Por habernos dado el sello de la Compañía y la divisa “La caridad de Jesucristo crucificado nos apremia”, es claro que santa Luisa quiso orientarnos hacia el misterio de la Redención. Cuando miramos a Jesús crucificado, vemos también a María presente al pie de la cruz. Contemplamos lo que la Virgen vivió al pie de la cruz y lo que quiere enseñarnos sobre nuestro ser de discípulos y nuestro carisma vicenciano. Quisiera subrayar la comunión de sentimientos y de oración que unen a María con los de su hijo amado en el momento de su muerte en la cruz. Y es cierto que, los días posteriores al viernes santo, María “meditaba en su corazón” esta experiencia vivida al pie de la cruz.
Permanezcamos con María al pie de la cruz, meditemos con ella sobre nuestro ser de sierva de los pobres. Ella, que oyó las 7 últimas palabras de Jesús, puede enseñarnos.
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33-34)
“Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33-34).
Durante su crucifixión, los pensamientos de Jesús fueron de perdón. A lo largo de su vida, Jesús aprendió a conocer bien el corazón del hombre, conoce nuestra capacidad de amar porque él mismo ha amado mucho y ha sido amado. Pero también conoce nuestra capacidad de odiar y de hacer mal. A menudo, actuamos sin saber lo que hacemos o por qué lo hacemos. Los que ejecutaron a Jesús lo hicieron como algo que formaba parte de su trabajo, no sabían que era inocente, por otra parte, ni se preocuparon por saber quién era. Todo lo que querían era terminar su tarea; su sufrimiento y el de los otros crucificados no les importaban. Tal vez esta falta de implicación es lo que atrajo el perdón de Jesús. Cuántas veces nos hacemos daño sin prestar atención ni manifestar ningún remordimiento, porque no forma parte de nuestras preocupaciones. Cuantas veces el inocente -el pobre, el vulnerable, el que no tiene poder- sufre estas situaciones.
María está ahí. Oye las palabras pronunciadas por Jesús. Nos podemos preguntar en qué medida se siente capaz de pronunciar las mismas palabras y tener los mismos sentimientos. “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Ve la brutalidad en los rostros de los que deben cumplir sin piedad la tarea prevista. Conocen su trabajo, pero no saben lo que están haciendo a su hijo. Al reflexionar sobre ello, María puede comenzar a comprender lo que Jesús está diciendo y elevar su plegaria con la del hijo, pidiendo a Dios que no les tenga en cuenta porque actúan sin saber lo que hacen. Tal vez María comprende bien la inconsciencia de la gente y hasta qué punto necesitan ser educados. Todo esto puede que la provoque a ser continuamente una presencia amorosa al lado de los hombres a través del tiempo. Ella conoce los efectos del pecado -la inconsciencia que lo acompaña- sabe que necesitamos ayuda para reconocer lo que estamos haciendo y dejar de hacernos mal. Es esta una de las verdades que la condujo a la Capilla de la calle del Bac, en París. Nos invita a interceder con ella, a recibir las gracias de Dios.
En la Anunciación, María pronunció estas palabras que la caracterizan tan bien: “Aquí está la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). El abandono a la voluntad de Dios se expresa por su diligencia en aceptar todo lo que ocurrirá como venido de la mano de Dios. No podía prever que, más tarde, esta actitud la conduciría al pie de la cruz. Nos preguntamos cómo pudo preguntar a Dios de qué manera la Cruz formaba parte de su proyecto, hasta el punto de ofrecer el perdón a los que ocasionaron tanto sufrimiento. Pero Jesús le daba el ejemplo. Ya que él perdonaba a los que le hacían sufrir, ella también debía vivirlo. ¡Cuánto debió pensar y meditar estas palabras! ¡De qué modo estas palabras influyeron en su acompañamiento a la Iglesia primitiva y a la de hoy!
Para nosotras, Hijas de la Caridad, ¿qué nos enseñan estas palabras de Jesús? Está claro que vemos la práctica “del amor a los enemigos”. Jesús lo llevo a cabo; y María, en plena comunión con su hijo, hizo lo mismo. Esto nos invita a perdonar a los demás, a rezar por los que hacen daño tanto a nosotros como a los que amamos y servimos, “nuestros Amos y Señores”. Los pobres están rodeados de opresores y estamos llamadas a rezar para que estos perseguidores tomen conciencia de su manera de actuar y se conviertan. Si nos fijamos en san Pablo perseguidor de los cristianos, pensemos en los numerosos creyentes que rezaron por su conversión.
