Ahora nos resta decir algunas palabras sobre cada una de las tres Hijas de la Caridad escogidas por San Vicente de Paúl y Luisa de Marillac para la misión de Polonia.
En Varsovia, donde ellas vivieron y trabajaron con el sudor de su rostro, donde sufrieron mucho y donde consiguieron una santa muerte, la tradición les conserva un culto de verdadera veneración. Las Hermanas no hablan de ellas sino con un sentimiento de profundo reconocimiento, mirándolas como a sus madres en Jesucristo; el recuerdo de su abnegación sin límites en el servicio de los pobres, de sus virtudes, de sus edificantes ejemplos, está siempre en su memoria.
1.° Sor Margarita Moreau, natural de Lorena, era, según la tradición, la personificación de las dulzuras, de la bondad, de la humildad y de la abnegación en el servicio de los pobres. En el Instituto de San Casimiro de Varsovia hay un retrato de ella pintado al óleo, hecho en su tiempo; en él todo respira modestia, mortificación y unión con Dios; considerando sus manos descarnadas, apoyadas sobre una calavera, parece como si se la viese aún inclinada sobre la tierra, abriendo la fosa para enterrar por sí misma a los apestados, para que no quedasen los cadáveres insepultos en las calles, con perjuicio de los desgraciados que sobrevivían con ardientes deseos de librarse de la muerte.
El amor a su vocación y su fortaleza se manifestaron claramente en la contestación que dió a la Reina, que quería retenerla en su servicio. San Vicente de Paúl hace mención de ella en una de sus conferencias y en algunas de sus cartas: «Vine aquí—decía ella derramando lágrimas—para servir a los pobres, y no a los ricos y a los grandes, que tienen abundancia de servidores. Dignaos, Señora, dejarme cumplir lo que exige de mí mi vocación». En muchas ocasiones tuvo necesidad de recurrir a esta fortaleza para observar fielmente la regla y conservar las buenas costumbres. Las Hermanas dependían enteramente de la Reina, que las apreciaba mucho y que, llevada de su bondad, trataba de introducir algún cambio en su modo de vivir, en el vestido y en su régimen interior.
Sor Moreau, no menos humilde que de mucha disposición y de gran fortaleza, sabía portarse según lo pedían las dificultades que encontraba, siendo al mismo tiempo diligente en recurrir a la Sra. Le Gras para seguir sus consejos. La carta siguiente manifiesta claramente no menos su espíritu de obediencia que su desprendimiento del mundo: «Quedé sobrecogida— escribe–cuando la Reina me dijo que la acompañase en los viajes que proyectaba hacer; no supe qué responder, porque jamás había pensado en un viaje tan largo como intenta, según dicen, la Reina, ¡que se propone ir a cien leguas de aquí! También pretende ella que me ponga un velo y un pañuelo al cuello. Todo esto me tiene bastante intranquila; temo muchísimo el cambiar de costumbres, y la permanencia en la corte de la Reina; expondré mi vocación y abrigo el temor de que esto no sea del agrado de Dios y me niegue la gracia que me concedió cuando abandoné el mundo. Si de mí dependiese la elección, preferiría antes mil veces una grave enfermedad que exponerme a semejante peligro; os suplico, Señora, tratéis este asunto con el Sr. Vicente, pues me parece que la obediencia será la que únicamente atraerá sobre mí la bendición de Dios y la virtud que para ello se necesita. Acompaño con ésta dos muestras de camelote, de cuya tela quería la Reina hacernos hábitos el año pasado para evitar los excesivos calores.» Este asunto se discutió en el Consejo del 23 de Marzo de 1657. La resolución que se tomó fue que las Hermanas debían llevar la corneta y no el velo, preparar hábitos convenientes para el invierno sin introducir modificación alguna, ni en el modo de vestir ni en la tela, pues es preciso conservar los usos como se acostumbra en la Compañía. San Vicente dispuso también que accediese al deseo de la Reina de que la acompañase en su viaje. Sor Margarita quedó tranquila haciéndolo por obediencia, teniendo además en cuenta que únicamente sus servicios eran en favor de los pobres; la Reiría se servía de ella para la distribución de sus limosnas, confiando enteramente en su fidelidad para que las distribuyese corno mejor le pareciese. Así esta buena Hermana establecía, siem-pre que le era posible, las pequeñas cofradías de la Caridad. Esta piadosa Hermana entregó su alma a Dios el 17 de Septiembre de 1660, víctima de su abnegación en el servicio de los apestados, por haberse declarado de nuevo la peste en esta época. Dios, que la había preservado tan maravillosamente algunos años antes, la halló ya madurada para el Cielo. Su muerte fue causa de un duelo general en todo el país. Estos