«Cuando estas notas lleguen a las manos de los lectores de nuestros «ANALES», ya muchos de ellos estarán enterado de la odisea vivida por la Comunidad de PP. Paúles de Baracaldo, y en particular por el que subscribe, y que accidentalmente se encontraba predicando la Novena de la Virgen del Carmen en aquella Anteiglesia, amablemente invitado por el Superior de aquella Residencia, R. P. Marcos.
Por de contado que cuanto se diga en este sencillo relato no podrá compararse con esas bellas páginas, que han de enriquecer la historia de la Congregación, y cuyos héroes, Misioneros o Hijas de la Caridad, han sucumbido orlando sus sienes con la corona del martirio, o han sobrevivido a los tormentos, dejándonos los ejemplos más sublimes de abnegación y heroísmo, y quedándose con la pena de no haber derramado su sangre y entregado su vida en aras de la religión y de la Patria. […].
Era el 18 de julio de 1936. Las fiestas del Carmen, religiosas y profanas, en Baracaldo habían llegado a su fin. Un silencio sintomático reinaba en la población; sólo en el interior de los Centros extremistas se oían gritos amenazadores […]. También la populosa e industrial ciudad de Bilbao se hallaba sumida en el más profundo silencio y sus calles se veían en su mayor parte desiertas. Únicamente en derredor de algunos edificios públicos merodeaban montando la guardia algunos hombres civiles armados. En los lugares de costumbre aparecían estacionados los coches de línea que no arrancaban para sus respectivos destinos por falta de viajeros o por temor a ser detenidos o requisados. No por más valientes ni por osados, sino por ignorar el peligro que podía correr todo viajero, ocupamos el P. Marcos y un servidor un asiento del coche que nos había de conducir a La Arboleda, de donde con feliz acuerdo descendíamos a la hora, entre todos aquellos mineros, que no se recataban de hacer los más siniestros comentarios, y de exponer sus perversos deseos, que pensaban poner muy pronto en ejecución. […].
Amanecía el día 19. La hora de la Misa solemne era llegada y con la hora llegaban una tras otra las sorpresas que nos venían anunciando, la precipitación de graves acontecimientos. Y ahora es el predicador, un P. Agustino, que obligado en la estación de Bilbao a abandonar su hábito de religioso, vino a nosotros vestido de paisano y refiriéndonos algo del espeso ambiente que se masticaba. Y luego son los gritos y estruendosas algazaras que escuchábamos en especial los que con el canto solemnizábamos la misa desde el coro, gritos que armonizábamos por los acordes de la Internacional, arrancaban frenéticos de los pechos de incontables milicianos que se dirigían precipitadamente, en toda clase de vehículos, a contener la inesperada marcha sobre Bilbao del ejército de Vitoria. Y más tarde con el entrar y salir de grandes núcleos de hombres de los Partidos extremistas, que se acababan de apoderar de todos los Círculos de los Partidos de derechas. Y por fin es la amenaza de que aquella misma noche íbamos a desaparecer de Bilbao y alrededores todos los sacerdotes y religiosos y los elementos todos de derecha.
En vista del panorama nada halagüeño que se presentaba a nuestra vista, a todos se nos ocurrió abandonar aquella región dominada por los que en las últimas elecciones habían constituido el funesto Frente Popular. Para realizar este propósito se excogitaron una multitud de medios, pero todos resultaron inútiles. No hubo por tanto más remedio que resignarse y acatar confiadamente los designios de la divina Providencia, y esperar en el amparo y especial protección de nuestra Madre, la Virgen Milagrosa. El calvario que tengamos que sufrir ¿será grande o pequeño? No lo sabemos. Pero es lo cierto que aquel mismo día comenzamos a recorrer la calle de la amargura.
Muy poco hacía que los PP. Salesianos se habían despedido de nosotros -nos habían honrado con su asistencia a la fiesta de nuestro santo Fundador- cuando se nos comunica que su Colegio había sido asaltado por una turba de forajidos y de mujerzuelas sin vergüenza y sin pudor. Obligados a pegar sus cuerpos a las paredes del patio, eran constantemente amenazados por las pistolas de unos, mientras otros se dedicaban a la provechosa tarea de registrar la casa y llevarse lo que a cada uno le venía en gana. Realizado semejante atropello, que quisieron justificar con la calumnia lanzada por algunos de que desde el interior había salido un disparo, fueron conducidos entre gritos y amenazas de la chusma a la Casa Ayuntamiento, para ser allí sometidos a un minucioso interrogatorio, y condenados, a pesar de su inocencia manifiesta, a vivir aislados en casas particulares, destinadas al efecto y con la prohibición absoluta de salir de ellas. Desde ese mismo día quedábamos los PP. Paúles, como suele decirse, fichados, pues iba propalándose, por supuesto sin motivo alguno, la idea de que los PP. Salesianos y nosotros nos comunicábamos por un paso subterráneo. Ya no faltaron ojos para vigilarnos constantemente. […].
