Lucía Rogé: La Hija de la Caridad en un mundo secularizado

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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París, abril de 1982

La palabra conversión, como saben ustedes, significa transforma­ción del espíritu, del corazón. Cada vez que hacemos Ejercicios, cada una de nosotras se encuentra, podríamos decir, con esa provocación que el Señor permite.

En el mismo sentido, hemos de observar que los acontecimientos comunitarios y mundiales son también una provocación que recibimos. Estamos viviendo en la Compañía, un período de aniversarios, cargados de significado. Actualmente, nos estamos encaminando hacia 1983, que señalará el 350-9 aniversario de aquella fecha en que san Vicente y santa Luisa decidieron reunir oficialmente a las primeras Hijas de la Caridad. Esa reunión del 29 de noviembre de 1633 había sido preparada, no lo dude­mos, por la vida y la muerte del precursor, de nuestro Moisés, es decir, de Margarita Naseau, fallecida antes de que se lograra la realización de la comunidad, en el mismo año de 1633, pero en el mes de febrero.

Todas estas evocaciones nos invitan a situarnos ante nuestros orí­genes. ¿Cómo aquellas primeras aldeanas llegaron a ser las Hermanas, total y definitivamente entregadas a Dios y a los pobres?

Si las contemplamos a través de su vida, descubrimos con toda cla­ridad lo que las transformó, de sencillas, buenas voluntades en ardientes misioneras de Jesucristo, a quien reconocían y servían en los pobres. La energía, la fortaleza, el desprendimiento de sí, su poder de acción, pro­ceden de una fuente única, el amor. Toda su libertad se pone voluntaria­mente al servicio del amor. Bien lo sabemos y podemos comprobarlo en el plano meramente humano. Una amistad profunda, un amor verdadero transforman, en cierto modo, a las personas. ¡Cuanto más actúa, tanto más se opera en nosotras esa transformación, a medida que crece, de verdad, el amor a Dios, el amor a Jesucristo nuestro Salvador!

Toda nuestra conversión reside ahí, en dejarnos transformar com­pletamente por el amor, el amor a Dios, el amor a los pobres, el amor a nuestras Hermanas.1

Si buscan ustedes en el Tomo XIV de Coste, la referencia a la pala­bra «conversión», no la encontrarán. Pero si buscan la de la palabra «Amor», amor a Dios, al prójimo, a las Hermanas, se encontrarán con varias páginas.

El amor es nuestra vocación. Un amor profundo, incondicional, tra­ducido día tras día, a lo largo de nuestra vida, con una humildad ver­dadera, que conoce sus limitaciones y su capacidad de fallar, como también su impulso y sus posibilidades de entrega, en fidelidad a la gracia: «Dios es amor y quiere que vayamos a Él por amor»,2 escribía san Vicente a la Señorita, ya en 1630.

Pero ¿cómo ir a Dios por amor, en el contexto de nuestras vidas, en esta época de 1982? Se suele caracterizar a esta época según algunas notas dominantes que no dejan de ser paradójicas:

*  época de secularización, en la que florecen las sectas;

*  época de abstracciones y de ideologías, en la que reinan el con­sumo, la preferencia por lo concreto, lo material;

*  época vuelta hacia el futuro, en la que la gente vive o quiere vivir las sensaciones de la inmediatez, del ahora mismo.

Hablando de esas corrientes de secularización, hace dos meses, en Suiza, nuestro Superior General, nos decía que era menester oponerles resistencia, porque amenazan el porvenir mismo de la Compañía». Le dejo la palabra: «Nos ocurre a veces no querer que se nos tenga por diferentes de nuestros amigos que están en el mundo. Y, sin embargo, diferimos de ellos por la consagración, por nuestros votos. A veces, nos falta valentía para ser aquello a lo que hemos sido llamados a ser».

Hemos sido llamadas a ser el amor y a mostrar a los demás ese amor que Dios tiene por ellos, a vivir el amor a nosotras, a servir por amor.

Cuando hemos venido a la vocación, nos dice san Vicente, nuestro designio ha debido ser «venir puramente por el amor y el agrado de Dios, y mientras estáis en ella, todas vuestras acciones deben tender a ese mismo amor».3

Cualquiera que sea el servicio, tendrá que ser hecho por amor. Pero esto no basta. Este amor debe llevarnos a intentar cambiar los enemigos de Dios en amigos suyos. San Vicente insiste un poco después: «Tenéis, tanto como podáis, que contribuir a hacer que las almas sean amigas de Dios»,4 es decir, conducirlas, orientarlas a que ellas también adopten esa actitud de amor. Y para eso, como el mismo san Vicente escribe en una carta al señor Portail, es preciso que amemos. Es así, como hizo Jesucristo: «Fue menester que Nuestro Señor tomase la iniciativa de amar el primero a los que quiso que creyesen en él».5

La liturgia del tiempo pascual nos propone que meditemos en el amor de Jesús expresado en los sufrimientos de la Pasión y de la Cruz, pero también, y de una manera desconcertante de ternura, en las dife­rentes apariciones del Resucitado: «Al amanecer, estaba Jesús en la ori­lla, aunque los discípulos no sabían que fuese él. Díceles Jesús: mucha­chos, ¿tenéis pescado? Al saltar a tierra, ven que había unas brasas, un pez sobre ellas y pan».6

Meditemos este pasaje de vida: las brasas encendidas, el pez enci­ma, el pan preparado y la ternura de la palabra: «muchachos». Descu­bramos el amor de Jesús a través de sus detalles humanos, y pensemos en esos otros detalles espirituales que, al filo de los días, nos prepara. Sepamos descubrirlos en fe y amor.

