La noción de Cambio Sistémico

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémicoLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2008.
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Prenotandos

Los que están comprometidos hoy en trabajos por los pobres hablan con frecuencia de la necesidad de cambio sistémico. Para entender mejor el punto de vista propio del cambio sistémico podría ser de ayuda la presentación de algunos prenotandos.

La ciencia moderna se centra en el estudio de “sistemas” cuyas partes interactúan continuamente unas con otras y se influyen mutuamente, para bien o para mal. Por ejemplo, los físicos y los astrónomos ven el universo como un sistema. Si explota una estre­lla, todas las cosas en el universo sienten el efecto de la explosión. La ciencia médica ve el cuerpo como un sistema. Un riñón enfer­mo afecta a la sangre, y la sangre enferma afecta a todos los demás órganos. La economía y la sociología ven la sociedad como un sis­tema. Si los elementos que influyen en las vidas de la gente den­tro del sistema (la familia, las instituciones, el trabajo, la vivien­da, la alimentación y la bebida, el cuidado de la salud, la educa­ción, los valores morales, el progreso espiritual, etc.) funcionan a la vez de una manera positiva, la condición de la gente mejora. Si fallan uno o varios de esos elementos, el sistema entero empieza a derrumbarse.

Las diversas ciencias comparten cada día más una convicción común: la naturaleza unificada de la realidad. Todas reconocen que la realidad es compleja, pero afirman a la vez que “todo está conec­tado con todo.”

Los que están comprometidos con el cambio sistémico en el trabajo por los pobres comparten esa convicción. Afirman que si se quiere cambiar la situación de los pobres, debemos centrarnos no sólo en un problema particular, tal como proporcionar alimentos, por importante que eso sea a veces. La experiencia enseña que las soluciones rápidas, aun cuando sean útiles por un tiempo, son inadecuadas a largo plazo. Yendo más allá de esas soluciones, se debe examinar la situación socio-económica total en que viven los pobres, y a continuación se debe intervenir de manera que se modi­fique el sistema entero. Una política de esa clase es necesariamen­te interdisciplinar, e implica a muchos actores diferentes de la sociedad misma: a los propios pobres, a las persona individuales interesadas, donantes, iglesias, gobiernos, al sector privado, a los líderes del mundo de los negocios, los sindicatos, los medios de comunicación, las organizaciones y las redes de información, etc.

El concepto básico

En su esencia un sistema es un todo, un compuesto unificado de cosas que funcionan juntas. El sistema funciona por medio de la interacción de sus partes, y es de hecho más grande que la suma de sus partes. Al interactuar las partes, influyen unas en otras conti­nuamente, para bien o para mal. Tomemos el cuerpo como ejemplo. Si me rompo el tobillo, siento dolor, y el dolor afectará a mi senti­do general de bienestar y a mi carácter. Eso a la vez afectará a mi manera de tratar con los demás. El tobillo roto afectará también de manera negativa a mi manera de andar. Como resultado de ello el muslo y la espalda empezarán a molestarme también. Con un tobi­llo que palpita y una espalda que duele, puede que sienta también dolor de cabeza o malhumor. Todo esto afectará a mi manera de trabajar y a mi manera de estudiar.

Pero, por otro lado, al irse curando el tobillo, sentiré menos dolor y comenzaré a andar mejor. Poco a poco el muslo y la espalda volverán a su funcionamiento normal. También desaparecerá mi dolor de cabeza, y también el malhumor. Siento que me relaciono mejor con los demás. También mejoran mi modo de trabajar y de estudiar.

Hay muchos otros ejemplos de sistemas. Hablamos, por ejem­plo, del sistema solar, de un sistema de ferrocarriles, de un sistema monetario, de un sistema de alcantarillado, o de un sistema de gobierno. Nos referimos al sistema nervioso, al sistema digestivo. Usamos también ese término en el mundo de las ideas para descri­bir una manera homogénea de pensar, como cuando hablamos de un sistema filosófico o del sistema tomístico. A veces usamos la palabra sistema para describir la manera más adecuada de hacer cosas, como cuando decimos de alguno que “sabe operar dentro del sistema.” También usamos esa palabra para describir una manera muy bien diseñada de actuar, como cuando se habla de un sistema para ganar al bridge o a las veintiuna.

Etimológicamente la palabra “sistema” procede de dos pala­bras griegas: syn “juntamente” + histanai “hacer estar de pie”. En consecuencia, un sistema consiste, según la raíz de su significado, en que las cosas “se mantienen juntas”. Este concepto ha venido a aplicarse a numerosas ramas del conocimiento, desde la noción filosófica de “el cuerpo como un todo organizado” hasta el signifi­cado usado en computación de “un grupo de programas relaciona­dos”, o sistema operativo.

