Luisa de Marillac, formadora de los laicos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: María Ángeles Infante, H.C: · Año publicación original: 2011 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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vicente luisa munecos

1.- Introducción y circunstancias ambientales.

Cuando se me pidió este trabajo lo primero que se me ocurrió es ir a las biografías de Santa Luisa. En la primera biografía, escrita por Nicolás Gobillón catorce años después de su muerte, encontré esta cita: «Desde el momento en que comenzó las reuniones, las damas acudieron en gran número y quedaron encantadas con sus charlas». El hecho lo citan posteriormente todos los demás biógrafos: Luis Baunard (biógrafo del proceso de canonización), Ponciano Nieto, Leandro Daydi, Dominique Poinssenet, Jean Calvet, José Dirvin y Benito Martínez. Este último es el que mejor trata el tema, aunque también muy poco desarrollado, ya que se centra más en su misión como formadora de las Hijas de la Caridad.

Al abordar el tema tengo presente, desde los comienzos de mi reflexión, las tres premisas que el Concilio Vaticano II nos señala en el Decreto sobre el Apostolado seglar:

1) El laicado cristiano tiene hoy en la Iglesia una misión insustituible;

2) El apostolado de la caridad, esencial en la vida de la Iglesia, requiere la presencia y el compromiso de los laicos;

3) El laicado católico necesita una espiritualidad fuerte y firme. Estas premisas nos las ha repetido el Papa Juan Pablo II en la exhortación Vita Consecratata en el número 54 cuando nos habla de la colaboración y comunión con los laicos para la misión compartida y vuelve sobre ellas en el la Exhortación Caminar desde Cristo o programa pastoral para la vida consagrada del tercer milenio.

Debo pues advertir que he abordado el estudio del tema desde esta triple perspectiva y he podido comprobar con gozo que Santa Luisa es totalmente actual, que su vida y sus enseñanzas en lo que se refiere a la formación de los laicos está en total sintonía con el sentir y el magisterio actual de la iglesia.

Al comenzar esta conferencia me viene a la memoria la frase de Jean Calvet referida a Santa Luisa: Poseía el gusto, la pasión y el arte de enseñar porque sabía lo que vale el conocimiento y que el alma está hecha para conocer. Formar a otras personas es enseñar, transmitir principios, ideas, conocimientos, convicciones y modos de actuar, criterios para saber situarse ante la vida de manera positiva y esperanzada, es ofrecer claves para leer la historia como paso de Dios por nuestra vida; es también enseñar a mirar el futuro con responsabilidad y esperanza, así como infundir principios de sensibilidad hacia los pobres para poder servirlos como hijos de Dios, como amos y señores según el Evangelio. Lo sabemos bien quienes hemos desempeñado la tarea de educación la mayor parte de nuestra vida.

Esto es lo que hizo Luisa de Marillac en la Iglesia francesa del siglo XVII. Transmitió sus convicciones de fe, sus ideas sobre la vida y sobre Dios, sus conocimientos e ideas sobre la sociedad de su tiempo, sus modos y criterios de acción como mujer devota y caritativa y, sobre todo, sus principios, actitudes y formas de servir a los pobres. Esta es la razón por la que el Papa Juan XXIII la declaró el 10 de febrero de 1960 patrona de todas las Asociaciones Sociales de Caridad, y éste es el motivo por el que volvemos hoy nuestra mirada sobre ella al iniciarse el año jubilar vicenciano, con motivo del 350 aniversario de la muerte de San Vicente y Santa Luisa. Con esta reflexión y estudio pretendo rendir un pequeño homenaje a Santa Luisa en el pórtico del año jubilar vicenciano que vamos a iniciar el próximo 26 de septiembre.

Antes de entrar de lleno en el tema conviene que recordemos las circunstancias ambientales de la época en torno a la función, misión y formación de los laicos en la Iglesia francesa del S. XVII.

1.1. Los laicos en la Iglesia del siglo XVII francés.

Para conocer su situación tenemos que asomarnos forzosamente a la obra de René Taveneaux: El catolicismo francés en el siglo XVII. Con rigor y detalle su autor nos cuenta cómo viven los obispos, los párrocos, los religiosos y las grandes instituciones religiosas, pero apenas dice nada de los laicos. Tan sólo Taveneaux cita como creación de un laico, Henry de Levis, duque de Ventadour y lugarteniente del rey en Languedoc, la creación de la Compañía del Santísimo Sacramento. Esta Compañía era ante todo una confraternidad de piedad. Las reuniones tenían lugar cada jueves y se abrían y cerraban con la oración. Se concedía gran espacio a la oración, la lectura de la Biblia, la Imitación de Jesucristo y la devoción al Santísimo Sacramento. Vivía de las limosnas entregadas por los miembros de la confraternidad, que aportaban en sobre cerrado y de forma anónima una cantidad para los fines de la Asociación. Hay que hacer notar que en una circular del año 1660 aparecen entre los fines las obras de caridad:

«La Compañía trabaja no sólo en las obras ordinarias de socorro a los pobres, enfermos, prisioneros y todos los afligidos, sino también en las misiones, en los seminarios, en la conversión de los herejes y en la propagación de la Fe en todas las partes del mundo. Se empeña así mismo en impedir los escándalos, las impiedades, las blasfemias; en una palabra, en prevenir todos los males y aplicarles todos los remedios; en procurar todos los bienes generales y particulares; en abrazar todas las obras difíciles y fuertes, despreciadas y abandonadas; y en dedicarse a ellas por las necesidades del prójimo en toda la extensión de la caridad«.

Sobre todo, la Compañía del Santísimo Sacramento era una asociación semisecreta de eclesiásticos y seglares masculinos creada para remediar, por todos los medios posibles, toda clase de necesidades de la Iglesia. En este sentido afirma el historiador José Mª Román que la Compañía del Santísimo Sacramento colaboró en la difusión de las cofradías de la Caridad, ya que a partir de 1634 envió a sus filiales una Memoria de lo que se practica por la cofradía de las damas de la Caridad… para formar otras parecidas en otros lugares del reino. El obispo de Alet, Nicolás Pavillon, aprobaba en su diócesis el reglamento de una caridad que era reproducción exacta del redactado por Vicente, gracias a la influencia de esta Compañía. San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac experimentaron el apoyo ideológico y económico de esta asociación.

A pesar de estos indicios, la Iglesia del siglo XVII era clerical, muy clerical. El Concilio de Trento cuya aplicación se iba extendiendo de día en día, había acentuado este matiz clerical en sus cánones y normativa organizativa. Habrá que esperar al siglo XX, al Concilio Vaticano II, para que los laicos, los cristianos bautizados de a pie, tengan un estatuto y una misión definida en la vida de la Iglesia. Por el Decreto sobre el Apostolado Seglar, el Vaticano II se confiere a los laicos una participación activa en la vida y en la misión de la Iglesia, tal y como se realizó en los orígenes del cristianismo. Así lo declara el Concilio en el proemio del Decreto dedicado a los laicos: «Queriendo intensificar más la actividad apostólica del Pueblo de Dios, el Santo Concilio se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuyo papel propio y enteramente necesario en la misión de la Iglesia ya ha mencionado en otros lugares. Porque el apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia».

El mismo Concilio aporta las razones: la fidelidad a los orígenes del cristianismo donde se puso de relieve cuán espontánea y fructuosa fuera esta actividad en los orígenes de la Iglesia, tal como lo demuestran abundantemente las mismas Sagradas Escrituras (Cf. Act., 11,19-21; 18,26; Rom., 16,1-16; Fil., 4,3). Se añade además que las circunstancias actuales del mundo y el avance de las ciencias y la técnica han abierto a los laicos campos de apostolado que sólo ellos pueden realizar. También cita la urgencia del apostolado de los laicos en estos términos: «Y este apostolado se hace más urgente porque ha crecido muchísimo, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, y a veces con cierta separación del orden ético y religioso y con gran peligro de la vida cristiana. Además, en muchas regiones, en que los sacerdotes son muy escasos, o, como sucede con frecuencia, se ven privados de libertad en su ministerio, sin la ayuda de los laicos, la Iglesia a duras penas podría estar presente y trabajar».

Y el Concilio culmina la presentación de motivaciones aludiendo, sobre todo, a la acción del Espíritu Santo en su Iglesia: «Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia«.

Para lograr un estatuto digno a nivel pastoral el Concilio, ya en su proemio, pedía una revisión del Derecho Canónico en cuanto se refiere al apostolado seglar (AA, nº 1) y una espiritualidad seglar fuerte en orden al apostolado (AA., nº 4). Y en el número 8 del Decreto Conciliar «Apostolicam Actuositatem» sobre el apostolado seglar se establece la acción caritativa y social como distintivo del apostolado cristiano.

Antes de seguir adelante debo precisar que el Concilio Vaticano II emplea indistintamente la terminología de laicos cristianos y seglares católicos. No así en tiempos de Santa Luisa que predominaba la terminología e seglares bautizados para referirse a los miembros del Pueblo de Dios que no eran sacerdotes ni miembros de la vida consagrada. Y tanto ayer como hoy son gran mayoría del Pueblo de Dios.

En el siglo XVII francés el clero estaba integrado por una mínima parte de la población a pesar de ser muy numerosos los sacerdotes diocesanos, los religiosos y las religiosas de vida contemplativa. Por entonces no había lugar para la vida consagrada fuera del claustro. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac serán los pioneros de la vida consagrada dedicada al apostolado en medio del mundo.

