La práctica del amor y el carisma vicentino

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Andrés Motto, C.M. · Año publicación original: 2006 · Fuente: Vincentiana, Enero-Abril 2006.
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La primera encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est,1 quiere responder básicamente a dos cuestiones: 1) ¿Se puede amar realmente a Dios?; 2) ¿Se puede amar auténticamente al prójimo cuando este es extraño, o aún más, molesto a nosotros? Es decir, en medio de una época tan violenta (donde la agresividad religiosa está presente), y al comenzar su pontificado, no está mal que el Papa nos recuerde lo central del cristianismo: el amor.Fiel a la teología de la santidad, en la conclusión del documento cita a varios santos que se distinguieron por la práctica de la caridad social; entre ellos nombra explícitamente a San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac (cf. DCE, 40). Ya que hace referencia a ellos y que plantea cómo es posible amar a Dios y al prójimo, creemos oportuno hacer una lectura vicentina acerca de la manera práctica de amar. Para ello confrontaremos la segunda parte de la encíclica con el pensamiento de nuestro Fundador. Esta segunda sección es más concreta y acotada, ya que apunta sólo a algunos aspectos de la práctica de la caridad. Siendo la pregunta central: ¿Sigue siendo válida la ayuda caritativa que el cristiano asociadamente realiza a favor del sufriente? Como vemos, en la respuesta a dicha pregunta se juega el futuro del ser y del actuar vicentino.

Modelos de amor

Benedicto XVI coloca como fuente del amor-caridad a la Santísima Trinidad. Presenta el amor trinitario no tanto “ad intra” sino fundamentalmente “ad extra” (cf. DCE, 19). El segundo referente es la Iglesia primitiva. Aquí hace una interesante referencia primero bíblica y luego histórica, destacando la preocupación existente en la Iglesia originaria para que nadie estuviera excluido de disfrutar de los bienes necesarios para una vida digna. Incluso, esta forma de ayuda no se limitaba a los miembros de la Iglesia sino que se extendía a toda persona que estuviera pasando necesidad (cf. DCE, 20-25).

Es interesante analizar que cuando San Vicente hace referencia a las fuentes del amor también postula a Dios Trino y a la Iglesia pr-mitiva. De este modo, cuando se refiere a Dios2 señala que Él ama siempre y de manera novedosa, ya que el amor es creativo.3 Dios quiere a los hombres y no les pide más de lo que pueden hacer.4 Incluso, compara la bondad de Dios con la de un padre cariñoso:

“Cuando Dios coge una vez cariño a un alma, la soporta, hagalo que haga. ¿No habéis visto alguna vez a un padre, que tieneun niño pequeño al que ama mucho? Le deja hacer a ese niñotodo lo que quiere y hasta llega a decirle: ‘Muérdeme, hijo mío’.¿De qué proviene todo esto? De que ama a ese niño. Pues lomismo se porta Dios con nosotros, hermanos míos”.5

Entiende que Dios es amor infinito, y desde el amor explica la unidad de Dios y la distinción de las personas. En el origen está la caridad, la cual es el constitutivo de las divinas Personas, así como de su comunión.6 Así, gusta contemplar el misterio trinitario “ad intra” como un misterio insondable de amor que es acción para la comunión. De este modo, las procesiones divinas son un intercambio de amor.

También contempla el misterio trinitario desde la perspectiva de la economía de la salvación. Ve las misiones trinitarias como otra expresión de amor. Resalta la unidad del obrar divino al expresar que toda la obra “ad extra” la hacen las divinas personas: los tres son agentes de la creación, de la encarnación, de la redención y de la santificación. El amor ocupa un lugar prioritario en las misiones divinas y en la consecuente inhabitación trinitaria en el interior del hombre. Dios viene amistosamente a habitar en el hombre:

” … no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinaspersonas, sino que moran en ellas. El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y dondeel Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre yel Hijo”.7

Lo más creativo de la teología vicentina acerca de la Trinidad, es que pasa de la contemplación metafísica de dicho misterio, para ver en él un modelo inspirador de la convivencia humana. Sacando consecuencias muy concretas de dichas consideraciones, implantándolas en medio de una comunidad entregada a Dios para servir a los pobres. Así, a ejemplo de Dios Trino que une el pensamiento sobre sí con la providencia sobre el mundo; debemos ocuparnos tanto de lo espiritual como lo material, en uno y en los demás:

“Quiera la bondad de Dios que, según sus deseos, no se alejede lo espiritual, que nos conceda alguna parte del eterno pensamiento que tiene sobre sí mismo, mientras que perpetuamente se dedica al gobierno de este mundo y provee a lasnecesidades de todas sus criaturas, hasta de un pequeño mosquito”.8

Como Dios Trino es perfecta unidad, las comunidades deben ser un reflejo de dicha unidad y amor. Cuando la comunidad fija su mirada en la Trinidad, nace en ella la unidad y la caridad. San Vicente, invita a “trinitanizar” las comunidades, ya que el misterio Trinitario es el alma de la vida en común. De este modo, todos los miembros de la comunidad están llamados a vivir en plena reciprocidad, compartiendo vida y apostolado:

“Lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Diostres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijosuperior al Espíritu Santo, también es preciso que las Hijas dela Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo no tienen queser más que un solo corazón y una sola alma. Y lo mismo queen las sagradas personas de la Santísima Trinidad, las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una enparticular, tienen relación una con la otra… de la mismaforma es preciso que entre las Hijas de la Caridad la que estéencargada de los pobres tenga relación con la que cuida delos niños, y la que cuida de los niños con la que atiende alos pobres”.9

Una comunidad inspirada en la Trinidad, se caracterizará por su cordialidad, por un amor que nace desde el corazón. La cordialidad permite intercambios de calidad: compartir las propias vivencias, evitando echar candados en el corazón.10 La comunidad también será un lugar de perdón y de reconciliación. Ella debe ser testigo y mensajero de la misericordia de Dios, que se expresa a través de espacios de perdón. Vicente de Paúl bien sabe las dificultades que supone vivir juntos; y comprende los problemas que existen para lograr una verdadera vida fraterna. Por tanto, invita a dejarse guiar por la bondad de Dios que tiene en cuenta los menores atisbos de bien que hay en cada persona; y desde ellos, con paciencia infinita, transforma al hombre por el amor. Esta debe ser también la conducta que han de asumir los cristianos con sus hermanos.

