Las Hijas de la Caridad en China (1848-1948)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: S.S. · Year of first publication: 1948 · Source: Anales Barcelona.
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Hijas2Un día de 1655 —29 de septiembre— decía. San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad: «Desde Madagascar nuestros Misioneros nos piden les mandemos Hijas de la Caridad para ayudarles a conquistar almas. Los Padres Mousnier y Bourdaise me dicen que creen ser éste el único medio para que los habitantes de aquel país reciban la fe, y que podría levantarse un hospital para los enfermos y un Seminario para instruir a la juventud. Por lo cual disponeos a partir. Dista aquel país cuatro mil quinientas leguas, y dura seis meses el viaje hasta allá. Hermanas mías, os lo digo para mostraros los designios de Dios sobre vosotras. Disponeos, pues, hijas mías, y daos a Nuestro Señor para ir a donde a PI le plazca.
«–¿Estáis todas bien resueltas a ir adondequiera que sea, sin excepción alguna?
«—Sí, Padre—respondieron ellas.»
Mas el Santo, profundo conocedor del alma humana, para ver si verdaderamente sus hijas estaban animadas del espíritu de indiferencia, les insiste:
—¿Pero estáis todas verdaderamente en tal disposición? Si es así, decídmelo.
Entonces todas las hermanas espontáneamente se pusieron de pie, asegurando con aquel gesto, estar prontas a ir hasta los últimos confines de la Tierra.
Desde aquel día el deseo de darse a Dios en las misiones echó raíces en el corazón de las Hijas de la Caridad.
Pero ni a San Vicente, ni a sus inmediatos sucesores les fue dado ver a sus hijas pasando el Océano.
Fue en 1839 cuando las Hijas de la Caridad partieron a Oriente, a Esmirna y a Constantinopla: El P. Etienne, el restaurador de las dos Comunidades Vicencianas, fue el que impulsó la partida de aquel primer escuadrón de heroínas.
En 1842 partieron otras Hermanas a Argel, tierra muy querida por el Santo Fundador; dos años después a Egipto y a Méjico. (Estas últimas desde España).
En 1847 otros dos países se abrieron como campo de trabajo: Palestina y China.
Hoy todo el mundo ha visto a la Hija de la Caridad inclinarse, como madre amorosa, sobre toda miseria humana, para aliviar el dolor, secar una lágrima, infundir un rayo de gozo y esperanza al que sufre. Pero hace un siglo, cuando eran nuevas para el mundo tales manifestaciones de amor a las misiones, era más espontáneo y profundo la admiración y el reconocimiento que en todas partes despertaban. Tanta admiración llegó hasta la lejana China, donde los presagios del martirio enardecían aún más el valor de los misioneros. El Obispo de Macao, Mons. De Matla, preocupado por la supresión de las Órdenes Religiosas en Portugal, pidió (28 de octubre 1845) al P. Claudio Guillet, Procurador General de las Misiones de Paúles en China, el envío de Hijas de la Caridad.
El Muy H. P. Etienne acepta la invitación. El mismo P. Guillet fué llamado a París para ser el guía del grupo de Misioneras.
Las primeras Hijas de la caridad cruzan el Océano
A centenares, casi a millares llegaron de todas partes las cartas solicitando el destino al lejano Oriente. De todos aquellos ofrecimientos la Providencia, escogió el de 12 buenas hermanas: Sor Ville, Sor Angé, Sor De Lapierre, Sor Louy, Sor Des Roys, Sor Célart, Sor Hocquart, Sor Martiniére, Sor Conocemos una carta del P. Guislain, C. M., al P. Brunet, Vicario General de la Congregación de la Misión, escrita en Pekín el 31 de diciembre de 1805, por la que el P. José Roux, C. M., deseaba establecer (1798) las Hijas de la Caridad en China, Pero, tal proyecto no fue seguido por muchas y graves dificultades. Como Superiora fue escogida Sor Durand, Asistenta de la Superiora General.
