Lucía Rogé: El Mensaje De San Vicente, Una Revolución En La Acción Caritativa Y Social

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Lyon, 2, 3 y 4 de mayo de 1980

Perdónenme por haber aceptado enunciar ante ustedes algunas ideas que les resultarán ciertamente familiares. En efecto, el espíritu de san Vicente marca ya sus vidas y lo conocen perfectamente. He venido sencillamente, a compartir con ustedes un poco lo que en nosotras, Hijas de la Caridad, provoca el mensaje de nuestro Fundador. Porque san Vicente nos ha legado, a través de sus obras y de sus escritos, un mensaje de permanente actualidad, que sigue siendo signo de la cari­dad, signo de que Jesucristo ha resucitado y que sigue vivo hoy.

El sentido de lo real, que todos reconocen en san Vicente, le hace conceder una atención penetrante a la actualidad sociológica de su tiempo, una atención preferente a los pobres, en la fe y el amor. Es la actitud que yo querría poner de relieve, dejando hablar al mismo san Vicente siempre que sea posible.

Esta atención se revela en numerosos pasajes de sus escritos. Por ejemplo, conocer las diferencias de mentalidad de la gente según las regiones previene a las Hijas de la Caridad que envía a misión de la necesidad de adaptarse a ellas:

«…habéis de disponeros, hijas mías, al sufrimiento; porque no penséis que no habéis de encontrar más que rosas, hay también espinas. Este pueblo tiene una mente sutil y delicada, habéis de esperar ser objeto de sus burlas…».1

San Vicente, cuando se trata de los pobres, concentra su atención y centra su preocupación en descubrir lo que les pesa más en su vida. Y esta atención que presta a la vida de los pobres va a ser la determinan­te de su acción en favor de ellos:

«…No debo juzgar a un pobre aldeano o a una pobre mujer por su exterior, ni por su nivel intelectual, tanto más cuanto que con frecuencia casi no tie­nen rostro ni mente de personas razonables; tan groseros son y tan mate­rializados…».2

En otra parte, hablando de los galeotes, exclama:

«he visto a esas pobres gentes ser tratadas como bestias…».3

¿Qué siente san Vicente en esos momentos? Él mismo nos lo dice:

«id a ver a los pobres forzados de las galeras y en ellos encontraremos a Dios».4

O bien recomienda:

«volved la medalla y veréis, a la luz de la fe, que el Hijo de Dios, que quiso ser pobre, está representado en esos pobres».5

La mirada de san Vicente va más allá de lo visible, y la densidad de su atención proviene de «la luz de la fe» que lo invade y que transfigura su visión del pobre, pasa a ser la manera de acoger a Dios en su vida, e impregna estas relaciones «de respeto, dulzura, cordialidad, compa­sión y devoción» con toda la plenitud que el siglo XVII daba a estas pala­bras. Dejemos hablar a san Vicente:

«El que siente esta estimación y este amor hacia el prójimo ¿puede hablar mal de él? Si estos sentimientos anidan en su corazón ¿podrá ver a su her­mano y amigo sin manifestarle su amor? De ordinario, los actos exteriores dan testimonio del interior… Es propio del amor manifestar respeto y com­placencia a la persona amada…».6

¿En qué radica la actualidad de su mensaje de amor? Hoy, que inte­resa el hombre en una situación concreta, parece, sin embargo, que deberíamos acceder a un nuevo tipo de relaciones. Hace algunas sema­nas el P. Tillard, en un Congreso de religiosas sanitarias, evocando los problemas de la sociedad actual, hablaba de una crisis de ternura y de amor. Decía poco más o menos: a fuerza de avivar la disonancia entre las clases sociales, hemos endurecido colectivamente nuestro corazón. Un mundo sin amor en las relaciones interpersonales es un mundo injusto.

San Vicente, siguiendo a Cristo, nos dirige el mismo mensaje con otra formulación. Se trata de algo muy distinto de la preocupación por unas relaciones humanas agradables; los hombres de hoy y más particularmente los pobres, reaccionan contra el ambiente de indiferencia adminis­trativa, de tecnicismo, de automoción y de ciencia. En los intercambios de todos los días, cada profesión se expresa en un lenguaje, codificado más o menos espontáneamente, con sus abreviaturas y sus propios términos técnicos, que excluyen de la comunicación a los interlocutores ajenos a esa profesión. Éste es, con frecuencia, el caso de los pobres.