Especialmente, pide a los superiores sean los primeros en practicar la caridad y la humildad. Inspirándose en Dios Trino, rompe una imagen un tanto monárquica de la autoridad religiosa, la “desmitifica”, y la orienta hacia el servicio:

“¿Y qué es lo que hay en Dios? Hijas mías, hay igualdad depersonas y unidad de esencia. ¿Y qué os enseña esto sino quetodas debéis, en la medida de vuestras posibilidades, ser unas eiguales? Si es preciso que haya una superiora, una sirviente,tiene que ser para dar ejemplo de virtud y de humildad a lasdemás, para que sea la primera en hacer las cosas, para quesea la primera en echarse a los pies de la otra hermana, laprimera en pedir perdón, la primera en dejar su opinión paraseguir la de las otras”.11

La meditación trinitaria, no lo lleva sólo a replantear la vida interna de una comunidad, sino a ponerla al servicio de la dignificación del pobre. El estar juntos, a ejemplo de la Trinidad, es para atender al pobre. Nuestra comunidad se organiza para servir al necesitado, y ella nace de la contemplación de la acción de Dios en la Escritura; ya que para el Sr. Vicente, el Dios comunidad de Amor no puede convalidar la vida de privaciones de que lleva un inmenso sector del pueblo. Pobreza tanto más injustificada, en cuanto no procede de una tierra estéril, sino de la avaricia de los poderosos. Por tanto, la comunidad vicentina no es un fin en sí misma, sino que es una comunidad para la misión. La comunidad cobra sentido en cuanto se abre al otro, especialmente al pobre. El estar juntos permite discernir mejor el clamor de los pobres y actuar más prestamente en su auxilio.

Antes de hablar de la Trinidad, se la debe “predicar” viviendo en un ambiente de caridad, tanto dentro como afuera de la comunidad, no teniendo más que un corazón y un alma. Si cada comunidad vive la vida divina de perfecta comunión, será fuente de irradiación misionera. Es decir, una comunidad que se inspira en el modelo trinitario tendrá como elementos esenciales la misión evangelizadora y la caridad. De este modo, como comunidad misionera se tiene que anunciar la buena noticia e invitar a todos los hombres a que vivan en plenitud el bautismo que les introduce en la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En definitiva, así como Vicente de Paúl señala los aspectos ad intra y ad extra de la Trinidad; nuestra comunidad debe vivir un doble movimiento: amor hacia dentro de la congregación, y amor misionero, especialmente con los más desvalidos. Incluso, el amor de uno fundamenta la coherencia del amor del otro. De este modo, captamos que la teología trinitaria es para nuestro padre el fundamento de su teología de la caridad. La meditación amorosa de la Trinidad estará presente a la hora de estructurar la vocación, la misión, y la vida comunitaria de las congregaciones y cofradías que han de servir al pobre.

Con respecto a la Iglesia primitiva, nuestro fundador está convencido de que en ella no había pobres porque se combatía el apego a los bienes de la tierra.12 Vicio que encuentra en su tiempo de un modo frecuente y acendrado tanto en laicos, religiosos y clérigos:

“Hemos tenido aquí quince conferencias para ver de dóndevenía el estado tan lamentable de la Iglesia y de los eclesiásticos, tan apegados a las riquezas y al deseo de poseer; se haindicado que esto se deriva de la división de los bienes eclesiásticos, que ha dado a cada uno su parte y su porción; al principio, todo era común y sólo se le daba a cada uno segúnsus necesidades. ¡Cuánto florecía entonces la Iglesia y cuánvirtuosos y perfectos eran los eclesiásticos!”.13

Entiende que la caridad de la Iglesia primitiva se expresaba a través del desprendimiento. El progreso en el amor exige entregarse a Dios y no apegarse a las cosas.14 Así, la persona virtuosa se ocupa de los bienes espirituales y del servicio al prójimo, buscando cual otro Diógenes la pobreza. Contrastando con la vida de los acomodados de su tiempo, afirma que la pobreza evangélica, tan practicada en la iglesia primitiva, lleva a la virtud. Agrega esta motivación: amar el estilo de vida del amigo, lleva a amar más al amigo y a los amigos del amigo.15

Se inspira en la iglesia primitiva para señalar otra forma de practicar la caridad: en la vida comunitaria no sólo se deben decir las faltas al hermano que falla; a veces será necesario recurrir al superior. Ya sea que el propio implicado vaya o que otro le diga al superior que un hermano anda mal. Ve que es una obligación de caridad el decir al superior las faltas notables y las tentaciones del prójimo.16 Dicha acción no la entiende como un procedimiento de pura disciplina o de vulgar delación, sino como un acto de caridad. Para obrar así expone una serie de razones, señalemos sólo la primera:17 Decir las fallas a la autoridad había sido la práctica de la iglesia primitiva y, según él, dicha usanza se mantuvo durante sus primeros cuatrocientos o quinientos años. Incluso, se acusaron públicamente de sus faltas varios santos, v.gr. Santa María Magdalena, San Pablo y San Agustín.