Las Hermanas se reunieron en Lyon, donde permanecieron del 25 al 28 de septiembre de 1847. Hicieron una peregrinación al célebre Santuario de Fourviére para poner a los pies de la Santísima Virgen todos sus deseos, todas sus esperanzas.
El 29 de septiembre, a las cuatro y media de la mañana, el barco «Papiro» levaba anclas para ganar a Marsella siguiendo el curso del Ródano. En Marsella, el 10 de octubre, en presencia del P. Etienne tuvo lugar una ceremonia religiosa en la capilla de Nuestra Señora de la Guardia. El Padre Etienne, reclamado en París, se despidió cariñosamente de las Hermanas, exhortándolas a permanecer firmes en medio de todas las dificultades y a sembrar animosamente con lágrimas sin buscar el gozar del fruto de sus trabajos. El 22 por la mañana, la nave providencialmente llamada «Estrella del Mar», bellamente engalanada de fiesta, fue bendecida por el Obispo de Marsella. Dos días después levaba anclas, a la hora del alba.
Con un viaje digno de parangonarse con el de los antiguos exploradores, «La Estrella del Mar» pasó el Estrecho de Gibraltar, hizo escala en Founchal, en la isla de Madera, saludó de paso a las Canarias y Cabo Verde y puso rumbo hacia los confines de la Tierra de Fuego.
En Navidad, la Misa de media noche fue celebrada en alta mar, acompañada del sonido de las campanas, de instrumentos músicos, cantos y salvas de la artillería.
¿La comida de las Misioneras? Una sopa de aceite y un bizcocho con un poco de merluza frita o hervida.
El 24 de enero de 1848 llegaron a Valparaíso, de donde partieron el 8 de febrero para pasar, después de Oceanía, el canal de Formosa, y tocar, ¡finalmente!, el 21 de junio de 1848, el puerto de Macao.
El viaje estuvo lleno de peripecias. El 30 de abril murió en la isla de Samoa la Hermana. Ville, de 33 años. Pero la prueba más dolorosa para las Misioneras, un mes después de su llegada, fue la muerte de la Superiora. En Macao, las Hermanas no permanecieron inactivas. Abrieron un dispensario, un orfanato y una escuela. Pero dificultades de orden religioso les hicieron pasar a Ning-Po, en el Vicariato Apostólico de Tche-Kiang, adonde llegaron (21 junio 1852) de noche, ocultas en literas cerradas por temor de provocar alguna conmoción entre los paganos. Habitaron una casa pequeña, negra, llena de humo, fue una vida de privaciones y de sufrimientos, de una pobreza extrema, al servicio de los enfermos y abandonados. Entre el 1852 y el 1862 seis Hermanas sucumbieron a causa del extenuante trabajo.
Los Superiores Mayores seguían con ansiedad el penoso estado de estas heroicas hijas. ¿No era aquello sacrificar inútilmente o casi inútilmente a una fuerte juventud?
La llamada a Europa parecía urgente. El Asistente del Superior General, P. Pousson, de paso por Ning-Po, a su vuelta a Francia, quiere llevarse consigo a las Hermanas. Mas éstas, movidas únicamente por el amor hacia tantos pobres chinos, necesitados más que nunca de la ayuda cristiana, Unánimemente suplicaron poder permanecer allí. ¡Sublime gesto de caridad y de generosidad!
Un día, también San Vicente se encontró en el mismo caso que los Superiores de París. Era humanamente inútil mandar tantos misioneros al lejano Madagascar, porque todos, uno tras otro, iban sucumbiendo en aquella isla. Pero la causa de Dios y el bien de aquellos pobres infieles lo exigía. Y él, confiado en Dios, continuó mandando Misioneros, y lo mismo hicieron sus sucesores.
La púrpura del martirio
Y así como hubo mártires en Madagascar, así también eI suelo de China fue regado muchas veces con la sangre generosa de las Hijas de la Caridad.
21 de junio de 1870. Por la tarde, al son del «gong», una gran turba del pueblo se precipita contra la «Misericordia» del Tien-Tsin, donde diez Hermanas con gran amor cuidan de los niños abandonados, en un hospital y en un dispensario.
