Lo variable e invariable en la doctrina vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Andrés Dodin, C.M. · Traductor: Celestino Buhigas, C.M.. · Año publicación original: 1972 · Fuente: Primera Semana de Estudios Vicencianos.
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Para contestar correctamente y útilmente a la pregunta que se plantean con más o menos claridad en lo íntimo de sus conciencias, los seguidores de san Vicente, es justo y razonable y hasta indispensable precisar con rigor el contenido y el sentido de esta pregunta.

Observando mejor, advertirnos que en realidad se encuentran encerradas dos preguntas en una sola frase:

1ª pregunta: En la doctrina de san Vicente, ¿qué es lo que subsiste y permanece invariable’? Esto supone inmediatamente que discernimos elemen­tos variables, secundarios, efímeros, cuya vocación es morir para que subsistan mejor los elementos esenciales y permanentes.

2ª pregunta: ¿Qué es lo que puede y debe ser presentado al hombre de hoy, representante y realizador de un mundo secularizado, quizá profa­nado?

Dos categorías de respuesta

1º A la primera pregunta: «qué es lo que subsiste de la enseñanza vi­cenciana», podemos responder sin vacilación y con toda tranquilidad : «lo que es evangélico», es decir, no solamente las citas evangélicas engarzadas en el discurso vicenciano, sino además todo aquello que en las enseñanzas de san Vicente contribuyó a la comprensión en su profundidad y extensión del men­saje evangélico, todo aquello que convirtió en presencia dinámica al Cristo histórico y místico del siglo primero, haciéndolo así contemporáneo para los hombres del siglo xvit, «Christus heri, et hodie, ipse et in saecula» (Heb XIII, 8).

San Vicente no sólo cuida, sirve de vehículo y traduce sino que traspone y ajusta a la mente de su época las enseñanzas ofrecidas por Cristo al primer siglo de nuestra era cristiana. Sirviéndonos de una fórmula suya, hace «efec­tivo» el evangelio, es decir, eficaz, generador de fuerza, contagioso.

Advertimos sin embargo que si el esfuerzo evangélico de san Vicente tuvo eficacia para su época y fue adecuado a su ambiente social no puede constituir para nosotros —y esto es ya primordial— sino etapa hacia Cristo, media­ción de un ideal más cercano.

En este sentido, se puede afirmar que san Vicente es, a la vez, una invitación comprensiva, un punto de arranque o si se prefiere una «pista de vuelo».

Puesto que nos es vedado y resulta prácticamente imposible el traslado de san Vicente y de su doctrina a nuestro siglo xx, comprenderemos mejor que nuestra tarea deba centrarse en este doble objetivo:

a) No dar las espaldas a san Vicente, sino proseguir su esfuerzo.

b) Trasponer, es decir, presentar la doctrina y la experiencia vicenciana de modo tal que sea comprensible para las inteligencias de nuestro tiempo y responda a nuestra manera de vivir y de amar la existencia.

Advertimos ya que en lo anteriormente dicho se esboza la respuesta que podremos dar a la segunda pregunta.

2.’ ¿Qué es lo que debe ser presentado al hombre de hoy ? ¿Qué es lo que para este hombre tiene un contenido de valor?

El análisis de la palabra «valor», indispensable para saber lo que preten­demos expresar exactamente, nos ofrecerá cierta clarificación.

La palabra «valor» designa el carácter de aquello que aparece como de­seado o deseable.

Esto significa que lo que es deseado puede no ser deseable, pura aparien­cia de bien o falso bien. Significa también que algo, de suyo deseable, de hecho puede no ser deseado, es decir, reconocido como deseable.

Llegamos así a la conclusión de que un valor es algo que vincula psicoló­gicamente nuestro ser a un bien; esta relación no es habitualmente del todo inexistente pero exige ser reconocida, fomentada, explicitada. Así vemos, por ejemplo, al apóstol Pablo invitar a Timoteo para que exhorte a los ricos de este mundo con el fin de que adopten determinadas medidas y actúen de tal modo que puedan captar la verdadera vida, aquella que espontáneamente no desean y que es, sin embargo, la única vida deseable. «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de to­do para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (I Tm VI, 17-19; cf. II Cor IV, 18). La precisión del texto griego es mayor: la única vida que sea la otra, la que aparece, sólo es ilusión.

El programa, pues, de nuestra misión, el ejercicio de nuestra función se resume en estos dos puntos:

  • 1° Precisar lo que debe ser ofrecido a toda costa, para que los hombres vivan la verdadera vida. Cuál es el don que debemos a los hombres.
  • 2° Cómo debe realizarse este don : hemos de precisar la modalidad de este don.

