Las Hijas de la Caridad que sirven a los pobres enfermos en el hospital de Nantes
(junio de 1647)
Mis queridas Hermanas:
No puedo escribirles a cada una en particular como me lo había propuesto, pero he pensado que no era necesario y que todo lo que ella les dirá1 serán tantas cosas que harían una larga carta. Les suplico, queridas Hermanas, que reciban a nuestra Hermana como nuestro buen Dios se lo ordena, que es recibirla como lo harían a nuestro Muy Honorable Padre, puesto que es él quien se la envía. Pocos días después, tendrán ustedes la visita del señor Lamberto,2 háblenle de todo lo que me han dicho a mí, él les dará plena satisfacción.
Que sepa Sor Claudia3 que el señor del pueblo de donde es su madre ha mandado a visitarla al arrabal de Saint Germain y ha hecho que la volvieran a llevar al pueblo para asistirla; estaba mejor cuando marchó, gracias a Dios, y espero que su aire (natal) le haya devuelto la salud. Todos los demás parientes de nuestras Hermanas, por lo menos según lo que yo sé, están bien, gracias a Dios. En nombre de Dios, queridas Hermanas, sométanse a todo lo que les ordene el señor Lamberto, con la seguridad de que tal es la voluntad de Dios y la del señor Vicente. Espero de la bondad de Dios que todas las pequeñas desavenencias ocurridas nos servirán para perfeccionarnos y dar a conocer a las Hijas de la Caridad lo humildes, sumisas y aficionadas a la práctica exacta de sus reglas que tienen que ser, a falta de lo cual sería como un rosario desengarzado. Tengan buen ánimo, queridas Hermanas; si su enemigo ha salido vencedor por un poco de tiempo, hagámonos violencia para derribarlo. La hora no me permite hablarles más. Buenas noches, queridas Hermanas, rueguen a Dios por nosotros, se lo pido por favor, y créanme en el amor de Jesús Crucificado, su muy humilde Hermana y afectísima servidora.







