La pastoral de la conversión y las Misiones interiores: El ejemplo de los Lazaristas en Alta Bretaña en el siglo XVII. Por François Lebrun.
En 1645, a petición del Obispo de Saint-Malo, Vicente de Paul, superior de la Congregación de la Misión, envía a cinco de sus sacerdotes a encargarse del seminario que el obispo ha decidido establecer en los locales de la abadía benedictina de Saint-Méen, a doce leguas de su ciudad episcopal, pero en el centro de su diócesis. En los términos del contrato firmado entre los dos hombres, tres de los cinco sacerdotes dirigirán el seminario y los otros dos asegurarán misiones en las parroquias rurales de la diócesis Malouin. Un manuscrito recientemente encontrado permite estudiar de muy cerca la actividad misionera de estos últimos. Se trata de un cuaderno que entrega un informe de cada una de las 162 misiones predicadas por los lazaristas de Saint-Méen a través de la diócesis de Saint-Malo y accesoriamente las diócesis vecinas, entre 1645 y 1700-2.
-1 Sobre la instalación difícil de los lazaristas en Sant-Malo (hoy Saint Méen-le-Grand, cabeza del cantón del departamento de ILLe-et-Vilaine). Cf. Pierre COSTE, Le grand saint du grand siècle, Monsieur Vincent, Paris 1932, t, I. pp. 133-144.
-2 Para un estudio sistemático de la actividad misionera de los lazaristas de Saint-Méen a través de este cuaderno de actas, cf. François Lebrun, «Las misiones de los lazaristas en Alta Bretaña en el siglo XVII», Anales de Bretaña y de las regiones del Oeste, 1982, pp. 15-38.
Estos informes están más o menos detallados, pero entienden todos a responder a un mismo cuestionario que figura a la cabeza del cuaderno y que comporta, aparte de las preguntas concernientes a la parroquia donde se predica la misión, la duración exacta de esta y el número de los «obreros» empleados, esta cuestión capital: «Si ella ha salido bien o mal y ¿porqué?» De hecho, sobre todo después de 1660 los redactores de cada informe no se contentan con suministrar precisiones de lugar y de fechas, se emplean a veces largamente sobre las condiciones en las que la misión se ha desarrollado: asiduidad a los diversos ejercicios, prisas por confesarse y en la comunión general, importancia de las reconciliaciones, el todo adornado con anécdotas edificantes o comentarios sobre la mayor o menor receptividad del auditorio. Estos desarrollos permiten no solo verificar que el fin de la misión consiste en la conversión individual o colectiva sino también comprender mejor los medios empleados por los lazaristas para alcanzar este fin, en otros términos lo que es para ellos la pastoral de la conversión.
Para el Sr. Vicente, como para la mayor parte de los teólogos de su tiempo, la ignorancia religiosa es una causa suficiente de condenación. «No hay salvación, escribe, para las personas que ignoran las verdades cristianas»; o, añade él, «la ignorancia del pobre pueblo es casi increíble»-4. Ciertamente, en la diócesis de Saint-Malo, esta ignorancia retrocede poco a poco en la segunda mitad del siglo XVII, a medida que se establece un clero parroquial formado en el seminario y por lo tanto mejor preparado a su tarea. Sin embargo, homilías dominicales y catecismo están lejos de ser aseguradas aun regularmente para todos los párrocos. Y para los lazaristas, es evidente que la mayor parte de los fallos observados en las parroquias rurales resultan de una profunda ignorancia religiosa, sea porque se hayan olvidado. En tales condiciones, la conversión postula previamente la instrucción. Por eso cada misión constituye una empresa excepcional de formación religiosa acelerada. Durante tres o cuatro o cinco semanas, y cada día de la semana, salvo un día llamado de «recreación», por lo general el jueves, los lazaristas instalados en una parroquia, en ella multiplican predicaciones y catecismos, con la ayuda circunstancial de algunos sacerdotes seculares.
