Los escapularios verde y rojo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Lloret, C.M. · Year of first publication: 1990 · Source: Ecos de la Compañía.
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Debido a múltiples y reiteradas peticiones que me vienen haciendo desde hace años, me he decidido a proponer algunas reflexiones bajo este título, un poco inesperado sin duda…

Sabemos que el siglo XIX estuvo marcado, en la Iglesia en general y en la Compañía en particular, por una ola «devocional» que puede percibirse, según las interpretaciones, como pasada de moda e inoperante o como fuente siempre actual de una renovación evangélica y carismática.

Si vamos a «lo esencial», me parece que nos daremos cuenta en seguida, que en ello existe, de hecho, una seria interpelación y toda una riqueza que quizá hemos descuidado demasiado. La hemos dado a conocer detenidamente por lo que se refiere al mensaje de 1830, con ocasión del 150 aniversario de las apariciones de María a Catalina Labouré. El escapulario del Corazón Inmaculado de María, llamado «Escapulario verde» —revelado a Sor Justina BISQUEYBURU, Hija de la Caridad, en 1840— y el «Escapulario de la Pasión», llamado «Escapulario rojo» —revelado a Sor Apolline ANDRIVEAU, Hija de la Caridad, en 1846 —no dejan de tener relación, ya lo veremos, con la Medalla Milagrosa: al igual que ésta, hacen que nuestra atención se centre en la Cruz del Salvador y en el lugar que ocupa María dentro del Misterio de la Salvación. Hablar del Misterio de la Salvación es hablar de lo que constituye el centro de la redención y, a la vez, de lo que constituye el centro de nuestra vocación para el mundo y en el mundo de hoy.

Al reconocer estas «revelaciones privadas», la Iglesia no se pronuncia, pro-piamente hablando, acerca del hecho como tal, y, menos aún, acerca de su naturaleza y su proceso. Lo que hace el comprobar oficialmente la conformidad del «mensaje» contenido en el fenómeno sobrenatural, con su propia enseñanza doctrinal y práctica, de una manera global y sobre uno u otro punto un particular. Es una llamada renovada a la conversión evangélica que se inscribe dentro de la historia concreta de la humanidad y del Pueblo de Dios. No podríamos nosotros transmitir este «signo» del Cielo si no captamos su alcance real y si no lo vivimos en profundidad… Como siempre, pero dentro del marco de la «Nueva Evangelización», se trata de poner al mundo actual frente a los interrogantes fundamentales del Evangelio y de poner el Evangelio frente a los interrogantes fundamentales del mundo actual.

I. Convicciones sólidas

Al acercarse el cuarto centenario del nacimiento de Santa Luisa, Las Hijas de la Caridad gustarán de repetir con ella: «La Caridad de Jesús Crucificado nos apremia». Con frecuencia he hecho notar que este término «crucificado» añadido intencionadamente al texto de San Pablo (2 Cor. 5, 14), nos pone en presencia de Cristo que, en el Calvario, llega al punto culminante de su actitud de «Servidor». En su Corazón —y únicamente en su Corazón— podemos tomar el Amor que debe abrasarnos para servirle en la persona de los Pobres con los cuales Él se identifica. Al inicio de las Constituciones, encontramos el siguiente comentario del sello de la Compañía:

«La Caridad de Jesucristo Crucificado, que anima e inflama el corazón de la Hija de la Caridad, la apremia a acudir al servicio de todas las miserias». (Constituciones p. 1)

