Lucía Rogé: La vida fraterna en común

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:
Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

París, septiembre de 1983

Vivimos en este momento un período muy especial en la vida de la Compañía. Dirán ustedes que eso mismo se ha dicho varias veces en estos años de existencia, en 1660, con la muerte del P. Portail, de la señorita Le Gras, de san Vicente. Luego, mucho más cerca de nosotras con motivo del Concilio. Después, el año mariano de 1980 y el cuarto centenario del nacimiento de san Vicente en 1981, nos han preparado para vivir un acontecimiento muy importante, el 350º aniversario del nacimiento de la Compañía y, hecho muy notable, la aprobación de nuestras Constituciones que esperábamos desde hacía 4 años.

No podemos dejar de meditar sobre esta coincidencia: aniversario de Fundación, llegada de la aprobación de las Constituciones. Nos toca ahora discernir lo que Dios espera de nosotras en esta situación.

Pues bien, dentro de poco, recibirán una carta de nuestro Superior General, anunciando la próxima Asamblea General. Quien dice Asam­blea General dice preparar de nuevo Asambleas Domésticas, Provin­ciales. Las Visitadoras reflexionaron en mayo último sobre esta prepara­ción. El conjunto de sus opiniones reagrupadas da como línea principal de este tiempo fuerte una confrontación de nuestras Constituciones con nuestra vida actual.

Ustedes no dejarán de descubrir puntos de importancia especial. Yo quisiera detenerme con ustedes, esta mañana, sobre el de la vida fra­terna en común, tal como los Fundadores y las Constituciones nos piden que la vivamos.

Una tarea de conversión

Nuestra revisión de vida comunitaria sobre este punto no podrá hacerse más que si, cada una en particular y luego todas juntas, tratamos de renovar nuestras convicciones sobre este punto tan importante. Todas tenemos una experiencia de vida fraterna, experiencia más o menos larga, más o menos feliz. Tenemos algunas ideas a este respecto. Hoy, hay que emprender una tarea de conversión, convertirnos a la vida fraterna, redescubrir en el centro de nosotras mismas, allí donde el Señor nos habla, lo que nos pide respecto a este amor mutuo. Volver a encontrar las convicciones que teníamos al entrar en la Compañía y pro­fundizar en ellas, en la plegaria y en la oración.

Bueno es recordar lo primero, que el Señor escogió la vida comuni­taria con sus Apóstoles e hizo de ella un punto de partida para la Misión. Los Fundadores la pidieron a las primeras Hermanas y la introdujeron muy pronto en su proyecto comunitario local, como en Angers: «Lo pri­mero que Nuestro Señor pide de ellas es que le amen como soberano y que hagan todas sus acciones por amor a él; y la segunda, que se quie­ran entre sí, como hermanas a las que él ha unido con el vínculo de su amor, y a los pobres enfermos, como señores suyos, ya que Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor».1 Pasaje magnífico, que es verdaderamente un eco del: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, y al prójimo como a ti mismo».

Nuestras Constituciones nos dicen: «Entregadas a Dios en comuni­dad… Los Fundadores han visto en la vida fraterna uno de los apoyos esenciales de la vocación de las Hijas de la Caridad. Esa vida común y fraterna se desarrolla en la comunidad local, donde las Hermanas cola­boran con fe y alegría; dan testimonio de Cristo y rehacen sus fuerzas con miras a la Misión».2

Tres verbos que tienen una importancia capital: colaborar en la fe y el amor; dar testimonio de Cristo; rehacer sus fuerzas para la Misión.

Y en C. 2, 17: «Llamadas y reunidas por Dios, las Hijas de la Caridad llevan una vida fraterna en común, con miras a su Misión específica de servicio. La comunidad local quiere reproducir la imagen de la Santísima Trinidad, según la expresión de los Fundadores… La comunidad viene a ser así una comunión en la que cada una da y recibe, poniendo al servicio de todas cuanto es y cuanto tiene».3

En esta comunidad, a imagen de la Trinidad, san Vicente nos dice también que debemos ser iguales, amarnos entre nosotras y vivir en comunión, haciendo vida el compartir. Y no nos dice que esto sea fácil: «Hijas mías, vosotras sois débiles, es cierto; pero soportad mutuamente vuestras imperfecciones las unas de las otras».4

Es preciso que leáis también toda la conferencia del 26 de abril de 1643.

