La identidad de la CM al inicio de su quinto centenario[1] (III)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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III – Tendencias o riesgos

No hay duda de que la ardua y apasionante tarea de revitalizar la identidad de la CM requiere al menos tres movimientos íntimamente relacionados entre sí: la creciente profundización o compenetración de los valores esenciales que integran la visión original del fundador, la mirada de fe hacia los cambios y perspectivas que caracterizan el momento presente de la historia y la puesta en marcha de un nuevo proyecto de vida y misión que conlleve y actualice los aspectos constitutivos de nuestro núcleo identitario. La Instrucción sobre los votos supo resumir con lucidez y claridad ese reto que tenemos por delante:

“La misma inspiración original de san Vicente y de sus primeros compañeros sigue convocando hoy a la CM. Jesús, el evangelizador de los pobres, continúa llamándonos hoy a seguirle en su caminar entre los abandonados y marginados. La respuesta de la CM, cimentada sobre el compromiso radical de cada uno a seguir como discípulo a Jesús, es una acción comunitaria. Durante la vida de San Vicente, las necesidades más urgentes de los pobres, la misión apostólica, la vida común, la llamada a ser discípulo de Jesús, así como el ejemplo del mismo San Vicente, fueron capaces de crear un dinamismo que dotó a la naciente CM de su identidad específica. Fiel a esa tradición, la Congregación se esfuerza por seguir el soplo del Espíritu en los sucesos y situaciones de nuestro tiempo. Un igual dinamismo, formado por elementos similares, nos empuja hoy a encarnar el carisma vicenciano en un nuevo contexto histórico y a responder con formas nuevas a las necesidades urgentes de los pobres”[2].

Todos sabemos que una labor de esa envergadura supone unas predisposiciones de las que no podemos prescindir: rectitud de intención, espíritu de oración, discernimiento profundo, estudio serio, sentido común, sintonía eclesial, amor a la Congregación, diálogo respetuoso, trabajo persistente, firmeza en los fines, flexibilidad en los medios, etc. Además, hay que combatir a algunas tendencias insidiosas que ponen en riesgo el proceso de revitalización identitaria, minando sus fundamentos y estrechando sus horizontes. A título de ilustración, tipificamos doce:

  • el reduccionismo ideológico que consiste en aferrarse previa y estratégicamente a ideas, conveniencias o intereses parciales, sin tener en cuenta los principios que vertebran la identidad y sin dejarse interpelar por las circunstancias (los signos de los tiempos) y las necesidades (de los pobres, de la Iglesia, de la Congregación…);
  • la nostalgia del pasado, de sus logros y glorias, como si se pudiera transportar de allá, sin más, las respuestas que hay que dar a los concretos desafíos de hoy, con el riesgo de caer en la involución;
  • el afán de las novedades, sin preocuparse por robustecerse con la savia que proviene de las raíces y dando por descontado lo que todavía no fue asimilado (aunque haya sido muy discutido), con el peligro de perder de vista los fundamentos y de cambiar solo por cambiar (lo que no implica necesariamente una mejora);
  • la tentación de bajar el listón, de nivelar por abajo, renunciando al ideal evangélico-vicenciano, amenguando las exigencias del carisma, contentándose con los mínimos requeridos, acomodándose a lo ya conquistado y dispensándose de esfuerzos más exigentes e iniciativas más audaces;
  • el optimismo hueco, que oculta la realidad, contemporiza incoherencias, camufla omisiones, no alienta la conversión, no hace caso de la fidelidad y no reconoce lo que tiene que cambiar (asumir para redimir);
  • el pesimismo destructivo, que roba la esperanza, oscurece la alegría, cierra las posibilidades y solapa la creatividad que anda de la mano con la fidelidad;
  • la ausencia de una justa escala de valores, que no distingue entre lo esencial y lo accidental, lo central y lo periférico, lo primordial y lo secundario, como si todo tuviera la misma importancia y la misma urgencia;
  • el intelectualismo, que no sale del plan de las ideas, diluyéndose en abstracciones de poca o ninguna incidencia, sin aterrizar en lo concreto y sin dejarse interpelar por las situaciones;
  • el legalismo, que absolutiza las normas, no se abre a los procesos y no se dispone a revisiones, mostrándose proclive al inmovilismo;
  • el subjetivismo, que se restringe a los sentimientos y reacciones primarios, se instala en los apegos y no se lanza hacia nuevos desafíos, condicionando las exigencias de la vocación a las demandas individuales o a las comodidades;
  • el praxismo, que minusvalora el discernimiento y la reflexión, pudiendo así enmascarar el vacío espiritual, encubrir deficiencias no subsanadas y degenerar en compulsión o en activismo desprovisto de finalidad y transcendencia;
  • el pelagianismo, que no tiene en cuenta el hecho de que la revitalización de la identidad de la CM no se reduce a raciocinios, planes y estrategias, sino que conlleva un acto de fe, debiendo ser acompañada y dinamizada por la entrega orante de nuestros esfuerzos a aquel que es el autor y consumador de nuestra vocación misionera.

Otro documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica resume lo que representan tentaciones como estas para una Comunidad que desea ponerse al día con su identidad:

“Todo sistema estabilizado tiende a resistir al cambio y hace lo posible para mantener su posición, ocultando a veces incongruencias, otras veces aceptando acercar pobremente lo viejo y lo nuevo, o negando la realidad y las fricciones en nombre de una concordia que es ficticia, o hasta disimulando los propios fines con ajustes superficiales. Lamentablemente, no faltan ejemplos en los que se encuentra una adhesión puramente formal, sin la necesaria conversión del corazón”[3].

 

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Conclusión

La arriesgada travesía de la pandemia del coronavirus nos hizo, al menos en parte, detener el ritmo frenético y convulso de la vida ordinaria y nos interpeló a pasar de una mirada somera a una consideración más honda de la existencia, de su sentido, de su valor, de sus relaciones. Nos instó, por lo tanto, a pasar de la dispersión a la profundidad. Aquí descubrimos un reto para nosotros, miembros de la CM, en el esfuerzo continuo de revitalizar nuestra identidad, en medio de una cultura líquida y light que se aparca en la superficialidad, la provisoriedad y la agitación[4]. Se trata de hacer de la profundidad la clave de este proceso. Eso requiere cimentar nuestras convicciones, cualificar nuestras vivencias e impulsar nuestro testimonio en todas las dimensiones que conforman la identidad vicenciana. Profundidad que se manifiesta en una humanidad madura, en una afectividad equilibrada, en una espiritualidad consistente, en una formación sólida, en una entrega misionera generosa, en una convivencia verdaderamente fraterna, en el esfuerzo continuo de ajustarnos, libre y alegremente, a las exigencias del proyecto de vida que abrazamos para seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres, en las huellas de San Vicente de Paúl. Y estamos seguros de que las resonancias de ese empeño iluminado por la fe se expanden, como en círculos concéntricos, desde la vida de cada Misionero y de cada Comunidad hasta las estructuras de cada Provincia y de toda la Congregación. Esperamos, pues, que la 43 Asamblea General nos comunique un nuevo impulso en esa dirección, mientras caminamos hacia el quinto centenario de la CM.

[1] Publicado en: Vincentiana, Roma, año 64, n. 4, pp. 479-503, octubre-diciembre 2020.

[2] Instrucción sobre la estabilidad, castidad, pobreza y obediencia en la CM. Roma: Curia General, 1996, pp. 11-12.

[3] A vino nuevo, odres nuevos. La Vida Consagrada desde el Concilio Vaticano II. Retos aún abiertos. Orientaciones (2017), n. 11.

[4] En la inauguración del curso 2011-2012 de la Universidad de Deusto, así se expresó el recién-fallecido P. Adolfo Nicolás (1936-2020), prepósito general de la Compañía de Jesús: “Hoy la sabiduría no es moneda común en nuestros mercados. En realidad, no lo ha sido nunca. Por primera vez tenemos más información que capacidad para digerirla y procesarla. Lo que se vende no es sabiduría sino superficialidad: soluciones inmediatas, explicaciones prefabricadas, culturas de usar y tirar, gracia barata… A pesar de ello, el ser humano tiende incansablemente al ideal de la sabiduría” (Citado en la Revista anual de la Universidad de Deusto: Deusto, n. 143, 2020, p. 47).

Vinícius Augusto Teixeira, CM

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