¿Qué lugar ocupaban entonces los laicos o seglares bautizados? Siendo el grupo mayoritario de la población, ocupaban un lugar totalmente pasivo en la vida de la Iglesia. Eran meros receptores de la predicación, la catequesis, los Sacramentos, con una formación cristiana pobre en general. Muchos, la inmensa mayoría de hombres y mujeres laicos, sobre todo en los pueblos, no sabían leer ni escribir, por eso no se contaba con ellos y para la catequesis se recurría al Catecismo con estampas e imágenes.

No obstante, el Concilio de Trento había entreabierto débilmente una puerta a la participación de los laicos a través de las Cofradías parroquiales. Podían ser erigidas por el párroco, bien con fines piadosos o con fines caritativos. Además los laicos podían integrarse en las Terceras Órdenes de las grandes Congregaciones religiosas como las de los franciscanos o capuchinos. En las capitales grandes como París existían también los «Círculos de espiritualidad» que agrupaban a personas piadosas que querían profundizar en su vida espiritual. Algunos de estos círculos de espiritualidad se hicieron muy famosos, como el de Madame Acarie, más tarde Madre María de la Encarnación en las religiosas carmelitas.

1.2. La formación cristiana de los laicos

Hay que distinguir el ámbito urbano del ámbito campesino o rural. En el ambiente urbano había muchos sacerdotes y conventos religiosos, universidades católicas y Seminarios que ofrecían posibilidades de formación cristiana muy completa. Santa Luisa de Marillac se interesó mucho por proporcionar a su hijo Miguel Antonio esta formación, por eso le obligó a acudir al seminario organizado por Adrian Bourdoise en la parroquia de san Nicolás de Chardontet, a pesar de que su hijo no ofrecía indicios claros de formación sacerdotal. Algo semejante ha ocurrido en nuestra historia en tiempos pasados.

Pero a pesar de que en las ciudades había personas y medios para adquirir una buena formación, se beneficiaban muy pocos de ella; sólo las personas de la burguesía o la nobleza. Los pobres no tenían tiempo, ni medios para poder acceder a la cultura básica y a una educación cristiana sólida.

En los pueblos apenas había medios para la formación. Carecían de maestros y Escuelas, había pocos sacerdotes y mal formados. Recordemos cómo San Vicente se encontró con algunos que apenas sabían la fórmula de la absolución para confesar a los fieles. En los campos la ignorancia religiosa y cultural era enorme. La urgencia de la formación fue una de las primeras necesidades percibida por Luisa de Marillac en su visita a las Caridades y lo mismo le ocurrió a Margarita Naseau, la primera Hija de la Caridad.

1.3. Retos planteados por la reforma protestante.

Una de las ideas y convicciones de Lutero para expandir la reforma protestante fue la creación de Escuelas y la formación cristiana de catequistas y líderes para hacer llegar la reforma al pueblo sencillo. A través de estos cauces la iglesia protestante fue ganando terreno y difundiéndose por toda Europa a partir del siglo XVI. La difusión del Catecismo de Lutero fue bastante rápida gracias a la formación protestante de catequistas, pastores y maestros.

Así la reforma protestante fue calando en Francia, aunque con más lentitud que en otros países gracias al edicto de Nantes de 1598. Según los términos del edicto, a los hugonotes se les garantizó libertad de conciencia en toda Francia, se les permitió construir iglesias y celebrar servicios religiosos en ciertos pueblos y en los suburbios de las ciudades (excepto en las ciudades episcopales y arzobispales, en las residencias reales y en un radio de cinco millas alrededor de París). Los nobles hugonotes podían celebrar servicios religiosos en sus casas, se les garantizaban los derechos civiles y el derecho a desempeñar cargos públicos, se permitió que cuatro universidades o escuelas (en Montauban, Montpellier, Sedan y Saumur) fueran hugonotes, se estableció un juzgado especial, formado por diez católicos y seis protestantes, llamado Chambre de l’Edit (Cámara del Edicto), para la protección de los hugonotes en el Parlamento de París; también se establecieron cámaras auxiliares en los parlamentos provinciales. A los pastores hugonotes les pagaba el gobierno, como a los sacerdotes católicos. Como garantía de protección, se les concedieron cien plazas fuertes (places de sûreté) durante ocho años.

No obstante el cardenal Richelieu, revocó las cláusulas políticas del Edicto en 1629 y durante el reinado de Luis XIV se reanudaron las persecuciones a los hugonotes, en particular después de 1681. Con la revocación del Edicto, cientos de miles de hugonotes salieron de Francia y se refugiaron en los países protestantes. Estos hechos determinaron el lento avance de las doctrinas protestantes en Francia con relación a otros países de Europa. Había terminado la «Guerra de los treinta años» entre católicos y protestantes, pero fue notorio el hecho de que alguno católicos se hicieran hugonotes y herejes, abjurando de la religión católica, por falta de formación y convicciones sólidas.

El hecho no dejó indiferente a Vicente de Paúl ni a Luisa de Marillac. Conocedores de la situación, decidieron acogerla como una llamada urgente que requería respuesta inmediata. Y así lo hicieron, sobre todo Luisa de Marillac, a partir de 1629 con la creación de las Escuelas de la Caridad dependientes de las Cofradías que iba visitando. Ella se dio cuenta de la labor que realizaban los protestantes para formar a las muchachas de las aldeas cuando entraban en ellas y urgió a las Señoras de la Caridad a dar una respuesta desde las Cofradías, formando maestras y creando Escuelas. Y junto a Luisa de Marillac, el Espíritu Santo hizo surgir otras personas que también se empeñaron en la misión docente como forma privilegiada de evangelización.

El Espíritu Santo, que guía siempre la vida de la Iglesia, había manifestado en el Concilio de Trento un camino de renovación de la vida cristiana de los laicos: las cofradías y las escuelas parroquiales. En el periodo postconciliar a Trento, el Papa Clemente VIII (1592-1605) ofrece la normativa concreta para la erección de las cofradías parroquiales: Debían tener finalidad claramente piadosa o caritativa, estar sometidas a la autoridad de los obispos, poseer un Reglamento o Estatutos bien definidos, si tenían exenciones y privilegios debían ser conocidos públicamente, el rector debía ser el Párroco u otro sacerdote delegado por él y, por fin, el régimen de gobierno debía constar con precisión en el Reglamento. Este es el marco de referencia en el que san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac van a desarrollar su tarea caritativa. En este ambiente de crecimiento y difusión de las cofradías de la caridad desarrollará Luisa su misión de formadora de los laicos, bajo la sabia guía de Vicente de Paúl. Como en los orígenes del cristianismo, ella va a desarrollar el trabajo de la diaconía de la caridad, como alternativa a la Reforma protestante que había escindido y roto la unidad de la Iglesia universal.

2.- La preparación de Luisa para la formación (1626-1629)

Todos los miembros de la familia vicenciana conocemos la excelente formación recibida por Luisa de Marillac en Poissy. Era esmerada en todos los aspectos; humanístico, cultural, social y religioso. No obstante, a partir de su situación de viudedad, ella se prepara de forma personal y particular. Su correspondencia con Vicente de Paúl durante estos tres años nos pone de manifiesto cómo fue esta preparación… Ella, guiada por su director, esperó a que la divina Providencia fuera manifestándose y haciéndole conocer la voluntad de Dios.

2.1. El encuentro con Isabel du Fay y otras damas.

A lo largo de tres años, tras la muerte de su marido, Luisa se plantea la búsqueda del plan de Dios sobre su vida. Ella tiene presente la inspiración recibida y no se borran de su mente y de su corazón las idas y venidas que había visto en la experiencia espiritual de la Luz de Pentecostés del 4 de junio del año 1623.

Su director espiritual es el misionero itinerante Vicente de Paúl… Con él se dirige también la Srta. Isabel du Fay, mujer piadosa y caritativa de la parroquia de San Nicolás de Chardonet a la que pertenecía Luisa de Marillac y amiga suya. La Srta. du Fay tenía un hermano sacerdote, Antonio Hennequin, Señor de Vincy y fiel amigo de Vicente de Paúl, llegando incluso a ser admitido en la Congregación de la Misión años después. Además su tío Renato Hennequin estaba casado con María de Marillac, tía de Luisa. El parentesco las vinculaba de alguna manera, la pertenencia a la parroquia de San Nicolás y la dependencia del mismo director espiritual. Estas circunstancias hicieron florecer una fuerte y sana amistad entre Isabel du Fay y Luisa de Marillac. El grado de intimidad de esta amistad se percibe en la correspondencia que ambas tienen con Vicente de Paúl. Así en la primera carta que el director escribe a Isabel du Fay en octubre de 1626, se le escapa esta expresión: «¡Dios mío, qué diferentes son las hijas de su director; la una llena de respeto ante las prohibiciones de la Iglesia, y la otra llena de confianza en el asunto de Poissy! En fin, Nuestro Señor es igualmente honrado en las dos, por lo que veo en vuestra Comunidad, a cuya madre (Juana-Luisa de Gondy) envío mis saludos.

