Nicolás Gondrée (1620-1649)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Autor: Desconocido · Traductor: Notices, III. · Año publicación original: 1989 · Fuente: Notices, III.
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Biografias PaúlesMadagascar. 6 de mayo de 1649.

El Sr. Nicolás Gondrée nació en 1620, en Assigny,  pueblecito del condado de Eu, en la diócesis de Amiens. Entró en la Compañía de la Misión el 11 de abril de 1644, ya subdiácono. Después de hacer el noviciado, durante el cual recibió el diaconado, fue enviado a la casa de Saintes, de donde le llamaron a Partís para ser elevado al sacerdocio. Entonces supo de la boca de san Vicente que la divina Providencia le había elegido para ir con el Sr. Nacquart a echar la semilla de la salvación en la tierra de Madagascar. Eran los dos primeros sacerdotes de la Misión que iban a evangelizar esta tierra lejana.

En estos términos el santo, en una carta escrita de París el mes de abril de 1648, manifestaba al Sr. Nacquart la alta opinión que tenía de la virtud del Sr. Gondrée:   «A quien destinamos a ir con vos  es al Sr. Giondrée, a quien tal vez habéis visto en Saintes, donde ha estado, siendo todavía clérigo. Es uno de los mejores sujetos de la Compañía, en quien la devoción que tenía al entrar en ella, sigue conservándose. Es humilde, caritativo, cordial y celoso; en una palabra, es tal que no puedo expresaros todo el bien que pienso.

¿Qué más añadiré, Señor, sino que no hay suerte que desee más en la tierra, si me fuera permitido, que la de ir a serviros de acompañante en lugar del Sr Gondrée».

Una vez que éste se reunió con el Sr. Nacquart, los dos Misioneros partieron juntos de Richelieu el 18 de abril siguiente. Habiéndose visto obligados a detenerse cerca de un mes en la Rochelle, a la espera de que la embarcación que los debía llevar estuviera lista, emplearon este tiempo, con la anuencia y el permiso del obispo de esta ciudad, en catequizar, en confesar y en prestar otros servicios semejantes a los pobres, en particular a todos los que se hallaban en los hospitales o en las prisiones.

El 22 de mayo, día de la Ascensión de Nuestro Señor, el navçio en se habían embarcado levó anclas y puso las velas al viento. Durante los primeros días, estos dos buenos Misioneros se ocuparon principalmente en disponer  por confesiones generales a los que estaban en el mismo barco, en número de  ciento veinte personas, a participar de las gracias  e indulgencias del jubileo que había sido otorgado hacía poco por Nuestro Santo Padre el Papa

Al llegar a cabo Verde hicieron escala para hacer provisión de las aguas frescas, y se encontraron un navío de Dieppe que iba a las islas San Cristóbal, haciendo la misma caridad a los pasajeros de este navío. Durante todo el tiempo del viaje lograron que la tripulación y los pasajeros aceptaran los piadosos ejercicios que hemos mencionado ya, al hablar del Sr. Claude Dufour.   La habitación de los franceses en Madagascar estaba en el extremo meridional de la isla, en la península de Tholangar, donde habían construido una fortaleza y un centro de habitación llamados el FortDauphin. Fue allí donde los Srs. Nacquart y Gondrée, después de una navegación de seis meses y medio, abordaron felizmente el 4 de diciembre de 1648. Allí fueron recibidos con gran gozo de los franceses que encontraron, y que también asistieron con una devoción extraordinaria al Te Deum y a la misa solemne que fue celebrada en acción de gracias.

Uno de sus primeros empleos tras su llegada a esta isla fue tratar de procurar el bien espiritual de los franceses y disponerlos a ganar el jubileo cuya noticia les habían traído de Francia. Luego se entregaron a adquirir la inteligencia de la lengua del país; en ello encontraron muchas dificultades los que les servían de intérpretes no pudiendo encontrar palabras propias para explicar las verdades y los misterios de nuestra fe, en un país donde se habla tan poco de las cosas que conciernen a la religión.

Bien pronto pudieron chapurrear un poco este idioma, y comenzaron a instruir a los insulares, con los que hallaron mucha docilidad.

Los trabajos del Sr. Gondrée fueron los de un apóstol; pero cayó en el surco, podemos decir, en el momento que comenzó a trabajar esta tierra que Dios le había llamado a fecundar. Ofreció sobre todo sus sufrimientos y su muerte.