Una de las lecciones que María nos enseña, es su perdón y su amor por los que nos hacen mal, a nosotros y a los pobres. Jesús crucificado nos apremia a tener esta actitud de servicio para con todos los hombres.
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43)
“Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: « ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso»” (Lc 23,39-43).
Fijémonos ahora en los que fueron crucificados con Jesús -sus hermanos de una manera particularmente íntima. Cuando Jesús entró en su Reino, estos criminales se encontraron sin buscarlo, uno a su derecha y el otro a su izquierda -estos “tronos” que Santiago y Juan buscaban (Mc 10, 35-37; Mt 20, 20-23). Así, dos desconocidos, condenados a muerte, están a cada lado de Jesús. Mientras que los responsables religiosos y los soldados se burlan de Jesús; “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. Uno de los crucificados repite la frase: « ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Este miserable se encuentra entre los pobres, y por esto, es una persona digna de atención -recordemos que san Vicente decía que los pobres podían ser desagradables. Este condenado a muerte nos recuerda que también podemos ver a los pobres como opresores, incluso inconscientemente.
María oyó esta burla. Si no es sorprendente oírlo de la boca de los soldados o de los condenados, lo era mucho más por parte de los responsables religiosos. Al escuchar esta cuestión de fe: “¿No eres tú el Mesías?”, María conocía la respuesta: “Si”, sin reserva. Pero la invitación dirigida a Jesús de salvarse a sí mismo, deja de lado la cuestión. María sabe que Jesús no vino para salvarse a sí mismo (como tampoco vino para alimentarse cambiando las piedras en pan cuando fue tentado en el desierto), sino que vino para salvarnos. Pero el criminal pide más: “Sálvate a ti mismo y a nosotros”. María sabe que Jesús precisamente está haciéndolo, pero ella no sabe cómo. Ella también está llamada a la confianza.
Cuando el segundo criminal comienza a hablar, conmueve el corazón de María y el de Jesús. Reconoce que ha hecho mal y recrimina al primer criminal haber tomado parte en la burla. Luego, se dirige a Jesús para pedirle vivir con Dios para siempre, algo que inmediatamente atrae la atención de Jesús: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu reino”. Reconociendo su pecado, aceptando su castigo, pide el perdón y la misericordia de Dios. Y la recibe: “Amén, yo te lo digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Estas palabras resuenan en mis oídos como las más bellas de la Escritura: puedo imaginar a Jesús mirando fijo a los ojos a este hombre y haciéndole esta promesa sin duda y sin reserva. Y puedo imaginar los ojos de este condenado a muerte mirando a Jesús y aprovechando la verdad de sus palabras. Me pregunto hasta qué punto esta experiencia alivió sus sufrimientos y transformó estas últimas horas en un purgatorio que el justo llega a aceptar.
María es testigo de todo esto. El sufrimiento provocado por las palabras del primer criminal (el que no se arrepintió) es suavizado por las del criminal arrepentido. En este momento de oscuridad, ella ve a este pobre criminal dirigirse a Jesús para obtener el perdón. Ella conoce la respuesta de Jesús: la totalidad del ministerio de Jesús está ilustrado, en este instante único, por estas pocas palabras. ¿Ha podido reconfortarle esta escena? ¿Tal vez le ha dado sentido al hecho de que Jesús sea crucificado ese día? Sin quitarle el sufrimiento, María se alegra por la gracia recibida por el criminal arrepentido y por la bondad de Jesús, olvidándose de sí mismo y abierto a las necesidades del otro. Cuando Jesús le ofrece el perdón de sus pecados, podemos imaginar a María uniendo su corazón al de Jesús y su oración a la suya. En este terrible momento, un hombre había sido salvado. ¡Bendito sea Dios! Quizás fue el signo que María necesitaba para descubrir cómo continuaba cumpliéndose el designio de Dios.
Nosotras, Hijas de la Caridad, ¿qué aprendemos de estas palabras de Jesús y del acompañamiento de María? El primer ladrón nos recuerda la importancia de rezar por los pobres. El segundo ladrón arrepentido nos muestra la necesidad de responder a las necesidades espirituales y materiales de los pobres a los que servimos, de ayudarles a que se acerquen a Jesús, a pedirle su perdón que les conduzca a la vida eterna. Dios quiere nuestra salvación pero también que lo deseemos. No dudemos en decir a los pobres las palabras de María en Caná: “Haced lo que Él os diga”.