Así las cosas, todavía se nos permitía, aunque con muchas cortapisas y quizá por imposición de alguno de los dirigentes de la naciente situación, cumplir alguno de nuestros ministerios sacerdotales. No todos los partidos, sin embargo, que integraban aquella perniciosa amalgama del Frente Popular estaban conformes en que permaneciera abierta la Capilla de Altos Hornos, regentada por los PP. Paúles, y parece no esperaban más que un pretexto o insignificante acontecimiento en que poder apoyar su decidido propósito de acabar con el culto en Baracaldo. Y este acontecimiento no tardó llegar.
El 16 de agosto, domingo y fiesta de San Juan, a las 7 de la mañana, cuando la Iglesia está repleta de fieles, en el preciso momento en que se repartía la comunión, el mismo grupo de hombres y mujeres, que en repetidas ocasiones había promovido toda suerte de escándalos y desórdenes invadía la capilla y entre blasfemias y amenazas de muerte iba obligando a los fieles a desalojar el local, apoderándose de las llaves, y permitiendo únicamente, en fuerza de los reiterados ruegos, que las sagradas Formas fueran consumidas en la sacristía, bien que en presencia de dos pistoleros, que amenazando con sus pistolas y con la mayor irreverencia permanecieron delante del sacerdote mientras realizaba tan santa operación. A todo esto dio ocasión el bombardeo de los depósitos de la Campsa por el «Cervera».
Los gritos de exterminio y destrucción que repercutían por las calles y plazas de Baracaldo, si bien iban dirigidos contra todos los elementos de orden, eran en particular dirigidos contra nosotros. Muchas buenas personas nos aconsejaron abandonar inmediatamente la casa y, vestidos de seglares, buscar un refugio fuera de la población. No faltaron quienes nos ofrecieron sus casas sin temor a correr ellos el mismo riesgo y suerte que nosotros corriéramos. Aceptado el consejo y puesto en práctica por algunos miembros de la comunidad, tan sólo por breves horas pudieron disfrutar de él, pues a las tres de la tarde invadía nuestra casa lo que llamábamos la Checa de Baracaldo, para hacer en ella un minucioso registro, obligando al Superior a llamar y a presentarse ante ellos a todos los Padres ausentes. Hasta los sitios más ocultos y rincones más reservados y en especial las cartas y escritos, fueron objeto de la inspección de aquellos hombres que venían con las más perversas intenciones, intenciones que no pudieron llevar a cabo por muchas causas pero sobre todo porque el Señor no se lo permitió. Y únicamente para que nos fuéramos preparando para sucesivos sufrimientos fuimos obligados, a las 10 de la noche, hora que terminó el registro comenzado a las 3 a comparecer en el Ayuntamiento ante aquellos forajidos que, no encontrando en nosotros motivo alguno para castigarnos, a pesar de los muchos equilibrios que hicieron en su interrogatorio, se contentaron con encerrarnos en nuestra casa, sin poder salir de ella más que para celebrar la Misa. Si en vez de llevarnos al Ayuntamiento nos hubieran llevado al barco-prisión, como aquella misma tarde hicieron con un buen amigo nuestro también sacerdote, ahora estaríamos con él y con sus demás compañeros, en número de 16, en el cielo, después de sufrir con ellos el más horroroso martirio, ¡Profundos designios de Dios!. Sin duda en esta ocasión, lo mismo que en la anterior, el Partido Nacionalista pudo imponer su criterio al de los otros Partidos, obligando a que nos fueran devueltas las llaves de la Iglesia y permitiéndonos continuar con sólo la celebración de la Misa. Ojalá este control que equivocadamente pensaban ejercer los Nacionalistas sobre aquellos con quienes habían hecho tan infausto y perjudicial maridaje, lo hubieran ejercido siempre. Por desgracia no fue así.
