Llamadas a ser testigos de la radicalidad evangélica

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Evelyne Franc, H.C. · Year of first publication: 2013 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

ternura12-1024x768Es para mí una gran alegría encontrarme con ustedes, Hermanas de entre 11 a 24 años de vocación, procedentes de diferentes países y Provincias de la Compañía.

Además de su grupo, hay en el mundo 1.692 Hermanas que pertenecen a esta franja de edad de vocación; ellas comparten sus sueños y esperanzas y, sin ninguna duda, afrontan los mismos desafíos que ustedes.

Este encuentro, como saben, tiene por objetivo una revitalización espiritual y vicenciana, tal es en efecto, la expresión que escogimos en el Consejo general durante nuestro discernimiento sobre la formación organizada a nivel internacional. Esto quiere decir que ustedes se benefician durante este Encuentro, de una ocasión muy especial para releer los años pasados en la Compañía, para agradecer al Señor el don de su vocación y abrir su corazón a la gracia que el Señor no deja de enviarnos cada día a todas.

¿Por que están ustedes aquí? Para hacer un alto: “venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco” . Me gustaría invitarlas a hacer un alto al borde del camino, recogerse en lo íntimo de su corazón para releer, con los ojos de la fe, su recorrido desde la primera llamada. Esto les permitirá ver dónde se encuentran y hacia donde les conduce el Espíritu Santo. Estoy segura de que desearán profundamente ponerse a la escucha del Señor en el silencio de su corazón y experimentar su amor por ustedes.

Ya saben que, desde los orígenes, la Compañía ha optado por la radicalidad evangélica para seguir a Cristo y continuar su misión. Pregúntense con frecuencia, en la reflexión y en la oración, cómo viven su vocación, hacia dónde se dirigen sus energías, cuáles son sus preocupaciones y prioridades, cómo se sienten espiritualmente. En definitiva, se trata de hacer una revisión de vida, de ver cómo responden a la llamada del Señor y lo que hacen para cultivar el don de la vocación, este tesoro que todas, cualquiera que sea nuestra edad, llevamos en vasijas de barro.

Deseo compartirles unas sencillas reflexiones sobre el tema que he escogido: “Llamadas a ser testigos de la radicalidad evangélica”, con los pobres, con la Iglesia y en el mundo. Esta reflexión se desarrollará en tres etapas:

  • La radicalidad evangélica en la perspectiva del amor
  • La llamada a dar testimonio de la radicalidad evangélica
  • De ayer a hoy : Testigos de la radicalidad evangélica

1. La radicalidad evangélica en la perspectiva del amor

1.1 Dejarse fascinar por Jesucristo

Al comienzo de esta reflexión, me gustaría evocar el pasaje del Evangelio en el que Jesús invita a sus discípulos a remar mar adentro, porque sé que esta imagen nos ayudará a captar lo que implica seguir a Jesús con radicalidad, dejando todo por él.

Trasladémonos con el pensamiento a orillas del mar (o al lugar en el que ustedes mismas percibieron con claridad la llamada del Señor). A su lado, Jesús les invita de nuevo, como lo hizo ese día, a subir a la barca, alejarse de la orilla y dirigirse mar adentro, hacia alta mar. La radicalidad evangélica tiene, en efecto, como base de partida, punto de apoyo, la experiencia gozosa, maravillosa del encuentro con Jesús, una atracción y una fascinación por su persona. Después del encuentro con Cristo, nada es igual. Se trata de una experiencia decisiva que nos cambia y nos marca para siempre.

Los Evangelios nos muestran como Andrés y Juan los primeros, y luego Pedro, Felipe, Natanael, Mateo se dejaron fascinar por Jesucristo. Más tarde, otras muchas personas han encontrado al Señor Jesús y su vida ha cambiado totalmente porque “dejándolo todo, lo siguieron”. Dejar todo por amor es la clave de la radicalidad evangélica. Me parece importante que comprendamos bien que el centro de la radicalidad, es el amor. La radicalidad se distingue de la rigidez, de la tensión, del estoicismo voluntarista o de la exaltación; es igualmente muy diferente del perfeccionismo, que puede acecharnos a todos.