Hablando de la construcción de la comunidad en la que nos pide que participemos, quisiera subrayar dos puntos para renovar nuestra convicción: nuestra actitud de sierva debe ser permanente respecto a los pobres, pero también entre nosotras; la vida fraterna se construye sobre la confianza y la conversión, en la fe y la humildad.

Con actitud de sierva

Tener una actitud de sierva en la comunidad. Es toda nuestra vida la que es sierva. ¿Qué querrá decir ser siervas de los pobres, si nos deja­mos servir en comunidad? Sería una incoherencia. Ahora bien, la actitud de sierva se apoya en las convicciones. La función y la relación son pun­tos en los que hemos de detenernos. El todas iguales no suprime la vigencia del servicio mutuo, que se va a traducir por la adhesión espon­tánea a un compartir, en función del bien común. Servicio mutuo y fra­terno, hay que hacer siempre referencia al lavar los pies: «Lo que yo he hecho, hacedlo también vosotros».5 La comunidad nos acoge, pero nosotras tenemos el deber de servirla y no de servirnos de ella. Por tanto, debemos participar y colaborar en ese compartir comunitario de cada día, en la acogida, en la limpieza y en la cocina, tanto como en la actividad misionera. Si mis dotes, en ciertos campos son menores, entonces acepto que me sirvan, pero yo también sirvo de otra manera. Se da y se recibe. Esta rotación de funciones lleva consigo una «mutua­lidad», y define en cierta manera mi relación con las demás. En esta rela­ción, tanto el imponerse como el desentenderse son, del mismo modo, faltas contra el amor fraterno.

En humildad

La humildad es la que establece esta relación de sierva en amistad, con una noción de sumisión mutua, es decir, que en la medida que me prohibo toda actitud orgullosa de superioridad, estoy verdaderamente capacitada para ser sierva de mis Hermanas. En esta época en que nadie quiere aceptar esta función de servidor, hemos de precavernos contra este contagio, presentando al mundo esta paradoja de querer ser perpetuamente siervas. Sirvientas de los pobres y sirvientas en comuni­dad. Ser una Hermana entre sus Hermanas, es ser Hija de la Caridad en comunidad. Estar sometidas, juntas, a la palabra de Jesucristo, a la de los Fundadores, a la de la Iglesia, a las necesidades de los pobres, es formar la Comunidad de las Hijas de la Caridad.

Es importante, y lo encontrarán en la conferencia del 26 de abril de 1643, unir de nuevo esta permanencia del espíritu de siervas a la Misión. Y san Vicente, en esta conferencia que se titula, «De la unión entre los miembros de una comunidad»,6 presenta muy bien cómo la desunión arroja de nuestros corazones no sólo el amor a Dios, sino también el amor al prójimo, y añade: «Si hubiese desunión entre nosotras, Dios ya no se servirá de nosotras para cooperar en las gracias que quiere con­ceder a los pobres que tenemos que servir».7

Con decisión de comunión

Ser sierva en una comunidad es el medio para que esa comunidad se transforme en comunión, para que se infunda un alma común en ese pro­yecto común, cuya responsabilidad nos incumbe, teniendo bien claro que el fundamento de la comunidad es el don de cada una a Jesucristo en los pobres, cosa en la que no parece necesario insistir. Esto supone que ama­mos a nuestra comunidad y no solamente a nuestra comunidad local, sino a la gran comunidad, a la Compañía de la que aquélla es una célula. Si no se ama a la comunidad, no se es capaz de vivir en ella. Y si, al azar de los encuentros, ven ustedes una Hermana que no ama la comunidad hay que ayudarla. Ayudarla a tomar conciencia de que, a partir del momento en que continúa viviendo en una comunidad que ya no ama, se convierte en un elemento dañino, que la va destruyendo, porque no se puede pro­mover, ni vivir en verdad, ni renovar lo que no se ama.

