Lucía Rogé: Bárbara Angiboust

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.
Sor Lucía Rogé, H.C.

En el Cursillo Vicenciano Internacional, 29 de septiembre de 1990

«Todo intento de renovación y adaptación que no tuviera como punto de arranque el deseo de volver a valorizar el espíritu de los comienzos, estaría de antemano condenado al fracaso; pero, en cambio, se pre­senta a nosotras como verdadero trabajo que llevar a cabo, el despojar a este espíritu de las prácticas que se le han añadido como un peso muerto y el descubrir la forma con la que debe expresarse en el mundo actual».1

Nos encontramos frente a Bárbara Angiboust quien, según el Padre Coste, ocupa el lugar más importante, después de santa Luisa, en los veinticinco primeros años de la historia de la Compañía.2

Bárbara fue bautizada el 6 de julio de 1605, en la iglesia de San Pedro de Serville, en la diócesis de Chartres. Serville es un insignifican­te municipio de menos de doscientos habitantes, muy cercano al gran bosque de Dreux. Este detalle tiene su importancia, porque Bárbara es una verdadera hija del campo.

Ingresa en la Compañía, el 1 de julio de 1634, con 29 años; hace los votos por primera vez, el 25 de marzo de 1642, ocho años después de su ingreso, juntamente con la señorita Le Gras, María Dionisia, Enri­queta Gesseaume y la señora Turgis. Tiene entonces 37 años y, como hemos dicho, ocho de vocación; muere en Cháteaudun, el 27 de diciem­bre de 1658. Tiene 53 años.

Parece que, cuando entró en la Compañía, vivían todavía sus padres, ya que se tienen noticias de la muerte de su padre y de un her­mano en 1653. Se sabe que es mayor que su hermana Sor Cecilia, que entró cinco años después que ella. Santa Luisa hace mención de otra hermana… Bárbara sabía leer y escribir.

Lo que vamos a hacer no es un análisis de la vida de Sor Bárbara, sino de precisar brevemente y a partir de dos o tres rasgos, cuál fue la respuesta que dio al servicio de los pobres. Es cierto que todas las primeras Hermanas no eran todas «unas Bárbara Angiboust», pero en su conjunto, todas estaban animadas por el mismo deseo de fidelidad a Dios y a los Pobres.

Para responder al tema que se me ha propuesto: el Servicio a los Pobres en nuestras primeras Hermanas, especialmente en Bárbara Angiboust, quiero, con ayuda de los textos de los orígenes, limitar nues­tra reflexión a algunos puntos.

  1. La comprensión del «carisma» de la Hija de la Caridad que se dio en Sor Bárbara: «Totalmente entregadas a Dios para el servicio a los pobres»: disponibilidad, competencia, desprendimiento de sí misma dentro de la obediencia.
  2. Su modelo: Jesucristo, Servidor.
  3. Su resolución principal, lema de su vida: la humildad.

I. La comprensión del carisma

Entra en la Compañía el 1 de julio de 1634. Con ella, hay once jóve­nes más reunidas en torno a la señorita Le Gras: María Joly, Micaela, Margarita, María Dionisia. Transcurrido un mes, el 31 de julio de aquel año 1534, sabemos que las doce escucharon la conferencia de san Vicente, cuyo texto ha llegado hasta nosotras.

La atención de Sor Bárbara debe de ser profunda, porque parece que las palabras de san Vicente han dejado en ella una huella para toda su vida: «Servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas… No estáis solamente para su cuerpo, sino para ayudarles a salvarse».3

Hay que leer lentamente esta conferencia: en ella se descubre todo «lo fundamental de la vocación». La plegaria de conclusión, que hace san Vicente, parece haber sido escuchada por el Señor: «Que la bondad de Dios quiera imprimir de tal forma en vuestros corazones lo que yo, miserable pecador, acabo de deciros de parte suya, que podáis siem­pre acordaros de ello para practicarlo y ser de esta forma verdadera­mente Hijas de la Caridad».4

Sor Bárbara escucha… Sor Bárbara oye… Sor Bárbara absorbe las palabras que está oyendo. Igualmente lo harán las demás con las que van ustedes a entrar en contacto: Juana Lepeintre, Nicolasa Haran, María Joly, María Dionisia, la señora Turgis.