Para nosotras, Hijas de la Caridad, vivir la radicalidad evangélica, supone ir a la raíz de la vocación y profundizar la llamada, amar a Jesucristo sin poner nada por encima de este amor, con miras al servicio de los pobres.

San Vicente describe a la perfección esta respuesta radical a la llamada, cuando afirma que para ser Hija de la Caridad, hace falta dejarlo todo: padre, madre, bienes, proyectos de futuro y olvidarse de una misma. Es lo que el Señor nos enseña en el Evangelio.

¿Han dejado en la orilla todo lo que puede impedir vivir la vocación con un amor generoso y gozoso?

1.2 Velar por el tesoro de la vocación

Quien descubre el tesoro de la vocación y lo acoge como el más hermoso regalo recibido en su vida, lo guarda y permanece vigilante para que nada, ni nadie pueda separarle del amor de Cristo. ¿Irradian la alegría de quien ha encontrado el tesoro de su vida? ¿Cuidan bien de su vocación?

Para cuidar este tesoro, es preciso cultivar una profunda vida de oración, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, por la vida litúrgica y sacramental (especialmente la Eucaristía y la Reconciliación), porque “si no creéis, nos subsistiréis”.

Me gustaría realzar la importancia de la Eucaristía, porque es alimento para nuestra vocación. Santa Luisa en varias ocasiones expresó su amor por la Comunión y su preocupación por prepararse bien. Su pensamiento es de una delicadeza extraordinaria: “La otra razón que tenemos para darnos a Dios con el fin de comulgar bien, es la gratitud que debemos tener por el amor que El nos ha manifestado al darse a nosotros en la sagrada Comunión; lo que nos exige manifestar a Nuestro Señor un amor en cierto modo recíproco, deseando con todo nuestro corazón recibirle ya que con todo su Corazón quiere El darse a nosotros. Su amor me ha parecido todavía mayor al considerar que habiendo bastado su Encarnación para redimirnos, parece que el darse a nosotros en la Sagrada Hostia, es puramente pala nuestra santificación, no sólo aplicándonos los méritos de su Encarnación y Muerte, sino también dándonos, como su bondad quiere hacerlo, una comunicación de todas las acciones de su vida y haciéndonos entrar en la práctica de sus virtudes, pues desea seamos semejantes a El gracias a su amor”.

El pensamiento de Santa Luisa se encuentra en la Constitución 19 b « Las Hermanas son conscientes de la importancia vital de la Eucaristía, centro de su vida y misión, encuentro esencial, cada día, con Cristo y con los hermanos.».

¿Cómo viven la Eucaristía? ¿Disponen de un momento para preparar el corazón, el espíritu y el cuerpo y luego, dedican algunos minutos de silencio para la adoración y la acción de gracias? ¿Reciben regularmente el sacramento de la Reconciliación?

San Vicente animaba a las Hermanas a acercarse a este fuego, para que se dejasen invadir por el amor de Cristo, después, para atraer a Cristo por su caridad y buen ejemplo a los que servían. “La persona que comulga bien, lo hace todo bien”.

La unión con Cristo, alimentada por la Comunión diaria y la oración, les ayudará a descubrir su presencia, incluso en los momentos de dificultad o de desencanto, como fue el caso de los apóstoles, quienes después de una noche de esfuerzos infructuosos, fueron a El para contarle su decepción.

En su camino vocacional, seguro que han experimentado algunas dificultades, períodos de obscuridad y tentaciones. En tales momentos de crisis, es necesario comprender bien lo que ocurre y buscar las causas; oren con confianza, busquen ayuda, déjense orientar. Tienen a su lado una Hermana Sirviente que acompaña a las Hermanas de la Comunidad en el recorrido diario de la vocación, ábranse a ella. La Visitadora y el Director provincial están igualmente disponibles para ayudarlas.

Escúchense a ustedes mismas y comprueben si su trayectoria vocacional madura y se profundiza regularmente, lo que es signo de buena salud. Si tienen síntomas de tibieza, de enfriamiento, apliquen rápidamente los remedios antes de que sea demasiado tarde.