En este preciso momento en que estoy emborronando estas cuartillas, 4 de la tarde del 15 de agosto, es cuando se cumple el año desde que toda la Comunidad de Baracaldo quedaba sujeta a prisión, aunque a prisión atenuada. Fue el castigo impuesto por la famosa Checa de aquella población, que acababa de hacer un escrupuloso registro en la Residencia de los PP. Paúles. Conducidos algunos miembros de la comunidad, según queda dicho, a la Casa-Ayuntamiento, al ir de la noche, y sometidos a un caprichoso interrogatorio, a todos nos fue prohibido salir de casa, excepto para decir Misa, y a mi expresamente se me prohibió predicar. Después de todo no había sido tan grande el castigo como temíamos. Yo, en particular, salía ganando. El P. Superior ya no podría en adelante caer en la tentación de mandarme subir al púlpito, y yo no tendría que preocuparme en excogitar materias que no pudieran comprometer ni comprometerme. […].
Por aquellos días hube de suplir al Capellán del Asilo de Miranda, regentado por las Hijas de la Caridad y modelo de establecimientos benéficos. […]. Encerrado pues en aquel confortable recinto, completamente incomunicado; no tratando más que con los asilados para ejercer en ellos mis ministerios de Capellán, cuando me juzgaba feliz por aquello de ni envidiado ni envidioso; esta paz que gozaba, y de la que yo mismo llegué a extrañarme cuanto en derredor mío no se oía más que el rugir de la guerra y la enconada persecución contra individuos y entidades, un día me vienen a comunicar que hay alguien que me busca para matarme. […].
Pocos días habían trascurrido desde que se me comunicó la perversa intención que alguno abrigaba respecto de mi, cuando otro personaje, del todo desconocido, con el mayor sigilo y reserva venía a anunciarme que no pasarían muchos días sin que yo me viera en los calabozos de la Bolsa o en una celda de Larrínaga. […].
Asegurándome, pues, los dos desconocidos personajes con palabra de caballeros, que respetarían a las monjitas del Asilo, como ellos decían, me resigné a correr la suerte que el Señor me tuviera deparada, bien convencido de que si mis sufrimientos habían de ser la causa de la salvación de mis canas, las oraciones y sacrificios de ellas en favor mío, habrían de ser a la vez mi propia salvación.
Y efectivamente, mis deseos no fueron fallidos ni quedaron frustradas mis esperanzas. Ignoraba si mis compañeros, los Padres, que vivían en casa, bastante alejada del Asilo, y con quienes apenas podía comunicar, habrían de correr la misma suerte que yo. Nada sabía del día y hora en que vendrían a prenderme. Hasta que poco a poco, a medida que iban pasando los días, me iba convenciendo o quería convencerme de que todo cuanto se me había anunciado no pasaba de falsas alarmas o de vanos intentos. Más, por desgracia, no fue así.
Eran pues, las cuatro de la mañana del 5 de febrero del presente año (1937), cuando el timbre del teléfono de mi habitación sonaba rabiosamente. Aplicado el auricular a mi oído, apenas si llegaba a percibir una débil vocecilla que me decía entro sollozos y como temiendo comunicarme algo muy desagradable: «Padre, muchos hombres están en la puerta de la calle y vienen por V». Colgué el teléfono sin replicar una palabra. Ha llegado la hora, me dije, en que, parece, va a tener cumplimiento cuanto se me ha venido anunciando. Ni medio minuto habría trascurrido, cuando con fuertes golpes parece intentaban derribar la puerta de mi habitación. En un abrir y cerrar de ojos quedaba cercado todo el edificio por gente armada. En la puerta que da al jardín varios autos, motocicletas y ametralladoras custodiaban el acceso al Asilo, mientras dos docenas de hombres también armados y precedidos del Director y Subdirector de Seguridad de Bilbao con estentóreas voces me obligaban a salir de la habitación, sin aguardar a que estuviera en condición para ello. ¡Queda V. detenido!, es lo primero que dicen, mientras los veinte hombres invadían el cuarto, registrando los lugares más secretos, leyendo uno por uno los escritos, y llevándose cuanto les vino en gana, en especial el poco dinero que había ido adquiriendo por el cumplimiento de mis ministerios. ¡Vístase V. de paisano!, me dice hipócritamente el Director de Seguridad, Sr. Arregui, porque nosotros no perseguimos al sacerdote, sino a la persona. […]. Y dándome un empujón se me arrojó del aposento siguiéndome toda la cuadrilla armada.
