Margarita Rutan: una víctima de la Revolución (Capítulo quinto)

Francisco Javier Fernández ChentoMargarita RutanLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pierre Coste, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1908.
Tiempo de lectura estimado:

CAPÍTULO V: EL PATÍBULO

INSTITUCIÓN DE UNA COMISIÓN EXTRAORDINARIA. SUS OPERACIONES EN LAS LANDAS. RIGORES PEDIDOS POR EL COMITÉ DE VIGILANCIA CONTRA LA HERMANA RUTAN. LLEGADA DE LOS REPRESENTANTES DEL PUEBLO Y DE LA COMISIÓN EXTRAORDINARIA A DAX. JUICIO Y EJECUCIÓN DE SOR RUTAN. INVESTIGACIÓN SOBRE LA DESAPARICIÓN DE SUS EFECTOS. HOMENAJE DE LA ADMINISTRACIÓN DEL HOSPITAL A SOR RUTAN.

(3 MARZO 1794 – 9 ABRIL 1794).

PINET se marchó de la ciudad de Dax con la intención bien decidida de volver pronto  y poner en funcionamiento la guillotina, cuya construcción acaba de decretar. Apenas de regreso de Bayonne, estableció, a imitación de lo que se hacía en otras partes, una Comisión extraordinaria, especie de tribunal militar, al que confió el poder de juzgar las causas relativas  a la deserción , a la traición y a la emigración, y dio como contraseña a los que la componían actuar enérgica y rápidamente. En la práctica, Pinet se olvidó que había limitado las atribuciones de la Comisión, de la que deseaba servirse para suavizar  sus odios y difundir arbitrariamente el terror.

En la noche del 19 al 2º de febrero de 1794, cuarenta y siete Vascos cruzaron la frontera y no volvieron a aparecer. Pinet multiplicó las medidas  de rigor; devastó varios pueblos, encerró a sus habitantes en espantosos calabozos o los dispersó por los departamentos vecinos. Su cólera no estaba aún apagada cuando recibió una carta, obra de un falsario, que le brindaba la ocasión de venir a ejercer de nuevo su venganza en las Landas. El 27 ventoso (17 de marzo), escribió al comité de la salud pública: “La medida del internamiento de los Vascos continúa en vigor y esperamos llegar al fin a purgar a este desdichado país, adquirido en España por el oro y los sacerdotes y que le proporcionan un semillero de espías,  que la hacían poseedor de nuestros planes de operación mucho antes que nosotros, las misiones que ejecutar. Os enviamos, ciudadanos colegas,  la copia de una carta que os va a hacer rechinar de horror; es un plan de contrarrevolución bien urdido, bien concertado en un departamento que bordea nuestras fronteras, en el departamento de las Landas. Esta carta está escrita a un abate emigrado, llamado Juncarot, por un funcionario del distrito de Saint-Sever; en el primero se refugian nuestros desertores, que son tolerados por la municipalidad, sostenidos, animados y dispersados por los nobles y los sacerdotes…La guillotina va a funcionar; solo purgando la tierra de los nobles, de los sacerdotes y de los fanáticos, nuestros enemigos sempiternos, gozaremos de la paz y de la felicidad”.

La guillotina funcionó, según la expresión cínica de Binet(¿). Funcionó primero en Saint-Sever: donde los jefes supuestos del complot denunciado por la carta del  27 ventoso fueron castigados con la muerte, luego en Tartas, donde dos sacerdotes derramaron su sangre por la fe, por fin en Dax. El comité de vigilancia, advertido de la próxima llegada de la Comisión extraordinaria, escogió de antemano a sus víctimas. Las selecciono de entre todas las clases de la sociedad, entre los nobles, los sacerdotes juramentados y no juramentados, los religiosos, y el pueblo llano. Se necesitaban ejemplos; se necesitaba que los refractarios y los tibios aprendiesen  por medio de hechos propios a impresionar fuertemente la imaginación qué peligroso era preferir el fanatismo y la aristocracia a la Revolución.

El 8 germinal, la conducta de la Hermana Rutan fue sometida a una investigación o más bien a una especie de investigación, que no reveló ningún cargo nuevo, seis días después, el comité de vigilancia disponía que su nombre se colocaría en la lista de las personas propuestas para la guillotina.

“El 14 germinal, el año II de la República, una e indivisible,

“Los miembros que componían el comité de vigilancia, reunidos de la forma ordinaria,

“Vista la denuncia hecha por la Sociedad popular de la comuna de Dax contra la Hermana Rutan hasta el momento superiora del hospital de beneficencia de esta comuna, del 4 nivoso último, que declara que la Hermana Rutan emplea todos los medios para corromper a los bravos defensores  de la patria que están enfermos en el hospital y que ella es además incívica,

“Visto el decreto del presente comité de dicho día 4 nivoso, informando que la dicha Hermana Rutan será a continuación llevada a la casa de reclusión y se estamparán los sellos en sus papeles,

“Visto el verbal del levantamiento de los sellos  y verificación de los papeles de dicha Hermana Rutan, del 6 del mismo mes,

“Visto la declaración, en forma de denuncia dada por el ciudadano  Bouniol contra dicha Hermana Rutan, del 8  del mismo mes, declarando que, en conversación con un soldado nacional que estaba en el hospital, este le dijo que todas las Hermanas eran unas granujas de aristócratas, corrompiendo a los soldados, que ellas les predican para que vayan a la Vendée, que los hacen bailar  y cantar canciones diabólicas y les dan plata, 

Visto el verbal de la visita de los apartamentos que ocupaba la dicha Hermana Rutan en dicho hospital, constatando las sumas que tenía en bolsa, dicho verbal con fecha del 13 del mismo mes,

Visto el interrogatorio, realizado por el comité, de dicha Hermana Ruta, el 26 del mismo mes

 “Visto la investigación hecha por dicho comité contra dicha Hermana Rutan, 8 de germinal,

“Vistas por último las cartas y panfletos infames y de verdad contrarrevolucionarios hallados en los papeles de dicha Hermana Rutan, que hacen justamente presumir que está animada de los principios desorganizadores de los ejércitos;

“Considerando que dicha Hermana Rutan está avisada de haber empleado medios de seducción, sea en palabras  sea dando dinero a los bravos defensores de la patria a quienes han traído al hospital unas heridas honrosas, a fin de comprometerlos  a unirse a los bandidos de la Vendée y volver las armas contra la patria,

“Considerando que dicha Hermana Rutan ha sido avisada de haber mantenido correspondencia y relaciones criminales con parientes del tirano de Austria, que incluso ha favorecido el paso a esta comuna de un personaje que se tenía por príncipe de Alemania, aliado con el emperador,

“Considerando que los delitos imputados a dicha Rutan merecen, no solo la pena de reclusión, sino también penas infamantes  y aflictivas decretadas por las leyes,

“Dispone que se enviará copia del presente decreto al agente nacional en el Directorio del distrito de Dax, así como el proceder  instruido contra dicha Rutan, con declaración que dicha Rutan  está en la casa de reclusión de los Carmelitas de esta comuna a vuestra disposición”.