El Señor resucitado no se mostró a los fariseos ni a los que lo habí­an condenado. Se apareció a sus discípulos, porque, como lo com­prendió también san Vicente, «fue menester que tomase la iniciativa de amar el primero a los que quiso que creyesen en el».7

Vean también cómo vuelve, ex profeso, por Tomás. Sólo él faltaba y por él sólo volvió el Señor. Miremos detenidamente a Jesús en el evan­gelio, para aprender de Él cómo amar. No sólo en el momento de los grandes acontecimientos, de las pruebas especiales, sino día tras día, persona por persona, en cada situación concreta.

Luchar contra la secularización es eso, hacer continuamente referencia a Jesucristo, «es vivir y obrar sin tener otra mira más que a Dios», «es poner en él solo nuestra confianza», nos dice también nuestro Superior General. Es también saber que todo ataque contra el amor, toda falta a la caridad fraterna, toda destrucción de una amistad, nos aleja de Dios, corta la comu­nicación con Él, nos priva de la luz de su Espíritu -¡Espíritu de amor!-, nos sitúa entre los que rechazan el amor, los que rechazan a Jesucristo.

De ahí, la importancia vital (en el sentido propio de la palabra, que engendra vida) que tiene la caridad entre nosotros. Volvamos a apren­der la fuerza que reside en la reconciliación, en el aprecio bondadoso, en la comprensión, en la tolerancia, en el adelantarse mutuamente, unos a otros, en las atenciones. Recordemos las brasas encendidas, el pez sobre ellas, el pan preparado, ¿por quién?, por Él, por Jesucristo, el Hijo de Dios resucitado.

Adoptemos los medios propuestos por san Vicente y santa Luisa, que las Constituciones nos presentan: el perdón espontáneo o pedido durante una revisión comunitaria, la humildad. Fijémonos también: la conducta tan decepcionante de los apóstoles durante la Pasión no dis­minuye el amor de Jesús hacia ellos. Él nos enseña a superar cualquier sentimiento, cualquier amargura. Nos enseña la dulzura de una amistad que sabe resistir a la tentación de un juicio inapelable. La fuerza reno­vadora del amor verdadero nos enseña la auténtica manera de amar, que rechaza toda agresividad para convertirse en acogida, al estilo del padre del hijo pródigo.

Vivir nuestra vocación en 1982 es construir esa civilización del amor a la que nos convida Puebla, allá donde nos encontramos y a través del servicio que tengamos que hacer. Sigue siendo cierto que los pobres tie­nen cada vez más necesidad de nuestro amor. Tomemos conciencia del potencial de amor que va incluido en cada uno de nuestros esfuerzos de pobreza, pobreza concreta. Es decir, la revisión periódica de nuestro superfluo, de lo no-indispensable, que nos permitirá compartir. Pobreza interior, nuestros intentos para lograr dejar a los demás, mayor espacio ese espacio del que tenemos tendencia a adueñarnos, para permitirles que hablen, que se expresen, que sean tenidos en cuenta, a los ojos de los que nos ven, empezando por hacerlo así, dentro de la comunidad.

En este siglo de abstracciones, de ideología, de planificación, de tecnología, de ciencia, el mundo se hace cada vez más duro e inquieto. El lenguaje resulta extraño, ajeno a los pobres. El único lenguaje que ellos pueden comprender es el de la amistad, el del respeto fraternal, el de un afecto desinteresado, el de una estima mutua. Lenguaje éste que puede introducir en el corazón de las personas el pensamiento de Dios, puesto que es Dios mismo el que nos lo inspira.

El final de unos Ejercicios es siempre empezar. Que éstos sean para ustedes, más que otros anteriores, una conversión resuelta a un amor mayor. El Santo Padre Juan Pablo II decía en enero pasado: «Hablamos de conversión cuando se realiza una transformación fundamental, que opera un cambio en la dirección de nuestra vida. Pero existen también conversiones diarias, casi imperceptibles exteriormente. Tienen por objeto cuestiones minúsculas en apariencia, pero, sin embargo, impor­tantes para el crecimiento del alma».8

Puede decirse que, en último término, son cuestiones que se plan­tean en relación con la autenticidad del amor. Tratándose de amor, aun las cuestiones minúsculas son importantes, y lo que es casi impercepti­ble, no pasa desapercibido para quien ama de verdad. Así le ocurrió a la Virgen María en Caná. Aprendamos junto a ella a vivir el evangelio. Era el único libro de nuestras primeras Hermanas. Lo leían tres veces en el día. Ahí es donde encontraron el sentido verdadero del amor, en segui­miento de Cristo.

Los obispos de Francia, reunidos en Lourdes, este año han dicho: «Dios nos habla por los demás y a través de los acontecimientos. Pero para comprederlo, tenemos que cambiar en lo más íntimo de nosotros mismos. Digamos la palabra, tenemos que convertirnos. Unámonos a Cristo vivo, capaz de dar un soplo nuevo a nuestra existencia».

Sí, unámonos a Cristo en los pobres y en nuestras Hermanas, en donde lo encontramos. Preparemos para todos, las brasas y el pez, pen­semos en tener listo el pan, el pan material y el pan espiritual, nos diría san Vicente. Y quisiera terminar leyendo con ustedes, el testamento de santa Luisa, es decir, lo que le pareció importante decirnos antes de dejarnos. Escuchemos porque no son más que recomendaciones de amor: «Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y, sobre todo, de vivir juntas, en una gran unión y cordialidad, amándose unas a otras, para imitar la unión y la vida de nuestro Señor. Rueguen a la Santísima Virgen que sea ella su única Madre».9

  1. Cfr. IX, 533-538.
  2. I, 149.
  3. IX, 38.
  4. IX, 39.
  5. I, 320.
  6. Jn, 21, 4, 9.
  7. I, 320.
  8. Ecclesia, enero de 1982.
  9. SLM, 835.

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