Las Hijas de la Caridad durante la Guerra de Secesión en los Estados Unidos

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Renée LELANDAIS · Fuente: Ecos 1996.
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A partir del siglo xvi, los exploradores de esta región de América del Norte son europeos procedentes de España, de Francia y de Inglaterra. Pero en el siglo xvii serán sobre todo ingleses, debido a los disturbios políticos y religiosos de su país. Entre 1607 y 1733 van a formarse trece colonias inglesas. En los años siguientes, éstas se enfrentarán con la metrópolis que quisiera mantener el poder sobre el conjunto de la región.

De 1775 a 1783, las colonias ayudadas por los ejércitos franceses van a luchar y vencer a Inglaterra. El 4 de julio de 1776 tiene lugar la declaración de indepen­dencia de los Estados Unidos que queda consagrada por el tratado de Versalles en 1783. Los nuevos Estados elaboran una constitución federal que hoy sigue en vigor, gracias a la habilidad de Washington, Franklin y Hamilton.

En la primera mitad del siglo xix, la necesaria puesta en práctica de las insti­tuciones y la conquista del oeste absorben las energías americanas y ocultan el gran conflicto que opone el Norte al Sur a nivel económico y social. El Norte que se industrializa es antiesclavista; el Sur agrícola y exportador de algodón es es­clavista. Los esclavos eran únicamente negros de África.

El 20 de diciembre de 1860, once Estados del Sur se separan, y el 8 de febrero de 1861 se organizan en Confederación. Comienzan las hostilidades en abril de 1861, por el ataque de Fort Sumter. La guerra va a durar hasta abril de 1865. En este período es cuando las Hijas de la Caridad van a ir en ayuda de los heridos de los dos campos.

El 7 de junio de 1861, los Superiores de la Provincia recibieron un telegrama pidiendo Hermanas para cuidar a los soldados confederados  sudistas  en Harpersferry. Las tres que estaban disponibles en la Casa más cercana salieron el 9. En el hospital al que llegaron había un grah número de enfermos pero, desgraciadamente, pocas provisiones y medicamentos. Las cosas comenzaban a organizarse un poco cuando llegó la orden de trasladar el ejército y después los enfermos a Winchester, porque los federados —nordistas— se acercaban.

Las Hermanas debían seguir al día siguiente, pero el coche no vino a buscarlas hasta las once de la noche. Después de cuatro horas de carretera en coche y dos horas en tren llegaron a Winchester. Les dieron un alojamiento y en seguida empezaron a atender a los soldados heridos. Había casi tantos como hombres enfermos. Como ellas eran sólo tres, una fue a buscar a otras tres compañeras.

Después el combate se desplazó a Richmond. Esta ciudad, capital de Virginia, se convirtió en la de la Confederación del Sur y fue, desde el comienzo de la guerra, teatro de los más graves acontecimientos. Por todas partes se abrieron hospitales militares y vinieron a buscar Hermanas para ocuparse de los enfermos y heridos. Hasta el mes de junio del año siguiente, lucharon más o menos, en torno a Richmond. El 2 de enero, cinco Hermanas que trabajaban en Richmond habían sido enviadas al Hospital de Manassés —sudistas—. Era un pobre hospital mal llevado donde la mortalidad era considerable. El 15 de marzo fue preciso marchar­se rápidamente de este lugar. Se instaló el hospital en Gordonville. En Pascua, nueva retirada hacia Danville. En el mes de noviembre, nuevo cambio hacia Lynchburg donde el hospital permaneció tres años.

En la misma época, al principio de la guerra, el 13 de agosto de 1861, el general Fremont, que mandaba las tropas del oeste, pidió Hermanas. El Director Provincial, Padre Burlando, que había previsto tales peticiones, había trazado la línea de conducta a seguir. Así, las Hermanas del orfanato Santa Filomena en la ciudad de San Luis fueron a cuidar heridos y enfermos. Según las semanas había entre setecientos y mil cien. La mayor parte eran protestantes y aunque trataban a las Hermanas con el mayor respeto, estaban extrañados de su manera de vestir. Hubo cierto número de conversiones y bautizos y la Virgen María, con su medalla, estuvo casi siempre en el origen de todo ello.

Al mismo tiempo que la petición del general Fremont, la Hermana Sirviente ha­bía recibido la orden del general del ejército de enviar Hermanas a las cárceles militares de la ciudad. Los soldados prisioneros no quisieron ver a las Hermanas. Durante varios días, éstas se limitaron a llevarles una comida a mediodía. Su dedi­cación conmovió a los soldados que recibieron entonces a las Hermanas con ale­gría. Muchos de ellos fueron admitidos en la Iglesia católica antes de su ejecución.

Algún tiempo después pidieron Hermanas para Washington. El hospital que pusieron a su disposición consistía en algunos barracones de madera construidos a toda prisa y en tiendas de guerra. Varias batallas sangrientas habían llenado el hospital. Una de las Hermanas escribe: “… Al recorrer las salas llenas de heridos, nos preguntábamos cómo sería posible aliviar tantas miserias. La tarea parecía por encima de nuestras fuerzas, pero Quien nos había hecho venir estaba con nosotras”‘.

