Mathurin Gentil (1604 – 1673)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices II.
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El Sr. Mathurin Gentil entró en la congregación a la edad de treinta y cinco años. Había nacido el mes de mayo de 1604, en el burgo de Brou, diócesis de Chartres, y había sido recibido en París el 11 de noviembre de 1639.

Debió de estar ocupado en las obras de la Compañía al menos desde el principio del año 1641; pero su nombre no aparece en los documentos que nos quedan hasta el año de 1645, época en la que fue enviado a le Mans, donde se quedó hasta su muerte.

En el mes de septiembre de 1647, san Vicente le escribió. Él reemplazó momentáneamente al superior el Sr. Gallais. Y entre tanto la llegada del Sr. Lucas. En la ausencia del superior, bien estuviera en misión o de viaje, el Sr Gentil ocupaba su plaza y ponía al corriente de los asuntos a san Vicente.

Veamos cómo el venerable fundador de la Misión escribía al Sr. Gentil.

«Acabo de enterarme de vuestra indisposición, lo que me causa un gran disgusto, y lo tendría mayor si no esperara que después os hallaréis mejor. Ruego a Nuestro Señor con todo mi afecto, y a vos, Señor, os suplico que os ayudéis a curar, sin perdonar nada de lo que pueda contribuir  a ello. Me quedo a la espera de noticias más  recientes del estado de vuestra salud«.

La manera afectuosa y verdaderamente paternal que emplea san Vicente permite ver sus sentimientos y nos hace presumir el mérito de aquel a quien se dirige.

Algunos meses después, el Sr. Gentil se había quejado a san Vicente, muy respetuosamente sin duda, y el buen Padre le contesta: «Hace mucho que no os he escrito y mi corazón me lo podrías reprochar, si yo lo hubiera podido hacer; pues en verdad, se alegra de comunicar con el vuestro al que ama tiernamente con nueva ternezas; y vuestras cartas me consuelan de igual modo mucho. No me digáis pues más, Señor,  que no os atrevéis a escribirme, creyendo que no hay ya auditus para vos; es vuestra palabra, yo bien me acuerdo, pero yo no sé por qué lo habéis pensado así. Dios sabe, y vos también, Señor, que estimo y me atrae su alma con la de un buen servidor y de los mejores sacerdotes de la compañía, y que todo cuanto me venga de vuestra parte lo recibiré siempre con esta visión y por consiguiente con respeto y gozo. Dicho sea una vez por todas«.

Tal era el Sr. Gentil, al decir de san Vicente: uno de los mejores sacerdotes de la Compañía, y dio el mismo consuelo al sucesor de san Vicente, el Sr. Alméras y al sucesor del Sr. Alméras al Sr. Jolly. Este último anunció a la Compañía la muerte de este excelente misionero, ocurrida el 27 de abril de 1673, en el elogio que transcribimos:

«Dios ha dispuesto en nuestra casa de le Mans del Sr. Mathurin Gentil, sacerdote antiguo de la congregación, que murió el 27 de este mes. Él ha sido siempre de una grande edificación a la compañía. Estaba dotado de una sencillez de paloma que manifestaba bien la inocencia de su vida y la pureza de sus intenciones. Nunca se observó en él ninguna ostentación. Toda su felicidad consistía en ser desconocido y estar apartado del mundo. Sufrió durante muchos años con paciencia los desprecios y las afrentas que le llegaban de una persona cuyo nombre se debe callar por muchas razones, sin que él hubiera dado nunca la menor ocasión. Deseaba ardientemente el buen orden y la observancia exacta de nuestras reglas. Se sentía transportado de gozo cuando veía en las casas en que vivía que todo andaba dentro del buen orden y con regularidad. Pero cuando advertía alguna inobservancia, se afligía mucho y no podía por menos que exteriorizar su pena. No obstante no dejaba de sufrir con paciencia los males a los que no podía poner remedio.

«A menudo, cuando la prudencia se lo permitía, decía que se debían observar con gran fidelidad las cosas que habían sido reglamentadas en las visitas, y por su cuenta, él tenía en este punto un respeto muy particular. Su habitación era tan pobre como limpia y bien ordenada; nunca se vio en ella nada que fuera superfluo; en ella se encontró a su muerte un papel entre sus escritos que testimoniaba su gran estima y su tierno amor por la virtud de la castidad; también evitaba todo lo que podía las conversaciones con personas de otro sexo. Su obediencia era tan perfecta que el seminarista más fervoroso no le habría podido ganar en este aspecto. No hacía la menor cosa sin pedir antes permiso. Cuando le pedían algo para lo que no tenía permiso, respondía humilde y francamente: No tengo permiso. No dejaba nunca de confesarse cada semana, según la costumbre de la Congregación. Tenemos costumbre de decir entre indecisos que basta con observar las reglas para ser santo. Él las observó fielmente durante cerca de treinta y cuatro años y por consiguiente se puede creer  que estaba lleno de méritos en el momento de su muerte. Su gran piedad y su devoción en el altar eran notables y admiradas por todos los que oían su misa, y varios externos han confesado que se habían sentido extremadamente edificados. Observaba exactamente todas las rúbricas y, como estaba encargado del coro, ponía todos cuidados posibles para que las ceremonias se hiciesen con decencia.

Durante el tiempo de su última enfermedad que no duró más que cinco días, excitó la admiración de todo el mundo por su paciencia, por su deseo de unirse a Dios y por su entera sumisión a todo lo que se le pedía.. Hablaba siempre a su superior con un rostro alegre, y mostraba un gran deseo de ir pronto a ver a todos los primeros misioneros ya que, decía él, que era inútil del todo en este mundo. Entregó tranquilamente su alma al Señor y sin que se pudiera separar su agonía del resto de su enfermedad. Fue llorado por toda la casa y los externos ya que era amado de todos a causa de su rara virtud y sobre todo de su sencillez cristiana. Tal es una parte tan sólo de las virtudes y de la piedad de nuestro querido difunto«.

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