Luisa de Marillac (16)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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El arduo camino de la humildad

OLYMPUS DIGITAL CAMERALuisa de Marillac no gozó nunca de buena salud: jaquecas, bronquitis… la obli­gaban con frecuencia a guardar cama y a someterse a los tratamientos en vigor en el siglo XVII: purgas y sangrías. A principios del mes de mayo de 1656, cayó enferma y su estado empeoró con rapidez. Vicente de Paúl acudió a la cabecera de la enferma y presintiendo que la muerte podía presentarse de un momento a otro, le preguntó:

«Señorita, ¿no ha puesto usted los ojos en alguna de sus hijas para que ocupe su lugar? »

Luisa de Marillac, gravemente afectada por la enfermedad, guarda silencio, pa­rece dormir, pero sus labios susurran algo: como en una letanía, van desfilando los nombres de sus hijas, que ella presenta al Señor. Abre por fin los ojos y dice:

«Padre, lo mismo que usted me escogió a mí por la divina Providencia, me parece que, tratándose de la primera vez, no es conveniente que sea por pluralidad de votos, sino que la nombre usted directamente por única vez. »

Después de un silencio hecho de oración, añade humildemente:

«…Creo que Sor Margarita Chétif estaría muy indicada para ello. Es una Hermana que ha demostrado mucha prudencia en todas partes y que ha acertado en todo. «

Durante varios días, Luisa parece agonizar. Desde todas las comunidades de Hi­jas de la Caridad, se elevan fervientes oraciones al Señor. Numerosas cartas debieron de partir de la Casa Madre para avisar a las Hermanas. Una de estas cartas, enviada por el Señor Vicente a Francisca Ménage, con fecha 17 de mayo, ha llegado hasta nosotros:

«Creíamos que íbamos a perder a la Señorita Le Gras; ha estado muy enferma y todavía no se encuentra fuera de peligro totalmente, aunque va mejorando, gracias a Dios. No necesito encomendarla a sus oracio­nes pues sé que no dejarán ustedes de pedir a Dios por su conserva­ción… »

Lentamente, Luisa de Marillac recobra la vida. El 10 de junio, manda que se es­criba a Francisca Ménage:

«…no ha sido de su beneplácito el borrarme todavía de esta tierra, aun­que haga mucho tiempo que lo merezco… »

Unos días después, el 19 de junio, puede ella misma escribir a Sor Bárbara Angi­boust:

«Su bondad sigue concediéndome nuevas fuerzas. Ayúdeme, querida Hermana, a hacer mejor uso de ellas, para gloria suya y el servicio que El quiere preste a la Compañía. »

El 25 de junio, la salud de Luisa es lo suficientemente satisfactoria como para permitir que se celebre una reunión del Consejo; la última celebrada es del 29 de abril, pocos días antes de su grave enfermedad. El orden del día de dicha sesión refleja la inquietud que ha debido de experimentar el Señor Vicente viendo tan próxima la muerte de Luisa. Maturina Guérin, que es la que escribe el acta, hace constar cómo Vicente presenta, con gran solemnidad, la obligación que tiene la Compañía de per­manecer fiel a Dios. Insiste de manera especial en lo que puede mantenerla en pie y permitirle servir a los pobres en todas partes, a saber, la pobreza y la pureza.

Mientras Luisa de Marillac va recobrando poco a poco sus fuerzas, una mañana de septiembre, al levantarse, se escurre y cae pesadamente al suelo. El 27 de sep­tiembre, el Señor Vicente refiere lo ocurrido a Nicolasa Haran, Hermana Sirviente de Nantes:

«La Señorita Le Gras se encuentra enferma, en cama, con un poco de fiebre, causada por un dolor de costado. Hace diez o doce días que, al querer levantarse, se cayó de la cama al suelo y se hizo daño; no se encuentra mejor desde entonces, aunque se espera que no sea na­da grave. «

Durante varias semanas tendrá que sufrir Luisa las consecuencias de esta frac­tura de costillas.

A fines de ese mismo año 1656, en un día de retiro mensual, Luisa de Marillac se detiene a evaluar aquellos largos meses de enfermedad, y su reflexión recae en el tiempo que puede quedarle de vida en este mundo. El 30 de diciembre escribe:

«Al salir de mi última enfermedad grave, en el mes de (Luisa no ha ano­tado el mes: ha dejado el hueco en blanco) del presente año, pregunté al Señor Vicente, nuestro muy Honorable Padre e Institutor, con qué disposiciones debía resolvermé a seguir viviendo.»

