Cualquiera que sea el país en que se hallen ustedes, sin duda a lo largo de este año 1991, han oído hablar de Lituania. Pero ¿saben acaso que, durante cerca de dos siglos, han estado allí las Hijas de la Caridad? Después de presentarles una breve panorámica de dicho país, este sencillo relato se propone darles a conocer por qué las Hijas de la Caridad llegaron allí y el motivo por el que se marcharon. Les referiremos también la evasión de cinco de aquellas Hermanas.
Lituania (65.000 km2 – 3.026.000 habitantes) ocupa, a orillas del Báltico, una región de colinas, separadas entre sí por numerosos lagos y llanuras poco extensas. Su mayor altitud no supera los 257 metros. Es un país eminentemente agrícola y produce lo necesario para su propio consumo. Únicamente en la capital se dan algunas industrias metalúrgicas.
Los lituanos son de raza báltica. En 1386, el hijo del rey de Lituania contrajo matrimonio con la heredera del trono de Polonia. Y durante cuatro siglos, ambos países formaron uno solo, hasta que en 1772, 1793 y 1795 las tres naciones vecinas (Rusia, Austria y Prusia) desmembraron Polonia y con ella Lituania, en diferentes partes que se repartieron. Lituania pasó a depender de Rusia hasta 1920. En el año 1940, en virtud del tratado firmado en agosto de 1939 por Ribbentrop y Molotov, este país pasó a convertirse en una de las repúblicas soviéticas. Ahora, en 1991, ha recuperado su independencia.
I – ¿Pos qué fueron las Hijas de la Caridad a Lituania?
San Vicente, a ruegos de la reina de Polonia, envió a Varsovia Misioneros e Hijas de la Caridad. El momento en que llegaron les ofreció una abundante cosecha de buenas obras: se encontraron con peste, hambre, la invasión de los suecos… que sembraban por doquier el dolor y la muerte. En medio de tales desastres, los hijos del Señor Vicente se esparcieron por todos los puntos del reino de Polonia. Lituania, que a la sazón era provincia polaca, no tardó en reclamar su establecimiento en la capital —Vilna, por aquel entonces— y en otras ciudades (1687).
A partir de 1795, habiendo pasado a ser Lituania y parte de Polonia posesiones rusas, la comunicación de Misioneros y Hermanas con sus Superiores legítimos se hacía cada vez más difícil. Por otra parte, los acontecimientos que siguieron a este período (entrada de las tropas francesas al mando de Napoleón en Alemania, Austria, Polonia, Rusia) zarandearon a toda Europa y agravaron el aislamiento en que se encontraba Lituania que, por el hecho de su anexión a Rusia, estaba en situación de Provincia aparte. En aquella época contaba con ocho casas — hospitales— y tenía la Casa Provincial en Vilna.
II – ¿Cómo se marcharon las hermanas de Lituania?
En 1837, eran catorce las casas establecidas en aquel país. Fue entonces cuando el gobierno ruso hizo a las Hijas de la Caridad la primera insinuación de que aceptaran la jurisdicción cismática. La insinuación fue rechazada terminantemente Por espacio de dos años, se empleó constantemente con ellas la persuasión más insidiosa para decidirlas a que abjuraran de su Fe. Se les prometieron grandes ventajas, tanto personales como generales. Por último, el gobierno, cansado de la generosa firmeza de las hermanas, optó por tomar medidas severas. A principios del año 1840, el Zar Nicolás I firmó un «ukase» (decreto) que ordenaba la supresión de las dos Comunidades de San Vicente de Paúl en Lituania, consideradas como uno de los mayores obstáculos para que el cisma avanzara en su proselitismo. Fue el comienzo de una persecución abierta. Las Hermanas tuvieron que sufrir toda clase de molestias y vejaciones, quedando muy reducido el bien que les estaba permitido realizar. Sin embargo, continúan en sus hospitales, sufriéndolo todo con paciencia y resignación. Se les prohíbe el Seminario. Y para sostener la obra única que les queda, así como para suplir a las Hermanas que van falleciendo, se ven en la necesidad, allá donde la autoridad local es menos sectaria y no se lo impide, de recibir postulantes a las que, después de unos meses de vida de Comunidad, se les da el hábito. De esta suerte, casi todas las Casas cuentan con una, dos o tres Hermanas jóvenes, de cuya formación se encarga la Hermana Sirviente.
