Las Hermanas en la Gran Misión de Asturias (1967)

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Autor: Felipe Manzanal · Fuente: Anales españoles, 1967.
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HIjas-CaridadUN NUEVO CAMPO DE APOSTOLADO se ha abierto reciente­mente al celo y a la generosidad de nuestras Hermanas: su inter­vención activa y entusiasta en las misiones populares al lado de los misioneros de la Hermandad. Lo que han hecho en la Diócesis asturiana últimamente es lo mismo que hacían las Hermanas de la primera hora. San Vicente enviaba a las Hijas de la Caridad primitivas a preparar el campo de operaciones de sus misioneros o a consolidar el fruto de sus misiones con la fundación y des­arrollo de la Cofradía de la Caridad. El paso del tiempo fue bo­rrando lentamente aquellos primeras formas de apostolado en el medio rural. Unas nuevas costumbres fueron desplazando a las antiguas. Creo que ha llegado el tiempo de que resuciten. San Vi­cente se adelantó a su tiempo. El lanzamiento misionero de sus Hijas por los pueblos y aldeas cae dentro de las normas y consig­nas que la Iglesia actual impone y exige a las religiosas. En las montañas de Asturias se ha hecho una experiencia que pueden copiar todas las congregaciones femeninas, no sólo las Hijas de la Caridad.

LA CAUSA Y ORIGEN de esta nueva experiencia apostólica fueron del todo impensados. La ocasión se ofreció de pronto sin que nadie la hubiera ido a buscar. El Sr. Arzobispo de Oviedo ha hecho un plan de misiones populares amplio y valiente. Toda la Provincia eclesiástica de Asturias ha de ser misionada eficazmen­te zona por zona y año por año durante un período de tiempo de­terminado. Comenzó el año pasado en la zona de Arriondas. En esta misión tomaron parte un grupo de Damas de la Caridad, al frente de las cuales iban dos Hermanas de esta Provincia de Gi­jón. Este año vino casi un centenar de misioneros de la. Herman­dad de San Vicente de Paúl a misionar las zonas de Tineo y de Cangas de Narcea. El P. Victoriano Dallo, organizador de estas misiones, expuso a todos los sacerdotes de los pueblos que iban a ser misionarlos una sugerencia del Sr. Arzobispo.” El deseaba que con los misioneros fueran también como auxiliares y colaborado­ras religiosas de todas las congregaciones e institutos establecidos en Asturias, las que ellos mismos escogieran. A la hora de elegir, todos eligieron a las Hijas de la Caridad, ante el asombro del Pre­lado y del Director de la misión, que deseaban, por razón de ecu­menismo y confraternización, que intervinieran representantes de todas las religiosas diocesanas. Las razones que alegaron los Pá­rrocos eran que las Hijas de la Caridad son las más conocidas,las más sencillas, las que mejor se adaptan al pueblo por su espí­ritu y ministerios, y porque les parecía que realizaban los mayores sacrificios con la mayor naturalidad del mundo. Semanas más tar­de, terminadas las misiones, me diría un sacerdote de aquéllos: “No nos arrepentimos de haber llamado a las Hijas de la Caridad. Lejos de defraudar nuestras esperanzas, las han superado. Han salvado la misión en muchos casos. Han hecho cosas que no po­díamos ni soñar.”