Por el hecho de su edad y años de vocación, se encuentran en una etapa crítica que requiere una toma de posición lúcida ante las exigencias de la vocación. La fidelidad a la vocación implica rupturas claras y desprendimientos concretos. A veces, estas palabras de rupturas y desprendimientos sorprenden o incluso asustan, cuando aún no se ha profundizado bien el valor evangélico de la llamada del Señor a dejarlo todo por su amor. Cuando está bien entendido y se asume el ideal vocacional de las Hijas de la Caridad, estas palabras llegan a tener pleno sentido, porque se trata de rupturas y desprendimientos que nacen del amor y hacen crecer el amor. La persona que ama está dispuesta a todo.

Permítanme decirles de nuevo que su preocupación principal debe ser la de velar por la fidelidad a su vocación. Pueden contar con el apoyo de su Comunidad local para aprender a caminar y a vivir con autenticidad, alegría, disponibilidad, gratuidad. Amen la vida fraterna, participen con alegría e interés en la vida comunitaria, hagan felices a sus Hermanas.

Santa Luisa estimulaba a las Hermanas a mantener una relación afectuosa, cordial: “Alabo a Dios con todo mi corazón por la gracia que su bondad les ha concedido de ser buen olor ahí donde se ha complacido en emplearlas; pero cuiden bien de agradecérselo con la práctica de las virtudes que El pide de ustedes, sobre todo una gran cordialidad y buena inteligencia entre las dos.¿Estoy equivocada en recomendarles esta virtud sin la que no podrían no ya ser buenas Hijas de la Caridad, sino ni siquiera buenas cristianas?”.

En su crecimiento vocacional, disponen de una gran ayuda, la de la formación, camino de conversión, fuente de revitalización y renovación con miras a la radicalidad evangélica de su don, de la calidad de su vida fraterna y de su testimonio.

Conserven la costumbre de la lectura personal y de la reflexión. Preparen con cuidado los encuentros comunitarios de intercambios y formación, participen en los mismos con interés. Cultiven con seriedad la interioridad, factor de equilibrio personal y de armonía vocacional. Es esencial que trabajen a fondo -en Comunidad si es posible- los documentos de la Iglesia, que leerán de nuevo y profundicen los escritos de los Fundadores, que estén bien impregnadas del espíritu de las Constituciones y Estatutos, que estén atentas a las orientaciones de la Compañía.

Deseo además, poner de relieve la importancia de la formación continua, la capacidad de aprender de la vida diaria (la autoformación), escuela formadora y dinamismo esencial para vivir la radicalidad evangélica. Permanezcan profundamente enraizadas en el amor de Jesucristo, así afrontarán con valentía las dificultades que se presenten.

1.3 Busquen lo que agrada al Señor gracias al discernimiento evangélico

Ustedes forman parte de una generación fuertemente maltratada por corrientes ideológicas que, como un poderoso tsunami, sacuden el mundo actual, hacen tambalear lo que creíamos muy sólido y nos obligan a realizar un discernimiento adecuado. Me gustaría insistir sobre la necesidad de utilizar el discernimiento evangélico para vivir la radicalidad y afrontar lúcidamente los desafíos del mundo actual.

El discernimiento es una actitud permanente, una manera de vivir diariamente a la escucha del Espíritu. San Pablo exhortaba a los destinatarios de sus cartas a no conformarse, ni amoldarse al mundo, sino a transformarse por la renovación del espíritu para conocer “cual es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

El discernimiento evangélico es un camino hacia el amor. Sabemos que un amor vivo no encuentra nada difícil e incluso si lo encontrara, lo transformaría en algo dulce y agradable. Santa Luisa decía a las Hermanas enviadas a Serqueux: “Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios,…”. Quien ama logra hacer fácil lo que es difícil.

En una sociedad en la que los valores y los contravalores están mezclados y, a veces se confunden, me parece esencial que ustedes, Hermanas de 11 a 24 años de vocación, sean conscientes de la necesidad del discernimiento para examinar con sensatez las realidades actuales y quedarse con lo bueno.

