Hoy, 11 de febrero de 16591
Mi muy Honorable Padre:
Si Dios no me tornara insensible al motivo de mi dolor de verme tan abandonada, sufriría grandes penas. La que me llega más a lo vivo es la de no tener suficientes luces para usar bien de ella, según los designios de Dios, ni disponer de un medio para servirme útilmente de esa privación, que acaso he merecido. Esta ocasión me proporciona el consuelo de pedirle, como lo hago, su bendición, para mi y para todas las Hermanas, en particular para Sor María, del Hospital General, Sor Ana2, de Angers, que lleva en la Compañía 18 años, y Sor Genoveva3 de junto a Maule, las cuales, después de haber hecho ejercicios espirituales recientemente y haber comunicado su deseo al señor Portail (le ruegan) les permita renovar sus votos mañana. Nuestra Hermana, la que ha venido de Brienne con Sor Catalina4, le pide humildemente el sencillo hábito de las Hijas de la Caridad. Varias personas encomiendan a sus oraciones un asunto de gran importancia para la gloria de Dios y la salvación de las almas rescatadas con la Sangre de su Hijo. Usted sabe las necesidades que yo tengo, y esto me basta, pues que soy, mi muy Honorable Padre, su muy humilde hija y obediente servidora.







