Angers1
9 de mayo de 1642
Señor:
Su caridad no se cansa de ejercitarse en todos los campos; tengo gran confusión de ser siempre para usted un aumento de trabajo, y por ello le pido perdón. Tomaré, señor, excusas en los designios de la divina Providencia que de nuevo ha querido poner en sus manos a nuestra pobre viuda2, a la que verdaderamente conoce usted bien, gracias a Dios. Creo que ha podido usted darse cuenta de que necesita mucho se la ponga en guardia contra las ilusiones de su espíritu. Espero sabrá aprovecharse de los sólidos consejos que le da usted, una vez por experiencia ha visto la inutilidad de los que ha recibido de personas que no la conocían. En el caso de que juzgue usted que no le conviene vivir en ningún monasterio, sería para ella un gran honor acompañar a su señora hermana3 a su regreso. No puedo ocultarle, señor, que estoy un tanto preocupada por lo que va a ser de ella. Si, al menos se resolviera a vivir en el mundo como verdadera viuda y aparentándolo incluso exteriormente, sería una ventaja para ella, siempre que usted lo encuentre a propósito. Le ruego humildemente se sirva usted hablarle de ello.
Ha proporcionado usted un gran consuelo a nuestras pobres Hermanas permitiéndoles unos días de ejercicios espirituales; y pues así me lo pide, le diré sencillamente cómo emplean esos días las de aquí. Hacen dos medias horas de oración por la mañana en dos momentos diferentes, y otra media hora a eso de las 5 de la tarde. Los temas son los del libro de nuestro Bienaventurado Padre4, y, después de que se han confesado, se les proponen las meditaciones sobre la vida y muerte de Nuestro Señor. La meditación que hacen antes de la confesión, es una larga oración de Granada5 para obtener de Dios una verdadera contrición. La lectura en los días anteriores a la confesión la hacen sobre temas que muevan a la penitencia y vía purgativa. Mandamos una Hermana a que haga la lectura a las que no saben leer. Después de haberse confesado, las lecturas se toman de Gerson6 u otro libro semejante que excite al amor de Dios. Por lo menos una vez al día, se les hace dar cuenta, y se las aconseja que de una meditación a otra mantengan el pensamiento en el tema que acaban de meditar; que tomen resoluciones no sólo generales sino particulares, según sus necesidades, y de modo especial sobre la práctica de las virtudes propias de su género de vida, a imitación de las acciones del Hijo de Dios y las de su Santa Madre, que son sus patronos: que los miren frecuentemente en sus actos.
Hacen las oraciones vocales corrientes y trabajan o se pasean a veces. Así es, sucintamente, señor, cómo emplean el tiempo en dichos días, pero no lo tenga en cuenta y ordéneles lo que nuestro buen Dios se digne inspirarle a usted. Le ruego me disculpe de haberle hecho todo este discurso tan poco ordenado: es que tengo mucha prisa.
Una vez más le agradezco su caritativa solicitud. Le ruego crea que tan pronto como podamos disponer de Hermanas no dejaremos de enviárselas; siempre nos hallamos en la misma penuria a causa del gran número que necesitamos aquí.
Nuestra buena Sor Ana7, venida de Angers, ha estado gravemente enferma; espero que Dios nos la conservará. Lleva casi dos meses en la cama. No puedo escribir a nuestras Hermanas con este correo; sólo me queda tiempo para suplicarle humildemente que presente a nuestro buen Dios mis grandes necesidades y también que me haga el honor de tenerme por su muy obediente y humilde hija y servidora.
- C. 69 Rc 4 It 364. Carta autógrafa.
- Señora Raffy, (ver C. 67, n. 1).
- Señora de la Brunetiere du Plessis-Gesté (ver C. 35. n. 2).
- «La introducción a la vida devota» de Monseñor Francisco de Sales, Obispo de Ginebra.
- Padre Luis de Granada, dominico español.
- Autor espiritual.
- Ana Vallin, una de las numerosas postulantes de Angers, su vida es poco conocida: estuvo en San Dionisio con Bárbara Angiboust (ver conferencia del 27-41659, Conf. Esp. n. 2237); en 1659 estaba en París.