Hecho pues un caballerito, con paso firme y fijando antes de empezar a andar, la mirada en cada uno de aquellos hombres armados, al pasar por delante de la Capilla, pido permiso para entrar en ella y despedirme de nuestro Señor. Aunque de mala gana y peores modos se me dio autorización para ello. […]. Y… tengo que confesarlo, aquella entereza que hasta entonces había conservado, sentí debilitarse por un momento, al oir los sollozos y lamentos de las Hermanas, que por mi estaban orando en la Capilla y que me acompañaron hasta la puerta para despedirme, diciendo a la vez a aquellos esbirros que de semejante manera me trataban: ¡Por Dios, no le maten, no le hagan nada, que él tampoco ha hecho nada!.
La mañana era por demás desapacible. […]. Ya en la puerta del jardín, se me obligó a subir a un autobús, completamente ocupado por personas que, a causa de la oscuridad, no me era posible distinguir, hasta que obligados todos los ocupantes del auto a descender delante del edificio de la Bolsa, en Bilbao, vi que eran todos mis compañero, los Padres de la Capilla de Altos Hornos, juntamente conotra gente de Iglesia, acólitos, sacristanes y no sé si alguien más. […].
Con rostro ceñudo, más bien echado sobre un diván que sentado, agitando de vez en cuando los brazos y en ademán a veces de lanzarse sobre mí, comienza el corpulento y boxeador Sr. Arregui, un interrogatorio tan sin fundamento, tan sin razón, tan arbitrario, que a ninguna de sus preguntas pude contestar afirmativamente, puesto que ninguna de aquellas acusaciones afectaban a mi persona. Y fuera porque tenía ganas de descansar, fuera porque no le había resultado el interrogatorio tan feliz como se las había prometido, bien porque no había sospechado enfrentarse con un aragonés, que nunca tiene pelos en la lengua cuando se trata de decir la verdad, bien porque había creído que yo sería uno de tantos sacerdotes que me doblegaría a las exigencias de la autoridad nacionalista, fuera por lo que fuera, es lo cierto que a los pocos minutos mandó venir a dos policías para que me condujeran a una de las cabinas del patio de la Bolsa, donde sin ver siquiera un rayo de luz, y sin poder guardar otra postura que la de sentado sobre una tabla o de pie, pues no daba la habitación para más, permanecí incomunicado durante tres días y tres noches, quedándome entonces mucho tiempo para hablar con Dios ya que ninguna comunicación tenía con sus criaturas.
Las cabinas del «Patio de la BoIsa» había que abandonarlas para dejar sitio a otros infelices que esperaban turno como lo esperamos nosotros hacíatres días. Allí, en los sótanos del mismo edificio vivían hacinados destacados personajes y hombres de modesta posición. Al filo de la media noche del día 7 de febrero era yo obligado, igualmente que todos compañeros, a descender a aquellos lóbregos calabozos, donde hubimos de pasar 15 días sin mas luz que la emitida por una bombilla de cinco bujías o la que entraba por unos pequeños tragaluces, abiertos al ras de la calle, y sin otro lecho que el duro cemento del suelo o a lo más una pobre jergoneta de paja que generosamente quisieron compartir con nosotros unos buenos compañeros del pintoresco pueblo de Mundaca, que hacía un mes estaban sufriendo, aunque con edificante paciencia y santa alegría, aquella durisima prisión y absoluto encerramiento.
Sabido es que el preso no sueña más que en la libertad. Y esta era nuestra constante preocupación y la conversación de todo el día y hasta de cada momento. A cada descorrer del cerrojo nos parecía sonar el nombre de alguna de los reclusos y con el nombre la orden de salida. Y un día corrió el cerrojo y sonaron los nombres de los cinco PP. Paúles, pero en vez de la orden de libertad nos fue leída la orden de traslado a la cárcel de Larrinaga; a aquella fatídica cárcel de la que no se salía si no era para la Audiencia o para hacer trincheras o fortificaciones, o para morir al grito de «Viva Cristo Rey y Viva España».