Como se desprende del texto ambas hacen comunidad, ambas están preocupadas por el cambio de priora en Poissy y por las dificultades planteadas en el relevo, pero con diferentes puntos de vista. Esta preocupación era normal, ya que Poissy era el círculo de espiritualidad frecuentado por ambas. Las cartas que se cruzan entre 1626 y 1629 director y dirigidas ponen de relieve los siguientes hechos: Isabel du Fay y Luisa de Marillac mantienen una amistad firme que las lleva a ayudarse mutuamente en su vida espiritual, a buscar la voluntad de Dios, a realizar labores a favor de los pobres, como confeccionar camisas y a vivir abiertas y obedientes a las orientaciones de su director. Este período es una etapa de formación fuerte para ambas: leen el evangelio juntas y lo comentan, practican la Lectio divina, frecuentan los mimos círculos de espiritualidad y realizan idénticas lecturas de libros espirituales. Ambas se preocupan mucho por las ausencias de París del Señor Vicente y sus largos viajes misioneros. Le escriben con frecuencia comunicándole la situación espiritual de ambas en una sola carta. Así la carta que escriben a su director el 5 de junio de 1627 le dan cuenta de la situación de angustia que sufre la Srta. du Fay y poco después le informa sobre su enfermedad. También Vicente contesta a las dos en una sola carta.

En octubre de 1627 es el propio San Vicente quien propone a Luisa abrir el círculo de sus amistades. Pera esta fecha Vicente se encontraba en las aldeas de Poitou y Cévennes. Percibe las necesidades de las pobres gentes del campo y su falta de formación y piensa incorporar a ambas a la misión, pero la Srta. du Fay se había ofrecido a Luisa sin haber concretado y discernido nada con Vicente de Paúl. Él expresa así su parecer:

«Gracias por la noticia del ofrecimiento de la buena Srta. du Fay, le ruego que la conserve hasta que haya oportunidad, a no ser que a ella le parezca bien reservarla y destinarla para ir a ganar a esas pobres almas para Dios en estas aldeas de Poitou y Cévennes. Mas si ella no lo quiere así y desea que sea aplicada a esas pobres gentes de ahí, me hará Vd. el favor de comunicármelo y de enviar dos o tres camisas a la Señorita Lamy en Gentilly para la Caridad de aquella localidad».

A través del texto vemos que Vicente confiere a Luisa la responsabilidad de ayudar a discernir la decisión de la Srta. du Fay, y a la vez la pone en contacto con la Señorita Lamy, Catalina Vigor, esposa de Antonio Lamy, auditor del Tribunal de cuentas de París y presidente de la Cofradía de Gentilly. Ambos esposos, bienhechores de la obra vicenciana, fundaron una Casa misión en 1634. El contacto de Luisa de Marillac con Catalina Vigor abría el círculo de sus amistades y ensanchaba su acción caritativa.

Unas semanas después se incorpora al círculo de Luisa de Marillac la Señorita Guerin, esposa de Gilles Guérin, consejero del rey e interventor del Tribunal de Cuentas. También pertenecía a la parroquia de San Nicolás de Chardonet. En este caso, la Señorita Guérin se ofrece espontáneamente a Luisa de Marillac para participar en el círculo de espiritualidad y caridad creado por ella en su parroquia. Su liderazgo espiritual y caritativo va en aumento… Vicente de Paúl lo aprueba y reconoce y, a su vez, lo emplea en favor de los pobres. En una carta escrita, probablemente en el otoño de 1627, Vicente le confía la administración de los donativos porque sabe que las señoras se fían de ella y de su administración veraz y efectiva: «Y sobre el dinero de la caridad de la Señorita du Fay, apruebo de buena gana el uso que Vd. desea hacer del mismo, y me parece bien la resolución que esas buenas Señoritas han tomado de ponerlo todo en común».

Luisa está creando en París un movimiento caritativo a modo de retaguardia de las misiones que desarrollaban Vicente de Paúl y sus compañeros por pueblos y aldeas. Ella no es sólo la recaudadora y administradora de los donativos; es también la formadora y animadora espiritual del grupo del que más tarde surgirían las Cofradías de la Caridad de París.

2.2. Formadora de jóvenes aldeanas: ¿ensayo o misión confiada?

La correspondencia de Luisa de Marillac con su director nos revela una nueva faceta de la señorita Le Gras. Llama la atención las informaciones detalladas que da a su director sobre las jóvenes aldeanas que se forman con ella y eso, sucede entre 1627 y 1629, dos años antes de iniciar sus visitas a las caridades.

En su carta del 5 de junio de 1627 ofrece a Vicente este sucinto informe: «Permítame, Padre mío, importunarle una vez más por una joven de 28 años, que quieren traer de Borgoña para entregármela. Es tenida por virtuosa, según me comunican; pero antes que ella, la buena chica ciega de Vertus me había dicho que otra que estaba con ella de 22 años, podría quizás venir para acá. A ésta la dirigen los padres del Oratorio hace cuatro años y es enteramente aldeana. No estoy segura de que quiera venir, pero sí me ha mostrado algún deseo. Le suplico, humildemente me diga qué es lo que debo hacer en este asunto».

El informe plantea algunos interrogantes. En él se habla de tres jóvenes: una de 28 años procedente de Borgoña con la que Luisa no ha tenido ningún contacto, pero hay personas interesadas en entregársela para formarla, probablemente para que pueda trabajar como sirvienta de las Cofradías de la Caridad, pagada por la Tesorera de las mismas. Pero ¿debe ella asumir esta misión de la formación?… Quiere saber el parecer de su director, razón por la que pregunta qué debe hacer. Las otras dos muchachas proceden de Vertus. Luisa les conoce y ha hablado con ellas: una es ciega y la otra vidente, ambas son virtuosas y se dirigen con los Padres del Oratorio fundados por Pedro Berulle. La vidente ha mostrado deseos de ingresar en el círculo espiritual y caritativo de Luisa.

¿Qué contesta el Señor Vicente?… No lo sabemos. Ella teme que se hayan perdido las cartas siguientes y nosotros también. Pero el tema y la misión de Luisa como formadora de las jóvenes sirvientas de la Caridad continúa. Luisa deja claro que su hijo está interno como alumno pensionista en el Colegio-Seminario de San Nicolás de Chardonet, pero sin intención alguna de ser sacerdote, hecho que la preocupa y pide consejo a San Vicente. La fecha de su carta es del 13 de enero de 1628. Apenas recibe la misiva, el Señor Vicente que se encuentra en Joigny, la contesta sólo cuatro días después. Primero la tranquiliza sobre la decisión de su hijo y enseguida le hace un encargo: acoger, recibir y formar a dos jóvenes necesitadas de Joigny: «Hemos crecido conveniente que salgan de aquí. Se las enviaremos dentro de unos días, rogándole que las dirija a una persona honrada que les recomiende y busque acomodo, si es que conoce Vd. a alguna dama honrada que tuviera de ellas necesidad».

Vicente de Paúl con hechos responde a Luisa de Marillac que ve con buenos ojos el que pueda acoger y formar muchachas para buscarles acomodo; es decir, trabajo, ocupación y sentido a su vida. En este caso, la finalidad no es el servicio de los pobres de las Caridades. Y la Señorita les buscó acomodo, una como sirvienta en casa de la Señorita Isabel du Fay y la otra como empleada de la Cofradía de la Caridad de Joigny.

En febrero de 1628 Vicente escribe a Luisa agradeciendo que haya acogido en su casa a otra joven de Joigny. Su servicio y misión de formación ha surgido providencialmente, al hilo de los acontecimientos. Ella no lo ha buscado. Son las Jóvenes quienes la buscan a ella. Luisa y Vicente ven en ello expresión de la voluntad de Dios. Y en este sentido se expresa el director: «Señorita, consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiera. Pues es su gusto que nos conservemos en la alegría de su santo amor.

La alegría es condición indispensable para ofrecer una buena formación a las muchachas de las aldeas que buscan ocupación y sentido de la vida. Luisa es el árbol bueno que empieza a dar frutos para el Reino de Dios. Así se lo valora Vicente en carta del 30 de julio de 1628. En evangelio de la Misa era sobre el texto evangélico del árbol bueno y el árbol malo (Mt 7, 17-20). Él le dice: «Me imagino que las palabras de este día le habrán impresionado profundamente. ¡Tan apremiantes resultan para el corazón que ama con un amor perfecto! ¡Oh qué árbol habrá parecido hoy Vd. a los ojos de Dios, por haber producido semejante fruto!… Que pueda ser siempre un hermoso árbol de vida que produzca frutos de amor!».

2.3. El fruto de la formación se extiende.

Luisa experimenta como bendición de Dios su implicación en la formación de señoritas de la burguesía como miembros de las Cofradías de la Caridad y su experiencia formativa con las muchachas de las aldeas para sirvientas de la Caridad. Animada por su director decide hacer Ejercicios Espirituales y ver, a la luz de Dios, cómo puede dar respuesta al sentimiento que bulle en su corazón de expandir esta misión. Vicente le alienta en estos términos: «Si, por fin, mi querida Señorita, me parece muy bien. ¿Y cómo no, si ha sido Nuestro Señor el que le ha dado ese santo sentimiento?… Comulgue, pues, mañana y prepárese para la revisión que se propone, y después de ello comience los santos Ejercicios que se ha impuesto… Deseo ardientemente saber cómo le han ido las cosas, pero quiero mortificarme por el amor de Dios, que es lo único que deseo llene su corazón».

