10.—Pombal y la persecución contra las Órdenes religiosas.
En el año 1759 comenzó en Portugal un período de persecución, contra las Comunidades religiosas, siendo uno de los incidentes más notables de dicha persecución la expulsión de los Jesuitas por el Marqués de Pombal. Mas esto fue el principio de un período de decadencia para Portugal, porque la abnegación de los religiosos era uno de los más eficaces apoyos de su influencia en sus inmensas colonias.
Una sencilla frase del Superior General, que a la sazón era el Sr. Antonio Jacquier, pinta perfectamente nuestra situación. He aquí lo que decía en la Circular de 1º de Enero de 1763: «Nada podemos deciros de nuestros hermanos de Portugal. La prudencia les impone silencio para con nosotros, y nosotros no podemos menos de alabar su conducta.
Algunos años más tarde, en 1778, hacía la siguiente sensible apreciación: Nada nuevo tenemos que deciros de nuestras casas de Portugal. Atendidas las circunstancias que atraviesan, y especialmente la prohibición hecha por el Rey de recibir novicios sin su especial permiso, el cual no concede, es imposible que subsistan largo tiempo. Si las cosas no cambian prontamente, las casas carecerán de individuos que se dediquen a las funciones propias de nuestro estado, y por consiguiente ellas mismas se destruirán.
11.- Mejoramiento del estado general; nuevas fundaciones.
Los años siguientes sólo trajeron el eco de estas tristes nuevas, o bien el silencio, no encontrándose señales de mejoría hasta el año 1777 y después en 1780. Entonces los Misioneros pudieron dedicarse con más libertad a sus trabajos y hacer que sus obras floreciesen de nuevo. Pertenecen a esta época las fundaciones de Evora, Sernache, Goa y Macao, de que hemos hablado circunstanciadamente más arriba.
12.—La invasión francesa en 1807. Los soberanos portugueses se retiran al Brasil.
Portugal había formado parte de la liga contra Napoleón I, por lo cual éste dio orden a uno de sus generales, Junot, de invadir el reino en 1807, y obedeciéndole las tropas francesas, avanzaron con extraordinaria rapidez. El 27 de Noviembre de 1807 la familia real se embarcó para el Brasil, y el 30 los franceses entraban en Lisboa. Inglaterra, a quien no convenía perder su influencia sobre Portugal, intervino entonces, y unidos los portugueses a los ingleses resistieron valerosamente a la invasión francesa.
La familia de Braganza, que se había refugiado a su colonia del Brasil, se mostró allí bienhechora. La corte de Portugal se estableció en Río Janeiro y se levantaron las viejas excesivas prohibiciones coloniales, inaugurándose un régimen aceptable. En 1815 se proclamó reino la inmensa colonia, siendo reina Doña María, que murió en 18:6, sucediéndola el Regente Don Juan con el nombre de Juan VI. Este tenía dos hijos D. Pedro y D. Miguel, y cuando en 1821 dejó el Brasil para volver a Portugal, encomendó el gobierno de aquel reino a su hijo D. Pedro, quien se encargó de él a título de Regente; pero muy pronto estalló una revolución, que el mismo rey había previsto, en la cual se proclamó la autonomía del Brasil, y al Regente Emperador (1822). La metrópoli reconoció esta separación de su antigua colonia por un tratado de 19 de Agosto de 1825.