Pueden constatar cómo, en el mundo actual, existe sed de espiritualidad, y cómo al mismo tiempo, el secularismo gana terreno. En varios círculos, se respira una especie de neopaganismo cuyos ídolos se llaman: búsqueda del placer, culto a la imagen, sed de poder. Hoy, algunas corrientes de espiritualidad se alejan de la auténtica fe, del Credo de la Iglesia. Entre ellos señalo el eneagrama, que no es conforme con la fe católica y que no tiene base científica sólida y que sin embargo goza de un cierto entusiasmo. La fe de la Iglesia nos enseña que es Jesucristo quien revela la verdad sobre la persona humana y nos da la gracia para vivir en plenitud.

El discernimiento es pedagógico y conduce a una toma de decisión, es un camino para la verdadera libertad frente a las maniobras del maligno. Si nos dejamos iluminar y conducir por el Espíritu, sabremos sostener todo lo que contribuye a la dignidad de la persona humana, a la defensa de la vida, a la promoción de la justicia, la paz y la solidaridad. Estaremos preparadas para adoptar una actitud crítica ante los contravalores que se oponen a la vida; podremos reaccionar con valentía ante las trampas de la secularización, la tentación del hedonismo y ante cualquier forma de injusticia.

La trama de nuestra vida diaria pasa también por el discernimiento, por ejemplo con relación al estilo de vida, al empleo del tiempo. El Documento Inter-Asambleas nos pide que revisemos nuestro ritmo de vida para favorecer la calidad de nuestro ser de Hija de la Caridad. La relectura de vida es un ejercicio diario de discernimiento evangélico para descubrir la acción del Señor en nuestra vida, para dejarnos conducir por el Espíritu y crecer en fidelidad.

Me gustaría comentar con ustedes la diferencia que existe entre lo normal y lo frecuente, es decir lo que se hace habitualmente. Podemos pensar que todo lo que es frecuente es normal, pero si se hace un buen discernimiento, vemos que no es el caso. Estamos convencidas de que el Evangelio, las Constituciones y Estatutos son la referencia para realizar el discernimiento, no es ni la moda, ni lo que hacen los demás, ni lo que vemos hacer con frecuencia.

2. La llamada a dar testimonio de la radicalidad evangélica

2.1 Viviendo su vocación con autenticidad y coherencia

La autenticidad está unida a la verdad; en cuanto a la coherencia, consiste en ajustar su vida al proyecto vocacional por el que se ha optado. La autenticidad y la coherencia permiten transparentar la identidad. Las dos van más lejos que las palabras, se leen en las actitudes y los hechos que ya son una manera de evangelización.

Cuando la identificación con la vocación es débil, se vive de una manera superficial, como un trabajador social que realiza un servicio humanitario. Puede ocurrir que nos encontremos a gusto con algunos aspectos del servicio de los pobres sin estar, sin embargo, plenamente identificada con el ser de Hija de la Caridad. Si la identidad se debilita, los proyectos personales prevalecerán sobre la misión de la Compañía. La vocación se arrastra sin entusiasmo e, imperceptiblemente, la persona se desliza por la pendiente de la rutina, de la pasividad y de la indiferencia; sobreviene el desencanto, la identidad se desmorona, se difumina, a veces incluso se convierte en una molestia y tratamos de ocultarla. ¿Se sienten felices, orgullosas de ser Hijas de la Caridad? Cuando se pierde de vista el ideal de seguir a Jesucristo y de pertenecerle totalmente sirviéndole en la persona de los pobres, surgen síntomas alarmantes: el individualismo o la superficialidad; trabajos mediocres que conducen a vivir bajo mínimos, a buscar lo más fácil, lo más cómodo, desinterés y pasividad en la vida comunitaria; en este momento el esfuerzo no tiene ningún sentido y se piensa más en derechos que en deberes. Se busca realizar los primeros papeles en el servicio y esto lleva al ejercicio de una profesión o a un modo de actuar rutinario, sin impulso carismático.

Sería conveniente que cada una de ustedes se interrogase sobre cómo vive la vocación y también, cómo se la ven vivir las personas que las rodean. ¿Ven una Hija de la Caridad, o más bien una enfermera, una profesora, una educadora, una trabajadora social? En una ocasión, una Hermana recibió una confidencia conmovedora por su ingenuidad: Hermana, le dice una de sus alumnas, no puedo imaginarla más que como Hermana.