Veo también en cierto modo, en el ladrón arrepentido al campesino de Gannes que cambió la vida de san Vicente. Este hombre, por la aceptación de confesar sus pecados, alcanza la salvación. Vicente se verá afectado y convertido por esta experiencia: haber ayudado a alguien a hacer la paz con Dios y marchar hacia el Reino de Dios. Después Vicente anima a los cohermanos y a las Hermanas a escoger las ocasiones para invitar a las gentes a confesarse y a buscar la curación de Dios, esto a partir de una cuestión adecuada como esta:
“‘Y bien hermano, ¿cómo piensa usted hacer el viaje a la vida eterna?’ Y a otro: ‘Y bien hijo mío,¿ no desea usted unirse a Dios?… ¿No desea ir a ver a nuestro Señor?’.” (Coste X, Conferencia 85, “Sobre el servicio de los enfermos y el cuidado de la propia salud”)
El ladrón arrepentido aprovecha la oportunidad que Jesús le ofrece. Nos da ánimo para hacer uso de esta práctica ya que el Señor está siempre dispuesto a perdonar al penitente. María lo sabía y nos anima a esta práctica.
“Mujer, aquí tienes a tu hijo . . . “Aquí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27)
“Junto a la cruz de Jesús, estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19, 25-27).
Podemos preguntarnos si el dolor más grande de Jesús durante su crucifixión no fue el ver a su madre, de pie, a su lado sufriendo con él. Jesús sabía que al morir, su madre quedaría viuda y sin su único hijo; de nuevo sus pensamientos se centran no en él sino en su madre. Se la confía al discípulo amado. Es conocedor de la importancia de la fe y de los consejos de María para sus discípulos en los días, años y siglos a venir. Jesús confía a su madre la responsabilidad del discípulo amado y de todos los discípulos amados a venir, es decir “nosotros”. Es una de las razones por las que María aparece en el transcurso de los siglos para expresar su presencia maternal y sus orientaciones con miras a seguir fielmente a su hijo.
Cuando María percibe la mirada de Jesús sobre ella, no se sorprende de que él esté pendiente de ella dado su amor mutuo. Ella tendrá siempre un lugar entre los discípulos de Jesús, sabiendo ofrecerles los consejos y el apoyo que sin cesar había ofrecido a Jesús. Nadie conocía mejor a su hijo que ella. Por eso, cuando empezaron a surgir preguntas en la primera Comunidad cristiana, exigiendo tomar decisiones, ella estaba allí para orientar, recordar las palabras y las acciones de Jesús. El papel de María consistía en continuar la obra de su hijo. Como en la Anunciación, no sabía dónde le conduciría todo esto pero tenía confianza en que Dios seguiría llevando a cabo su obra en el mundo a través de las personas a las que llamaría a seguirle. Este era también el mensaje que les dirigió.
Un cristiano no puede permanecer solo, pertenece a la Iglesia. Nosotros también, formamos parte de la Iglesia y de la Compañía de donde sacamos fuerza y apoyo. Juntos, las alegrías se multiplican y las penas se comparten. Imaginemos a Jesús que nos mira al pie de la cruz, a nosotros y los demás miembros de la Compañía y escuchémosle decirnos: “Mujer, ha ahí a tu Hermana”.
Durante su visita a la Capilla de la rue du Bac, María nos promete atención y ayuda. ¿Cuántas personas vienen “al pie del altar” buscando su protección y su intercesión maternales?
Hijas de la Caridad, debemos ser como el discípulo amado y “tomar a María con nosotras”. Ella debe formar parte de nuestra vida comunitaria local y de nuestra devoción; es un modelo para seguir a Jesús y extender su atención a los que lo necesitan. La escena al pie de la cruz nos recuerda el amor de Jesús crucificado por nosotros y la manera como este amor se expresa por el don de la Virgen María, que nos acompaña y nos trae a la vida. Ella nos invita a reunirnos como Hermanas bajo su maternal bondad y a compartir las palabras de Jesús en nuestras vidas.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 34)
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron las tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: «Elí, Elí, lemá sabactani», (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías» (Mt 27, 45-47; cf. Mc 15, 33-35)
Escuchemos este grito que sale del fondo del corazón de Jesús. La oscuridad representa los efectos del pecado, el cielo se ensombrece mientras que el que es “la Luz del mundo” regresa al Padre. El resplandor esplendoroso de la mañana de Pascua será el símbolo del final de este triste período de duelo. La Luz que había entrado en el mundo con el nacimiento de Jesús (símbolo de la estrella guiando a los magos, los coros celestes de los ángeles iluminan a los pastores) ve su muerte, simbolizada por el sol que se oscurece.