Hemos recordado estos sucesos por la relación que con ellos tienen algunos hechos importantes de la Provincia de los Paules en Portugal. En la misma época hubieron de salir también de Portugal los Misioneros para refugiarse en el Brasil, según se lee en los ANALES de la Congregación de la Misión, t. XXII, p. 130:
«Era el año 1808. El Rey Juan VI, arrojado de Portugal por las armas francesas, acababa de llegar a la colonia de Río Janeiro para esperar allí la hora de su retorno a Europa. En esta época nuestros hermanos el Sr. Castro, más tarde primer Visitador de la Provincia del Brasil, el Sr. Vicente Ferrera, que llegó a ser Obispo de Mariana, el Sr. Macedo, establecido en seguida y para largo tiempo en Campo Bello, y muchos otros Sacerdotes de la Misión arrojados también de Portugal por la revolución que siguió a la invasión francesa, desembarcaron en Río Janeiro, pidiendo asilo a su Rey. Juan VI, que acababa de ser nombrado heredero del piadoso Fray Lorenzo, fundador de la colonia de Caraga, les cedió Caraga, sus dependencias y una propiedad inmensa de dos a tres leguas de diámetro, en cuyo centro se eleva todavía hoy el venerable Santuario de María. De este modo la divina Providencia dispuso que redundase en beneficio de la colonia la revolución de la Metrópoli, llamando la Congregación arrojada del extremo de Europa a fundar una Provincia en la América meridional, donde se abrió a su celo el más anchuroso campo.
Establecidos en Caraca hacia el año 1810, dieron principio desde luego a la obra principal de nuestra vocación, las misiones. Los frutos de bendición obtenidos por estos dignos herederos del espíritu de San Vicente son visibles hoy todavía, y su recuerdo permanece en la gratitud y veneración de todos». Así escribía en 1857 un lazarista francés, residente en el Brasil:
«Desgraciadamente, el aislamiento en que se hallaban en el Brasil los’ Paules portugueses, y la falta de comunicación con Lisboa y París, iban a precipitarlos en el desorden, y después en el cisma, y ciertamente caminaban a la ruina, si no se hubieran vuelto al centro y unido al Superior General, como lo hicieron en 1847. Las circunstancias de estos hechos pueden verse en la vida del Ilmo. Señor Vicoso.»
13.—Dificultades administrativas.
La difícil situación en que la perturbación europea que se siguió a la revolución francesa colocó a los Misioneros portugueses les fue muy perjudicial.
«La recomendación del Cardenal Fesch, tío de Napoleón, fue muy útil a nuestros hermanos de Portugal en la primera ocupación del país por el General Junot»; así leemos en una Circular de 1º de Enero de 1809. Pero no pudieron menos de sentir los efectos de la situación anormal de la Congregación, privada de Superior General y gobernada hasta 1827 por dos Vicarios Generales, residentes uno en Francia y otro en Roma.
En Portugal se hizo un nombramiento análogo; en efecto, el Ilmo. Sr. Vicente Macchi, Delegado Apostólico en este reino, en vista de las circunstancias, y para imitar lo que se hacía en otras partes, nombró al Sr. Antonio Martín, que era primer Consultor Provincial y Asistente de Lisboa, Vicario Apostólico de la Provincia de la Congregación de la Misión en Portugal, con todos los poderes del Superior General y de sus Asistentes, vel separatim, vel conjunctim, etc., (28 de Septiembre de 1812).—Este acto procedía, sin duda, del deseo de servir a los Sacerdotes de la Misión en Portugal; pero, ciertamente, no vemos en el documento que tenemos a la vista en virtud de qué facultades procedió el Delegado Apostólico a un acto semejante, que parece exigir un mandato especial, del cual se debiera haber hecho mención.
El Sr. Martín gobernó la Provincia como Visitador; pero los Misioneros de Portugal reconocieron siempre la autoridad de los Vicarios Generales de la Congregación residentes en Roma. El 14 de Marzo de 1819 el Sr. José Antonio da Silva Rebello daba cuenta a los Misioneros de Portugal de que el Sr. Baccari, Vicario General en Roma, acababa de nombrarle Superior de Lisboa y Visitador.
El Sr. Juan Timoteo da Silva fue confirmado el 20 de Mayo de 1828 en el cargo de Superior de Lisboa y Visitador de la Provincia de Portugal, para el cual había sido nombrado anteriormente por el Sr. Baccari. Recibió esta confirmación del Sr. Wailly, a quien el Papa León XII nombró Superior General de la Congregación de la Misión el 16 de Enero de 1827. De este modo terminó la situación anormal en que se hallaba la Compañía desde la época de la revolución, pudiéndose desde este momento esperar que iba a entrar en un período de restauración.