1º Lo que debemos dar : la Esencial Enseñanza.

Podemos resumir y condensar esta esencial doctrina en torno a tres pun­tos fundamentales:

A) El dogma fundamental de la creación

Desde hace muchos años esta base dogmática va siendo discretamente puesta en olvido.

Es preciso remontarse a los años 1945 para encontrar una obra seria so­bre «la idea de creación y sus repercusiones en la filosofía», debida al P. Ser­tillanges y publicada por las ediciones «Montaigne et Aubier» (p. 231).

Esta desaprensión fue provocada por la emergencia de un nuevo centro de interés, la modalidad del desarrollo de la vida y de la civilización. A partir del siglo xviii surge esta nueva polarización que aparta la atención del acto creador de Dios. El alejamiento se inicia con Lamark1 (1829); es amplifi­cado por Darwin,2 Ch. Robert (1809-1882); es difundido con evidentes modificaciones ya sea por T.H. Hscley (1825-1895) ya sea por Pedro Teilhard de Chardin (1881-1955).

Por reconocidos que sean el genio, las armonías poéticas, la profundidad intuitiva del P. Teilhard de Chardin, no podemos dejar de notar que el acto creador, la dependencia fundamental y transcendente que une la creatura a su Creador no son enfocadas con claridad. Semejante actitud nos acarrea una doble consecuencia:

a) Las relaciones entre Dios y el hombre aparecen desdibujadas. La trascendencia de Dios aparece minusvalorada con una correspondiente su­pervalorización de la inmanencia antropocéntrica.

b) El hombre pierde de vista su condición de radical dependencia. Se olvida que su vida es, en todo momento, recibida y que permanece siempre precaria.

Se expone por tanto a caer en el olvido en los tres irracionales que sos­tienen y afirman la línea de demarcación entre lo visible y lo invisible, lo tem­poral y lo eterno. En primer lugar, lo irracional del tiempo de su nacer, el del lugar y modalidades de este empezar a vivir (¿quién ha escogido a sus padres ?), finalmente el del momento, lugar y modo de su morir terrestre.

Ahora bien, de este dogma de la Creación, san Vicente deduce una doble consecuencia:

A) El hombre no es poseedor sino regidor —y regidor instrumental y secundario— de su propia existencia. «Somos de El y no de nosotros mismos», afirma el Santo. Heredero e intérprete concreto de la escuela francesa de espiritualidad, lucha con empeño y en todos los frentes, contra la apropia- ción, el espíritu de dominio. «En cuanto nos hallemos vacíos de nosotros mis- mos, Dios nos llenará de El; no tolera el vacío» (E., 1960, p. 860[/note]. señores y hermanos, creedme, es máxima infalible de Jesucristo que os he anunciado con frecuencia y en su nombre que en cuanto que un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; y Dios habita en él y obra en él; el deseo de la confusión nos vacía de nosotros mismos, la humildad, la santa humildad; entonces es Dios quien obra en nosotros y todo andará entonces bien» (E., 1960, p. 269), septiembre, 1655.

Volveremos a encontrar esta insistencia en las enseñanzas de san Vicente sobre la humildad a propósito muy especialmente de la vida apostólica.

 

B) El hombre se encuentra —por su nacimiento y por su consagración bautismal— comprometido en llevar hasta su término esta creación.

Dirigiéndose a las Hijas de la Caridad, San Vicente despliega el inventa­rio de motivaciones que han de moverlas a trabajar.

Si la primera de ellas se funda en el mandato divino exigiendo que el hom­bre gane su vida con el sudor de su frente.

Si la segunda señala la orientación que Dios ofrece al justo para que viva del trabajo de sus manos.

La tercera, especialmente original, arranca del hecho que Dios trabaja sin cesar: «Dios mismo trabaja sin parar: siempre ha trabajado y trabajará: desde toda la eternidad trabaja en su intimidad divina, engendrando eterna­mente al Hijo que nunca cesará de engendrar. El Padre y el Hijo no han ce­sado en el trabajo de la relación que los une, y este amor mutuo engendra eternamente al Espíritu Santo por quien toda gracia ha sido, es y será dis­tribuida a los hombres.

Fuera de esta intimidad divina, Dios aún trabaja en la creación y conser­vación de este gran universo, con el movimiento de los cielos, con las influen­cias de los astros, con los productos de la tierra y del mar, la temperatura del aire, la sucesión de las estaciones, etc., todo ese bello orden de la naturaleza que dejaría de existir volviendo a la nada sin la continua y providente mano de Dios.

