Nicolas Pierron (cuarto superior general de la CM y de las HH. de la C.) (1635-1703)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1903 · Fuente: Notices, IV.
Tiempo de lectura estimado: 6 minutos

superiores generalesSu carácter bueno, su conducta modesta y prudente tras su elección al empleo de superior general atestiguan  altamente qué sincero era en su humildad el Sr. Pierron, cuando anunció, en 1697, su elección a las casas de la Compañía : ” Todavía sigo inconsolable por esta elección, escribia, y no he aceptado el peso se semejante carga sino después de haber puesto extremas resistencias y gastado lágrimas en abundancia para verme descargado de ello, mas no han tenido compasión de mí, para mi gran confusión”.

El Sr. Nicolas Pierron había nacido en Montceaux, en la diócesis de Sens, el 9 de mayo de 1635. Fue recibido en la Congregación, en tiempos de san Vicente de Paúl, el 14 de mayo de 1657; hizo estudios muy buenos, luego enseñó en San Lázaro. Tenía sabiduría; y de los externos distinguidos, entre otros, Mons. Claude de Saint-Georges, arzobispo de Lyon, muy hábil él tambén y muy versado en el conocimiento de la antigüedad, que había conocido al Sr. Pierron en Tours, por haber sido arzobispo en esta ciudad antes de serlo de Lyon, dieron testimonio, al saber de su elección, de que era un placer ver que en la Compañía se cuidaba de la erudición de los miembros. El Sr. Pierron  fue el primer superior del seminario de Saint-Flour, y también del de Tours. El Sr. Jolly le llamó a San Lázaro en 1694; y le hizo a la vez superior del seminario de Chartres y visitador de la provincia de Francia. Pasaba de los sesenta cuando fue elegido general y sufrió lo indecible al tener que aceptar este cargo, como ya lo hemos dicho. No fue escuchado, y su elección siguió adelnate. Él mismo lo anunció, según la cxostumbre, con una carta circular, fechada el 10 de agosto de 1697, en la que asegura de su entrega y declara “que tratará de imitar a sus tres honorables predecesores en su sabia dirección, sobre todo para mantener la unión y la exacta observancia de las reglas”.

Ya que es preciso que cada uno lleve su cruz, y también los que son inocentes y que cumplen su deber no están libres de esto, el Sr. Pierron soportó esta ley común. Dios se sirvió de un incidente de su elección  para permitir que su siervo fuera sometido a las contradicciones que le debieron ser muy sensibles.

En efecto, Luis XIV, por la desgraciada sugestión  de algunos grandes señores que avistaban  a un candidato –que no fue elegido por supuesto-  mal aconsejado intervino en la elección del superior general, haciendo saber que cierta elección no le caería bien. Es lo que los soberanos practican y lo que se tolera por su parte en los cónclaves cuando la elección de los papas: ninguno pretende por ello que las elecciones de los sujetos son inválidas. Luis XIV habría obrado bien absteniéndose. Él no tuvo que sufrir por ello, él,  y desistió de esta ingerencia a partir de la elección siguiente: pero algunos misioneros extraños conservaron en el alma por ello una profunda tristeza y se dedicaron a hacérsela sentir al humilde Sr. Pierron. Sus virtudes y su prudencia no dejaron de brillar más.

Como hijo lleno de ternura por el Sr. Vicente, a quien había conoccido en persona, preparó lo que podía servir para introducir las causa de beatificación de este digno instituidor y fundador  de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Su fe era pura y viva. Diversos escritos sobre la vida interior  siendo condenados por el Soberano Pontífice, se presuró a informar a toda la Compañía y a hacer sobre este asunto firmes y constantes recomendaciones. “Mi predecesor, escribía en la fecha del 28 de marzo de 1699, tenía costumbre de enviar a las casas la condena de ciertos libros y las prohibiciones que la Sante Sede hacía de leerlos, como conteniendo errores opuestos a las buenas costumbres y a la tradición de la Iglesia; creo que es mi deber imitarle en esta ocasión para preservar siempre a la Congregación de toda mala doctrina y mantenerla en la que nos es enseñada por el oráculo de la Iglesia, que debemos escuchar con sumisión. Espero que Dios le dará la gracia de conservarla en estos sentimientos tan puros para la salvación, y le pido que nos defienda contra toda doctrina falsa y sospechosa. Debemos evitar la lectura de los libros más curiosos que útiles en el desempeño de nuestras funciones. Obedezcamos las decisiones de la Iglesia y de la Santa Sede y las máximas de la vida interior que nos ha dejado nuestro venerable fundador, quien nos ha ordenado tantas veces seguir el camino común, que es el camino real, via regia”.