El comité de vigilancia destaca dos quejas: consejos dados  a los soldados  de pasar del ejército de la República al de la Vendée y relaciones ilegales con príncipes de la casa de Austria. Produce sorpresa ver sobre qué débil fundamento se apoya la primera de estas acusaciones, sugerida por la sola deposición de Bouniol. Si los miembros del comité se hubieran tomado la pena de interrogar al soldado cuyas palabras pretendía referir Bouniol, mención del proceso verbal de este interrogatorio constaría en la lista de los documentos que dicen tener a la vista, Existe la encuesta del 8 de germinal; pero en esta fecha, los registros de entrada y de salida dan fe de los noventa y cinco soldados que estaban en el hospital el 8 nivoso, día en que Bauniol vino a denunciar a las Hermanas, no quedaban más que dos; los demás habían regresado al regimiento, se habían muerto, o habían obtenido la autorización de volver a casa. Si el comité de vigilancia hubiera trazado realmente el plan de recoger el testimonio tan importante  del soldado que había informado a Bauniol, no habría esperado al momento en que, según toda probabilidad, este individuo no estaría ya en Dax. Inútil insistir más en las pretendidas invitaciones a la deserción; llegamos a la segunda queja.

El comité de vigilancia  acusa a la Hermana Rutan de haber intercambiado cartas con parientes del emperador de Austria y favorecido del paso a Dax de un personaje tenido por príncipe de Alemania, aliado con el emperador. Según el acta de condena a muerte, que se reproducirá más tarde,  estos parientes del emperador de Austria y este príncipe de Alemania serían uno solo y mismo personaje, Louis Géris de Lorraine, pariente del emperador de los Romanos, con el cual la Hermana Rutan habría hecho una comida en Pouillon.

¿Qué pensar de informaciones tan precisas? ¿Estaríamos todavía frente a una invención,  nacida de la malevolencia? No se podría dudar. Las genealogías más completas y más serias de la casa de Lorraine, no presentan, en ninguna época, el nombre de Louis-Géris. La primera casa  de Lorraine, representada únicamente por mujeres, se convirtió en casa de Lorraine-Anjou. En la época de Carlos el Temerario, no había ya, por el mismo motivo, más que la casa de Lorraine-Vaudémont, a la que pertenecía François de Lorraine, esposo de María Teresa y emperador de Austria. La rama principal de los Lorraine-Vaudémont cesó desde entonces de ser francesa. François de Lorraine tenía cinco hermanos y siete hermanas. De los cinco hermanos ninguno dejó posteridad; todos, excepto tal vez el sexto, Charles, murieron jóvenes. Pasemos a las ramas laterales.

De los Lorraine-Vaudémont salieron los Mercaoeur y los Guise, de los Guise los Mayenne, los Aumale y los Elboeuf, de los Elboeuf los Harcourt, los Lillebonne y los Armagnac-Brienne. En 1789, una sola rama, la de los Armagnac-Brienne, tenía representantes. A ella se unen los príncipes de Marsan, que se extinguieron en 1782 con Camille-Louis de Lorraine, príncipe de Marsan, marqués de Puyguilhem, conde de Pontgibau y barón de Saint-Barthélemy, nacido en París el 19 de diciembre de 1725. Charles-Louis de Lorraine, príncipe de Lambesc y conde de Brienne, que pertenecía a la rama principal de los Armagnac-Brienne, se casó tres veces; la tercera unión fue la única fecunda. De Louise-Julie-Constance de Rohan-Montauban, tuvo hijas e hijos,  Charles-Eugène y Joseph-Marie, los únicos representantes masculinos de la casa de Lorraine en Francia al principio de la Revolución.

Charles-Eugène de Lorraine, príncipe de Lambesc, conde de Brienne y duque de Elboeuf, nacido en París el 25 de septiembre de 1751, era gran escudero de Francia  en 1761, coronel del regimiento de Lorraine en 1773  y mariscal de campo 1778.

El 12 de julio de 1789, fue encargado de disipar  los grupos tumultuosos que invadían el jardín de las Tuileries. Le defección de los guardias franceses que pactaron con la multitud le puso en la obligación de dar marcha atrás y volver al campo. Sus tropas mataron a un anciano e hirieron a un joven. El comité de averiguaciones le hizo responsable y le citó ante los tribunales. Como medida de prudencia, antes de esperar la sentencia de los jueces, que fue una sentencia de absolución, Charles-Eugène se fugó a Alemania, donde su regimiento vino a unirse a él a principios de 1792. Sirvió en el ejército de los hermanos de Luis XVI, entró en Champagne con el ejército prusiano, la evacuó con é y entró en servicio en Austria, donde obtuvo grados de general mayor y de feld-maréchal. Murió en Viena el 21 de noviembre de 1825.

Su hermano, Joseph-Marie de Lorraine, príncipe de Vaudémont, nació el 23 de junio de 1759, llegó a maestre de campo de los dragones de Lorraine, partió al exilio antes del mes de julio de 1792 y fue, durante su emigración, general mayos al servicio de Austria. Como su hermano él no dejó posteridad.

¿Qué concluir de todos estos datos?   Primero que Louis Géris de Lorraine no ha existido; luego que  la presencia de un príncipe de Lorraine en Dax  o en Pouillon durante el periodo revolucionario es absolutamente inverosímil. Charles-Eugène y su hermano habitaban en París; se alistaron el servicio de Austria; ¿por qué ir para emigrar a las fronteras de España, donde no debían encontrar más seguridad que en las fronteras de países más vecinos de su domicilio y de la región a donde querían retirarse?