La entrada en la prisión provincial de Bilbao fue para mí uno de los momentos, y de seguro lo seria también para mis compañeros, uno de los momentos más emotivos y dolorosos. Tener que llenar la plantilla como un vulgar malhechor; dejar marcadas las yemas de mis dedos con tinta imborrable para que en lo sucesivo constara siempre que por allí había pasado un Sacerdote Paúl, recorrer aquellas interminables galerías, cortadas en aquel momento por las puertas de las múltiples celdas, que se iban abriendo a medido que se propalaba la nueva de que en el «Centro» de la cárcel estaban todos los Paúles de Baracaldo; la entrada en la Sala 20 que nos había sido asignada para vivir nuestro cautiverio… todo llegó a impresionarme de tal manera que aquella serenidad hasta entonces conservada, bien que a costa de sacrificio y de violencia, tuvo que desaparecer para dar rienda suelta a los tan encontrados sentimientos que latían acurrucados en el hondo del corazón. Las lágrimas, dicen, son el alcaloide de la emoción, de cualquier clase que esta sea.
Sin colchón, sin una mala jergoneta, sin… careciendo absolutamente de todo, parecía íbamos a tener que vivir en esta Sala de Larrínaga, lo mismo que vivimos los 15 días en los sótanos de la Bolsa, si es que alguna alma caritativa no venía pronto en socorro de nuestras pobres personas, nunca tan pobres y necesitadas como en el momento presente… y llegaron pronto, gracias a Díos, esas almas caritativas, que nos suministraron todo lo necesario y cuanto en la cárcel nos permitían tener, siendo desde aquel momento, como ya habían comenzado a serlo desde el instante en que fuimos apresados, nuestras madres y la oportuna y única providencia que el Señor nos deparara para subvenir a nuestras múltiples necesidades. Vaya para todas, en nombre propio y en el de mis compañeros mi más cordial y cumplida acción de gracias y mi eterno reconocimiento, porque merced a la generosidad de sus corazones fueron algún tanto suavizadas las asperezas de la prisión.
Y pasaban los días, y las semanas pasaban y hasta los meses iban también pasando. No diremos aquí lo del hijo pródigo, que sazonaba el negro y duro pedazo de pan, que su amo le entregaba, con la sal de sus lágrimas, porque nosotros lo humedecíamos y sazonábamos con el agua salada que había servido para cocer el cazo de garbanzos, nuestro único alimento de cada día, excepto para aquellos que, más aprensivos y mas necesitados por su larga estancia en la cárcel, buscaban inusitadas formas de saciar su hambre, preparándose de vez en cuando suculentos banquetes con la caza que durante la noche obtenían en los patios y galerías de la prisión.
Todavía a los cinco Padres se nos trataba de continuar engañando, lo mismo que se nos engañó en los sótanos de la Bolsa, diciéndosenos que nuestro asunto estaba en buenas manos, que eran muchos los que se interesaban por nosotros, que hasta la misma madre del Presidente Aguirre se lo había pedido a su hijo, que no tardaríamos en disfrutar de la tan deseada libertad etc., etc. Todos cuantos así pensaban sufrían equivocación, como la sufríamos nosotros. Ignoraban que cualquier recomendación en favor nuestro habría de estrellarse ante la firma de uno de los mas caracterizados nacionalistas, y además sacerdote, que fue quien elevó al Director de Seguridad una serie de acusaciones, capaz cada una de ellas, no de tenernos encerrados en Larrinaga, sino el de llevarnos a Derio, para morir pegados en una de sus tapias, como otros tantos mártires, por Dios y por la Patria. Los Judas se han repetido en todas las persecuciones.
Ya llevábamos tres meses encerrados, cuando llegó el turno a nuestra causa, que habían de substanciar el Fiscal y los Jueces más caracterizados por su izquierdismo y anticlericalismo. Eran las 9 de la noche del 15 de mayo. Un camión nos esperaba en las puertas de la prisión para conducirnos a la Audiencia. Al poco rato, sentados en el banquillo de los reos, comparecíamos ante el tribunal. Se nos hacia incurrir en el mismo canon del Código Militar, por el que habían sido juzgados todos aquellos a quienes no se les había podido culpar de crimen explícito o falta manifiesta: en el de «Auxilio a la rebelión». Se intentó desplazar mi causa de la de compañeros. Y yo que creía ser algo accidental en aquel conflicto y el más inocente en aquel juicio, poco a poco y en vista de los equilibrios que iba haciendo el Fiscal para echar sobre mi toda la responsabilidad, llegué a convencerme muy pronto de que terminaría por ser el más culpable. Y así fue en realidad. La inocencia de todos los Padres, incluso la mía apareció patente en presencia del Tribunal Popular desde el primer momento, y más después de las declaraciones hechas por los testigos tanto de cargo como de descargo. No estaba bien, sin embargo, que un gobierno que trataba de pasar por católico, cargara con la responsabilidad de haber tenido durante meses en rigurosa prisión a cinco sacerdotes, que después de todo aparecían inculpables. Alguno, por tanto, tenía que ser el «cabeza de turco». Y lo fui yo.