Sabemos que la devoción al Corazón de Cristo adquirió un auge especial en el siglo XVII bajo la influencia de San Juan Eudes y de Santa Margarita María. Pero se sabe menos que, al representar al «Señor de la Caridad» en un cuadro que se conserva en la Casa Madre, Luisa de Marillac hacía resaltar este Corazón que irradia Amor. Y al pensar en el Corazón volvemos a la Cruz: los Padres de la Iglesia y los Místicos de la Edad Media vieron, en el costado abierto del Crucificado, la «Puerta» que nos introduce en lo más profundo del Misterio de la Redención, Misterio de Misericordia infinita en el que Dios, nuestro Padre, nos comunica su propia vida, su propio Espíritu a través del Sacrificio de su Hijo. El siglo XIX fue precisamente un periodo floreciente — no sin algunas ambigüedades— de esta devoción al Corazón de Cristo, que parece conoce hoy cierta renovación: «Un corazón nuevo para un mundo nuevo», era el tema de un Encuentro en Brasil en 1988, un año después del de Paray-le-Mondial en Francia.

No hay duda alguna, por tanto, en que hemos de volver a centrar nuestra vida y nuestra espiritualidad en esta ofrenda total de Cristo y, renovar, a esta misma luz, nuestra visión del Pobre y del Servicio a los Pobres.

  • Cuando celebramos la Eucaristía, Memorial por excelencia de la Pasión del Salvador (C. 2, 12),
  • Cuando recibimos el Sacramento de la Penitencia, de la Conversión y Reconciliación (C. 2, 13),
  • Cuando seguimos a Jesús al hacer el «Vía Crucis»,
  • Cuando le honramos de una manera especial en el día y hora de su Sacrificio,
  • Cuando volvemos a leer las enseñanzas de nuestros Fundadores acerca de Cristo-Servidor y María-Sierva,
  • Cuando meditamos en lo que tiene de esencial el mensaje transmitido a través de Catalina LABOURE, Justina BISQUEYBURU, Apolline ANDRIVEAU, vamos a la fuente del espíritu de nuestra vocación, nos revestimos —empleando una expresión de San Pablo querida por San Vicente— nos revestimos de caridad humilde, sencilla, llena de mansedumbre, de desprendimiento, de fervor, para llevar a los Pobres la Buena Noticia. Nuestro culto mariano va en el mismo sentido, como vamos a verlo.

II. El «escapulario verde»

A – ¿Un ciento cincuenta aniversario que ha pasado desapercibido…?

28 de enero de 1840: María se aparece a Sor Justina BISQUEYBURU, joven vasca de veintitrés años, que con unos Ejercicios —que debieron retrasarse— comenzaba su Seminario en la Casa Madre adonde había llegado el 27 de noviembre anterior, nueve años exactamente, después de la manifestación de la Medalla Milagrosa. La Sala de Ejercicios estaba entonces encima de la Capilla —desapareció en 1930 al hacer las obras de ampliación— y la Hermana se encontraba allí orando ante la imagen de Nuestra Señora de la Misión, cuya historia he recordado en los «Ecos de la Compañía» en enero de 1988.

Esta visión, que hacía resaltar el Corazón Inmaculado de María, se repitió varias veces. Pero fue el 8 de septiembre siguiente —Sor Justina había recibido entre tanto su primer destino a Blangy (Sena Marítimo) — cuando tuvo lugar la manifestación más importante. En un pequeño rectángulo de tela verde —al que equivocadamente se llama «escapulario»— que María presentó a la vidente, había, por un lado la imagen de la Virgen tal como se le había mostrado anteriormente, y, en el otro, un Corazón traspasado por una espada, coronado con una Cruz y rodeado con esta inscripción: «Corazón Inmaculado de María, rogad por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte». Con esta jaculatoria nos vemos pues invitados a pedir, juntamente con la gracia de la conversión, la de una buena muerte.

El Padre ALADEL, que había sido ya el confidente de Catalina LABOUR E, no se dio ninguna prisa para llevar adelante este asunto. Desde Versalles, adonde había ido destinada, la Hermana insistió varias veces por medio de la Directora del Seminario a quien había tenido al corriente desde el principio.

En 1846, se difundió al fin esta imagen, dando lugar a toda clase de gracias extraordinarias, y principalmente a conversiones resonantes como la del asesino de Monseñor AFFRE, Arzobispo de París, durante la Revolución de 1848.

