Las Cofradías de Caridad
Si san Vicente decía a los misioneros que no solo debían evangelizar a los pobres, sino también remediar sus necesidades materiales, en cada misión se enfrentaban a la terrible pobreza de los campesinos. No podían, por lo tanto, terminar una misión sin haber establecido la Cofradía de la Caridad como un medio permanente de ayudar a los pobres y no de cuidados paliativos. Y esto también habría que considerarlo como una peculiaridad exclusiva de las misiones que daba la Congregación de la Misión, como aparece en la Bula de Erección de la Congregación.
Pero hoy día no podemos considerar la implantación de las Caridades solo como «un medio permanente de ayudar a los pobres», sino también como un signo de los tiempos: la colaboración con los laicos por vocación, dentro de la misma familia, con el mismo carisma e idéntica misión. Y esto, junto con la dirección de las Hijas de la Caridad, sí es una «gran novedad» en la Historia de las Congregaciones que nos evoca la mentalidad del Concilio Vaticano II. Ciertamente las Órdenes Segundas o femeninas estaban bajo la autoridad espiritual y a veces jurídica de las Órdenes Primeras o masculinas, que también atendían espiritualmente a las Órdenes Terceras de laicos. Sin embargo, era novedad hacer partícipes a los laicos del servicio espiritual o evangelización’ sin que fueran condenados como Pedro Valdo, tachados de herejes como las beguinas o suprimidos como las hijas de María Ward. Y san Vicente logró además que la colaboración de los laicos tuviera encaje en las Reglas comunes de su Congregación.
Misionar en las zonas rurales
La tercera peculiaridad también puede considerarse una verdadera novedad: hasta entonces las misiones se daban generalmente en las ciudades, y la sociedad contempló atónita que se había fundado una congregación para misionar a los campesinos.
Ciertamente las condiciones económicas para malvivir de los pobres del campo y de la ciudad eran parecidas; sin embargo los pobres de la ciudad estaban religiosamente mejor atendidos que los pobres de las aldeas campesinas, encomendadas a sacerdotes ignorantes, viciosos y sin celo, como se lo encasquetó al santo un hereje por el año 1620: «Señor, dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo?; no puedo creerlo».
Al pasar los años, san Vicente se convenció de que era voluntad de Dios que la Congregación diera respuesta a uno de los mayores males que sufría la Iglesia de los pobres en aquel siglo: el abandono religioso de las aldeas. Y ufano declaró a los misioneros que era verdad que otros también instruían a los pobres, pero concluye: «No hay en la Iglesia de Dios una compañía que tenga como lote propio a los pobres».
LA NOVEDAD DEL «PEQUEÑO MÉTODO»
La novedad de misionar exclusivamente en pueblos rurales impondrá otras innovaciones más llamativas en la metodología misionera. A las misiones que se daban en las ciudades asistían mezcladas todas las clases sociales: nobles, burgueses, sirvientes, obreros y mendigos; mientras que en los pueblos todos eran campesinos y la mayoría, analfabeta, con un conocimiento muy parecido de la doctrina católica. No había necesidad, por ello mismo, de separarlos en grupos, y a todos se les podía hablar con un lenguaje directo, con toda llaneza, familiaridad y sencillez, de forma que lo entendía hasta el más pequeño de todos. Esta manera de predicar, san Vicente la llamó el «pequeño método» y con todo detalle se lo expuso a los misioneros, aclarando precisamente que en ninguna otra parte se seguía este método, para terminar diciendo que de quien predica bien la gente dice «este hombre hace maravillas, predica como un misionero, predica ‘a lo misionero’, como un apóstol. ¡Oh, Salvador!, tú ha concedido a la pequeña Compañía la gracia de inspirarle un método que todo el mundo quiere seguir».
«El pequeño método» daba a las misiones vicencianas un aire de originalidad por su sencillez y claridad que se manifestaba en detalles como no hacer la implantación de la cruz, que resultaba suntuosa, o en la procesión de los niños el día de la comunión, que se hacía sin pompa ni extravagancias26; tampoco usaban efectos amedrentadores, como mostrar una calavera en pleno sermón sobre la muerte o diálogos teatrales entre el predicador y un compañero que fingía ser el alma de un condenado. Es decir, evitaban cualquier puesta en escena que, sin embargo, no repugnaba a capuchinos ni a jesuitas.
De ahí que si los juristas consideran a la Congregación de la Misión como una de tantas congregaciones seculares que se fundaron en Francia en la primera mitad del siglo XVII y Bremond la presenta como «una filial del Oratorio»28, los historiadores llaman la atención del impacto que produjeron sus misiones entre los campesinos y en el clero de entonces. En la década de 1620 a 1630 son los Oratorianos los que ganan mayor terreno entre los misioneros seculares, mientras que, entre los regulares, los Jesuitas y los capuchinos continúan siendo la punta de lanza de la reforma católica. Sin embargo, la historiadora Deslandres dice que en el decenio 1620 al 1630, la celebridad de los Sacerdotes de la Misión era mucho mayor que el pequeño espacio geográfico en el que daban misiones29. Y esto fue debido a la forma de misionar, como se lo escribe san Vicente al P. Du Coudray: «He prestado a los oratorianos al P. Renan, porque me lo han pedido insistentemente con el fin de asemejarse a nosotros, y después uno de ellos ha venido a pasar dos o tres días a una de nuestras misiones en esta diócesis para ver cómo lo hacemos. Y si quieren venir más, serán bienvenidos».
Fue en los decenios de 1630 y 1640 cuando los Sacerdotes de la Misión empezaron a misionar en lugares alejados de Paris y de las tierras de los señores de Gondi, aunque los oratorianos conservan su impulso misionero, y desde 1641, mientras retrocede el número de misiones dadas por los religiosos, los eudistas entran en el campo de las misiones populares, llamando la atención de san Vicente que el 18 de junio de 1660 escribe al P. Jolly a Roma: «El P. Eudes con algunos sacerdotes ha venido a dar una misión a París que ha hecho mucho ruido y mucho fruto; y al mismo tiempo muchos buenos eclesiásticos, cuya mayor parte son de nuestra conferencia de los martes, han salido de París para dar también misiones en otras ciudades. Nosotros no participamos porque nuestra herencia es el pobre pueblo del campo. Nosotros solo tenemos el consuelo de ver que nuestros pequeños empleos han dado emulación a cantidad de buenos obreros que se ponen a trabajar no solo en las misiones, sino también en los seminarios que se multiplican mucho en Francia; y lo mismo en los ejercicios a ordenando en muchas diócesis».
LA FORMACIÓN DEL CLERO
Desde sus orígenes, sin que fuera un objetivo específico, la Congregación de la Misión se preocupó por la formación del clero. Hablando de las misiones, Abelly nos da un dato curioso sobre la formación del clero en las primeras misiones vicencianas: «Además de todos estos servicios prestados a los laicos, el señor Vicente procuraba que sus misioneros hicieran cuanto podían por todo el clero de la zona. A ello destinaba conferencias espirituales, en las que discutía con ellos las obligaciones de su estado, las faltas de que debían guardarse, las virtudes que debían practicar como más convenientes a su estado, y otros temas parecidos».
San Vicente refería a menudo lo mal formados que estaban los sacerdotes diocesanos y la mala vida que llevaban. Bérulle, Bourdoise, Olier, San Juan Eudes y otros habían llegado a la misma conclusión y se esforzaron en poner remedios; Bérulle, Olier y San Juan Eudes por medio de los seminarios, y Bourdoise, organizando en comunidad a los sacerdotes de cada parroquia. San Vicente empezó por los Ejercicios a ordenandos, pasó a la formación continua del clero con las Conferencias de los Martes, y terminó asumiendo los seminarios como un ministerio importante de su Congregación.
Abelly cuenta que conversando san Vicente y Agustín Poitier, Obispo de Beauvais, vieron que sería un fracaso reunir a los «sacerdotes que habían envejecido en la costumbre del vicio»; que sería mejor aplicar el remedio a los jóvenes que se presentaban para ser ordenados. Y al obispo le vino la idea de que todos los ordenandos hicieran los Ejercicios antes de ordenarse. En septiembre de 1628, san Vicente dio los primeros ejercicios a los ordenandos de Beauvais. Fue un éxito. Los ejercicios a ordenando se establecieron en muchas diócesis, entre ellas París. El arzobispo de París pidió a san Vicente que los organizara en el colegio de los Buenos Hijos y luego en San Lázaro. Desde 1639 todos los clérigos que vivieran en París y pidieran ordenarse de sacerdote, tenían que hacer estos ejercicios. De quinientos a seiscientos clérigos pasaban cada año por San Lázaro. También se establecieron en Roma y el Papa Alejandro VII mandó en 1659 que todos los ordenandos de Roma hicieran los ejercicios en la casa de la Misión.
En el año 1633 san Vicente escribía al P. Du Coudray: «La bondad de Dios se ha complacido en dar una bendición muy especial a los ejercicios de nuestros ordenandos… Pues bien, estos días pasados, uno de ellos, hablando del género de vida que llevaban los que habían pasado con él por los ejercicios de los ordenandos, propuso un pensamiento que había tenido, de juntarlos a todos en una especie de reunión o de compañía; lo cual se ha hecho… Y la finalidad de esta reunión es la de dedicarse a su propia perfección, a idear los medios para que Dios no sea ofendido, sino conocido y servido en todas las familias y procurar su gloria en las personas eclesiásticas y entre los pobres, y esto, bajo la dirección de una persona de aquí, en donde han de reunirse cada ocho días». Así comenzaron en 1633 las Conferencias de los martes.
Este mismo año Urbano VIII aprobaba la Congregación de la Misión por la bula Salvatoris nostri. En ella se dibuja su estructura jurídica: Una Congregación de sacerdotes seculares y laicos sometidos a la autoridad de un superior general vitalicio que tendrá por fin principal dedicarse, junto con la propia salvación, a la de los habitantes del campo, sin predicar en las ciudades, a través de las misiones, enseñando las verdades de la fe por medio del catecismo, fomentando las confesiones generales, erigiendo las cofradías de la caridad. Eran los ministerios que dieron origen a la fundación de los señores de Gondi, pero se añaden también los últimos que había asumido Vicente de Paúl: Ejercicios espirituales a los ordenandos y a los sacerdotes que se ocupan de las parroquias y el fomento de las reuniones sacerdotales para estudiar los casos de conciencia y fomentar su vida espiritual.
Nada dice de los seminarios porque todavía la Congregación de la Misión no dirigía ninguno. Acaso podría afirmarse que admitir jóvenes en un Seminario Mayor separado del Seminario Menor de adolescentes sí fue una novedad, pero también lo descubrió Olier ese mismo año de 1641, y rápidamente fue asumido por oratorianos y sulpicianos. Sin embargo, que la Congregación tomara como fin hacerse cargo de los seminarios no parece que fuera del agrado de todos los misioneros que habían soñado con dedicarse exclusivamente a evangelizar a los pobres campesinos’. Y san Vicente tuvo que esforzarse por convencerlos de que la formación de buenos sacerdotes completa los buenos resultados de las misiones dadas en los pueblos campesinos, hasta incluirlos en el mismo artículo de las Reglas comunes.
CEME
Benito Martínez