Considerándome a mi, sin duda, como ajeno a la Comunidad de Baracaldo, retirada la acusación a todos los que la componían, y juzgándome acaso como el más peligroso por aquello de ser Rector del Seminario de Ávila, o no sé por qué, el Fiscal comunista, Sr. Monzón, mantuvo íntegra la acusación contra mí, aplicándome la máxima pena asignada en el referido canon sobre auxilio a la rebelión, y suspendiendo el juicio, para mayor tormento, hasta el próximo día diecinueve (Mayo 1937).
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Bien convencido de que no había de tener la suerte de mis Hermanos en Congregación, quienes fueron puestos en libertad el mismo día que se vio mi causa, nada me sorprendió de cuanto tuvo lugar en los trámites que en la misma se siguieron. Las 10 de la noche serían cuando de nuevo era conducido y ahora esposado y sin ninguna clase de consideraciones, a presencia del Tribunal Popular. Tanto antes de comparecer como todo el tiempo que duró el juicio permanecí en aquella actitud de reo, y de reo el más criminal. Cruzadas mis manos y con las muñecas oprimidas por las esposas, me senté en el banquillo una vez obtenido el permiso del señor Presidente del Tribunal, y como estaba seguro de la sentencia que iba a recaer sobre mí, en vez de atender a cuanto el Fiscal y Abogado decían, acusándome o defendiéndome, pasaba el tiempo meditando en que aquella misma actitud guardaría el mas perseguido, aunque mas inocente de los hombres, Jesús, en presencia de Pilatos. Y se terminó la vista de mi causa, y terminó cómo yo sospechaba iba a terminar, es decir, imponiéndome la pena de 14 años de prisión, 8 meses y un día. Intenté defenderme y no se me permitió. Sonreí al leérseme la sentencia; la acepté, la firmé; aunque después de haber protestado por haberme tenido esposado durante el tiempo que duró el juicio, lo que no se hace con ningún reo; y a cuantos insultos me dirigieron los diversos turnos de guardias que me custodiaron aquella noche, tanto en mi larga permanencia en una de las salas del Palacio de justicia, como en la vuelta a la cárcel, creo que no contesté con otra expresión que con esta: Dios sabe lo que hace.
Desde entonces fue más alegre mi estancia en la prisión. Todo se me hacía llevadero. Ya no sentía molestias ni privaciones. Mi única preocupación era hacer el bien a todos aquellos mis compañeros de cautiverio, que me abrumaban con sus atenciones y con la confianza, cada día mayor, que en mi venían depositando. Ni un solo recreo pude bajar a pasear a los patios, porque todo el tiempo me era corto para oír confesiones, recibir consultas y escribir algún pensamiento en sus libros de devoción, que todos me pedían para tener algún recuerdo mío. Hasta los mismos guardianes rojos comenzaron a guardarme alguna consideración, no sé si compadecidos de la injusta sentencia que sobre mi había recaído, o de algo que les referían los presos respecto a mi gestión como sacerdote, o porque el Señor les movió el corazón, acercándose uno de ellos a tratar de su conversión, o porque, y esto quizá sea lo más cierto, nuestras tropas se iban acercando y con ellas nuestra liberación. Es lo cierto que durante el mes que continué preso después de libertados los demás Padres, se me permitió celebrar Misa en la cárcel de mujeres, rezar el rosario en la de hombres y todo cuanto quise organizar en orden al bien espiritual de los mil presos de Larrinaga.