Agreguemos que, Benedicto XVI enumera una lista de santos que se destacaron en la práctica de la caridad. Comienza dicha enumeración con San Martín de Tours que vivió en el siglo IV (cf. DCE, 40). Vicente de Paúl también motiva evocando figuras caritativas como San Martín de Tours, San Juan el limosnero, San Roque, San Lorenzo, San Luis, rey de Francia, y San Francisco Javier. Entre las santas, hará particular mención de Santa Genoveva. Al narrar algunos detalles de sus vidas, le conmueve recordar el gesto caritativo de San Martín de Tours al compartir su manto con un pobre:

“La Iglesia aprecia tanto aquel gran acto de caridad que tuvocon un pobre, cortando la mitad de su capa para dársela y que tuviera con qué cubrirse, que nos lo representa montado acaballo y dándole al pobre la mitad de su capa; el mismoSeñor, para demostrar a su servidor cuán agradable le eraaquel acto de caridad, se le apareció durante la noche, cubiertocon aquella media capa. Esto, padres y hermanos míos, noshace ver cuánto aprecian Dios y la Iglesia, inspirada y guiadapor el Espíritu Santo, la caridad que se practica con lospobres”.18

Condiciones necesarias para que la caridad no se desdibuje

La segunda parte continúa planteando los complejos vínculos entre caridad y justicia. Comienza afirmando que las obras de caridad no pueden ser una excusa para no practicar los deberes de justicia (v.gr. colaborar con un Hogar de Ancianos no me exime de pagar sueldos dignos). En este aspecto, debemos reconocer que más de una vez, los cristianos hemos vivido esta forma incorrecta o incoherente de practicar la caridad. Entrando nuevamente en el campo histórico, la encíclica señala que con la llegada del mundo industrial, la lucha por la justicia se concentró en la correcta ordenación del capital y el trabajo. Dicha cuestión fue percibida lentamente por los miembros de la Iglesia. Y si bien la respuesta fue un tanto tardía, no dejó de ser vigorosa. Ella se fue encauzando a través de lo que llamamos la Doctrina Social de la Iglesia (cf. DCE, 26-27). Los vínculos de la caridad con la justicia, le llevan a desarrollar los también complejos nexos entre Iglesia y Estado. Aclara que la acción política es fundamentalmente tarea del Estado, y dicha acción no puede menos de ser justa; ya que un gobierno que se aparte de la justicia se convierte en una banda de ladrones. La Iglesia respeta esta legítima autonomía del Estado. A su vez, como servicio a la sociedad, la Iglesia ofrece la fe cristiana, la cual purificar la razón, lo cual ayuda a la justicia, pues dicha virtud se desarrolla en una razón libre de toda ceguera ética. Con una razón auto responsable es posible la tan ansiada justicia. Por otra parte, Benedicto XVI afirma rotundamente que la Iglesia debe ejercer el amor servicial a quienes estén pasando necesidades. Sería un mito pensar en un Estado tan eficiente que hiciera innecesaria cualquier tipo de ayuda grupal distinta a la estatal.

Por ello es legítimo que la Iglesia tenga sus propios organismos que lleven adelante la caridad social. El Estado no debe ver esto con malos ojos, sino entender que es propio de un Estado adulto promover la subsidiaridad, fomentando lo bueno, especialmente con aquellos que sufren más.

Evidentemente, la época de San Vicente era muy distinta a la de Benedicto XVI. En ese tiempo no se hablaba de Doctrina Social de la Iglesia, y se vivía un Estado sacral. Aún así, Vicente de Paúl supo unir caridad con justicia; y se dolía cuando se las separaba. Por eso dirá con dolor que “hay mucha diferencia entre ser católico y ser justo”.19 Sabemos que para nuestro padre el amor al prójimo está indisolublemente unido al amor a Dios. La prueba de que se ama a Dios es que se ama al prójimo. El amor al prójimo debe ser concreto, constatable y delicado. El corazón caritativo se goza en hacer el bien, y se duele ante la posibilidad de lastimar al otro. Remarca que para un cristiano, ejercer la caridad es una obligación, ya que es un precepto divino que abarca a todos. De hecho, quien practica la caridad cumple toda la ley, porque las leyes de Dios se refieren al amor.20 Por la caridad se cumplen todas las demandas de la justicia, agregando la nota afectiva de hacerlo como quien ayuda a un amigo, porque la caridad postula una amistad universal:

“La caridad hace que le hagamos al prójimo el bien que conjusticia se puede esperar de un amigo fiel”.21

Cuando San Vicente introduce a la gente a trabajar caritativamente en el mundo de los pobres, no lo hace para tranquilizar la conciencia, sino para inquietarla más; para provocar un examen de conciencia sereno y adulto, acerca de si se es evangélicamente justo. No puede entender una religión que se interese por unos y explote a otros. Incluso, la organización vicentina de la caridad surge de la pregunta que Dios y los pobres le lanzan ante la constatación de la miseria espiritual y material; explotación e injusticia en la que vive el pueblo. ¿Cómo remediarlo? Si la pregunta viene de Dios y de los pobres, San Vicente sabe que sólo desde ese mismo Dios y desde esos mismos pobres se puede dar respuesta a semejante pregunta. Para él, el centro del mensaje de Jesús lo constituye la llegada del Reino (cf. Mc 1,14-15). La característica más sorprendente de ese Reino es que está destinado preferencialmente a los pobres (cf. Lc 6,20). Para Vicente de Paúl decirle a los pobres que el “Reino de Dios es de ellos”significa proclamar que Jesucristo toma la defensa del pobre hoy tanto como ayer. El Señor Jesús en la tierra defendió a los pobres derramando su caridad y haciéndoles justicia. En la actualidad, Jesucristo sigue haciendo justicia al pobre en la medida que encuentre instrumentos disponibles que quieran continuar su misión. La relación de Cristo con los pobres y de los pobres con Cristo cobra fundamental importancia en el descubrimiento de la dignidad que el desposeído asume dentro de la Iglesia. La ética vicentina encuentra en el servicio al pobre una acción comprometida que lleva a restablecer la justicia. Ya que Jesucristo es justicia de Dios para los pobres. En su conflictivo siglo XVI, el pobre era portador, muchas veces sin saberlo, de las exigencias de la justicia de Dios.