Jesús ha conocido todos los efectos que aporta el pecado en términos de sufrimiento e incluso de muerte. En lo más íntimo del pecado, se encuentra la separación de Dios. Sabiendo el efecto devastador del pecado, Jesús lanza un grito; no habiendo pecado nunca, no había sentido nunca la separación de su Padre, pero esta ha podido sentirla en la cruz. Este sufrimiento de estar privado de Dios, lo expresa el Salmo 21:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te gripo, y no respondes; de noche, y no me haces caso.
Porque tú eres el Santo y habitas entre las alabanzas de Israel.
En ti confiaban nuestros padres, confiaban y los ponías a salvo;
A ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste… (S 22, 2-6)
Este salmo expresa la angustia de quien resiente la separación con Dios y continúa a dirigirse con confianza hacia Él. Al pronunciar las primeras palabras del salmo, Jesús recuerda toda la oración. Si conoce la angustia, conserva la confianza en su Padre.
Entre los que estaban reunidos para el espectáculo, algunos pensaron que Jesús llamaba al profeta Elías. Durante su ministerio público, Jesús a menudo ha sido incomprendido, no es pues sorprendente que esto se produzca aún en el último momento de su vida. Pero es posible que María, asintiera con la cabeza cuando oye que Jesús reza este salmo que ella le había enseñado en Nazaret y que juntos con José, lo habían rezado. Ella conocía el sentido y la fuerza. E incluso si ella sentía también un sentimiento de abandono, tenía confianza en la victoria final. María podía unirse a Jesús y rezar con él este salmo, como antes lo habían hecho en Nazaret. Tal vez se acordaba especialmente de algunos versículos: “Tú eres quien me saco del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre; desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios. (S 22, 10-11) María no puede negar los sentimientos de tristeza, de impotencia, de soledad, la verdad ha podido hacerla llorar, pero, a pesar de todas las apariencias, mantiene su fe en Dios, en su grandeza y en su victoria. ¿No podríamos también imaginar que además del mensaje de confianza dirigido a su Padre, Jesús quería rezar este salmo para animar a su madre?
La capacidad de María para encontrarse en este salmo, en la experiencia con Jesús y a encontrar en él un sentido a su vida es también una lección para nosotros. A veces, las situaciones son verdaderamente difíciles sin esperanza; a veces, parece que Dios ya no actúa en el mundo, ni para los pobres porque pensamos conocer la manera de actuar de Dios.
Nosotras, Hijas de la Caridad, no debemos olvidar nunca que la cruz está en el centro de nuestra fe. Si no discernimos su presencia en nuestras vidas o en las de los pobres, estamos ciegos. Con María, aprendemos las lecciones que el Señor crucificado nos ofrece en estas últimas horas: la valentía y la perseverancia en el servicio. Como María, como Jesús, estamos invitados a confiar en Dios, porque, como lo dice el salmista, no nos defraudará.
“Tengo sed” (Jn 19, 28)
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.” (Jn 19, 28-29).
El agotamiento y la tensión física llevan a Jesús al límite de la resistencia humana. Siente las necesidades de su cuerpo, las consecuencias de la pérdida de sangra. La sed, que sintió en el desierto al comienzo de su ministerio público, vuelve ahora al final de su vida pública. ¡Cuántas veces se había sentado a la mesa con sus discípulos y sus amigos para comer! Conocía bien las necesidades del cuerpo humano. Después de haber predicado a la muchedumbre, “viendo que tenían hambre”, los alimento con panes y peces. Para manifestar a sus discípulos su presencia de Resucitado, les prepara una comida, promete que estará presente bajo la forma de pan y vino -alimento sencillo por el cual harán memoria de él. Hablando de las obras de misericordia, dice a sus discípulos: “El que da a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa” (Mt 10, 42; cf Mt 25, 35). Podemos preguntarnos si la persona que dio de beber vinagre a Jesús sabía que estaba haciendo una buena acción.