Tratemos de evocar cuales son los signos de identidad vocacional y de pertenencia a la Compañía, los rasgos de familia comunes a las Hijas de la Caridad -modo de comportarse, de pensar, de vivir, de servir-, que nos caractericen allí donde vivimos. Cuando el amor a la vocación está bien enraizado, la espiritualidad está plenamente integrada, se asumen las mediaciones, se vive la pertenencia en comunión con todos los miembros de la Compañía. ¿Son reconocidas como Hijas de la Caridad allí donde la Compañía les ha enviado? Les sugiero que en su reflexión personal y en el trabajo que realizarán en grupo, hagan una especie de esquema, descripción de la identidad y de la pertenencia, indicando los rasgos esenciales que la caracterizan.

2.2 Adhiriéndose al programa de vida de las bienaventuranzas y asumiendo los consejos evangélicos.

El Catecismo de la Iglesia explica que las bienaventuranzas son el centro de la predicación de Jesús. Su anuncio vuelve a tomar las promesas hechas al pueblo elegido desde Abrahán, las cumple ordenándolas no en el único gozo de una tierra, sino del Reino de los cielos. Describen el rostro de Jesús y describen la caridad.

Las Bienaventuranzas responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre. La bienaventuranza prometida nos sitúa frente a opciones morales decisivas, nos invita a purificar nuestros corazones, a buscar el amor de Dios más que todo. Nos enseña que la verdadera suerte no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en el éxito, la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, sino solamente en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. Las Bienaventuranzas modifican y ensanchan el horizonte de nuestra manera de pensar, sentir y actuar, son un programa de vida a propósito de las actitudes, las acciones y de la relación con los demás. El espíritu de las bienaventuranzas ofrece novedad, belleza, asombro. Los bienaventurados son los pobres, los perseguidos, los afligidos. Los mansos, los misericordiosos, los que tienen el corazón puro son fuertes; los humillados, incomprendidos o perseguidos triunfan.

Un corazón pobre es capaz de sufrir, de compartir. Vive en paz y con gozo en medio de las dificultades, hasta la persecución. El pobre tiene a Dios como a su único tesoro y en su corazón no hay nada que lo aleje de él. Vivir la mansedumbre es dejarse guiar sencillamente por la voluntad de Dios, sin poner resistencias. La persona que llora es la que sufre por los demás, lucha y ora para combatir el pecado del mundo. Una mirada pura, un corazón compasivo, misericordioso embellecen la vida y el vivir juntas. Irradiar paz, actuar con justicia, es construir una humanidad mejor.

Los Fundadores vivieron profundamente impregnados del espíritu evangélico, con la mirada fija en Jesucristo. La principal virtud de san Vicente, según su primer biografo Abelly, fue la imitación de Jesucristo, a quien tenía siempre ante sus ojos para conformarse a El. Jesús era su libro y su espejo, se miraba en El en todo momento, le gustaba preguntarse cómo actuaría nuestro Señor. Quid nunc Christus? Santa Luisa tenía la costumbre de leer diariamente el Evangelio y lo tenía inscrito en el empleo del tiempo de las Hermanas para animarlas a la práctica de las virtudes y al servicio de los pobres, a imitación del Hijo de Dios. San Vicente y santa Luisa deseaban que la Compañía estuviera animada por el espíritu evangélico. “Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen especialmente a la práctica de tres virtudes, la humildad, la caridad y la sencillez.”, este espíritu evangélico que anima a la sierva de los pobres. Con este mismo espíritu, las Hijas de la Caridad asumen y practican los consejos evangélicos para poder realizar el fin de la Compañía: el servicio de los pobres, a ejemplo de Jesús servidor y evangelizador.

¿Nuestra vida está impregnada de la savia del Evangelio que nos conduce a vivir el programa de las Bienaventuranzas y los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, que asumimos por los votos?