Cuando tiene dos años de vocación, san Vicente le pide a Bárbara que vaya a casa de la señora de Combalet, sobrina de Richelieu. Esta quiere disponer de una Hija de la Caridad «para sus buenas obras». San Vicente ya se lo había pedido a María Dionisia, que se negó rotunda­mente: había dejado a su padre y a su madre para servir a Dios y a los pobres; no puede cambiar de proyecto. Después de haber intentado lealmente obedecer, Sor Bárbara vuelve llorando a decir a san Vicente que el lujo de aquella casa la espanta, porque «Dios la ha dado a los pobres». Sor Bárbara expone también a la duquesa la razón de su negativa: «Si fuera usted pobre, señora, la serviría con gusto».5

Es necesario confrontar estas dos frases: «Dios la ha dado a los pobres» y «Si fuera usted pobre, la serviría con gusto». San Vicente expe­rimentó una alegría profunda ante la acción del Espíritu de Dios en el corazón de sus Hijas.6 Las dos frases de Bárbara son la traducción de su vocación de Hija de la Caridad: somos de Dios, que nos da a los pobres, y la pobreza es la condición necesaria para que hagamos la entrega de nuestro servicio… sin otra consideración de la persona. Sor Bárbara había comprendido bien. Ha hecho suya la doctrina de san Vicente y corresponde a su llamada interior.

Veamos los diversos aspectos de la fidelidad al servicio a los pobres.

1. La mansedumbre

«No os irritéis jamás contra ellos… Bastante tienen con sufrir su mal. Pensad que sois su ángel de la guarda visible, su padre y su madre… Dios os ha constituido para que seáis su consuelo».7

La mansedumbre o dulzura (cfr. santa Luisa) nace de la humildad y el amor. Esto es lo que ocurría con Bárbara cuando estaba al servicio de los condenados a galeras. El testimonio de sus compañeras muestra hasta qué punto se había dejado impregnar por el carisma. Sor Juana Luce refiere cómo impedía Bárbara que los guardianes maltrataran a los galeotes, y esto no sólo una vez, sino que renovó sus esfuerzos hasta cinco o seis veces, llegando «a ponerse de rodillas ante aquellos guar­dianes para conseguir su clemencia».8 Voz de los que no tienen voz… Derechos humanos….

2 . La mirada de Fe

En los Niños Expósitos, se nos dice que Bárbara tenía entre sus bra­zos a los niños durante toda la noche cuando no había cunas suficien­tes. Ella misma dirá que «contemplaba al Hijo de Dios recién nacido».9 Ese gesto de ternura encuentra su plenitud en su mirada de fe.

3.  La competencia

En los Fundadores, la mirada de fe va unida a la conciencia profe­sional. Santa Luisa envía a Sor Bárbara a visitar a los niños que están en casa de una nodriza. Vuelve de su cometido con informes concretos acerca del niño, su salud, su estado anímico; con informes también de la nodriza. El trabajo hecho con seriedad y competencia es el comple­mento del servicio a los pobres. Las recomendaciones de los Funda­dores, su preocupación por la formación de las Hermanas, son cons­tantes: en términos de justicia, los pobres tienen derecho a un servicio de calidad.

4.  La disponibilidad

En la conferencia del 31 de julio de 1634, tan importante por lo que se refiere a la formación, san Vicente les dice a las primeras Her­manas:

«Hay que estar dispuestas a ir a donde quiera que se os ordene, e incluso a pedirlo y decir: «Yo no soy ni de aquí ni de allí, sino de todas partes a donde Dios quiere que vaya»… Vosotras habéis sido escogidas para estar de esta forma bajo la disposición de su Divina Providencia10 … a su disposición para el servicio de los pobres».

San Vicente y santa Luisa pidieron a las primeras Hermanas la vivencia de la disponibilidad misionera, fruto de la obediencia y del desprendimiento de sí mismas. Sor Bárbara, en veinticuatro años de vocación, asumió el sacrificio de unos doce destinos. A veces, en alguna de las ocasiones, no se le da ni tiempo ni posibilidad de pre­pararse… como cuando fue enviada a visitar a las Hermanas de Santa María del Monte, momento en que recibió allí mismo la indicación de regresar directamente a la Casa Madre, sin volver a su comunidad, y se la destinó a Cháteaudun. Nada ha de poner trabas al servicio a los pobres, puesto que es la primera y final obligación de las Hijas de la Caridad. ¡Tantas veces -ella como las demás- había oído: «Entregaos a Dios… Entregaos a Dios para…»! Esta disponibilidad, de la que san Vicente habla concretamente en las cinco conferencias que hizo sobre la indiferencia, es una de las características de la «entrega» de las pri­meras Hermanas.

