La tormenta perfecta: un programa de cambio sistémico en San José de Ocoa

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémicoLeave a Comment

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Autor: Eugene B. Smith · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2008.
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La idea de una «tormenta perfecta» implica la combinación de elementos de un poder destructivo extraordinario que tomados uno por uno supondrían un peligro menor; sólo cuan­do todos los elementos ocurren juntos se hace necesario gritar: ¡Cuidado! Pero ¿qué diríamos si una «tormenta perfecta» tuvie­ra resultados positivos; si lo que precisamente hacía falta era una «tormenta»? Esa situación se dio exac­tamente en San José de Ocoa que en las comunida­des de vecinos fueron capaces de crear un cam­bio sistémico cuando coin­cidieron varios elementos positivos, lo cual tuvo como resultado comunida­des transformadas.

Los más pobres entre los pobres

Hace unos muy pocos años, la comunidad del río Ocoa en la República Dominicana sufría la plaga de alta mortalidad infantil, hambre crónica, una gran escasez de agua potable y falta de insta­laciones de saneamiento. La gente vivía el día a día sin ninguna garantía de poder conseguir alimentos para el futuro. Las mujeres caminaban quilómetros cada día para conseguir agua de arroyos que estaban con frecuencia contaminados. Las familias intentaban a veces ayudarse unas a otras, pero de ordinario tenían que confiar en sus solos recursos para sobrevivir. Este panorama es lo que se encontró Jack Eshman cuando visitó por primera vez San José de Ocoa.

Era la primera visita de Jack a un país en desarrollo, y esta visi­ta le abrió los ojos. Jack era un miembro activo de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Estados Unidos, y tenía experiencia en la asistencia a familias necesitadas de comida, ropa, y con necesida­des básicas, en situaciones de crisis. Él, su hermano y su hermana, de Long Island, Nueva York, todos ellos vicentinos de la SSVP, visitaban con regularidad a muchos que habían perdido sus puestos de trabajo o tenían una enfermedad que había producido un gran desastre en la vida de sus familias. Jack había visto pobreza en muchas formas. Conocía madrés solteras que luchaban para cuidar a sus familias con la ayuda de ingresos muy bajos, que tenían que elegir entre pagar el alquiler o comprar comida para los niños. Conocía a ancianas y ancianos que vivían solos, con escasamente la cantidad necesaria de dinero para cubrir los gastos de su vida diaria.

Sin embargo, cuando Jack llegó a la zona del río Ocoa en la República Dominicana, se quedó aturdido por la pobreza que veía en las poblaciones que visitó. Como tantos otros norteamericanos que visitan países en desarrollo, se quedó estupefacto al ver niños infralimentados en tan gran número. Tampoco había tenido expe­riencia de primera mano de ver tantas muertes infantiles por falta de agua potable, de saneamiento y de una alimentación adecuada. Al ver la población del río Ocoa se introdujo realmente en el mundo de los más pobres entre los pobres.

No le costó mucho tiempo a Jack el darse cuen­ta de que los vicentinos de la SSVP en Estados Unidos tenían que ayudar. Se dio cuenta de que la necesidad fundamental era el agua. Veía a las mujeres de los poblados, igual que las mujeres en todo el mundo en desarrollo, caminar varios quilómetros cada día con baldes y jarras sobre sus cabezas y con niños a sus espaldas en búsqueda de agua. Las únicas fuentes de agua en la zona del Ocoa eran algunos arroyos distantes, de modo que en esa zona no se puede cultivar nada, ni criar pollos, cerdos ni ninguna otra clase de animales con cuya cría podrían las familias ayudarse a sí mismas a vivir. Jack se decía a sí mismo una y otra vez: «Tenemos que dar alguna respuesta a esta situación desde Estados Unidos; nosotros tenemos tanto, y ellos tienen tan poco.» No tenía ninguna fórmula para arreglar aquella situación, pero no dejaba de pensar en encon­trar alguna. Como consecuencia de esa visita más tarde se puso en marcha un proyecto que cambió las vidas de miles en la zona del río Ocoa, gracias a Jack, a un sacerdote visionario llamado padre Louis Quinn y a un grupo de gente decidida a conseguir un cambio sistémico en sus propias vidas.