Apenas había sido informado san Vicente de la llegada  de los dos Misioneros a Madgascar cuando se enteraba de la muerte del Sr. Gondrée. Fue por una carta del Sr. Nacquart, que se quedaba así el único sacerdote en la Gran isla africana. Veamos los principales rasgos de esta carta escrita en 1650, y que examina las virtudes y los méritos del Sr. Gondrée:

«MONSIEUR ET TRÈS HONORÉ PÈRE,

«Votre bénédiction, s’il vous plait!

» Debiendo ser eterna la memoria del justo, el menor deber que me siento obligado a tributar a la de mi querido hermano y compañero, el Sr. Gondrée, difunto, es enviaros el informe de los últimos instantes de su vida, de las virtudes que ha practicado en la enfermedad que me lo ha llevado, en la primavera de su edad, con las esperanzas que yo tenía sobre este buen obrero.

«Será pues aquí como una muestra de elogio para la conferencia que se tendrá con tal motivo, a fin de que no os falten informaciones sobre sus últimos actos que son la corona de todos los precedentes.

«No recordaré aquí las virtudes que ha practicado en el camino o en las Rochelle, y durante nuestra navegación que ha sido de seis meses y medio; pues ha ejercitado las virtudes de un buen Misionero, la humildad, la mortificación, la caridad, la mansedumbre, la sencillez y el celo. No dejaba pasar ninguna ocasión de practicarlas, y la mejor parte  se le debe de cuanto se ha hecho los seis meses que ha vivido, como lo habéis visto en el diario que he hecho. Pero dejando aparte la piedad, la modestia, la dulce conversación, la exactitud y el cuidado en servir e instruir a los franceses y a los negros en todas las citas, me refiero ahora al primer viaje que hizo a Fanshère con el gobernador de Fort-Dauphin, el Sr. de Flacourt, a casa de Andian-Ramache, que es el rey de esta comarca, y donde está también nuestra habitación. Fue el viernes antes de las Rogativas. Le dejé ir, porque yo ya había estado dos veces.

No habiendo podido decir la misa, el domingo, hizo la oración pública con los franceses que habían acompañado al Sr, Flacourt, era delante de la casa de este rey que asistió con varios negros, en gran silencio, y que reiteró su promesa de volver al deber de un buen cristiano, cuando tuviera los sacerdotes y una iglesia construida en este lugar.

«Este viaje se realizó en días de abstinencia; pues, no se encuentran ni pescado ni legumbres, en esta región, como en Francia; el Sr. Gondrée quiso no obstante guardar el precepto de la Iglesia, a pesar de la dispensa otorgada a los Franceses. No comió pues más que un poco de arroz cocido con agua. Entonces, la fatiga unida al calor del camino, le trajo la enfermedad de la que no se ha recuperado.

«Así es como Nuestro Señor ha purificado el oro en el crisol y cómo ha manifestado la paciencia de la enfermedad en su debilidad.

«El miércoles, víspera de la Ascensión de Nuestro Señor, aunque se encontrara muy indispuesto, el Sr. Gondrée quiso celebrar la misa. Le costó mucho acabarla, y así y todo, no dejó de ir también a confesar a un Francés, moribundo, que se lo había pedido. Regresó con un gran temblor y se acostó. Me dijo que había estado muy cansado a causa de los sueños durante la noche, y entre otras cosas que se había imaginado construyendo muchas cruces, lo que hace presagiar que él necesitaría bien pronto una.

«Le pregunté por la causa de su mal. Me dijo que era en parte el viaje, y que además, al regresar a casa había olido el aire contaminado de un enfermo que habíamos alojado, a falta de otro sitio donde ponerlo, lo que le había sentado muy mal. Fue atacado seguidamente de una fiebre violenta que le produjo el delirio. Cuando recobró la calma lo primero que pidió fue confesarse. Al día siguiente, volvió la fiebre. Sentía tales dolores que decía no haber sufrido más en su vida. No obstante las palabras que salían de su boca eran éstas: Que Dios sea bendito, que sea glorificado! ‘Si os place, Señor, verme sufrir tanto, será también mi contento, pero si aumentáis el dolor, aumentad la paciencia!’ Y cuando yo le decía ‘Ánimo, mi querido hermano, nuestro buen Maestro ve cómo combatís, él os prueba en la fuego de esta fiebre. ¿No vale más, como se dice en una oración de la cuaresma: ser afligido en nuestro cuerpo temporalmente que ser reservado para los suplicios de la eternidad? Tenéis mucha razón. Oh qué bueno es Dios, respondía él, y que me ama. No soy digno de sufrir por su amor.