El clima tecnificado y automatizado en que se desarrollan nuestros encuentros mecaniza nuestras relaciones habituales. Puede suceder, incluso, que haya sonrisas que son simples actos reflejos, que haya disociación entre sonrisa y mirada. ¡La mirada de san Vicente era otra cosa totalmente distinta!

San Vicente supo ver al pobre y amarlo. Y este amor da un matiz especial a todos los detalles de la relación entre ellos; los de la vida coti­diana de los pobres enfermos, nuestros amos y señores, estarán para él asombrosamente impregnados de la ternura de Dios. Escuchemos una vez más este magnífico párrafo del Reglamento de una Cofradía de la Caridad, la primera, la de Chátillon-les-Dombes, de 1617:

«La que esté de día, después de haber tomado todo lo necesario de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, les saludará cuando llegue con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, -cosa inaudita para los pobres del siglo XVII; san Vicente quería devolver al pobre una cierta dignidad- un vaso, la cuchara y pan; hará lavar las manos al enfermo y rezará el «Benedicite», echará el potaje en una escu­dilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se tratase de su propio hijo, o mejor dicho de Dios, que considera como hecho a Sí mismo el bien que se les hace a los pobres. Le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor; con este propósito, procurará alegrarle si lo encuentra muy desolado, le cortará en trozos la carne, le hechará de beber, y después de haberlo ya preparado todo para que coma, si todavía hay alguien después de él, lo dejará para ir a buscar al otro y tratarlo del mismo modo, acordándose de empezar siempre por aquel que tenga consigo a alguna persona y de aca­bar con los que están solos, a fin de poder estar con ellos más tiempo».7

¡Dar a los pobres la oportunidad de expresarse, de existir respecto a los demás, de que se cuente con ellos y enseñarnos a nosotros el ver­dadero uso del tiempo!

En otro lugar, se habla «de hacer que se cambien de camisa todos los domingos los prisioneros a los que visitan», «de comprobar que el pan que se les da es bueno y tiene el peso que debe»… San Vicente insiste mucho en estos detalles porque, cuando hay amor, los detalles cuentan mucho. Las «Reglas particulares» de las Hermanas de Hospitales son una maravi­lla en este género. Les recomienda, por ejemplo, que, en invierno, calien­ten la ropa antes de cambiar a los pacientes y de mostrar a éstos su pesar cuando se ven obligadas a rehusarles el vino, porque no les conviene.

«¡Ah, cuán grande era la ternura del Hijo de Dios!…¡Llora con los hombres, tan cariñoso y compasivo es!».8

La Madre Guillemin nos dice en lenguaje actual:

«Hemos de humanizar la técnica para hacerla vehículo de la ternura de Cristo».9

Hay veces que san Vicente expresa esta ternura con una dulzura admirativa, como cuando dice:

«¡Señores, la verdadera religión se encuentra entre los pobres. Dios las enriquece con una fe viva; creen… y gustan de las palabras de vida».10

San Vicente nos incita, con estos ejemplos, a entrar en las exigen­cias de una verdadera relación fraterna, que supone acoger y aceptar a los demás con todos los valores de que son portadores. Se traduce en saber escuchar, escuchar sus sinsabores, sus necesidades y sus dese­os. Esta atención particular, tierna y realista a la vez, es el inicio, a menu­do, para quien se beneficia de ella, de su promoción humana.

Esa relación preferente con los más desprovistos la vive siempre san Vicente en la fe y el amor. Repitámoslo: «Dar cabida a los pobres en nuestra vida es en verdad acoger a Dios». Su mensaje es: «Dejemos que la fe y el amor transformen nuestras miradas. En la contemplación des­cubriremos al Espíritu ya operante en los pobres. Él nos guiará hacia nuevos caminos de evangelización». Quizá conozcan ustedes la oración de uno de nuestros contemporáneos; coincide con el pensamiento de san Vicente y recoge su ansiedad de «no hacer bastante» en nuestros esfuerzos por estar presentes a los demás:

«Señor… me parece que al final de los tiempos harás desfilar ante mí todos los rostros de los hombres, mis hermanos, especialmente, los de mi ciu­dad, mi distrito, mi trabajo… A tu luz, leeré en esos rostros, el vacío que yo he excavado, la boca que yo he desfigurado, la mueca que he esculpido, la mirada que he obscurecido y la que he apagado… Entonces, Señor, me dirás: «era yo». (M. Quoist).

