esposa, Dña. Isabel Daurella, me introdujo en su case, y con una caridad que sólo Dios puede recompensar dignamente, me han atendido, no sólo en lo necesario, sino también en lo que no lo es, y esto revela la generosidad, la espontaneidad y la alegría en los favores y atenciones que tan buenas almas me han dispensado. Dios bendiga a tan cristiana familia, co­mo lo espero, hilarem enim d,atorem diligit Deus.

¿Cómo había yo conocido al Sr. Abella? Providencial- mente. El verano anterior, con objeto de que me hicieran un pantalón, había ido a la sastrería «Roma», en la que él era contable; confeccionaban las sotanas para la Comunidad y él había leído mi nombre, pero no nos conocíamos. Con esta ocasión me suplicó fuera a confesar a un tío suyo, D. Augusto Run, al cual asistí espiritualmente varias veces hasta que murió (e. p. d.) y del cual recibí notables limosnas. Desde entonces el Sr. Abella me llamaba frecuentemente para admi­nistrar la sagrada Comunión, unas veces con la santa misa, a su familia, otras a su madre política, Dña. Montserrat Ruli, y cada vez yo recogía abundantes y caritativas limosnas. En la Noche Buena quiso que celebrase las tres misas en su casa, donde se reunieron varias personas y donde celebramos una bonita y conmovedora fiesta. Por medio de él contraje nue­vas amistades, éstas me proporcionaron otras, y así vine en conocimiento de varios bienhechores míos, de tal manera que todos contribuyeron eficazmente a que desde Octubre del año 1937 no tuve necesidad de que el Sr. Eusebio Carbonen me entregara el dinero que el Sr. Ramis le enviaba desde Fran­cia. Un día le encontré cuando yo acababa de llevar la sagrada comunión a D. Gabriel Moragas, otro bienhechor mío, conocido en casa del Sr. Abella; le expuse mi crítica situación y él, compadecido de mí, me ofreció ayuda en esta forma: Yo iría a comer a su casa, menos los domingos, porque iba a Cardedeu, adonde había trasladado la familia huyendo del peligro de los bombardeos. Para la cena me daría lo que pudiese, y añadió.:–,Si no fuere que ya marcha los sábados y miércoles, y no quiero que Vd. se quede solo, para evitar sospechas de los vecinos, V. se quedaría en mi casa y sería nuestro sacerdote.

Empecé a disfrutar de la bondad del Sr. Abella el día 27 de Abril, fiesta de la Virgen de Montserrat.

Muy pronto la Sra. Isabel vino a Barcelona cada semana, y entonces yo me quedaba a todo estar tres días y celebraba la santa misa, que me ayudaba el mismo Sr. Abella, y Administraba la sagrada comunión que, como decía la señora, valía mucho más que lo que ellos hacían por mí. También me llevaron varias veces a Cardedeu para satisfacer la devo­ción de sus parientes, la familia del Sr. Román Juliá, antiguo Amigo de nuestra casa, y a quien soy deudor de varios dona- vos y del hospedaje que me ofreció en su casa de Cardedeu.

Otro día fui a Granollers a hacer un bautizo y a repartir varias comuniones con inmensa devoción de las buenas perso­nas privilegiadas.

¿Y cómo podía sustentarme el Sr. Abella en aquel tiempo de escasez? Pues, porque era administrador de la Clínica de la Merced, y muy de madrugada iba con el coche del benéfico establecimiento al Borne a surtirse de lo que podía, y de paso, como si fuese todo para la Clínica, compraba para su numerosa familia (9 hijos, la señora y dos criadas). Además, tenía en París a un pariente, D. Pedro Viñas, que muy fre­cuentemente le remitía sendos paquetes con los alimentos más útiles y variados.