Por suerte, encontré un aceite que fabrican los negros, y del que recibía algún alivio. Entonces no dejaba de dar gracias a su Creador; pero este descanso no era largo. El dolor volvía a empezar y le impedía gustar de un descanso. Entonces le dije que podía repetir estas palabras del salmo: ‘Dios mío, pienso en vos desde la aurora’. Me respondió: también puedo decir, velo desde la noche.

«Viendo que la fiebre era continua y que bajaba poco, le dije al otro día de la Ascensión, que  había que ponerse en las manos del Señor y recibir los sacramentos que son los remedios divinos cuando los del hombre son impotentes.

«De muy buena gana, me digo, lo dejo todo a vuestra ‘voluntad’, tan a punto tenía la obediencia. Prefiriendo prevenir que diferir demasiado, yo le traje a Nuestro Señor, y en presencia de la mayor parte de los franceses que tuvieron devoción de acompañar al Santísimo Sacramento, le dije con el corazón enternecido y las palabras entrecortadas de ternura: «Pues bien, mi querido hermano, aquí está este gran médico del alma y del cuerpo, que os viene a visitar; ahora hay que practicar lo que habéis enseñado tantas veces a los enfermos, a saber: actos de fe, de humildad, de contrición, de caridad.». «Yo lo deseo así», dijo. Y como añadí que por lo que pudiera pasar con su enfermedad, iba a traerle la santa comunión en viático, y que se diera a quien se daba por completo a él «Ya no soy de mí, dijo generosamente: que el Señor haga de mí lo que le plazca; soy  totalmente suyo.  Así le recibió con una gran devoción. Al disminuirle las fuerzas más y más, su espíritu no estaba menos fuerte para ocuparse de Dios por aspiraciones que sería muy largo de contar. No se perdonaba nada que pudiera contribuir a su salud, y él por su parte no rechazaba nada de lo que le pedían que tomara por amor de Dios.

«La fiesta de Pentecostés había llegado y expuse el Santísimo para las oraciones de las Cuarenta Horas, pidiendo a todos, por el interés que tenían en la salud del Misionero, que insistieran al Corazón del Nuestro Señor que se la concediera, si le era necesaria. En cuanto a mí, yo hacía la oración de los apóstoles; No nos dejéis huérfanos, con doble intención, tanto para no ser privado de las gracias del Espíritu Santo como para no quedar huérfano de mi padre espiritual. Acaso no habéis dicho, Señor, que era una desgracia para aquél que se quedaba solo, sin compañero para calentarle en su frío y levantarlo en su caída.

Pero, después de dejar salir los gemidos de mi corazón y pedir la conservación de un obrero tan necesario en un país con semejante necesidad, cuando yo volví al alojamiento, «sólo obtuve «una respuesta de muerte». La debilidad aumentaba y el enfermo había recaído en el delirio. Aun entones, todos sus pensamientos eran piadosos, como de decir la misa, instruir a los infieles, etc.; con lo cual yo aprovechaba la ocasión para ayudarle a levantar su corazón a Dios, con algún versículo de los salmos u otros. Y para mis adentros, yo reflexionaba que es muy verdad que el molino devuelve la harina del trigo que se ha echado, y que el espíritu se ocupa naturalmente en los pensamientos que se han tenido a menudo. Pero esto no era el delirio, cuando nos decía, a mí  y a los que venían a verle: «Oh qué bueno es servir a dios cuando se tiene salud, ya que, creedme, es muy difícil en la enfermedad que abate al espíritu» Y otras veces, decía con sentimiento «Parece que uno sea un miserable cuando el cuerpo sufre, mas a pesar de todo es una fortuna sufrir el mal por el amor de Dios; se compra la eternidad de gloria por un momento de tribulación.

«Después de recaer en el delirio, acordándose de los protestantes llegados con el primer gobernador de la colonia, el Sr. de Pronis, hababa muy bajito y decía: «¿Cómo se podrá convertir a estos hugonotes?» –Yo le respondía: Será con una dulce y humilde conversación». Y cosa digna de notar, es que en efecto, poco después de su muerte, de diez que había aquí, se han convertido cinco, que sucesivamente han vuelto, por haber sido tratados dulcemente.