Después de ese momento, la «vidente» entró en la sombra, sirviendo a los Pobres con gran abnegación, tanto en Crimea, en Argelia o en Roma como en Rennes y Carcasona donde murió el 23 de septiembre de 1903, a la edad de ochenta y seis años. Sus restos descansan hoy, a unos kilómetros de allá, en la capilla de la Casa de Montolieu, junto a los de Sor Apolline ANDRIVEAU. El 8 de septiembre próximo, fiesta de la Natividad de María, hará, pues, ciento cincuenta años que la Santísima Virgen se manifestó a una humilde Hija de la Caridad para transmitir el mensaje de su Corazón Inmaculado.

B.- Un mensaje

Como hemos dicho ya, lo importante es el «Mensaje». Tratemos de descifrarlo.

1. El Corazón Inmaculado de María.

Es preciso que hagamos a este respecto unas reflexiones similares a las que hemos hecho con relación al Corazón de Cristo, del que María es, evidentemente, inseparable. El corazón hace referencia a la persona en lo que ésta tiene de más profundo y en este caso evoca, sobre todo, el Amor infinitamente misericordioso del que nos colma el Señor. Más que nunca, los hombres tienen necesidad de esta Misericordia divina. Por otra parte no podemos olvidar que nuestra vocación hace de nosotros, más particularmente, los testigos y mensajeros de esta Misericordia. María, llena de Gracia, no tiene más que un deseo: irradiar maternalmente, sobre todo entre los más necesitados y más abandonados, el Amor que le ha dado un lugar tan extraordinario dentro del Misterio de la Salvación.

María fue el objeto de este Amor divino desde el primer instante de su existencia, en su Inmaculada Concepción. Entonces comenzaba a hacerse realidad la promesa de un Salvador, para hacer de nosotros hombres nuevos en Jesucristo muerto y resucitado. María Inmaculada es la humanidad en su esplendor primero. En la peregrinación terrena de la Iglesia y de cada uno de sus miembros, Ella es nuestro modelo y la que nos acompaña con el fin de que podamos acoger la Salvación en Jesucristo, siendo Ella la primera redimida (Cf. «Ecos de la Compañía» de julio y septiembre de 1987 sobre la Encíclica «Redentoris Mater» de Juan Pablo II). Ella es el pleno éxito de la Redención y nos invita a la Esperanza a pesar de tantas miserias. En este punto no olvidemos el culto que nuestros Fundadores, y la Compañía siguiendo su ejemplo, han rendido a la Inmaculada Concepción: las apariciones y el mensaje de 1830 y de 1840 nos confirman en esta convicción y en nuestra misión.

2. Un signo «pobre»… para los «pobres».

En un mundo tan orgulloso de su poder y de su técnica, mientras que el hombre con demasiada frecuencia cree que puede prescindir de Dios o ser él mismo Dios, escuchemos el gran toque de alerta: si perdemos de vista los valores espirituales, si no nos modelamos un corazón de pobre para acoger la Salvación que viene de Dios, todo lo demás pierde su verdadero sentido y corre el riesgo de volverse en contra del hombre. Este «signo», humanamente insignificante que es el de una medalla, un «escapulario», nos invita, aprendiendo de María y con su ayuda, a abrirnos con toda sencillez a una búsqueda incansable de los bienes espirituales. Se trata verdaderamente de un mensaje para nuestro tiempo, la insistencia sobre la conversión lo hace bien patente.

• El «Magníficat» —grito del Corazón Inmaculado de María — constituye admirablemente el enlace entre este «corazón de pobre» y la liberación auténtica del pobre, del oprimido. Todos somos pobres y necesitamos ser «liberados». Esto sólo es posible si vivimos del Espíritu de Dios. Lo que el Espíritu quiere suscitar es un pueblo de hermanos, en contra de todas las opresiones del hombre por el hombre. ¿Quién, más que los «vicencianos», debe transmitir este mensaje de Justicia y de Amor en medio de tantos dramas y de tantos sufrimientos…? Sí, el Magníficat es, para nosotros, programa de vida a través de nuestro servicio humilde y sencillo.

