La sección de antiguos de la biblioteca de la casa central de Madrid

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Anales españoles, 1995.
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Hace tres años, una emergencia imprevista, el derrumbamiento parcial del techo, obligó a acometer a fondo la reorganización de la Biblioteca de la Casa Central de Madrid. Nunca se habrá dicho con más razón que no hay mal que por bien no venga. La Biblioteca ha quedado ahora perfectamente insta­lada en amplios y limpios locales, remozados y dotados de nuevas y prácticas es­tanterías. Criterios de seguridad y accesibilidad aconsejaron el desglosamiento de los fondos en dos secciones: la biblioteca general, donde se almacenan los libros “actuales”, y la sección de antiguos, que reúne los impresos anteriores a 1801. Estas dos secciones, junto con la Biblioteca Vicenciana creada en 1988, constitu­yen ahora nuestra Biblioteca.

La nueva disposición ha permitido entre otras cosas apreciar en todo su valor la riqueza de los fondos antiguos de la Biblioteca. Imagino que al lector de Ana­les le resultará interesante la somera descripción de los mismos que le ofrezco a continuación. Una parte de la Historia de cualquier colectividad, tan importante como la de sus hechos, es la de sus lecturas. ¿Qué leían, qué estudiaban, qué con­sultaban los misioneros de los siglos XVIII y XIX y del primer tercio del xx? Es­pero que las líneas que siguen permitan hacerse una idea de ello y, como conse­cuencia, de la mentalidad y las preocupaciones intelectuales de aquellos hombres.

La sección de antiguos consta en total de unos 3.600 volúmenes impresos an­tes del año 1801, que se distribuyen de la siguiente forma:

  • 2 del siglo XV (Incunables);
  • 237 del siglo XVI;
  • 374 del siglo XVII;
  • y el resto del siglo XVIII.

Algo de historia

La Biblioteca ha tenido una historia azarosa, como la Provincia misma, so­breviviendo a traslados, supresiones, saqueos y revoluciones. Los primeros volú­menes llegaron a ella en 1828, al establecerse en Madrid, calle del Barquillo, la casa central de la Provincia. En el siglo xix la casa central sufrió dos supresio­nes, la de 1835 y la de 1868, y dos restauraciones: las de 1852 y 1876. De ambas salió la Biblioteca relativamente incólume y aún se acrecentó con despojos de otras comunidades suprimidas. Pasó de la casa de la calle del Barquillo a la de Leganitos, como atestigua en muchos volúmenes el sello seco que reza “Ex li­bris Congr. Missionis anni 1865″ . Y de la calle Leganitos vino a García de Pare­des en 1876, después de la segunda restauración. En el siglo xx se salvó de la ocupación de la casa por las milicias rojas en 1936 gracias a la previsión del bi­bliotecario P. Paradela, quien en los meses anteriores a la guerra civil fue deposi­tando los volúmenes más preciosos en domicilios de amigos de la comunidad. Prácticamente todos fueron recuperados al final de la guerra. Vilmente asesinado el 23 de octubre de 1936 en el barrio de Vallecas, el buen P. Paradela salvó la Bi­blioteca y el Archivo, pero no salvó su vida. Tal ez algún día podamos venerarlo en los altares.

La formación de la biblioteca

El origen de los fondos de la Biblioteca es muy variado.

Hay libros que pertenecieron a particulares y luego se incorporaron al fondo común. Así, por ejemplo, unos Pensamientos de Pascal, impresos en Zaragoza en 1790, en cuya anteportada se lee: Ad usum et sumptibus Fortunati Feu, sac.s Congre.s Missionis ex licentia D. Philippi Sobies Visitatoris. Barcinone 1798. El P. Feu, como se sabe, fue luego él mismo visitador de 1825 a 1829 y el autor del traslado de la sede de la Provincia de Barcelona a Madrid.

Otros proceden de donaciones hechas a la casa. Una preciosa edición in folio de la Catena aurea de Sto. Tomás de Aquino impresa en París en 1528 por Jean Petit y Poncentile Preux a expensas de la Sorbona (Alma Parisiorum Academia), lleva adherida a la pasta una etiqueta que dice en elegante caligrafía inglesa: Pe­queña prueba de agradecimiento a los Rdos. PP. de S. Vicente de Paúl. Madrid, 8 de julio de 1894. Braulio Lorenzo y Ortega Prbro. Según el libro de ejercitantes, este D. Braulio practicó los ejercicios en nuestra casa central al menos en tres ocasiones: en 1887 bajo la dirección del P. Esteban; en 1888 con el P. Bonafonte; y en 1894, del 30 de junio al 8 de julio, con el P. León Burgos. Fue en esta última ocasión cuando decidió mostrar su gratitud a la comunidad mediante su generoso donativo.