«Tal vez estoy yo también equivocado al haber creído que era soñando como hablaba de la conversión de estos hugonotes; pues esto podía ser una oración que hacía expresamente, y que desde entonces fue atendida, aunque haya sido ejecutada más tarde.

«El día de Pentecostés le pregunté si no quería reiterar la comunión para recibir al que había enviado al Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Oh, claro de sí, dijo; pero habiendo estado ocupado el día de Pentecostés en cantar maitines y la misa solemne y en reconciliar a los que hicieron sus devociones, y por la tarde, en las vísperas, en exhortar a los franceses y en instruir a negros, fue al día siguiente cuando le llevé a Nuestro Señor, que recibió con la misma devoción que la primera vez, y como casi todos los franceses estaban allí presentes, les recomendó con afecto de corazón la devoción para con la santísima Virgen, aunque apenas podía hablar, luego me rogó que se la recomendara yo también.

«No puedo pasar en silencio que esta devoción para con la santísima Virgen era tan ferviente, que me ha dejado aquí por escrito sobre este asunto cantidad de prácticas tonadas, yo creo, en sus retiros. Me parece incluso que se había asociado con tres o cuatro seminaristas para animarse unos a otros a hablar de ella en los recreos y en los coloquios espirituales.

«Después de comulgar, le propuse que recibiera la extremaunción, esperando más bien la salud por la virtud de los sacramentos que por los remedios; y se la llevé. La recibió con tal devoción, presentando él mismo los miembros que se habían de ungir y respondiendo a las palabras que me sentía enternecido hasta las lágrimas como todos los asistentes

«Acabada la unción, me fui a celebrar la santa misa, al final de la cual recibí en el bautismo a una joven adulta para ser entregada en matrimonio a un negro, bautizado en Nantes, y el compañero del que fue bautizado en París. Éste también se ha casado, poco después con una negra que he bautizado también.

De vuelta de la iglesia, no teniendo nada para consolar a mi pobre cohermano, moribundo, le dije lo que acababa de hacer en la iglesia. «Bueno, mi querido amigo, así hemos comenzado la obra de Nuestro Señor, bautizando a una adulta, y recibiremos pronto a otra cuando yo haya acabado su instrucción; ¿no os sentís satisfecho?» Reanimándose su voz, me dijo: «Oh Dios, y quien no se sentiría feliz. ¿Acaso no nos han enviado aquí a eso?  Mi mayor dolor ahora sería dejar a estos pobres pueblos en los cuales hay tan grandes disposiciones. Oh Dios mío, qué honor más grande! Eh, no me concederéis la gracia de serviros en ello?»

«Estos sentimientos y este celo por la salvación de los habitantes de este país se pueden imaginar mejor que expresar; ya que es en eso en lo que me entrenaba con frecuencia mientras tenía salud. No me hablaba de nuestra Misión  en este país, sino con lágrimas, y lleno de gratitud para con Dios por el gran honor que nos había dado. Solo de recordar la devoción con la que hablaba de ello se me saltan las lágrimas, ahora que escribo y vuelvo a sentir una gran confusión por no haber cumplido mejor.

Después de decir las emocionantes palabras que acabo de citar, el enfermo recayó en un alivio, durante el cual mostraba todavía su afecto por la conversión de estos pobres infieles.  Como se había dedicado al estudio de la lengua del país, decía soñando: «Sí, Señores, es una buena palabra». Entonces,  como despertando sobresaltado, decía: Sí, Señores, os tomo por testigos que si lo he dejado todo en Francia, y he hecho seis mil leguas por mar antes de llegar aquí con harto trabajo, no ha sido más que para la conversión de esta pobre gente!»

«Yo le decía que hemos comenzado a cultivar la tierra, y que habiéndola sembrado, la cosecha vendría cuando el Señor quisiera. – «Sí, pero eso lleva tiempo», respondía. –Qué, seguía yo, pensáis de los que disponen también las cosas para el porvenir, como trabajamos nosotros, hagan menos que los que avancen más porque encontrarán el camino franco?»