Lo que más llama la atención cuando se leen estos breves apuntes de retiro, es la insistencia de Luisa en la paciencia:

«…servir a las almas en sus necesidades por medio de la paciencia, …soportar mucho y esperarlo más de Dios que de nuestros propios medios,

…para llegar a tener el don de la dirección, era preciso conseguirlo por medio de la paciencia.«

Es que, efectivamente, durante ese año de 1656, la Compañía recibe numerosas llamadas. Las Señoras de la Caridad de Arras piden Hermanas para que trabajen en el establecimiento sólido de la Cofradía aquella. La Reina Ana de Austria desea Her­manas para cuidar, en el hospital de la Fére, a los soldados heridos. Los Obispos de Cahors y de Narbona piden igualmente Hijas de la Caridad para sus respectivas dió­cesis. El problema está en dónde encontrar número suficiente de Hermanas para res­ponder a todas estas peticiones.

El 29 de julio de 1656, María Marta Trumeau e Isabel Brocard marchan a La Fére: el 30 de agosto, Margarita Chétif y Radegunda Lenfantin salen para Arras; pero será nece­sario esperar hasta noviembre de 1658 para poder enviar dos Hermanas a Cahors, y hasta septiembre de 1659 para dar respuesta a la petición del Obispo de Narbona.

Luisa reconoce también la rapidez de sus reacciones, la vivacidad de su carácter y anota:

«…cierta premura en mi celo, …que a veces podía entrar… mi pasión,

…que había… que estar en guardia para no dejarse sorprender por al­guna pasión…»

Es ciertamente que Luisa tiene un temperamento vivo, impetuoso, que se deja ver en toda su conducta y en sus actitudes.

Su caligrafía es rápida, pero su pensamiento corre muchas veces más aprisa que su mano: se salta palabras, y esto dificulta la lectura de sus cartas o medi­taciones.

Durante los primeros años de la vida de la Compañía, Luisa de Marillac suele reaccionar con cierta vehemencia ante las Hermanas que olvidan las exigencias de su vocación. A las dos de Richelieu, que encuentran dificultades para vivir la caridad fraterna, les escribe:

«¿Cómo se atreverán ustedes a comparecer un día delante de Dios?… Pretendía sacar su gloria y ustedes se la usurpan. »

Las Hermanas de Nantes, que se debaten entre graves conflictos comunitarios, reciben una carta muy severa:

«…¡Qué le hemos devuelto, tierra ingrata! Sólo disgustos, como tierra ingrata que somos, por nuestras infidelidades hacia Dios… »

Cuando se descuida el servicio a los pobres, cuando se asiste mal a los enfer­mos, Luisa no duda en interpelar enérgicamente:

«¿Dónde están la dulzura y la caridad que han de conservar tan cuida­dosamente hacia nuestros queridos amos los pobres enfermos? »

La misma vehemencia emplea Luisa para defender a sus Hijas de la Caridad cuan­do se las acusa de algo. En Angers se tienen sospechas de que Petra se queda con parte del bien de los pobres. Luisa reacciona en una carta dirigida al Abad de Vaux:

«Y si es que no quieren ya nuestros servicios, que nos lo digan… pero eso de sufrir tales sospechas y calumnias… le suplico que considere usted si se puede tolerar… »

Y la carta prosigue con estas palabras:

«Y ve usted, señor, cómo me saca fuera de mí el pundonor; le pido per­dón por ello. »

El mismo Vicente de Paúl reconocerá ante las Hermanas ese temperamento tan vivo de Luisa de Marillac. En la conferencia sobre sus virtudes, habrá de decir, a mo­do de explicación:

«Si, por debilidad humana, caía alguna vez en algún movimiento de vi­veza o impaciencia, no hay por qué extrañarse de ello; los santos nos dicen que no hay ninguna persona que no tenga sus imperfecciones.

Lo vemos en lo que ocurrió en San Pablo, en San Pedro. Dios lo permi­te así para sacar gloria de ello…

«Por eso a veces en la Señorita Le Gras aparecían algunos pron­tos… Pero aquello no era nada y me costaría mucho reconocer que ha­bía pecado… »

Esa vivacidad que provoca reacciones apasionadas, esa prontitud que se da cuen­ta en seguida de la menor falta en los demás, esa vehemencia que a veces puede herir, van a exigir de Luisa esfuerzos que durarán toda su vida para combatirlas. La lectura de sus cartas, de sus pensamientos, nos permite descubrir cómo fue cami­nando paso a pasopor la senda de la humildad.

Dos motivos llevan a Luisa por ese camino:

  • su deseo de imitar a Jesucristo y configurarse con El,
  • su cualidad de sierva de los pobres.

