Hija de la Caridad, sierva de los Pobres enfermos del Hospital General Angers
(julio 1648)
Querida Hermana:
Es cierto que hace ya varios días, unas tres semanas, que no he tenido el consuelo de escribirle y no porque no lo deseara mucho, sino porque me lo ha impedido cierta indisposición, y un gran número de enfermas y de asuntillos que nos ocupan mucho tiempo, más del que tenemos. Le ruego, querida Hermana, que no se recarguen de ocupaciones porque creo, como usted, que nuestras Hermanas no se estarían sin hacer nada aunque fueran doce1 y que no dejarían de emplear el tiempo muy útilmente; por eso no dudo de que en los ratos en que puedan hacerlo, echarán ustedes mano a la colada y aunque no la hagan toda, aquéllas de entre ustedes que se hubieran empleado en ello disminuirían el número de mujeres que tienen que tomar; pero comprometerse a hacer ustedes las coladas, aun cuando fueran un número mayor, les sería demasiado trabajo. Por Sor María Marta2 me he informado de lo que sería el oficio de emplastera, y me ha dicho que supondría trabajo suficiente para una Hermana; yo no vería inconveniente en aceptar con tal de que la Hermana no se moviera de las salas y que preparase los emplastos en el departamento de ustedes; porque si tuviera que ir a hacerlo a otro lugar o se viera obligada a ir con frecuencia a casa del cirujano, no sería conveniente. Puede usted hablar confidencialmente de ello con el buen señor que le ha hecho la proposición.
En cuanto a los traslados,3 suplico a la bondad de Dios la guarde a usted lo mismo que a todas nuestras queridas Hermanas, de desearlo formalmente. Y si el diablo les sugiriera semejantes pensamientos, les advierto que no los escuchen sino que los desechen como malas tentaciones. No puedo decirle que a las que han pasado por tales situaciones les haya ido bien. Hay que (ser) totalmente de Dios, queridas Hermanas, de muy diferente manera. ¿Quiénes somos nosotras para querer escoger libremente nuestros caminos? Dejemos que Dios actúe. Me figuro que habrá usted abierto su interior al señor Lamberto y que él no dejará de transmitírselo al señor Vicente; permanezca, pues, en paz hasta que la divina Providencia le dé a conocer lo que quiere de usted. Suplico a Nuestro Señor le conceda esta gracia, y soy en su santo amor, queridas Hermanas, su muy humilde y afectísima hermana y servidora.
- Leemos en las anotaciones de Sor Maturina Guérin de julio de 1675, que las cuatro Hermanas pedidas desde hacía tiempo por los Administradores del Hospital (ver C. 171, el final del relato del viaje a Nantes que terminó pasando por Angers), «fueron enviadas en el año 1648, para estar al frente de las mujeres y ayudar a la colada».
- María Marta Trumeau, que salió de Angers en junio de 1647, está a la sazón en la Parroquia de San Pablo (ver C. 72 n. 4).
- El señor Lamberto había de proponer el traslado de Francisca Clara y de Andrea (Carta más arriba citada).