Los representantes del pueblo en misión en el suroeste cuentan al detalle, en su correspondencia oficial con la Convención o el Comité de salud pública, los sucesos de orden diplomático o demás relativos a España; en ninguna parte se habla de este pretendido viaje de un príncipe de Lorraine. Ningún documento manuscrito, salvo el proceso verbal de las acusaciones contra la Hermana Rutan, ningún libro impreso, exceptuado uno, menciona este hecho. El autor que nos habla de ello y lo da por cierto es el abate Légé. Esto escribía en 1875: “Cossaune, en el proceso Rutan, había hablado de una comida aristocrática en Pouillon. Esta comida, como la de los Bascos en Itsassou, fue una grave imprudencia. Los amigos en Pouillon se permitieron palabras bastante ligeras contra los revolucionarios; juzgaron libremente los asuntos del tiempo olvidando que las paredes oyen y que la efervescencia de sus sentimientos no lograría en aquel momento nada contra los excesos del Terror. Un miserable, llamado la Bondad, vino a decir al distrito que los aristócratas se habían gloriado, en Popuillon, de beber en los cráneos de los patriotas al aniquilamiento de la República. La Superiora del hospital de Dax y el médico Grateloup estaban allí. Citaron a Grateloup y a su criada, Daudine Darjo”.

El abate Légé no dice de dónde ha sacado este relato: queda fuera de duda que no lo ha inventado. Todo nos induce a creer que ha consignado en confianza, sin verificar su exactitud, una tradición oral, nacida también de las imputaciones calumniosas lanzadas contra la Hermana Rutan y, durante un periodo de ochenta años, aumentada por la imaginación popular con detalles tan falsos como el fondo primitivo. Francia estaba en guerra con Austria y España desde el año 1792; y desde junio de 1793, gemía bajo el yugo intolerable de los terroristas. ¿Es verosímil que un príncipe aliado con la causa de Austria haya, en tales circunstancias, atravesado nuestro país y banqueteado en Pouillon en tan numerosa compañía? Si los hechos, suponiéndolos verdaderos, hubieran tenido el carácter de gravedad que les presta el abate Légéy, durante un periodo  de ochenta años, aumentado por la imaginación popular con detalles tan falsos como el fondo primitivo.

La Comisión extraordinaria habría culpado a Margarita Rutan de encontrase en un banquete organizado en honor de un príncipe, sin acentuar, al menos con una palabra, los imprudentes apartes de lenguaje de los incitados?  ¿Se habría contentado el comité de vigilancia con declarar, sin siquiera hacer alusión a la comida y a los discursos de Pouillon, que la Superiora de Saint-Eutrope había favorecido el paso del príncipe a Dax?

Esto es lo que parece un poco extraño! Hay algo mejor. En ningún documento del dossier de Grateloup, cuya sangre enrojecerá el cadalso todavía húmedo por la de la Hermana,  se hace mención de la pretendida comida. El acta de denuncia, el decreto de encarcelamiento, la declaración según la cual fue condenado a muerte,  un relato contemporáneo de su ejecución y de las causas que le llevaron, el proceso verbal de la deposición  de un anciano interrogado en 1862 por el alcalde de Dax, por último la historia de la Revolución en esta ciudad por Dompnier de Sauviac, que no es sobrio en detalles sobre Grateloup, se callan completamente sobre un hecho que constituiría por sí solo, contra el acusado de un cargo cien veces más apabullante que todas las demás quejas reunidas. Se le acusa de fanatismo, se le reprocha haber conspirado contra la libertad de la igualdad; se indignan de que se ha atrevido a conservar en su casa los retratos de Bailly, de Bergasse, de Lafayette, de Polignac y de Le Chapelier; y no se soplaría una palabra de la comida de Pouillon, donde, en compañía de varios aristócratas, reunidos alrededor de un príncipe sobre el asunto de emigrar, habría expresado él, o sus cómplices el pesar de no poder  todavía beber el aniquilamiento de la República en el cráneo de los patriotas!

Esto es suficiente para arruinar por completo el extraño relato que el abate Légé ha cometido la torpeza de hacerlo suyo. Supongamos por un instante que un príncipe de Lorraine y la Hermana Rutan hayan cenado juntos en Pouillon. Esta comida no tuvo lugar ni antes de 1790, ya que no se comprendería de otra forma  el reproche dirigido por el comité de vigilancia a la Hermana Rutan por haber favorecido el paso del augusto viajero a Dax, ni después de 1792, ya que a primeros de 1793, los príncipes de la casa de Lorraine, estaban, sin ninguna duda, en el extranjero. Di el hecho incriminado ocurrió entre 1790 y 1793, no se podía hacer con él la base de una condena; las leyes penales contra los cómplices de los emigrados no fueron, en efecto, votadas hasta  el mes de marzo de 1793.

De todo lo que acabamos de decir, resulta, -¿se podría poner en duda?  – que la existencia de  Louis-Géris de Lorraine, el paso de un príncipe de esta ilustre casa en Dax durante el periodo revolucionario, la comida de Pouillon y las relaciones de la Hermana Rutan con el príncipe viajero, son otras tantas falsedades. Pues bien, a pesar de la brillante evidencia de las pruebas acumuladas, cuando se vio a los jueces de la Hermana Rutan  declarar que ella ha confesado francamente su presencia en la comida de Pouillon, en compañía de Louis-Géris de Lorraine, pariente  del emperador de Austria, cuando se oye afirmar por aquellos que han saqueado sus papeles que estaba en correspondencia con ese príncipe, si no se está al corriente de las maniobras familiares en los comités de vigilancia y en las sociedades populares, que ponían cada día las mentiras y las falsedades al servicio del odio, le sorprende a uno tanto semejante descaro, que se pregunta, cómo a pesar suyo, si no habría algo de verdad en las alegaciones  de los acusadores. Dompnier de Sauviac, un contemporáneo de la Revolución y una víctima de los revolucionarios que le tuvieron mucho tiempo encerrado en las prisiones de Mont-de-Marsan. Ha recibido igualmente en confianza las calumnias del comité de vigilancia.