Otra manera vicentina de vivir de acuerdo a la justicia caritativa es abandonar todo espíritu partidista, no abusar del poder, ni utilizarlo contra la gente que está bajo nuestro mandato, ni para promover indebidamente a los que comparten nuestra fe. En este aspecto, es formidable lo que se señala al P. Gallais superior de Sedán, que quería defender a un católico que iba a juicio en un lugar donde la mayoría de la magistratura estaba conformada por calvinistas (hugonotes):

“Si es de un católico en contra de un hugonote, ¿qué sabeusted si el católico tiene justos motivos en su demanda? Haymucha diferencia entre ser católico y ser justo… ¡Pero qué!, medirá usted, ¿podré ver a un católico oprimido por uno de lareligión sin hacer nada por él? Le contestaré que esta opresiónserá por algún motivo y que se deberá a alguna cosa que elcatólico le deba al hugonote, o por alguna injuria o perjuicioque le haya hecho. Pues bien, en ese caso, ¿no es justo que elhugonote acuda a la justicia para que ponga remedio? ¿Serámenos digno de censura el católico por ser católico? ¿O tendráusted más razón para meterse en esos asuntos que la que tuvonuestro Señor para no tocar los asuntos de aquel hombre quese quejaba de su hermano? Sí, pero los jueces son hugonotes…Es cierto, pero son también jurisconsultos y juzgan según lasleyes, las costumbres y las ordenanzas; y aparte de su concien-cia, hacen profesión de honor”.22

En la moral vicentina, el primado de la caridad se construye desde la promoción de la justicia, ya que la caridad se edifica en armonía con la justicia. De modo que ser caritativos implica tener presente los deberes de la justicia. Sólo una caridad mal entendida puede ser negligente con dichos deberes. Valorando el derecho natural señala que “los deberes de la justicia son preferibles a los de la caridad”.23 Veamos algunos ejemplos: 1) Pide a un sacerdote que respete la intención del donante en el destino de unas limosnas, aunque haya muchas otras necesidades por socorrer, ya que: “No puede habercaridad si no va acompañada de justicia”.24 2) Se dirige a un miembro de la Congregación de la Misión destinado a rescatar cautivos en el norte de África. Le pide que recupere el dinero enviado para rescatar a un cautivo, que él había utilizado para otra necesidad. Le señala que respetar las obligaciones de justicia es lo que nos hace verdaderamente caritativos.25

De hecho, ambas virtudes son radicalmente transformadoras y se potencian mutuamente. Por una parte, la justicia no permite que la caridad quede varada en el intimismo. Por otra parte, la caridad encauza a la justicia en cuanto evita sus posibles y frecuentes desviaciones hacia el juridicismo, los excesivos pleitos, o pero aún, la crueldad y la venganza.26 Además, la caridad marca un “plus” en la convivencia de los hombres. Ya que, sin mancillar los derechos de la justicia, puede inducir al hombre a la gratuidad, al olvido de sí y a la abnegación por el otro, más allá de lo que puede exigir cualquier legislación; dejándose guiar por la ley del amor inscripta por el Espíritu Santo.

Sabemos que luchar por la caridad y la justicia es una de las demandas más grandes de nuestra sociedad. La ética vicentina no separa la caridad ardiente de la lucha por la justicia. El campo del servicio al pobre permite encontrarse con Dios que pide justicia para con los pobres. Esto sería, para San Vicente, entrar en los sentimientos más íntimos de Dios, e imitar la conducta del Hijo de Dios que vino a evangelizar a los pobres. El compromiso con la justicia en favor de los pobres, surgido de la caridad, actualiza y realiza la fe.

Continuando con el documento, Benedicto XVI, sin dejar de reconocer las dificultades para ejercer la caridad, y continuando con el acento positivo de su primer encíclica, tiene una mirada esperanzada acerca de las posibilidades actuales para ejercer la caridad social: 1) Los medios de comunicación permiten conocer de manera más inmediata las necesidades de la gente. 2) Hay muchos adelantos técnicos que potencian el servicio al necesitado. 3) Los Estados normalmente favorecen a las agrupaciones que ayudan, ya sea quitándoles gravámenes o girándoles recursos. 4) El aumento del voluntariado, que desarrolla múltiples servicios. 5) Frente a los damnificados, son numerosos los países donde colaboran Iglesia y Estado 6) Ha crecido la cooperación entre las diversas Iglesias cristianas para actuar a favor de los marginados (cf. DCE, 30).

Asimismo, el Papa se refiere a cómo debe ser el perfil de quienes trabajan en asociaciones caritativas: 1) Actúan como respuesta a la necesidad ajena. 2) El personal está capacitado en lo profesional y “en el corazón”. 3) No se vincula a un partido político, ni están al servicio de ninguna ideología. 4) No es una acción interesada, ni proselitista.

Al confrontar estas reflexiones con la propuesta vicentina, habría muchos temas para analizar, ante la brevedad del presente artículo me referiré solo a una. Como Benedicto XVI pide que el trabajo caritativo sea ejercido con destreza y atención cordial; esto nos lleva a profundizar la doctrina vicentina del amor afectivo y efectivo. Vicente de Paúl lo elabora tanto en la relación con Dios como en el servicio caritativo. Al hacer referencia a los efectos del amor de Dios, hace esta doble división del amor.27 Explica en qué consisten estos dos amores: “El amor afectivo es cierta efusión del amante en el amado, obien una complacencia y cariño que se tiene por la cosa que se ama,como el padre a su hijo, etcétera. Y el amor efectivo consiste en hacerlas cosas que la persona amada manda o desea”.28 El amor afectivo es lo que hace a la persona capaz de apasionarse y conmoverse ante los demás. Compara este amor con el de un niño que no puede separarse de su madre y la llama apenas se aleja.29 En definitiva “el amor afectivo es la ternura en el amor”.30 Por su parte, el amor efectivo consiste, en el ejercicio concreto de la obra de caridad, especialmente en el servicio al pobre emprendido con perseverancia, constancia, método y responsabilidad.31

Sostiene que lo afectivo y lo efectivo son dos rasgos del amor que se complementan. Para que se desarrolle la misericordia, el primer paso debe ser la asimilación compasiva del sufrimiento ajeno. La unión afectiva con el necesitado hace que uno experimente en carne propia el mal ajeno. El amor afectivo le dará a la ayuda la delicadeza en los detalles, así como las notas exquisitas en el servicio cotidiano: simpatía y empatía con los demás. Recordemos que había mucha pobreza e ignorancia, en la Francia del siglo XVII, y que grandes cantidades de cristianos se habían “acostumbrado” a ver sufrir. El amor afectivo provoca el dolerse del mal ajeno y no permite continuar siendo un espectador pasivo.