San Vicente completa este mensaje fundamental con su propia vida. En ella, la humildad se asocia al amor. La ansiedad por todo lo que queda por hacer lo mantiene en esta actitud que parece ser que no era connatural en él, pero que conquistó para asemejarse a su Salvador Jesús, «manso y humilde de corazón». Una vez tomada su resolución, seguirá profundizando sin cesar en esta disposición de corazón y mente. Se convierte, cada vez más, en todo lo que emprende, en ser­vidor de los designios de Dios. Su humildad pasa a ser expresión de su amor:

«La humildad, dice, es auténtico fruto de la caridad que hace que nos ade­lantemos en mostrar al prójimo honor y respeto en nuestras relaciones con él…. Es hija del amor y fomenta la unión y la caridad».11

La actitud contraria de vanidad y de orgullo, le parecía capaz de arruinar el servicio a los pobres, porque endurece el corazón. Insiste, cuanto más humilde se es, más caritativo se será hacia el prójimo, hacia los pobres, esos pobres a los que hay que

«…guardarse bien de tratarlos con aspereza o despreciarlos; al contrario, tratarlos con respeto y humildad, acordándose de que la rudeza o despre­cio con que los traten se dirige a Nuestro Señor, del mismo modo que el honor y servicio que puedan prestarles».12

En muchas ocasiones, encontramos en san Vicente la palabra «des­precio». Lo experimentó él mismo cuando se le acusó del robo de dine­ro al juez de Sore. Habla mucho de ello a sus hijas para animarlas a vivir este desprecio como condición de solidaridad con los pobres y con la vida del Hijo de Dios en la tierra.

Aun en nuestros días, los pobres son particularmente sensibles al desprecio. Hace dos años, la editorial Stock publicó el libro titulado «El muro del desprecio», escrito por un grupo de obreros con la colaboración de dos personalidades del Centro de Etnología Social y Psicología (Paul-Henry Chombart de Lauwe y Marie Paule Ziégler). Trata de las relaciones en el interior de las fábricas. Sin embargo, nos concierne a todos un poco. Se presenta el menosprecio como enraizado en nues­tras sociedades, abriendo una fosa entre los individuos de las distintas clases sociales. ¿Cómo lo ven aquéllos a quienes afecta? Cito la intro­ducción:

«A lo largo de toda la jornada de trabajo hemos notado esas palabras, ese tono de voz, esos silencios, hemos fotografiado esas actitudes, esas mira­das que traicionan y traducen el desprecio».

El libro analiza después una serie de comportamientos en las rela­ciones interpersonales: mirada, mirada-palabra, mirada que recrimina y promete recordar, tonalidades en el diálogo, silencios que adquieren una resonancia especial.

Se estudia muy ampliamente el tono de voz y se siente no cono­cer la verdadera voz de san Vicente a la que el celo y el amor-ternura debían dar tanta proximidad fraternal. En él no había lugar para el menosprecio. «El amor a los pobres, conforme con el amor que Jesu­cristo les manifiesta, sobrepasa la espontaneidad de la simpatía y de la afectividad. Es ofrenda de toda la persona puesta a su servicio». Así, con la percepción de lo que esperan los pobres, personal y colec­tivamente, establece Vicente de Paúl una especie de comunicación intuitiva con ellos.