No hubo, en realidad, ni confesiones arrancadas, ni cartas halladas. Lo sabemos por el Directorio del distrito que, según recordamos, había recibido el año II comunicación del procedimiento instruido contra Marguerite Rutan. Se lee, en efecto, con la fecha del 15 prairial (3 de junio 1795), en el proceso verbal de una deliberación firmada por varios miembros  que se vuelven a ver al pie de los documentos del año II: “El municipio de Dax sentirá por mucho tiempo a una mujer virtuosa, una mujer a una mujer creadora del más bello establecimiento de hospitalidad que existiera en varios departamentos que, por carácter firme en una opinión religiosa, ha sido inhumanamente sacrificada por motivos cuya prueba está aún sin conseguir”. Lo sabemos también por el autor del Compendio, que escribía en 1796:

“No faltaba más que un pretexto para inmolarla; el pretexto mismo no se presentaba; se lo imaginaron; la acusaron de haber comido con una persona que emigraba”. ¿Será una sorpresa ahora que la Comisión extraordinaria se haya contentado con consignar en un  registro el acta de condena a muerte de la Hermana Rutan y no haya creído deber, como lo ha hecho para otras víctimas, transcribir en todo el tiempo al menos una de las pretendidas cartas criminales  que justificaban, se decía, la sentencia rigurosa dictada contre la acusada?

La declaración por la que el comité de vigilancia  juzgaba a la Hermana Rutan  digna de penas infamantes más duras que la reclusión, databa del 14 germinal (3 abril). ¿Es acaso pura coincidencia o consecuencia de esta medida?  Ese mismo día, una Ursulina prestaba el juramento;  era la primera religiosa que decaía. Al día siguiente, dos Clarisas y una Ursulina seguían su ejemplo. Del 19 al 26, la lista fue en aumento hasta cuatro nombres, que eran los de dos Ursulinas y de dos Clarisas.

Después de las sangrientas ejecuciones de Saint-Sever y de Tartas, la Comisión extraordinaria emprendió el camino de Dax, adonde llegó el 19 germinal (8 de abril). Desde el día siguiente, mandó comparecer a Jean-Eutrope de Lannelongue, párroco de Gaube, y a la Hermana Rutan. A la seguridad en el exilio del párroco de Gaube había preferido los peligros del apostolado en la patria. Compareció el primero y fue condenado a muerte en virtud de la ley que castigaba con la pena capital a los sacerdotes refractarios hallados en el territorio de la República. Después del sacerdote, la Hija de la Caridad. “Margarita Rutan compareció ante el tribunal, escribe Dompnier. Tras la lectura del proceder dirigido contra ella, la admitieron a defenderse. Ella respondió sin apurarse, sin titubeos, que los reglamentos del hospicio exigían que los papeles dejados por los militares fallecidos fueran guardados religiosamente para ser devueltos a sus familias, que ella no era entonces más que una sencilla depositaria de todos los que habían encontrado en su despacho. Estas palabras nos han llegado  por un testigo digno de fe… Marguerite Rutan habó hasta el momento en que Cossaune la interrumpió con estas palabras: Nosotros estamos convencidos.

Los jueces desaparecieron para deliberar. El tiempo de redactar los motivos y dispositivos siguientes, ya habían vuelto a su sede. El presidente, con una voz gangosa, y diciendo siempre Routan por Rutan, pronunció el juicio siguiente:

“En el nombre de la República,

La Comisión extraordinaria, de sesión en Dax,  ha emitido el juicio siguiente, al que han asistido los ciudadanos  Cossaune, présidente, Dalbarade, Maury, Martin y Toussaint, miembros de dicha Comisión.

“Ha sido traída a la audiencia una mujer, la cual, a una interpelación del presidente, ha respondido llamarse Marguerite Rutan, de cincuenta y siete años de edad, nativa de Metz, en Lorraine, hasta ahora Superiora del hospital de la presente comuna.

“El presidente le ha dicho que estaba acusada de haber empleado medios de seducción bien con palabras, bien dando dinero a los valientes defensores  de la patria, a los que las heridas honrosas han traído al hospital para comprometerles a unirse a los bandidos de la Vendée y volver las armas contra la patria, de haber mantenido correspondencias y relaciones criminales con parientes del tirano de Austria, y que se han encontrado en su despacho panfletos infames y contrarrevolucionarios.

“La Comisión extraordinaria, vista la denuncia hecha por la sociedad popular de Dax contra dicha Rutan,  la investigación hecha por el comité de vigilancia y las respuestas de la acusada;

“Considerando que dicha Hermana Rutan, hasta ahora superiora del hospital de Dax, está convencida que en lugar de propagar los principios patrióticos a los voluntarios enfermos detenidos en dicho hospital, como debía según su puesto, solo les ha comprometido a la deserción ofreciéndoles dinero, dándoles incluso, según su propia confesión como mencionan los documentos  entregados a la Comisión por el comité de vigilancia;

“Considerando además que se ha hallado en su despacho un gran número de panfletos aristocráticos, fanáticos y más revolucionarios, y más contrarrevolucionarios unos que otros, que ella no ha negado haber transcrito algunos con su propia mano y que ella estaba también en correspondencia con Louis-Géris de Lorraine, pariente del emperador de los Romanos, con quien ella se ha arreglado para celebrar una comida en Pouillon;

“Dicha Comisión, conforme con la ley,  que condena a la pena de muerte a todos aquellos que sean convencidos de haber atentado contra la seguridad general de la República, condena a dicha Hermana Rutan a la pena de muerte, confisca sus bienes a favor de la República, ordena que el presente juicio será al instante ejecutado en la plaza de la libertad de esta comuna, impreso y fijado en todos los sitios en que convenga.

“Juzgado los dichos día, año y mes ya citados.

“Cossaune,  presidente ;  H. Martin,  juez ;  P. DaIbarade,  juez ;  Toussaint,  juez ;  Maury, juez”.