En la vida de la Iglesia los votos han tenido siempre un impulso espiritual, una expresión de radicalidad en el seguimiento de Cristo. Con la emisión y la renovación de los votos, las Hijas de la Caridad confirman su compromiso, don total a Dios, modelo radical de seguir a Cristo, sirviéndole en los pobres. Esta vida entregada es una respuesta a la llamada de Dios a vivir las exigencias evangélicas que contienen la consagración bautismal. Como todas sabemos, el servicio es la expresión del don total a Dios en la Compañía y, al mismo tiempo mirada de fe y puesta en práctica del amor. Si la mirada de fe debilita, el servicio no se distingue de un voluntario social, como el de las personas que ofrecen su tiempo a los demás por razones humanitarias: “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda”. Es pues esencial hacer crecer la mística del servicio que lleva a reconocer, contemplar y amar a Cristo en el pobre. Es capital vivir plenamente las actitudes evangélicas de la sierva, una actitud de gratuidad y de gozosa dependencia. Es un camino que ayudará a los pobres a descubrir que Dios les ama y que está con ellos. Debemos manifestar nuestras motivaciones y el por qué de lo que hacemos, hasta el anuncio explícito de Jesucristo y de su Evangelio, como el mejor servicio que podemos ofrecer a los pobres.

En el contexto de una cultura hedonista, el consejo evangélico de la castidad es un don que libera el corazón y lo ensancha a las dimensiones del Corazón de Jesucristo, para una entrega incondicional y una total disponibilidad al servicio de los pobres”. El don total a Dios implica la ofrenda de toda nuestra persona, de lo que somos, de lo que tenemos. El tiempo que se nos ha dado, no nos pertenece, la salud, los talentos, las fuerzas y las posibilidades, todo esto se transforma en una ofrenda gozosa. Me gustaría señalar un punto importante, al de los afectos que pueden derivar en apegos y dependencias. Convendría revisar periódicamente en que punto están a este nivel, porque allí donde están sus pensamientos, sentimientos, afectos, su corazón, allí está su tesoro. Quisiera animarlas a ver claramente qué apegos, qué dependencias, deben romper. El Señor no se cansa de llamarlas a vivir la radicalidad del don total.

En el contexto de nuestra sociedad de consumo mundial, las Hijas de la Caridad viven la pobreza a ejemplo de Cristo que lo asumió en espíritu de abandono al Padre y signo de su misión en el mundo. La pobreza y la confianza en la Divina Providencia son piedras de fundación sólidas para la Compañía, “mientras guardéis esta regla y améis la pobreza, Dios bendecirá a la Compañía”, nos dice san Vicente. Es una llamada apremiante a aceptar las condiciones de vida de los pobres, las incomprensiones, sufrimientos y dificultades, en solidaridad con ellos, identificadas con ellos, que son los excluidos de una sociedad para la que ellos no cuentan. ¡Los pobres soportan todo! Y nosotras debemos estar contentas de ser tratadas como ellos, nunca mejor que ellos.

En el contexto de la sociedad actual, que tiene en alta estima la libertad y la autonomía personal, en seguimiento suyo, y bajo la moción del Espíritu Santo, las Hijas de la Caridad hacen a Dios la ofrenda total de su libertad. La vocación de una Hija de la Caridad se mantendrá si vive la obediencia, si busca y acepta la voluntad de Dios. “Mientras la Compañía tenga esta santa virtud, permanecerá en pie; pero cuando le falte, vendrá la decadencia”. Estoy segura de que la obediencia no les resulta siempre fácil y me gustaría que intercambiaran entre ustedes sobre este tema, que se hiciesen preguntas. Espero que hayan tenido la ocasión de leer el documento sobre el servicio de la autoridad y de la obediencia, publicado por la Congregación para los Institutos religiosos y Sociedades de vida apostólica.

2.3 Irradiando la alegría de creer y dando razón de su esperanza

Irradiar la alegría y dar razón de la esperanza que las habita, ¡es un gran desafío! Se dice que el mundo está enfermo por falta de esperanza y que la alegría se compra a un precio muy elevado. ¿A qué es debido? ¿por qué? Por todas partes, vemos el terrible espectáculo de la violencia bajo todas sus formas: guerras, terrorismo, imposibilidad de vivir juntos, malos tratos. En cada uno de sus países, vivir juntos en sociedad es complicado, por las grandes diferencias económicas y sociales entre las personas y la falta de solidaridad, justicia, de paz a nivel de las relaciones internacionales. Todo esto empaña la alegría y debilita la esperanza.