Su corazón les pertenece por entero y, a la vez, conserva la libertad que se necesita para el verdadero discernimiento. Su vitalidad misionera llega a ser extraordinaria. Pero la humildad influye en su acción, tanto para ir poniendo paulatinamente en marcha instituciones («no hay que adelantarse a la Providencia») como para dar rápidas respuestas cuan­do se trate de socorrer de urgencia, asumiendo los riesgos que implican. En ambos casos, prepara la acción mediante el recogimiento («Pensaré en ello delante de Dios»), los intercambios con los suyos, la colaboración con los seglares y la referencia constante a la Iglesia local. San Vicente cree en las relaciones con los demás. Establece un nuevo tipo de rela­ciones entre los ricos y los pobres (reléase su discurso a propósito de los niños expósitos), entre los seglares y las Hijas de la Caridad. Moviliza a todos en torno a los pobres que mueren de hambre y se condenan, y a quienes hay que salvar. Se trata de llevarles conjuntamente las dos cla­ses de alimento:

«Debéis llevar a los enfermos dos clases de alimentos, el corporal y el espi­ritual, es decir, debéis también procurar instruirlos diciéndoles alguna buena palabra inspirada en vuestra oración».13

En efecto, las dos formas de servicio, el servicio espiritual y el servi­cio corporal, son indisociables para Vicente de Paúl. Este mensaje debe hacernos reflexionar hoy. Promoción humana y evangelización siguen siendo inseparables para todo vicenciano, lo mismo que para todo cris­tiano. Siguiendo a san Vicente descubrimos que, en nuestras relaciones con los demás, todo puede contribuir a ello si el amor acompaña al ser­vicio; un amor humilde, que nos hace servidores como Cristo, que no vino a ser servido sino a servir. Se nos plantea una exigencia en forma de interrogación:

¿Nuestra caridad es suficiente para anunciar la buena nueva de Jesucristo?

La recomendación de san Vicente es formal. No basta que nuestra caridad sea real y efectiva, debe revelar su fuente, es decir, el Evange­lio, a fin de hacer a las almas amigas de Dios, según su hermosa expre­sión. Hoy se nos invita a todos, casi apremiantemente, a ser desperta­dores de la fe en Jesucristo. A imitación de san Vicente, en la vida cotidiana, hemos de hablar del amor, del amor a Dios. Pero nuestras palabras sólo tendrán credibilidad si están avaladas por nuestras vidas. Hay una manera cristiana, vicenciana, de reaccionar ante el sufrimiento nuestro y de los demás, ante el odio, ante el dinero, ante la injusticia, de manifestar el respeto a los demás y el respeto a la vida. Todo esto forma parte de nuestro servicio espiritual.

San Vicente añadía a ello la nota de perseverancia ante las dificul­tades de todo tipo. El humilde es perseverante porque sabe, por la fe, que es Dios quien actúa y no él solo. Hay un pasaje bellísimo en el que el Fundador de la Misión pone a sus hijos en guardia:

«Podría suceder que, después de mi muerte, algunos espíritus de contra­dicción y comodones dijesen: ¿Para qué molestarse en cuidar de esos hos­pitales? ¿Cómo poder atender a esas personas arruinadas por la guerra y para qué ir a buscarlas a sus casas? ¿Por qué cargarse de tantos asuntos y de tantos pobres?… Pero no los escuchéis, son falsos profetas».14

Podríamos decir también hoy: «¿para qué mantener instituciones para los pobres?» Se las critica, y además para eso está el Estado, etc.

Y sin embargo, sabemos muy bien que, sin ellas, faltaría una dimensión a la Iglesia y a los mismos pobres. ¿A qué conducen iniciativas más per­sonalizadas? Suponen una dispersión de fuerzas. Y sin embargo, Dios ama a cada uno de nosotros, persona a persona, dentro de cada colec­tividad humana. Y también el evangelio ha de manifestarse a esta dimensión. O también, ¿a qué fin agotarse en reuniones, discusiones, o investigaciones, cuando el trabajo profesional reclama nuestro tiempo, cuando la fatiga física hace agotador todo esfuerzo suplementario, cuando los resultados nos dejan insatisfechos? Y sin embargo, no se evangeliza aisladamente, sino formando parte de la Iglesia.

A este propósito, quisiera destacar cómo el amor, en san Vicente, es también apertura a lo universal. Lejos de limitar su atención a los pobres de «Isla de Francia», salta por encima de las fronteras en una época en que se necesitaban catorce días para ir de París a Angers, envía sus Misioneros a Irlanda, a Berbería, a Madagascar, y a las Hermanas a Polonia, con todos los riesgos imaginables. Hoy, cuando una parte de la humanidad se ve tentada por el ateísmo, tenemos que hacer algo para mostrar el gran signo del amor cristiano. Socorrer a los pobres, para ampliar nuestras iniciativas a las dimensiones del mundo, haciendo que se reconozca en ese amor una presencia del evangelio.

