Hija de la Caridad Sierva de los Pobres Enfermos. Hospital General de Nantes
Hoy. 30 de abril de 16591
Mis queridas Hermanas:
Les pido humildemente perdón por llevar tanto tiempo sin escribirles; es verdad que los muchos asuntos y la poca salud mía son la causa de ello. Pero también he de decirles que el estado en que usted, mi querida Sor Haran2, me decía saber se encontraba su pequeña Comunidad me había consolado tanto, que me parecía no tenía ya nada que decirles en cuanto a advertencias para su perfección, además de que la dirección, o mejor, el director que la Providencia les ha dado y que han recibido por disposición de nuestro muy Honorable Padre, constituye una gran seguridad. Escúchenle, por favor, y obedézcanle como lo harían a un ángel. En efecto, deben considerarle de esta manera y pensarlo con frecuencia. Y si la naturaleza o la tentación les infundieran otros pensamientos o hasta repugnancia en dar crédito y estima a sus consejos, díganse entonces, con toda seguridad, que el espíritu maligno tiene designios claros de perderlas. ¡Pues qué!, queridas Hermanas, ¿qué podrían ustedes desear en esta tierra para su salvación que no tengan? Están llamadas por Dios para emplear todos sus pensamientos, palabras y acciones en su gloria y así no sólo no hacer nada en contra de sus mandamientos, sino perfeccionarse en la práctica de sus consejos. Por eso deben tener por sospechoso todo pensamiento que las lleve a desviarse de los caminos en que la obediencia las ha puesto, como sería por ejemplo, si se les ofreciera a la imaginación: ¡Ah! si yo estuviera en tal sitio o en tal otro, ¡qué bien lo haría!… Estén seguras de que es un engaño y de que allí harían mayor mal. Los espíritus que no tienen firmeza no llegan nunca a formar una base sólida de virtud porque sus devaneos les impiden acostumbrarse a la obediencia, a la humildad, la tolerancia y la práctica de sus reglas. El diablo los tiene siempre en vilo, y tan segura estoy de ello, por tantos ejemplos como he visto en diversos lugares y aun en Hermanas nuestras que de ese modo han perdido su vocación y otras han quedado aletargadas en la cobardía que las ha hecho hundirse en sus malas inclinaciones y costumbres, que si un ángel viniera desde el cielo a decírmelo, no lo tendría por más seguro. Por eso, les suplico a todas, mis queridas Hermanas, en el nombre y por el amor de Nuestro Señor, que me crean y que cada una se diga en su interior: Si, Salvador mío, tú me quieres aquí para hacerme participar en tus méritos y llevarme después a tu santo paraíso: voy, pues, a trabajar con todas mis fuerzas como si acabara de empezar, voy a aplicarme a comprender bien nuestras reglas y a esforzarme por ponerlas en práctica mediante la obediencia a mis superiores. Porque puede ocurrir que haya cosas, tanto del servicio a los pobres como de los ejercicios de nuestras oraciones, que no puedan hacerse a las horas señaladas; pero hay que acomodarse a las costumbres de los lugares, como Sor Nicolasa se lo hará comprender, y tienen que obedecerle como a Nuestro Señor mismo.
Espero que el señor Vicente enviará este verano a uno de los Señores de la Misión a Nantes3 y a Angers. Les ruego, queridas Hermanas, que se preparen a darle cuenta con una observancia exacta de sus reglas, y no llenándose la imaginación de cosas de las que quizá querrían persuadirle para satisfacción de sus deseos inútiles. No es que no deban desahogarse enteramente de todo lo que les cause pena o sufrimiento, pero con la disposición de aceptar plenamente lo que él les diga. Porque no les dirá otra cosa más que lo que piense que Dios quiere de ustedes.
Presenten a su señor Director mis humildes respetos y agradecimiento y que hemos recibido las cartas de que me hablan ustedes; pero es necesario dedicar un poco de tiempo a las cosas propuestas antes de contestarle, contestación que solicitaré del señor Vicente. Le pregunté a usted la edad y cualidades de espíritu y de cuerpo de esas buenas postulantes y lo que saben hacer, si están sirviendo y si han permanecido mucho tiempo en una misma casa. Hay que saber todo esto antes de darles contestación. Siento mucho no poder escribir hoy a Sor Francisca Ménage4. Estoy esperando una ocasión segura para enviarle el rosario de la corona de Nuestro Señor. Me parece que les he enviado dos después de la de Hennebont y temo se hayan perdido. Sor Magdalena Ménage5 ha estado muy grave, pero gracias a Dios ya está bien y manda saludos a su hermana. Deseo con todo mi corazón que Nuestro Señor derrame sus más caras bendiciones sobre esa pequeña Compañía, llenándola de su santísimo amor, en el que soy, mis queridas Hermanas, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.