Oyendo la sed de Jesús, los brazos de María debieron arder de ganas de ofrecerle alguna cosa para beber, como lo había hecho tan a menudo en Nazaret. ¡Qué acto de bondad humano, dar un vaso de agua a alguien! Jesús habló de ello como el tipo de acto que marcaba la diferencia entre la vida eterna y la separación definitiva con Dios (Mt 25, 35). María conocía la importancia de estos pequeños gestos de bondad. Su vida estaba llena de estos pequeños actos de amor diarios, que hacían más fácil la vida a Jesús y a los demás. Ella sabía que la petición de Jesús ofrecería a alguien la oportunidad de realizar un acto lleno de compasión.
Recordemos el episodio de Jesús junto al pozo de Samaría (Jn 4, 1-42) y la oportunidad que le ofrece a la mujer que va allí a sacar agua. Su petición de darle de beber da la oportunidad a la samaritana de volver sobre su vida y cambiar su manera de vivir. Cuando Jesús dice a Zaqueo: “conviene que hoy me quede yo en tu casa.” (Lc 19, 1-10), le ofrece la suerte de dejarse transformar; cuando Jesús cena en casa de Mateo, éste acepta el reto de seguir a Jesús. El hecho de comer y beber con alguien simboliza y realiza un cambio. Cuando Jesús en cruz grita su sed, es una invitación a actuar y a dejarse convertir por una obra de bondad.
Cómo Hijas de la Caridad estamos llamadas a oír el grito de los pobres, su sed y sus necesidades. Estamos invitados a oírles y a dar respuesta. El vinagre ofrecido a Jesús puede recordarnos que nuestras soluciones no son perfectas, pero se nos pide que escuchemos y hagamos lo que podamos. Como María, que deseaba tanto aliviar la necesidad de su hijo en la cruz, debemos aspirar a encontrar los medios para ofrecer a los pobres un alivio. Un vaso de agua fresca dado con amor puede ser un signo maravilloso de nuestra atención a las necesidades del otro y de nuestro esfuerzo por responder a las mismas. Cuando permanecemos de pie con María junto a la cruz, la sencilla petición de Jesús crucificado nos recuerda esta verdad.
“Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30)
“Jesús cuando tomó el vinagre dijo: «Está cumplido». E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 30)
La cruz simboliza el don total de Jesús y así debe ser para el cristiano. Jesús se ha dado totalmente para hacer la voluntad del Padre -cada palabra, cada acción, cada pensamiento están centrados en el cumplimiento de lo que se le ha pedido en el plan de Dios. En el evangelio de san Juan, las últimas palabras de Jesús son: “Todo se ha cumplido”; ha cumplido todo lo que vino a hacer y, ahora, puede volver al Padre. El hecho de “entregar su espíritu” sugiere al mismo tiempo su muerte y el momento de Pentecostés.
Para María, esta palabra de Jesús ha podido parecer un poco oscura. Ella, su madre, lo conocía íntimamente desde el primer instante de su concepción, ella estaba allí, ahora, en el último momento de su vida. Del primero al último suspiro, había estado presente, a su lado. ¿Quizás piensa que Jesús quiere hablar del final de su vida? ¿Tal vez le alivia el pensar que sus sufrimientos por fin iban a terminar? ¿Comprende quizás que quiere hablar del final de su misión? ¿Pero, cómo lo hará? ¿Terminaría todo? ¿Era ese el fin de su vida y su ministerio? Y María, meditaba todo esto en su corazón.
Jesús fue fiel hasta el final a la misión que el Padre le había confiado. María también fue fiel hasta el final. Esto es lo que se proclama en el dogma de la Asunción: María es acogida en el cielo en cuerpo y alma porque siempre ha sido fiel a la llamada de Dios y nunca cometió pecado alguno. Cuando “todo terminó para ella”, pasó sencillamente de nuestra tierra al Reino de los cielos sin muerte ni juicio.
Como Hijas de la Caridad estamos llamadas a ser fieles hasta el final. Por difícil que esto pueda ser, no nos paremos en el camino, no capitulemos ante los problemas. Continuemos actuando y sirviendo lo mejor que podamos sin preocuparnos de los resultados, que ponemos en las manos de Dios. Y cuando lleguemos al término de nuestro camino, aceptaremos esta llamada en fe y tranquilidad.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)
“Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios, diciendo: «Realmente este hombre era justo»” (Lc 23, 44-47).