Me atrevo a compartir con ustedes un problema que se ha presenta­do con motivo del envío de Hermanas en socorro de los refugiados cam­boyanos en Tailandia. Como Hijas de la Caridad nos hemos sentido lla­madas a ello. Pero, en principio, sólo se podía ir bajo los auspicios de organizaciones internacionales. Las numerosas gestiones realizadas con varias de ellas resultaron decepcionantes. Unas enviaban material, pero no personal, otras, que admitían personal, planteaban unas exigencias muy difíciles de satisfacer para nosotras: tres años de experiencia en ultramar (y las Hermanas que estaban en ultramar no podían abandonar su trabajo allí), hablar inglés con fluidez, comprometerse a la más estric­ta neutralidad, etc. Finalmente, las Hermanas marcharon a Tailandia, con los refugiados, sin respaldo oficial. Una Hermana, misionera en Tailandia, consiguió hacerlas entrar en los campos de refugiados desde el princi­pio, aunque con cierto riesgo de no integración y de verse rechazadas. Ahora bien, las Conferencias de San Vicente de Paúl están reconocidas oficialmente como organización internacional en numerosos países y reflexionando sobre esta dimensión universal de atención a los más pobres, quizá, a la vista de los urgentes problemas mundiales, tengamos que inventar algo, juntos, en su favor. Esto vendría a completar la cola­boración local que he podido apreciar y valorar en muchos países, especialmente, en Brasil (es cierto que las Conferencias del Brasil fueron ya mencionadas por Ozanam en Sens, el 20 de abril de 1849).

Y, por último, entre mis últimas observaciones quisiera expresar una convicción. La actualidad del mensaje, que tanto unos como otros hemos recibido, ha de ir acompañada de esta convicción: existe una identidad vicenciana específica. El estar sellado por ella lleva consigo la preocupación atenazante por la plena promoción de los pobres. Vivirla implica mantenernos unidas a Dios en todo el entramado de nuestras jornadas, huyendo tenazmente, tanto de la despreocupación como de los prolongados olvidos.

Permítanme insistir sobre la identidad vicenciana. Importa a la Igle­sia que conservemos el carisma que nos es propio. Ahora bien, el caris­ma vicenciano de solidaridad con los pobres se expresa en primer lugar por una disposición de atenta escucha a sus llamadas, por una dispo­nibilidad amorosa y fraterna para responder a sus necesidades perso­nales y colectivas actuando sobre las estructuras, tantas veces como se pueda y cada vez que se pueda. El matiz vicenciano pone en las rela­ciones humanas el ardor de la caridad y la humildad del servidor.

Hay una manera vicenciana de abordar a los pobres, hecha de sen­cillez, de humildad y de ternura, la del Señor Jesús dulce y humilde de corazón. La Sociedad a la que pertenecen ustedes, que nació de esta espiritualidad vicenciana, está llamada a responder, como lo estamos nosotras, al desafío actual de la indiferencia, de la dureza llena de orgu­llo que imperan en las relaciones del mundo. Es importante tomar con­ciencia de la diversidad y de la extensión de las llamadas en este campo. La curva frecuente de suicidios, sobre todo entre los jóvenes, el recurso a la droga, el número de llamadas al teléfono de la Esperanza, la soledad de las personas ancianas, la juventud de tantos presos, la recrudescencia del número de los sin hogar, nos revelan la interminable lista de los malamados.

Sobre este tema de la solicitud hacia los pobres, de su promoción total, Don Helder Camara decía últimamente que «san Vicente, después de Cristo, sigue siendo el modelo de los modelos…» San Vicente había comprendido lo que dice «Evangelii Nuntiandi» y que el Santo Padre repi­tió en Puebla: «que entre evangelización y promoción existen lazos muy profundos».15 Las disposiciones de mente y de corazón que suscita en nosotros el mensaje vicenciano tenemos que manifestarlo también en un mundo roto, angustiado, mundo de violencia y de lucha, mundo materializado y secularizado. Descubrimos que es el más exigente de los mensajes. Y para serle fieles, todas las relaciones, todas las estructuras deben impregnarse del evangelio, estar marcadas por la búsqueda de la justicia, el respeto a los demás en la integridad de su ser. Hay que correr riesgos, pero va en ello el honor de Dios, nos decía san Vicente.

En fin, vivir la identidad vicenciana supone una relación con Dios en toda la trama de nuestras jornadas. Escuchemos una vez más a san Vicente:

«Hay que imitar al Hijo de Dios, que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios, su Padre… Todas vuestras acciones tienen que tender a este mismo amor».16

Para san Vicente, la vida se transforma por amor en una continua oración ante Dios, empapada de profunda humanidad, alimentada de contemplación tanto en el seno mismo del servicio como en la oración. Sin embargo, el tiempo del silencio le parece indispensable para

«escuchar a Dios, hablarle y atender sus deseos, apartándose del jaleo y de la conversación de los hombres, para oírle mejor».17

De este modo, se hace más profunda la relación fundamental entre el amor a Dios y el amor al prójimo. A la medida de este amor, crecen en nosotros las exigencias de la justicia y el ardor para responder a ellas. Pero hoy, a ustedes como a nosotras, solicitados por tantas proposicio­nes diversas, empujados por el ritmo de la vida, no nos parece siempre evidente que un tiempo de oración pueda cambiar nuestra mirada, nuestra relación con los demás, y alimentar en nosotros esa disposición de amar a los más desposeídos de nuestros hermanos. Sin embargo, el mensaje de san Vicente, lleva también consigo esta referencia.

Los mejores discípulos de san Vicente nos han demostrado, con el lenguaje convincente de su vida, lo que puede realizar una existencia invadida por la fe y el amor. Es lo que ocurría con sor Rosalía y con Federico Ozanam. Este último escribía el 24 de septiembre de 1848, a propósito de los sufrimientos del pueblo de París:

«Me siento desgarrado por el espectáculo de la miseria que los devora».18

¿No es como un eco de aquella frase atribuida a san Vicente: «Los pobres son mi peso y mi dolor»?.19

Son gritos del corazón. Federico Ozanam añade en esta misma carta:

«La Sociedad de San Vicente de Paúl encuentra allí grandes obligaciones y quizá Dios no le ha preparado progresos tan rápidos, sino para ponerla al nivel de la tarea que él mismo le preparaba…».20

Un poco más adelante se percibe, como en san Vicente, el amor y la admiración por los pobres:

«Es bueno ver en sus casas, rodeados de sus niños y sus mujeres, a estas pobres gentes que han visto demasiado en las barricadas. Se reconoce entonces con admiración todo lo que hay todavía de cristiano en este pue­blo y, por consiguiente, todo lo que hay en él de recursos».21

Sí, el mensaje de amor que hizo de san Vicente «el gran Santo del Gran Siglo» y que ha sido oído y multiplicado doscientos años más tarde por el Fundador de ustedes, conserva toda su actualidad, la actualidad misma del evangelio. Vuelve a introducir en nuestros corazones el impe­rativo del mandamiento: «Amarás…» «Amarás a tu Dios… Amarás a tu prójimo». Escuchemos una vez más cómo lo traduce san Vicente:

«Pedid al Señor el don de comunión con los pobres».

Y Federico Ozanam, en una nota dirigida a los cohermanos de Lyon en 1834 (pero que podía estar firmada en 1980), nos dice:

«En este tiempo de desunión, nos sentimos felices con todo lo que puede unir, y cuando la mayor parte de los hombres se toman tanto trabajo para odiarse; ¿cómo no trataríamos de amarnos?».22

  1. IX, 1182.
  2. XI, 725.
  3. IX, 749.
  4. IX, 240.
  5. XI, 725.
  6. XI, 556.
  7. XI, 556.
  8. XI, 560.
  9. Sor Susana GUILLEMIN, 0.C., p. 179.
  10. XI, 462.
  11. XI, 562.
  12. XI, 1193-1194.
  13. IX, 535.
  14. XI, 395-396.
  15. EN, n. 31.
  16. IX, 38.
  17. XI, 787.
  18. OZANAM, Lettres, vol. III, Paris, Celse, p. 459.
  19. ABELLY, O. C., p. 631.
  20. OZANAM, Ibídem.
  21. OZANAM, o.c., pp. 459-460.
  22. OZANAM, Lettres, Vol. I.

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