En Octubre de 1829 el Sr. Juan Timoteo da Silva, haciendo la visita de la casa del Seminario real de Sernache de Bomjardim, ponía al frente de las ordenanzas la fórmula siguiente: «Nós, Visitador de las casas de la Congregación de la Misión de Portugal, erigida en Provincia propiamente dicha por la décimoséptima Asamblea general celebrada en París el 15 de Mayo de 1829, y Comisario del Sr. Superior General para las casas de ultramar, es decir, para las existentes en Macao y en él Brasil», etc.
Esta fórmula da a conocer de una manera precisa cuál era el estado de la Congregación en Portugal, bajo el punto de vista administrativo.
Anteriormente las casas de Portugal dependían directamente del Superior General por voluntad del Rey Juan V, que lo había querido así, según dijimos ya. Por consiguiente, las casas de este país no formaban una Provincia propiamente dicha, y el representante del Superior General sólo llevaba el título de Vicevisitador.
En 1829 se celebró en París una Asamblea general de la Congregación, que fue la que eligió Superior General al Sr. Salhorgne para suceder al Sr. Wailly. Entre los negocios que esta Asamblea examinó y puso en regla fueron los concernientes a Portugal. Las casas de esta región se, hallaban, como acabamos de indicar, en una situación excepcional y difícil, a lo cual nadie había osado poner remedio. En efecto, la Asamblea general celebrada en 1788, a la pregunta que se le hizo sobre la conveniencia de poner un Visitador al frente de las casas de Portugal, o al menos de conceder al que hacía sus veces toda la autoridad de un Visitador, contestó de una manera que sólo en parte remediaba los inconvenientes de la situación. He aquí la respuesta: «La Asamblea general, después de madura deliberación, ha acordado conceder y concede por el presente Decreto a los Misioneros portugueses el derecho de enviar un diputado a la Asamblea, sea sexenal, sea general, de la Congregación, con derecho de voto como los demás diputados, entre los cuales ocupará el lugar que le corresponda siguiendo el orden de vocación.»
En la Asamblea de 1829, teniendo en cuenta los acontecimientos pasados, se volvió a tratar la cuestión, y en la sesión séptima se preguntó: «si convendría erigir las casas de Portugal en Provincia propiamente dicha, que como las demás Provincias pudiera enviar dos diputados a la Asamblea general.» A lo cual «la Asamblea respondió que lo juzgaba muy conveniente y que por el presente Decreto erigía las casas de Portugal en Provincia propiamente dicha».
Por la fórmula empleada por el Sr. da Silva se ve que sólo era Comisario extraordinario del Superior General para las casas de Ultramar, es decir, como indica el mismo, «para las casas existentes en Macao y en el Brasil». Además de los Paúles portugueses que marcharon al Brasil en 1808, mencionados más arriba, se embarcaron algunos otros en Lisboa para el mismo punto, especialmente en el mes de Septiembre de 1819; pero las relaciones entre los Misioneros del Brasil y los de Portugal fueron siempre poco íntimas y muy raras.
En 1832 el Sr. de Magalhaes (José Antonio), sucedió al Sr. da Silva en el cargo de Visitador de la Provincia de Portugal.
La marcha de los sucesos políticos iba a traer tiempos desastrosos para esta Provincia.
4.— Discordias civiles en Portugal; supresión de las Comunidades religiosas.
Las discordias civiles nacieron de la competencia a la corona de Portugal de los dos hijos de Juan VI, a la muerte de su padre (1826). Don Pedro el primogénito, proclamado ya Emperador del Brasil, abdicó la corona de Portugal a favor de su hija Doña María de la Gloria; mas Don Miguel, el hijo menor de Don Juan VI, reclamaba esta corona para sí, fundando su pretensión en una ley votada por las Cortes de Lisboa en 1641 y confirmada por cartas patentes del Rey Juan IV, según la cual: «En caso de reunión de dos coronas sobre la cabeza de un Soberano, al Príncipe menor corresponderá por derecho la posesión de la segunda.» En virtud de esta ley las Cortes reconocieron y proclamaron Rey de Portugal a Don Miguel, puesto que Don Pedro, su hermano, había separado y guardado para sí la corona del Brasil.
