Los laicos y el Señor Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Pierre Renouard, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1995.
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Cuando el Sr Vicente llega a París en 1608 un torbellino agita la Iglesia de Francia después del Concilio de Trento. Frente a la reforma protestante que aboga en favor de un sacerdocio integral de todos los bautizados, los líderes católicos se sienten inclinados a dirigir sus esfuerzos hacia el sacerdocio ministerial. Pero, debido a su acción, hombres y mujeres vuelven a equilibrar esta reacción de la Reforma católica. Por ejemplo laicos piadosos frecuentan con asiduidad el salón de «la bella Acarie», marquesa de Maignelav, Mme. Jourdain, La princesa de Longueville, Mme. Billard, Michel de Marillac, Mme. Sainte Beuve, Mme. de Bréauté. Allí se cruza Vicente de Paúl con estas gentes de valor y encuentra también a sus maestros: Benoît de Canfield, André Duval, Pierre de Bérulle y Francisco de Sales…1

Con ellos, Vicente va a ocupar un puesto de primerisíma categoría en el resurgimiento religioso del siglo XVII. Aporta un suplemento de alma apostó1ica a su tiempo introduciendo a los laicos en la evangelización y servicio de los pobres de la Iglesia de Francia. Sigue siendo así un modelo y un faro para el nuestro.

Vicente actúa gracias a los laicos y con ellos.

Vicente despierta la responsabilidad de los laicos para el servicio de los pobres.

De esta forma pone en marcha una intuición que le es propia y que trataremos de esclarecer.

I. Una acción gracias a los laicos y con ellos

Nacimiento

A menudo lo olvidamos. Son laicos y en particular mujeres quienes ponen en marchaal joven sacerdote que es todavía Vicente de Paúl cuando encara el gran giro de su vida sacerdotal A los 31 años es cura párroco de Clichy y descubre desde un principio el gozo de ser un pastor satisfecho: «Pienso que el Papa no es tan feliz como un cura en medio de un pueblo de buen corazón». Esta experiencia de Clichy se convierte en el molde misionero del que su alma siempre conservará nostalgias. De ello hablará cuarenta años después con calor. De momento obedece al Sr. de Bérulle quien le propone un ingreso entre los grandes. Se convierte en preceptor de los hijos de Gondi cuyo jefe de familia es el general de las galeras de Francia. Y allí encuentra sobre todo a la generala quien le abandona su espíritu.

En enero de 1617, está en Gannes a 13 km del castillo de Folleville. Un campesino se está muriendo y da las gracias a gritos frente a la condenación de que se ha liberado. La sorpresa es tal que la santa mujer empuja al Sr. Vicente a la acción. A partir del día siguiente, en Folleville,  el Sr. Vicente confiesa y busca refuerzos en Amiens. ¿Cómo no darse cuenta de que nada habría pasado sin la ayuda e insistencia de la Sra. de Gondi? Ella es en verdad la causa primera del descubrimiento de la urgencia misionera nacida del desamparo espiritual de sus campesinos.

Ya el Sr Vicente «misiona» por las tierras de los Gondi. En Chatillon-les-Dombes, parroquia presentada por Bérulle, otro suceso le conmueve: la necesidad pone en movimiento, un domingo a las buenas voluntades femeninas hacia una familia enferma. Al día siguiente ocho damas se comprometen y se organizan. El 23 de agosto san Vicente les entrega un primer reglamento.»Chatillon es el primer lugar donde se estableció la caridad». Y desde este lugar, vicenciano por excelencia, las Caridades no han dejado de desarrollarse a partir del Reglamento definitivo redactado por el Sr. Vicente y entregado solemnemente a las primeras damas de la Caridad, en la Capilla del Hospital de Chatillon, el 8 de diciembre de 1617, momentos antes de dejar definitivamente su parroquia la víspera de Navidad. Por segunda vez, son las mujeres, laicos -apoyadas por sus maridos- quienes determinan la acción de san Vicente.

