General de los Venerables Sacerdotes de la Misión
Hoy, 20 de marzo [1653]1
Mi muy Honorable Padre:
Bien se echa de ver que Nuestro Señor es el único General propietario de la Congregación de la Misión, pues así dispone de los buenos sujetos que a ella manda.2 Ha necesitado sin duda para una misión excelente al que nos ha llevado; ¿qué habremos de decir? Nada, sino que creo que esta nueva entrada al Cielo servirá para atraer de Dios grandes mercedes sobre todo el resto de la Compañía y que este dolor universal producirá efectos de santidad en muchas almas. ¿No soy muy osada, mi muy Honorable Padre, al atreverme a mezclar mis lágrimas con la acostumbrada sumisión de usted a las disposiciones de la divina Providencia, mis flaquezas con la fortaleza que Dios le da para cargar con la parte tan grande que Nuestro Señor tan a menudo le ofrece en sus sufrimientos? Por amor suyo, dé usted a la naturaleza lo que necesita para desahogarse y lo que es necesario para su conservación.
No puedo ocultarle, mi muy Honorable Padre, que mi dolor es grande, pero su caridad me ha enseñado a amar la voluntad de Dios tan justa y misericordiosa, cuya bondad ha hecho de mí, mi muy Honorable Padre, su muy humilde y agradecida hija y servidora.







