Hija de la Caridad Sierva de los pobres enfermos (Nantes)1
(Agosto 1647)
Querida Hermana:
¡Cuánta labor ha hecho usted! Dios sea bendito por ello, eternamente bendito, y por el acierto que su bondad ha dado al señor Lamberto en todo este asunto. Mucho me agradaría que nos dijera usted todos los pormenores; esperaré a recibirlos para dar las gracias a esos señores que tanta ayuda le han prestado y suplicarles que la continúen. Pero, en nombre de Dios, querida Hermana, cuide de que ninguna de nuestras Hermanas tenga motivo para creer que sospecha usted de ella tenga un apego o cualquier otro defecto. Puede usted con habilidad avisarles a todas en general del mal que puede usted temer en particular, y además el ejemplo de las otras y el remedio que Dios mismo ha dado al asunto la ayudarán a usted mucho.
Bien, querida Hermana, la divina Providencia la ata a usted a Nantes por algún tiempo; de su bondad espero que saque de ello mucha gloria. Creo que la buena Sor Catalina2 ha quedado muy sorprendida y que, por más que le ha dicho a usted estaba muy contenta de regresar acá, la verdad es que no se esperaba que las personas que tan buena voluntad le habían manifestado consintieran en su marcha. Por nuestra parte, les estamos muy agradecidas. Escribiré a todas nuestras Hermanas en particular, por varios correos, cuando haya recibido otra vez más noticias de usted. Le ruego, querida Hermana, me diga si es cierto que la gente critica que haya tantas Hermanas3 para servir a los enfermos, diciendo que antes de que fuéramos nosotras, con tres o cuatro criadas bastaba; y si en conciencia juzga usted que podrían ser menos, díganoslo. No me dice nada de su fluxión, lo que me hace esperar no haya sido más que un amago. Cuide de su salud en medio de tanto trabajo, y que el deseo que tiene usted de consumirse enteramente por Dios así como el ejemplo que le parece está obligada a dar a nuestras Hermanas, no le impidan tener un cuidado razonable de usted misma, y ello precisamente por el mismo amor de Dios, en el que soy, querida Hermana su muy humilde y afectísima hermana y servidora.
P.D. Mis respetuosos saludos a todos esos señores y señoras. Le he escrito a usted dos veces en estos últimos ocho o diez días. Abrazo en espíritu y muy cordialmente (a todas nuestras Hermanas), con más cariño hacia ellas que nunca, a causa del sufrimiento que sé han tenido. Le ruego querida Hermana, les diga que, con tal de que sean fieles a Dios en la práctica de sus reglas, espero que su bondad les dará más consuelo que pena han tenido; pero es necesario que el deseo que tienen de obrar bien las mueva a pedir con frecuencia a Dios la gracia de que necesitan para ello.
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