Las predicaciones son en el número de dos diarias, por la mañana muy temprano a las cinco o las seis, (bien que la misión se desarrolle casi siempre en otoño o en invierno, y por la tarde, a las seis. Todos los fieles de la parroquia y de las parroquias vecinas asisten indistintamente. Ningún informe, en todo caso, hace alusión a una división de los oyentes en varios grupos según el sexo y el estatuto social y profesional, con sermones especialmente adaptados. Esta práctica se justifica sobre todo en las parroquias urbanas donde la población está con frecuencia muy mezclada.
-3 Sobre las misiones de los lazaristas en Francia en el siglo XVII, cf. el artículo ya antiguo de G. Chalumeau, «San Vicente de Paúl y las misiones en Francia», siglo XVII, nº 41, 1958, pp. 317-327 (número especial dedicado a las misiones católicas en el interior de Francia durante el siglo XVII») y sobre todo la reciente e importante contribución de Jean Delumeau, «Misiones del interior en el siglo XVII, consagrada a los lazaristas, en Un camino de historia, Cristiandad y cristianización, París 1981, pp. 154-187.
-4 Citado por Jean Delumeau, op. cit., p. 158.
Ella no es el hecho de los lazaristas especializados en las misiones rurales y teniendo relación con auditorios mucho más homogéneos. En muchas parroquias la iglesia es demasiado pequeña para contener para contener la multitud de los fieles, llegados de varias leguas a la redonda. Así mismo ocurre con frecuencia que para la predicación de la mañana estos ocupan un lugar en la iglesia desde las primeras horas de la mañana e incluso pasan la noche allí para estar seguros de tener un sitio. En ciertos casos los oyentes se apretujan en el cementerio colindante y recogen así briznas de de sermones, como en Montertelot en 1661 (* La iglesia es tan pequeña que apenas caben 300 personas, que oían lo que podían de la predicación, en el cementerio*). El redactor cita siempre con complacencia este aprieto de los fieles: en Campénéac, en 1669, «se predicaba dos veces al día y por la mañana la iglesia estaba muy llena desde las cuatro e incluso antes, y la buena gente se ocupaba cantando cánticos espirituales a la espera que comenzase la primera misa». En varias ocasiones el libro menciona accidentes provocados por estas «grandes presiones», en particular los domingos y fiestas que, más aún que los días «obreros», veían afluir a los fieles de las parroquias más alejadas.
Esta diligencia sorprendente se dobla por lo general de una receptividad no menos sorprendente que se traduce concretamente por los lamentos, los gritos o las interrupciones que a veces cubren las palabras del predicador o las reducen al silencio. En Plélan, en 1662, «el pueblo se hallaba tan impresionado que lloraba en casi todas las predicaciones. Un venerable anciano respondió en voz alta al predicador que hablaba del perdón de los enemigos, que él perdonaba a todo el mundo». En Cardroc, en 1685, «todo el mundo lloraba de ordinario en la predicación tan alto que no se oía al predicador». En Peillac, algunos meses más tarde, «el pueblo lloraba de ordinario en las predicaciones […]; se predicó el día de la comunión general con abundancia de lágrimas que hicieron callarse al predicador varias veces y al fin le hicieron cesar». En Caucale, al año siguiente. Todo el mundo lloraba de ordinario tan alto que no se oía casi al predicador quien cedía con frecuencia a sus lágrimas».
La repetición de las mismas fórmulas bajo la pluma del redactor de los años 1680 prueba entonces que se trata de una actitud muy banal y el hecho de que no se haya sustituido por sus predecesores de los años anteriores, más avaros de detalles de este género, no significa de ninguna forma que no lo estaba ya en los cuatro decenios precedentes. Además, una notación a propósito de la parroquia del Crouais en 1696 permite pensar que los lazaristas son perfectamente conscientes de su poder en este dominio y usan de él a sabiendas, como viejos camioneros: los parroquianos «eran tan ávidos de la palabra de Dios que la iglesia estaba llena incluso los días obreros, y tan fáciles a la emoción que por poco que los predicadores los apremiasen, se dejaban ir en lágrimas y en gritos». Estas manifestaciones ruidosas ¿acaso no son el último testimonio tangible que la obra del regreso de los espíritus y de las almas, breve de conversión, está en buen camino?