Tal es el estado de esta pobre Provincia, que declina a ojos vista, cuando en 1860, el Superior General, Padre Etienne da la orden de que quede incorporada a la Provincia de Varsovia, Provincia esta última que goza todavía del título y de algunos de los derechos del Reino de Polonia que garantizan la libertad del culto católico. Se envía a varias Hermanas jóvenes de Lituania a que pasen cierto tiempo en el Seminario de Varsovia, para regresar después, no sin grandes dificultades, a sus Comunidades. Pero, en 1860, una orden definitiva del gobierno obliga a las Hermanas a que abandonen sus establecimientos y a salir del país, bajo pena, en caso de rechazo, de que se las encierre en algún convento, porque no les está permitido andar por las calles con el hábito.
La Visitadora de Varsovia desea ofrecer la hospitalidad a las Hermanas mayores, pero el gobierno les niega este consuelo. Un reducido número de Hermanas conseguirán pasaporte para el reino de Polonia: veintisiete podrán ir a Cracovia y seis Hermanas jóvenes conseguirán el privilegio de venir a la Casa Madre. A las veinte que se quedan en su país, se las encierra en un convento de Religiosas Bernardinas, en el que ya las han precedido un grupo de Dominicas. Estas Hermanas, de edad y en su mayoría enfermas, claustradas a la fuerza, no dejaron nunca, en la medida en que les era posible, de dirigirse a la Casa Madre para solicitar la Renovación de los Votos. Expresaban siempre, de manera conmovedora, su adhesión y su fidelidad a la vocación y aseguraban que, desde el fondo de su prisión, se consideraban felices de orar por la Comunidad, por los Superiores y de ofrecer por ellos sus sufrimientos y sus lágrimas. En 1878, se señala que varias de ellas han fallecido ya.
III – En 1844, evasión de cinco hermanas
Varias Hermanas lograron evadirse, y una de ellas hizo, años después, el siguiente relato de su evasión:
En 1837, el Zar Nicolás I visitó los establecimientos de la Comunidad erigidos en Vilna. En dicha ocasión prodigó a las Hermanas los elogios más halagüeños, esforzándose por ganar nuestra simpatía. En el momento de marchar, declaró a la Visitadora su deseo de proveer de Hijas de la Caridad a todos los Hospitales Militares, pero que veía un obstáculo para ello en la diferencia de religión. La Visitadora le respondió: «No hay ningún obstáculo: todo hombre es nuestro prójimo, cualquiera que sea la religión que profese, y siempre estamos prontas a servir a los que lo necesiten. Por lo tanto es fácil a Su Majestad llevar a cabo sus proyectos». El Zar respondió sonriendo: «Ya sé que para ustedes la diferencia de religión no constituye un impedimento; pero para mí sí es un gran obstáculo». Y con estas palabras, se retiró.
Unos meses después, se presenta un funcionario del gobierno trayéndonos la propuesta formal de aceptar el cisma. De consentir por nuestra parte, recibiremos favores sin límites por parte del emperador; en cambio, la formulación de una negativa conllevará la amenaza de la destrucción de nuestra Comunidad. Se nos deja algún tiempo de tregua, pero pronto se nombra, para nuestras casas, a unos «protectores» encargados de vigilar los detalles de la administración: en esa época está todavía enteramente en manos de las Hermanas. La misión principal de tales personas es la de emplear todos los medios posibles para arrastrar a las Hermanas hacia el cisma moscovita. Hay que confesar que entre esos «protectores» figuran compatriotas nuestros complacientes con el gobierno, y que, una vez aceptada tan vergonzosa misión, la desempeñan con tanto celo como lo haría un cismático convencido. En una de nuestras casas, uno de esos individuos pasa tres horas tratando de convencer con argumentos diversos a una Hermana joven (de 18 años) y, al no poder conseguir nada de ella, sale enfurecido diciendo que prefiere tratar con el diablo en persona antes que con las Hermanas.