Por su parte, el amor efectivo lleva a poner por obra la elección a favor de los pobres. El amor efectivo realiza lo que el afecto descubrió. Dicho amor actúa creativamente para que sea cierto que en la Iglesia los pobres son ciudadanos ilustres. De este modo, el amor efectivo lleva a solucionar concretamente los males que aquejan el mundo de los pobres. De estas dos facetas del amor, la primacía en la ética vicentina le corresponde al amor efectivo. Vive más la caridad quien ejerza el amor efectivo, aunque lo afectivo esté un tanto ausente; que quien sienta mucho, pero haga poco por los otros.32 Para que la caridad tenga entonces este sitio de honor debe ser activa. Su enseñanza acerca del amor efectivo va en consonancia con su ética que privilegia la acción. Podríamos señalar que aquí se vuelve a dar el refrán teresiano acerca de “obras son amores, y nobuenas razones”. Desde esta postura se vuelve nítida su enseñanza acerca del amor:

“Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero quesea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestrafrente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos ydeseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando nose llega a la práctica del amor efectivo… porque hay muchosque… se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, deinstruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, dedesear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades ocualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y lesfallan los ánimos”.33

Aunque puede haber períodos de sequedad, donde el matiz afectivo del amor quede opacado, no por eso hay que abandonar la efectividad del servicio y la oración. Más allá de estas crisis, la moral vicentina indica que el amor afectivo y el efectivo deben ir unidos porque se complementan y se necesitan mutuamente. Normalmente el amor afectivo es el primero en surgir, pero esta benevolencia se hace beneficencia cuando el amor se vuelve efectivo. El amor afectivo acompaña todo el desarrollo de la acción para que sea delicada y dignificante. De hecho, un servicio sin afecto, muchas veces puede humillar o resentir al destinatario. Quien une estas caras de amor amará con ternura, con constancia, y con capacidad resolutiva. Justamente, un signo de haber crecido en la caridad es la capacidad de vivir ambos “lenguajes” del amor.34 El amor afectivo y efectivo es grato a Dios, porque hace que el deseo se convierta en realidad y el servicio en expresión de ternura.35 Para graficar estas dos caras del amor, utiliza una imagen tomada de la vida de familia: un padre que tiene dos hijos, uno pequeño y otro mayor. Con el pequeño lleva una relación más tierna y bondadosa; y más exigente con el mayor, que es quien realmente hace las cosas. A la hora de hacer testamento, el padre dará la mejor parte de sus bienes al mayor. Es decir, con el pequeño tiene un amor más sensible y tierno, pero con el mayor más efectivo.36

El amor afectivo y el amor efectivo expresan la propia entrega a Dios y a los hermanos. El Sr. Vicente al recomendar insistentemente la vivencia del amor afectivo y efectivo, trata de evitar la dureza en el trato, tanto con los internos como con los externos. Propone una viva afectividad, no como búsqueda sensible, ni como necesidad de compensación, sino como una manera plena de realizar la vida como don de sí. Formula una vida de entrega a Cristo y de paternidad con los más pobres, plenificando la existencia al hacerla vida de amor. Invita a ser madres y padres afectivos y efectivos de enfermos, presos, niños abandonados, hambrientos, muchos de los cuales nunca tuvieron una verdadera experiencia familiar. En San Vicente el amor afectivo es tan fuerte que invita a aficionarse a los pobres. Al mismo tiempo expresa que la ternura no va reñida con poner límites. De este modo, nuestro santo se convierte en el equilibrado mentor de una ética llena de bondad, dulzura y esfuerzo. Además, a l unir el amor afectivo con el amor efectivo, propuso una pastoral del amor, que fue un freno al rigorismo imperante en buena parte de la Iglesia de su época.

Los responsables de la acción caritativa

Benedicto XVI señala que el sujeto de la acción caritativa es toda la Iglesia. Como en esta encíclica remarca la acción caritativa eclesial, prioriza la figura del obispo. Subraya que debe ser acogedor y misericordioso con los pobres (cf. DCE, 32). Continúa afirmando una serie de cualidades que deben tener quienes colaboren con la obra caritativa: 1) Guiados por la fe que actúa en el amor. 2) Amando al hombre desde el amor e Jesucristo. 3) Sirviendo con humildad. Esta virtud prevendrá de dos tentaciones como son el sentirse superior que el servido, y de la presunción de tener que mejorar el mundo poniéndose en primera persona, que lleva al largo plazo al desánimo. 4) Siendo orantes, ya que ser piadoso no se opone a comprometerse en la lucha contra la miseria. Incluso, debe llegar a una oración tan confiada que pueda manifestarle a Dios nuestro interrogante acerca de porqué Él no actúa más visiblemente en la historia a favor de los marginados y masacrados. 5) Poseyendo una esperanza que les haga pacientemente activos (cf. DCE, 33-39).