Al lado de las predicaciones reservadas a los adultos, los dos catecismos se dirigen a los niños, uno para los que habían comulgado o estaban en vísperas de hacerlo», a cargo por lo general de un sacerdote secular, el otro para los más pequeños, es decir de siete a diez años de lo que se encarga a un clérigo seminarista de Saint-Méen que acompaña a los misioneros. Tienen lugar uno y otro a primeras horas de la tarde. Bien que reservados teóricamente a los niños, estos dos catecismos, sobre todo el primero, van seguidos a veces por «personas mayores». En Illifaut, en 1685, el sacerdote encargado del gran catecismo se ve obligado a abreviarlo a causa de la «multitud de gente que ahogaba a los niños».
Sermones y catecismos juegan evidentemente un papel esencial y casi exclusivo en esta enseñanza acelerada: la pastoral de la conversión por la instrucción es una pastoral de la palabra. Dos breves anotaciones tan solo conciernen a une intervención del escrito en el desarrollo de la misión. En el gran poblado de Montauban, de 1665, «ocho sacerdotes llevaron los Ejercicios del cristiano por las casas». En Saint-Servant, en 1670, «se distribuyeron 400 libritos de oraciones y 300 Ejercicios, porque la mayor parte saben leer». En todos los demás lugares, en los campos de Alta Bretaña está muy generalizado, para que los diversos colectivos de la Misión –oraciones y cantos en particular- puedan ser otra cosa que puramente orales: deben necesariamente dichos o cantados por un misionero antes de ser reanudados por la multitud.
Si los informes nos informan muy bien sobre la frecuencia de os sermones de los catecismos y sobre «la avidez» con la que son seguidos, no dicen prácticamente nada sobre su contenido mismo, los temas evocados.los procedimientos oratorios utilizados. Es verdad que en caso de ser de otra manera habrían resultado repetitivos, ya que son, por lo que se ve, los mismos sermones predicados de la misma manera que, salvo pocas cosas, se repiten misión tras misión. Todo lo demás se anota de vez en cuando en vista de una nueva misión en la misma parroquia donde hará falta predicar sobre tal tema antes que otro. Se advertirá que entre estos temas posibles figuran la ignorancia, las blasfemias, las enemistades, los comadreos, el espíritu de pleitos, la borrachera, pero no la impureza. Pero en cuanto a la manera de predicar se puede pensar, a falta de indicaciones precisas que los sacerdotes de Saint-Méen, fieles a las recomendaciones del Señor Vicente, se esfuerzan en hacerlo simplemente y se niegan a ciertos efectos fáciles y a ciertas puestas en escena no hacían ascos, en semejante circunstancia. Los capuchinos o los mismos jesuitas. Pero que, sin embargo, hayan buscado más impresionar que convencer, ello se desprende claramente de los diversos informes y en particular del frecuente empleo del verbo conmover y de las numerosas alusiones a las lágrimas y a los gritos provocados por ciertos sermones. Y que por fin el mensaje transmitido haya sido con la mayor frecuencia rudo de oír, se lo adivina también detrás de las raras alusiones como esta a propósito de los fieles de La Chapelle-Janson en 1684: «No les gusta que se les predique una moral tan fuerte y parece dejarse llevar más bien por la dulzura que por el rigor del predicador».
Los informes son mucho más prolijos sobre los efectos de las misiones. No solamente nadie es un constante fracaso, pero la mayor parte se extienden complacientemente sobre las felices consecuencias de cada desplazamiento. Ciertamente, lo más importante, a saber las conversiones individuales no puede ser realmente apreciado más que de Dios solo y el redactor de los años 1698-1699 lo nota en dos ocasiones : «El mayor bien está oculto y conocido de Dios» (Saint-Brieuc-de Mauron, 1699); «El fruto que se ha hecho no es conocido más que de Dios solo» (Paramé), 1699. Pero queda todo lo que es visible: las confesiones y las comuniones, las reconciliaciones y restituciones. La extirpación de ciertos comportamientos colectivos.