Los dos pilares que van a soportar la acción del Sr. Vicente deben su existencia a laicos. Eso hay que subrayarlo y ponerlo en candelero hoy. No les dirá a las damas de París un día en que se sentía proclive a 1as confidencias o tal vez en pleno arrojo gascón: «Hace 800 años más o menos que las mujeres no han tenido empleo público en la Iglesia; las había antes a quienes llamaban diaconisas… He aquí que la Providencia se dirige hoy a algunas de entre vosotras para suplir lo que faltaba a los pobres enfermos del Hôtel-Dieu». Exageración o profecía?

De ahí en adelante el itinerario continúa con una lógica implacable: es preciso misionar, anunciar la Buena Nueva, librar las conciencias, unirlas só1idamente a Cristo y organizar las «Caridades» al final de la misión, ya que los corazones no pueden unirse a Jesús a menos que de alguna forma se hayan visto libres de las necesidades terrenas. «Misión y Caridad» son indisociables del pensamiento y de la acción vicencianas. Lo que está en juego se lo merece y no habría podido existir sin los laicos.

Mujeres y hombres

Aquí están las buenas voluntades de Villepreux (en 1618) de una manera especial de Jean Coqueret, doctor en teología, los Srs. Berger y Gontière,  clérigos consejeros en el Parlamento prestos a remangarse para ayudar a las mujeres de la parroquia; las de Joigny (1618) donde se ve surgir a dos enfermeros; las de Montmirail (1618; las de Folleville, Paillart y Sé ré villers (en 1621) donde se organizan caridades de hombres. En Joigny y en Montmirail, San Vicente intenta una fusión, sin éxito, ya se sabe. Sin embargo el ensayo de caridad mixta culminará en Mâcon (1621) donde todos los notables de la ciudad se movilizarán contra la miseria para ayudar a los 300 pobres de la ciudad, aunque se anunciaba el episodio de la gran reclusión de los pobres. No hay por qué olvidar estas colaboraciones y relaciones, ni ser utópicos. De momento, él decreta la guerra a la miseria y sabe buscar ayuda.2

Las damas de la Caridad

Hace aproximadamente dos años que san Vicente conoce también a otra dama de condición: Luisa de Marillac. Para sacarla de sí misma la lanza enseguida como «Inspectora» de las Caridades que no cesan de fundarse en cada misión. Aquí tenemos a una mujer piadosa, modelada por la oración y las pruebas que se entrega de forma total a la Aventura de la Caridad. Recorre las diócesis de París, Beauvais, Soissons, Meaux, Châlons y Chartres. Da cuenta de sus visitas al Sr. Vicente ocupado en las Misiones.

En 1629 exige que se instale la caridad en San Salvador, su parroquia. Es la entrada en París. San Vicente salta la frontera de la gran ciudad y de los campos para entregarse a la miseria ciudadana. En 1631, otras cuatro Parroquias de París tendrán su Caridad: S. Nicolás, S. Eustaquio, S. Benito y S. Sulpicio.

Luisa federa las buenas voluntades: «El impulso de caridad, suscitado por Vicente de Paúl, alcanza las parroquias de París. Marquesas, condesas, duquesas y hasta princesas, todas desean entrar en las filas de las Damas de la Caridad. Emulación evangélica, totalmente conforme al espíritu de la Reforma cató1ica. Descubren la pobreza y a los que la padecen. Están llenas de generosidad, abren sus bolsillos...».3

El Padre Coste enumera unas cuarenta damas de condición -y mujeres principalmente- que sostienen la acción del Sr. Vicente y hasta la centuplican por su propio compromiso espiritual, material.  (G3GS I,c.XII, pag 271).