El Papa Francisco en la homilía del domingo de Ramos nos invitó a vivir la alegría, a combatir el desánimo y la tristeza. La verdadera alegría nace del encuentro con Jesús, somos conscientes de que El nos acompaña: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que debemos compartir al mundo. A todos, demos la alegría de la fe. “La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría”.

La alegría y la esperanza tienen su origen en una vida centrada en Cristo, unida a El. Son contagiosas, irradian. Descubramos de nuevo la alegría de creer, el entusiasmo en transmitir la fe, de comunicarla. Creamos, crean más en la fuerza del Espíritu, que puede a través de nuestras pobrezas y debilidades cambiar el mundo.

La alegría y la esperanza permiten mirar la realidad de manera positiva, poner de relieve los aspectos constructivos y bellos de todos los acontecimientos. La esperanza “Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como lo muestra la experiencia de tantos santos y santas. Con que fuerza San Pablo se dirigía a los cristianos de Tesalónica: “nos os aflijáis como los que no tienen esperanza”.

Me gustaría animarlas a irradiar el gozo de creer y a dar testimonio de su esperanza. Continúen trabajando con entusiasmo y perseverancia en la pastoral juvenil y vocacional. Las nuevas generaciones necesitan guías que les tracen objetivos claros y altos, necesitan recibir una orientación que les ayude a preguntarse sobre el sentido de su vida, de su vocación.

Nuestras Constituciones subrayan la función del testimonio del don generoso y de la alegría en la pastoral vocacional: “Cada una, al tratar de vivir con alegría y en plenitud su respuesta personal al Señor, fortalece la fidelidad de sus Hermanas y contribuye, a la vez, al despertar de nuevas vocaciones. Continúen abriendo caminos para los jóvenes, mostrándoles la belleza del seguimiento de Cristo y la grandeza de servir a los pobres. Es necesario promover una cultura de la vocación que reconozca y acepte la aspiración humana profunda que lo llevará a descubrir que sólo Cristo puede decir toda la verdad sobre su vida.

Ayúdenles a tomar conciencia de su responsabilidad en la Iglesia y a comprometerse al servicio de los más desheredados. Háblenles de su vocación, muéstrenles con el lenguaje de su vida que las Hijas de la Caridad son felices. ¡Que los pobres y las personas que les rodean puedan darse cuenta de que en verdad Jesucristo es su única esperanza!

3. De ayer a hoy: Testigos de la radicalidad evangélica

3.1 Con la fuerza del Espíritu Santo

Los apóstoles y los discípulos de Jesús experimentaron un cambio radical en sus vidas cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos el día de Pentecostés. Es fascinante, en efecto, constatar el cambio radical que se realiza en la vida de Pedro y Pablo, de san Agustín y otros santos en su encuentro con Jesucristo. Cómo su llamada les toca al corazón, cómo no pudieron ponerle resistencia. Se dejaron cautivar por su amor y lo dejaron todo por El. En ellos ser refleja la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Ni el rechazo, ni la incomprensión, ni la cárcel, ni la persecución, ni el martirio o la muerte los separan del amor de Cristo.

3.2 Bajo el impulso de la Caridad de Cristo

Volvámonos ahora hacia san Vicente y santa Luisa. Ellos fueron testigos de la radicalidad evangélica. Su vida totalmente entregada, su compromiso total inspirado y motivado por el amor hablan con fuerza. Nada, ni nadie pueden poner trabas a su deseo, a su entusiasmo, a su alegría de servir a los pobres como se corre a apagar un fuego.

Tanto nuestras primeras Hermanas como otras muchas generaciones, supieron asimilar a la perfección el mensaje de radicalidad evangélica que vivieron nuestros Fundadores. Margarita Naseau vivió su vocación, su don total con un espíritu de sacrificio que llega hasta el heroísmo. “Ayunó muchas veces días enteros, habitó en sitios en donde no había más que paredes. Sin embargo, se dedicaba a veces de día y de noche a la instrucción, no sólo de las niñas, sino también de las personas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios”. Jeanne Dalmagne, cuya caridad no se limita a Nanteuil, quiso con el permiso de los Superiores, servir a los habitantes de los pueblos vecinos, a pesar de su cansancio y sus enfermedades. Sor Andrée se reprochaba haber tenido demasiado placer al servir a los pobres: “volaba, tanto gozaba al servirles”.