II. En seguimiento de Jesús servidor

Algunos meses después de la muerte de Sor Bárbara, las primeras Hermanas se reunieron en torno a los Fundadores. Cada una iba a expresar las virtudes que la habían caracterizado de manera particular.

Sor Ana Vallin señaló la gran exactitud de Sor Bárbara en observar las Reglas. Y añade: «No tenía respeto humano». La Hermana que habla a continuación repite: «No tenía en absoluto respeto humano». San Vicente confirma: «Esto es verdad, Hermanas» y añade este magnífico testimonio: «No he visto nunca a nuestra Sor Bárbara hacer nada contrario a lo que debe hacer una verdadera Hija de la Caridad».11

Esta verdadera Hija de la Caridad asume todas las exigencias de su vida de sierva, copiando a su modelo, Jesucristo, Servidor del designio de amor del Padre. En seguimiento de Jesucristo Servidor, Sor Bárbara se hace también servidora del designio de amor del Padre. Y lo hace a través de la vida de cada día. Son numerosos los ejemplos que pueden aducirse:

El Amor es paciente… y Sor Bárbara soporta las dificultades del ser­vicio a los condenados a galeras: aquellos hombres son duros, grose­ros. Pero sin una queja, Sor Bárbara recoge del suelo la carne y la sopa que le han tirado a la cara. Los ama de verdad y les muestra la misma cara tan serena como antes, como si no le hubiesen dicho ni hecho nada. San Vicente, tras la afirmación de Sor Juana Luce, hace él mismo la comparación con la actitud de Nuestro Señor en su Pasión y añade: «Si no lo hacéis así, todavía les enconaréis más contra vosotras y les daréis motivos para ofender más a Dios».12

III. La humildad de la sierva

Ese deseo de «reproducir a Jesucristo a lo vivo» (o, repitiendo otra expresión de San Vicente: «Quien viera la vida de una Hija de la Caridad, vería sin comparación la vida de Nuestro Señor Jesucristo»), lleva a Sor Bárbara a tomar una resolución para toda su vida: la de la humildad de la sierva. ¿No nos ha dicho acaso Nuestro Señor: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón»? Y Sor Bárbara se aplica a esa humil­dad que procede del amor, fuerza y apoyo de la vida de la sierva de Jesucristo en los pobres. Siguiendo esta línea de conducta, Sor Bár­bara tomará pronto la decisión de firmar sus cartas «Bárbara la orgu­llosa».13 Santa Luisa explica que lo hacia así por el deseo que tenía de adquirir la humildad, en lo que trabajó sin descanso. «No la he visto nunca renunciar a sus resoluciones». En esta línea, Bárbara escribía al Señor Portail: «Ya conoce usted la necesidad que tengo de estar en guardia con relación a mis prontos de carácter y a tantas otras impar­fecciones».14

La conquista de la humildad por parte de Sor Bárbara es una acti­tud de verdad. La prueba de ello nos la da María Joly, que aporta este testimonio: «Padre, yo estuve con ella al principio de la fundación de la Compañía… que era muy alegre con las Hermanas» (una humildad tris­tona traicionaría una preocupación demasiado grande por una misma, lo que no es humildad). Pero san Vicente aprueba: «Es verdad, tenía siempre muy buen humor. Era de trato muy agradable»…15

En ella, la humildad corría parejas con una autentica libertad interior. En esa búsqueda de autenticidad de la verdadera sierva, santa Luisa podrá llegar a afirmar: «Nunca le he visto sentir repugnancia de nada».16

En efecto, la verdadera sierva no muestra repugnancia por nada, porque su corazón, su mente, su voluntad están orientados hacia sus Amos y Señores los pobres; cuanto más desfigurados, desgraciados, abandonados, sucios, avergonzados están… tanto más los amará, tanto más le recordarán el rostro del único Maestro, de Jesucristo. Una Her­mana joven me escribía hace poco:

«¡Qué difícil es ser fiel! … Sí, ¡qué difícil es, aun cuando se quiera vivir en plenitud el servicio, no verse hastiada, cansada, desalentada incluso, a veces por las exigencias del servicio!»