Pero la mayor parte de los libros fueron comprados expresamente para la Bi­blioteca. Por su curiosidad destacaré uno: el Chronicon omnium Chronicorum cc­clesiasticopoliticum… de Juan Gualterio Belga, impreso en Francfurt en 1614, en cuya portada se advierte con menudísima letra anónima (¿del P. Amaiz?): Emptus Burgis 4 regalibus 1871. En efecto, en 1871, los Paúles, expulsados de Madrid y refugiados durante algún tiempo en el Berceau, establecieron en Burgos su estu­diantado bajo el disfraz de colegio de segunda enseñanza. El caso es que fueron obligados también a abandonar la ciudad del Arlanzón y tuvieron que irse a Eli­zondo, en territorio carlista, a tiro de piedra de la frontera francesa. Pues con ellos peregrinó también el precioso librito comprado —literalmente— por cuatro reales y que vale hoy varios miles de pesetas.

Casi más perniciosos que las revoluciones han sido para la Biblioteca los ava­tares internos de la Congregación. Se sabe que, al desgajarse de la casa central los estudiantados de Teología y Filosofía para instalarse respectivamente en Cuenca (1922) y Villafranca del Bierzo (1924), buena parte de los fondos de la Biblioteca fue a dichas casas. Muchos de los de Villafranca pasaron luego a Hortaleza. Los de Cuenca se perdieron prácticamente todos en la guerra civil. Pero la casa cen­tral acudió generosamente de nuevo en ayuda del estudiantado y en 1940 se envió a Cuenca una buena remesa de libros antiguos y modernos. Estos fueron a parar más tarde a Salamanca, que volvió a recibir libros de Madrid al establecerse allí el teologado en 1957. También otras casas recibían al fundarse contingentes de li­bros de la casa central para dar inicio a sus respectivas Bibliotecas. En compensa­ción, libros de casas suprimidas vinieron de vez en cuando a enriquecer los plú­teos de la Biblioteca central. Así ocurrió con los de las casas de Sigüenza o Arenas de San Pedro y, recientemente, con algunos de la vieja casa de Avila, de la que se han incorporado a la Biblioteca casi medio millar de volúmenes.

 Composición de la biblioteca

Como corresponde a su finalidad, la Biblioteca se compone preferente, aun­que no exclusivamente, de libros religiosos. Es admirable el interés desplegado por los antiguos misioneros en proveerse de las obras más representativas del saber eclesiástico en todas sus ramas, hasta formar un conjunto verdaderamente sistemático de las diversas disciplinas. Una rápida y en modo alguno exhaustiva oleada al catálogo de autores nos permitirá hacemos una idea de los criterios que presidieron la formación de la Biblioteca.

En Sagrada Escritura, poseemos numerosas ediciones de la Biblia, en hebreo, griego, latín y castellano. Entre ellas destaca la Biblia Sacra variarum ver (Amberes, 1616), que ofrece, además de la Vulgata, las versiones latinas Arias Montarlo, Pagnini, Erasmo, y Vatable; la Biblia greco-latina de Erasmo en 5 volúmenes, escrupulosamente expurgada por la Inquisición, y el Nuevo Tes­tamento griego de Baskerville. Junto a ellas, hay que recordar las abundantes co­lecciones exegéticas, entre las que no faltan, por supuesto, Cornelio a Lapide, Calmet, Silveyra o Lupo.

De los Santos Padres están representados todos los más importantes, tanto griegos como latinos en sus versiones originales: S. Ireneo, S. Hilario de Poitiers, S. Efrén, Orígenes, S. Juan Damasceno, S. Basilio, S. Atanasio, Tertuliano, S. Isi­doro, S. Gregorio Magno, los Padres Toledanos, S. Cirilo de Alejandría, S. Ber­nardo y, sobre todo, S. Agustín (varias ediciones), S. Juan Crisóstomo (varias ediciones también, una de ellas bilingüe en 13 enormes tomos) y S. Jerónimo en magnífica edición de 1524 que el Espasa considera la mejor de las que se han he­cho de las obras del autor de la Vulgata y que cuenta, entre otras peculiaridades, con una edición políglota —hebreo, griego y latín— del salterio.

No faltan los documentos del Magisterio, representados principalmente por la colección completa de las Acta Conciliorum, la Collectio maxima Conciliorum omnium Hispaniae et Novi Orbis, del cardenal Aguirre y numerosas ediciones de los decretos tridentinos.

También la Teología tanto Dogmática como Moral cuenta con espléndidas ediciones de sus máximos representantes. Ante todo, como es lógico, Santo To­más de Aquino, del que existen todas las obras en ediciones de los siglos xvt, XVII y xvm. Es preciso hacer resaltar una magnífica edición de la Suma Teológica en cinco hermosos volúmenes, casi incunables, de 1520. Pero, además, la Biblioteca cuenta con todos los grandes escolásticos: Pedro Lombardo, San Anselmo, Es­coto, Durando, Cayetano de Vío (éste abundantísimo); los teólogos españoles del siglo de oro: Arias Montano, Melchor Cano, Salmerón, Soto, Suárez, Báñez, Mo­lina, Sánchez, Vázquez, Lugo, Ripalda; los “Manuales” clásicos de Concina y Bécan (los que S. Vicente recomendaba a los misioneros), Tournély, las obras de Jansenio (aunque no el Augustinus), los Salmanticenses y, por supuesto, los trata­dos morales de S. Alfonso de Ligorio y nuestro Collet, sin omitir a los controver­sistas y catequistas como S. Roberto Belarmino y S. Pedro Canisio.