“No permitáis, añadía el Sr. Pierron, que ninguno de los nuestros entre en tales sentimientos, o por sutilezas capciosas, eluda las constituciones apostólicas; es preciso desconfiar y alejarse de las opiniones nuevas, siempre sopechosas, y en particular de la que tendiera a renovar las proposiciones de Jansenio tantas veces condenadas y prohibidas. Tengamos por las decisiones de la Iglesia, no sólo una sumisión de respeto y silencio, sino una sumisión sincera de espíritu y de corazón: empleémosla en las ocasiones, y si es preciso tomar algún partido, que sea el de la Santa Sede y de la Iglesia”.

Uniendo a esto los consejos de la discreción y de la prudencia, añadía: “Con lo cual, ruego que cuando se advierta que se alza alguna contestación en la Iglesia, no conviene declararse, ni declamar contra ninfguna comunidad, instituto o sociedad, lo que no puede producir más que malos efectos, sino imitar a nuestro venerable padre el Sr. Vicente, quien guardaba en estas charlas un gran comportamiento, y tenía ademas una obediencia tan profunda por las decisiones de la Santa Sede, que las defendía con vigor y prudencia”.

Durante su corto generalato, el Sr. Pierron mostró su celo por la disciplina con sabias recomendaciones, eco de los deseos de la asamblea general. Su propia vida era un modelo de las virtudes que recomendaba. “Amemos, escribía,  la práctica de las virtudes que componen nuestro espíritu; seamos fieles en observar nuestras reglas; pongamos nuestra felicidad en someternos y en obedecer a los superiores; seamos prudentes y discretos con toda clase de personas, evitando a aquellas que podrían hacer nacer alguna sospecha, aunque mal fundada; vivamos en la frugalidad y la pobreza propias de los obreros evangélicos que deben haberlo dejado todo, hasta el cuidado del cuerpo, para seguir a Nuestro Señor. Conservémonos en el espíritu de piedad y de  devoción entre nuestros empleos y nuestras numerosas ocupaciones, para que las cumplamos con fervor a la vista de Dios, que continuará derramando sobre nosotros sus bendiciones”.  –Esa es, añade su biógrafo, una hermosa recapitulación, y respira fuerte el cuidado de los primeros misioneros para evitar la relajación.

En 1702, el Sr. Pierron se vio atacado en invierno por una molesta apoplejía, y este accidente hizo temer por su vida, ya que era ya de avanzada edad. No obstante, se le puso remedio lo mejor que se pudo. Los médicos le aconsejaron ir a tomar las aguas minerales; no pudo resolverse a ello, bien por causa de su empleo que no le permitía ausentarse así de la casa de San Lázaro, bien por alguna otra razón; se lo trajeron a París, y él bebió por algún tiempo. Pareció algo aliviado, pero después de Pascua, se le debilitaron las piernas, y esta debilidad aumentó más en otoño y durante el invierno siguiente.

El año 1703 era el sexto desde la elección del Sr. Pierron. Cosa que, siguiendo lo que se señala en las Constituciones, le obligaba  a hacer convocar las asambleas de las provincias para celebrar una sexenal en París.

Se envió la orden a los visitadores al principio de la primavera; pero su salud declinaba. Pronto se vio que el superior general no ertaba ya en estado de ejercer su cargo, él mismo pidió ser relevado y concluyó con sus asistentes que había que convocar una asamblea general en la que, después de presentar su dimisión, se eligió a otro general. Lo que se hizo compo se había previsto.

El Sr. Pierron no sobrevivió por largo tiempo a su dimisión. Unos quince días después, en los momentos en que parecía encontrarse bastante bien, le sobrevino una fiebre malísima acompañada de inflamación, que se lo llevó. El nuevo superior general, el Sr. Watel, se lo comunicó a todas las casas: “Ya conocéis, decía, los buenos servicios que el Sr. Pierron ha prestado sa la Congregación durante los cuarenta y seis años que ha vivido, y el gran ejemplo de humildad y desinterés que nos ha dado, presentando de buen grado su dimisión del oficio de superior general, lo que ha dado lugar en la última asamble a elegirle un sucesor. Nos ha demostrado tanto gozopor la paz y la tranquilidad con la que todas las cosas han transcurrido, que no ha podido por menos que decir: “Yo no tengo nada que desear en este mundo, y el único deseo es ir al cielo”. Estas aspiraciones que indican un alma ya unida a Dios fueron escuchadas. Y el 27 de agosto de 1703 el Sr. Nicolas Oierron dejó esta tierra de pruebas por una patria mejor. –Circulares e Historia de la congregación de la Misión, por el Sr. LACOUR.

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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