Gastón PARTURIER ha ensayado una clasificación significativa:

«La nobleza se escalonaba en todos los grados de la aristocracia:
Baronesas de Renty y de Mirepoix;
Condesa de Brienne, de Braguelonne;
Marquesas de Laval, de Viean, de Pienne, de Palaiseau;
Duquesas de Sully, de Verneuil, de Lude.
La nobleza militar estaba particularmente representada por la mariscala de Schomberg.
La nobleza de la toga contaba con los presidentes de Nesmond, Tubeuf, de Brou, Amelot, de Mauperon du Sault».4

Algunos nombres célebres

Citemos en homenaje a su memoria: Sra. GOUSSAULT, «la presidenta» Srta. du FAY, prima de la Srta. Legras y alma selecta, Sra. de LAMOIGNÓN, «la madre de los pobres» y su hija Madeleine, la duquesa de AIGUILLÓN, gran bienhechora y fundadora, María de MAUPEOR, especialista en medicina (!), la Princesa de CONDE,  la duquesa de NEMOURS. María Luisa de GONZAGA y la reina ANA DE AUSTRIA y tantas otras, más de cuarenta, señala Pierre COSTE. «Las fundadoras» en sentido actual del término merecen un lugar aparte la Sra. de VILLENEUVE Y «Las Hijas de La Cruz», Sra. de POLLAILÓN y las «de la Providencia». Amplían la caridad vicenciana.

Otras relaciones del Sr. Vicente

Se sabe, según las explicaciones de Bernard KOCH,5 que el  Sr.Vicente formaba parte de la Compañía del Santísimo Sacramento. Fundada en 1629 por el duque de Ventadour, Enrique de Lévis y el jesuita Suffren, agrupa a personas piadosas de alto rango y a gentes de oficio (artesanos). E1 fin de la asociación secreta es de devoción y de acción evangelizadora. Se sabe  que hacía mucho por los pobres y san Vicente no pudo menos de sostenerla y… servirse de ella. Citemos entre los laicos célebres de esta Compañía: al príncipe de Conti, al duque de Liancourt, al barón de Renty, a Elie Laisné de la Marguerie, a Guillón de Lamoignón.

El Sr. Vicente ideará redes temporales conectadas estrechamente a la Compañía para ayudar a los nobles loreneses o a los católicos irlandeses.6

Organiza sus propias redes de colectas, de transportes de víveres o de fondos. Concede un lugar predilecto para este servicio a los hermanos como Mateo REGNARD o Juan PARRE. En 1650, encontramos a siete hermanos en la obra.

Se ha de notar aquí el papel jugado por Carlos MAIGNART de BERNIÈR (1616-1662), tesorero de la Compañía del Santísimo Sacramento, antiguo maestro de instancias y enteramente dedicado a los pobres que se convierte en redactor de las «Relaciones», especie de periódicos destinados a mover a los ricos para obtener de ellos subsidios. Cada hoja de las «Relaciones» lleva ocho páginas y una tirada de unos 4.000 ejemplares según testimonio del libro de cuentas del Sr.Bernières. Comienzan después de la reunión de las Damas en Julio de 1650 pero todo se lleva, al parecer, en contacto con dicha Compañía como lo prueba casi Pierre Coste en su «Grand Saint du Grand Siecle».7 Es un modo moderno y eficaz de ayudar a las provincias siniestradas.

Utiliza también a los Jesuítas y a sus Congregaciones de los Señores, antiguos notables alumnos, o no, de los queridos padres, que viven en la oración, el rigor moral y el compromiso.

Recuérdese asimismo que san Vicente influye durante nueve años en la vida de la Iglesia de Francia como miembro del Consejo de Conciencia. Se le consulta sobre la doctrina, da consejo autorizado sobre los nombramientos y se siente obligado incluso a intervenir en política a riesgo de desagradar al poder de turno.

II. Una acción para el servicio de los pobres

El papel de San Vicente

Desde que se establecieron las Caridades, san Vicente se convierte por ellas en el gran «Animador» de los laicos. Ellos le insuflan el fuego sagrado. E1 comunica el celo que es el motor de su acción misionera y caritativa. Se siente poseído por la pasión de los pobres quienes se encuentran siempre presentes en sus fundaciones y en sus relaciones.