«El último día de las fiestas, comprendí que no podía resistir más a la violencia de la fiebre que le iba consumiendo desde hacía catorce días de calor, un dolor excesivo de cabeza y de todos los miembros de su pobre cuerpo le habían extenuado. Yo le hice esta pregunta: En caso que Nuestro Señor quiera sacaros de este exilio, ¿qué deseáis decir a nuestro buen padre el Sr Vicente? –Decidle que le agradezco muy humildemente porque me ha admitido y sufrido en el número de los Misioneros  y en particular porque me ha escogido para este país, en el lugar de tantos ostros que habrían cumplido mejor que yo».

¿Qué decís al Sr. Lambert y a todo del seminario? –Decidles que den gracias a Dios por la misma razón».

«Y a la Señora vuestra madre y a vuestros padres? –Les ruego que manden celebrar un buen número de misas por mí, con la misma intención.».

«Y si me dejáis aquí solo, ¿Cuál será vuestro testamento? –Me preguntó si no yo no diría muchas misas por él. – Sí, claro eso está hecho; rezaréis por mí allá arriba, y yo por vos aquí abajo; Y aunque la muerte separe nuestros cuerpos, no dividirá nuestros corazones, tan bien unidos en el mismo empeño de servir a Dios y hacer que le sirvan. Pero ¿sólo tenéis eso que decirme? Y reflexionando un poco, replicó en presencia de dos o tres franceses: «Como testamento, os advierto que tendréis mucho que sufrir aquí, y repitió: sí sufrir mucho, no un poco, sino mucho, os lo digo otra vez más». No le pregunté la razón, y me contenté con conservar  este querido testamento en mi corazón, suplicando a Nuestro Señor que se cumpla en mí su voluntad, de mí y por mí, y que se haga todo para su gloria. No digo si este testamento ha resultado verdadero; ya que en cuanto a las penas del cuerpo que se han de sufrir aquí, bien por el calor o por la carestía de muchas cosas de las que se abunda en Francia, eso es siempre muy poco; pero bendigo a Dios por la gracia que me ha dado de pasar muchas pernas de espíritu como verme solo en tierra aliena. Añadidle la privación de la buena compañía del difunto y de la esperanza de tener, por mucho tiempo, otros cohermanos, bien para recibir los sacramentos, bien para impulsar la obra que pide obreros sin dilación, mientras me veo solo y comprometido con los franceses.

«Por último hacia la tarde, tras el saludo, en que cada uno se sintió obligado por un último esfuerzo a pedir a Nuestro Señor la curación de aquél a quien él amaba y a quien todos queríamos, volví para hablar con él. Y como parecía estar perdiendo conocimiento, le pregunté si me conocía. «Sí, dijo, os llamáis Nacquart». Y como yo trataba de alegrarle un poco, le pregunté si se sabía bien su nombre; me dijo, sonriendo un poco; y, respuesta que da a conocer la costumbre que tenía de la humildad, añadió:  «Me llamo una persona que no vale gran cosa». Bendito sea Dios, por daros estos sentimientos, le dije, no seréis menos grande delante de él».

«Aunque su espíritu divagara en lo temporal, seguía muy bien las cosas espirituales. Desde el centro profundo de su humildad, se elevaba a la confianza de la misericordia divina, y apretando el crucifijo, decía balbuceando «Sí, Dios me perdonará, ya que sin eso estaría perdido». Y cuando yo tocaba ligeramente su crucifijo, él le apretaba más, como si hubiera dicho interiormente «Inveni quem diligit anima mea, tenui eum nec dimittam. (He encontrado al que ama mi alma, lo tengo y no lo dejaré.)» (Cant. III, 4.)

» Mientras tanto, previendo que su vida no sería larga, y que yo no tendría por mucho tiempo ocasión de reconciliarme con Nuestro Señor, le pregunté si podía bien administrarme el sacramento de la penitencia, dirigir su intención, oírme y pronunciar la absolución, «Sí», dijo, y al punto se descubrió y recibí de él el sacramento, sin que dudara un momento; y habiéndome así excitado al dolor de mis pecados, me dio la última bendición.

«Me quedé a su lado para animarle en este supremo momento: y él mismo seguía ocupado; porque volvía a su crucifijo, y después de mirarlo, se descubría la cabeza con sus manos temblorosas. Teniendo la imagen de su Maestro, quería esforzarse por recitar las letanías de su santo Nombre, pero al faltarle la memoria, yo pronunciaba las invocaciones  y él respondía con devoción. No obstante traté de moderarle y de hacerle tomar un ligero reposo, ya que se había fatigado algo.