Los delitos que la Comisión extraordinaria sostiene contra la Hermana Rutan son los mismos que el comité de vigilancia le había reprochado: llamadas a la deserción, correspondencia y relaciones con un príncipe de Lorraine.  Ella añade un tercero, los panfletos aristocráticos y fanáticos hallados en su despacho. En el estilo de la época, -los que han estudiado la historia de la Revolución lo saben bien- fanático significaba lo que significa  en nuestros días clerical. Mientras duró la existencia oficial de la Iglesia constitucional, este epíteto se reservó a los partidarios de los no juramentados. Cuando todo culto fue abolido, fanatismo fue sinónimo de religión. Los panfletos fanáticos hallados entre los papeles de Marguerite Rutan serían unos libros de piedad, hojas de oraciones, en el número de las cuales habría que poner, según la tradición particular, conservada en varias familias, las letanías del Sagrado Corazón, que ella habría guardado en sus hábitos.

Hasta aquí, el motivo de orden religioso, aunque fuera  en realidad el único estimulante del club de los Barnabitas y del comité de vigilancia, no había sido formalmente invocado, se lo había callado, a propósito, sin duda, porque, legalmente, todo ciudadano era libre de tener opiniones religiosas a su elección. El código penal preveía y defendía el ejercicio del santo ministerio en el territorio de la República: era mudo en las creencias. Por ello, se había juzgado preferible denunciar los hechos que la ley castigaba con muerte.

Esta táctica no era especial en el comité de vigilancia de Dax; la mayor parte de los tribunales tendían a cubrirse de las apariencias de de la legalidad. Si se examinan los fallos de sus jueces, las víctimas del Terror inmoladas en odio de la fe tienen casi todas en su activo motivos de orden político; se sabía que, sola, la acusación de fanatismo no era de naturaleza que justificara la pena de muerte. Las Carmelitas de Compiègne, recientemente beatificadas, fueron tratadas de regalistas y de fanáticas;  los registros operados en sus casas habían traído el descubrimiento del retrato de Luis XVI y de  cartas comprometedoras, en las que  se trataba de la maldad de los tiempos, de resistencia a las leyes criminales, y en las que se hallaban expresados los deseos por el triunfo de las armas de los aliados y de los dolores por la muerte de Luis XVI. La Hermana Fontaine, Superiora de las Hijas de la Caridad de Arras, fue condenada como “piadosa contrarrevolucionaria, que habiendo conservado piadosamente y hasta guardado bajo un montón de paja esbozos y diarios que encerraban el más desenfrenado regalismo, y negado el juramento, insultado incluso a los comisarios del distrito, diciéndoles que aquello no resultaría, que ya no había diablos en el infierno, que estaban en la tierra”. El delito de emigración solo se les reprochó a las Ursulinas de Valenciennes, que se habían  ido de la ciudad para instalarse en Mons. Los enemigos de la Hermana Rutan, como los de las religiosas de Compiègne, de Arras y de Valenciennes, quisieron, ellas también, llevar delante de sus jueces acusaciones de orden no religioso; solamente, como no se presentaban, ellos de las imaginaron.

La Superiora de Saint-Eutrope acogió a sentencia de la Comisión extraordinaria con la calma y la serenidad de un alma que ha hecho, hace largo tiempo, el sacrificio de su vida. Ella había acabado su carrera; había combatido el buen combate; su mirada llena de esperanza entreveía ya la felicidad prometida por Aqulel que se ha comprometido a recompensar hasta un vaso de qua  que se dé a los pobres en su nombre.

Desde que se pronunció la sentencia a muerte, la condenada, siempre dueña de sí misma, quiso tomar la palabra; mas, por orden del presidente, un redoble de tambor ahogó su voz. Enseguida, se levantaron los miembros de la Comisión.

La noticia de la condena  que alcanzó a la venerable Superiora de Saint-Eutrope franqueó bien pronto las puertas del pretorio. Aunque previsto por todo el mundo esta desgracia sumergió a la ciudad entera en una consternación profunda y corrieron las lágrimas de muchos ojos. Indignados por una injusticia tan clamorosa, los soldados que estaban en tratamiento en el hospital concibieron la el proyecto de tomar las armas para arrancar a le Hermana Rutan de las manos de sus cobardes enemigos; el pensamiento de que  su empresa estaba fatalmente condenada al fracaso les hizo cambiar de resolución.

Los jueces habían terminado su obra;  el verdugo iba a comenzar la suya. El interrogatorio y la proclamación  de la sentencia eran los dos primeros actos del terrible drama; el tercero, la ejecución debía seguir sin retraso. El párroco de Gaube y la Hermana Rutan no abandonaron el pretorio más que para dirigirse  al cadalso. Los ataron espalda contra espalda y les hicieron subirse a una carreta que rodeaba un pelotón de gendarmes  y de dragones; el verdugo cerraba la marcha. El cortejo avanzaba a paso de carga y al ruido del tambor. “Parecía, dice Dompnier, que corriera al asalto de la guillotina”. Siguió primero por la calle del Obispado, luego la calle Cazada.

De todas las avenidas desembocaba la gente en grupos numerosos, curiosos a quienes atraía el deseo de ver a los condenados y de ser testigos de su suplicio.

Intrigado por el ruido extraordinario que se elevaba en la calle, un niño puso su cabecita en una ventana. Sus ojos se encontraron con los de la mártir, quien le reconoció y le sonrió con ternura; era un habituado  del hospicio, donde la Hermana Rutan le había visto más de una vez jugar con toda la diversión de su edad. Su madre, impresionada por el doloroso y lúgubre espectáculo que se ofrecía a sus miradas, cerró bruscamente la ventana y le dijo: Ponte de rodillas y reza por la Hermana; unos desgraciados la van a matar”. El pobre pequeño no supo más que dar curso a sus lágrimas; el dolor le ahogaba.

Otros lloraban también; los soldados  de la escolta compartían a su vez la emoción común. El dolor de los dos dragones colocados a los lados de los condenados producía pena verlo; ella tocó a la Hermana Rutan, quien les dio como recuerdo lo poco que le quedaba, su reloj y su pañuelo.

Ya se había formado una multitud compacta en la plaza Poyanne, donde debía tener lugar la ejecución. Para asegurarse del buen funcionamiento de la guillotina, el verdugo había decapitado, por la mañana, una oveja. A la llegada del lúgubre cortejo, un estremecimiento de horror sacudió a toda la asistencia; los ojos se llenaron de lágrimas; esta consternación general manifestaba con una punzante elocuencia el dolor que oprimía los corazones. Sola, en medio de la emoción general, la Hermana Rutan conservaba su alma en la paz; de pie, al pie del cadalso, asistió, sin traicionar el menor espanto, a los preparativos del suplicio.