¿Cómo se sitúa con las Damas, por ejemplo? Como animador y responsable principal. Gastón PARTURIER habla, exagerando un poco, de «la corte del sr. Vicente». La palabra es hoy demasiado ambigua. El núcleo duro forma el «grupo de los 14», especie de gobierno bajo la presidencia del «Director vitalicio» que es el sr. Vicente y con un estado mayor convocado para el orden del día alrededor de Luisa de Marillac. San Vicente organiza estas buenas voluntades. En las Actas de reuniones que nos quedan se advierte su diplomacia, su educación teñida de respeto8 su capacidad para inspirar confianza, su ingenio para dejar la iniciativa9 y sobre todo su tendencia a exhortar, a dinamizar, por ejemplo:

«Pues ánimo, Señoras mías la compasión y la caridad os han hecho adoptar a estas  criaturas como hijos vuestros; habéis sido sus madres según la gracia desde que sus madres según la naturaleza los abandonaron; ved ahora si vosotras queréis abandonarlos también. Dejad de ser sus madres para convertiros ahora en sus jueces; su vida y su muerte están en vuestras manos; voy a tomar los votos y los sufragios; es la hora de pronunciar su destino y de saber si no queréis tener misericordia de ellos. Vivirán si continuáis cuidando de ellos con caridad; y, por el contrario, morirán y perecerán sin remedio si los abandonáis; la experiencia no os dejará dudar lo más mínimo«. (XIII, 8Ol).10

No falta quien se ha preguntado, no sin malicia, si el Sr. Vicente no «coqueteaba» con estas damas, aunque un tanto intencionada la notación no deja de ser pertinente. Hay en san Vicente un cierto don oratorio (los frutos de Folleville y Chatillón son los efectos de su elocuencia) pero cautiva por su estilo de vida, su convicción, su aura personal, su sensibilidad, su equilibrio, su juicio. En un mundo bañado de duplicidad, él introduce un espíritu sencillo fresco. Es verdad. Y las damas de la nobleza habituadas a las astucias y subterfugios de la Corte no se equivocan: su testimonio es auténtico y se sienten animadas por su personalidad fuera de lo común. Y también por toda una espiritualidad. Está lleno de fe y la comunica con fuerza y autenticidad.

El espíritu de trabajo

Ningún elemento esencial a una pastoral de Iglesia hoy falta en la organización de las Caridades. En el Reglamento de diciembre de 1617 desarrollado en Chatillón, se hallan estos puntos constitutivos de toda pastoral de Iglesia:

El obrar común es perceptible de forma inequívoca como si el Sr. Vicente previera dificultades en los reglamentos de caridad mixtos como el de Joigny en 1621:

«Estará compuesta de hombres, mujeres y señoritas; éstas no serán admitidas más que por consentimiento de sus maridos, padres y madres, los hombres se ocuparán de los válidos e inválidos, y las mujeres de los enfermos solamente. Los pobres enfermos serán recibidos en el seno de la asociación por la priora, con consejo del rector y asistentas» (XIII, 446, 449).

Y esta precisión a la que no le falta encanto, pero atinada:

«Y porque la asociación de los hombres y la de las mujeres no es más que una sola asociación, que tiene el mismo patrón, el mismo fin y el mismo ejercicio espiritual, y que sólo el ministerio está dividido, el cuidado de los válidos para los hombres, de los enfermos para las mujeres y que no redunda en menor gloria de Nuestro Señor el ministerio de las mujeres que el de los hombres, aunque parezca que el cuidaao de los enfermos sea preferible al de los sanos, por eso los servidores de los pobres tendrán igual cuidado de la conservación y aumento de la asociación de mujeres que de la suya; y a este efecto pondrán la cuarta parte de sus rentas anuales, y más, si es necesario, en manos de la primera asistenta, que custodia el dinero de las mujeres, en caso de que las cantidades de las colectas que hacen las mujeres no sean suficientes; lo que se conocerá por mediación del rector, como superior que es de una y otra asociación. Y para que los susodichos directores sepan el estado de las cuentas de la asociación de las mujeres, asistirán a la entrega de sus cuentas» (XIII,455).