La expresión «aplicar la mano» es muy familiar en los escritos de san Vicente.3 Indica a la vez el carácter concreto de la intervención divina y se reclama en ella de un Dios que al igual que «un maestro de escritura sos­tiene y conduce la mano del niño para enseñarle a escribir» (estudio sobre la Gracia, anterior al 25 de junio de 1648, cf. S.V. III, 330-331): «He hecho un pequeño estudio sobre estas cuestiones, y hasta ese terreno me llevan mis habituales y pobres oraciones».

A continuación san Vicente subraya que esta conservación y este llevar el mundo a su término resulta de la conjunción de dos actividades: la de Dios y la del hombre: «Además de este trabajo general, trabaja con cada ser viviente en particular; trabaja con el artesano en su taller; con la mujer en su hogar; con la hormiga y la abeja en sus respectivas cosechas y esto sin reposo ni discontinuidad. ¿Y por qué trabaja? Por el único bien del hombre, para conservarle la existencia y procurar remedio a sus necesidades. Y que ¡si un Dios, emperador del universo no cesa un solo instante en su actividad hacia dentro de sí y hacia fuera, desde que el mundo es mundo, llegando hasta la producción de las cosas más humildes de la tierra con las cuales colabora, cuánto más razonable será que nosotros, sus creaturas, trabajemos como nos dice, con el sudor de la frente!» (conferencia, 28 de noviembre de 1649, t. IX, pp. 489-490).

Semejantes exhortaciones llevan a san Vicente a una conclusión de sor­prendente modernidad. El continuador de la Misión de Cristo, no debe ser una carga para nadie y esto gracias a su trabajo. Encontramos el eco de las palabras de san Pablo a los tesalonicenses: «Quien no trabaja. que se abstenga de comer» (2 Ts III, 10).

Bajo este enfoque se esclarecen los textos de las conferencias sobre el celo (E., 1950, pp. 364, 377-378; 384-385; 407-408; 727-729), sobre la bús­queda del reino de Dios (E., 1960, p. 456) y amonestaciones a sacerdotes pro­pensos a perezas crónicas (S.V. V. 350; VII, 463; E., 1960, pp. 256, 302).

2.° El dogma fundamental de la Redención

Aunque no parezca necesario, creemos sin embargo útil recordar que el Evangelio de Lucas, fuente primordial de inspiración evangélica para la doc­trina vicenciana, se encuentra dogmáticamente y aun por sistema, centrado en la Redención. Geográficamente, este evangelio se presenta como una «su­bida hacia Jerusalén».

Por otra parte, tendríamos que recordar que nuestra teología de la Re­dención aparecería de una desoladora pobreza sin las exposiciones de la epís­tola de san Pablo a los romanos, sin la carta a los gálatas.

Las epístolas pastorales así como las del cautiverio son también piezas indispensables para una construcción teológica en el sentido elemental de la palabra.

Ahora bien, el contenido esencial y original de las doctrinas paulina y lucana lleva consigo dos aspectos que encontramos reflejados en la espiri­tualidad de san Vicente:

A) El aspecto «luz»

El fin de toda la revelación destinada al hombre, el misterio central, es la elevación al estado sobrenatural, elevación cuyas consecuencias antropoló­gicas son capitales : el centro de gravedad de la existencia humana es cam­biado.

El hombre abandonado a si mismo, ontológica y psicológicamente tien­de a constituirse y erigirse en centro del mundo, y esto a pesar de su con­dición de ser creado; este hombre regenerado se ve radicalmente cambiado, se convierte en expresión de Otro distinto de sí mismo. El ser principal de la existencia sobrenatural es Dios, nuevo centro de gravedad, Dios y Cristo que se revelan en el cuerpo mortal (2 Cor 4, 11). Dios y Cristo se mantienen v prosperan a pesar de la destrucción del cuerpo de muerte (II Cor 4, 16). y hombre nuevo no cesa de rejuvenecer (Ef 5, 20). San Pablo no vacila en utilizar la expresión paradójica: «Mi vida, es Cristo» (Fil 4, 21).

Esta nueva situación, esta re-creación determina una distinta manera de ser y sobre todo de conocer. Hay que contemplar las cosas invisibles y no contentarse con las visibles : Por eso, escribe san Pablo a los corintios : «no miremos hacia las cosas visibles, sino hacia las invisibles : las cosas visibles sólo duran un tiempo, las invisibles son eternas» (II Cor 4, 28).