De nuevo, Jesús habla de su espíritu que pone bajo la protección y en posesión del Padre. Este espíritu, insuflado en el primer ser humano en el jardín del Edén y, por consiguiente, en todos los humanos, es en adelante, devuelto a Dios (Qo 12, 7). Esta última palabra de Jesús proviene de un salmo: el salmo 30:
A ti, Señor, me acojo; no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme, sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame; sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu;
tú el Dios leal, me librarás; tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
pero yo confío en el Señor.
(S 30, 2-7)
De nuevo, un salmo de confianza brota de los labios de Jesús. El salmista que experimenta el sufrimiento y el rechazo, se abandona en Dios y podemos comprender porque le viene a la memoria a Jesús.
Oyendo esta palabra de Jesús, María recuerda también el salmo 30. Cubierta por la sombra del Espíritu, había dado a luz a Jesús; era justo que ella estuviese allí en este momento, en el que Jesús entregaba su espíritu a Dios. Meditando las palabras de confianza de este salmo, María tal vez recuerda la estrofa final:
Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces.
Sean fuertes y valientes de corazón, todos los que esperáis en el Señor
(S 31, 24-25)
Su Magnificat, ¿no contienen un eco de esta estrofa con su confianza en Dios que derriba de trono a los orgullosos y enaltece a los humildes, que indica el camino para avanzar con esperanza? El último versículo “Sean fuertes y valientes de corazón, todos los que esperáis en el Señor” (Salmo 31, 25) ¿no es un ánimo especial para ella?
Las palabras de Jesús invitan a María a rezar los salmos. Era consciente de cuánto habían rezado juntos estos salmos que reflejan tan bien la experiencia humana y el sufrimiento de los fieles.
Nosotras, Hijas de la Caridad, unidas a María, podemos escuchar estas últimas palabras de Jesús y de qué manera nos invitan a estar atentas al Espíritu hasta el último soplo de vida. El título del Documento Inter-Asambleas nos anima a ello: “Dejémonos transformar por el Espíritu”. Como Jesús y María, debemos permanecer abiertas al Espíritu y dejarnos conducir por El hasta el final.
Quizás necesitamos rezar este salmo 30 para convertirnos en mujeres de confianza que nos ponemos por entero en las manos de Dios. En la cruz, Jesús crucificado nos anima particularmente a ello.
Conclusión
María nos aporta numerosas enseñanzas sobre la vida cristiana y vicenciana cuando estamos con ella al pie de la cruz. Ella escucha a Jesús y nos invita a hacer lo mismo. María nos enseña:
- El compromiso de estar cerca de los que sufren y aprender de ellos;
- El deseo de rezar los salmos y escuchar los consejos dados; las expresiones de los salmos continúan resonando en la comunidad humana y en la Compañía;
- La decisión a permanecer fieles hasta el final, a pesar de todos los obstáculos o los problemas de nuestras vidas y las de los pobres, y discernir la voluntad de Dios;
- La voluntad de perdonar: es la experiencia de María al pie de la cruz. Ofrecer el perdón y ayudar al otro a hacer lo mismo, es una gracia particular, cercana al fundamento de nuestro propio carisma y de nuestra misión;
- La ayuda mutua: María acompañó a la primera Comunidad cristiana, lugar de ayuda mutua; para nosotros también, nuestra fuerza proviene de la Iglesia y de nuestra Comunidad. Aceptar a María como nuestra “única Madre”, nos enseña a acoger a nuestras compañeras como a nuestras Hermanas, oyendo como Jesús nos dice: “He aquí tu Hermana”.
- La confianza en la acción del Espíritu presente en nosotros, que nos conduce hacia el Padre.
¿Qué otras lecciones podemos aprender de esta experiencia de María al pie de la Cruz? Podemos descubrir muchas otras a partir de nuestra propia reflexión y devoción. Nuestra divisa nos invita a ser urgidos por el amor de Jesús crucificado. María quiere ayudarnos de una manera particular gracias a su lugar privilegiado junto a Jesús crucificado. Su visita en nuestra Capilla da un impulso y una presteza suplementarios para confiarle todas las intenciones de la Compañía: “¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Tí!”
En su Carta Encíclica, Lumen Fidei, el Papa Francisco nos invita a fijarnos en la fe de María y en la manera de alcanzar su madurez al pie de la cruz:
¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa. Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo. Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor. (LF, 60)