Elementos positivos que se entrelazan

Jim Claffey, otro vicentino de Long Island, Nueva York, se expresaba con mucho calor al hablar acerca del proyecto: «¡Increíble lo que sucedió! Fue como una tormenta perfecta, pero en sentido positivo. En primer lugar, había un visionario, que era el padre . Louis Quinn.» El padre Lou, como le llama todo el mundo, es el pastor de una comunidad parroquial que se extiende por cien­tos de aldeas por toda la zona del río Ocoa. «El padre Lou tuvo una visión de cómo podrían ser las cosas si hubiera una corriente cons­tante de agua.»

El padre Lou es el primer elemento de la tormenta perfecta, según Jim Claffey. «Aunque no es vicentino, piensa como un vicentino», dijo Claffey. Quinn fue a la República Dominicana a evangelizar a los pobres procedente de Canadá unos años antes como misionero joven de Scarborough. Sin embargo, muy pronto se dio cuenta, como lo hacía san Vicente de Paúl, que no se puede esperar que la gente acepte el mensaje evangélico si se están muriendo de hambre, ellos y sus hijos, y no tienen cubiertas las necesidades básicas vitales.

Cuando Jack Eshman llegó a la República Dominicana, el padre Lou se dio cuenta de que Jack era un enviado con una misión. Jack era el segundo elemento de la «tormenta perfecta». El padre Lou le enseñó todo en la zona, le respondía a sus preguntas, le llevó a aldea tras aldea, y siguió respondiéndole a más pregun­tas. Y entonces le presentó un desafio, pues se había dado cuenta de que en Jack había encontrado una persona con acceso a recur­sos y con voluntad de actuar. El padre Lou sabía que Jack era uno de los dirigentes de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Estados Unidos, y que tenía los contactos y la fuerza de decisión necesarios para traer los recursos que necesitaba la gente en la zona del Ocoa.

Aunque había unas 300 aldeas sin agua en la zona, el padre Lou sugirió a Jack que la Sociedad asumiera seis aldeas para comenzar el proyecto, y hacer todo lo que se pudiera por esas alde­as. Pero le advirtió: «Recuerda: no hagas nada por ellos; hazlo con ellos.» El padre Lou conocía la importancia de comenzar en escala modesta y luego ir creciendo paso a paso, y también la importan­cia de comprometer a la población en la planificación y ejecución de cualquier proyecto.

Reconociendo su propia ignorancia sobre proyectos relaciona­dos con el agua, Jack buscó un especialista en ese terreno en la organización Hermandad. El especialista lo llevó a lo más alto de las montañas cercanas donde, gracias a Dios, encontraron varios manantiales de agua pura. Poco después los ingenieros profesiona­les de la Hermandad diseñaron un plan para traer las aguas desde las montañas a las aldeas a través de un sistema de acueductos y de tubos.

De inmediato Jack y el padre Lou se dieron cuenta de que aquello era posible. Lo que se necesitaba ahora era dinero y traba­jadores. Jack decidió que la conferencia de San Vicente de Paúl en San José de Ocoa era la pieza clave, sobre todo si conseguía esta­blecer un plan de «hermanamiento». «Hermanamiento» en la Sociedad de San Vicente de Paúl significa un plan entre naciones por medio del cual las conferencias y los consejos de la Sociedad de San Vicente de Paúl comparten recursos. Se puso a buscar rela­ciones de hermanamiento entre conferencias de Estados Unidos y la conferencia en San José de Ocoa.

Cuando Jack volvió a Estados Unidos, persuadió a 20 confe­rencias a que contribuyeran con 75 dólares al mes. Pronto se elevó la cantidad a 100 dólares al mes. Se fueron uniendo más conferen­cias, y también el Consejo de Rockville Centre, Nueva York. Muy pronto el dinero comenzó a fluir hacia la conferencia en Ocoa para el proyecto del agua. Tradicionalmente los hermanamientos en la Sociedad implican un proceso por el cual se envían recursos de una conferencia a otra, de modo que los miembros de las conferencias pueden dar ayuda directa a algunos de los más necesitados, pero a Jack se le ocurrió la imaginativa idea de «hermanamiento en grupo», en virtud del cual un gran número de conferencias y de consejos en los Estados Unidos envían ayuda para el proyecto a través de la conferencia en San José de Ocoa, y posteriormente de otras conferencias en la República Dominicana.

