La santidad de Catalina Labouré (I)

Mitxel OlabuénagaCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Los Santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor.

Los Santos no nacen se hacen. Catalina se va haciendo Santa, ya desde niña vamos viendo rasgos de esa santidad que luego desarrollara.

Catalina nace en Fain-les-Moutier, una aldea borgoñona de apenas doscientos habitantes, el dos de mayo de 1906. (Estamos celebrando el 200 aniversario de su nacimiento). Es la octava de diez hermanos, suelen llamarla Zoe, el nombre de la Santa del día de su nacimiento.

Hasta los nueve años su vida transcurre como la de cualquier niño, en una familia de granjeros; sin embargo, el 9 de octubre de 1815 la repentina muerte de su madre cambiara todo; pero, para el vacío que en su espíritu ha dejado su madre, la misma Catali­na ha encontrado la solución. En la habitación de la difunta había una imagen de la Virgen. “Zoe” no era lo bastante alta para llegar hasta ella. Llena de lágrimas se sube a una silla y abraza a Nues­tra Señora, diciendo “desde ahora tu serás mi madre”. Le pide así que sustituya a la madre que acaba de perder.

Estas lágrimas son las primeras y las últimas. Ahora Catalina se siente fuerte. La nueva Madre que ha escogido le enseña, no a gemir y a vivir en dependencia de los demás, sino a tomar las riendas de su propia vida.

AMOR A JESUCRISTO EUCARISTÍA

Desde el momento de su primera Comunión, Catalina acude cada día a la iglesia de Fain y reza detenidamente sobre las losas frías. Para ella, la fe, no son palabras sino muchas personas vivas, familiares, en las que se piensan, a quienes se habla y nos hablan. Aunque el sagrario de la iglesia está vacío, encuentra la presencia del Señor en el fondo de su corazón. Su oración da sentido a todo lo demás. Por eso experimenta sin cesar la necesidad de sumergirse en ella de nuevo.

Para asistir a misa los domingos tiene que ir a Moutiers-Saint Jean, a veces, vuelve también entre la semana. ¡Desea tanto encontrar a Nuestro Señor en la Eucaristía¡ ¡Es Él quien le da paz y fuerza para la jornada, nada le detiene en su entusiasmo. Catalina se levanta temprano, sale antes del alba y camina alrededor de 3 kms. Esta larga marcha en silencio, le ayuda a concentrar sus fuerzas para buscar activamente a su Dios.

En el camino de regreso, Catalina prepara su jornada con Dios a fin de llevar su amor a los que trabajan en la granja, a los vecinos, a la gente del pueblo y para saber reconocer en sus ras­gos el rostro de Jesús. Sus jornadas comienzan a ser lugares de comunión con la vida de Dios y con la vida de los hombres. Durante el día Catalina prolonga su encuentro con Cristo. Su corazón se convierte como en un sagrario en el que se retira de vez en cuando, para conversar con Él, pedirle su gracia, ofre­cerle su trabajo, una pena, darle las gracias. De todo esto nadie ve nada.

A los catorce años empezó a ayunar los viernes y sábados, durante todo el año. Descubierta por su hermana Tonina, que teme se ponga enferma, la amenaza con decírselo a su padre; pero no le importa, éste intenta disuadirla. Catalina había toma­do aquella decisión y aquel ayuno era un asunto entre ella y Dios. En él encontraba su fuerza.

La espiritualidad que vive Catalina, la conducirá a la Santi­dad y está enraizada en la familia, primero en su familia huma­na. No parece que hubiera sacerdote en su pueblo en vida de Catalina. Recordemos todos los conflictos producidos por la Revolución Francesa, por lo que, se supone, fue la madre la que tuvo un papel importante en la transmisión de la fe a todos los miembros de su familia. Y después en su otra familia la de las I lijas de la Caridad.

En la familia de Catalina el cielo y la tierra están unidos: el trabajo y la oración se compenetran. La oración en familia cierra la jornada familiar. Es aquí donde ella recibe la fuerza, equili­brio, gozo y buena salud psicológica que le servirá después para vivir con naturalidad los dones celestes que recibió y los traba­jos físicos que le encomendará la Comunidad.

Estas semillas que se sembraron en su infancia, dieron un gran fruto.

VOCACIÓN

Catalina confía a su hermana su proyecto de vida: su voca­ción. Pero todavía no sabe ni dónde ni cuándo.

Esta llamada toma la forma de un sueño. Catalina se encuen­tra en la Iglesia de Fain, y está rezando. Llega un anciano sacer­dote y se pone a celebrar la misa en el altar. Lo que más le impre­siona es su mirada cuando se vuelve para el Dominus vobiscum. Al finalizar la misa le hace una señal para que se acerque. El temor la sobrecoge. Retrocede fascinada. No puede apartar de sí aquella mirada. Durante toda su vida la recordará. Sale de la Iglesia y va a visitar a una enferma, allí encuentra al anciano sacerdote, que le dice:

Hija mía, es una buena obra cuidar de los enfermos. Ahora huyes de mí, pero algún día te sentirás feliz de poder venir conmigo. Dios tiene sus designios sobre ti. No lo olvides.

Dios tiene designios sobre todos nosotros, pero a veces no escuchamos, Catalina escucha y hace vida esos designios.

Aquello no ha sido más que un sueño. Pero es un nuevo impulso para Catalina. Su reino. Su Granja. Se ha convertido en un lugar provisional. Reflexiona. Forja proyectos.

En Moutiers-Sain Jean, donde va a Misa diaria, hay un hos­pital dirigido por las Hijas de la Caridad. Ella las visita

Para ser admitida en las Hermanas es condición necesaria saber leer y escribir. Su falta de instrucción la humilla. ¿Cómo solucionarlo?