En vista de que el sistema adoptado no surte efecto, se nos envía de San Petersburgo un documento con doce artículos, a los que cada Hermana debe prestar juramento. Se trataba de otras tantas fórmulas cismáticas… Los Superiores responden que las Hermanas no prestan juramentos sino para el servicio de Dios, y que el zar puede estar seguro de que ningún juramento en el mundo hará más firmes y sagradas su fidelidad y su obediencia, en las que se mantendrán siempre, mientras no se trate de querer hacerlas infieles a Dios. Irritado con esta respuesta, el emperador ordena que se retire la administración de manos de las hermanas. Siemeszko, obispo apóstata, aprovecha la ocasión para aconsejar que se retirara a las Hermanas el cuidado de los enfermos, alegando la influencia que ejercían en ellos para disuadirlos de hacerse cismáticos. «No hay otro medio para lograrlo —dijo — que alejarlas».
En 1839, se firmó el decreto que ordenaba el cierre del Seminario de Vilna y abolía la Compañía. Desde ese momento, empieza una persecución abierta. Se confiscan los fondos pertenecientes a la Comunidad, pero también los destinados especialmente al cuidado de los enfermos e inválidos. Se saca de los centros a los niños que educaban las Hermanas y se los adentra en Rusia poniéndolos en manos de quien quiera hacerse cargo de ellos. En los establecimientos que quedan vacíos, no se quiere admitir ya más que a enfermos y a menores que pagan 20 francos al mes. Y para cuidar de unos y otros, se contrata a seglares, a mujeres viudas a las que se militariza con una paga. En los hospitales, se coloca a administradores civiles y para alojarlos se les da la mitad del local que antes estaba reservado a los pobres y enfermos.
Los primeros empleados, a los que se llama vigilantes, tienen como tarea no quitar el ojo de las Hermanas, que han quedado en el establecimiento y que están condenadas a la inacción. Estas no pueden prestar servicio alguno a los pobres y a los enfermos, viéndose obligadas a ser testigos de sus dolores y sufrimientos sin poder hacer nada por aliviarlos. Se llega hasta negarles las cosas necesarias para la vida, con lo que más de una vez se encuentran sin pan que llevarse a la boca, teniendo que mendigarlo, pero en secreto, porque las personas que las socorren se hacen, por el hecho mismo, sospechosas de cara al gobierno. No les está permitido, sin la autorización de los vigilantes, salir de casa. Cansadas de tal situación y sobre todo de verse inútiles, a algunas les asalta el pensamiento de salir de su patria. Con este fin, solicitan pasaportes, pero se les niegan: «El emperador —les dicen— no les impide que se busquen el pan en su propio país». En vista de ello, solicitan reintegrarse a sus familias. Pero también se les niega. Reducidas, pues, a este extremo, conciben un plan de evasión secreta al extranjero. Ahora bien, la vigilancia que sobre ellas se ejerce torna este proyecto en casi irrealizable.
Por espacio de cinco años, reflexionan buscando los medios de llevar a cabo su plan de evasión. Sin haberlo encontrado todavía, se da el caso de que, a finales de 1843, una Hermana consigue el permiso de ir con Sor Luisa a visitar a una persona afectada por una parálisis. En casa de dicha persona, encuentran a una señora joven, de unos treinta años de edad, que traba conversación con ellas mostrando mucho interés por informarse de la situación en que se encuentra su Compañía. Las Hermanas empiezan por temer el hablarle con claridad: saben muy bien que se las espía por todas partes y que la expresión más inofensiva puede ser interpretada erróneamente y transmitida al gobernador, sirviendo de pretexto para que se agrave todavía más su situación. Responden, por lo tanto, de manera insignificante que demuestra su desconfianza. Por último, la buena señora concluye con estas palabras: «Si yo estuviera en el lugar de ustedes, me marcharía al extranjero. Su Comunidad está tan extendida, que en cualquier país la encontrarían». Las Hermanas no responden nada, y la señora se retira.