SESENTA HERMANAS FUERON ENVIADAS A LAS MISIO­NES. Era el mes de septiembre cuando aún no habían comenzado las clases. Pero también se eligieron misioneras de los hospitales, sanatorios y casas de Beneficencia. Previamente tuvieron todas ellas una reunión en Oviedo, en la que los organizadores les die­ron normas prácticas, les hicieron sugerencias, les señalaron po­sibles actividades, les propusieron iniciativas y les estimularon a cooperar con sacerdotes y misioneros, dándoles amplio margen para el desarrollo de sus iniciativas personales. No tuvieron más pre­paración técnica que la que recibieron en aquella reunión breve y rápida. Inmediatamente emprendieron el camino. Para prepa­rar la misión salieron tres o cuatro días antes que los misioneros. Cuando éstos llegaron, los pueblos estaban ya caldeados, entusias­mados por la propaganda misional. Permanecieron en sus puestos hasta el final de las misiones. Algunas estuvieron más de veinte días. Muchas hicieron tres y hasta cuatro misiones. Generalmente, trabajaban de dos en dos, pero alguna vez, porque las circunstan­cias se imponían, tenían que separarse y actuar aisladas. Hay que hacer constar que todo su trabajo inmenso y colosal fue entera­mente gratuito. Fuera del hospedaje y de los gastos ocasionados por los viajes, no percibieron absolutamente nada por su tarea de misioneras auxiliares.

MUCHAS HAN RELATADO DETALLADAMENTE SUS IM­PRESIONES. Además de responder a una encuesta que se les ha dirigido, me han enviado relaciones muy interesantes de sus aven­turas misioneras. Lamento no poder dar cabida a todas ellas en esta crónica. Emociona de verdad. Son sorprendentes y maravi­llosas. La lectura de una solamente diría mucho más de lo que yo puedo decir. Es un género literario nuevo en la Compañía. La redacción es sencilla y conmovedora. Las personas que hemos go­zado de estas bellas historias, llenas de frescura y sinceridad, creemos que es un recuerdo de aquéllos días inolvidables, un mo­numento al espíritu misionero de las Hermanas y un exponente de su alto entusiasmo apostólico. Lo que sigue está entresacado de esas relaciones.

LA LLEGADA DE LAS HERMANAS A LOS PUEBLOS próxi­mos a las vías de comunicación no ofreció dificultad ninguna. El recibimiento, en muchos casos, fue triunfal, superior al de los mismos misioneros. Vivas, aplausos, arcos de letreros y flores, vol­tear de campanas… Los niños y las mujeres las llenaban de besos. Los comienzos eran como la entrada de un Domingo de Ramos. Pero también había muchos pueblos encaramados en las cimas de las más altas montañas, a más de mil metros de altura, cuyo acce­so, con los medios ordinarios, era imposible. Asturias tiene una geografía áspera y difícil. Vegas de ensueño y valles rientes, co­ronados de montes inaccesibles, bosques milenarios e impenetra­bles, abismos de vértigo. Muchas hermanas todavía conservan en su cuerpo las huellas de estas escaladas inverosímiles, de este al­pinismo heroico. Algunas tuvieron que cabalgar por vez primera, durante horas, montaña arriba. Otras, que nunca tuvieron voca­ción de amazonas ni aspiraron a ser campeonas de equitación, dieron con su cuerpo en tierra. Otras prefirieron caminar a pie, con la maleta en la mano, por senderos de cabras, con un río ru­giente y espumoso allá abajo. Otras se vieron sorprendidas por las sombras de la noche en su larga ascensión, y no bastaba su pe­queña linterna de mano para evitar las caídas ni el miedo a los animales, que les miraban de cerca con sus ojos fosforescentes, o a los lobos, cuyos aullidos se oían allá lejos en la noche pro­funda…