Mientras tanto nuestro glorioso ejército iba avanzando y dejando atrás los encrespados montes de Vizcaya. Un día le vimos ya asomarse al más próximo a Bilbao, al monte Archanda, Nuestro gozo no podía ser mayor. Ya pasaban sobre nuestras cabezas los tiros de fusil, y el sonido del cañón no cesaba de repercutir en las oquedades de aquellas ingentes montañas. Pronto nos habríamos de ver o gozando de libertad o agitando en nuestras manos la palma del martirio. ¿Cuál sería nuestra suerte? ¿Qué nos tendría el Señor reservado?. Estos pensamientos andábamos revolviendo y en estas complacencias nos entreteníamos, cuando de repente y rompiendo nuestros diálogos tan animados, una voz de los guardias rojos nos anuncia el traslado de todos los presos a Santander. Una bomba lanzada por un avión sobre la cárcel no hubiera producido el sobresalto que esta noticia produjo. ¿De dónde vendrá esta orden, nos preguntábamos? ¿La cumpliremos?. Resistirse pudiera ser una temeridad. Sin embargo hubo quienes intentaron hacerse fuertes en las celdas y salas, recordando aquellos días del asalto a las cárceles, prefiriendo morir allí antes de correr peor suerte por los montes y caminos que nos harían recorrer, y en los que encontraríamos una muerte segura, producida por el cansancio y la debilidad o por la violencia y los malos tratos de que habríamos de ser objeto por parte de unos y de otros. Las horas pasaban y la tristeza de todos iba en aumento a medida que se iba acercando el momento de nuestra partida. Ya nos habíamos preparado para la muerte con un acto de consagración a la Virgen después del rezo del rosario, con la entrega de nuestro personas a San José y al ángel de nuestra guarda y con la bendición que pudiera ser la bendición papal in articulo mortis, dada con un Crucifijo que decían ser milagroso y con todo aquello que en particular nos inspiró el Señor, a fin de poder comparecer en su presencia lo mejor preparados que nos fuera posible.
No era sin embargo, de su divina voluntad que tantos hombres inocentes sufrieran una muerte violenta o un martirio prolongado. Aquella noche pasó con la intranquilidad correspondiente y en continuos sobresaltos. Ignorábamos cuanto sucedía en la cárcel, pues la incomunicación de salas y celdas era absoluta. Transcurrió la noche y transcurrió el día y en todas estas horas no advertimos otra novedad que la llegada de todos los presos que había en la prisión del Carmelo y que sin duda los traían para correr la misma suerte que nosotros. Aquella situación no podía prolongarse por más tiempo. Sin luz, sin agua, sin alimentos y duplicado el personal de la ciudad carcelaria, se hacía poco menos que imposible la vida. Sin embargo, todo lo aguantábamos gustosos con tal que no nos evacuaran para Santander y nos dejaran encerrados hasta la llegada de nuestras tropas.
Y casi sucedió todo a la medida de nuestros deseos. Ya había llegado a conocimiento de alguno de nosotros que las autoridades de la ciudad habían huido, y que aquellos que más interés tenían en acabar con los presos se habían puesto a buen recaudo. Tan solo el Sr. Director de la cárcel y algunos buenos Gudaris quedaban a nuestro lado para correr la misma suerte que los desgraciados reclusos. Por unos y por otros se estudiaban los medios de evasión. Durante tres días se practicaron diversas tentativas, pero todas quedaron frustradas. Las dificultades surgían a granel. Y es que una columna de dos mil hombres no era fácil pasara desapercibida por la carretera que conduce a Archanda, ocupada aun por batallones de la C. N. T. y Asturianos. Era necesario, pues, esperar a que, acosados aquellos milicianos por la presión de nuestros bravos soldadicos, que por momentos se hallaban sobre Bilbao, retrocedieran y se agazaparan a la otra parte de la ría, dejándonos el camino libre para la huida.
Y llegó la noche del 18 de junio, serena y tranquila, solamente interrumpido su silencio por algún que otro disparo que se hacían los distintos bandos y por los cañonazos que a las 11 sonaron, según nos dijeron, para anunciarnos que podíamos salir tranquilamente, bien que simulando los dos mil presos un batallón de zapadores, con la manta al hombro armados del correspondiente pico o pala, como si fuéramos a abrir unas trincheras tan profundas, que imposibilitaran, lo mismo y más aun que el famoso Cinturón de hierro, el acceso de nuestro ejército a la invicta ciudad de Bilbao.