Jean-Eutrope de Lannelongue, párroco de Gaube, debía ser ejecutado el primero. En el momento en que el digno sacerdote se inclinaba para recibir el golpe fatal, un dragón, movido de piedad, movido de piedad, pidió dulcemente a la Hermana Rutan que volviera la cabeza. “¡Cómo! ciudadano, le respondió ella con un noble sentimiento de orgullo, ¿creéis entonces que la muerte valerosa de un inocente sea un triste espectáculo?”.

Para esta alma valiente, en efecto, una muerte así era el mayor honor que pudiera apetecer. El valor de la heroína Hija de la Caridad parecía aumentarse conforme se acercaba el suplicio. Después de subir las gradas del cadalso, ella misma se quitó la pelliza y la pañoleta que cubría sus espaldas; y, como el verdugo quería quitarle la segunda pañoleta, ella se irguió vivamente con toda su estatura y le dijo con un tono de dignidad: “Dejadme, jamás la mano de un hombre  me ha tenido que ayudar”. Un instante después, el alma de la mártir, purificada por el bautismo de la sangre, emprendía su vuelo hacia el cielo y comenzaba a gustar, en medio de los santos y de los ángeles, los gozos inefables prometidos a la virtud. La tradición refiere que tras la ejecución el verdugo, para vengarse  de haber sido rechazado por la Hermana, golpeó indignamente a su víctima delante de la gente reunida.

¿No se ve, en esta hermosa muerte, la resignación y el valor de una mártir? Sí, la Hermana Rutan  se lleva al cielo la corona que Dios reserva a a aquellos cuya sangre ha corrido por Él.  Aunque la pasión antirreligiosa fuera tan solo la causa incial de su muerte, no se necesitaría más para que nos sea permitido afirmar su martirio. Pera hay mucho más. Después de llevársela de la cabecera de los pobres enfermos a la prisión, la impiedad de sus jueces la condujo de la prisión al lugar del tormento. Si los revolucionarios de Dax han perseguido con su odio a la valiente Hija de san Vicente de Paúl y han reclamado su cabeza, no fue, no lo dudemos, ni porque ella había animado a unos soldados a la deserción, ni porque había cenado o correspondido con Louis-Géris de Lorraine, estos hechos son falsos de verdad, sino a causa de su afecto a la religión de sus padres. ¿No es acaso lo que han querido expresar los jueces decidiendo que la Superiora del hospital Saint-Eutrope y el párroco de Gaube irían juntos al suplicio? No es lo que atestiguó públicamente, un año después de la muerte de las dos víctimas, el Directorio del distrito, declarando que “la comuna de Dax llorará por mucho tiempo a una mujer virtuosa, quien, por carácter entregado a una opinión religiosa, ha sido inhumanamente sacrificada por motivos cuya prueba está aún por adquirir”.

Como las bienaventuradas Carmelitas de Compiègne, como las venerables Hijas de la Caridad inmoladas en Cambrai y las venerables Ursulinas de Valenciennes, la Hermana Rutan ha tomado lugar en el cielo en la gloriosa falange de los mártires. Tal es el testimonio de sus contemporáneos, cuyo veredicto se ha hecho el de la posteridad. “Entre las víctimas inmoladas en la diócesis de Acqs,  escribe el autor del Compendio, queda bien poco que sea digno de elogios. Con todo, solo hay dos que se puedan inscribir, hablando con propiedad, en el catálogo de los mártires y que merezcan, a juicio de los hombres, esta gloriosa denominación. La primera es del señor Dambourgès, joven sacerdote de treinta a treinta y cinco años… La segunda víctima es la Hermana Rutan, Hija de la Caridad”. Este testimonio es tanto más precioso recoger por que el autor del Compendio escribías estas líneas dos años después de los acontecimientos y se muestra severo por  exceso no dando el título de mártir a Jean-Eutrope de Lannelongue, párroco de Gaube, condenado a muerte como “sacerdote refractario, errante y vagabundo por el departamento de las Landas, donde mantenía, dice el comunicado de los jueces, el fanatismo y el espíritu contrarrevolucionario”.

El primer biógrafo de la Hermana, un contemporáneo también, reconoce también que fue víctima de las opiniones antirreligiosas de sus acusadores. “Para castigar su celo y su entrega en una época en que la virtud era un crimen, ha escrito, monstruos sedientos de sangre la denunciaron a los procónsules convencionales”. Dompnier de Sauviac es más categórico. Leemos en sus Crónicas-45: “Así murió esta santa joven, eminentemente privilegiada de Dios que había dispuesto en ella todas las virtudes al servicio del Evangelio de la caridad. Después de sembrar tantas obras brillantes en las diferentes en las diferentes ciudades por donde había pasado, había venido a buscar el martirio en la cuna de San Vicente de Paúl, donde sus obras brillaron con una gloria incomparable. En lugar de una estatua de la que era digna, se encontró con la picota; pero, para las vidas superiores, la picota se cambia por apoteosis”. En el texto manuscrito de su historia de la Revolución en las diócesis de Aire y de Dax, el abate Légé juzga a la Hermana Rutan digna del título virgen-mártir. Tal es asimismo el sentimiento de Mons. Cirot de la Ville. “Entre esta santa hermana y el obispo de Dax (Mons. Lequien de Laneufville), dice, no hay más que una vida confundida en la misma obra de caridad, una muerte dos veces compartida en el martirio del exilio o el martirio del cadalso”.

Por eso, veamos sin sorprendernos las dos familias de san Vicente de Paúl inscribir el nombre de Sor Rutan en su martirologio y recorrer  los últimos momentos de esta heroica cristiana en su Pequeño Prado espiritual, al final de capítulos que llevan por título Tres bonitas perlas más en nuestra corona de mártires, o, Algunas Hijas de la Caridad a las que decoró la púrpura de su propia sangre, y se terminan cin estas palabras: Oh gloriosas mártires, rogad por nosotras!