Ya tenía yo mi problema resuelto; pero pronto vino una nueva complicación o dificultad. Con el avance de los Na­cionales desde Teruel hasta Lérida y Castellón, más el intenso bombardeo de Marzo, Indalecio Prieto salió del Gobierno y Negrín, sin dejar de ser Presidente, se hizo cargo del Minis­terio de Defensa. Su norma fue «resistir, resistir y resistir con o sin pan, con mucho o con poco armamento, y ¡ay del que desmayase!» Para ello, además de llamar a nuevas quin­tas, se revisaron los Ministerios para que sus empleados fue­ran al frente. Entonces se tocaron todos los resortes para quedarse en los Ministerios. Para conseguir esto era indispensable un aval en que constase que el tal empleado y su familia eran unos antiguos y acabados antifascistas. El señor Rigo tenía en un Ministerio a su hijo Rafael, y habiendo con­sultado a un conocido suyo, de izquierda republicana, supo que éste no le haría el aval por nada sabiendo que él tenía a dos curas en su casa. El Sr. Rigo nos relató el resultado de la entrevista y yo entendí cuál era mi obligación: Imitar a Jonás mandando ser echado al mar para que se salvara la tripulación, es decir, marchar de aquella casa para que el hijo pudiera, por mi parte, continuar en el Ministerio.

Hice una visita a la Sra. Paquita, que había sido recogida por una prima suya, que tenía una pensión, y le pregunté si tenía un aposento disponible y si me podía admitir. Me respondió afirmativamente a ambas preguntas; consulté mis in­gresos, convenimos en que me descontaría los días que yo cerniese y cenase fuera de la pensión, y quedó resuelta la dificultad. El día 28 de Mayo empecé a dormir en mi nueva casas y de nuevo estuve con la Sra. Paquita, que me dio noticias de sus hijos. Estos habían sido trasladados a Montjuich, y ella había ido sacando del piso lo que pudo. Yo saqué todo lo mío. La portera nos había ayudado. Después, los policías se establecieron en el piso.

La escasez continuaba aumentando. En Sarriá los tres Hermanos pasaban grandes apuros. Les compré algunas bote­llas de reconstituyentes, porque se sentían muy débiles. El Hno. Riu por sus muchos años se sentía más postrado, y llegó a infundirnos vivos temores. Un día me llamaron urgente­mente y encontré a la hermana del Sr. Padrós muy alarmada por el estado de nuestro buen hermano, y me pidió que lo sacase de aquella casa, porque ella no podía atenderlo, y sí llegaba a morirse, necesariamente serían hallados los dos es­condidos y ¿qué sucedería entonces?

Consulté al Sr. Abella, y le pedí encarecidamente que, si era posible, diera entrada en la clínica a nuestro buen Hno. Riu. El y su cuñado el Dr. Luis 011é fueron a buscarlo u Sarria, el 9 de Agosto, hallando el Dr. que tenía 39º de calentura, y lo pusieron a dieta, mas el enfermo, pensando lie lo iban a matar de hambre, se escapó de la clínica, ignorándose su paradero y si vivía o si había muerto. Al cabo de ocho o diez días lo hallé en la tienda de la señora María Sanmartí y bastante mejorado. Me dijo que estaba en Gracia, son una familia de parientes remotos, y con dicha familia continuó hasta el final de la guerra.

En Agosto el gobierno dio un Decreto indultando a los emboscados u ocultos, y nuestros dos Hnos. Fábregas y Farnell se presentaron. El primero fue declarado útil y pasó al Cuerpo de Sanidad siendo destinado hacia Tárrega. Estos días escribe desde Sevilla que ya está licenciado y que va a llegar en breve.

El Hno. Farnell fue dado por inútil, y se fue a trabajar a una casa de campo de Vich para poder comer, y allí estuvo hasta acabada la guerra.

Actualmente ya está en Bellpuig.

El Sr. Solá, después de mucho padecer con santa resigna­ción y con mucha edificación de todos los que fueron sus coro pañeros de penas en la cárcel y en el campo de fortificacio­nes, había obtenido la libertad, por Agosto, y fue a pasar una temporada a Benlloch, al lado de sus parientes.