EL HOSPEDAJE revistió mil formas variantes. Nuestras Her­manas recorrieron toda la gama del lujo y de la pobreza. Desde las que tuvieron por vivienda un antiguo palacio brillante y fas­tuoso hasta las que tuvieron que dormir en la cuadra, junto a los animales o en el suelo, con una manta encima y otra debajo, ex­perimentaron todos los grados de la abundancia y de la escasez. Casas ricas, casas de pobres, pensiones, hoteles, tabernas o chigres, como aquí los llaman; casas rectorales, cuyos dueños salían a dor­mir fuera; habitaciones indefensas de la curiosidad exterior; cuar­tos para dos con una sola cama; viviendas sin luz eléctrica, su­cias, malolientes, repugnantes, sin servicios de higiene… Por pri­mera vez las Hijas de la Caridad saborearon la hiel de todas las incomodidades del misionero, pero embelleciéndolo todo con la ternura de su corazón, la gracia de sus palabras, el buen humor de su espíritu, la sonrisa de sus ojos y el chiste de sus labios. “Vi­vimos en una casa miserable —escribe una Hermana—, sin luz ni agua caliente. Las gallinas y los cerdos entran y salen continua­mente por nuestras habitaciones. Tenemos que hacernos la comi­da e ir al río con las demás mujeres a lavar la ropa. Los utensilios de la cocina tienen una costra de suciedad que no hemos sido capaces de quitar. Los vasos para beber el agua han perdido la transparencia, y siempre están llenos de moscas. Cuando estamos comiendo entran las mujeres y los chiquillos, y nos hacen las pre­guntas más raras que se puede imaginar.” “Nadie podía pensar —escribe otra— que íbamos a estar hospedadas tan pobremente. Yo creo que el Portal de Belén estaba mejor cuando nació el Niño Jesús. Tenemos un jergón en el suelo para las dos. La puerta de la habitación la hemos tenido que improvisar, sosteniéndola des­de dentro con un palo. Al apagar la vela la primera noche nos dimos cuenta de que tanto el techo como las paredes estaban lle­nos de grandes grietas. Por ellas nos llega el ruido de las perso­nas que duermen en las habitaciones contiguas. Si fuera de día, nos veríamos mutuamente. Por la mañana, COMO carecíamos de agua y estaba lloviendo, fuimos a lavarnos en las goteras de los tejados…” No terminaría si fuera reproduciendo las anécdotas pin­torescas de que abundan las relaciones de las Hermanas.

EL CAMPO DE OPERACIONES de este valiente ejército feme­nino apenas ofrece contrastes. Toda la zona es desesperadamente uniforme, cortada por el mismo rasero. Geográficamente, muy po­bre; socialmente, bastante abandonada; culturalmente, retrasada. Hasta ahora se ha considerado la zona de castigo de los sacerdotes. Las consecuencias son fáciles de deducir. Algunos párrocos tienen que servir a quince, veinte, veinticinco pueblos o aldeas, que es lo mismo que no servir a ninguno. No faltan clérigos mundanos, avaros, indolentes, alcohólicos, degenerados… El encuentro con estos ministras de Dios fue un impacto doloroso y brutal en la sensibilidad delicada de nuestras Hermanas. Esta amarga realidad no las desanimó. Todo lo contrario: hizo subir el termómetro de su compasión por aquellas pobres gentes y les estimuló a borrar las huellas de los malos ejemplos de quienes debieran darlos me­jores. Pero estos sacerdotes son una minoría insignificante. La gran mayoría es un clero culto, trabajador y ejemplar. Las nuevas mi­sioneras se pusieron a sus órdenes, y realizaron auténticos pro­digios. La presencia de las Hermanas en los pueblos despertaba siempre cariño y entusiasmo, y también asombro y extrañeza. Mu­chos no sabían lo que eran las monjas. Nunca las habían visto. Si habían oído hablar de ellas, creían que eran unos seres extra­terrestres, sin contacto ninguno con los pobres habitantes de este mundo. No sabían cómo tratarlas. Algunos las llamaban señoritas. Otros les besaban la mano, como si fueran sacerdotes. Otros se ponían de rodillas para pedirles su bendición. Esto, claro está, sucedía en las aldeas perdidas de la serranía, en las brañas, como allí se dice. Por aquellas alturas una de las dificultades más gran­des de superar era la comida. No precisamente por la clase de alimentos que eran corrientes, sino por el gusto repugnante que les daban, por las formas chocantes y extrañas con que los adereza­ban, y sobre todo por la suciedad de la vajilla en que eran servidos. Unas, para no comerlos, porque era superior a sus fuerzas, des­plegaban todas las artes del disimulo; fingían comer, pero en rea­lidad los ponían aparte, para dárselos después ocultamente a los animales. Otras los comían de golpe, con los ojos cerrados y ayu­dándose de continuos sorbos de agua. Otras, en fin, para no que­darse en ayunas, a fuerza de gracia y buen humor, conseguían que se les permitiera hacer ellas mismas la comida. Con lo cual alcanzaban dos cosas estupendas: alimentarse y dar a aquellas po­bres mujeres una suave lección de arte culinario.