Este es el camino que sigue san Vicente para introducirnos en su teolo­gía de la fe. Por razones de brevedad, sólo puedo fijarme en dos temas típica­mente vicencianos: la visión del pobre y la visión de las cosas y de las per­sonas en Dios. «La segunda máxima de este fiel siervo de Dios, escribe Abelly, en 1664. consistía en ver siempre a nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar más eficazmente su corazón a rendirles todos los deberes de ca­ridad. Veía a este divino Salvador como Pontífice y Jefe de la Iglesia, en nues­tro santo Padre el Papa. como Obispo y Príncipe de los Pastores en los Obis­pos. Doctor en los doctores. Sacerdote en los sacerdotes, Religioso en los religiosos, Soberano y Poderoso en los reyes, Noble en los señores, Juez y muy sabio Político en los magistrados. gobernantes y demás responsables» (Abelly I, 83). Su actitud se condensa en una fórmula : «Nada me place sino en Jesu­cristo» (Abelly I, 78, edición de 1664, II edición).

B) Aspecto, sombra y tiniebla

Lo que completa esta visión de las cosas es la realidad que san Vicente descubre en el pecado. Este es el verdadero obstáculo para la obra de Dios; impide que en el hombre se establezca el equilibrio de Dios; hace fracasar la acción de Dios y la acción del hombre cuando intente llevar a su término la obra de Dios. El único temor que tengo es el de mis pecados, dirá san Vi­cente. Entre 1638, a partir del 1 de octubre (cf. S.V. I, 510), y 1650 he notado que sale a relucir el tema de sus propios pecados en los escritos del santo (105 veces). Me contento con señalar la cuantía de adición.

Este doble aspecto del dogma de la Redención basta para orientar una vida humana que pretenda ser un vivir en Dios: «Es preciso continuar la Re­dención de Cristo». Esta redención puede caracterizarse así:

a) Es un amor que se da

La expresión «darse a Dios» es la frase inicial que introduce a toda la ver­dadera actividad. No hay acto valedero fuera de aquel que primero se da a Dios y que Dios prolonga y sostiene con su inspiración y su gracia (cf. entre otros textos, E., edición 1960, pp. 37, 471, 550, 562, 583, 742, 743, 775, 776, 881, 825, 831, 855, 916, 944).

Es preciso consumirse Cristo se consumió. El 7 de junio de 1660 el señor Juan Gicquel, que redactaba el diario de los últimos días de san Vicente, notaba en una de sus últimas recomendaciones: «Consumirse por Dios, no disponer ni de bienes, ni de fuerzas por consumirlas por Dios, esto es lo que el mismo nuestro Señor hizo consumiéndose por el amor del Padre».

b) Es un amor doliente y compasivo

San Vicente nota expresamente, y esto podría sorprender en un hombre tan activo como él: «Nuestro Señor y los santos han hecho más padeciendo que con la acción» (S.V. II, 2).

Este será el punto de arranque del fundador de la Misión para la elabo­ración de toda una teología espiritual y redentora. «La enfermedad es un estado del todo divino, dirá» (E., pp. 442, 941). «Este estado es revelador de lo profundo del alma; en él se ponen de manifiesto las más hondas disposi­ciones. Es un estado muy grato a Dios» (E., p. 373). Los enfermos no son una carga sino una bendición para las casas y la Compañía (S.V., VII, 179).

3. La Iglesia

Aquí nos contentaremos con referirnos al estudio de Juan Orcibal sobre la noción de la Iglesia en los siglos xvii y xviii,4 para señalar la originalidad evangélica y conciliar la obra y la doctrina vicencianas.

Cuando sus contemporáneos, el cardenal Belarmino, y san Pedro Cani­sio ofrecían para explicar la Iglesia de Cristo un esquema vertical que super­ponía los grados de la jerarquía: Papa, obispos, sacerdotes, seglares y la do­taba de una estructura sólida pero fundamentalmente estática, en la cual todo provenía de la cumbre de la pirámide, Vicente de Paúl presenta en una perspectiva histórica y en continuación con la misión de Jesús, una Iglesia caminante continuadora de la vida peregrinante del Señor, un pueblo de Dios igualmente en marcha hacia su eternidad. En resumen, san Vicente ofrece la exacta visión de la Iglesia que con sumo vigor el concilio Vaticano II ha puesto en evidencia a través de su Constitución «Lumem Gentium».