Las confesiones individuales no son confesiones ordinarias, sino «confesiones generales de toda la vida pasada». Es el testimonio explícito de la conversión del penitente quien a la vez rompe con su pasado y realiza un compromiso para el porvenir. Estas confesiones constituyen más aún que la predicación, una tarea particularmente pesada que los dos o tres misioneros no pueden asumir solos y para la cual reclaman la ayuda de sacerdotes seculares. En efecto, son varios miles de personas que se han de confesar en poco tiempo, ya que los penitentes, poco numerosos al principio se aglutinan a medida que el tiempo pasa. Ahora bien, si se ha de creer al libro, un mismo sacerdote, hallándose la mayor parte del día en el confesionario, no puede asegurar más que una veintena de confesiones al día. Se concibe en estas condiciones que haya sido necesario una decena de confesores trabajando sin descanso, en condiciones materiales particularmente duras. En Plessala, en 1659, «hubo gente que durmieron ocho días en la iglesia, para tener lugar en el confesionario y los días de recreación, aunque no se hacía nada, los penitentes no abandonaban sus sitios». En Saint-Léry, en 1696, «la multitud era tan grande en los confesionarios que los penitentes pasaban un día por lo menos antes de poder encontrar su fila».
La confesión individual desemboca con toda naturalidad en la comunión que tiene lugar colectivamente el último domingo antes de la procesión de cierre. Esta comunión general hace estallar a los ojos de todos el triunfo de la misión: la suma de las conversiones individuales culmina en una verdadera conversión colectiva de la parroquia y de las parroquias vecinas. La cifra de los participantes en la comunión, signo tangible y mesurable se completa siempre por los informes. Es bastante preciso, aunque redondeado en la centena y siempre superior al número de los comulgantes de la parroquia ya que comprende a los numerosos fieles de los alrededores, que han participado en la misión. La procesión prolonga esta grandiosa manifestación de masa. Se ve a veces realzada por la presencia del obispo pero sigue siempre muy sobria y no se acompaña en particular de ningún plante de cruz. Es una práctica frecuente entre muchos misioneros, y que popularizará un poco más tarde Louise-Marie–Grignion de Montfort, pero que los lazaristas no han adoptado, ateniéndose a las consignas de sencillez dejadas por su fundador.
Las reconciliaciones y las restituciones aparecen como efectos inducidos de la conversión. Ellas son su primera manifestación concreta y pueden ser impuestas por el confesor como condición previa a la absolución. Como todos sus cohermanos, los lazaristas ponen en ello su mayor importancia. En efecto, en la medida en que ellas conciernen por definición a varias personas, no quedan encerradas en el secreto del confesionario, sino que son susceptibles de estallar por el contrario en plena luz: son prueba clara de los beneficios de la conversión y tienen valor de ejemplo. Es significativo que casi todos los informes den cuenta de «numerosos acomodos y reconciliaciones». Muchos de entre ellos explicitan más y suministran precisiones a veces circunstanciadas. No se pueden traer aquí más que algunos ejemplos tomados en los años 1685-1687. En Illifaut, «se han arreglado varios diferendos, entre otros nueve o diez procesos, de los cuales unos estaban en el Parlamento, los otros en Ploërmel y otras jurisdicciones subalternas, hacía siete u ocho años con monitores y otras formalidades que verosímilmente habrían arruinado a las partes». En Mauron, «varios procesos a propósito de minarías que iban a la ruina de familias enteras hasta la tercera generación, fueron terminados, que estaban entretanto en el Parlamento». En Guer, tuvo lugar un gran número de reconciliaciones; las había de siete años que no se hablaban; se acabaron también varios procesos, y los había de cuidado». Al leer estas múltiples alusiones a enemigos irreductibles por fin reconciliados, a procesos interminables terminados en unas horas, se comprende mejor lo que debía ser la atmósfera de tantos pueblos de Francia en el siglo XVII: las tensiones, así como los odios, vecinos separándose, amigos o incluso parientes, la plaga que constituye lo que el redactor llama «el espíritu de miseria». Lo más grave es que son numerosos los que viven de esta mentalidad de proceso. Por eso el ejemplo del senescal de Josselin es tanto más meritorio. «Otorgó varios procesos que obraban ante él, sin considerar que ello le suponía una pérdida bastante considerable».