Primera estancia en Chatillon

Tiene 18 años. Y Antonia Gontard una prima hermana por parte de su madre, le propone llevársela a Chatillón para que adquiera un poco de instrucción, Dirige allí un pensionado de señoritas conocido en toda la comarca.

Su hermana Tonina, ya tiene 16 años y es lo bastante mayor para asumir las funciones de ama de casa. Esta es cómplice de su hermana y, aunque su padre tiene miedo a perder a Catalina, acaba cediendo.

En Chatillon tiene la dicha de poder asistir fácilmente a misa: hay una iglesia, con el Santísimo Sacramento, y un sacerdote a su disposición. Se trata del abate Gailhar, arcipreste, un anciano de ochenta años. Se atreve a confiarle su sueño. El sacerdote conoce mucho a las Hijas de la Caridad. Le impresiona la descripción del anciano: con barbas, el solideo negro, el servicio a los pobres.

Hija mía, me parece que ese sacerdote no era otro más que san Vicente.

Poco después Catalina acude acompañada de una prima suya a la casa de las hermanas, en la calle de la Judería. En el locutorio, una sorpresa. El retrato que ve allí representa al sacerdote que había visto en sus sueños.

¡Pero si es nuestro padre San Vente de Paúl! le explican las hermanas.

La decisión de Catalina está ya tomada. Pero ¿qué hacer? La entrada en el postulantado exigiría el permiso de su padre. Y no podía pensar en ello, ¿esperar? Catalina tiene prisa y le faltan iodavía dos años y medio para alcanzar la mayoría de edad. Repre.sa de nuevo a su casa. Nada se ha perdido, ya es capaz de I limar con mano segura.

Su vocación le acosa. Llega finalmente el 2 de mayo de 1827.

Ha cumplido 21 años. Expone su decisión. Su padre la rechaza encolerizado. Ya le ha dado a Dios una hija y no le dará otra más.

Con la intención de disuadirla, la envía junto a su hermano Car­los que se había quedado viudo, y necesita ayuda.

Para ella esta decisión supone una nueva herida sobre la que va tiene. Después del rechazo de su vocación, el despido de su vida., la ruptura de unos lazos que representan mucho para ella.

Segunda estancia en Chátillon

Catalina volvió a aquel pensionado que le gustaba tan poco, peto frecuenta cada vez más a las Hijas de la Caridad.

No será hasta el 22 de enero de 1830 cuando Catalina comience su postulantado en Chatillon. Allí empezara a conocer la miseria y el servicio a los pobres.

Llegada al seminario en París

PI miércoles, 21 de abril de 1830, llega Catalina a París. Reconciliada con su padre y abierta de par en par la casa de san Vicente.

Los obstáculos se han venido abajo, lo mismo que las mu­rallas de Jericó. Harta de dificultades, Catalina saborea, a pesar de la fatiga, la victoria prometida a la fe que transporta las montañas.

La joven granjera que antaño tenía que disputar el tiempo para rezar en una vida agobiada y sin ocio, saborea ahora las vacaciones del espíritu y del corazón, ya que es Dios y la oración los que ocupan el primer lugar.

Apenas llegar recibe una noticia que viene a colmar sus deseos: las reliquias de san Vicente van a ser solemnemente trasladadas desde Notre-Dame a San Lázaro. Las hermanas del seminario irán en la procesión. San Vicente renueva a sor Cata­lina la señal de que se acerque; y en esta ocasión no se le ocurre retroceder, como había hecho en Fain. Todo su ser se vuelca en esta cita.

Es en este tiempo del seminario cuando ocurren en la vida de Catalina unos hechos extraordinarios, como son las visiones del Corazón de san Vicente, las cuales comunica a su confesor, el padre Aladel, que la contesta

—No escuche esas tentaciones del demonio. Una Hija de la Caridad está hecha para servir a los pobres y no para ponerse a soñar.

Catalina está de acuerdo en lo del servicio. Pero la verdad es que la visión redobla en ella sus fuerzas para amar y servir, una tónica en toda su vida.

Catalina escribirá muchos años después: vi a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento todo el tiempo de mi vida en el seminario, excepto cuando dudaba (es decir, cuando se resistía); entonces, ya no veía nada, porque quería profundizar… dudaba de este misterio y creía que me engañaba.

Una misión para Catalina

El 18 de julio de 1830, víspera de la fiesta de san Vicente, una de las formadoras del seminario da la plática y en ella evoca efusivamente la piedad del santo fundador para con la Virgen María. Catalina bebe sus palabras. Ella ha visto a san Vicente. Ha visto a Nuestro Señor. No ha visto a la santísima Virgen. Y se siente arrastrada por un nuevo impulso. Ver a la Virgen.

Habían hecho un regalo a las novicias, un trocito de la sobre­pelliz que en otros tiempos usara san Vicente. A Catalina se le ocurre una idea loca. Cortar la reliquia en dos trocitos y se la (raga, escribiría después:

Me lo tragué y me dormí con la idea de que san Vicente me alcan­zaría la gracia de ver a la Santísima Virgen.

Y esa misma noche fue la primera aparición de la Santísima Virgen. Hubo dos más, que no voy a relatar, pues es lo que más conocemos de la vida de santa Catalina.

De todas ellas dio cuenta a su confesor el Padre Aladel, quien ve solo ilusión e imaginación primero y desconfianza después. Esta vuelta a las apariciones es mala señal y le dice.

¡Pura ilusión. Si usted quiere honrar a Nuestra Señor, “Imite sus virtudes” y guárdese de imaginaciones!

Aquí está la clave: Catalina hace de su vida una imitación de María que es sencilla, humilde, caritativa y disponible al plan de Dios.

Mª Ángeles Esteban. CEME.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *