La santidad de Catalina Labouré (II)

Mitxel OlabuénagaCatalina LabouréLeave a Comment

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ELEMENTOS DE SANTIDAD

  1. SU AMOR A LOS POBRES

Como toda buena Hija de la Caridad, Catalina dejó que en la etapa del Seminario su corazón se llenase de sentimientos de cercanía y entrega a los pobres.

Su primer y único destino es el hospicio de Enghien, una resi­dencia de ancianos.

Allí revivirá su etapa en Fain, cuando se hace cargo de la granja. No era solo la familia, sino también los jornaleros a los que había que alimentar y lavar y arreglar la ropa. Pero ahora eran los pobres a los que había que servir. De la cocina al lava­dero, sin dejar el huerto y el establo.

Tenía predisposición pero también aprendió de los bonitos testimonios que recibió de sus hermanas al llegar a su nuevo destino. Cuenta que su primera hermana sirviente en el hospicio sor Savart,

Era una buena anciana, que quería que todos los años los primeros frutos del huerto se ofrecieran a las familias pobres del barrio o a sus buenos ancianos. Las hermanas no podrían probarlos hasta después de ellos.

Según sus compañeras, amaba “sobre todo a los pobres” que eran para ella los miembros doloridos de Jesucristo.

Para con ellos, lo mismo que para con los ancianos, había asimilado espontáneamente aquel consejo de san Vicente:

La verdad es que nunca han sido los designios de Dios al hacer esta Compañía, que sólo cuidarais los cuerpos… La intención del nuestro Señor, es que atendáis también a las almas de los pobres y enfermos.

Era un gozo para ella dar limosnas, dice son Laurel.

Nadie se ha quejado de la acogida que le hacía (dice sor Combes).

A la hora de servir la comida en el asilo, siempre preguntaba ¿es bastante?

Sor Dufes, hermana sirviente dirá de ella: nunca se enfadaba con los ancianos.

Acabó siendo la hermana preferida, pues ninguna otra era tan que­rida como ella, como testimoniará una hermana en su proceso de beatificación.

En este proceso se habla de su gran amor a los pobres. Especialmente se cuenta como acogía a los vagabundos. Siem­pre estaba dispuesta para las tareas más duras: acoger a los que llegan a la puerta o acompañar a los moribundos. Estos solían pedir que fuese sor Catalina quien les ayudase en estos momentos.

En ella los pobres, no sólo encontraron consuelo material, sino que aprendieron a mirar a Dios con confianza.

En sus notas espirituales nos muestra ese a amor a los pobres, incluso como garantía de una muerte dulce: María amó a los pobres y una hija de la Caridad que ame a los pobres no tendrá miedo a la muerte. Sentirá un gran consuelo por haber servido bien a los pobres. Nunca se ha oído decir que una Hija de la Caridad que haya amado a los pobres, haya sentido terror a la muerte. Al contrario, siempre se las ha visto llenas de los más dulces consuelos, con una muerte tranquila.

  1. SENCILLEZ

Su vida es sencilla y transparente.

Su sencillez parecía excesiva.

Es conocida como la Santa del Silencio.

Callar su experiencia de las Visiones y Apariciones y hablar sí pero ¿Cómo? Con su vida de entrega a los pobres.

Su forma de Santidad vulgar decepcionaba a muchos.

HUMILDAD

Catalina, aunque responsable del hospicio, no participa en las deliberaciones ni decisiones. Se hace poco caso de su persona. Es solamente la hermana regular, vaquera, hortelana, la criada para todo. Parece algo natural. Y como ella parece contenta, no hay que preocuparse por eso. Le gusta tratar con las jóvenes de la casa, y no crea problemas a nadie.

Siempre se queda con las tareas más bajas y humildes.

Sor Dufés, aunque sabe en secreto que Catalina es la vidente la trata con severidad:

Cinco o seis veces —cuenta sor Cosnard— vi a sor Catalina de rodi­llas ante sor Dufés, que le reprochaba por cosas que no había hecho y de las que no era responsable.

Los reproches eran vivos, muy vivos. Sor Catalina, aunque inocente, no se escusaba. Sin embargo, me pareció notar una lucha en su alma. Sus labios se entreabrían como si fuera a hablar. La lucha ter­minaba siempre con el triunfo de la humildad.

CARIDAD

La acogida que ella dispensaba a las jóvenes principiantes es un tesoro oculto nos cuenta Sor Clavet:

Cuando llegué, me acogió Sor Catalina, fue la primera en abrazarme con mucha cordialidad.

La unidad de la casa debe mucho a aquella acogida que nacía del corazón, a aquellos consejos llenos de experiencia profunda y práctica que daba a las recién llegadas. La nobleza y el pueblo se mezclaban en el servicio a los pobres en una comunidad sin distinción: oración, sonrisas, horas de costuras. Las más inteligentes se dan cuenta de la extraña santidad de Catalina.

  1. DEVOCIÓN A LA VIRGEN

A la muerte de su madre, como ya he comentado, Catalina toma a María como su madre. Catalina pone toda su confianza en la Madre de Jesús. Podemos a través de esta joven contemplar sutilmente el misterio silencioso de María de Nazaret.