Más grave que la razón legal era aún la tendencia de los dos competidores y sus partidarios respectivos: Don Miguel representaba el espíritu conservador y religioso; Don Pedro el espíritu liberal, y, por tanto, se apoyaban en él los revolucionarios. No pudo menos de estallar la guerra entre Don Pedro, que vino del Brasil para sostener el derecho de su hija, y Don Miguel, que fue vencido en la lucha.
Con el triunfo del partido liberal se declaró la persecución a las Comunidades religiosas. El 25 de Julio de 1833 la ciudad de Lisboa fue ocupada por las tropas de Don Pedro, quien a nombre de su hija Doña María, que tenía a la sazón catorce años, se encargó de la regencia del Reino.
He aquí lo que escribía L’ Ami de la Religión del 27 de Agosto de 1833: «Después de la ocupación de Lisboa por las tropas de Don Pedro, la capital estuvo expuesta durante algunos días a los mayores desórdenes. Multiplicáronse las vejaciones contra el clero, y el Nuncio de Su Santidad se vio obligado a retirarse, abandonando a Portugal el día 4 de Agosto.
El 5 de Agosto Don Pedro dio una serie de Decretos que llevaban a la Iglesia de Portugal la confusión y el cismas.
Uno de estos decretos mandaba salir de los conventos a todos los novicios y prohibía que se recibieran otros en lo sucesivo.
Un Decreto del 9 de Agosto ordenaba la disolución de todo convento, monasterio o Comunidad que tuviera menos de doce religiosos, los cuales debían ser enviados a otras casas y sus bienes declarados bienes nacionales. Las Órdenes monásticas quedaban sometidas a la autoridad del Clero secular, y todo religioso o Sacerdote secular que
bajo cualquier pretexto resistiera a este Decreto sería perseguido y castigado como rebelde a la Reina; sus casas serían cerradas, sus bienes confiscados y ellos privados de la pensión que el Gobierno les daba. El Decreto añadía que quedaban derogadas todas las leyes en contrario.
Durante el mes de Agosto ocurrieron graves desórdenes en Lisboa. Los bienes de los adversarios de Don Pedro fueron secuestrados, y Don Pedro mando que todo partidario de su hermano Don Miguel a quien se cogiera con las armas en la mano fuera fusilado en el acto. Algunos prisioneros entre los que se hallaba un religioso capuchino, fueron arrancados, de las manos de los guardias y asesinados en la calle.
El decreto de 9 de Agosto de 1833 prohibiendo los Prelados mayores, con las otras disposiciones contrarias a las comunidades religiosas, era ya demasiado grave; pero la ley de 28 de Mayo de 1834 fue todavía más radical; porque abolió las Órdenes religiosas en Portugal y confiscó todos sus bienes. La Congregación de la Misión dejó, por consiguiente, de existir en Portugal, y a este propósito escribía el Sr. Salhorgne, Superior General, lo siguiente: «Desde que el 24 de Julio último pasó a otras manos el Gobierno de Lisboa, no he recibido noticia alguna de los Misioneros portugueses. Únicamente acabo de saber que sólo la casa de Lisdoa ha sufrido las consecuencias de este cambio de Gobierno. En efecto, el 27 de Julio fue ocupada militarmente, y nuestros hermanos se vieron obligados a dejar sus hábitos. El Visitador había juzgado conveniente abandonar esta residencia. Desde dicho día ignoro en absoluto lo que ha sucedido en esta casa. Pero sé que las demás casas se encuentran actualmente en la misma situación que antes de ocurrir estos sucesos.»