Las consecuencias o mejor dicho la única consecuencia con variedad de expresiones, se condensan en «coresponsabilidad» total. una co-responsabili­dad psico-fisiológica sorprendente. Sólo señalaremos tres específicas carac­terísticas:

a) La solidaridad en el bien y en el mal

San Vicente no vacila, apoyándose en este principio, en considerar a los superiores como responsables del mal, que surgen en sus casas y entre miembros de sus comunidades (cf. S.V. X, 561; X, 261-263; II, 335, E.,p. 163). Señalemos de paso todo esto que concuerda con ciertos aspectos de la diná- mica de la gracia. puestos en evidencia por G. Bernanos y F. Mauriac. En este terreno confiere nueva vida a la noción de responsabilidad colectiva del Antiguo Testamento y recurre como Carlos Marx a la fuerza que se revela cuando los individuos quieren actuar «uno por todos y todos por uno».

b) La apertura del alma y la reciprocidad de las conciencias

Este aspecto aparece claramente afirmado cuando san Vicente recuerda a los superiores que sepan pedir consejo. Así mismo recuerda a los particulares que, para conocer la voluntad de Dios y orientarse con los sanos criterios, es preciso. no solamente orar y reflexionar, sino también pedir consejo.

c) La reciprocidad de las sensibilidades

La doctrina vicenciana, en este terreno, ofrece a la devoción y espiritua­lidad modernas acentos originales y particularmente enriquecedores.

Reintegra la sensibilidad en el conocimiento concreto. El conocimiento abstracto no llega ni a lo hondo del hombre ni a la verdad de Dios. «Nuestro Señor ha prevenido con su amor a aquellos que ha querido que creyesen en él. No se cree en una persona por muy sabia que sea, sino porque la conside­ramos como buena y la amamos. El diablo es muy sabio y sin embargo no creemos nada de lo que dice» (S.V. I, 295). Así pues, en nuestro tiempo de so­cialización, un tiempo hambriento de cordialidad y de superactivación de las sensibilidad, san Vicente recuerda que por deber de humanidad y sobre todo por deber de hijos de Dios, nos incumbe cultivar la compasión. No compa­decer es ser peor que los animales.5

No podemos menos de aceptar las exigentes e imperiosas conclusiones de san Vicente: «Nos es preciso unirnos al prójimo para unirnos a Dios…». «No me basta con amar a Dios si mi prójimo no le ama» (E., p. 681).

La modalidad del don

Sería pueril esperar de san Vicente un super-método de acción pastoral, una manera fácil de lograr sin penas, sin atención ni fatiga aquello que ha de ser la continua movilización de todo nuestro ser. Pero, sí, podemos, con toda legitimidad, buscar en él lo que podríamos denominar:

— Los tres principios generadores de todo vivir pastoral.

— Los signos que permiten discernir la vitalidad, el buen estado de salud de un sacerdote misionero según san Vicente.

a) Los tres principios generadores

1. Toda acción debe estar hecha «en nombre de Nuestro Señor Jesu­cristo (cf. l Cor 10, 31). En efecto, lo mejor que hay en nosotros no es nues­tro, ni es «nosotros mismos»; es el bien, la gracia de Dios y Dios mismo».

2. No basta con dar algo, palabras, bienes o tiempo; es preciso darse, de tal manera que el acto o el bien sólo constituyan la especie sacramental y visible de una Presencia, de un Don. Con una bondad que desconcierta, san Vicente permanece atento al semblante de sus discípulos; le maravilla ver que «algunos» «con modales sonrientes y agradables contentan a todos, al haberlos dotado Dios de esa gracia que le confiere una presencia tan cordial y amable que parecen, al mismo tiempo que ofrecen su corazón, pedirlo a los demás» (E., pp. 606, 28-3-1659).

3. Ninguna consideración humana debe frenar o paralizar el don de sí mismo. Siguiendo la consigna de santa Juana de Chantal y san Francisco de Sales, es preciso mostrarse invariable en cuanto al fin y dúctil y suave en cuanto a los medios. «En esto estriba lo esencial de la buena conducta».