Después de los Ejercicios Espirituales, a finales de 1628, toma la resolución de ofrecerse incondicionalmente al servicio de Dios en las Cofradías de la Caridad donde la formación cristiana y la enseñanza del catecismo es una urgencia de primer orden. Así lo expresa ella en el sexto día de Ejercicios: «Debo recordar que no he de andar buscando ternuras ni consuelos espirituales para que me inviten al servicio de Dios, sino más bien que me he ofrecido y acepto en él todas las insensibilidades y privaciones de consuelos con entero desasimiento».

Esta decisión de ofrenda incondicional se la hace llegar a Vicente de Paúl, que en principio guarda silencio y la acoge con agrado, aunque tarde en contestar a su dirigida debido al trabajo de las misiones. No obstante busca tiempo para explicar su silencio: «No tiene razón, mi querida hija, al pensar que yo no había aceptado con agrado la propuesta de la Señorita, porque no he pensado nunca en ello. Y no lo he pensado porque estoy seguro de que Vd. quiere y no quiere lo mismo que Dios quiere o no quiere, y que no está jamás en disposición de querer y no querer más que lo que nosotros le digamos que nos parece que Dios quiere o no quiere. Reconozca, pues, su culpa en este pensamiento y nunca le vuelva a dar entrada en adelante. Procure vivir contenta en medio de sus motivos de descontento y honre siempre el no hacer y el estado desconocido del Hijo de Dios. Allí está su centro y lo que Dios espera de Vd. para el presente y para el porvenir y por siempre. Si su divina Majestad no le hace conocer, de una forma inequívoca que Él quiere otra cosa de Vd., no piense, ni ocupe su espíritu en otra cosa. Déjelo de mi cuenta; yo pensaré por los dos».

¿Tenía cierto miedo el director de que su dirigida hubiese tomado la decisión buscando cierta popularidad, notoriedad o protagonismo, y por eso le pide que honre el estado desconocido del Hijo de Dios?… Puede ser, ya que la vanidad y la precipitación eran defectos reconocidos y confesados por Luisa de Marillac. Por eso Vicente se toma un tiempo para discernir la voluntad de Dios sobre el ofrecimiento incondicional de la Señorita. Pocas semanas después a finales de 1628, la anima a confiar en la Providencia en medio de la espera: «Dios, hija mía, tiene grandes tesoros o metas en su santa Providencia. ¡Y cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella!».

En la misma línea de espera confiada y de aceptar la voluntad de Dios la escribe seis cartas casi seguidas entre febrero y mayo de 1629. Él reconoce las cualidades de Luisa como formadora de las jóvenes de las aldeas, pero quiere tener clara que esa misión es la misión que Dios espera de ella.

Entretanto Luisa se prepara espiritualmente meditando la Palabra de Dios y socorriendo a los pobres de su entorno, en compañía de las señoritas Isabel du Fay, Lamy y Guerin, todas miembros de las Caridades cercanas a París, y presidida por ella.

3.- La formadora enviada a la Misión (1629)

Vicente de Paúl continuaba con su trabajo misionero en los años del noviciado de Luisa (1626-1629). En mayo de 1629 se encontraba cerca de París, en Montmirail, requerido por el reverendo Padre Felipe Manuel de Gondy que había ingresado en los oratorianos. Desde el palacio de la familia Gondy dirige a Luisa su carta de envío misionero. Era el 6 de mayo de 1629. Antes le había escrito otra con los detalles para llegar a Montmirail.

3.1. La formadora viajera e itinerante.

Es la hora de la misión. Ya ha llegado. Su espera se ve colmada de gozo por la realidad del deseo. Las idas y venidas de la inspiración de 1623 iban a dar comienzo. La divina Providencia había establecido el momento oportuno y había preparado el corazón y el espíritu de la misionera. Vicente estaba ya convencido de que esta era la hora de Dios para Luisa de Marillac. Por eso sin preámbulos de tipo afectivo o diplomático se dirige al asunto como algo importante y sagrado: «Le envío las cartas y la memoria que serán menester para su viaje. Vaya, pues, Señorita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y el frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas».

El texto inspirado en el Itinerario de los clérigos es una verdadera carta de envío misionero. Seguidamente el director le da algunas orientaciones espirituales para el viaje: «Comulgará el día de la partida, para honrar la caridad de Nuestro Señor y los viajes que Él hizo con este mismo fin y la misma caridad, así como las penas, contradicciones, cansancios y trabajos que sufrió, a fin de que Él quiera bendecir su viaje, darle su espíritu y la gracia de obrar con ese mismo espíritu y de soportar las penas de la forma que Él soportó las suyas».

Siguen algunas precisiones prácticas sobre la duración de cada visita: dos días parece suficiente, pero le da libertad para que pueda quedarse más tiempo si lo juzga necesario, mas en este caso, debe escribirle comunicando las causas de prolongación de su estancia. ¡Todo estaba reglamentado y previsto!… En 1629 estaban funcionando más de 30 Cofradías de la Caridad por los pueblos de Francia. Desde 1625 las misiones desarrolladas por Vicente de Paúl y sus compañeros terminaban siempre con el establecimiento de la Cofradía de la Caridad. Era uno de los frutos de la Misión. Su crecimiento obligó a Vicente a plantearse el problema de una organización central que las coordinase entre si y velase por el buen espíritu en cada una de ellas.

En algunas se habían introducido abusos, otras experimentaban dificultades de funcionamiento, acá y allá se había debilitado el fervor primitivo y en casi todas se hacía sentir la necesidad de instrucciones para hacer frente a las dificultades imprevistas. En definitiva, la necesidad de instrucción y formación era apremiante. Esta era la misión de Luisa de Marillac como visitadora de las Caridades. La divina Providencia se había manifestado y ella, disponible, se pone en camino.

Hasta este momento había estado en la retaguardia, encargada de la intendencia y de la formación de Señoras y muchachas vinculadas a las Caridades. Ahora pasaba a la vanguardia de la Caridad. Enseguida su actividad fue intensa, el campo de misión era grande y abierto al viento del Espíritu… Así en 1629 visitó las Caridades de Montmirail y Asnières. La preocupación durante el viaje, en esta última, fue la de ayudar al prójimo a conocer a Dios, encontrando en ello gran consuelo. Es la formadora que transmite con deleite sus conocimientos, criterios y convicciones. Y, a la vez, es la mística que experimenta tan dentro de sí a Dios, que en plena actividad misionera experimenta la gracia del desposorio espiritual: «Salí el día de Santa Agueda, 5 de febrero de 1630, para ir a Saint Cloud. En la Sagrada Comunión me pareció que Nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirle como al esposo de mi alma, y aun, que esto me era ya una forma de desposorios, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue extraordinaria, y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi Esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunidad de sus bienes».

En 1630 visita las de Saint Cloud, Villepreux, Villiers-le-Bel, vuelve de nuevo a Montmirail y Beauvais. Entretanto se habían fundado, por iniciativa de Luisa, las primeras Caridades de París en las parroquias de San Nicolás de Chardonet y San Salvador cuyos primeros pasos inicia a finales de 1629… ¿Por qué las primeras Caridades de París se debieran, sin duda, a la iniciativa de Luisa de Marillac? La respuesta es clara. Vicente se había comprometido a no misionar en las ciudades. La Cofradía de la Caridad se erigía como fruto de una Misión. Ambas circunstancias impedían que Vicente pudiera ser el promotor de las Caridades de París, ¿quién sino Luisa motivó y convenció al párroco de San Nicolás y San Salvador? Ella les conocía y sabía cómo abordarles… Ella será también la encargada de formar a las Señoras de la nobleza o de la burguesía que integraban las respectivas Caridades. Las conocía porque había sido feligresa de ambas parroquias. De San Salvador cuando vivía en la calle Cours-au-Vilain y de San Nicolás, mientras vivió en la calle Foxes Saint Víctor. Ella era la Presidenta de la Cofradía de San Nicolás.

En 1631 Luisa visita las Caridades de Montreuil-sous-Bois, Montmirail por tercera vez, Le Mesnil, Bergères, Loisy, Soulières, Sannois, Franconville y Herblay. Nada la detiene. Los viajes eran incómodos, se ve obligada a utilizar diligencias destartaladas, hospedajes en posadas no siempre seguras, en pueblos y villas medio abandonados, pero no tiene miedo. Siente y experimenta la fortaleza del Espíritu y gran consuelo interior. Tiene la seguridad de estar cumpliendo la voluntad de Dios y esa seguridad es fuente de serenidad y coraje. Con aire teresiano y celo misionero recorre los caminos de Francia, acompañada de Isabel du Fay o de una criada. Y después de cada visita redacta el informe y memoria que entrega a Vicente de Paúl. Gracias a estos informes y a las cartas que conservamos de ambos podemos reconstruir su actividad formadora y misionera en las Cofradías de la Caridad.

3.2. Formación en cadena: actividad en las Cofradías.

Una de las primeras Caridades visitadas fue la de Saint Cloud. De la actividad realizada por Luisa tenemos la carta escrita por San Vicente el 19 de febrero de 1630. En ella leemos el siguiente párrafo: «Alabo a Dios de que tenga salud para las sesenta personas, por cuya salvación tiene que trabajar; pero le ruego me comunique exactamente si sus pulmones no se molestan de tanto hablar, ni su cabeza de tanta confusión y ruido».