Hay muchos sinónimos de la palabra ‘sistema’, tales como `todo’, `complejo’, ‘entidad’, ‘organización’, ‘esquema’. ‘confor­mación’. ‘estructura’, ‘conjunto’.

Este libro trata del cambio sistémico en los trabajos entre los pobres. En este contexto, el cambio sistémico intenta ir más allá de proporcionar alimentos, ropa y vivienda para aliviar las necesida­des inmediatas de los pobres. Se centra en asistir a los necesitados en cambiar las estructuras dominantes en cuyo interior viven, y en ayudarles a desarrollar estrategias con cuya ayuda puedan salir de su pobreza.

Aclarando el concepto

“Cambio sistémico” no debería confundirse con “cambio sis­temático.” Esta segunda expresión se refiere a un proceso planifi­cado que procede paso a paso. El “cambio sistemático” puede pro­ducir efectos muy positivos, pero sería limitado en su intención, centrándose en cambiar sólo un aspecto de un sistema más amplio. “Cambio sistémico” va más allá, y se dirige al sistema entero.

El cambio sistémico intenta transformar una serie de elementos que interactúan, y no ya un solo elemento. Exige sin remedio un cambio en las actitudes que han producido los problemas que un grupo intenta resolver. Y así, usando una frase atribuida con fre­cuencia a Albert Einstein, un pensar centrado en el cambio sistémi­co nos ayuda “a aprender a ver el mundo con una visión nueva”. Proporciona herramientas para examinar las relaciones entre los elementos del sistema, interpreta la experiencia sobre ese sistema que tiene un grupo, y promueve el cambio estructural en su inte­rior.

Cuando en una reunión del año 2007 en Roma la Comisión para la Promoción del Cambio Sistémico presentó a los responsa­bles de varias de las ramas de la Familia Vicentina y propuso el cambio sistémico como tema común para los próximos años, sor Evelyne Franc, la Superiora General de las Hijas de la Caridad, hizo esta observación: “Este tema me parece muy interesante. Da un nombre a lo que tantos y tantas en la Familia están intentando hacer o esperan hacer, y además aclara y concreta la idea.” Es claro que la idea subyacente al cambio sistémico está ya funcionando en proyectos de la Familia Vicentina, aunque el proceso mismo no haya sido aún definido o examinado en todos sus detalles. Este libro describe y analiza algunos de esos proyectos. Los lectores conocerán otros, sin duda. Reflexionando sobre las narraciones hechas por personas que han estado trabajando en proyectos de cambio sistémico, el libro presenta una serie de estrategias que ayudaron a tener éxito a esos proyectos.

Un ejemplo de cómo funciona el cambio sistémico

Todos vivimos en el interior de un sistema econó­mico cuyos ele­mentos interactú­an unos con otros. Si el sistema fun­ciona bien, favo­rece el desarrollo de la persona. Si no, impide el cre­cimiento y acele­ra el deterioro. Si, por ejemplo, no tengo un trabajo, no gano dinero. Si no gano dine­ro, no puedo comprar comida para mi familia. Si mi hijo no tiene comida suficiente, sufrirá de malnutrición. Si sufre malnutrición, no podrá estudiar bien. Si no estudia bien, no recibirá el graduado escolar. Si no recibe el graduado escolar, tal vez no pueda conse­guir trabajo. Si no consigue un trabajo, no ganará dinero. Y de ese modo el círculo vuelve a empezar

Se podrían decir cosas parecidas acerca de la vivienda, las con­diciones sanitarias, cuidado de la salud, y otras necesidades huma­nas básicas. Los elementos de un sistema que funciona pobremen­te influyen unos en otros, y llevan a la persona paso a paso a una pobreza cada vez mayor. El desafio para uno que piensa en siste­mas es el saber dónde y cuándo se puede romper el círculo. Como verá el lector en las historias narradas en este libro, puede variar el punto de inserción, el punto para empezar a romper el sistema y cambiarlo.

En Akamasoa, el padre Pedro Opeka comenzó por crear pues­tos de trabajo. Estos a su vez crearon ingresos. Poco a poco la gente pudo comprar comida, construir viviendas, y enviar a sus niños a la escuela. Sus vidas mejoraron de una manera positiva. En San José de Ocoa la clave fue el agua. El agua potable mejoró la salud. El riego produjo cosechas que proporcionaron alimentos y también ingresos. Los ingresos hicieron posibles unas viviendas mejores y mejores condiciones sanitarias. En la Federación de Gentes sin Techo de Filipinas, la clave fueron los micro-créditos, que hicieron posible que la gente adquiriera tierra y organizara otros proyectos como cavar pozos, poner en marcha un sistema de alcantarillado y abrir tiendas.

Transformando las estructuras sociales

En los últimos tiempos ha surgido una conciencia más aguda de la necesidad del cambio estructural dentro de la sociedad, concien­cia debida sobre todo a las guerras y a las amenazas de guerra.

En la doctrina social católica la llamada de la Iglesia hacia un cambio de ese tipo apareció ya con toda claridad en Pacem in Terris1 y en Gaudium et Spes.2 El papa Pablo VI expresó este tema con toda elocuencia en Populorum Progressio,3 y en un discurso a los miembros de Cor Unum habido el 13 de enero de 1972 convo­có a los cristianos a comprometerse a entrar “en el corazón mismo de la acción social y política, y de ese modo llegar a las raíces del mal, y a cambiar los corazones y también las estructuras de la sociedad moderna.”4

Hoy somos conscientes de que el pecado afecta a las estructu­ras sociales. El pecado se encarna en leyes injustas, en relaciones económicas basadas en el poder, tratados injustos, fronteras artifi­ciales, gobiernos opresores, y otros muchos obstáculos sutiles que impiden relaciones sociales armoniosas. Sólo cuando esos obstácu­los estructurales se analizan, se comprenden y se remueven, es la sociedad capaz de establecer relaciones pacíficas permanentes.

Ha crecido también en las últimas décadas un sentido más intenso de comunidad global. Desastres locales, tales como terre­motos, erupciones volcánicas y tsunamis piden a gritos una respuesta global. A veces conflictos locales consiguen que la escena internacional sea volátil, con el peligro soterrado de que acciones militares limitadas puedan convertirse en una “guerra total”.

Por ello los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI han apelado una y otra vez a la solidaridad entre las naciones, a un orden mun­dial justo, a garantías a favor de la libertad, al respeto por los dere­chos humanos y a un desarrollo humano integral.

Dentro de este marco los proyectos de cambio sistémico bus­can crear estructuras sociales más justas, de modo que se distribu­yan de manera más equitativa las oportunidades de puestos de tra­bajo, educación, vivienda y atención a la salud. Buscan también la transparencia y la eliminación de la corrupción, así como la erradi­cación de toda discriminación por razón de raza, tribu, sexo, reli­gión, edad y otros factores.

No toda pobreza es por supuesto resultado de la injusticia. Otros muchos factores juegan un papel importante para que la gente sea pobre. Sequías, inundaciones, terremotos, ciclones y otros desastres naturales empobrecen a grandes números de habi­tantes en muchos países. Una salud pobre, defectos físicos y la edad disminuyen la posibilidad de conseguir trabajo. La irrespon­sabilidad individual tiene también una gran influencia; conduce al maltrato de los cónyuges, la ruptura de las familias y al abandono de los niños. La adicción a las drogas, al alcohol y a otras sustan­cias produce con frecuencia consecuencias económicas, como las produce también la decisión de un individuo de no ir a la escuela.

Aunque estas causas particulares de pobreza pueden no estar relacionadas con otras estructuras sociales injustas, un tratamiento de cambio sistémico podría hacer retroceder sus efectos.

La espiritualidad vicentina y el cambio sistémico

El concepto de “cambio sistémico” es de nuestro tiempo. No era conocido en tiempos de san Vicente, aunque Vicente sí expre­só muchas ideas relacionadas con él. Cuando reunió al primer grupo de mujeres para formar la “Cofradía de la Caridad” en Chatillon-les-Dombes en noviembre de 1617, dejó escrito en la Regla que les dio,5 que los pobres sufren a veces más por falta de “orden” en la ayuda que se les da que por escasez de personas cari­tativas que estén dispuestas a ayudar. Animaba también a sus seguidores a que examinaran los aspectos diferentes en las vidas de los pobres para ver cuáles eran sus necesidades más urgentes: ali­mentación, atención sanitaria, educación, oportunidades laborales, atención espiritual… Escribía reglamentos muy detallados para todos los grupos que iba fundando, de modo que estuviera bien organizado su servicio a los pobres.

Hay tres frases clave en los escritos de Vicente que hoy animan a las varias ramas de la Familia Vicentina no sólo a asistir a los pobres en sus necesidades inmediatas proporcionándoles alimen­tos, ropa y cobijo, sino también para ayudarles a cambiar el sistema social en el que viven, de modo que puedan salir de su pobreza.

La primera frase es que nuestro amor debe ser a la vez “afecti­vo y efectivo.”6 Vicente repetía esta idea una y otra vez. Dice, por ejemplo, “El amor de una hija de la caridad no es solo tierno; es también efectivo, porque sirve a los pobres de manera práctica.”7

La segunda frase es que debemos servir a los pobres “espiri­tualmente y corporalmente.8 Vicente usa esta frase al hablar a todos los grupos que fundó: las Cofradías de la Caridad, la Congregación de la Misión, y las Hijas de la Caridad. Dice a las hijas de la caridad que ellas deben no sólo cuidar de las necesida­des corporales sino también compartir su fe con los pobres por medio de su testimonio de vida y sus palabras. Y advierte a los miembros de la Congregación de la Misión que no deben pensar en su misión sólo en términos espirituales,9 sino que tienen también que cuidar de los enfermos, de los niños abandonados, de los locos, hasta de los más abandonados.10

La tercera frase es que debemos anunciar la buena noticia “de palabra y de obra”. Vicente estaba profundamente convencido de que nuestras palabras y nuestras obras deben apoyarse mutuamen­te. Primero, obrar; luego, enseñar. Esa es la regla de san Vicente para una evangelización “efectiva”. En otras palabras, Vicente ve el predicar, el enseñar y la promoción humana como mutuamente complementarios, y como elementos integrantes del proceso evan­gelizador.

Hoy la unidad entre evangelización y promoción humana, un aspecto tan básico del espíritu de Vicente, es uno de los elementos principales en la enseñanza social de la Iglesia.11

A la luz de estas frases, tan fundamentales en la espiritualidad de nuestra Familia Vicentina, hemos meditado con frecuencia en las dos últimas décadas sobre la llamada que el papa Juan Pablo II dirigió a la Asamblea General de la Congregación de la Misión en 1986: “Buscad más que nunca, con valentía, con humildad y con habilidad, las causas de la pobreza y poned en marcha solucio­nes a corto y largo plazo, soluciones concretas ágiles y efectivas. Si así lo hacéis estaréis trabajando por la credibilidad del evan­gelio y de la Iglesia.”

Criterios para proyectos de cambio sistémico

Como se puede ver en la descripción y las ilustraciones que hemos presentado hasta ahora, no todo proyecto incluye cambio sistémico. Muchos excelentes proyectos se dirigen a necesidades urgentes e inmediatas, pero no van más allá. A diferencia de estos, un proyecto de cambio sistémico comprende, entre otras, las carac­terísticas siguientes:

1. Un impacto social de largo alcance

Esta es la característica principal del cambio sisté­mico; es decir, el proyecto ayuda a cambiar el con­junto de la situación vital de aquellos a los que intenta beneficiar.

11 Cf. Sínodo de los obispos, 1971, La justicia en el mundo, en AAS LXIII (1971) 924: “…la acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo son elementos integran­tes de la predicación del evangelio.” Cf. también, Centesimus Annus, 5.

2. Sostenibilidad

El proyecto ayuda a crear las estructuras sociales necesarias para un cambio permanente en las vidas de los pobres, tales como puestos de trabajo, educa­ción, vivienda, el acceso a agua potable y comida suficiente, liderazgo local en marcha.

3. Repetibilidad

El proyecto puede ser adaptado para resolver pro­blemas semejantes en otros lugares. La filosofia o espiritualidad que sirve de base al proyecto, las estrategias que emplea y las técnicas que usa pue­den ser aplicadas en circunstancias variadas.

4. Extensión

En concreto, este aspecto significa que el proyecto se ha extendido de hecho más allá de su contexto inicial y ha sido puesto en marcha con éxito en otros contextos en el país en el que comenzó, o interna­cionalmente, bien por los mismos que lo iniciaron o por otros que han tomado elementos del proyecto primero.

5. Innovación

El proyecto ha producido un cambio social signifi­cativo transformando prácticas tradicionales. La transformación se ha conseguido por medio del des­arrollo de una idea capaz de cambiar las formas sociales anteriores y su lograda puesta en práctica.

  1. Pacem in Terris, 89, 91.
  2. Gaudium et Spes, 85.
  3. Populorum Progressio, 78.
  4. Acta Apostolicae Sedis, 64 (1972) 189.
  5. X 574
  6. Obras completas de SVP, Sígueme-CEME, Salamanca, IX 432, 536, 540; XI, 733.
  7. IX, 534.
  8. IX 73, 534-535; XI 253.
  9. XI 393: “Si hay algunos entre nosotros que piensan que están en la Congregación de la Misión para predicar el evangelio a los pobres pero no para aliviarles y para hacer que se les asista de todas las maneras, por nosotros mismos y por otros… Hacer eso es predicar el evangelio de palabra y de obra…”
  10. XI 273.

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