Una cosa me ha impresionado: por iniciativa de Ozanam y de sus amigos Monseñor AFFR E fue, el 25 de junio de 1848, al punto más caliente del tumulto en el que habría de encontrar la muerte, y fue diciendo: «Que sea mi sangre la última sangre derramada…». Pues bien, fue él, el primero, que autorizó el «Escapulario verde» al que se le atribuye, como hemos visto, la conversión de su asesino.

Pío IX, el Papa del dogma de la Inmaculada Concepción, dio a su vez la aprobación de este «escapulario» para la Iglesia universal en dos ocasiones, en 1863 y 1870. Fue también él quien aprobó, como veremos, el Escapulario de la Pasión y también, claro está, la Asociación de Hijas de María, hoy «Juventudes Marianas». Hemos hecho ya alusión al vínculo que existe entre el «Escapulario verde» y la Medalla Milagrosa. Para convencerse de ello basta con repetir la invocación:

«Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte».

Parece que se habla hoy más fácilmente de Cristo Resucitado que de Cristo Crucificado.

Evidentemente, el Viernes Santo no tendría ningún sentido si no terminara con la Luz de Pascua. Pero, precisamente, no podemos vivir con Jesús más que si morimos con El; sólo podemos reinar con Jesús si sufrimos con El: no en vano guarda en su Cuerpo glorificado los estigmas de su Pasión.

Al peligro real y tan pernicioso del «dolorismo» en todas sus formas, se opone el dinamismo auténtico de una Esperanza enraizada en la muerte y resurrección del Señor, el dinamismo auténtico de una Caridad que se saca del Corazón de este mismo Cristo que decía a Sor Apolonia ANDRIVEAU: «Contémplame en la Cruz y mira si hay que amarme…» Estas palabras las dirige también a una Hija de la Caridad el Pobre con el que Jesús se identifica: «Contémplame en mi sufrimiento y mi angustia, y mira qué importante es que me sirvas con amor, en humildad y sencillez».

III. Recordemos

A – ¿Quién es Apolonia andriveau?

Mucho menos conocida que Catalina LABOURE, fue favorecida —lo mismo que Justina BISQUEYBURU— con gracias particulares que la Iglesia «reconoció» en el sentido que explicamos igualmente.

Su entrada en la Compañía, en 1833, estuvo sellada por una gran renuncia que era como el preludio de toda una vida de generosidad apoyada principalmente en la meditación de los Misterios de la Pasión del Salvador. Cincuenta y una cartas dirigidas al Superior General, Padre ETIENNE, nos revelan los secretos de su intimidad con Cristo doliente.

En Troyes, donde pasó treinta y ocho años como Hija de la Caridad ejemplar, recibió, el 26 de julio de 1846, la misión de difundir, según sus propias palabras: «un escapulario escarlata en el que estaba representado Cristo en la Cruz, rodeado de los instrumentos de su Pasión que más hicieron sufrir a su santa Humanidad. Leí en torno al Crucifijo: «Santa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, protégenos». En el otro extremo… estaban los Sagrados Corazones de Jesús y de María, uno rodeado de espinas y el otro atravesado por una lanza; entre los dos había una Cruz que se elevaba por encima de ambos».

Sor Apolonia fue destinada después a Caen y a Montolieu, donde terminó, el 23 de febrero de 1895, a la edad de ochenta y cinco años, una vida realmente oculta con Cristo en Dios, empleando la expresión de San Pablo.