La conversión de una parroquia gracias al paso de los misioneros no se traduce solamente por el establecimiento de la paz y de la concordia allá donde reinaban la enemistad y la trampa. Se puede traducir también por la desaparición de todo lo que en los comportamientos o costumbres colectivas es contrario a las virtudes cristianas y a las prescripciones episcopales. En 1656, en Pleurtuit, «donde los hombres son en su mayoría marineros, se quitó la costumbre de trabajar en la pesca del bacalao que tiene lugar en Terranova el día santo de domingo». Las danzas, las veladas, el cabaret, la «relajación» del carnaval son algunas de las obsesiones de los reformadores del siglo XVII. Citemos tan solo tres ejemplos. En Bécherel, 1654, los tres últimos días del carnaval, todo el mundo se quedó en la iglesia desde la mañana a la noche y, para satisfacción por de sus desórdenes pasados, se resolvieron voluntariamente a no comer más que pan y no beber más que agua en esos días». En Loyat, en 1693, los misioneros se enfrentan a una condenable costumbre que corrompía a la mayor parte de la juventud que estaba persuadida falsamente de que no se contravenía a las ordenanzas de Mons. de Saint-Malo que prohíben las asambleas de noche de muchachos y de muchachas-5, si no se reunían más que en sus pueblos». Los lazaristas disipan el equívoco, verdadero o fingido, y denuncian el escándalo: «hay razón de esperar que estos desórdenes no continúen más, habiendo prometido la juventud abstenerse y los Srs. sacerdotes mantenerse firmes». En tiempo de la misión predicada en Josselin, en enero de 1698, es contra el carnaval contra lo que luchan victoriosamente:
Es una pequeña ciudad cuya juventud es bastante libertina. La costumbre era pasar, todo el invierno, una parte de la noche, en danzas y otras disoluciones y levantarse tarde. Por la firmeza de los confesores y el celo de los predicadores se ha puesto remedio a este mal, y todo tiempo del carnaval se pasó con mucha modestia. Se dejó una costumbre antigua que hay en este lugar de pasar un balón los días de carne (-6). Como es un derecho señorial, el senescal del lugar lo mostró solamente y se lo dio a la casa, y a la cofradía de la caridad la suma destinada para los que se llevan el premio. Hemos tenido el consuelo de no ver ni máscaras, ni juegos, ni danzas.
-5 De hecho, los Estatutos sinodales para la diócesis de Saint-Malo (…) por Guillaume El Gobernador (Saint-Malo), 1619, p. 424) condenan en términos muy vivos las «asambleas de noche inventadas y sugeridas por el Príncipe de las tinieblas «.
-6 Sobre la borrachera en Bretaña, cf. O. Perrin y A. Bouet. Breiz Izel Paris, 2ª ed., 1844, t. I. pp. 341-348, y Emile Souvestre, Los últimos Bretones, Paris, 1836, t. I. pp. 125-132 que describe así la borrachera: «Se da este nombre a un enorme balón de cuero lleno de salvado que se lanza al aire y que se disputan luego los jugadores repartidos en dos campos opuestos. La victoria es del partido que ha podido apoderarse del balón y llevarlo a otro ayuntamiento del que ha comenzado (…) Un balón, en el Morbihan, no es una diversión ordinaria: es un juego caliente y dramático, donde se combate o se estrangula».
El telón cae así brutalmente –pero ¿hasta cuándo?- sobre las festividades carnavalescas en Josselin y las manifestaciones de la alegría popular son reemplazadas por otros ejercicios de la piedad tridentina.