En sus oraciones, Luisa mira y contempla la humildad de Jesús. El misterio de la Encarnación capta prolongadamente su atención:

«Amar el anonadamiento, puesto que Dios lo asumió, como nos lo mues­tra en su Natividad, y quiso que reconozcamos que dicho anonadamien­to llena el cielo de admiración… es necesario que el mío (mi abatimien­to) ruin y miserable, se una al suyo glorioso. »

La humildad de Jesús recién nacido responde a un acto de amor al hombre. Esa humildad del nacimiento de Jesús, en su sencillez, le hace mantenerse cercano a nosotros:

«…adorando la divinidad en ese estado de la Infancia de Jesús e imitan­do cuanto pueda su santa Humanidad, en especial en su sencillez y caridad que le han movido a hacerse Niño para facilitar a sus criaturas el libre acceso a El. «

La contemplación de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, lleva a Luisa de Mari­Ilac a descubrir la humildad que Jesús practicó durante toda su vida en la tierra. En sus Ejercicios Espirituales de 1633, el lunes por la mañana anota:

«He de recordar que la humildad que Nuestro Señor practicó en su Bau­tismo tiene por fin, además de llenarme de confusión, servirme de ejem­plo que debo imitar… »

Ese mismo día por la tarde prosigue su meditación sobre el Lavatorio de los pies:

«No puede haber nada que me impida humillarme, teniendo el ejemplo de Nuestro Señor quien estando interesado, tanto por su gloria como por la enseñanza de sus Apóstoles, en que se le honre, no deja de aba­tirse hasta el punto de lavar los pies a sus Apóstoles…«

En la correspondencia de Luisa de Marillac con las Hermanas volvemos a en­contrar esa meditación sobre la humildad de Cristo. ¿Qué hace el Hijo de Dios en Nazaret, siendo así que ha venido a salvar al mundo?

«…en un oficio tan abyecto como el de trabajar en la carpintería… »

Es una invitación dirigida a cada una para que trabaje sin brillo ni ostentación al servicio de los Pobres.

¿Cómo reacciona el Hijo de Dios ante las acusaciones, los falsos testimonios? ¿Intentará defenderse demostrando su inocencia?

Mucho he sentido su pena por los diferentes motivos que me comuni­ca, aunque no debemos extrañarnos por todas las murmuraciones que, mintiendo, quieran decir de nosotras, puesto que somos cristianas y, además, Hijas de la Caridad, lo que nos obliga a soportarlo todo como nos lo ha enseñado ese gran enamorado de los sufrimientos de Jesu­cristo. »

Una frase puede resumir toda aquella meditación sobre la humildad del Hijo de Dios, Verbo Encarnado:

«(desear) el amor de la Humanidad santa de Nuestro Señor para verme empujada a la práctica de… la mansedumbre y la humildad… »

La Hija de la Caridad es sierva y considera a los pobres como a sus amos y señores. La sirvienta no debe, no puede, verse mejor tratada que sus amos; ahora bien, éstos reciben muchas veces humillaciones, desprecios, olvidos. Luisa comuni­ca incesantemente a sus Hermanas esa meditación suya sobre este punto:

«…nuestra vocación de siervas de los pobres es para nosotras una ad­vertencia de la dulzura, humildad y tolerancia que hemos de tener con el prójimo… «

El título de siervas de los pobres no es un título honorífico, sino una invitación para vivir de manera concreta, lo que significa:

«…Todas en general se consideran muy felices de su condición de sier­vas de los pobres, pero son muy pocas las que soportan que se les di­ga la menor palabra con autoritarismo o aspereza. «

¿Cómo consiguió Luisa de Marillac hacer pasar su meditación a lo concreto de la vida? A través de todos sus escritos es posible percibir los medios que puso en práctica para avanzar por la senda de la humildad.

En primer lugar, dirigió sus esfuerzos a conocerse: mira de frente su vida y la confronta con el Evangelio. Habla, por ejemplo, de sus «frecuentes impacien­cias» (27), de su «obstinación» en defender su opinión, de su orgullo que le im­pide ser sencilla (29). Acepta que su director espiritual la ayude en este conocimien­to de ella misma, pero también que lo hagan así sus Hermanas con las que convive. Las reacciones de las Compañeras —como se lo explica a Sor Cecilia Angiboust­están a veces en relación con la manera de comportarse de la Hermana Sirviente:

«…aliviar lo más que podamos a nuestras queridas Hermanas que siem­pre tendrán bastante con soportarnos, a veces, en nuestros momentos de mal humor y otras, a causa de la repugnancia que la naturaleza y el maligno espíritu les inspiren.»

En la Conferencia sobre las virtudes de Luisa de Marillac, una Hermana expuso que la Señorita solía preguntarle cuando una Hermana se alejaba de ella enfadada, si le había hablado con demasiada dureza.