B. Autorizaciones pontificias

El mismo Padre Etienne, en su circular del 1 de enero de 1848, refiere cómo obtuvo de Pio IX, en un viaje que hizo a Roma, la autorización para establecer el «Escapulario de la Pasión de Nuestro Señor y de los Sagrados Corazones de Jesús y de María». Asimismo hizo erigir, en la iglesia de San Lázaro, la «Capilla de la Pasión» que puede verse, al entrar, a la derecha.

Entre tanto, un Sacerdote de la Misión, el Padre Antonio-Hipólito NICOLLE, fundó en Valfleury (Loira) la Archicofradía de la Santa Agonía de Nuestro Señor, así como la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Getsemaní, que se puso poco después bajo la jurisdicción del Arzobispo de Albi, diócesis en la que tenía su Casa Madre, en Mazamet. Hoy, ésta se encuentra en Rive-deGier, en el departamento del Loira. Estas dos Instituciones fueron aprobadas también por el Papa Pio IX. Están, evidentemente, en relación con el «Escapulario rojo» y pretenden ser una respuesta a la llamada de la Santísima Virgen: «El mundo se pierde porque no piensa en la Pasión de Jesucristo; haz todo lo posible para que piense en ella, ¡haz todo lo posible para que se salve!».

La Archicofradía de la Santa Agonía tiene actualmente su sede en la calle de Sóvres, n.° 95, en París, y su dirección pertenece al Superior General de la Congregación de la Misión; el Sub-Director es ahora el Padre Jorge LIGNIE.

Este culto especial a los sufrimientos de Cristo en el Huerto de los Olivos es una invitación a compartir los sentimientos de su Corazón en el momento en que entra en su Pasión. Dicho culto se traduce especialmente a través de la oración por la Iglesia, por la paz, por los moribundos, y mediante obras de misericordia en favor de los más necesitados: «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir durante ese tiempo» (Pascal).

IV. Algunas reflexiones

Tendríamos que recordar primero lo que se dijo en el artículo precedente. Aña-damos algunas observaciones complementarias. El «mensaje» que se nos ha transmitido a través de Sor Apolonia ANDRIVEAU nos recuerda principalmente que:

A. La evangelización es la urgencia de las urgencias

En un mundo de increencia, el anuncio del Misterio de la Salvación por la Muerte y la Resurrección de Jesucristo es, más que nunca, la prioridad de las prioridades. Nuestros Fundadores presentaron siempre nuestra vocación como una participación en la Misión de la Iglesia a través del Servicio corporal y espiritual a nuestros hermanos necesitados. Desde los comienzos, cuando la Compañía se ocupaba esencialmente de los pobres enfermos, daban a las Hermanas esta consigna: cuidarlos de manera que los que mueran salgan de este mundo con las mejores disposiciones y los que se curen tomen la resolución de vivir mejor en el futuro.

El lugar central que ocupa la Encarnación redentora —y por tanto la Cruz— se traduce, por lo que se refiere a las Hijas de la Caridad, por su «estatuto» de «siervas» a ejemplo de Cristo-Servidor y María Sierva. Encuentran a Jesús en sus miembros sufrientes «respetándoles profundamente y amándoles con ternura», como decía Santa Luisa. Pero tiene también la misión de revelarles, por su testimonio y por su palabra, a ese Cristo presente ya en la vida y en el corazón de dichas personas: el Misterio Pascual, recuerda el Vaticano II, está operante en todo hombre de un modo que sólo Dios conoce. El color rojo del Escapulario de la Pasión es a la vez evocación de la sangre derramada por nuestra Salvación y símbolo de un amor en el que hemos de participar en Jesús Crucificado, Fuente y Modelo de ese amor.