Si los lazaristas otorgan tanta importancia a las ceremonias colectivas en las restituciones y arreglos anunciados públicamente, a la represión de ciertos comportamientos de la comunidad entera, es que para ellos la conversión individual que se traduce por la confesión y la comunión de cada fiel, no tiene sentido ni valor más que si se inscribe en una conversión colectiva de toda la parroquia. En esta perspectiva es como se entiende el brillo dado a ciertas conversiones individuales, como la del adivino de Québriac en 1695:
Había allí cierto hombre el cual haciendo de adivino engañaba a la gente que le venía a consultar incluso de lejos, a quienes respondía todo lo que le venía a la cabeza. El Sr. rector, después de advertirle en vano, le denunció públicamente, le negó los sacramentos y prohibió a sus parroquianos se comunicaran con él protestando que no celebraría la misa cuando este hombre estuviera en la iglesia. Este pobre desdichado pasó varios años sin querer reconocerse. Se trató de hablarle y de exhortarle a asistir a las predicaciones, lo que cumplió voluntariamente y algunos días después vino a pedir confesión. Se le admitió a condición de reparar el escándalo que había dado a toda la parroquia. Se sometió, y el día de la Ascensión pidió públicamente perdón a todo el mundo durante la predicación, con promesa de no entretenerse más en semejantes locuras.
Una conversión como esa constituía un episodio demasiado ejemplar para que los misioneros no lo hayan utilizado al máximo.
En conclusión de este demasiado breve compendio, dos cuestiones merecen traerse a cuento: la originalidad y la eficacia de una pastoral como esta de la conversión. En lo que concierne a la originalidad, la pastoral lazarista parece muy próxima a la practicada en la misma época por los jesuitas o los capuchinos o algo más tarde por los montfortianos. El mismo recurso al ministerio de la palabra y a los grandes ejercicios colectivos, la misma tendencia a conmover más que a convencer, la misma atención dirigida a las reconciliaciones como manifestaciones de la conversión individual y colectiva. Todo lo más, los lazaristas se muestran más sobrios que algunos de sus colegas en el empleo de los medios propios para impresionar las imaginaciones y los corazones: aquí nada de cráneos al aire en pleno sermón sobre la muerte, nada de diálogos teatrales entre el predicador y un amigote representando el alma condenada, nada de traslado y plante de cruces. Pero esta relativa discreción no constituye más que un matiz. En cuanto a la eficacia de esta pastoral, puede ser apreciada a un doble nivel. El primero, el más fácil, es cuantitativo. Oscila en la cifra de 162 misiones predicadas en 56 años y en la repartición geográfica de éstas: la diócesis de Saint-Malo se cuadricula sistemáticamente y un cierto número de parroquias son objeto de una segunda misión, veinte, veinticinco o treinta años después de la primera. El balance cualitativo es mucho más delicado. Apreciar realmente el éxito de la obra emprendida supondría que sea conocido de forma precisa el estado espiritual de las parroquias de la diócesis de Malo hacia 1645 por un lado, hacia 1700 por otro lado. Por lo demás las formas estereotipadas y los acentos triunfalistas de los redactores sucesivos de los informes pueden parecer, con justo título, sospechosos. Quedan sin embargo los hechos mismos: la presencia en una misma parroquia, durante largas semanas, de un equipo de sacerdotes llenos de celo, quebrantados por la labor que, incansablemente, día tras día, predican y catequizan según métodos experimentados, la riada hacia los confesionarios y la «santa mesa» de miles de habitantes de la parroquia y de las parroquias vecinas, arrastrados en un movimiento irresistible y mejor iluminados sobre los «misterios de la fe» y de los deberes que suponen. La misión es verdaderamente un momento excepcional en la vida de la parroquia de la que ésta no podía no salir «convertida», aunque veinticinco o treinta años más tarde –espacio de una generación- hubiera que rehacer el trabajo parcialmente. ¿Cómo un acción semejante, prolongada en el siglo XVII, no acabaría por hacer de los campos de la Alta Bretaña verdaderas «tierras de cristiandad»?