Cuando ya se ha marchado, la enferma asegura a las Hermanas que se trata de una persona de toda confianza y que está animada de las mejores intenciones hacia la Comunidad. Tan pronto como están seguras de que pueden contar con ella, tratan de entablar relaciones, sirviéndose de la mediación de la paralítica. La señora les promete poner en juego todo lo que esté a su alcance para ayudarlas a salir del país. Precisamente su madre vive cerca de la frontera de Prusia y podría facilitarles la huida, pero con una condición: la de marchar sólo las dos y ocultar su huida a las demás Hermanas de la Provincia, excepto a las Superioras. Así, pues, las dos Hermanas comunican su proyecto a éstas, quienes no dejan de hacerles observar que el paso que piensan dar puede ser motivo para que se agrave el estado de persecución que padece la Comunidad. Pero, sin embargo, les dejan la libertad de intentar lo que pretenden. Por su parte, a las dos Hermanas no se les ocultan los peligros a que van a exponerse, pero no les asustan demasiado y se disponen a hacer los preparativos. Como una de las dos acaba de salir de una larga enfermedad, consigue permiso para ir a pasar tres semanas al campo y que Sor Luisa la acompañe.
Vestidas como las mujeres del país, pero con el hábito guardado en su saco, salen con su conductora y un guía. Esto ocurre en el mes de enero de 1844. Tienen, por lo tanto, que hacer el viaje en trineo. La frontera entre Rusia y Prusia dista unas cincuenta leguas de Vilna; pero, al no tener pasaporte, se ven obligadas a dar muchos rodeos para evitar el paso por ciudades importantes. Al cabo de quince días, llegan a una aldea que queda sólo a dos leguas de la frontera. Su conductora las deja en casa de personas de confianza para ir, ella, a preparar el paso de la frontera. Durante dos días se disponen por medio de la oración a dar tan arriesgado paso. Saben, en efecto, que los centinelas están autorizados a disparar sobre los que intentan huir, además de que en los puestos de vigilancia hay el doble de efectivos, dado el creciente número de tránsfugas. En este lugar, se ven reconocidas por unos Padres Bernardinos, que habían residido años antes en la ciudad de Vilna; pero no cometen ninguna indiscreción, antes bien, las encomiendan en sus oraciones.
Al tercer día, a última hora de la tarde, su protectora regresa con un trineo pequeño y acompañada por dos hombres: su hermano y un guía. Hacia la media noche, se encuentran en casa de la madre de su protectora. Allí permanecen un breve espacio de tiempo: el necesario para calentarse un poco. Hace mucho frío y una capa de nieve de metro y medio de espesor cubre el suelo. Marchan en seguida a pie con el guía. Después de sortear varias dificultades debidas principalmente al clima y a la oscuridad de la noche, pasan, al fin, la frontera. Pero en ese lugar hay un foso profundo, disimulado entonces por la cantidad de nieve que lo llena. Sor Luisa pisa allí y se hunde. El paquete que lleva cargado a la espalda, se desliza, abriéndose y dejando caer su contenido. Cuantos más esfuerzos hace por levantarse, más se va hundiendo en la nieve. A su compañera le faltan fuerzas para tirar de ella. Grande es su temor de que las vean los guardias, porque luce una clara luna. Se deciden, pues, a avisar al guía, quien, viendo que no les persigue nadie, se aproxima arrastrándose por el suelo y logra sacar a Sor Luisa del foso. Recogen, entonces, los objetos dispersos por la nieve y rehacen el paquete. Luego, prosiguen su marcha, errando más o menos al azar, porque no se distinguen ni caminos ni senderos, perdidas más o menos en aquel océano de nieve. Pronto, a Sor Teófila se le acaban las fuerzas y cae desvanecida. El guía, suponiendo por su cuenta que se halla en estado de embriaguez, se detiene y la deja descansar. Tendida sobre la nieve, no tarda en volver en sí y todos reanudan la marcha.
Hasta las 5 de la mañana no llegan al primer pueblo situado en territorio prusiano. Los habitantes son todos protestantes, y al saber que aquellas dos mujeres son católicas, les dispensan la acogida más inhumana: nadie quiere recibirlas en su casa y hasta se les niega agua caliente para calentarse. Ante tal recibimiento, deciden permanecer allí el menor tiempo posible, por lo que alquilan un trineo para dirigirse a Memel. Pero el conductor no puede salir hasta la tarde de aquel día 26 de enero. Se las deja entre tanto en una granja abierta a todos los vientos, y sus ropas impregnadas de nieve están tan heladas que se quiebran como si fueran de cristal. Finalmente, pueden marchar.
La carretera para llegar a Memel sigue la orilla del mar, sacudido en ese momento por un viento impetuoso. El trineo se detiene en pleno mercado, y allí no comprenden palabra de lo que se dice, porque todo el mundo habla en alemán.