La caridad los une, los reune y los hace vivir casi en familia, atentos a las alegrías y a las penas recíprocas (XIII, 517 por ejemplo).

El desarrollo integral es verdaderamente esencial para el Sr. Vicente, como en este reglamento de Joigny:

«Los directores de la asociación pondrán a los niños pobres a trabajar en un oficio  cuando alcancen la edad competente. Distribuirán semenalmente a los pobres imposibilitados y a los ancianos que no pueden trabajar cuanto les sea necesario para vivir; y respecto de los que no ganan más que una parte de lo que necesitan, la asociación los subvencionará con el resto» (XIII, 447).

Los documentos sobre el estado de las obras son también muy elocuentes. Si las palabras parecen anticuadas (¿cómo no?) llevan consigo la consabida consigna: pasar por los cuerpos para llegar a las almas, sin que el intento de anunciar la Buena Nueva pueda ser una realidad más que los sanos:

«Oh, Señoras mías, cuántas gracias debéis dar a Dios por haberos concedido ocuparos corporalmente de estos pobres enfermos; porque el cuidado de sus cuerpos ha producido este efecto de la gracia, haceros pensar en su salvación, en un tiempo tan oportuno, que la mayor parte no tienen nunca otro para prepararse a la muerte; y los que salen de la enfermedad apenas pensarian en cambiar de vida sin las buenas disposiciones en que se trata de ponerlos» (XIII, 804, 1 de julio de 1657).

Los archivos de la Misión nos han conservado un Reglamento, sin localizar, que trata de una manufactura para muchachos jóvenes con consignas precisas para el capellán, el maestro oficial, los aprendices mismos y el empleo del tiempo (XIII, 507 a 510). Hermoso ejemplo de promoción que apenas presenta fallas.

La relación con el Obispo pasa por la que se establece con el párroco. Todos los reglamentos estipulan que la elección y erección se realizan en presencia del párroco y se advierte que se necesita la aprobación del Ordinario del lugar como la pedida por la Señora de Gondi al Arzobisno de Sens para la parroquia de Joigny (XIII,442ss) o al Obispo de Amiens para las Confraternidades de Folleville, Paillart, Sérévillers (XIII 482-483); tenemos incluso el registro de las deliberaciones capitulares sobre la caridad mixta de Mâcón (XIII, 503-504).

En cuanto a la gestión, siempre está presente. San Vicente no se deja pillar en trampa en este particular. Todo está previsto minuciosamente. Ya en los comienzos, en diciembre de 1617 en Chatillón, insiste sobre los empleos clave: la administración de lo temporal, la entrega de cuentas, el papel de la tesorera, de la priora con su libro de los cargos, el aporte del cepillo de la Iglesia, etc… (ya!-XIII,431-432). Y en 1657 en su relaci6n sobre el estado de las obras (¡cuarenta después!), se advierte:

«El Sr. Vicente leyó entonces ante la asamblea el estado de los ingresos y gastos. Desde la última asamblea general, es decir aproximadamente un año, se habían gastado 5000 libras para comida de los pobres enfermos del Hôtel-Dieu y recibido para este fin 3500 libras. El déficit ascendía pues a 1500 libras» (XIII, 803).

Y a la vez ponía los puntos sobre las íes» a las Damas: ¡hay que reconsiderar el problema!

Por fin, la formación. Es ante todo espiritual pues ha de quedar bien claro, en todos los reglamentos, que el compromiso tiene también una finalidad personal. Los primeros beneficiarios de las Caridades son los propios miembros de las Confraternidades. El Sr. Vicente prevé una reunión mensual y una lectura espiritual cada día para las que saben leer. ¿Por qué? para ponerlas en situación de poder catequizar a los pobres. Quien no ve esta dimensión total de San Vicente le mutila gravemente y le relega al cuadro de los «bienhechores de la humanidad».

Un último punto y no de los menores: la reintegración del ministerio de las mujeres en la Iglesia. Se atreve también a levantar la prohibición de san Pablo que niega a las mujeres el derecho a la palabra en la Iglesia: «Tendréis una especie de permiso frente a la prohibición que os hace san Pablo en la primera a los Corintios capítulo 14: Que las mujeres se callen en las iglesias, no les es permitido hablar en ellas… Y en la primera a Timoteo, c. 2: «Yo sin embargo no permito a la mujer que enseñe«. A ésto no le falta encanto ni humor.

Las criadas

Son las oscuras, las sin grados, las insignificantes, las que no se avergüenzan de remangarse y de vaciar los orinales. Ellas corren con todos los trabajos prácticos y difíciles. Sirven a los pobres de verdad, quizá sin entusiasmo, con có1era o según los casos, con connivencia y entusiasmo.

Existen en primer lugar los solicitados, las criadas y los servidores de las damas de condición. Cuando una noble, o una burguesa, se decide a ocuparse de los pobres, entonces toda la casa entra en juego y los domésticos deben remangarse les agrade o no.

Desde el Reglamento de Chatillón, y esto se olvida con demasiada facilidad, hay voluntarios designados de oficio:

«Además, la confraternidad hará elección de dos pobres mujeres de vida honrada y devoción, que se llamarán guardas de los pobres enfermos, puesto que su deber será guardar a los que estén solos y no puedan moverse, y servirlos, según la orden que les dé la priora, y por ello serán también consideradas como miembros de dicha confraternidad, participarán de las indulgencias y asistirán a las asambleas, sin que gocen de voz deliberativa». (XIII, 425) (lo mismo en XIII, 441,479, 516, 530).

La caridad mixta de Joigny habla de «un asociado criado» remunerado y enviado a los campos según las necesidades (XIII, 449 -ver también XIII, 513 en Courboin).

De este modo, y ello merece toda la atención, el servicio es la señal distintiva de las Caridades. Se sirve de todas las formas: por elección, por designación, de forma gratuita o pagada; pero se está a disposición de los enfermos o de los impedidos. Esas necesidades son las que imperan y las que, en definitiva, van a desarrollar un espíritu de servicio.

Las inquietudes por los pobres

Ahí están ellos omnipresentes de continuo en todas las cartas, los reglamentos, las Relaciones. Son los actores y los objetos principales de todo este montaje y sistematización de la acción de los laicos emprendida por san Vicente. Son enfermos, necesitados, mendigos, vergonzantes, galeotes, presos, víctimas de las guerras, niños abandonados, válidos e inválidos, incapaces o capaces de trabajar…

Quizá podríamos verlos con los ojos de los asesores de Réthel que cuentan sus necesidades a las damas de la Carldad por medio de san Vicente a quien va dirigida la carta, como de costumbre:

«Tantos beneficios recibidos darán tregua a nuestras importunidades; pero los abandonos deplorables de padres y madres de sus hijos, los maridos de sus mujeres, la pérdida de las jóvenes en su honor, llenas de miseria, las exacciones tiránicas de los que se arrogan la autoridad de elevar los sustentos y los impuestos por vías indebidas, el libertinaje de los partisanos que romperían con gusto los huesos al pueblo para vender la médula, añadidos al bandidaje y desorden universal de la gente de guerra sin disciplina, nos producen tanta compasión y dolor tan sensible que nos sentimos obligados por pura necesidad a recurrir a la continuación de vuestras Caridades…«(XIII, 829).