Vayamos a Brasil, en 1853, pocos meses después de la llegada de las Hermanas, una epidemia de fiebre amarilla hace siete víctimas entre ellas. Fueron mártires de la Caridad, ya que rechazaron la propuesta ofrecida por las autoridades de retirarse. Estamos preparadas a morir, dijeron las Hermanas, antes que dejar el servicio de los pobres.

Algunos años más tarde, en China, en 1876-1877, seis Hermanas mueren víctimas del tifus. También fueron mártires de la Caridad. Eran Hermanas más o menos de su edad; las dos más jóvenes tenían 26 y 29 años, otras dos un poquito más y la mayor tenía 45 años. ¡Cómo resplandecieron en ellas el amor de su vocación! Con que gozo afrontaron la muerte; morir Hija de la Caridad en China, qué honor, dijo una de ellas. Otra Hermana entonó el Ave Maris Stella, invocando a la Virgen María, estrella del mar, pidiendo su ayuda para él último pasaje.

La geografía de la radicalidad evangélica, el perfume de caridad, no conoce ni límites, ni fronteras. En todos los continentes, en lugares muy alejados, de manera intrépida, ya sea en el tumulto de las barricadas como Sor Rosalía Rendu o en el valiente silencio del servicio diario como santa Catalina Labouré, es verdaderamente la caridad de Cristo la que las impulsó a darlo todo, a darse ellas mismas para que los pobres pudieran vivir y sobre todo conocer a Dios y descubrir que es Padre. Recordemos también a nuestras Hermanas recientemente beatificadas: Sor Lindalva, Sor Giuseppina, Sor Marta, Sor Margarita y las que lo serán en el mes de octubre, las mártires de la fe del siglo XX en España…, todas, de un modo o de otro, dieron su vida por Cristo y por los pobres.

Para termina, quisiera mencionar un hecho que tuvo lugar aquí en la Casa Madre en la sala de retiro, no en el lugar donde nos encontramos hoy. Fue en 1870, 30 Hermanas acababan de morir en Crimea, como consecuencia del cólera que habían contraído atendiendo a los enfermos. La Superiora general de la época, Sor Félicité Lequette, habló a las Hermanas que hacían el retiro en la Casa Madre. Pidió que se levantaran voluntarias para remplazar a las hermanas difuntas… todas las Hermanas se pusieron de pie.

3.3 Manteniendo la caridad viva

Sin ninguna duda, una profunda convicción estaba grabada en el corazón de todas las Hermanas de las que acabamos de hablar y que fueron testigos de la radicalidad evangélica: no hay amor más grande que dar su vida por quien se ama. Estoy segura de que esta misma convicción les habita a ustedes que tienen entre 11 y 24 años de vocación y por eso las dirijo hoy esta llamada en nombre de la Compañía:

Hermanas, por todas partes los pobres son numerosos, pero algunas situaciones son todavía más críticas que otras y piden refuerzo. ¡Es allí donde las espera el Señor, allí donde los pobres tienen hambre, allí donde mueren, allí donde necesitan de Dios! ¿Están disponibles para ir a la misión ad extra o ad intra, allí donde los pobres nos necesitan con urgencia? El Papa Juan Pablo II, durante el Jubileo de los jóvenes en Roma, les dirigió las palabras llenas de entusiasmo de Santa Catalina de Siena: “Si sois lo que tenéis que ser, prenderéis fuego al mundo entero”.

Quisiera terminar esta reflexión, dirigiéndome a la Virgen María, Madre de la Compañía. Le pido que las acompañe en este camino de revitalización vocacional, que estimule y renueve su vocación y su don a Nuestro Señor, para vivir con gozo y pasión el servicio de Cristo en los pobres, en comunión con sus Hermanas.

¡Vayan pues, Hermanas en nombre del Señor! Vayan al encuentro de los demás, llévenles el fuego de la fe, la alegría de la esperanza, la dulzura del amor de Dios Padre difundido en sus corazones por el Espíritu que se nos ha dado.

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