pormenores, conservados por la tradición, están confirmados por la conferencia del Sr. de Horgny sobre las virtudes de esta estimada difunta, tenida en la Casa Madre el 17 de Febrero de 1661. La Casa Central de Varsovia posee esta conferencia manuscrita en lengua francesa: la escritura es muy antigua, y la traducción polaca es de la misma época. Una de las últimas Hermanas que ha-blaron de una manera más edificante de sus virtudes, dice: «Oí decir a personas venidas de Polonia que Sor Margarita se desvivía por servir a los pobres, que después de asistir y enterrar a muchas víctimas de la epidemia, ella contrajo el mal de que murió; estas personas me decían que todos sintieron mucho su muerte; que en todo el país, y sobre todo en Varsovia, se lloraba su pérdida como suelen llorar los huérfanos la muerte de su madre. Durante su vida se la miraba como una santa; en las horas destinadas a la oración se le veía de rodillas, con las manos juntas, orando con gran fervor; hasta oí decir que estando aún en el mundo ya sabía hacer oración mental.» Otra Hermana añade: «Ponía especial cuidado en aprovechar bien el tiempo, procuraba cumplir su oficio con diligencia para poder ayudar a otras Hermanas que las veía sobrecargadas, y siempre estaba dispuesta para todo lo que mandaban los Superiores.» Nuestro digno Director terminó así su conferencia: «¡Ah, Hermanas mías, las virtudes de esta amada difunta están escritas en el libro de la vida! Yo admiro su fortaleza y su santo celo, con que fue tan lejos para servir a los pobres por amor de Dios. Es verdad que todas vosotras estáis dispuestas para ir a cualquiera Casa que la obediencia os designe; mas Sor Margarita fue a un país extranjero asolado por la guerra. ¡Qué ardiente deseo de asistir a los apestados, olvidándose de sí misma y muriendo en su asistencia! ¡Oh Dios mío, ella es una mártir! Es verdad que no ha derramado su sangre, pero ha expuesto su vida por amor de Nuestro Señor, hallando la muerte en el servicio de las víctimas que quería salvar. ¡Por medio de este verdadero martirio, su alma ha ido directamente al Cielo! ¡Aunque joven todavía, pues no tenía mas que treinta y siete años de edad, ya su alma era perfecta y santa! Dios la ha llamado a Sí, porque Él no cuenta los años, pasados en la tierra, sino la fidelidad a su vocación de Hija de la Caridad, que ha juzgado digna de recompensa. ¡Qué alma tan her-mosa! ¡Ella comenzó aquí viviendo entre nosotros, y ha terminado felizmente su carrera entre tantos trabajos y tan lejos de nosotros! Imitémosla en todo, para que después de trabajar bien en la viña del Señor recojamos consoladores frutos de vida eterna. ¡Las almas fieles, después de los trabajos de este mundo gozarán de la gloria en el Cielo!
2.° Sor Magdalena Drugeon era hija de un comerciante de París que la amaba tiernamente. Aunque buen cristiano, empleó todos los medios para hacerla abandonar su vocación; hasta le prometió que la dejaría después plena libertad para ingresar en cualquiera otra Comunidad; prefería verla en un convento de clausura antes que en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Todos sus esfuerzos fueron vanos. Escogida para la Misión de Polonia, partió con alegría, muy contenta por substraerse por este medio a las instancias de su familia. Apreciaba mucho su vocación y poseía su espíritu; la regla era vida piadosa y laboriosa; jamás perdía un minuto de tiempo; a pesar de tener poca salud, trabajaba mucho; ningún obstáculo la arredraba, porque era de gran corazón. De mucha capacidad, y al mismo tiempo virtuosa, reemplazaba a Sor Moreau cuando estaba ausente; de este modo la pequeña Comunidad nunca se halló abandonada, ni tampoco expuesta a relajarse algún tanto su regularidad y buen espíritu que debía animarla, ni el servicio de los pobres sufrió algún detrimento. Cuando falleció Sor Moreau, se temió que su muerte la impresionase mucho, hasta el punto de que el Superior de los Misioneros la propuso si quería volverse a Francia. «Eso no—contestó ella;—conviene morir donde la obediencia nos envíe». No estuvo enferma más que ocho días y vio venir con alegría su última hora; las Hermanas que la rodeaban estaban tan conmovidas, que derramaban lágrimas al oirle hablar con tan dulce serenidad hasta su último suspiro. Durmió en el Señor el 3 de Febrero de 1671. La conferencia manuscrita sobre sus virtudes, predicada por el Sr. Gicquel en la Casa Madre el 25 de Mayo de 1671, se conserva en la Casa Central de Varsovia. Una de las Hermanas que la había conocido en París, refirió el hecho siguiente: «El hermano de Sor Magdalena, a fuerza de reiteradas instancias, obtuvo permiso de los Superiores para que fuese a ver a