«Durante la noche, sobrevino una ventolera que agitaba las hojas de que estaba cubierta su choza como lo están todas las casas de este país. Habiéndose retirado los que le velaban, se le oyó repetir a menudo las palabras que había fijado en su espíritu, desde el comienzo de su enfermedad: Dios mío, yo vigilo hacia vos desde el alba matinal. Y teniendo el crucifijo atado a la estera, a su lado, llevaba la mano a él.

«Sin duda, de esta débil mano que se posaba con ternura sobre la imagen del crucifijo, buscaba esas llagas sagradas que l apóstol santo Tomás quiso tocar, y decía con él  Señor mío y  Dios mío! Este corazón que había amado tan tiernamente y  tan fielmente servido al Señor y tan denodadamente combatido, viéndose al final de su carrera, cuando esperaba comenzarla en aquel país, ¿no exclamaba: Yo deseo mi disolución y estar con Jesucristo?

«La hora de esta disolución y de la muerte había llegado en efecto, y pronto yo no encontré más que el cuerpo de aquél cuya alma se había ido a recibir la recompensa  de los servicios que había prestado, y de las virtudes que había practicado.

«Os dejo pensando cuál era el estado de mi pobre corazón, que tiembla todavía en el momento en que escribo. Y cuántas aflicciones más al sepultar el cuerpo que había servido no sólo para confesar a Nuestro Señor ante los hombres, pero que había sufrido también el martirio de tantas mortificaciones voluntarias, llevadas con una paciencia admirable, en particular en esta última prueba que le había purificado como el oro en el crisol.

«N resulta imposible expresar la tristeza que sentí cuando celebraba los funerales, cantando el oficio de los muertos y celebrando la santa misa; y todavía más al dar a la tierra a quien yo habría querido rescatar con mi vida. Oh, cuántos sollozos interrumpieron el canto del oficio, y me obligaron al final a pedir a los asistentes, que no podían contener las lágrimas, que me excusaran por mi debilidad. Invoqué el ejemplo de nuestro Señor, le excusé a él mismo, cuando se dice en la resurrección se amigo Lázaro: Ecce quomodo amabat eum! Mirad cómo lo quería!» (Jn. XI, 36.)

» No fueron sólo los franceses los que estaban sumidos en el duelo, sino también los negros, que apenas comenzaban a conocerle, se encontraron en buen número, sin poder contener las lágrimas, en la muerte de aquél de quien decían, durante su vida que no habían visto aún a hombres de esta naturaleza, y que les hablasen con tanto afecto de las cosas de su salvación, cuando los instruía».

Después de exhalar el profundo dolor con algunas palabras emocionadas, el Sr. Nacquart terminaba así su carta dirigida a san Vicente:

«Deseo que este bendito testamento de sufrimientos que me ha sido entregado por el Sr Gondrée, sea ejecutado en mí, como señal segura de mi elección para llevar a este país, y a otras partes el nombre de Aquél en el amor de quien deseo acabar mi vida, como lo ha hecho el difunto, y ser por siempre, Señor y muy honorable Padre,

Vuestro muy humilde y muy sumiso,

NACQUART,

I. p. d. l. M.

 

San Vicente, habiendo conocido la muerte del Sr. Gndrée, hizo en diversas ocasiones el elogio del siervo de Dios en presencia de su Comunidad, lo aprovechaba para exhortar a sus Misioneros al celo apostólico.

«Oh Dios, exclamaba, qué sentimientos animaban al Sr. Gondrée. Tengo siempre presente a aquél hombre, su gran dulzura, su gran modestia, siento todavía sus buenas charlas que nos daba en el ruido que producían los preparativos de su embarque. Este hombre de Dios, oh Salvador!

«Pues bien, continuaba él,  pidamos a Dios que dé a la Compañía este espíritu y este corazón, este corazón que nos haga ir a cualquier parte, pata trabajar en la conversión de los pueblos. Ah, Señores, cuando oigamos hablar de la muerte de los que allí están, ¿quién no deseará encontrarse en su lugar? ¿quién no deseará morir como ellos?  Oh Salvador, ¿hay nada más deseable? No estemos pues atados a esto o a aquello; ánimo, vamos a donde Dios nos llama! Oremos todos por esta intención

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