¿Qué hacía Luisa de Marillac en Saint-Cloud con esas sesenta personas seglares? Por el contexto de la carta vemos que pasaba muchas horas hablando, motivando, alentando… Unas veces explicaba el Catecismo empezando por el Credo, otras el Evangelio y la vida de Jesucristo y con frecuencia leía y comentaba el Reglamento para que las Señoras que formaban la Cofradía de la Caridad tuvieran claro que lo que hacían era para honrar a Jesucristo y continuar su misión entre los pobres. Esta era su tarea de formación. Insistía también en la mirada de fe con que debían servir a los pobres, recordando el texto del Evangelio de San Mateo, en el capítulo 25. «Lo que hicisteis con uno de los más necesitados, lo hicisteis conmigo».

Y de Saint-Cloud va a Villepreux y a Beauvais, donde había 18 Cofradías en pleno funcionamiento. De allí pasa a Montreuil, Pontoise, Villeneuve-Saint-Georges, Loisy-en Brie, Gournay-sur-Aronde, Asnières y otras muchas poblaciones. Viaja siempre en diligencia y por caminos desconocidos para ella… Por la noche se detiene en posadas populares donde descubre la promiscuidad, las conversaciones atrevidas de los hombres, la pobreza del alojamiento y de los huéspedes, la ignorancia moral y religiosa de los campesinos… Con frecuencia le toca dormir en jergones de paja de maíz en habitaciones frías y destartaladas. Otras veces, cuando la distancia es corta, viajaba a caballo.

Al llegar al pueblo o ciudad, la mayoría de las veces es recibida por los miembros de la Cofradía con agrado. Durante su estancia reúne a las personas de la asociación, les alienta en su trabajo y reanima en el fervor. Si le parece necesario, reajusta el Reglamento, examina los libros de cuentas y de actas y percibe si el funcionamiento ha sido fiel o relajado… Visita a los enfermos personalmente, se reúne con las chicas pobres sin instrucción y se esfuerza por encontrarles una maestra. Su entusiasmo es contagioso. Así nos lo cuentan los testimonios recogidos: «Una vez fue a un pueblo en el que todas las mujeres se sintieron tan consoladas de oírla que lo contaron a sus maridos, los cuales querían ir; les dijeron que los hombres no podían ir allí. Ellos fueron y se escondieron debajo de la cama y por todos los rincones de la habitación, y luego preguntaron si ella no confesaba».

Una de sus preocupaciones era la de formar catequistas y maestras para enseñar a las niñas y jóvenes sin instrucción de las aldeas. De esta forma su labor de formación hacia cadena o red de transmisión de conocimientos y valores cristianos. Con este fin compuso el Catecismo.

3.3. Organizadora de la Caridad de San Nicolás.

A través de las cartas de San Vicente podemos conocer los detalles de esta Caridad en la que no interviene San Vicente, sino que es Luisa la que prepara el camino. Primero mediante una labor de motivación caritativa a las Señoras de la nobleza y burguesía dispuestas a comprometerse. Seguidamente la motivación del párroco a quien correspondía la erección y en tercer lugar también Luisa con la Srta. du Fay localizaron los pobres enfermos de la parroquia a quienes debían servir.

Por las cartas que San Vicente la escribe sabemos que la erección tuvo lugar en febrero de 1630, probablemente al comienzo de la cuaresma. Hubo un Padre jesuita, cuyo nombre desconocemos, que colaboró mucho motivando a las señoras y a los vicarios con sus predicaciones. Después de la erección de la Caridad, Luisa sigue alentando, fomentando el fervor, alistando nuevos miembros y gracias a su tarea de formación y transmisión de convicciones, esta Caridad fue modélica para las demás parroquias de París. San Vicente la felicita por ello: «Señorita: Por lo que se refiere a su Caridad (la de San Nicolás) no puedo decirla cuánto ha sido mi consuelo. Ruego a Dios que bendiga su trabajo y que perpetúe esta obra santa».

Después continúa San Vicente dándole algunos consejos prácticos que sabe van a ser bien acogidos. Él sabe que el Vicario quiere hacerse el tesorero y administrador y con toda prudencia la previene: «Determinar que guarde el dinero el Señor Vicario es cosa que conviene mucho evitar por la cantidad de inconvenientes que surgirían… El medio más seguro es el que tiene Vd. en su mente».

Se percibe que habían hablado y previsto la cuestión de la tesorería y administración. Ambos sabían y conocían por experiencia las dificultades ocasionadas y así lo expresa San Vicente al final de la carta: «La experiencia nos hacer ver que es absolutamente necesario que las mujeres no dependan en esto de los hombres, sobre todo por la bolsa»

La presidenta de la Caridad de San Nicolás de Chardonet fue Luisa de Marillac. Era su parroquia y lógicamente fue elegida ella responsable de la misma, pues era quien la había puesto en marcha. Se siente hija de su parroquia y feligresa comprometida. Seguidamente impulsa la erección de la Cofradía de la Caridad en la parroquia de San Salvador en la que vivió desde 1613 hasta 1621. Luisa tenía autoridad moral y ascendiente como formadora de laicos. A pesar de su empeño y capacidad de motivación, en su Caridad de San Nicolás surgieron pronto los problemas con los turnos de la comida para los pobres. Luisa consulta a San Vicente qué hacer y éste responde enseguida: «Si ahora quita Vd. a cada una de las de la Caridad el cuidado de preparar la comida, nunca más las podrá volver a meter en ello; y preparar la comida en otra parte, si alguien lo hace por caridad de momento, eso no podrá durar más que algún tiempo, le costará mucho. Luego al poco tiempo las damas de la Caridad dirán que vaya a llevar la marmita la persona que la preparó y de esta forma su Caridad (la de San Nicolás) se vendrá abajo».

La vitalidad de la Cofradía de San Nicolás nos es conocida por la correspondencia entre Vicente y Luisa. El problema siempre es el mismo, ayer y hoy… Son muchos los enfermos pobres a quienes atender y pocas las personas comprometidas… Por eso enseguida se hace necesario ayudarse de algunas jóvenes asalariadas por la Cofradía. Y San Vicente lo aprueba: «Me alegro del establecimiento de esas buenas mujeres».

Ella será la encargada de formarlas y orientarlas. El trabajo aumenta y San Vicente anima a Luisa: «¡He ahí pocas obreras para tanta tarea!… Pues bien, Nuestro Señor trabajará con Vds. La propuesta de alimentar a los enfermos cada una su día a su costa, me parece bien y así se hace en otras partes hasta el día de la erección de la Cofradía».

San Vicente sabe y conoce las penurias económicas que pasan y ayuda económicamente: «Sería muy conveniente que aplicase ofrendas en beneficio de esas pobres gentes. Y veo que son Vds. buenas administradoras, ya que sólo gastan alrededor de medio escudo… Ya tiene cinco mujeres. Ruego a Dios que les envíe más. Respecto a los medios, Dios proveerá».

En la primavera de 1630 Luisa tiene ya cinco mujeres al servicio de los pobres de las Caridades de París: San Nicolás de Chardonet y San Salvador. Ella las forma, las guía, orienta, supervisa su tarea y paga su trabajo con el dinero de la Cofradía. Entretanto ella y la Señorita du Fay pueden continuar su trabajo misionero visitando las Caridades de pueblos y aldeas. En abril de 1630 se incorpora a los viajes misioneros la Señorita du Fresne. Así Luisa ve ensanchar su red de caridad de día en día… La parroquia de San Sulpicio al ver el bien que hacen las Cofradías de San Nicolás y San Salvador pide también que se implante en ella la Cofradía de la Caridad.

¿Pudo contribuir a esta expansión el renombre del apellido Marillac en la política y en los círculos de espiritualidad, sobre todo, por la acción de Miguel de Marillac?… Es muy probable, pero ello no disminuye ni atenúa la responsabilidad, el valor y la entrega de Luisa a la formación de las Caridades. Simplemente puede ser una circunstancia favorable. Sin duda que el apellido Marillac ligado a la nobleza y al partido devoto, así como a los círculos de espiritualidad carmelitanos abrieron las puertas a su influencia sobre las damas de la nobleza y la burguesía, y probablemente fue ocasión de buena acogida de sus propuestas caritativas por parte de párrocos y vicarios de la capital parisina. Pero el hecho no resta para nada valor humano y evangélico a sus iniciativas de apóstol de la caridad.

4.- Oferta de una espiritualidad evangélica firme.

Luisa de Marillac es una mujer espiritual de profunda vida interior que irradia a su alrededor la experiencia de Dios que vive y cultiva de forma habitual. Lo pone de manifiesto en su Reglamento de vida en el mundo y en los informes o escritos de su diario espiritual. Ella misma nos cuenta su experiencia mística durante la visita a la Caridad de Asnières: «Alo largo de todo el viaje me parecía obrar sin ninguna intervención de mi misma, con gran consuelo de que Dios quisiese que, aunque indigna, ayudara a mi prójimo a conocerle». Y en el mismo informe narra su experiencia de desposorio místico al que ya se ha aludido. Es la experiencia de la que habla Santa Teresa de Jesús en la sexta morada de su Castillo interior. Esta unión extraordinaria con Dios envuelve su piedad y se proyecta en la misión.