EL CANSANCIO Y LA FATIGA más absolutos eran la corona y el remate de aquellas duras jornadas misionales. No hay nin­guna Hermana que no afirme en su crónica no haber tenido nun­ca una sensación tan fuerte de agotamiento físico. Se puede decir que todas se desplomaban en sus lechos por la noche, rendidas de sueño y exhaustas de fuerzas. El trabajo más duro y variado les mantenía durante el día en continua tensión física y nerviosa. La limpieza y el cuidado de la iglesia, la catequesis, las conversaciones y charlas con muchachas y mujeres, las visitas a domicilio, las visitas a los enfermos, la preparación de los actos misionales, las instrucciones privadas y públicas, los largos desplazamientos a las aldeas alejadas del centro misional eran capaces de ablandar cual­quier resistencia, aunque fuera de acero. Algunas dicen que hubo días en que no se sentaron ni siquiera para comer; tomaban lo imprescindible de prisa y corriendo o por los caminos apartados de las montañas. Estas caminatas eran lo que más les molestaba, por lo largas, frecuentes y difíciles. Sé de alguna pareja de Her­manas que se dejaron en los ásperos senderos del monte dos pares de zapatos en quince días. Una de ellas escribe: “Todos los días salíamos a nuestras correrías apostólicas. Se alquilaba una DKWpara ir hasta donde llegaba la carretera. Después, grandes cami­natas monte arriba. Llevábamos lo necesario para la Misa, y ha­bía que transportar el ara (bastante pesada, por cierto) de un pueblo a otro. Al llegar nos separábamos e íbamos de casa en casa para invitar y hacer ambiente misional. En todos los sitios teníamos que pasar por la cuadra, y más de una vez los cerdos nos tiraban de la gabardina. Todo el mundo salía a las ventanas para vernos pasar, llenos de curiosidad, pues era la primera vez que veían monjas. La acogida era siempre muy cariñosa después de convencerse de que no les íbamos a pedir dinero. Nos oían con una atención impresionante. Cuando terminábamos el recorrido y reuníamos a todos se celebraba la santa Misa. En ella les predi­caba el misionero. La primera Misa que oímos en aquellas circuns­tancias nos impresionó muchísimo. El altar, una mesa pequeñita; vinajeras, dos botellas; otras dos hacían de candeleros; el man­tel, mugriento; los corporales, negros de suciedad; el Padre pidió unos pañuelos limpios; le dimos los nuestros, y sobre ellos celebró. Nunca comulgué con más fervor que aquel día… Nunca olvidaré aquellas subidas y bajadas por los montes con nuestra comida al hombro durante tres y cuatro horas. Alguna vez nos olvidábamos de llevar para comer, y entonces nos hartábamos de lo que en­contrábamos al paso: castañas, avellanas, bellotas y moras de las zarzas. Yo me pregunto: ¿en qué se diferencian estas misioneras de las que están en países que llaman la Misión?”