La Comisión extraordinaria se quedó cuatro días en Dax y, durante ese tiempo, pronunció varias condenas. El día en que la Hermana Rutan fue ejecutada, los prisioneros encerrados en la casa de los Capuchinos, podían ver, a través de los barrotes de sus ventanas, las tres fosas recientemente excavadas en el cementerio de la ciudad; estaban destinadas a las víctimas del día siguiente.

Del 9 al 13 de abril, diez cabezas cayeron bajo la cuchilla de la guillotina. La ciudad de Dax pagaba bien caro su tributo a la Revolución.

Las desdichadas compañeras de la Hermana Rutan sintieron, más vivamente que nadie, la pérdida que acababan de sufrir. La presencia de su venerada superiora, sus exhortaciones, sus ejemplos les habían servido de ayuda en las horas de desánimo, durante los tristes momentos en la prisión sobretodo; la muerte que había puesto fin a sus sufrimientos, les abría tal vez una serie de nuevas pruebas. Tras cinco meses de duro cautiverio, las Hermanas Victoire Bonnette, Félicité Raux y Sophie Charpentier, confiadas en la moderación de Monestier de la Lozère, representante del pueblo, con mucho más humano que Pinet, pidieron su libertad; ellas no fueron escuchadas. El mes de octubre, el consejo general del municipio de de Dax, el comité de vigilancia, el Directorio del distrito y el Directorio del epartamento estuvieron de acuerdo que las Hermanas debían ser puestas en libertad. Monestier de la Lozère acabó por ceder a deseos tan legítimos-55. El cautiverio de las cinco Hermanas de la Caridad, comenzado el 1º de marzo, se terminó el tres de noviembre; había durado ocho largos meses.

Devueltas a la libertad,  Sophie  Charpentier,  Marie  Chânu  y  Félicité  Raux  pensaron en  recuperar sin ruido, junto a sus queridos enfermos, sus funciones de enfermeras, interrumpidas durante tanto tiempo, en la compañía de Marguerite Nonique que la muerte se llevó en el curso del año.  Rose Biarotte, Ursulina del convento de Tartas, pidió unirse a ellas y fue aceptada. Ay, pero Sor Rutan no estaba allí para llevarlas con sus consejos y apoyarlas con sus ejemplos; pero su recuerdo sobrevivía en su memoria, rodeado de un piadoso respeto  y se convertía en todo lugar en el mejor de los entusiasmos. Planeaba siempre, como un genio tutelar, sobre ese hospital, en el que ella había dado lo mejor de su actividad y de su abnegación. ¿No fue acaso efecto de su protección que el establecimiento haya podido tener al frente, al día siguiente de los sombríos días del Terror y guardar durante varios años a una Hermana del valor de Judith Mousteyro, antigua sueriora del hospital de Clermont, en Auvergne, que debía ser llamada más tarde en circunstancias particularmente difíciles, al puesto más elevado que una Hija de la Caridad pueda ocupar en la Compañía? Lamentablemente, las circunstancias no le permitieron venir a orar y llorar en la tumba de la que ya no estaba y, de todas las privaciones ninguna les era ya penosa. El lugar elegido para la sepultura de las víctimas de la Comisión extraordinaria estaba situado al este del antiguo convento de los Capuchinos, y tan cerca de los muros del edificio que, desde sus ventanas, los prisioneros podían hablar con el enterrador  y adivinar contando cada día el número de tumbas, cuántas cabezas caerían al día siguiente en la guillotina. Antes de la Revolución,  este emplazamiento formaba parte de  una pradera, pequeña y muy húmeda por la que atravesaba un riachuelo. Confiscada a los Capuchinos por el Estado, la pradera fue, en 1791, transformada  provisionalmente en cementerio de la ciudad después de la supresión de los cementerios de la catedral, de los Carmelitas y de los Franciscanos. Todo pasó bien hasta el invierno. Se vio entonces que las infiltraciones  subterráneas llevaban agua en abundancia, y fue imposible bajar los féretros a más de un  metro de profundidad. Se levantaron del suelo olores fétidos y dieron lugar a temer por la salud pública. Las autoridades locales, movidas por las quejas reiteradas de los vecinos, pidieron al Directorio del departamento, luego a los representantes del pueblo, otro emplazamiento. En 1795, siguiendo sin respuesta las reclamaciones o al menos sin resultado, el Directorio del distrito se permitió autorizar el traslado del cementerio al extremo del jardín, muy cerca del punto donde, hoy en día, la calle Chanzy llega al boulevard Carnot. Para detener la emanación de los miasmas malsanos, Monestier de la Lozère ordenó que el cementerio abandonado se cubriera con dos metros de tierra. Los trabajos, en  los que se empleó primeo a los prisioneros españoles, después probablemente a obreros asalariados, requirieron al menos un mes.

La hierba salió libremente sobre este suelo removido, cuya adquisición hizo Lassalle el 28 del pluvioso año X (17 de febrero de 1801). Hasta entonces, el Estado había sido su propietario, y no tenía el humor de tolerar emblemas en el lugar donde habían sido inhumados las diez víctimas de la Revolución  o dejar circular allí al público.

Lassalle no fue más fácil; no pensaba en hacer de ese terreno un lugar de devoción, sino más bien un agradable jardín.

Las Hermanas del hospital ¿conocieron,  al salir de prisión, el lugar preciso donde reposaban los restos  de la Hermana Rutan? Es muy dudoso: la colocación en tierra no había tenido otros testigos que al enterrador y a un pequeño número de personas y todo indicio exterior estaba formalmente prohibido. En todo caso,  si lo hubieran conocido, las transformaciones profundas por las que pasó sucesivamente  el suelo del cementerio habrían arrojado confusión en sus recuerdos.