El Sr. Civit, después de salir ‘de la cárcel y después de haber estado unos meses en Barcelona, viendo que no había qué comer, marchó a Valls (Tarragona) primero al hospital y después a una casa de campo, desde donde ha esperado la llegada de los Nacionales.

El Hno. Irigoyen también marchó a donde estaba el señor Civit por el mismo motivo, y allí estuvo hasta el día de Pas­cua, en que vino a morir a nuestra casa.

La hermana del Sr. Padrós, por fin, se quedó sola, dema­siado sola, por lo que me pidió que fuera a vivir con ella, lo que hice el día tres de Septiembre, y en Sarriá estuve más seguro contra el bombardeo que iba aumentando con mucha violencia. En cambio, tuve que andar mucho por la carretera de Sarriá por razón de las clases, y especialmente por la cernida con que me atendía el buen Sr. Mella.

A principios de Octubre el señor Solá volvió de Benlloch, y se estableció en casa de la hermana del señor Padrós, y ya volvimos a ser tres, y con esto los alimentos volvieron a esca­sear. Entonces el Sr. Sola escribió al Sr. Ramis exponiéndole nuestras necesidades, y diciéndole que hiciera el favor de en­viarnos alimentos de Francia, porque en Barcelona no se ha­llaba casi nada, que no podíamos contar más que con lo que él nos enviase; y entonces nos llegaron algunos paquetes que aunque costaban al Sr. Ramis su dinero, para nosotros eran muy poco, y en breves días quedaba consumido.

Estuvo muy en boga esto de enviar paquetes desde Francia, y en la calle de Puertaferrisa había la oficina de ‘reco­gida de tales paquetes, mas, ¿qué era esto en comparación de la muchísima gente que no tenía que comer? Yo vi con asco y con pena a varias personas que, cual perros hambrien­tos, revolvían los cubos de la basura, depositados en las aceras y buscaban ávidamente un residuo de manzana, un grano de uva, una espina de pescado… que llevaban a la boca con expresión de verdadera hambre. Otros removían los montones de la basura y recogían, si las hallaban, las hojas de col o de lechuga. ¡Qué espectáculo tan desolador!

El año iba tocando a su fin y el malestar llegaba al col­mo dentro de un compás de espera, con la vista puesta en Alemania e Inglaterra. Mientras tanto los Nacionales prepa­raban el avance definitivo sobre Cataluña. Por fin pedirnos oír como en otro tiempo San Juan: Etiam vado cito. El 23 de Diciembre empezaron su marcha triunfal en Serós para llegar el 11 de Febrero a Portbou. Muy bien, Cruzados, amigos nues­tros, venid pronto, que os esperamos con los brazos abiertos y con los ojos fijos en el horizonte, esperando veros aparecer para aplaudiros y abrazaros, y para besar la bandera de Es­paña que tremola en vuestras manos.

La noche Buena de aquel año la celebré con ornamentos sacerdotales y con cáliz, gracias al fervor del Sr. Abolla y a las manos de su piadosa señora Dª Isabel. Se reunieren unas 22 devotas personas y hasta hubo armonías de violín tocado fervorosamente por el Sr. Gabriel Moragas, como ofrenda al recién Nacido de sus estudios y progresos musicales practi­cados durante la guerra. La angelical hija de los caritativos ¡posos, Pilarín, celebró su primera comunión y yo mis bodas de plata de misa nueva. Navidad 1913, Navidad 1938.

Y mientras agonizaba el año 1938 para dar paso al Año aovo, también agonizaba el dominio rojo con todas sus violencias para dar paso a la civilización, las tinieblas desapa­recían y surgía la luz, caían los profanadores de la Cruz y ésta se levantaba esbelta y gloriosa, Negrín se ocultaba y apare­cía Franco.

Ya era hora. Ave.

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