Por fin surge un hombre que habla lituano y que les indica el domicilio de un sacerdote llegado hace poco para el servicio a los inmigrados. Este sacerdote las recibe con gran frialdad, pues teme ser víctima de una trampa. Ellas le muestran el libro de las Reglas, la firma de la Visitadora y sus hábitos de Hijas de la Caridad guardados en sus paquetes. Seguro ya de la verdad, aquel hombre se muestra como un verdadero padre. Sólo allí, donde permanecieron tres días, pudieron descansar de verdad, si bien brevemente. Pasado ese tiempo, las recomendó a los empleados de las diligencias para que las condujeran gratuitamente hasta Posen.
Allí llegaron a media noche. Como no conocían la ciudad, al bajarse de la diligencia, no sabían a dónde dirigirse. Estando en esa perplejidad vieron cómo se les acercaba un hombre cubierto de pieles, quien, muy cortésmente les ofreció sus servicios. Las llevó al hotel y cuando, a la mañana siguiente, se disponían a pagar la cuenta de su hospedaje de la noche, la camarera les dijo que todo había sido abonado y que el señor que las había acompañado la víspera estaba allí y quería verlas. Era un sacerdote que dijo considerarse feliz por haber podido prestarles aquel servicio, a lo que añadió: «Bien veo que no son ustedes personas del mundo y que son extranjeras. Díganme con claridad lo que puedo hacer por ustedes». Las Hermanas le contestaron: «¿Podría usted proporcionarnos alojamiento en algún convento hasta que se nos presente la oportunidad de pasar a Francia?». —»¿Vienen ustedes de Lituania y son religiosas expulsadas por la persecución…?». — «Somos Hijas de la Caridad». Al oír esto, lleno de alegría les dice que allí, en Posen, hay una casa de Hijas de la Caridad, cosa que ellas ignoraban. Buscó un guía, pues sus asuntos no le permitían demorarse más, y éste las condujo a la casa de las Hermanas. Iban todavía vestidas de seglar.
Fue Sor Felipa quien las recibió, ya que reemplazaba a la Superiora, entonces enferma. Y como no acababa de creer el relato que le hacían, las acompañó a ver al P. Grzedzienski, su confesor, presentándolas después a las demás Hermanas. Una vez que hubieron mostrado las pruebas de que decían la verdad, se las recibió en la casa.
Allí permanecieron durante unos meses, con la esperanza de ver llegar a otras Hermanas salidas de su país. Efectivamente, en mayo llegaron Sor Izabella Dombrowska y Sor Tekla Maskkierwiez. Semanas después supieron que, enterado de su evasión, el gobierno ruso había tornado tan severa la vigilancia a las Hermanas, que en adelante les sería imposible evadirse. Sin embargo, una quinta Hermana lo logró también al cabo de dieciocho meses.
El gobierno prusiano, por temor al de Rusia, les hizo saber que tenían que dejar cuanto antes aquel territorio. Así pues, el 30 de julio tomaban el tren para Berlín. En la estación de esta ciudad, los viajeros, que no habían visto nunca el hábito de las Hijas de la Caridad, las tomaron por actrices de teatro. El obispo de Posen las había recomendado a un sacerdote para que las dirigiera hacia el tren de Hamburgo; pero tuvieron que cambiar de tren a la segunda estación. ¡Nuevo conflicto! Felizmente, encuentran a una persona que habla francés, y este señor les indica el tren correspondiente, buscando por los compartimentos si había alguien a quien poder encomendarlas. Encontró por fin a un francés que regresaba a París y que dijo se sentía encantado de poder servir de guía a las Hermanas. Era funcionario en la corte de Prusia y se llamaba Jean Esquertier.
Llegadas a París, la Madre Carrére las recibió con los brazos abiertos. Debido a estar ausente, el Padre General lo hizo unos días después con la mayor bondad. La quinta Hermana evadida pudo incorporarse al grupo ya en París, poco tiempo después. Tres de estas Hermanas marcharon a Constantinopla para atender a los emigrantes polacos y, algunos años después, lo hicieron también con los heridos de la guerra de Crimea. Las otras dos quedaron destinadas en París, en la Casa de San Casimiro, en la calle Chevaleret.