Ya que la encíclica hace referencia a la particular caridad que los obispos deben tener en relación con los pobres; podemos profundizar con algunas de las muchas reflexiones que el Sr. Vicente posee con respecto a ellos. La imagen de obispo que tiene Vicente de Paúl es muy elevada. Teológicamente elaborada por la lectura de la Patrística, de las enseñanzas del concilio de Trento, así como en la excelencia del estado sacerdotal de la teología beruliana. De esta manera escribe a su amigo Luis Abelly, Vicario General de Bayona elogiando a su obispo:

“¡Cuán admirado está ese pueblo, según creo, al ver que suprelado vive como verdadero obispo… ¿Qué no se puede esperar de un prelado que ha ordenado tan bien su vida, la de susdomésticos, que ha hecho tantas limosnas corporales y espirituales en su diócesis, que tiene tanto cuidado de los pobrespresos, que tantos éxitos logra con la conversión de los herejes… “.37

También, le escribe a un obispo recién elegido para una diócesis que mucho lo necesitaba. En la felicitación, va incluido todo un vademécum de cómo debe ser un prelado virtuoso:

“Nuestro Señor, que responde por los pobres, ha contestado yaabundantemente a mis deseos escogiendo para el episcopado aun prelado que quiere hacerse útil, que sabe gobernar, que sedistingue por su prudencia e integridad de costumbres y promete ser un digno sucesor de los santos. ¡Cuánta ha sido midicha y mi contento al ver cómo Dios ha dirigido el curso delos acontecimientos, haciendo que después de crecer de virtuden virtud, camine usted de honor en honor!… ¡Quiera aquelque le ha escogido para dar la ciencia a su pueblo, mantener asus ovejas en el bien y conservar a su Iglesia sin mancha niarruga bajo su gobierno pastoral!”.38

En cuanto a las actitudes del servidor, Benedicto XVI enfatiza la humildad. Virtud abundantemente desarrollada en la moral y espiritualidad vicentina. La pregunta es ¿Cómo vivir la hoy humildad? Siguiendo a San Vicente creemos que esta virtud se debe verificar en la cotidianeidad. Para “aterrizar” la humildad podemos dar algunas pistas que pretenden mostrar su vigencia para que la caridad no se desdibuje. Una manera de concretizarla es evitando vivir haciendo comparaciones. Ya que el orgullo y el egoísmo gusta mirar malamente a los demás, v.gr. el egoísta puede sentirse satisfecho cuando posee muchas cosas, pero no descansa mientras ve que alguno tiene tanto o más que él. Al contrario, la humildad puede concentrarse sobre el bien en los demás, como en sí mismo, y dar gracias al Señor por ambas. Asimismo, el humilde deja de lado, porque lo ve realmente como un sinsentido, el vivir para ser visto por los hombres; preocupándose de las apariencias y para que se hable bien de él; esclavizado de la opinión pública. Ser humilde es evitar la autosuficiencia, o centrado sólo en si mismo. Rehuye vivir auto-referenciándose, lo cual incluye aceptar las críticas, tanto las propias (autocrítica), así como las ajenas. Elude pasar por la vida como si uno nunca tuviera que arrepentirse de nada. Ceguera ética muchas veces amada y autoalimentada. Es decir, trabajar la humildad desde el personalismo es otra forma de aceptar la verdad. Es aceptar que el Reino de Cielo está formado tan solo por pecadores perdonados.

Especialmente con respecto a los pobres, la humildad permite optar coherentemente por ellos. Esto implica, elegir servicios que con frecuencia no se quieren: los poco remunerados, escondidos, sin brillo, sin reconocimiento, en lugares vulgares. Optar por el pobre es estar donde no hay poder, habitar en la periferia, donde se da el riesgo, la carencia y la conflictividad. La humildad vicentina añade algo más en el trato con el excluido: la cercanía física y la presencia amistosa. Ello lleva a estar entre ellos con respeto y dulzura. Lo cual se traduce en intensificar los pequeños gestos de amor. Actitudes que transmitir ilusión, alegría, esperanza, a un mundo donde de por sí ya hay demasiadas lágrimas. Vivir con ellos, para buscar soluciones con ellos, evitando la tentación de lograr seguridades que nos pueden alejar de la preocupación por la justicia en el mundo de los excluidos.

También, la humildad debe llevar a una honesta y valiente revisión de obras, fomentando la movilidad, flexibilidad, y sinceridad. Asimismo, se debe revisar la calidad de los servicios, de modo que a veces se deba asumir cambios, no ya de lugar, sino de estilo. Todo esto en la aceptación serena y humilde de las limitaciones personales, comunitarias y provinciales.

La humildad nos indica que no sólo enseñamos a los demás, sino que debemos permitir a los demás que nos instruyan. Los pobres nos predican persuasivamente si se lo permitimos. Por tanto, es sano aprender de los muchos valores del pobre; uno de ellos es el ser agradecido. Agradecer no solo lo extraordinario, sino la vida misma. Valorar la vida como un don conduce a una gratitud que lo invade todo. Esa es la base para la celebración, ya que el humilde manifiesta la gratitud celebrando. Desde este aspecto es luminosa la constante humildad agradecida de Vicente de Paúl.39

En la actividad misionera la humildad se vive en la apertura cultural, el respeto al distinto, el descubrimiento gozoso de verdades y valores en los demás; así como asumiendo los aportes teológicos de los países emergentes. La humildad hace que el misionero, al mismo tiempo que evangeliza, se deje evangelizar, y que predique, no su palabra, sino la de Dios revelada en la Escritura.