Las acusaciones eran graves: los paganos decían que las Hermanas robaban a los niños, y sacábanles el corazón y los ojos para preparar remedios y filtros.
Cuando la Superiora, conocedora del peligro, hubo distribuído las Sagradas Especies a las Hermanas, acababa de ser abierta la puerta de entrada. Un minuto después la Superiora tenía el cráneo partido por un sablazo.
En menos de media hora todas las Hermanas cayeron bajo el hierro homicida y algunas fueron quemadas. Entre estas heroicas víctimas, primeras mártires de la Santa Infancia, figura una Hermana italiana, Sor Andreoni, muerta a hachazos inmediatamente después de la Superiora.
Al recibir la noticia de tal tragedia, el P. Etienne escribió:
«Esta sangre derramada sobre aquella tierra infiel dará testimonio a la posteridad de que, según el pensamiento del grande Apóstol, las Hijas de la Caridad guardan como la más preciosa de las gracias, la de creer en Dios y morir por Él.»
En 1884 todas las obras del Ning-Po fueron destruidas durante la guerra entre Francia y China.
En 1900 las Hijas de la Caridad de Pekín escribieron en la historia páginas maravillosas de cristiano valor. El nombre de Sor Jaurias, junto con el de Mons. Favier, es recordado con legítimo orgullo por las Hijas de la Caridad Misioneras.
En 1930, en el Vicariato Apostólico del Kiang-si, bandas de comunistas apresaron a misioneros y hermanas. Cinco Hijas de la Caridad fueron llevadas presas lejos de su residencia y de sus obras. Una de ellas ha dejado un diario conmovedor sobre sus dolorosas vicisitudes, terminadas con la liberación en la vigilia de Navidad.
No han cesado aún los fúlgidos heroísmos de las Hijas de la Caridad en el Celeste Imperio. Es más fácil imaginar que describir el cúmulo de sufrimientos soportados en la reciente guerra. No tenemos todavía estadísticas que nos digan hasta qué punto haya llegado tanto espíritu de sacrificio. Las páginas maravillosas constan solamente en el libro de la vida. Fieles a la enseñanza del Santo Fundador, las Hijas de la Caridad se preocupan poco de si el mundo aprecia su valor: sólo confían en Dios.
El «martirio» de Sor Ginal es uno de tantos «martirios» consumados en el cuerpo y más a menudo aun en el corazón.
La Hija de la Caridad sufre, ora y espera…
De las estadísticas de 1936 resulta que las Hijas de la Caridad en China son 388; 223 de las cuales son indígenas…
¿Qué fuerza secreta anima a tantas heroicas jóvenes Hermanas a dejar la propia casa, el propio país, la patria? La esperanza de hacer el bien a tantos pobres infieles, más necesitados de amor y caridad de lo que nos podemos imaginar.
Decía San Vicente (20 de julio de 1654) a algunas de sus hijas: «¡Qué afortunadas sois, amadas hermanas, por baberos Dios escogido para asistir a los pobres heridos! Desde el momento en que saldréis de aquí, vuestros ángeles de la Guarda irán contando vuestros pasos; todo lo que diréis, haréis o pensaréis os será contado delante de Dios. Los grandes en el mundo se conocen por sus gestas y por el número de personas que les acompañan. Así también la verdadera nobleza y grandeza consiste en la virtud, y cuando las almas que han trabajado mucho por Dios van al Paraíso después de esta vida, todas sus buenas obras les siguen, y cuanto más eximias son éstas y en mayor número, tanto más hacen ver la grandeza de sus almas; son sus damas de honor. ¡Oh Hermanas¡ Cuán contentas estaréis de haber asistido a tantos pobres, cuando compareceréis delante de Nuestro Señor».
Estamos ciertos de que todas cuantas Hijas de la. Caridad trabajaron desde 1848, o trabajan actualmente en el Celeste Imperio recibieron o recibirán del Señor el premio merecido por sus fatigas y por su grande amor a las Misiones de la lejana China.
S.S.

 

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