B. «Por estado y por oficio», somos testigos y mensajeras de la misericordia divina

Habremos observado, una vez más, la insistencia sobre la «conversión», como respuesta al perdón divino que se nos ofrece y se nos propone sin cesar, incluso y aún sobre todo en lo más profundo de nuestra miseria. El Servicio humilde y sencillo de la Hija de la Caridad debe revelar algo de esa ternura del Señor y de su «preferencia» por los humildes y humillados. Hermanas como Catalina Labouré, Justina Bisqueyburu, Apolonia Andriveau fueron favorecidas, ciertamente, por gracias particulares, pero eran muy conscientes de que por eso mismo «estaban encargadas de una misión» y sobre todo de que, de acuerdo con esa misión, debían «predicar» lo primero con su vida de verdaderas Hijas de la Caridad; dentro del contexto en que vivieron y en los oficios que se les confiaron, estas Hermanas «sirvieron» según el verdadero espíritu de su vocación, persuadidas de que eran así testigos y mensajeras de la Misericordia de Dios, nuestro Padre.

«El domingo de la Santísima Trinidad, escribe Sor Apolonia, nuestro divino Salvador me hizo ver, durante la oración, un hermoso río de una extrema limpidez. Una multitud de personas se veían atraídas hacia sus orillas y todas las que se sumergían en él quedaban brillantes con un resplandor extraordinario… Supliqué pues a nuestro Bienamado Salvador la explicación de aquello. Me dijo que aquel río representaba su Misericordia, dispuesta siempre a recibir el arrepentimiento del pecador y a dar a sus obras el valor que sólo esa Misericordia puede atribuirles. ¡Oh, Jesús mío, qué poco conocemos vuestra Misericordia!… ¡Qué poco pensamos en vuestros sufrimientos que son los que nos han adquirido esa Misericordia…!».

Podemos imaginar con qué prudencia recibía el Padre Etienne tales confidencias, pero la «manera de vida» de la Hermana hablaba precisamente en su favor y confirmaba la profundidad de sus convicciones vocacionales.

C. Debemos entrar cada vez más hasta lo más profundo del corazón de Cristo y de María

¿Por qué esta insistencia, tanto a través de la Medalla Milagrosa como a través del Escapulario verde y del Escapulario rojo, en ponernos en presencia del Corazón de Cristo y del Corazón de María? Una de las grandes alegrías del Padre NICOLLE fue la de ver establecerse la Archicofradía de la Santa Agonía junto a la del Corazón Inmaculado de María, fundada por el Padre Desgenettes, Párroco de Nuestra Señora de las Victorias, como ocurriría, más adelante, junto a la del Sagrado Corazón en Montmartre. Todo esto está íntimamente relacionado y constituye un mensaje para nuestro tiempo, con frecuencia tan difícil. Honrar al Corazón de Cristo e, inseparablemente, al Corazón de María que es quien nos lo dio, es acudir precisamente a la expresión más profunda de la Misericordia de Dios. El Señor Resucitado mostró a sus apóstoles sus manos y su costado, antes de trasmitirles el poder que procede de lo más profundo de su Corazón y de su Amor, el poder de perdonar los pecados… lo que hizo al infundir en ellos, antes incluso de Pentecostés, el Soplo de su Espíritu, el Amor en Persona… Por lo que a María se refiere, la volveremos a encontrar, precisamente, y por última vez, en el Cenáculo, recibiendo a este mismo Espíritu junto con la Iglesia naciente a la que no cesará de acompañar maternalmente hasta el advenimiento del Reino.

«Y a Ti misma, una espada te atravesará el alma», le había dicho el anciano Simeón, cuando Ella fue al templo con la ofrenda de los pobres y, más aún, con un corazón de pobre. Desde entonces, Cristo no ha cesado de ser «signo de contradicción». Esperamos que el culto renovado a su Corazón y al de María, indisociablemente, pondrá a plena luz —»Glorifica a tu Hijo y tu Hijo te glorificará» — el verdadero amor que se manifestó tan claramente en el Calvario y que culmina en el don total de sí mismo: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».

Nuestra Caridad ¿cómo podrá enfriarse si acudimos así continuamente a su Fuente?

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