su padre, que se hallaba gravemente enfermo. Antes de llegar a la casa paterna vio por la ventana a su padre que se paseaba por la habitación; al instante retrocedió, diciendo a su hermano que ella tenía permiso para ver a su padre enfermo en el lecho, pero que como ya, gracias a Dios, se encontraba bien, no era necesaria su visita. Al volver a casa dio gracias a Nuestro Señor por haberla librado de la prueba a que habían querido someterla, pues todo aquello no había sido más que una estratagema de su hermano para no dejarla volver más a la Comunidad.» Sor Bárbara Bailly, que fue su compañera en Varsovia por espacio de siete años, preguntada por el señor Director, contestó: «¡Oh, Padre! Todo el tiempo que permanecimos juntas observé en ella una gran paciencia en sus enfermedades; a pesar de tener poca salud, era muy trabajadora, siendo preciso vigilar mucho para que no tomase dos ó tres veces al día trabajos demasiado fuertes; en estos casos solía contestar: «Un buen soldado debe morir „con las armas en la mano.» Su mayor consuelo era seguir el trato común y ser tratada en todo corno las demás. Procuraba cumplir fielmente y con gusto su oficio, que consistía en instruir las niñas y prepararlas para la Sagrada Comunión: ésta era su mayor felicidad.
Siempre empleaba útilmente el tiempo; observaba la regla con gran fidelidad, siguiendo con la mayor exactitud todo lo que prescribe el orden del día. No era amiga de conversar con los externos; antes siempre andaba recogida, y durante sus labores comunes se entretenía gustosamente con las hermanas, teniendo siempre para contar alguna cosa edificante, lo cual estimaban en gran manera las Hermanas de Polonia. Cuando se la pedía alguna advertencia, respondía siempre con mucha sencillez.»
El Sr. Gicquel resumió la conferencia en estos términos:
«Oh, amadas Hermanas, qué consuelo se experimenta al ocuparse de una vida como esta! Esta amada difunta- tuvo todas las señales de una verdadera vocación de Hija de la Caridad. Ved, si no, cuánto no hizo su padre para hacerla salir de la Compañía, prefiriendo verla en cualquiera otra parte. Ella manifestó un gran desprecio del mundo, de las riquezas y honores, prefiriendo el pobre hábito de Hija de la Caridad, porque Nuestro Señor la dio a conocer su predilección por las almas que imitan su vida sobre la tierra, sacrificándose por la salvación de las almas. Una vez que ya perteneció a la Comunidad, ¡con qué firmeza procuró adelantar en la virtud! Procuremos que su ejemplo confirme en su vocación a aquellas que se sientan tentadas a abandonarla. Dios la escogió para la nueva fundación de Polonia con otras dos. ¡Oh, con qué alegría abandonó la Francia para verse lejos de sus parientes y conocidos! Ni la guerra ni la peste fueron bastantes a arredrarla; antes, por el contrario, quiso morir allí donde la obediencia le había enviado. ¡Oh, amadas Hermanas; si deseáis ver un milagro hecho por una Hija de la Caridad, la vida santa como la de ésta de que nos estamos ocupando es uno y no pequeño! ¡Ah, Dios mío, qué alma tan hermosa! ¡A cuántas jóvenes ha sacado del infierno y las ha conducido al Cielo! Aquí, entre nosotros, podemos decirlo sin dudar: era una santa; una virgen, que se sacrifica al servicio de los pobres, que obra siempre con espíritu de humildad y caridad, que es afable en el trato con sus compañeras: ved aquí el modelo de una verdadera Hija de la Caridad; imitadla.»
3.» Sor Francisca Douelle, la más joven de las tres Hermanas enviadas a Varsovia: aunque su energía y fortaleza no igualaban a la de sus dos compañeras, en el principio de su misión no fue menor su mérito, por haber tenido que sufrir mucho para perseverar en el camino que la Providencia le había trazado. De carácter vivo, atormentada por la nostalgia, muchas veces manifestó el deseo de volver a Francia; en momentos de enfado ejercitó varias veces la paciencia de sus dos compañeras; pero nunca llegó hasta el punto de turbar la paz y la unión de la pequeña familia, ni que se trasluciese al exterior y fuese impedimento para el bien que estaban llamadas a producir. Jamás se olvidaba en esta pequeña familia la máxima de la Venerable funda-dora: «Debemos honrar a la Santísima Trinidad con la grande unión que debe reinar entre nosotras, teniendo mucha deferencia para no contradecirnos, antes bien condescender las unas con las otras cuanto podamos en nuestras conversaciones.» Dócil a las advertencias que le hicieron nuestro Santo Padre y la V. Madre, que aun le escribió uno ó dos días antes de contraer la última enfermedad, ella supo llevar con resignación y paciencia estos contratiempos, permaneciendo fiel en su puesto sin volver a su patria.