4.1. A los miembros de la Asociación.

¿Qué hacía en las Caridades y qué decía Luisa de Marillac a los miembros de la Asociación para infundir la fuerza del Espíritu que las arrastraba a la práctica de la caridad?… No nos lo dice expresamente, pero podemos intuirlo a través de las notas de su diario espiritual. Conservamos unas notas espirituales de estos años, hacia 1632, sobre la «Conformidad con la Voluntad divina». En ellas leemos lo siguiente: «Renuncio al amor propio con todo mi corazón y escojo tu santa y divina Voluntad por única guía de mi vida… ¡Oh Santísima Voluntad de mi Dios! ¡Cuán razonable es que sea cumplida enteramente! Eres el alimento del Hijo de Dios en la tierra y lo que sostiene mi alma… Podré llegar a conocerla a través de la vida de tu amado Hijo en la tierra, con la que deseo configurar la mía».

Insiste en las mismas disposiciones y resoluciones en los Ejercicios Espirituales de 1632: «He resuelto decididamente seguirle… Me he sentido fuertemente impulsada en mi interior a ponerme de grado en santa indiferencia para estar mejor dispuesta a recibir la llamada de Dios y cumplir su santísima Voluntad».

Está claro que vive y presenta el servicio de la Caridad como una llamada de Dios y una forma de ser fiel a la voluntad de Dios, como lo fue Jesucristo. Vivir como Jesucristo, seguirle y configurarse con Él es una consecuencia inmediata de la fidelidad al Bautismo. Ser como Jesucristo, vivir como Él, servir a los pobres como Él lo hacía es cumplir la Voluntad de Dios. Esta espiritualidad es la que guía su vida y la que irradia y propone a partir de 1632. Además así lo recoge el Reglamento de la Caridad escrito por ella, seguramente por iniciativa y bajo la supervisión de San Vicente: «Quedará instituida en la iglesia parroquial, en la capilla del Santísimo Sacramento, lugar de unión, para honrar a Nuestro Señor Jesús, su Patrón y a su santa Madre y para asistir a los pobres enfermos de dicha Parroquia».

El patrón con el que hay que conformarse en el ejercicio de la caridad y el modelo a contemplar es Jesucristo. Él es el manantial y la fuente de la Caridad. Este es el eje de la espiritualidad de las mujeres, casadas, viudas o solteras que integran la cofradía de la Caridad. Por eso el Reglamento exige la práctica asidua de la oración, la vida sacramental y la caridad mutua, porque Jesucristo así lo vivió con sus discípulos. El mismo San Vicente le aconseja cultivar esta disposición espiritual: «Lea el libro del Amor de Dios, especialmente donde trata de la Voluntad de Dios y de la indiferencia».

Luisa proyecta esta espiritualidad en sus escritos, conferencias y reflexiones. San Vicente confía totalmente en ella… Así en su segunda visita a la Caridad de Montmirail el 22 de octubre de 1630, le escribe lo siguiente: «Desea Vd. saber si tiene que hablar a la Caridad personalmente. Así me gustaría que lo hiciese; pero no sé si será fácil y oportuno. Eso les haría bien… Hable Vd. con la Señorita Champliu (presidenta) y haga lo que Nuestro Señor le inspire».

Sólo cuatro días más tarde le llegan noticias a Vicente del bien que hace la presencia y la palabra espiritual de su dirigida y solicitan las socias más tiempo para la formación. Él se apresura a escribirle el día 29 de octubre: «Puesto que ya está curada, continúe ahí, si le place, hasta que haya hecho el mismo fruto que en otras partes hizo».

¿De dónde brota el fruto espiritual que va derramando por donde pasa?… Sin duda de la savia interior que nutre el árbol de su vida, savia que riega y alimenta su espíritu y su misión; regalo y don del Espíritu Santo, tal como ella nos lo cuenta en el informe o memoria de la visita a las Caridades de Asnières y Saint Cloud: «Y a lo largo de todo el viaje, me parecía obrar sin ninguna intervención de mi misma con gran consuelo de que Dios quisiese ayudase a mi prójimo a conocerle».

Se trata de una espiritualidad encarnada en la vida que la empuja al servicio a los más pobres, a alentar, motivar y corregir a las asociadas, a controlar cuentas y fondos de la asociación, rectificar errores y poner en orden aquello que funciona mal. Esta fuerza interior de su vida espiritual la lleva a asumir y aceptar con paz las incomprensiones y dificultades que encuentra en la misión. Así en Villepreux el párroco se molestó mucho porque había reunido a las señoras de la Cofradía y a algunas jóvenes sin su consentimiento. Éste escribió a San Vicente quejándose de Luisa. Ella acepta las correcciones que la hizo su director y continuó la misión encontrando mucho gusto en atrabajar por la salvación de las almas. Precisamente en esta visita, su tarea fundamental es alentar la revitalización de la vida espiritual de las asociadas: oración y vida sacramental. Esta Caridad llevaba ya 12 años de existencia; es una de las primeras fundadas por Vicente de Paúl y con el paso del tiempo se habían enfriado en el fervor. La visita de Luisa fue ocasión de renovación y puesta a punto.

San Vicente valora y alienta su misión, pero a la vez trata de purificar su espiritualidad y misión de adherencias que pueden no ser compatibles con el espíritu evangélico que debe animar el servicio de los pobres. Por eso le da una consigna infalible que ella seguirá fielmente: «Dios es amor y quiere que vayamos a Él por amor». Es la espiritualidad que nos transmite el Evangelio de San Juan, el más leído y meditado por Luisa de Marillac. Vicente lo sabe y sintoniza con sus intereses y deseos espirituales, haciéndole entrar de lleno en la esencia misma del Evangelio: la caridad.

Formar a las Damas para el servicio y la caridad será la constante de su vida. Así el sábado anterior al domingo de Ramos, 8 de abril de 1656, sabiendo que se va a celebrar la Asamblea general de las Damas de la Caridad, presidida por San Vicente de Paúl, le previene en estos términos: «Me han dicho que se celebra hoy la asamblea general de las damas. ¿No cree usted conveniente, mi venerado padre, hablarles del bien espiritual que se podría hacer visitando a los pobres presos cuando van nuestras hermanas a llevarles la comida, que es una hora bastante oportuna para que puedan luego volver a sus casas, sin que sufran sus faenas domésticas? El servicio es a las diez».

4.2. En el encuentro personal y reuniones.

A partir de septiembre de 1639 la fama de Luisa como maestra espiritual empieza a difundirse por París y es requerida por algunas señoras de la nobleza como consejera espiritual. Este es el caso de Genoveva de Attichy, esposa de Scipión d’Acquaviva, duque de Atri en la diócesis de Soissons, no lejos de Beauvais, cuyas Caridades fueron visitadas por Luisa. Esta señora, prima de Luisa, recurre a San Vicente para conseguir la entrevista con ella. Estaba pasando por una situación difícil y necesitaba ser escuchada y animada. Vicente anima a Luisa a que acepte esta nueva misión de formación: «No es sin objeto alguno el ir a ver una persona de la calidad de la que se lo ruega y que necesita quizá de su consejo para resolverse a alguna cosa de mucho provecho… Vaya, pues, Señorita y vaya en nombre de Nuestro Señor Jesucristo y con su bendición. Y si se presenta la ocasión de hacer algo con los niños de aquel lugar (Soissons), hágalo con precaución. Mucho es lo que en esa diócesis se necesita».

Nos encontramos aquí con un nuevo envío a esta misión: consejera espiritual. San Vicente la envía con la misma fórmula empleada para la visita a las Caridades: «Vaya, pues, Señorita, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo» y a la vez le pide un servicio: hacer lo que pueda por los niños. El tema era delicado. La hija de Genoveva de Attichy, Mademoiselle d’Atri, había desencadenado una polémica tremenda en París, con gran disgusto de la familia, ya que se la atribuían poderes diabólicos. Luisa acoge la propuesta de Vicente de Paúl y acepta la nueva misión guiada y confiada en la acción del Espíritu Santo.

Esta misión de consejera personal de las señoras de la Caridad la había iniciado ya en 1630. Estando en Beauvais visitando las dieciocho Caridades de aquella diócesis con más de 300 mujeres asociadas, Luisa había compartido ya la tarea de formación de las señoras con la supervisión y la misión de consejera. Era el 7 de diciembre de 1630 cuando San Vicente en una larga carta le contesta a varios asuntos. En uno de los puntos reconoce esta misión de consejera: «¡Quiera Dios que la buena Señora de la Croix pueda hacer lo que Vd. le aconseja!… Eso le valdría una buena religión».

Su fama de consejera espiritual y mujer llena de Dios iba creciendo de día en día. Así en los inicios de 1631, la Señorita Tranchot de Beauvais viaja a París, donde San Vicente está poniendo en marcha la Caridad en San Benito. Él escribe a su dirigida en estos términos: «Estamos a punto de poner la Caridad en San Benito… Sé que hablará Vd. en la asamblea de esta parroquia. La Señorita Tranchot habla maravillas de ahí. Piense si será conveniente que se moleste en ir a ver a esa buena señorita para estabilizar su espíritu, para que ella pueda robustecer a las demás. Si ya la ha visto otras veces, esto servirá fácilmente de pretexto para verla. No será necesario hablar de ello, ni de que yo soy (el intermediario)».

Luisa con sus consejos es capaz de tranquilizar el espíritu de las personas que reciben y acogen sus orientaciones, por eso Vicente le pide que asuma esta misión. En junio de 1632 la Caridad de Villeneuve–Saint Georges pasaba por una situación crítica: sólo quedaban nueve asociadas. San Vicente la envía para que con sus consejos y capacidad de convicción restaure su vitalidad y funcionamiento… Hace que la acompañe la Señora Goussault y la Señorita Pollalion. Él la anima desde París: «Yo estaba seguro de que encontraría muchas y muy grandes dificultades en el restablecimiento de la Caridad, y aún más de las que me comunica; mas ¡bendito sea Dios porque hay muchos motivos para esperar que quedará restablecida!… En cuanto a las dificultades que me indica, me parece bien que las resuelva como dice».

Ella con sus consejos personales, su capacidad de escucha, trato y prudencia, fue capaz, con sus acompañantes., de reorganizar la Caridad en poco tiempo, menos de un mes. Así el 10 de julio de 1632, la escribe San Vicente: «Bendito sea Dios, Señorita, de que siga bien en medio de tanto trabajo y por haber bendecido Él su tarea».

El secreto de su tacto, prudencia y capacidad de consejo lo dice ella misma en los Ejercicios Espirituales preparatorios a la fiesta de Pentecostés de 1632: «El motivo del recogimiento de los apóstoles era principalmente el amor que tenían a su Maestro; ese mismo amor ha de ser el único motivo de la dependencia (del Espíritu Santo) en el que por su santa gracia quiero perseverar toda mi vida».

Esa dependencia del Espíritu Santo la hace sentir sus dones y sus frutos, y en medio de sus debilidades y limitaciones es capaz de aconsejar, alentar y animar. Es el Espíritu de Dios que actúa en ella y por ella. A partir de 1633 toda su atención se centra en las Hijas de la Caridad y la atención a las Señoras queda más en segundo plano, al menos en la correspondencia con su director.

4.3. En los Ejercicios Espirituales y dirección espiritual.

Una faceta de formación realizada por Luisa de Marillac es la dirección de Ejercicios Espirituales a algunas Damas de la Caridad. La correspondencia nos deja entrever que esta experiencia comenzó en agosto de 1641. Así lo expresa ella misma en carta a San Vicentre: «El Señor Párroco de San Germán de Auxerre ha mandado a preguntarme si podría venir una señora a hacer aquí los Ejercicios Espirituales; no sé si su marido piensa hacerlo en casa de Vds. Por lo que me han dicho son personas que han tenido grandes aflicciones, pero no sé su nombre. Le he dicho que mañana le daría contestación después de habérselo comunicado a Vd».

Para entonces era sabido en las parroquias de París que la Señorita Le Gras era una mujer muy espiritual que dirigía los Ejercicios de sus Hermanas, tal como se advierte en la posdata de la carta citada anteriormente. San Vicente le contesta el mismo día y en el mismo papel que ella ha escrito: «Creo que no hay ningún inconveniente en que reciba Vd. a esa dama, después de que le haya indicado su nombre y su condición. No sé quien es su marido».

Así inició Santa Luisa esta nueva misión en agosto de 1641. En mayo de 1642 es la Señora Humières quien pide y es admitida a hacer los Ejercicios Espirituales en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad bajo la dirección de Santa Luisa. Al terminar ella pide a San Vicente para la confesión a otro Padre designado por él. El mismo hecho se repite en julio de 1647. En este caso son dos señoras las dirigidas por Luisa. En junio de 1656 es la señora Guergret de la Caridad de San Salvador la que realiza los Ejercicios con la Señorita Le Gras y en marzo de 1659 es la Señora Baronesa de Mirepoy quien al terminarlos expresó su decisión de participar en la Asamblea General de las Damas de la Caridad de París.

Sobre el fruto de los Ejercicios conservamos una carta escrita por Santa Luisa a una Señora que los ha realizado con ella. No podemos precisar la fecha. Pero su lectura nos da a entender la profundidad de vida espiritual a la que Luisa quiere conducir a su dirigida: «Aquí tiene el ejercicio de que le he hablado y que me parece muy adecuado para usted, según el conocimiento que su bondad ha querido darme de su alma. Viva, pues, así, siendo toda de Dios, querida señora, por esa unión suave y amorosa de su voluntad con la de Dios, en todas las cosas. Esta práctica comprende en su santa sencillez todos los medios para llegar a la sólida perfección que Dios quiere de usted, según me lo parece. Tenga siempre, querida señora, en gran aprecio la humildad y la mansedumbre cordial, y trate con toda sencillez y familiaridad inocente, con Nuestro Señor, en sus oraciones, y cuando durante el día eleve su espíritu hacia Él, que es la divina dulzura, no tenga en cuenta si siente o no gusto en ello o consuelo. Dios lo único que quiere de nosotros es nuestro corazón; no ha puesto en nuestro poder más que el puro acto de la voluntad y es lo que mira, junto con la acción que de él procede. Haga las menos reflexiones que le sea posible y viva con una santa alegría al servicio de nuestro soberano Dueño y Señor.

Aquí tiene, pues, señora, sencillamente como Nuestro Señor me lo inspira, lo que su humildad ha pedido a mi pobreza. Suplico a su infinita bondad haga llegar a su amada alma a la más alta perfección en que su Amor la quiere. Le ruego, señora, me encomiende a su divina Misericordia y crea que he hecho ya lo que deseaba usted de mi y que no la olvidaré nunca en mis pobres oraciones, como tampoco a su señor marido y demás personas que le son queridas. Dios sea bendito».

El texto anterior nos revela a una Luisa de Marillac auténtica directora de conciencia. Aconseja, acompaña, orienta sobre la forma de ir a Dios que busca una señora casada a la que conoce y ha tratado de cerca… No lo hace espontáneamente sino a petición de la dirigida. A la vez que proyecta su experiencia espiritual, ha dirigido su oración al Espíritu Santo para que la ilumine con su Luz y pueda discernir lo que debe decir: «Aquí tiene, pues, señora, sencillamente como Nuestro Señor me lo inspira, lo que su humildad ha pedido a mi pobreza». No se conforma con la simple comunicación de su experiencia espiritual. Propone a su dirigida metas altas en el camino de la santidad: llegar a la plenitud de la caridad: «Suplico a su infinita bondad haga llegar a su amada alma a la más alta perfección en que su Amor la quiere». Y para terminar pide el auxilio de la oración: «Le ruego, señora, me encomiende a su divina Misericordia y crea que he hecho ya lo que deseaba usted de mi y que no la olvidaré nunca en mis pobres oraciones».

¿Había hecho esta señora Ejercicios Espirituales bajo la dirección de Luisa de Marillac?… Es muy probable que la contestación sea positiva. El contenido de la carta parece sugerirlo. Es normal que en el ambiente de los Ejercicios surja la petición del acompañamiento posterior. Y Luisa tenía experiencia de ello, tanto con las Hermanas como con las señoras de las cofradías. Sea de ello lo que fuere, lo importante es que Luisa, guiada por el Espíritu de Dios, anima orienta y dirige a otras personas seglares por los caminos de la santidad cristiana.

5.- Interrogantes y retos para la Familia vicenciana hoy

Hemos vuelto la mirada a Luisa de Marillac como formadora de los laicos para aprender de ella a responder a los retos que nos plantea la Iglesia de nuestro tiempo hoy. Ya el Concilio Vaticano II nos invitaba a tener presente lo que se hizo en los orígenes del cristianismo. La mayoría de los seguidores de Jesús convertidos al cristianismo eran laicos. La inmensa mayoría de los mártires de los primeros siglos del cristianismo eran laicos. Los diáconos y diaconisas de la caridad de los orígenes de la Iglesia eran laicos formados por los apóstoles y sus seguidores. El monacato y la vida consagrada no aparecen como tales hasta finales del siglo III y comienzos del siglo IV.

5.1.- Desde la fidelidad a los orígenes del cristianismo

Los primeros cristianos catequistas y servidores de la caridad eran laicos. Los primeros mártires de la Iglesia también fueron laicos. Las cartas de Pablo y el libro de los Hechos de los apóstoles nos hablan claramente del compromiso cristiano del matrimonio Prisca y Aquila. Pablo nos recuerda que todas las comunidades de gentiles estaban en deuda con este matrimonio (Rom 16,4). Sabemos de ellos que fueron expulsados de Roma durante la persecución de Claudio, vivieron exiliados en Corinto, trabajaban como tejedores de tiendas (la misma ocupación que tuvo Pablo), hospedaron a Pablo, recibiéndolo en su casa… Sabemos también que fueron sus compañeros de misión en Éfeso y fueron, por cierto, los fundadores de la iglesia en esa ciudad, arriesgaron sus vidas por la seguridad de Pablo, hospedaron a la Iglesia local en su propia casa (un hogar iglesia) y fueron catequistas del gran misionero Apolo. Pablo y Lucas consideraban a este matrimonio como excepcionales misioneros.

El papel de los laicos no se terminó, ciertamente, con el Nuevo Testamento. Hombres y mujeres laicos han tenido una influencia muy importante en muchos de los grandes movimientos espirituales de la historia de la Iglesia. En los siglos tercero y cuarto, la mayoría de los padres y madres del desierto fueron laicos. En la tradición mística de los siglos XII y XIII, muchas mujeres laicas, como Juliana de Norwich, jugaron un papel fundamental. Y, como todos recordamos, en tiempo de San Vicente, Madame Acarie, madre de seis hijos, fue una de las personas más buscadas como guía espiritual de aquella época.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que desde los orígenes del cristianismo, todos estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia. «La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Como en la complexión de un cuerpo vivo ningún miembro se comporta de una forma meramente pasiva, sino que participa también en la actividad y en la vida del cuerpo, así en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, «todo el cuerpo crece según la operación propia, de cada uno de sus miembros» (Ef., 4,16).

5.2.- Desde la fidelidad al Magisterio del Concilio Vaticano II

El decreto Apostolicam Actuositatem del Vaticano II se ha llamado y con razón la Carta Magna del apostolado seglar. En él se recogen las enseñanzas de los Papas y Obispos de los cuarenta años precedentes al Concilio, durante los cuales se fue organizando y desarrollando el apostolado seglar en la Iglesia bajo múltiples formas. El Concilio dejó claro también la necesidad de llevar a todos los bautizados, jerarquía y pueblo de Dios, la idea y convicción de que el apostolado seglar es un deber que dimana del bautismo y de la misma profesión de fe cristiana.

Los seis capítulos del decreto presentan los temas más necesarios e importantes a tener presentes en la formación de los laicos hoy:

I.- Apostolado y espiritualidad e los seglares. Se destaca la necesidad de una espiritualidad fuerte nutrida de la oración personal y la participación en la Liturgia de la Iglesia y expresada en el ejercicio habitual de la fe, la esperanza y la caridad. Los cristianos laicos deben mirar a María como modelo de vida espiritual y apostolado.

II.- Los fines del apostolado seglar son: contribuir a la restauración del orden temporal en conformidad con el mensaje de Cristo, bajo el distintivo de la justicia y la caridad. Y eso desde la cultura, la economía, la política, las artes y todas las demás realidades temporales, combatiendo la idolatría de las cosas temporales (A:A. nº 7)

III.- Los variados campos del apostolado seglar: la familia, los jóvenes, el ambiente social con todas sus realidades y variantes tan complejas hoy, tanto en el orden nacional como en el internacional.

IV:- Las diversas formas del apostolado seglar tanto a nivel individual a través del testimonio personal como en el modo asociado o en comunidad. Se percibe claramente el interés del Concilio por las formas de apostolado asociado y en equipo. Es importante tener presente la llamada que se hace en el nº 19 de decreto a evitar toda dispersión de esfuerzos y las posibles interferencias, guardando la debida sumisión a la autoridad eclesiástica.

V.- Orden que se ha de observar en el apostolado seglar: Se insiste, en primer lugar, en la coordinación de las variadas formas de apostolado, el aprecio reciproco y el evitar las emulaciones perniciosas… Se añade la relación con la Jerarquía, la dedicación del clero a la animación espiritual como consiliarios, el respeto y estima de religiosos y consagrados, la participación en los Consejos parroquiales y diocesanos de Pastoral familiar, juvenil, caritativa y social, así como la colaboración con los cristianos no católicos. Se pide la creación de un Consejo de laicos a nivel internacional que impulse el apostolado de los laicos (A.A. nº 26).

VI.- La formación para el apostolado: Se pide una formación especial para que el seglar pueda realizar las debidas tareas apostólicas. Me extenderé más en este punto por ser el tema específico de esta conferencia. Esta formación requiere cierta formación humana, íntegra, acomodada al ingenio y a las cualidades de cada uno. Porque el seglar, conociendo bien el mundo contemporáneo, debe ser un miembro acomodado a la sociedad de su tiempo y a la cultura de su condición. «Ante todo, el seglar ha de aprender a cumplir la misión de Cristo y de la Iglesia, viviendo de la fe en el misterio divino de la creación y de la redención movido por el Espíritu Santo, que vivifica al Pueblo de Dios, que impulsa a todos los hombres a amar a Dios Padre, al mundo y a los hombres por El. Esta formación debe considerarse como fundamento y condición de todo apostolado fructuoso» A lo largo del capítulo VI se insiste en la necesidad de proporcionar a los laicos formación bíblica, moral y social, conforme al magisterio de la Iglesia, especialmente en aquellos puntos doctrinales puestos en tela de juicio.

Con relación a la formación para el apostolado de la Caridad que es lo que a nosotros nos compete más directamente como vicencianos, se pide lo siguiente: «Puesto que las obras de caridad y de misericordia ofrecen un testimonio magnífico de vida cristiana, la formación apostólica debe conducir también a practicarlas, para que los fieles aprendan desde niños a compadecerse de los hermanos y a ayudarlos generosamente cuando lo necesiten (A. A. nº 31-c)

Y en lo que se refiere a quienes deben formar a los laicos el apostolado, se cita en primer lugar la familia cristiana, la comunidad parroquial y las Escuelas. De ellas se dice: «Es deber también de las escuelas, colegios y otras instituciones dedicadas a la educación, el fomentar en los niños los sentimientos católicos y la acción apostólica. Si falta esta formación porque los jóvenes no asisten a esas escuelas o por otra causa, razón de más para que la procuren los padres, los pastores de almas y las asociaciones apostólicas. Pero los maestros y educadores, que por su vocación y oficio ejercen una forma extraordinaria del apostolado seglar, han de estar formados en la doctrina necesaria y en la pedagogía para poder comunicar eficazmente esta educación». Aquí tenemos uno de los retos más actuales y con más necesidad de respuesta hoy.

Esto no excluye la oferta de formación continua en el interior de nuestras asociaciones: «Los equipos y asociaciones seglares, ya busquen el apostolado, ya otros fines sobrenaturales, deben fomentar cuidadosa y asiduamente, según su fin y carácter, la formación para el apostolado. Ellas constituyen muchas veces el camino ordinario de la formación conveniente para el apostolado, pues en ellas se da una formación doctrinal espiritual y práctica. Sus miembros revisan, en pequeños equipos con los socios y amigos, los métodos y los frutos de su esfuerzo apostólico y examinan a la luz del Evangelio su método de vida diaria».

Como Hijas de la Iglesia hemos de dar respuesta a esta urgencia y llamada, tan repetida por los últimos pontífices: Juan Pablo II y Benedicto XVI. Necesitamos formarnos para formar y voluntad decidida de realizar esta tarea a la que Santa Luisa dedicó tiempo y energías físicas y espirituales.

5.3.- Desde la fidelidad a las enseñanzas de nuestros Superiores generales.

Con toda objetividad y verdad creo que el Superior general que más doctrina nos ha legado sobre este tema es el Padre Robert Maloney (1992-2004) Son muchas las llamadas que hizo en este sentido de colaborar en la formación de los laicos vicencianos. A él le debemos la sensibilización y motivación a trabajar juntos como Familia vicenciana, luchando contra la pobreza desde nuestro rico carisma. Él nos ha repetido que el trabajo en la formación de los laicos es cuestión de fidelidad a san Vicente y a santa Luisa y no sólo necesidad de los tiempos presentes. Así lo expresa en un artículo publicado en la revista Vincentiana: «Después del Vaticano II, con un conocimiento más preciso de la misión del laicado y de la necesidad de desarrollar una variedad de ministerios laicales, la Asamblea de 1998 vio esta nueva declaración de nuestro fin como un desarrollo orgánico de la percepción original fundacional de San Vicente. Él mismo había deseado reunir a jóvenes y ancianos, a ricos y pobres, a clérigos y laicos, a hombres y mujeres «para llevarles a participar más plenamente en la evangelización de los pobres»».

En el mismo texto el P. Maloney nos ofrece las diez características que debe reunir un vicenciano para ser formador:

  • Hondamente arraigado en la persona de Jesús,
  • Completamente inmerso en el carisma vicenciano,
  • En contacto con el mundo de los pobres,
  • Capaz de ser guía en el camino espiritual,
  • Un buen oyente de la Palabra de Dios y de los problemas de los otros,
  • Un buen comunicador, hábil en el uso de los medios actuales para implicar a otros en el proceso de formación,
  • Buen conocedor de la doctrina social de la Iglesia,
  • En diálogo con la vida de sus estudiantes y con la vida de los laicos,
  • En contacto con los distintos grupos de nuestra Familia Vicenciana,
  • Verdaderamente misionero

5.4.- Desde la realidad que vivimos en el presente:

Teniendo en cuenta todo lo anterior y sabiendo que vivimos en un mundo que continuamente genera nuevas pobrezas, Santa Luisa nos invita a saber acoger las llamadas de la Iglesia en lo que se refiere a la formación de los laicos. Es fácil y está a nuestro alcance: dedicar parte de nuestro tiempo y colaborar en la formación de los laicos vicencianos como ella lo hizo. Ella que era fiel hija de la Iglesia nos invita hoy, aquí y ahora, a hacer nuestros los objetivos propuestos por el Concilio Vaticano II en el decreto sobre el Apostolado seglar en el nº 30-d:

  • Fomentar cuidadosa y asiduamente, según su fin y carácter, la formación para el apostolado de los laicos vinculados a la Familia Vicenciana.
  • Proporcionar, planificar y ofertar una formación doctrinal a nivel moral coherente con el magisterio de la Iglesia, una formación bíblica y litúrgica que aliente la vida espiritual y el compromiso concreto de caridad con los más necesitados.
  • Revisar y evaluar en pequeños equipos, con los socios y amigos, los métodos y los frutos del esfuerzo apostólico, examinando a la luz del Evangelio el método de vida diaria que llevamos.

Y desde la llamada de nuestros superiores acogemos también el reto del cambio sistémico.

Que el Espíritu Santo nos guíe y de la fuerza necesaria para dar respuesta a estos retos. No es problema la edad avanzada sino la falta de fuego, la debilidad de la llama del amor de Dios en el corazón.

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