Deus caritas est nos vuelve a decir que el amor es posible y que el cristiano puede ponerlo en práctica, porque el hombre fue creado para amar, y porque Dios nos regaló su amor: la caridad. La correcta fe nos lleva a vivir en el amor (cf. DCE 39). Por tanto, podemos concluir que frente a un constructor cultural basado en la exclusión, en la xenofobia más o menos encubierta, y en la violencia reforzada con motivos religiosos; la caridad propugna un amor sin fronteras, que busca resolver los problemas desde su raíz. Por eso, la caridad, con la creatividad que le es propia, aguza la capacidad inventiva para incluir a los marginados en la fiesta de la vida. Dicha creatividad nos lleva al siguiente movimiento: recrear nuestra tradición vicentina, buscando salidas novedosas hacia el futuro. En un tiempo donde hay crisis de alternativas, y donde se repiten viejas formas de dominación; la caridad debe impulsar el respeto de la persona y del colectivo. En una época donde se imita demasiado el mal, el amor nos conduce a cambiar lo torcido con mayor radicalidad que hasta el presente. Como vicentinos, debemos lograr, previo a toda transformación de las estructuras, que la vida del doliente se nos meta en el corazón. De modo que al conseguir que su camino de penalidades se convierta en el nuestro, nos comprometamos a restituirle su dignidad perdida.

  1. BENEDICTO XVI, Carta Encíclica “Deus Caritas Est”, publicada el 25 de enero de 2006. En adelante será citada como DCE.
  2. Cf. GIUSEPPE TOSCANI, “Dios”, en AA.VV., Diccionario de EspiritualidadVicenciana, CEME, Salamanca 1995, págs. 119-141; MIGUEL LLORET, “La comunidad vicenciana, realidad viva de fe”, en AA.VV. Identidad Vicenciana enun mundo de increencia, CEME, Salamanca 1990, págs. 161-180.
  3. Al despedirse en una carta de Santa Luisa, expresa esta convicción: “Ledeseo un nuevo corazón y un amor totalmente nuevo para Aquél que nos amaincesantemente de una forma tan tierna como si comenzase ahora a amarnos;pues todos los gustos de Dios son siempre nuevos y llenos de variedad, aunqueno cambia jamás”.SV I, 416-417; ES I, 430.
  4. “Dios no quiere lo que usted no puede”. SV VIII, 42; ES VIII, 40.
  5. SV XI 388; ES XI, 272.
  6. Cf. SV XII, 256-257; ES XI, 548-549.
  7. SV XI, 44; ES XI, 737.
  8. SV I, 475; ES I, 475.
  9. SV XIII, 633; ES X, 766. Esta enseñanza vicentina impregna a Santa Luisa, quien escribe: “Salude en ni nombre a todas nuestras Hermanas, y dígales que les recomiendo se acuerden siempre de las enseñanzas del señor Vicente,sobre todo la tolerancia y la cordialidad para honrar la unidad de la divinidad enla diversidad de Personas de la Santísima Trinidad…”, SANTA LUISA DE MARILLAC, Correspondencia y Escritos, CEME, Salamanca 1985. 286.
  10. Cf. SV XIII, 641; ES X, 773.
  11. SV XIII, 634; ES X, 767.
  12. En este aspecto, Vicente de Paúl coincide con algunos humanistas del Renacimiento al presentar una Iglesia primitiva donde todo era de todos, y en afirmar que el deseo desmedido de poseer provoca innumerables males entre en la humanidad. Para Tomás Moro, en Utopía todos los ciudadanos son iguales entre sí. No hay propiedad privada, desapareciendo las diferencias de status social. Los trabajos se llevan a cabo de forma equilibrada, no alienan al individuo, siendo turnos de seis horas diarias, para que el individuo pueda realizar otras tareas. Cf. TOMÁS MORO, Utopía, Alianza, Madrid 1991. A su vez, Erasmo de Rótterdam, señala mordazmente como el amor a las riquezas es el desatino más grande de la humanidad… y de la Iglesia. Cf. ERASMO DE RÓTTERDAM, Elogio de la locura, Alianza, Madrid 1993, págs. 95-96; 116-124.
  13. SV XII, 374; ES XI, 645; ver también SV XII, 378-379; ES XI, 649.
  14. Cf. SV XII, 61; ES XI, 371.
  15. Cf. SV X, 222; ES IX, 826.
  16. Cf. SV XII, 362-364; ES XI, 635-637.
  17. Cf. SV XII, 355-363; ES XI, 629- 635.
  18. SV XI, 367; ES XI, 255. Observa que los cristianos valoran tanto la caridad, que a pesar de que San Martín llegó a ser Obispo, la devoción popular lo recuerda cuando era todavía catecúmeno, soldado romano, compartiendo su manto con el pobre: “La Iglesia ha estimado y apreciado tantoeste acto caritativo de San Martín, que nos lo representa, no ya como obispoo arzobispo, a pesar de que es ésta una dignidad tan elevada, sino montadoa caballo, vestido de soldado y cortando la mitad de su capa”. SV XII, 69; ES XI, 378.
  19. SV II, 447; ES II, 377.
  20. Cf. SV XII, 260; ES XI, 552.
  21. SV XII, 264; ES XI, 555.
  22. SV II, 448-450; ES II, 377-378.
  23. SV VII, 620; ES VII, 525.
  24. SV II, 54; ES II, 48. Cf. SV II, 61; ES II, 54
  25. Cf. SV V, 395; ES V, 373.
  26. Cf. SV V, 404; ES V, 387.
  27. Esta enseñanza la toma de San Francisco de Sales. Cf. SAN FRANCISCO DE SALES, Tratado del amor de Dios, Libro IV. Éste a su vez se había inspirado en San Bernardo. Cf. SAN BERNARDO, Comentario al Cantar de los Cantares,Sermón 50. Es decir, San Vicente continúa la “escuela del afecto” (schola affetus) de San Bernardo, del cual bebieron San Francisco de Asís, San Buenaventura, Santa Teresa de Jesús y San Francisco de Sales.
  28. SV XI, 43; ES XI, 736. En otra oportunidad lo describe de esta manera: “El amor afectivo procede del corazón. La persona que ama está llena de gusto yde ternura, ve continuamente presente a Dios, encuentra su satisfacción en pensar en Él y pasa insensiblemente su vida en esta contemplación. Gracias a estemismo amor cumple sin esfuerzo, e incluso con gusto, las cosas más difíciles yse muestra cuidadosa y vigilante en todo lo que puede hacerla agradable a Dios;finalmente, se sumerge en este divino amor y no encuentra ninguna satisfacciónen otros pensamientos”. SV IX, 475; ES IX, 432.
  29. Cf. SV IX, 592-593; ES IX, 534.
  30. SV IX, 592; ES IX, 534.
  31. Cf. SV IX, 593; ES IX, 534.
  32. Con claridad meridiana explica: “Hay algunas pobres hermanas que sedesaniman. Oyen decir que unas sienten gran afecto, que otra hace muy bien suoración, que la de más allá tiene mucho amor a Dios. Ellas no sienten nada deesto, creen que todo está perdido, que no tienen nada que hacer en la Compañía,ya que no son como las demás, y que sería mejor para ellas salirse, ya que estánsin amor a Dios. Pues bien, mis queridas hermanas, es una equivocación. Sicumplen con todas los requisitos de su vocación, estén seguras de que aman aDios, y de que lo aman con mayor perfección que aquellas que lo sienten muchoy que no hacen lo que ustedes hacéis”. SV IX, 477; ES IX, 434.
  33. SV XI, 45; ES XI, 733.
  34. San Vicente le escribe al hermano Juan Barreau, cónsul de Argel, que estaba preso en manos de los musulmanes, por una deuda contraída en el rescate de cautivos. Este texto es un ejemplo de unir el amor efectivo con el afectivo: “Ya le hablé de la aflicción tan sensible que sentí al conocer todo loque ha tenido usted que sufrir, cuyo sentimiento se renueva continuamente enmí cada vez que pienso en ello: aunque no pueda usted imaginarse lo muchoque me ha llegado al alma, no dude usted de que me ha herido en lo más vivo,ya que, como le llevo muy hondo dentro de mi corazón, es absolutamente imposible que sus sufrimientos no sean también míos. Pues bien, por esta mismarazón estoy preocupado por sus asuntos lo mismo que si fueran los más importantes que tenemos. He hecho que hablen de ellos con el señor de Brienne. Loshe tratado en diversas ocasiones con la señora duquesa de Aiguillon y con lasotras damas de la Caridad, que son las únicas a las que puedo recurrir”. SV VI, 460-461; ES VI, 427-428.
  35. Cf. SV VI, 550; ES VI, 504.
  36. Cf. SV IX, 475-476; ES IX, 432-433.
  37. SV II, 2-3; ES II, 8.
  38. SV III, 386; ES III, 353. En el campo de la caridad, San Vicente hará particular alusión hace al obispo de Ginebra. Verá en Francisco de Sales el cuadro más acabado de la caridad. Señala: “Tuve la dicha de tratar con eldifunto señor obispo de Ginebra en varias ocasiones durante su vida. Tenía unabondad tan grande que la de Dios se palpaba sensiblemente a través de la suya”.SV III, 493; ES III, 453. Indica que el obispo de Ginebra se caracterizaba por un gran amor a Dios que le llevaba a combatir el pecado y promover el Reino de Dios. Atendía a todos los que querían acercarse a él, y compartía sus bienes con los necesitados. Su mansa caridad es digna de ser imitada por las personas dedicadas a las acciones caritativas, para que no pierdan la cuota de afectividad en el servicio. Invita a seguir el ejemplo de San Francisco de Sales que siempre fue suave, de modo tal que se evite todo enfado, gritos, y ofensas. En este contexto, gusta de narrar algunos de sus muchos ejemplos caritativos: “Nuestro bienaventurado padre, el obispo de Ginebra nos ha dado un gran ejemplo de esta virtud. Una tarde, una persona de gran condición vino a verle y sequedó con él hasta muy entrada la noche. Sus criados se olvidaron de llevarcandelas como deberían haberlo hecho. ¿Qué creen que les dijo? No les reprochósu falta y no se enfadó con ellos, sino que se contentó con decirles: ‘Hijos míos,un cabo de vela nos hubiese sido muy necesario’. Obren de esta manera, hijasmías, y no lleguen a gritarse nunca… Y no digan palabras inconvenientes,como por ejemplo: ‘¡Qué fastidiosa!, ¡qué cabeza tan dura!’ u otras semejantes”.SV IX, 159; ES IX, 159
  39. Pongamos como ej. su agradecimiento hacia Adrián Le Bon, de la Congregación de San Víctor (canónigos regulares de San Agustín), antiguo prior de San Lázaro. Él había donado la magnífica casa de San Lázaro a San Vicente y a la Congregación de la Misión. Le Bon se quedó a vivir toda su vida en dicha casa como huésped vitalicio. Siempre lo trató siempre con la mayor deferencia y delicadeza. No sólo le atendía bien en San Lázaro, sino que cuando viajaba por Francia hacía que se lo hospedara atentamente en las casas de la Congregación por donde pasara. Así cuando Le Bon va a pasar por Montirail y Richelieu, le pide a esas comunidades que lo atiendan atentamente: “Dé hospedaje y comida gratuitamente a Adriano Le Bon, antiguo priorde San Lázaro, que tiene que ir a Montmirail, y que lo trate incluso como sifuera el dueño de las cosas y de las personas”. SV II, 553; ES II, 471. Cf. SV II, 485; ES II, 410. Agreguemos que el Sr. Vicente señala que no se ha de olvidar a los bienhechores, si ellos caen en desgracia. En esos momentos se debe ayudarlos: “¡Que dicha, padre, vernos empobrecidos para poder atender a nuestrobienhechor!”. SV V, 179; ES V, 166. Asimismo, felicita a un superior que devuelve una renta vitalicia, al bienhechor que estaba pasando por un mal momento: “Si sabemos agradecer los favores que por caridad se nos hacen, estaremos siempre dispuestos de devolver de buena gana a nuestros bienhechores elbien que nos han dado”. SV VIII, 18-19; ES VIII, 21.

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