Los que iban llegando se encontraban en la situación más deplorable: cubier­tos de heridas, de llagas, expiraban a menudo antes de que se les pudiera ofrecer el menor alivio. Otra Hermana cuenta: “Una vez, nos llegaron sobre las diez de la noche, sesenta y cuatro soldados horriblemente mutilados. Solamente había ocho que tenían todos sus miembros. Varios expiraron al pasar del coche a la sala. Nosotras íbamos de una cama a otra, haciendo todo lo posible por aliviar los sufrimientos físicos y aprovechábamos todas las ocasiones que se presentaban para recordar a aquellos desdichados el pensamiento de Dios y de la eternidad”’.

En mayo de 1852, el cirujano jefe del ejército pidió veinticinco Hermanas para el Hospital Militar de Saterlee, en Filadelfia, cuya construcción todavía estaba en curso. Las Hermanas llegaron allí en junio de 1862, había doscientos enfermos. Un mes más tarde, eran novecientos. El 16 de agosto llegaron al hospital mil quinien­tos heridos y a mediados de septiembre había cuatro mil hombres en el hospital. Después de algunas batallas, este número se elevaba todavía más. Así, en 1863, durante algunos meses, hubo nueve mil hombres y solamente cuarenta y tres Hermanas.

El 21 de junio de 1862, un Sacerdote de la Misión de Emitsburgo, el Padre Gandolfo, escribía al Padre Etienne: “En los tiempos en que estamos, sus queri­das hijas de América despliegan todo el fervor y la energía de espíritu y de cuerpo de que son capaces para obedecer a la llamada urgente que el médico y el cirujano jefe de los ejércitos y del Estado, el general Hammon, les ha lanzado de parte del gobierno de Washington y para volar en socorro de tantos pobres sol­dados enfermos y heridos, amontonados en los diferentes hospitales establecidos en las diversas ciudades del Norte… Se habría extrañado usted de ver cómo llegaban los telegramas uno tras uno, de parte del jefe militar de los hospitales y de otros subalternos para que enviaran Hermanas… Pero el 19 de junio es un día que no se borrará de mi memoria. El Padre Burlando, el 17 a las nueve de la noche, recibe un telegrama del general en jefe de los hospitales pidiendo cien Hermanas… Va a ver a las Hermanas y logra reunir a ochenta que parten al día siguiente a la fortaleza de Monroe donde les esperan dos hospitales y cinco grandes barcos preparados para hospitales… Nuestras Hermanas tienen actual­mente dieciséis hospitales militares sin contar las ambulancias”.

Veamos dos extractos de cartas de Hermanas:

El 15 de diciembre de 1862, una Hermana de Emitsburgo escribe: “Se ha dado la batalla delante de Richmond. Hay varias versiones en cuanto al número de muertos y de heridos. Dicen que son cuarenta mil del lado de los federados —nordistas, pero no se sabe la cifra de los que han caído del lado de los confederados sudistas. Otra, escrita el 17 de febrero de 1863:   Nuestros pobres Estados Unidos se han convertido en un inmenso hospital para las víctimas sin número que caen sin cesar en las batallas sangrientas que se han dado… La viruela ha hecho estra­gos… en cuanto se descubre que una persona está atacada por esta enfermedad, se tiene tal temor que la abandonan en seguida. Las Hermanas son las únicas que visitan a esas pobres criaturas”.

En otra carta del 7 de agosto de 1862, monseñor Mac Gill, c.m., escribe: “… Desde el punto de vista humano, el aspecto del país es realmente alarmante y lúgubre… Pero hemos tenido más de una vez ocasión de admirar los caminos maravillosos de los que Dios se sirve para llevar las almas a El… Los principales instrumentos de que Dios se sirve para lograr asombrosas y consoladoras conver­siones son las Hijas de la Caridad. ¡Cuántas cosas edificantes podría citar, que son incluso verdaderos milagros de la gracia!… Lo que llena de asombro… es ver a las Hijas de la Caridad que se asemejan en los dos bandos no solamente por el hábito y la corneta, sino sobre todo por la uniformidad de espíritu y de inten­ción… prestando los mismos servicios y prodigando los mismos cuidados sin distinción de religión o de partido”.

La guerra terminó en abril de 1865. Son los Estados del Norte —federados o nordistas— los que mantuvieron el poder con Lincoln como presidente; había sido reelegido en noviembre de 1864. Desde el comienzo de este mismo año, el 31 de enero, el Congreso de los Estados del Norte habla abolido la esclavitud. Los Estados del Sur, vencidos, se vieron obligados a terminar todo combate, pero aceptando difícilmente las decisiones del gobierno. Así, el 13 de junio de 1866, el voto de la ley que garantiza la igualdad civil a los negros quedó lejos de ser aceptado por el conjunto de la población.

Por otra parte, la guerra civil había empobrecido el Sur y desorganizado la economía tradicional del algodón que se reanudaría sobre bases totalmente nue­vas, las del trabajo libre y de la pequeña explotación.

 

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