Catalina después de escuchar una conferencia sobre el Santo Nombre de María, escribirá esta resolución:

Tomarla como modelo al comienzo de todos mis actos. Pensar si María realizó esa acción, cómo y por qué lo hizo, con qué intención. ¡Qué hermoso y consolador es el nombre de María¡

¡Oh María, haz que te ame y no me será difícil imitarte¡ Esta era una de sus oraciones, aparecida en sus escritos.

Todo el mensaje que ha recibido de la Virgen, y que ha comunicado a su confesor lo tiene muy presente, siente pena porque no se cumple lo que la Virgen ha pedido.

Movida de ese amor a la Virgen se atreve a replicar a Nuestra Señora. “EL” no quiere escucharme. “EL” es el padre Aladel.

El es mi servidor, responde aquella voz intima; temería disgustarme.

Y se atreve a decir a su confesor:

La Virgen está molesta. Éste se queda de piedra.

Su insistencia consigue que por fin la Medalla se acuñe en 1832.

  1. FIDELIDAD

Fue fiel a su bautismo. Con una vida de entrega, servicio y amor al prójimo.

A la familia: El amor a su padre.

A su vocación.

Al Mensaje de la Virgen:

No cesó hasta conseguir:

Que se acuñara la Medalla.

La construcción de la Imagen de la Virgen.

La Asociación de las Hijas de María.

Fue por encima de todo, fiel a Dios y a los compromisos de ser Hija de la Caridad.

CONCLUSIÓN

Catalina muere el 31 de diciembre de 1876.

Esta vida sencilla y transparente habla por sí misma. Hay quien puede pensar que lo admirable de la vida de Catalina son las apariciones, ¿pero acaso no es más admirable su servicio a los pobres, “nuestros amos”, como decía sor Catalina siguiendo a san Vicente? Allí es donde aprendió a encontrarse con Jesucristo en profundidad.

Su secreto, no consiste tanto en haber ocultado su identidad de vidente, sino más bien en la admirable articulación que supo establecer entre el esplendor de las apariciones y la humildad de su servicio a los ancianos del hospicio, los pobres del barrio por quienes sintió una especial predilección, y todos los afligidos, los apenados, los marginados, los de temperamento difícil. Fue para todos ellos un verdadero refugio. Todos ellos fueron su: predilectos.

Entregó generosamente su trabajo, sus vigilias, su afecto, todo lo que tenía, no dejando casi nada en la hora de su muerte, de forma que resultó difícil poder “regalar recuerdos”, a no ser sus gafas y sus vestidos.

No tenía ningún complejo. Se atrevía a hablar de Dios con todas las personas a las que socorría. Darles el pan y darles a Dios, dar a Nuestros Señor y dar su propio afecto a los que sufrían, todo ello iba a la par, todo brotaba del mismo corazón.

En ella, el amanecer del siglo XIX, el Espíritu Santo empezó a formar para los nuevos tiempos un nuevo tipo de santidad, reencontrado en las fuentes mismas del evangelio: una santidad sin esplendor y sin ningún tipo de triunfos humanos.

La trataron de ignorante, de necia y de ingenua. En ella no había otra cosa más que amor presente y eficaz. Toda y solo de I nos y por él toda para todos los hombres. Tal es la alianza de ese doble amor en un solo amor, de las visiones y del servicio que es el secreto de Catalina.

Vivió todos estos dones celestiales en medio de la prueba donde se mostraba siempre valiente. Su misión, recibida de Nuestra Señora, tropezó con una oposición constante que ella llamaba sin exageración alguna su “martirio”, ya que se sentía desgarrada entre la autoridad de su confesor y la luz de Dios que le impulsaba. Y superó este “tormento”, no ya por su voluntarismo, sino recurriendo a las fuentes profundas de su naturaleza y de la gracia, que había sido invitada a buscar al pie del altar en la capilla de la calle del Bac

La vida de Catalina, sin énfasis ni romanticismos, estaba mar­cada ante todo por la sencillez misma, esa virtud que san Vicente colocaba en primer plano del espíritu evangélico y que definía como mirada de Dios. Sí, Catalina supo verlo todo en Dios, asumirlo todo en él, Dios en todo y todo en Dios. Y también Todo para Dios.

Esa fue su santidad: una hermosa imagen del mismo evangelio.

REFLEXIÓN FINAL

Leyendo la Vida de Sta. Catalina de René Laurentin, he des­cubierto a una santa muy actual, un modelo a seguir hoy, y como miembro de la A.M.M., como se dijo en la Asamblea de la A.M.M., celebrada en esta misma casa en junio de este año, la A.M.M. es un camino de salvación al igual que fue la vida de Catalina:

Vida de Eucaristía y Sagrario. Venid al pie de este altar.

Una verdadera devoción a María.

Fidelidad a nuestra vocación, ya sea en la vida consagrada como en la familia.

Servicio a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Me gustaría, haber podido transmitir algo de lo que he apren­dido de santa Catalina y agradezco profundamente, el que me hicieran la proposición de esta comunicación, ya que al preparar­la me he encontrado con una persona que me ha impresionado profundamente y que estoy segura me ayudara a ser mejor. Y un miembro más comprometido dentro de la Familia Vicenciana y en especial en la AMM.

Mª Ángeles Esteban. CEME.

 

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