Su deseo de humildad hace entrar a Sor Bárbara, por un camino de una mayor proximidad y comprensión de aquellos a los que la une su entrega total a Dios. Por ejemplo, en un viaje; se niega a sentarse a la mesa a comer con una señora, diciendo que: «Éramos pobres y que tenían que tratarnos como pobres».17 Es una invitación a que la vida de los pobres se convierta para nosotras en nuestro tormento… y en nues­tro punto de referencia… en la manera de enfocar nuestra vida

Unidas por el servicio a los pobres. Me parece que podemos seña­lar en Sor Bárbara, como en todas nuestras primeras Hermanas, un esfuerzo continuo, en simbiosis con su búsqueda de humildad, un esfuerzo por practicar la pobreza. Esa pobreza, en ellas, se traducía por cierta austeridad de vida. Eran muy mortificadas en la comida, también en el estilo de vida (comodidades combatidas con la ascesis) Rápida­mente -y quedándonos en un nivel superficial- podríamos objetar: «Pero procedían de un ambiente rural de la Francia cristiana del siglo XVII…» Es verdad que, de entonces a nuestro tiempo, se ha operado una gran evolución. Sin embargo, les expongo lo que a este respecto nos dice Madre Guillemin:

«Tenemos que mantenernos cercanas a los más pobres… Esta cer­canía a los pobres es uno de los valores esenciales y característicos de nuestra vocación, valor difícil de conservar y de hacer crecer en el mundo actual. Este debe ser uno de los puntos en los que pongamos mayor atención en nuestra vocación… porque la manera de vivir es de la mayor importancia».

«San Vicente y santa Luisa hablaron de la pobreza y establecieron nuestra vida apoyada en ella y en los pobres. Por lo que a nosotras se refiere, la pobreza es un valor primordial, que tiene que permanecer entre lo que dio origen al establecimiento de nuestra Comunidad, es decir, la voluntad de estar al servicio de los pobres».

Sor Bárbara, como la mayoría de nuestras primeras Hermanas, como nos ocurre a nosotras hoy, no careció por completo de defectos. Al principio de su vocación, santa Luisa tuvo que reprocharle sus pequeños desdenes, su falta de tolerancia, sus sequedades hacia Sor Luisa Ganset.

Sin embargo, Sor Bárbara se fue penetrando poco a poco de la doc­trina de santa Luisa, en especial acerca del servicio a los pobres. En sus recomendaciones, santa Luisa insiste con frecuencia en la manse­dumbre y la humildad. ¿No son estas virtudes las características de una «sierva»? La transformación se operó en Bárbara. En las cincuenta cartas de santa Luisa, que ella conservó, podemos ir percibiendo el trabajo de la gracia, hasta el punto de que, ya en los últimos años, la Fundadora podrá escribirle: «Conozco su corazón y sé que no es tacaño en humillaciones…»,18 o también, al tratarse de dar algunos avisos a las Hermanas de Varize: «y diera sus buenos consejos con suavidad y cari­tativamente, como acostumbra».19

Y con san Vicente, podemos concluir: «Démosle gracias por el buen uso que hizo nuestra Hermana de la gracia de su vocación… Propongá­monos trabajar en la práctica de las virtudes de esta sierva de Dios y verdadera Hija de la Caridad, que quiere decir verdadera hija de Dios’.20

  1. Sor Susana Guillemin, o.c., p. 37.
  2. I, 333.
  3. IX, 25.
  4. IX, 32.
  5. IX, 1164.
  6. I, 358.
  7. IX, 25.
  8. IX, 1165.
  9. IX, 1170.
  10. IX, 30.
  11. IX, 1163.
  12. IX, 1165.
  13. Documentos, D. 697.
  14. Idem, D. 500.
  15. IX, 1167.
  16. IX, 1168.
  17. IX, 1171.
  18. SLM, p. 341.
  19. SLM, 550.
  20. IX, 1170.

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