EL SECTOR MINERO no quedó al margen de la misión. An­tes que llegaran los misioneros ya habían bajado nuestras Her­manas al fondo de las minas para hacer labor apostólica entre los obreros. Confieso que no las creía tan valientes y arrojadas, que se decidieran a bajar a una profundidad de más de dos mil me­tros en el seno de la tierra. Además de hacer entre los mineros su proselitismo misional, pudieron ver de cerca la tarea brutal, las condiciones duras, la cruda realidad de los hombres y de la vida, cosa que vendría de perlas a todas las monjas del mundo. Escuchemos: “Tenía verdadera curiosidad de ver las minas por den­tro. No puedo describir la impresión que recibí al bajar en aquella jaula de metal, a través de las galerías interminables, hasta el fondo del pozo. Me sentía aplastada bajo una mole tan grande de tierra. Todo me invitaba a pensar en el infierno: las tinieblas, las luces de las linternas moviéndose en aquella noche oscura, las caras negras de los mineros que transportaban el carbón, el ruido penetrante de las perforadoras… No me avergüenzo de confesar que me asusté, que mis piernas temblaban, aunque sonreía y me hacía la valiente. Aproveché aquella ocasión para hablarles de Dios a los obreros. Interrumpieron por unos momentos su trabajo para escucharme. También les invité a la misión. Me dieron las gracias. Subí a la superficie pensando en la dureza de vida que tenían que aguantar los hombres que dejaba allá abajo”

EL CUIDADO DEL CENTRO MISIONAL era de la competencia de las Hermanas. Unas veces era una iglesia o una capillita, pero otras era un cine, un almacén o un garaje. Las iglesias de las grandes poblaciones no dejaban nada que desear. Las iglesias de las brañas estaban en gran parte en el más completo abandono. Al entrar en ellas y verlas cubiertas hasta el techo de suciedad no se podía contener un grito de pena y de extrañeza. Las pare­des estaban negras de polvo y de telarañas. Por el suelo se exten­día una basura de siglos. (Es frase de una Hermana.) Los orna­mentos de la sacristía, llenos de moho y de mugre, comidos por los ratones… No había tiempo que perder en lloros y exclamaciones. Capitaneando a un ejército de niños y muchachas, fueron de casa en casa en demanda de escobas, cubos de agua, trapos de fregar, cubos de cal, brochas, desinfectantes. Al final del primer día las

gentes se asomaban al templo y exclaman: “¿Qué milagro es éste, Hermanas?” Efectivamente, habían hecho un milagro, pero un mi­lagro de orden, de limpieza, de blancura. A las puertas de la igle­sia se levantaba un montón de basura, que costó varias horas lle­varle fuera del pueblo. Al día siguiente metieron toda la ropa del culto en grandes cestos, y se fueron a lavarla al río, formando fila entre las mujeres que allí acudían para el mismo fin. Ocasión maravillosa para hacer simpática la misión y propagar el mensaje divino. Fue como un descubrimiento. En algunos pueblos las Her­manas iban diariamente a la orilla del río a hacer apostolado con el pretexto de lavar la ropa de la iglesia y la suya propia.