Hay que ser realista, no soñar con una comunidad perfecta porque lo sean las Hermanas, ni hacerse ilusiones sobre sí misma. Formamos parte de ella, todas nosotras, con nuestros defectos; esto es probable­mente lo que nos ayudará a insistir y profundizar en la conversión. Nos obligará a revisar la forma en que acogemos y nos damos a los demás, y la gratuidad con que hacemos ese don (lo que doy a mi Hermana no espero que me lo devuelva).

Ser realista no es tampoco vivir pasivamente. Es ser consciente de que lo que creará lazos entre nosotras es la comunicación que vamos a establecer, los intercambios comunitarios, el saber compartir en comuni­dad y, sobre todo, la caridad espiritual, el perdón, la reconciliación; los intercambios sobre la oración, pero una oración vicenciana. Y, a propósi­to, les invito a leer lo que san Vicente nos dice sobre la oración. Esa ora­ción vicenciana que termina en un buen propósito. Y en buena lógica, si queremos ser fieles al espíritu de san Vicente, cuando compartimos nues­tra oración, deberíamos compartir también la resolución que hemos toma­do al acabar, para que todas sean testigos de nuestros esfuerzos y nos ayuden. Aquello que se dice en público cobra una fuerza mucho mayor que aquello que a veces anda más o menos desvaído en nuestra mente.

Son éstos los medios que el espíritu nos da para unificarnos, para tejer vínculos entre nosotras, con la condición de que estos intercambios espirituales se hagan contando siempre en profundidad con la presen­cia mutua, con la presencia de las demás, gracias a una atención fra­terna muy despierta. Las principales fuentes de unidad son pues, estos intercambios espirituales. Deseo citarles a san Vicente. Es extraordina­rio ver hasta qué punto ha insistido san Vicente sobre la vida fraterna. Él mismo propone a las Hermanas la revisión de vida sobre este punto, en la conferencia del 6 de febrero de 1642 acerca de «las faltas cometidas en el año que acaba de transcurrir». Y la primera falta que señala es «el no soportarse mutuamente». Escuchen también lo que dice el 14 de junio de 1643: «Tenéis que vivir juntas en una gran unión y no quejaros jamás la una de la otra. Para ello, hijas mías, hay que soportarse mucho, ya que nadie está sin defectos. Si no soportamos a nuestra hermana ¿por qué creemos que ella nos tiene que soportar a nosotras?».8

Tenemos que tomar la palabra soportarse en toda su plenitud, llevar sobre. Sigue un magnífico párrafo sobre el perdón.

Los intercambios espirituales constituyen pues, un punto capital para la unión entre nosotras, a condición de que aportemos a ellos una presencia atenta, que sabe escuchar, y un firme deseo de apertura a los demás. Es difícil la coherencia entre palabras y actos y, sin embargo, es a través de los intercambios comunitarios cómo se consigue el propio conocimiento, se alcanza una cierta madurez en la vida de relación con Dios y con las Hermanas y se logra la conversión.

Con auténtica libertad

Nuestras primeras Hermanas habían conseguido que reinase entre ellas la libertad auténtica, que está vinculada al mutuo reconocimiento y aceptación de sus debilidades y sus limitaciones, así como también de sus posibilidades. Hoy necesitamos discernir lo que nos falta para llegar a una mayor madurez en la fe. Muchas perturbaciones de nuestra vida comuni­taria provienen de que las fuentes del pesimismo o del optimismo que vol­camos sobre los demás no son suficientemente objetivas: ¿no llegamos a reconocer en nosotras una exagerada búsqueda de evasiones, una tendencia a la dispersión, una excesiva necesidad de estimación que nos llevan a querer ser centro de la vida comunitaria? A nuestras primeras Hermanas las vemos libres, desprendidas de todas esas rémoras, de todo.