Las demás casas tuvieron al fin la misma suerte que la de Lisboa, todas desaparecieron, quedando la de RilhafoIles, al dispersarse los Misioneros, abandonada por algún tiempo y entregada al saqueo. Tal vez la salida de esta casa fue un poco precipitada. Se han encontrado más tarde algunos de los objetos que constituían la riqueza de la Iglesia, ornamentos sagrados, regalados por el Rey Juan V y otros bienhechores, vasos sagrados, etc.; pero lo importante hubiera sido proveer a las necesidades del personal con los recursos que había, los cuales, bien que insuficientes, hubieran podido distribuirse y utilizarse con más provecho. También había fundaciones portuguesas en el Brasil y en la China, y ciertamente que no dejaría de haber algunos Misioneros dispuestos para ir a estas regiones, y continuando allí, lejos de su patria, las obras de la Congregación, hubiesen evitado la extinción de su Provincia. Mas por una parte la precipitación no dio tiempo a estas reflexiones, y por otra tampoco había facilidades para ir al Brasil, porque las casas de esta región, bien que fundadas por Misioneros portugueses, no conservaban muy íntimas relaciones ni con su Provincia, ni con la Congregación. Además de que también allí se comenzaban a sentir los efectos de los desórdenes de Portugal, como se ve por lo que escribía el Superior General Sr. Salhorgne en 1834: «Nuestros hermanos portugueses establecidos en el Brasil se hallan también expuestos a grandes tribulaciones de parte de los enemigos de la Religión. Las últimas noticias que de ellos he recibido dejan entrever muchos temores para el porvenir.»
Cuáles fueron, para cada Misionero, las consecuencias de esta persecución, no es fácil averiguarlo; podrá, sin embargo, formarse de ellas una idea por el ejemplo que vamos a poner a vista del lector.
Es un trozo de una carta escrita por un Misionero, el Sr. González, que se vio en la necesidad de huir cuando la revolución de 1833, y que en 1857, cuando los Sacerdotes de la Misión volvieron de Francia a Portugal, escribió al Sr. J. B. Etienne, entonces Superior General, pidiéndole le admitiera de nuevo en la Congregación; gracia que en efecto consiguió, dice así: «El 28 de Octubre de 1824 ingresé en el Seminario interno de la Congregación en Lis-, boa. En 1826 hice los votos, y terminados los estudios fuí ordenado de Presbítero en 1831.
En 1833 estalló la revolución en Lisboa, y con el permiso del Visitador, cada cual huyó como pudo, atravesando dificultades que fueron siempre creciendo en los meses y años siguientes, a consecuencia de la ley de extinción de todas las Comunidades religiosas y del cisma religioso que se introdujo en el reino y duró hasta 1842.
Durante estos ocho años he vivido con mis padres en las provincias del Norte, sufriendo grandes privaciones, porque no pude obtener del Gobierno el subsidio que habían prometido.
He sido perseguido cruelmente por no querer reconocer a los Prelados intrusos, y hubo años en que no podía celebrar la Santa Misa, o si la celebraba, era a escondidas y tomando todo género de precauciones. Desde 184o pude ponerme en relación con el Sr. Magalhaens y recibir de él las facultades y dirección que necesitaba, atendidas mis circunstancias, y hacia la misma época conseguí del Gobierno una pensión.
En 1844 se murió mi padre, y entonces el aburrimiento y la falta de medios para vivir decentemente me obligaron a retirarme con una familia extranjera y honrada bajo todos conceptos que me ofreció su protección y me la dispensó en, efecto hasta 1854.
En 1857 llegaron a Portugal los Misioneros franceses con las Hijas de la Caridad, y yo, deseando entrar de nuevo en la Congregación, me puse en correspondencia
con el Sr. Fougerays.
Por un momento pareció perdida toda esperanza de ver renacer en Portugal las obras de San Vicente de Paúl. El Sr. Etienne, después de dejar entrever algunas ráfagas de esperanza, escribía en 1º de Enero de 1845 a toda la Congregación: «La Provincia de Portugal no existe ya en realidad, y puedo decir que ni siquiera quedan restos de ella que nos den esperanza de verla algún día restablecida. El Visitador, Misionero respetable por todos conceptos, derrama amargas lágrimas al ver su aislamiento, y no halla otro recurso para restablecer la Compañía en su desgraciada patria que el dirigir al Señor con este intento sus votos y súplicas.
Por la venida a Portugal de Misioneros é Hijas de la Caridad de Francia vino a formarse una nueva Provincia, como vamos a referir.