En Derecho, aparte de los voluminosos tomos del Corpus luris Canonici, el Decreto de Graciano y las Decretales de Gregorio IX y Bonifacio VIII, hay que reseñar a tratadistas como Barbosa, Benedicto XIV (la obra completa), Ca­pelo y, en Derecho civil, la Nueva y la Novísima recopilaciones de las leyes españolas.

Algo más pobre es el apartado de Teología espiritual, sin duda porque sus ejemplares fueron a parar a la Biblioteca del noviciado. Aún así, nos encontramos con buenas ediciones de Casiano, Ruysbroek, Blosio, Gerson, Kempis, los PP. Granada y Rodríguez, Santa Teresa y S. Juan de la Cruz (de éste, la edición prin­ceps), S. Francisco de Sales, Sor María de Agreda y, por duplicado, la edición re­gia del Venerable Palafox, en monumentales infolios encuadernados en piel y per­gamino.

La sección más abundante quizás sea la de Predicación. Destacan en ella los sermonarios de Barcia y Montargon (que ofrecían, sin duda, copioso material para las funciones de los misioneros), pero están también los sermones o concio­nes de S. Vicente Ferrer, Osorio, Osuna, Séñeri, Feri, Cabrera, Fray Diego de Cá­diz, el P. Granada (en latín y castellano), y los grandes oradores franceses: Bos­suet, Massillon, Fléchier, Bourdaloue…

La Historia tanto eclesiástica como civil no sale mal parada con las obras de Josefo, Eusebio de Cesarea, Baronio, Bolando y los Bolandistas, Orsi, Fleury, Amat, Ducreux, amén de los Años Cristianos de Ribadeneyra, Villegas y el inevi­table Croisset. A ellos hay que añadir obras de Zurita, P. Mariana, los Anales be­nedictinos de Mabillon y la obra magna del E Flórez y Risco, la España Sagrada.

En materias no eclesiásticas encontramos Diccionarios muy importantes, como los de Calepino (varios ejemplares y ediciones), de las Academias francesa y española y de Séjournant. De los escritores clásicos figuran en sus versiones originales, entre otros, Homero, Anacreonte, Jenofonte, Esopo, Diógenes Laercio, Hipócrates, Horacio, Virgilio (una bella edición “ad usum Delphini”), Ovidio, Cicerón, Plauto, Terencio, Fedro, Quinto Curcio Rufo, Quintiliano… En cambio, la sección de Literatura española es más bien pobre. Se explica: sus fondos fue­ron a parar a la biblioteca de los Filósofos, quedando la de Madrid reducida a res­tos que no se juzgó oportuno trasladar o que pasaron inadvertidos: algo de Cer­vantes, Quevedo, Feyjóo (la obra completa), Saavedra Fajardo, Gracián, el P. Isla, Iriarte, Cadalso…

Curiosidades

Muchas son las que podrían señalarse. Me referiré tan sólo al capítulo de encuadernaciones. Abundan, desde luego, los pergaminos amarillentos, ennegrecidos en muchos casos por el paso del tiempo y el manoseo de sucesivas generaciones de lectores. Pero entre ellos sobresalen con frecuencia nobles encuadernaciones en madera forrada de cuero repujado o en vitela marrón. El S. Jerónimo a que antes me he referido ostenta en cada una de sus pastas y en relieve un historiado escudo episcopal y dos frisos igualmente en relieve, uno con los símbolos de los cuatro evangelistas y otro con la representación del Papa, el cardenal, el arzobispo y el obispo. El Catecismo de S, Pedro Canisio tiene tres cenefas de cabezas clásicas de reinas, guerreros, caballeros y santos. Otras, más modestas, se limitan a ilustrarse con anagramas de los nombres de Jesús y María o simples grecas doradas sobre el cuero marrón.

* * *

Esta es, en resumen, la sección de antiguos de la Biblioteca de nuestra casa central: una hermosa colección de libros, legado de sucesivas generaciones de Paúles españoles que a lo largo de siglo y medio se esforzaron por dotar a la casa central de la Provincia de la imprescindible herramienta de trabajo intelectual que es una buena biblioteca. No nos sorprende que, a principios de siglo, figura tan relevante y autorizada como Amor Ruibal opinara que la mejor Biblioteca eclesiástica de Madrid era la de los Paúles. En todo caso, y teniendo en cuenta lo mucho y bueno del siglo xix que se adquirió en el último cuarto del mismo (por ejemplo, el Bullarium Romanum, los siete tomos de las Actas oficiales del Vaticano I, las Patrologías y los Orateurs Sacrés de Migne, las Historias de España de Modesto Lafuente o de Pirala, etc., etc., todo lo cual se encuentra aún en la Biblioteca general), puede afirmarse con seguridad que el misionero de aquella época disponía de recursos bibliográficos que le permitían estar intelectualmente a la altura de su tiempo. La Biblioteca, junto con el ejemplo de sus virtudes, constituye la herencia más preciosa que hemos recibido de nuestros antepasados.

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