Creo que esta libertad interior es una de las condiciones para hacer­nos crecer en el amor. Cuanto más libertad se tiene, cuanto más libre de estorbos está el corazón, mejor dispuesta se está para amar a los demás. Es preciso, pues, que tratemos de liberarnos de nuestros ídolos, para lo que, primero, tenemos que identificarlos. Todas tenemos ídolos, la pro­fesión, ciertos entretenimientos, determinadas personas, necesidad de seguridad en la salud o en otros aspectos. Tenemos que librarnos de ellos y cuestionarnos a nosotras mismas, sin excusarnos bajo falsos pre­textos. Es muy difícil hacerlo delante de Hermanas que no se cuestionan nunca a sí mismas. De ahí la importancia de restablecer, como lo piden las Constituciones, la revisión comunitaria. Me parece que ésta es una resolución que hay que tomar. Hacernos libres para atrevernos a decir lo que pensamos, reconociendo siempre que estamos lejos de practicarlo. Tener esa humildad en los intercambios fraternos, una gran pureza de intención, llegar a una sencillez de corazón comunicativa.

Hacernos libres para escapar a que nos recuperen las diferentes influencias que penetran hoy en la vida de comunidad, que penetran en nosotras mismas, lo saben ustedes muy bien, lo he dicho muchas veces y quiero decirlo de nuevo, la televisión, el consumo, las cosas super­fluas, la moda, todas estas cosas tan alejadas de un verdadero servicio a Cristo en los pobres.

Sí, establecernos en una gran libertad interior para responder al espíritu, para mantener nuestra identidad específica y comprobar la correlación que existe entre lo que pretendemos ser socialmente, ecle­sialmente, comunitariamente, y lo que somos de hecho. No tengamos miedo a esta confrontación. Debemos hacerla para descubrir si estamos verdaderamente unidas, fraternalmente unidas.

Como Hijas del Amor

Establecernos en una libertad interior para discernir lo que vamos a cambiar, a reformar, a desarrollar; para descubrir y reconocer juntas si nuestra vida va en la dirección de Dios. El primer obstáculo para la vida comunitaria está en nosotras. Es preciso que lleguemos a convencernos de que el principal esfuerzo que tenemos que hacer para convertirnos es centrar nuestra vocación de Hijas de la Caridad sobre el amor, como san Vicente nos lo pide. La vida que Dios quiere para nosotras es que nos amemos. San Vicente nos lo dice: «Amar a Dios, amar a los pobres, amaros mutuamente».9

Relean los hermosísimas párrafos de la conferencia del 4 de marzo de 1658: ¿»Habéis oído hablar alguna vez de un nombre más hermoso ni más favorable para los pobres» que el de Hijas de la Caridad?.10 Y expli­ca todo lo que quiere decir este nombre: «El nombre de Hijas de la Cari­dad es ese amor de Dios, del prójimo, de las hermanas; y en cualquier sitio donde os encontréis, allí estará el cielo…». «Por eso, una de las cosas que más os recomiendo es ésta, porque vuestro Instituto es el espíritu propio de las Hijas de la Caridad, que deben amarse como hijas de un mismo padre».11

Y en la página siguiente: «Procurad pues, haceros dignas del nombre que lleváis, para que no se diga de vosotras lo que se dijo de aquel hom­bre: llevas un nombre de vida, dice el Apocalipsis (3, 1), pero estás muerto; llevas un nombre de caridad, pero eres un hombre que no tiene caridad».12 Y añade: «No es suficiente trabajar para servir a los pobres, es preciso tam­bién tener este amor, esta condescendencia las unas con las otras».

En esto es en lo que digo que tenemos que esforzarnos para amar­nos verdaderamente en la comunidad, para hacer de nuestra vida fra­terna una vida de amistad, de afecto, ese lugar de comunión de que hablan las Constituciones. Si no nos amamos, destruimos nuestra vida misionera, toda una parte de su irradiación misionera desaparece.