b) Los tres signos de vitalidad sobrenatural

1. La humildad

Nos sentimos algo molestos por la insistencia con que se manifiesta san Vicente, ya sea en la expresión, ya sea en la enseñanza sobre el tema de la humildad. Es su deseo que la mencionada virtud sea característica del misio­nero: «Si nos fuera dado el tomar, señores, la humildad por marca del misio­nero, de tal manera que se distinguiese más por ella que por su propio nom­bre, ¡Oh, con qué gracia más fructífera podría el Señor enriquecer nuestro estado! Roguémosle para que si nos preguntan por nuestra condición poda­mos responder, la humildad». «Que sea esta nuestra virtud y que si nos pre­guntan: ¿quién va?, que la humildad sea nuestra contraseña» (E., p. 623, 18-4-1659). Psicológicamente, la humildad es nuestra manera habitual de abrir­nos a Dios, de ahondar, de intensificar nuestra posible apertura a los demás; nos convierte en instrumentos de Dios o para usar una palabra más abs­tracta, en disponibilidad. En la humildad se expresa la caridad verdadera y, al mismo tiempo, podemos afirmar que la caridad es hija de la humildad: sólo de ella puede nacer.

Por otra parte la humildad nos injerta, nos entronca con la verdadera vida, la de Dios que florece en todo ser humano.

2. La magnanimidad

Es preciso dilatar nuestro corazón hasta las extremidades de la tierra (cf. E., p. 694).

Esta magnanimidad es signo y marca de caridad auténtica. Esta, sin aquélla, sólo sería expresión de un instinto de muerte, estancamiento de una fijación en sí mismo, voluntad patológica de la nada.

En este sentido, santo Tomás, Pascal y san Vicente señalan la necesidad de cultivar a la vez el sentido de humildad y de magnanimidad, el valor ex­terno y la extremada dulzura. «No admiro el exceso de una virtud, como la valentía; sino, cuando veo, al mismo tiempo, el exceso de la virtud opuesta, como sucede en Epaminondas en quien se unen la extremada valentía y la benignidad extremada. De lo contrario, no se progresa, sino que se cae. No se pone de manifiesto la grandeza por aparecer excesivo, sino más bien to­cando a los dos extremos a la vez y llenando de ser lo que separa estos extre­mos. Quizás sólo aparezca un repentino movimiento del alma hacia uno de los dos excesos y entonces sólo se perciben un punto, como tizón de fuego. De acuerdo, pero al menos esto indica la agilidad del alma, ya que no puede reflejar su dimensión» (Br. 353. La. 681) (cf. Montaigne, Essais, 1. II, cap. 26 Desplus excellents hommes. Paris, Hachette, 1965. Ed. Villey-Sulnier, p. 756. Sainte Beuve ha comentado con brillantez este pensamiento en su Port-Royal, Paris, I, 249).

3. La gratitud

«Hay dos cosas en mí: la gratitud y el no poder dejar de reconocer y ala­bar el bien» (Abelly, III, 268).

Lo que san Vicente descubría en él y lo que nos invita a buscar y fomen­tar entre nosotros, es la capacidad de encontrar a Dios en la bondad de los demás. Misteriosamente, Dios nos alimenta con su bondad mediante la bon­dad de nuestro prójimo.

Si vosotros, amigos y hermanos, me habéis conocido, es debido sin duda a causa de esa extraña, misteriosa e indefectible presencia del Señor en medio de nosotros.

  1. Lamark publicó dos obras fundamentales: la Filosofía Zoológica, en 1809, y la His­toria natural de los animales sin vértebras, en 1815-1822.
  2. Carlos Roberto DARWIN publicó en 1859, On the origin of species by mean of natu­ral selection or the preservation of favoured races in the strugle for lile La primera edición de 1.250 ejemplares fue totalmente vendida el día mismo de su publicación.
  3. La expresión «tener la mano sobre algo», se inspira del tener la rienda del caballo (LITTRÉ, Dictionaire de la langue française, «tenir», sens núm. 3).

    San Vicente la usa con frecuencia en el sentido de «velar por», vigilar, esforzarse por obtener la ejecución de algo (cf. S.V. I, 16, 427; II, 419-11 de septiembre de 1643; III, 42, 324, 329- 25 de junio de 1648; VI, 106, 363; VII, 278; IX, 489-28 de noviembre de 1649; E., p. 38-septiembre de 1632, 50, 832.

    La «mano de Dios» es también expresión de uso frecuente, cf. S.V. III, 488-17 de septiembre de 1649 —XIII, 156— antes de junio de 1648; conferencias a los misioneros, pp. 914, 1031.

  4. Relazioni del Congreso Internationale di scienze storiche. 1955, vol. IV, pp. 111-135.
  5. DODIN, Ce que Monsieur Vincent pensait de la compassion et de la misericorde. Mis­sion et Charité, 18 abril 1965, pp. 182.188.

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