La espiritualidad de apoyo

Los pobres son inseparables de Cristo. Llevan a él y constituyen el camino más seguro de honrarle, de unirse a él. El texto más fuerte a este nivel está tomado del Informe sobre el estado de las obras del 11 de julio de 1657. Es interesante que se refiera a laicos. Aumenta su relieve cuando pensamos que podría haber sido recibido por Hijas de La Caridad o Misioneros con la misma intensidad:

«El tercer motivo que tenéis para continuar estas santas obras, es el honor que se hace a Nuestro Señor. Y eso ¿cómo? Pues porque honrarle es entrar en sus sentimientos, estimarlos, hacer lo que él hizo y ejecutar lo que ha mandado. Ahora bien, sus sentimientos más grandes fueron el cuidado de los pobres para sanarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; eso era su afecto, y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a pobres, servir a pobres, ponerse en lugar de los pobres hasta decir que todo el bien y el mal que hagamos a los pobres, lo tendrá como hecho a su divina persona. ¿Qué otro amor más tierno podía testimoniar por los los pobres?. Y qué amor os ruego, podemos tener por él, si no amamos lo que él amo. De manera que, Señoras mías, amarle de verdad es amar a los pobres; servirles bien a ellos, e imitarle es honrarle como se debe...» (XIII, 811).

III La intuición de San Vicente

La apertura de san Vicente hacia los laicos ha quedado suficientemente demostrada por los hechos y sus consecuencias para intentar una modesta síntesis.

1) Para él la lglesia continúa a Cristo. Es Cristo. Pero en su tiemno, todos los hombres son cristianos y por lo tanto pobres y ricos forman el «Cuerpo Místico» de Cristo … Imposible, piensa y dice san Vicente, no compadecer. Todos los discípulos de Jesucristo están unidos por un mismo bautismo y si los ricos no sirven a los pobres, son «cristianos en pintura». El ministerio de la «compasión y de la misericordia» es típicamente vicenciano. El motor de este ministerio está en el versículo 40 del capítulo 25 de san Mateo: «Todo cuanto habéis hecho al más pequeño de entre los míos, a mí me lo habéis hecho«.

La urgencia de la caridad le empuja a organizarla y a difundirla por todo el Reino. Las mujeres, en especial, son las mejores embajadoras de esta caridad por su disponibilidad, su saber hacer, su aptitud natural para simpatizar y establecer lazos con los que sufren en sus cuerpos. Su sensibilidad las acerca más a los pobres; su sentido de la gratuidad y su capacidad de ofrenda también.

Porque hay que entregarse, consagrarse de algún modo a la caridad. El Verbo empleado con más frecuencia por san Vicente es «darse». Es el don que lleva al servicio. Los miembros de sus instituciones deben ante todo servir, incluídos los sacerdotes. Todos reciben el mandato de ser los representantes de la bondad de Dios al lado de los que sufren.

Don y servicio culminan en la Eucaristía, «centro de la devoción» y «lugar de la caridad»  por excelencia. Lugar de la perfección también, a la que hemos de tender con todas las fuerzas, en la lógica del Bautismo. Es preciso morir como Jesucristo para vivir en Jesucristo. De aquí la obligación ardiente para todos de la vocación a la santidad: «todos los cristianos están obligados a ella». Para ello en la lógica del sr. Vicente, no necesitamos del claustro. Un día tras otro, se trata de santificarse en las realidades temporales y hasta en la banalidad de los trabajos materiales o de la gestión. Dios mismo se ocupa del mundo por su Providencia. ¿Quién no ve la actualidad de semejante proyecto de vida?

2) El otro punto de insistencia de san Vicente es el Anuncio de la salvación, ya que se trata de salvar al hombre y sobre todo al pobre en su integridad. Dos adverbios martillean las reglas de vida de sus instituciones: «espiritualmente y corporalmente». Después de la lucha contra la miseria que es primordial, pues la pobreza es un mal contra el que hay que luchar con todas las fuerzas, no es menos urgente anunciar a Jesucristo. El anuncio del Evangelio a los pobres es la obsesión del sr. Vicente. En ningún caso quiere que los pobres se condenen y se mueran de hambre. Su gran plan es la proclamación de la Buena Nueva, a imitación de Cristo Evangelizador, en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18). Catequizar es responsabilidad de cada laico. El objetivo es hacerlo de forma casi natural, sin miedo a interesarse por la vida de la gente. Partir de su vida, se dice hoy. Hay que difundir el Evangelio diciendo a los hombres que Dios los ama. Jesús mismo vino a traer fuego al mundo «para incendiarlo con su amor» (Lc 19,49). Este fuego divino debe inflamar todo y consumirlo. Una máxima Vicenciana recapitula todo esto de manera maravillosa: «no basta con amar a Dios si mi prójimo no le ama». Por eso se invita a cada uno a vivir el amor al día, en grupo, en comunidad. Vivir en común como quienes no tienen sino un solo corazón y alma. El testimonio es más elocuente que la predicación, se trata de ser «a la imagen de la unidad de Dios» en la Trinidad.