Muy pronto se enviaron sumas de 20.000 y de 50.000 dólares para adquirir el equipo necesario para construir los acueductos y para comprar tubería. Se formaron brigadas de trabajadores de la gente de muchas aldeas. Lo demás pertenece ya a la historia. Ahora el agua llega a más de 100 aldeas. Jim Claffey dice «Ahora tienen una especie de reforma agraria voluntaria: comparten tierra a cam­bio de agua, y agua a cambio de tierra.» Cuando Jack Eshman vol­vió a Ocoa dos años más tarde, no podía creer lo que veían sus ojos. Todo el paisaje estaba verde y el sistema del agua se había exten­dido de 6 aldeas a 19. Con el tiempo ese número se multiplicó por cinco. Vio también que se daba un efecto holístico en acción, en virtud del cual cada aldea ayudaba a las que estaban a su alrededor en la administración del buen uso del riego y de la tierra. El exce­lente trabajo produjo otros muchos proyectos colaterales, incluyen­do los siguientes:

  • Trabajos de acueductos y de irrigación
  • Plantas para purificar el agua
  • Provisión de agua potable privada y compartida
  • Sustitución de los tejados de hierba por tejados de zinc, y de pisos de tierra por pisos de cemento en muchas casas
  • Cultivo de una mayor variedad de huertas domésticas para una mejor alimentación
  • Cultivos cooperativos
  • Construcción de letrinas sanitarias
  • Construcción de viviendas.

Por el medio de traer agua a las aldeas, aquellos voluntarios pudieron mejorar la alimentación y la salud, crear oportunidades nuevas de trabajo, y animar a otras comunidades en la zona a com­partir recursos y a intensificar el trato mutuo.

Cuando se le preguntó qué pensaba la Sociedad en USA acer­ca del proyecto, Jim Claffey dijo: «Los fondos de nuestra Sociedad de San Vicente de Paúl se invierten bien en la República Dominicana. ‘Se invierten’ es la expresión adecuada. Nuestros fon­dos no se gastan sin más, sino que se invierten en proyectos de des­arrollo que producen un gran impacto. Los fondos sirven también con frecuencia de semilla que anima a otras fundaciones a otorgar fondos alternativos y subvenciones para proyectos. Esto no suce­dería si no fuera por ese sistema de `hermanamientos en grupo’. Cada proyecto se organiza y se administra cuidadosamente. Se pal­pan la disciplina y el control, y se crea una atmósfera de confianza por causa de las relaciones personales entre los responsables, la comunidad y los que donan los fondos. Los miembros de la Sociedad en América se sienten colaboradores en igualdad.»

Siguiendo con la imagen de la «tormenta perfecta», un tercer elemento significativo en el éxito de este proyecto fue el haber establecido una relación de colaboración con la población local. El padre Lou sabía que esto era posible, y por ello animó a todos los líderes de las comunidades locales a trabajar codo con codo con los voluntarios. Los líderes tomaron el proyecto como suyo propio. Formaron brigadas de trabajo para ejecutar el trabajo físico. Construyeron acueductos y sistemas conectados de tubos, usando el plan detallado proporcionado por la organización Hermandad. Cientos y cientos de hombres y mujeres de las comunidades traba­jaron juntos para llevar a cabo el plan. Fue un ejemplo perfecto de pobres ayudando a pobres, funcionando como el corazón del pro­yecto entero.

La mayor parte del trabajo fue hecho por brigadas de volunta­rios de gente de diferentes comunidades colaborando unas con otras en el esfuerzo masivo, creando lazos de unión allí donde las relaciones habían sido previamente tirantes. Se estableció un ambiente de solidaridad en comunidad tras comunidad al ver cómo todos sacrificaban el salario de un trabajo pagado para trabajar a favor de la comunidad. Dijo el Presidente Nacional de la Sociedad en la República Dominicana: «Era increíble ver cómo todos traba­jaban juntos, la conferencia local de la Sociedad de San Vicente de Paúl en unión con asociaciones de mujeres, con concejos de comu­nidades, asociaciones de campesinos y miles de personas proce­dentes de todas las aldeas.»