CUANDO EL CENTRO MISIONAL ERA UN ALMACEN, UN CINE O UN GARAJE ellas también lo tenían que preparar, cuidar y organizar. Había que sacarlo todo de la nada, como quien dice. Los hombres arrimaban un poquito el hombro, pero casi todo el peso del montaje del centro gravitaba sobre las espaldas de las Hermanas. Caso típico el centro misional de la Virgen del Car­men, de Cangas de Narcea. Era un garaje. La primera visita de las Hermanas después de llegar al centro. El alma se les cayó a los pies. Y eso que sólo lo vieron por fuera, pues por mucho que preguntaron no dieron con la persona que guardaba la llave. Des­pués de tres horas o más de preguntas, paseos, visitas, idas y ve­nidas pudieron abrir. Dentro había montones de hierro, grandes torres de leña, montañas de sacos de cemento, una capa de basura, donde se hundían los pies, y un techo oculto detrás de una nube de telas de araña… Y al día siguiente iba a empezar la misión. Una de las Hermanas lloraba. Su compañera le dice: “No hay que desanimarse, Hermana; a trabajar se ha dicho.” Y se apli­caron a la tarea. Primero, encontrar camiones que trasladaran todo aquello a otra parte, a otro almacén del mismo dueño. Lo hallaron a fuerza de simpatía de ruegos y de lágrimas. Pero hom­bres para cargarlos, ni con súplicas ni con nada. Ellas mismas tuvieron que cargar los sacos de cemento sobre sus débiles espal­das para trasladarlos al camión. El hierro y la madera desapare­cieron gracias a sus heroicos esfuerzos. Aquel día se acostaron rendidas y más tarde que nunca. Al siguiente, la limpieza del lo­cal les llevó toda la mañana. Por la tarde, visitas a los comercios y casas particulares para encontrar cortinas ; visitas intermina­bles para encontrar una mesa, bancos, cuadros ; visitas a todas las iglesias de la población para encontrar ornamentos y objetos de culto; visitas a todas las empresas y casas de electricidad para instalar la luz eléctrica; llamadas telefónicas a Oviedo para que las Hermanas de la capital les mandaran ramos de flores, de nardos, de gladíolos y frascos de agua de colonia para quitar el mal olor del local… Y el milagro se hizo también. La misión empezó a la hora prevista. El Rey de reyes estuvo quince días en un garaje convertido en palacio florido, perfumado y brillante gracias a la abnegación inconcebible de dos Hijas de la Caridad. Estas hazañas se repitieron en otras partes, donde fue necesario transformar una casa particular, una escuela, un cine, un centro misional.

EL ORDEN DE LOS ACTOS MISIONALES estaba garantizado por ellas. Media hora antes de que comenzara el Rosario de la Aurora ya estaban en el centro para llamar por medio de la campana o de los altavoces, para preparar las cosas necesarias para la Santa Misa. Cuidaban del orden de las filas en las procesiones. Hacían de acomodadoras con el fin de que en los ban­cos cupiera el mayor número posible de personas. La estadística de la asistencia la llevaban ellas exclusivamente; el misionero y el párroco, si le había, podían estar tranquilos y dedicarse en­teramente a su ministerio. Ellas vigilaban a los niños para que estuvieran quietos, entonaban los cánticos durante el Santo Sa­crificio y hacían de monitoras, explicaban la liturgia del acto, sin libro muchas veces. No perdonaban ningún sacrificio para que el centro estuviera rebosante de fieles. Unas cogían el alta­voz portátil, se lo colgaban del hombro y se iban por las calles llamando a todos al acto; otras ponían música religiosa en los tocadiscos y cintas grabadoras para lanzarla al aire del pueblo por los altavoces exteriores; otras reunían en una casa a todos los niños pequeñitos y se quedaban con ellos para que sus madres pudieran acudir, libres de todo cuidado, a la misión; otras hacían otro tanto con los enfermos, y así toda su familia podía oír la palabra de Dios. Otras recorrían las calles durante el acto invi­tando a todos los que encontraban amablemente a la misión. Tam­bién se dieron casos de tomar parte incluso en la predicación dentro del acto misional. Invitadas por el Párroco o por el P. Mi­sionero se dirigían a las mujeres casadas o a las jóvenes para hablarles sobre materias relacionadas con la moral femenina. Los sacerdotes quedaban estupefactos de la claridad, sencillez y deli­cadeza con que explicaban ciertos temas. Hermana hubo que ha­bló durante tres días a las mujeres casadas sobre la educación de los hijos, las tareas de una mujer en su casa y las cosas ne­cesarias para la buena marcha de un hogar cristiano. Las buenas señoras salían encantadas de aquellas charlas, afirmando que la monja predicaba mejor que muchos curas. Exageraban, eviden­temente, pero daban a entender que algunas cosas, de mujer a mujer, se tratan y se entienden mejor. En muchos lugares sé po­sitivamente que las gentes, cautivadas por la gracia y simpatía de las monjitas, les invitaban insistentemente a dirigirles la pa­labra cuando el misionero tenía que atender a varios pueblos a la vez. Algunas aceptaban. Otras, no; sentían no poder aceptar porque no estaban preparadas. Estas me han prometido preparar algunos temas para poder hablar en público en las misiones pró­ximas.