Pasión de los hombres, pasión de Dios.

Tal es la misión de los laicos del tiempo de san Vicente y del nuestro.

Me gustaría, para terminar, repasarlo todo con este texto conocido que nos invita al compromiso vicenciano:

«La Iglesia se compara a una gran cosecha que requiere obreros, pero obreros que trabajen. No hay nada más conforme al Evangelio que reunir, de un lado, luces y fuerzas para su alma en la oración, la lectura y la soledad y salir luego a entregar a los hombres este alimento espiritual. Es hacer lo que Nuestro Señor hizo, y, después de él, sus apóstoles; es unir el oficio de Marta y el de María; es imitar a la paloma que digiere a medias el alimento que ha tomado y pone el resto en el pico de sus pequeños para alimentarlos. Eso es lo que debemos hacer, así debemos testimoniar a Dios por nuestras obras que le amamos. Toda nuestra obra está en la acción« (XI, 41).

  1. M-D PIONSSNET – France religieuse au XVIIème siècle, Casterman, 1952.
  2. El volumen XII de los textos del sr.Vicente de Pierre Coste nos ha conservado reglamentos de caridades mixtas, no lo olvidemos.
  3. Elizabeth CHARPY Petite vie de Louise de Marillac -DDB 1993.
  4. Gastón PARTURIER, Antiguo interno de los Hospitales de París, Profesor en la facultad libre de medicina de Lille. San Vicente de Paúl y las damas de su tiempo -ed. Cartier Lión 1945.
  5. Bernard KOCH, Le tissu de relations de Saint Vincent -Sesión Europea 1993, policopiado.
  6. Alain TALON La Compagnie du Saint-Sacrement -cerf 1990.
  7. GSGS II, pp 625 ss.
  8. Por ejemplo La Compañía de las damas de la Caridad del Hôtel Dieu, de las que vosotras sois las más fervientes (XIII, 763). A la Señora de Nemours a propósito de la perseverancia Señora, se le ha ocurrido algún buen medio (sobreentendido: para el mantenimiento de la Compañía de las Damas de la Caridad -XIII, 819).
  9. En 1657, se ve incluso que san Vicente debe templar su compromiso, ya que trabajan demasiado; ellas van dos veces al día al Hôtel Dieu a visitar a los enfermos, consolar, instruir. Existe también «la ayuda en las fronteras y a las provincias arruinadas: constituímos la virtud donde no existe; no puede hallarse en el exceso. (XIII, 817) y se enumera: El alimento e instrucción de los pobres del Hôtel Dieu, la comida y la educación de los niños abandohados, el cuidado de proveer a las necesidades corporales de los criminales condenados a galeras, el auxilio de las fronteras y provincias arruinadas, la contribución a las Misiones de Oriente, del Norte y del Sur (XIII, 818).
  10. Atención a una lectura demasiado fundamentalista del célebre «más» inventado por el Sr. ANPUILH. San Vicente dice aquí: No presumáis de poder hacer más (XIII, 818). Se advertirá su sentido campesino del equilibrio y de la prudencia humana. Reúne el buen sentido popular de quien mucho abarca poco aprieta (XII, 816). Estas páginas pueden siempre ser actualizadas y retomadas con fruto.

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