Con espíritu evangélico de perdón y de reconciliación

Me parece que uno de los obstáculos a nuestra vida comunitaria consiste en que quizá no es suficientemente fuerte en nosotras la certe­za del amor que Dios nos profesa a cada una personalmente. Desde el momento en que estamos seguras de ser amadas personal y profunda­mente, estamos dispuestas a perdonar. Lo que perjudica las relaciones en comunidad es que tenemos dificultad para perdonarnos, como si Dios no nos amase, hasta tal punto que nos perdona sin cesar. Todo per­dón que otorgamos es una victoria de Cristo en nosotras, y hace que crezca, no solamente nuestra intimidad, sino también nuestra semejan­za con Él. Para los pobres, es extraordinario tener a su lado a alguien plenamente libre y lleno de amor, que no arrastra tras sí ese hábito de tristeza que deja el negarse a perdonar. Todo perdón que se otorga representa la victoria de Jesucristo en nosotras. Ese perdón hace nacer un poco más de amor en el mundo, nuestro mismo ser queda un poco más embebido del amor de Dios, se ha recobrado el vínculo de amor, se ha reparado la ruptura.

La vida y la palabra de una Hija de la Caridad deberían ser, para todos los que la ven vivir, como el libro ilustrado de un gran amor. Debe­rían dejar transparentarse a alguien muy amado, Jesucristo. Si así suce­de, la alegría brillará en nuestros rostros y poseeremos la auténtica liber­tad en la serenidad. En «Evangelii Nuntiandi», Pablo VI nos dice que no podemos evangelizar si estamos tristes. En todo caso, que nunca se dé la tristeza porque no hayamos sabido perdonar.

Una resolución común

Una vez más les remito a san Vicente: «Así pues, no os pongáis a cavilar demasido, sino guardad vuestras reglas, porque son fáciles y ligeras… Cuando digo que no hay que pensar en si es pecado faltar las reglas quiero decir que es menester que esto no os desanime… Además tenéis otras reglas que no os obligan bajo pecado. Cuando se os manda que os améis las unas a las otras y faltáis a ello rompéis una regla, y además pecáis».13

He aquí, pues, mi proposición. Es lo más urgente para el porvenir de la Compañía, porque este amor fraterno está vinculado a la Misión y a las vocaciones. Está vinculado ante todo, al crecimiento de la Caridad en el mundo, del amor en el mundo. Ésta es la conversión que hemos de llevar a cabo, y convertirse, decía nuestra Madre Guillemin, es «coger nuestra vida entre las manos, con todo lo que se es y todo lo que se hace, para colocarla bajo la luz de Dios». Pues bien, la luz de Dios se nos transmite hoy por el proyector de las Constituciones.

Sí, esa es la conversión que hemos de llevar a cabo. Hemos retor­nado hacia un verdadero servicio a los pobres, mejor comprendido, mejor captado, con más inquietudes y más próximo. Creo que estamos también en marcha hacia una pobreza más auténtica. Pero ¿y nuestra caridad fraterna?

Nuestros pequeños paraísos no se han alcanzado aún plenamente y, sin embargo, cuando san Vicente eligió esta palabra paraíso, tan llena de sabor, la tomó en su pleno significado. El paraíso es Dios que está allí, con nosotras. Ahora bien, cuando se destruyen unas a otras con palabras o con actos, Dios no puede estar allí. ¿Cuál es el valor de nues­tras decisiones, de nuestras opciones misioneras, si falta la caridad?

Cuando las Constituciones nos dicen que la vida comunitaria se vive en la confianza y en la conversión, esto significa que la conversión supo­ne un nuevo estilo de amor mutuo. No un amor superficial sino un amor profundo, que es fidelidad al espíritu, que es respuesta al deseo de los Fundadores, y creo que tenemos que volver a encontrar las percepcio­nes, formas más profundas, más sencillas, las más humildes también, pero las más radicales con que san Vicente y santa Luisa concibieron esta vida fraterna. Creo que se trata de llevar a cabo una reconquista espiritual y que la recepción de las Constituciones debe desencadenar nuestra incorporación a ella.

Tengamos el valor de provocar entre nosotras, en comunidad, una revisión franca, humilde, sin eludir nada, aunque resulte dura. Atrevá­monos a plantear la cuestión de nuestra autenticidad misionera y real cuando no estamos en estado de caridad. Atrevámonos a interrogarnos sobre lo disolventes que pueden resultar las multidependencias o la dis­persión en las actividades misioneras. Es absolutamente necesario que volvamos a encontrar la fuerza de la Regla de las Hijas de la Caridad que es Cristo, dulce y humilde de corazón, servidor del Padre y servidor de los pobres, y que volvamos a descubrir, como una fervorosa quema­dura, en el fondo de nuestros corazones, el radicalismo de san Vicente y de santa Luisa. Nosotras estamos un poco lejos de ese radicalismo de los Fundadores.