Por otra parte, en sus Ejercicios Espirituales, Luisa de Marillac concreta sus re­soluciones. La humildad es un punto en el que insiste sin cesar. En 1628, anota:

«…he de entrar en la práctica de la humildad interior, por el deseo de mi abyección, y de la humildad exterior, aceptando voluntariamente las ocasiones que se presentan de poner en práctica tal deseo; dicha hu­mildad ha de ir encaminada a honrar la verdadera y real humildad que se halla en Dios mismo y en la que encontraré fuerza para abatir mi orgullo y sobreponerme a mis frecuentes impaciencias, así como para adquirir la caridad y la mansedumbre hacia mi prójimo, honrando así la enseñanza de Jesucristo al decir: que aprendamos de El, que es man­so y humilde de corazón. «

En 1632, desarrolla, principalmente, las razones para vivir mejor la humildad:

«El orgullo y todos sus defectos son grandes impedimentos en el alma para que se cumplan en ella las obras y designios de Dios; y recono­ciéndolos en mí con fuerza, me informaré de cómo puedo simplificar mi espíritu y humillarlo… «

Más adelante vuelve a concretar esas mismas resoluciones:

«Necesito practicar una gran humildad y desconfianza de mí misma. «

En diciembre de 1656, pone de relieve la importancia de la paciencia, esa virtud que permite conservar la paz y la serenidad ante las dificultades y contradicciones, esa virtud que se obtiene directamente del amor misericordioso de Dios:

«…Con los ojos puestos en Dios, esperando de El lo que yo no podría hacer. »

Después de la muerte de Luisa, las Hermanas hacen hincapié en el cuidado que ponía en pedir perdón de sus faltas:

«Era la primera en decir su culpa y pedir perdón… »

En las Conferencias, no dudaba en reconocer sus faltas. El 7 de agosto de 1650, después de haber indicado los medios para practicar la obediencia, añade:

«He sentido mucha confusión al reconocer que muchas veces he falta­do a todas estas prácticas con mi soberbia y obstinación, de lo que me arrepiento y pido perdón a todas nuestras Hermanas que lo hayan podido observar. »

Esta petición de perdón la llevaba escrita en el papelito que había preparado pa­ra la conferencia y en el que había anotado sus pensamientos.

En los primeros años, Luisa de Marillac se turbaba a la vista de sus faltas; pensa­ba que con su conducta daba malos ejemplos a las Hermanas, temía «echarlo todo a perder»  en la obra de Dios; pero poco a poco la humildad verdadera fue pacifi­cando su alma y llegó a poder escribir con toda verdad al Señor Vicente:

«¡Cuántos motivos tengo para confesar y reconocer que no hago nada que merezca la pena! Mi corazón no se llena, sin embargo, de amargu­ra… »

Luisa de Marillac se ha dejado cincelar por el Espíritu de Dios mientras ha ido recorriendo el arduo sendero de la humildad. Ahora se halla en condiciones de guiar a las Hermanas por ese miso camino, en busca de alcanzar el parecido con Cristo, manso y humilde de corazón, en busca de lograr la cercanía con el Pobre.

«Las almas verdaderamente pobres (humildes) y deseosas de servir a Dios deben tener gran confianza en que, al venir a ellas el Espíritu Santo y no encontrar resistencia alguna, las dispondrá convenientemente pa­ra cumplir la santísima voluntad de Dios. »

Ahora puede ayudarlas a que acepten con paz sus yerros, sus faltas y a servirse de ellos como de otros tantos medios de perfección, puesto que las mantienen en baja estima de sí mismas:

«Dios permite a veces que estemos sujetas a cometer falta para humi­llarnos. De otro modo, la soberbia… nos llevaría a condenarnos. »

Luisa de Marillac sabe también lo indispensable que es la humildad para mante­ner la caridad fraterna, para sostener la vida comunitaria:

«(la tolerancia) nos lleva siempre a no ver las faltas de los demás con acritud, sino a disculparlas siempre humillándonos…»

La carta a las Hermanas de Richelieu —que hemos mencionado antes—, termi­na con este sencillo consejo:

«Una verdadera humildad lo arreglará todo »

Unos meses antes de su muerte, en diciembre de 1659, Luisa de Marillac recuer­da a Francisca Carcireux que el espíritu de la Compañía es un espíritu de humildad y de sencillez y que todas las acciones de una Hija de la Caridad deben ir guiadas y motivadas por ese espíritu:

«(Doy) todos los avisos que creo debo dar y que preveo han de ser pro­vechosos a aquellas de las que pienso quiere Dios servirse para hacer subsistir a la Compañía en el espíritu de sencillez y humildad de Jesu­cristo. »

Porque no buscó ni la gloria ni los honores, porque dejó al Espíritu que la trans­formara, Luisa de Marillac llegó a ser el instrumento de que Dios pudo servirse para llevar a cabo una obra inmensa en la Iglesia, destinada al alivio de todos los que su­fren. Estas palabras escritas el 30 de diciembre de 1656 plasman su convicción pro­funda:

«¿Quién somos nosotros para pensar que podemos hacer algo tan difícil y tan importante?… Con los ojos puestos en Dios, esperando de El lo que yo no puedo hacer… »

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