Siempre sacrificada en el servicio de los pobres, llenaba de satisfacción a la Reina, que la encargaba de visitarlos. Habiendo renunciado a todo por seguir generosamente en pos de Jesús crucificado y para conseguir la perfección que se exige de una Hija de la Caridad, se abrazó fuertemente con la regla, con los ejercicios de piedad y con los usos de la Compañía. Sobrevivió algunos años a sus dos compañeras, aprendió perfectamente la lengua polaca, era muy activa, y algún tiempo después, en calidad de ecónoma, prestó grandes servicios a la naciente Provincia, cuando la Reina dotó el Instituto de San Casimiro, haciéndole donación de los bienes de Pechery y Runow, en lo que se ocupó desde entonces muy particularmente.
Lo que sabemos por la tradición es confirmado por los actos oficiales, su nombre y figura. Sobre el original del acto de erección del Hospital del Espíritu Santo, en 1684, se veía su firma: Sor Francisca Douelle, ecónoma.
Se aclimató tan bien en aquel país, que se la creía polaca de origen; y hasta su mismo nombre se popularizó tanto, que se le dió una terminación como si fuera del país, lla-mándola vulgarmente Sor Francisca Duelska.
Estos apuntes sobre la tradición conservada en Varsovia prueban claramente que nuestras Hermanas Margarita Moreau, Magdalena Drugeon y Francisca Douelle, escogidas por nuestros prudentes Fundadores para la primera Misión extranjera, correspondieron plenamente a su confianza: son seguramente las «tres piedras fundamentales» de la Provincia de Polonia, puestas por San Vicente y la Venerable Luisa de Marillac. Si tuvieron algunos defectos inseparables de la fragilidad humana, tuvieron también la humildad necesaria para recibir los paternales consejos, dando con esto pruebas inequívocas de la prudencia propia de los hijos de Dios, que saben aprovecharse de sus mismas faltas para labrar su santificación. De este modo atrajeron las bendiciones del Cielo sobre la obra que la Providencia les había confiado, asegurando así su duración y fecundidad.
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Para completar estos rasgos históricos sobre los primeros años de la Provincia de Polonia, añadimos con gusto que una de las últimas bendiciones que dió San Vicente sobre la tierra a sus amados hijos fue para esta humilde rama de su familia; diez días antes de morir, 16 de Septiembre de 1660, bendijo a tres de sus hijas escogidas para Varsovia, que aquel mismo día se iban a poner en marcha. Debemos admirar los designios de la Providencia en la elección de la que iba a reemplazar a Sor Margarita Moreau, la cual durmió el sueño del Señor en el momento mismo en que la nueva colonia iba a dejar a Francia. Ésta era Sor Bárbara Bailly, que había vivido muchos años al lado de la Venerable Fundadora, que le había asistido en su última enfermedad y había aprendido sus enseñanzas de los mismos labios del Señor Vicente y de la Sra. Le- Gras, que, según las Hermanas contemporáneas, «no abría su boca sino para hablar lo que había oído decir y visto hacer a nuestros venerables Fundadores». ¿Quién mejor que ella podía poner los fundamentos del Seminario ó Casa de formación en este lejano país é inculcar a la primera Provincia extranjera el espíritu de su estado? De este modo se han conservado indelebles en esta Provincia, transmitidos de generación en generación, los pormenores que ella daba sobre la vida, virtudes, enseñanzas y sobre los últimos momentos de la Venerable Madre Luisa de Marillac.
Las dos compañeras de viaje de Sor Barbará Bailly fueron Sor Catalina Boucher y Sor Catalina Gouy. En las instrucciones que San Vicente les remitió dice expresamente: Os hemos enviado y enviamos al presente a la ciudad de Varsovia para satisfacer el deseo de la Reina, con el objeto de que viváis según los usos de nuestro Instituto como se observan en Francia, bajo la conducta y dirección del Sr. Guillermo Desdames, Superior de los Sacerdotes de nuestra Congregación en Polonia…..» Siempre se ha considerado al Sr. Desdames como primer Director de la Provincia de Varsovia, pues al constituirle Director San Vicente podemos decir que puso el sello a la organización de esta Provincia.