Así vino a tener lugar en San José la «tormenta perfecta». Los vicentinos dominicanos de la Sociedad de San Vicente de Paúl res­pondieron con cientos de miles de dólares, y la población local res­pondió con miles y miles de horas de trabajo. Juntos consiguieron los resultados reales en los que había soñado el visionario padre Louis Quinn.

Terminado con éxito el proyecto del agua potable, el padre Lou y la comunidad local presentó otro proyecto, que también parecía imposible a primera vista. La meta consistía en recuperar el río Ocoa, reducido ahora a un hilo de agua por causa de la erosión del suelo y de la deforestación de los últimos veinte años. El padre Lou reunió una vez más a los líderes de las comunidades. Les pregun­to: ¿No podríamos plantar millones de árboles a lo largo del río Ocoa para detener la erosión del suelo y recuperar el río?» Todas las comunidades se pusieron de acuerdo. Jack y los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Long Island, Nueva York, se comprometieron a hacer lo que estuviera en su mano y así nació un segundo proyecto, que pronto se convertiría en una segunda «tor­menta perfecta. »

Jack fue a ver a Bob Ellis, Director Ejecutivo, del consejo de Rockville Centre y solicitó otros 200.000 dólares. Cuando Bob oyó hablar del proyecto y de lo que éste significaría para la comunidad local, dijo: «No podemos permitirnos el no participar en ese pro­yecto.» Poco después el dinero empezó a fluir una vez más. Para formar una barrera contra la erosión del suelo, trabajadores locales plantaron árboles todo a lo largo del río en las laderas de las orillas en filas horizontales muy apretadas. Ahora el agua vuelve a correr otra vez por el cauce del río Ocoa, y cinco aldeas producen ahora «como locos», dice Jack Eshman. «Ha sido la salvación de las comunidades.»

Posteriormente Jack ha organizado viajes anuales para los vicentinos y bienhechores hacia la República Dominicana para que vean los frutos de sus esfuerzos a través del hermanamiento. Uno de los miembros del equipo de América, Gabe Velasquez, describe así lo que tuvo lugar: «Millones de plantas se compraron con fon­dos de San Vicente de Paúl de América. Las familias de las comu­nidades en toda la zona del Ocoa las plantaron una por una. Ahora el agua vuelve a correr. Se ven cultivos en terraza de las comuni­dades todo a lo largo del río. Tienen incluso invernaderos, y culti­van flores como fuente de ingresos. Crían conejos y cerdos. Todo esto con la ayuda del agua.»

Una Tormenta Perfecta = Cambio sistémico

Este proyecto en colaboración en la región del río Ocoa es un ejemplo poderoso de lo que se puede conseguir cuando un grupo tiene un visionario, los recursos necesarios y una comunidad de gente dispuesta a trabajar y que asume como propio el planificar, llevar a cabo, la evaluación y la revisión del proyecto, todo ello. La imagen de Jim Claffey de la «tormenta perfecta» es adecuada, pues todos los elementos necesarios se vinieron a mezclar en el momen­to justo. El proyecto afectaba a los pobres de la comunidad de San José de Ocoa. Se trataba de un plan holístico, y estaba dirigido hacia una serie de necesidades humanas básicas. Sencillamente a través de un buen manejo de los recursos disponibles de agua, los responsables del proyecto fueron capaces de mejorar la salud y la alimentación, aumentar la creación de puestos de trabajo y animar la colaboración y un nuevo gusto por la vida entre la gente. El proyecto fue posible porque la comunidad lo asumió como propio.

El beato Federico Ozanam animaba a esfuerzos parecidos en 1848. Decía: «La caridad es el buen samaritano que derrama acei­te sobre las heridas del caminante que ha sido asaltado. El papel de la justicia es prevenir los ataques.» En este sentido, el cambio sis­témico es enteramente cuestión de justicia.

Los miembros de la Familia Vicentina pueden ser uno de los ingredientes vitales en los esfuerzos creativos para conseguir un cambio sistémico. Podemos repetir éxitos como el del Proyecto del Río Ocoa si tenemos la visión y la voluntad de llevarlos a cabo. Con un pensar estratégico adecuado y con la ayuda de la Providencia, podemos crear más «tormentas perfectas» y con ellas derrotar a la injusticia.

«Que la justicia se derrame desde lo alto de las montañas, y que el amor imparcial de Dios sea una corriente que mana sin cesar:» (Amós 5,24)


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