Hemos de aceptar, todas juntas, como una gran prueba de madu­rez, la decisión de renunciarnos para que algo cambie en nuestra vida de comunidad. Yo renuncio a mí misma para que mi compañera viva, para que hable, aunque no me agrade lo que diga, en tanto que esto no perturba el servicio a los pobres y la irradiación de Jesucristo. La dejo decir, no por pasividad sino por amor, porque tiene derecho a expre­sarse, tiene derecho a su libertad, a su dignidad. Nos quedan muchas cosas por descubrir para que se restablezca esta supremacía del amor entre nosotras.

¿Qué vamos a llevar a los pobres si no somos capaces de amarnos entre nosotras? Es una grave cuestión. Digamos también que quitamos a otras el deseo de unirse a nosotras, porque no se ve que nos amemos. Aquel «¡ved cómo se aman!», era la gran llamada lanzada por los pri­meros cristianos, era su poder de atracción, la que permitió la difusión de la Buena Nueva y la constitución progresiva de la Iglesia. Ahora bien, para que las gentes lleguen a descubrir esto, necesitan vernos juntas y comprobar que nos hablamos, que intercambiamos, que compartimos. Es preciso que nos vean orar juntas. Que compartamos juntas la Euca­ristía lo más a menudo posible, es indispensable para nuestra vida comunitaria, porque la Eucaristía es el vínculo de nuestro amor. Para amarse hay que estar juntas en ciertas manifestaciones importantes de la vida. Hay que hacer un esfuerzo, especialmente ahora, para reunir­nos. Este esfuerzo llevará a veces consigo el renunciar a tal o cual cosa secundaria en relación con la caridad entre nosotras, pero constituirá la prueba de amor que construirá la Comunidad. Mientras nos se pruebe lo contrario, para comulgar con la mente y con el corazón, en las ideas y en los afectos hay que estar ya presentes en el cuerpo.

Sepamos defender esta convicción para contrarrestar esas teorías que dicen que basta reunirse de vez en cuando para formar comunidad. No, es preciso que yo esté allí con mis cualidades y mis defectos, es preciso que las demás estén ahí conmigo, para que haya comunidad. Hay que creer en la presencia física. Es ella quien transmite la irradia­ción del corazón y la participación de la mente. La comunidad, enton­ces, puede transformarse en comunión. ¿Cómo podrá llegar a serio si los tiempos de reunirse son tan esporádicos e intermitentes que, prácti­camente, se reducen a nada o a casi nada?

Quizá esto vaya a obligarnos a cambiar nuestros proyectos comuni­tarios locales, pero no creamos que irá en perjuicio de la Misión, porque la Misión es función de nuestro estado de caridad interior. Ahí es donde no hay que cometer error. Si no estoy en estado de caridad interior con mis Hermanas ¿qué vale mi actividad misionera?

Sí, tratemos de tomar resoluciones en el curso de este trabajo de preparación de las Asambleas Domésticas, a fin de que, al aproximarse a nuestras comunidades, los pobres, las gentes, puedan decir, «¡Ved cómo se aman!». Ésa será la primera revelación del evangelio, como lo fue para los primeros cristianos.

Pidamos a la Virgen María, madre del Amor Hermoso y de la santa esperanza, que nos ayude a mantener esta resolución de crecer en el amor fraterno, para ser de verdad Hijas de la Caridad, siervas de los pobres.

  1. X, 680.
  2. C. 1.16.
  3. C. 2.17.
  4. IX, 29.
  5. Jn, 13, 15
  6. IX, 103.
  7. IX, 111.
  8. IX, 127.
  9. IX, 537.
  10. IX, 1015.
  11. IX, 1017-1019.
  12. IX, 1020.
  13. IX, 737-738.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.