LA VISITA A DOMICILIO.—No hubo familia en todos los 11 arciprestazgos misionados que no fuera visitada por nuestras Her­manas. No una, sino dos, tres y hasta cuatro veces. La ocasión se la ofrecía el reparto de los sobres donde iba la carta del señor Cura que invitaba a la misión; los enfermos que encontraban, a los que prometían volver a visitar; la pobreza o alguna otra necesidad cuyo remedio precisaba repetir la visita, o sencillamente la buena impresión, el entusiasmo y la simpatía que despertaba su presencia en todos los hogares, por cuyo motivo eran invitadas repetidamente a volver. Creo sinceramente que es la forma de apostolado más molesta, pero la más eficaz. Es más, ningún mi­sionero es capaz de llevarla a cabo con la holgura de tiempo y con la garantía de éxito de las Hermanas. Con este sistema ob­tuvieron triunfos resonantes y en muchos casos salvaron la misión. Oigamos a una Hermana: “Hemos recorrido diecisiete pueblos y hemos visitado todas sus casas. Les hablábamos de la misión y nos interesábamos por sus problemas de cualquier tipo que fuesen. Los perros nos infundían mucho miedo con sus ladridos, hasta que salían los dueños y les hacían callar. Nos convidaban con lo que tenían y lo probábamos todo para que no creyeran que les despreciábamos. Algunas veces, ante su insistencia, aceptamos unas gotas de anís o de coñac. Procurábamos extremar nuestra amabilidad. A los niños les acariciábamos, les contábamos chistes y cuentos y les dábamos caramelos. A las mujeres les abrazábamos al entrar y salir, aunque nos repugnaban a causa de su suciedad y mal olor. Algunas nos preguntaban: “Qué, ¿vienen a enseñar la nueva religión?” Otras nos recibían con cara de pocos amigos, hasta que se convencían de nuestro desinterés y sinceridad. Tam­bién hubo familias que nos cerraron la puerta a cal y canto; pero al final se convertían en nuestros mejores amigos. También nos encontramos con ateos y protestantes. Nadie, sin embargo, nos faltó al respeto lo más mínimo. Cuando nos ganábamos su con­fianza nos contaban todos sus problemas. Jamás he oído cosas tan sucias contadas con la mayor naturalidad del mundo. Oyendo sus historias se desvanecen todos los escrúpulos. No podía ima­ginarme que hubiera tantos dramas sangrientos entre esta gente campesina. Escuchaban nuestros consejos con la mayor devoción y nos prometían hacer lo que nos pareciera mejor. Así nos ente­rábamos de los odios entre familias, de los niños sin bautizar, de las uniones ilegales. Con bondad y prudencia’ todo lo íbamos arre­glando. Los consejos, las sugerencias y la ayuda del Misionero nos enseñaban a desenredar la madeja y a conducir los casos más complicados a feliz término. Lo que más nos costaba era vencer su resistencia a confesarse. Tienen infinidad de prejuicios. La conducta de los sacerdotes es lo que más les retrae. Pasan muchos años sin confesarse. Es el caso que a nosotras nos decían de viva voz sus pecados. Yo me tenía que tapar los oídos porque me los explicaban de una manera brutal de puro clara. Nos cos­taba mucho convencerles que eso mismo se lo tenían que decir a los misioneros en la confesión, y muchos nos preguntaban: “¿No nos podría usted perdonar los pecados ahora mismo, Hermana?”” No ceso de agradecer a Dios todo el bien que hizo por medio de dos pobres monjitas en aquellas visitas por los pueblos de la sierra.

 

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