Suenan las 11 en el Carrillón del Santuario de la Virgen de Begoña, y pareció ser aquella la dulce voz de la Patrona de Bilbao, que nos decía: Podéis salir ya sin temor y libres de todo peligro. Y las puertas de la cárcel se abrieron de par en par; y en el mas profundo silencio, y como si una inyección de valor y fuerza hubiéramos recibido en nuestros cuerpos agotados y por demás enflaquecidos, iba avanzando la columna carretera arriba, yendo defendida a vanguardia y retaguardia por un batallón de Gudaris, y en el centro, donde iban varios camilleros portando prisioneros enfermos y heridos desde el asalto de las cárceles, toda la Comandancia de la Guardia Civil de Bilbao, que hacía seis meses sufría encarcelamiento y condena de diversas penas, y que ahora había sido armada para en caso de atropello por parte de los rojos, defenderse ellos y defendernos a los demás. La columna seguía avanzando conteniendo hasta la respiración para no hacer el más insignificante ruido. Ya llegamos al Santuario de Begoña. Un alto y una pequeña parada nos permiten rezar en silencio una Salve a la Virgen. Mientras tanto van pasando los camilleros, y los ancianos se colocan al frente de la columna por si el ataque de los rojos se verificaba, como era lo más probable, por la retaguardia. Una voz sigilosa de «avancen» nos pone a todos en movimiento; y unos minutos tan solo habrían transcurrido cuando repetidas órdenes nos vienen anunciando que era necesario acelerar le marcha, porque los rojos habían sido avisados de la huida de los presos, y dos batallones de la C.N.T. armados de tanques, ametralladoras y fusiles venían en nuestra persecución. Y, en verdad, así era. No tardaron en oirse los disparos. Eran los Asturianos y cenetistas que, yendo a la prisión y encontrándola desierta, se dirigían hacia nosotros, con la perversa intención de acabar con todos. La réplica de nuestros defensores, Gudaris y Guardia Civil, no se hizo esperar mucho, logrando contener a aquellos forajidos, bien que después de caer algunos heridos, y se dice que muertos, en ambos lados. No por esto la columna se detuvo, antes bien, en perfecto orden, aunque con paso más acelerado, iba escalando la cumbre y acercándose cada vez más al monte Archanda. Ya en la falda de Santo Domingo oímos sobresaltados la voz de: ¡Alto, no se asusten!. Estamos a dos pasos de la primera avanzadilla de Requetés. ¡Dejen todos los picos, palas y cuantas armas lleven y… adelante!. Obedientes todos proseguimos el camino de nuestro calvario, pero en vez de llegar al Gólgota nos encontramos muy pronto con el Tabor. Nuestros salvadores salían a nuestro encuentro con los brazos abiertos para estrecharnos entre ellos al grito de «¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!». Pero ¿ya sois vosotros? ¿los requetés?, ,¿nuestros soldados? les preguntamos llorando. Sí; nosotros somos, nos dicen. «Ya no tengan miedo ni cuidado al no. Ya están salvados. Suban sin dejar detrás a los ancianos y no se apuren, que los rojos no tienen valor para llegarse aquí». Y cayendo y levantándonos, escalamos el monte, y ya en la cumbre, instintivamente abrazándonos todos, presos, Gudaris y oficiales de prisión y otras muchas personas de Bilbao que, aprovechando la ocasión, se vinieron con nosotros, doblamos nuestras rodillas, y en la hierba humedecida por el rocío que nos servía de alfombra, y en aquel magnífico templo que nos ofrecía la naturaleza, bajo un cielo tachonado de relumbrantes estrellas y alumbrados por los claros resplandores de una luna que parecía sonreír nuestra aventura, rezamos, como los antiguos conquistadores después de la victoria obtenida, a Dios y Santa María; rezamos en voz alta, que ahora ya podíamos gritar sin temor; rezamos al Dios de las victorias, nuestro libertador, y rezamos a nuestra libertadora, la Santísima Virgen María. Un grito coreado por dos mil presos y por la multitud de requetés y soldados resonó en el espacio: ¡Viva Cristo Rey y Viva España!.
Toda nuestra vida, por larga que fuere, resultaría harto corta para dar gracias a Dios por esta nuestra liberación. Los sufrimientos y sacrificios llevados a, cabo durante los largos meses de prisión, a esto habían ido ordenados: a alcanzar del Señor la gracia de ver un día a nuestra Patria engrandecida y ocupando el lugar que se merece en el concierto de las naciones, y a nuestra Religión en todo el magnífico esplendor de los mejores tiempos».