Como se ha dicho anteriormente, los efectos de la Hermana Rutan, que eran legalmente propiedad de la Nación, fueron puestos bajo sello en el hospital, donde se hallaban todavía el día de su ejecución. Acaso era el deseo de utilizar, en un hospital despojado de toda ropa, ropas que quedaban din empleo, o más bien veneración por la víctima, los capellanes del hospicio rompieron los sellos y se llevaron una gran parte  del precioso depósito. En cuanto a las Hermanas, salidas de la prisión, volvieron a su servicio con los enfermos, quedaba muy poca cosa: qué importa, lo poco que quedaba animó su piadoso afán. No se atrevieron sin embargo a disponer de ello sin llevar las autorizaciones requeridas. Los administradores del hospital consintieron en llevar la petición de las Hijas de la Caridad ante el Drectorio del distrito. “Ciudadanos, escribían el 23 pluvioso año III (11 de febrero de 1795), las necesidades presentes  del hospicio civil han determinado a los capellanes de este hospicio a servirse de una parte de la ropa de la hasta ahora Hermana Rutan. Reducida a escoger  entre dos deberes imperiosos, uno de no tocar el vestuario de dicha Sor Rutan, y el otro servirse de ello para aliviar a la humanidad sufriente, su caridad las ha llevado a disponer, por la necesidad del hospicio,  de una parte de  los efectos de dicha Rutan; y, como lo que queda es poco, pedimos que tenga a bien la administración permitir que no tenga otro destino que el de servir a las necesidades del hospicio civil. Salud y fraternidad”. La petición estaba muy mal presentada. El Directorio del distrito, extrañado de que unos particulares  se hayan atrevido a disponer a su gusto de los bienes de la Nación, quiso conocer el nombre de las culpables así como la naturaleza y la cantidad de los efectos llevados. El 24 pluvioso (12 de febrero), encargó a Lavielle de la investigación y le dio orden de poner a la venta, de acuerdo con las disposiciones del Comité de salud pública, los miebles y los efectos de los emigrados, de los deportados y de los condenados. El comisario no había acabado aún su búsqueda el 4 thermidor (22 de julio). La falta de informes no permite decir cuál fue el resultado.

Estos robos eran, según toda probabilidad, el efecto de la veneración que inspiraba en Saint-Eutrope el nombre de Marguerite Rutan. Cuando los habitantes de Dax pudieron, con toda libertad y sin miedo a la prisión o al cadalso, enviar su saludo respetuoso a las víctimas de la Revolución en medio de ellos, no se olvidaban de la Hermana Rutan. En 1805 o 1806, Joseph Grateloup, tesorero del hospital, escribía a Dompnier: “Tengo el honor de remitiros, a través de mi sobrino, una inscripción que se me ocurrió, en 1803, en el relato que oí hacer de las eminentes cualidades del corazón caritativo de la virtuosa Hermana Rutan. Deseo que ella responda a la intención que tenéis de honrar su memoria…: “En memoria de Marguerite Rutan, superiora de las Hijas de la Caridad del hospicio de Dax. “Felizmente nacida para el consuelo de los desdichados, ella encontró en su alivio, la verdadera felicidad que, en efecto, no reside más que allí en la tierra. “Ella nació en Metz, en la región Messin, el 24 de abril de 1739. El 23 de abril de 1757 se consagró al servicio de los pobres  y murió el 23 de abril de 1795, víctima de los errores del tiempo.  “El concurso de la épocas de los principales sucesos de su vida con la de su muerte es tan notable como el de sus actos en el ejerciio de la caridad cristiana.

“La administración del hospicio, unida a las respetables Hermanas que lo gobiernan, testimonia públicamente sus dolor por la pérdida de esta virtuosa Hermana”.

Grateloup, se habrá advertido,  se equivoca sobre la fecha del fallecimiento. Habría deseado colocar esta inscripción en las paredes o al menos en los registros del hospital. Los administradores del establecimiento no se prestaron a  sus deseos. El crimen cometido contra la Hermana Rutan era un crimen público; el 11 ventoso año XIII (1º de marzo de 1805), juzgaron que una reparación pública era necesaria. Leemos en el proceso verbal de la sesión:

“La Commission administrative,

“Considerando que, sin pagar de la más negra ingratitud los beneficios inapreciables que la respetable Hermana Rutan, superiora,  ha prodigado al hospicio, no puede dispensarse de venerar en público la memoria de esta digna Hija de la Caridad, objeto del dolor universal.

“Declara:

“Se tendrá un  servicio solemne para celebrar el aniversario de la Hermana Rutan, superiora de las Hijas de la Caridad afectas al hospicio.

“Este servicio tendrá lugar en la capilla y con toda la pompa que las facultades de la casa lo permitan; todas las persona distinguidas de la ciudad serán llamadas allí”.

La Hermana Rutan había muerto el 9 de abril; el 9 de abril parecía  el día naturalmente designado para la ceremonia fúnebre. Circunstancias importunas trajeron un retraso. El 1º de mayo fue elegido. Todas la autoridades de la ciudad, todos los funcionarios públicos recibieron una carta de invitación. “La memoria de la respetable Hermana Rutan, Superiora de las Hijas de la Caridad afectas al hospicio, decían los administradores impone una veneración pública: Permitid, Señor, que os pidamos tengáis a bien asistir a un servicio fúnebre, que debe tener lugar el jueves próximo, 12 del corriente, a las diez de la mañana, en la capilla del hospicio, por el alma de esta madre compadecida del pobre. Las virtudes y los talentos que adornaban  a esta hermosa alma animaron vuestra admiración .Vos compartís el dolor universal que ella  nos ha traído; vos seréis celoso de concurrir a las plegarias públicas”.

A pesar de sus estrechas dimensiones, la capilla del hospicio era el santuario en el que convenía  honrar y rogar a Marguerite Rutan. Tal vez  no esté lejos el día en que sus hermanas en religión y los admiradores de su vida de caridad, coronada por el martirio, tengan la dicha de glorificarla allí y allí celebrar, con la aprobación del Soberano Pontífice, el heroísmo de sus virtudes y la constancia de su fe. Su nombre merece en efecto ocupar lugar en los dípticos de los santos. ¿Quién no admiraría su dedicación al servicio de los pobres, si inquebrantable firmeza frente al cisma, su prudencia en medio de los peligros, su resignación en medio de las pruebas, su valerosa actitud ante sus acusadores, sus jueces y su verdugo? Ella ha conocido la calumnia, la persecución, la prisión y el cadalso; pero, si los hombres han respondido a sus beneficios con la más negra ingratitud, Dios no la ha olvidado: ha depositado en su cabeza la corona de las vírgenes y puesto en sus manos la palma de los mártires.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *