La evangelización, centro de la unidad comunitaria

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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«Los dones son variados, pero el Espíritu el mismo; las funciones son variadas aunque el Señor es el mis­mo; las actividades son va­riadas, pero es el mismo Dios quien lo activa todo en to­dos». (I Cor 12,4-6).

«La comunidad se crea cons­tantemente a sí misma reno­vando, ante todo, los elementos importantes de nuestro modo de vivir y obrar, a saber:

compartir_el_regalo_a_toda_la_tierraLa evangelización de los pobres, que da unidad a to­dos nuestros trabajos, y que no extingue los talentos ni los dones, por diversos que sean, sino que los dirige al servicio de tal misión». (C 25,2).

La evangelización de los pobres constituye la trama de la vida de los Misioneros. Además de ser un elemen­to necesario para crear constantemente comunidad. A lo largo de la historia de la Congregación, ha sido pre­cisamente la evangelización la que ha dado unidad a la Compañía entera como también a las pequeñas comu­nidades, aun contando con la diversidad de dones, talen­tos y ministerios.

1. «Dios estará con nosotros y nos bendecirá en al medida en que le seamos fieles».

Sabemos por las biografías de los primeros Misione­ros que el Fundador había logrado inculcar en sus con­ciencias el deber de la evangelización. La Misión res­ponde efectivamente a la vocación de la Comunidad y a los designios eternos de Dios sobre ella. En este con­texto escribe San Vicente al P. Dehorgny:

«Lo que me indica usted de las misiones que están haciendo requiere de nosotros una especial gratitud para con Dios; yo se lo agradezco con toda mi alma. Pidámosle, padre, que cada vez saque mayor gloria de los trabajos de nuestra Compañía. Y créame, pues no me cansaré de decirlo, que hemos de atenernos sin va­riar en nada en nuestras principales funciones; Dios esta­rá con nosotros y nos bendecirá en la medida en que le seamos fieles. Jamás me apartaré de este convenci­miento». (IV 374).

2. «La acción apostólica ha de proceder de la unión íntima con Cristo».

Para que la unidad comunitaria, lograda por la evan­gelización, sea cada día más profunda, se requiere tener en cuenta el respeto y aceptación de los dones, por di­versos que sean, derramados sobre los demás:

«Hay en la Iglesia muchísimos Institutos, de sacer­dotes o de hermanos, entregados a diversas obras de apostolado, con dones diferentes, según la gracia que se les ha dado: ya sea ministerio para servir, o el que enseña en la enseñanza, el que exhorta para exhortar, el que da con sencillez, el que practica la misericordia con alegría (cf. Rom 12,5-8). Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. En estos Institutos la acción apostólica y benéfica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa, puesto que la Iglesia les ha confiado el ejercer en su nombre la propia caridad. Por ende, toda la vida religiosa de los miembros ha de estar saturada de espíritu apostólico y toda su obra apostólica ha de estar animada por el espíritu religioso. Con­siguientemente, para que los religiosos respondan sobre todo a su vocación de seguir a Cristo y sirvan a Cristo mismo en sus miembros, su acción apostólica ha de pro­ceder de la unión íntima con El, de donde dimana el acercamiento de la caridad para con Dios y para con el prójimo». (PC 8).

3. «Seguir a Cristo según las enseñanzas del Evangelio».

El fin que se ha propuesto la Congregación: seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres mediante el ejercicio de diferentes ministerios, lejos de romper la unidad, la estrecha más y más, concediéndole su fisono­mía propia:

«A través de la diversidad de las formas, que dan a cada Instituto su fisonomía propia y tienen su raíz en la plenitud de la gracia de Cristo, la regla suprema de su vida, su regla última, es la de seguir a Cristo según las enseñanzas del Evangelio. ¿No es quizá esta preocu­pación lo que ha suscitado en la Iglesia, a lo largo de los siglos, la exigencia de una vida casta, pobre y obe­diente». (ET 12).

  • ¿Pongo todo lo que soy y tengo al servicio de la evangelización procurando la unidad de la co­munidad?
  • ¿Respeto y acepto los diferentes dones y gracias que Dios ha derramado en mis compañeros para la común misión de salvar a los hombres?
  • ¿Me siento dichoso de expresar al vivo la voca­ción de Jesucristo evangelizador de los pobres?

Oración:

«Señor, mira complacido a tu pueblo y derrama sobre él los dones de tu Espíritu para que crezca sin cesar en el amor a la verdad y busque, en la doctrina y en la prácti­ca, la perfecta unidad de los cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo». (Mro. Votiva por la unidad).

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