La devoción a la Virgen en la Compañía de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

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Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 2002 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

virgen mariaEn la primera conferencia preparatoria de la Renovación anual de los votos reflexionamos sobre el lugar que ocupa María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, y, en consecuencia, del lugar que el culto y la devoción mariana deben ocupar en nuestra vida cristiana. En esta segunda conferencia trataremos sobre la devoción a la Virgen María en la Compañía.

El carisma de la Compañía de las Hijas de la Caridad es un modo peculiar de seguir a Cristo heredado de los fundadores. San Vicente y Santa Luisa transmitie­ron a las Hermanas su fe y su experiencia espiritual. Ambos vivieron la devoción a María de una manera concreta que ha pasado a formar parte de toda la herencia espiritual de la Compañía. ¿Cómo fue la devoción mariana de los fundadores? ¿Cómo tendría que ser la de las Hijas de la Caridad para ser coherente con los demás elementos esenciales que integran su espiritualidad vicenciana?

El mensaje de María a Santa Catalina ha influido notablemente en el desarrollo de la devoción mariana de la Compañía. Desde aquellos acontecimientos han pasado ya casi dos siglos. ¿No habrá que hacer una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac? ¿Cómo podría hacerse una tal re-lectura sin que resultase extraña a la identidad de la Compañía y a su devoción mariana específica? La respuesta a todos estos interro­gantes planteados constituye el tema de esta segunda conferencia.

La devoción a María en San Vicente

Desde hace algunos años se habla a menudo de «espiritualidad vicenciana». San Vicente nunca utilizó la palabra «espiritualidad». Y con esta expresión «espi­ritualidad vicenciana» se quiere significar el camino espiritual por el que el Espíritu Santo condujo a nuestro fundador hacia la santidad mediante una manera concreta de seguir a Cristo y de continuar su misión.

La vida espiritual de Vicente de Paúl tiene como fuente el misterio de la San­tísima Trinidad y como eje central a Cristo encarnado para evangelizar y servir a los pobres. San Vicente se sintió llamado a continuar esa misión, y la misma finalidad tienen las instituciones que fundó. Estaba convencido de que no era po­sible continuar la misión de Cristo sino usando las armas que Él utilizó y revistién­dose de su mismo espíritu. A eso tienden las virtudes apostólicas específicas: la humildad, la sencillez y la caridad. Tal es el núcleo de la espiritualidad vicenciana y, lógicamente, de la espiritualidad de la Compañía. La devoción de San Vicente a María se integra en ese conjunto como algo natural y coherente con dicha espi­ritualidad y misión.

Para San Vicente, María es el ejemplo de lo que deben ser las Hijas de la Caridad en la misión de servicio a los pobres que Dios les ha confiado. El fundador, al contemplar a Cristo, descubre en Él tres rasgos concretos que le muestran como misionero del Padre: adorador, servidor y evangelizador. Cuando contempla a María, descubre igualmente tres rasgos por los cuales se siente atraído y que hacen de María un ejemplo para la misión de la Compañía: son las actitudes de María en los misterios de su Concepción Inmaculada, de la Anunciación y de la Visitación.

San Vicente no nos dejó una exposición sistemática de su espiritualidad; tam­poco sobre María. No era lo que entendemos hoy por un mariólogo, ni tampoco uno de esos santos que en la historia de la Iglesia se han distinguido por su devoción mariana. El P. Dodin, en un artículo publicado en 1969 constata el gran florecimien­to de esa devoción en el siglo XVII francés. Se imagina a San Vicente pasando al lado de los autores espirituales de su tiempo y a estos que susurran: «ciertamente es uno de la familia, pero es un pariente pobre»r.

Entre las ocho mil páginas que ocupan los escritos de San Vicente que han llegado hasta nosotros ninguna de sus conferencias y cartas tratan expresamente sobre la Virgen. Solamente se refiere a ella en ochenta pasajes más bien cortos y de paso. En su mayor parte se trata de invocaciones al final de algunas conferen­cias en las que presenta a María como ejemplo de la virtud que ha explicado e implora su intercesión para que la obtenga para la Compañía. Le salen espontánea y efusivamente del corazón. Recordemos algunas: «Recemos a la Santísima Virgen para que ella pida a su Hijo por nosotros, a fin de que nos dé las gracias necesarias para ello. Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, estas buenas hijas y yo, que asistas a esta pequeña Compañía». «Recurramos a la Madre de misericordia, la Santísima Virgen, vues­tra gran patrona: puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía y de cada una en particular… Y puesto que has obtenido de Dios la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección».

En el conjunto de esos breves pasajes referentes a María, San Vicente destaca tres misterios. En ellos descubre las actitudes que deben animar a las Hijas de la Caridad en su vida de entrega a Dios para servir a los pobres.

La Inmaculada Concepción

En este misterio contempla San Vicente a María como templo y morada digna de la divinidad, «llena de gracia» y «vacía de todo pecado», «pura receptividad». Es ejemplo de cómo las Hijas de la Caridad tienen que estar abiertas para acoger a Dios y dejarse invadir por su gracia vaciándose de sí mismas. Eso es lo que pretenden las virtudes de la humildad y de la pureza.

La Anunciación

San Vicente contempla en este misterio a María acogiendo el plan salvador de Dios y entregándose incondicionalmente a Él aceptando ser la Madre del Verbo encarnado. El «Sí» de María ha dado a su Hijo la posibilidad de entrar a formar parte de la raza humana. Las Hijas de la Caridad, mediante su entrega total a Dios, imitan el «fiat» de María y colaboran con el proyecto salvador de Dios que se dirige preferentemente a los pobres.

La Visitación

María, después de acoger y entregarse al plan de Dios, se sintió impulsada a vi­sitar a Isabel. La entrega a Dios se hace servicio al prójimo necesitado. Para San Vicente, las Hijas de la Caridad son las verdaderas «visitandinas». Por eso tienen que realizar el servicio a los pobres con las mismas actitudes que tuvo María cuando vi­sitó a Isabel, esto es, para agradar a Dios, para servir a los pobres y por caridad.

La devoción mariana de San Vicente no es una pieza extraña al conjunto de elementos que integran su espiritualidad cristocéntrica y misionera. Cuando comu­nica a las Hijas de la Caridad su fe y experiencia sobre María lo hace en total conformidad con el «espíritu» y el «fin» de la Compañía. Hasta en esto se percibe el sentido práctico del fundador. En su devoción a María predomina más la imita­ción de sus virtudes que la alabanza. Las expresiones de la devoción de San Vicente a la Virgen son sencillas y populares: peregrina a santuarios marianos (a Buglose, descalzo, en 1623; a Chartres en 1629), ayuna la víspera de algunas fiestas de la Virgen, reza el rosario y el Ángelus… Pero su devoción no equivale a prácticas devocionales. A diferencia de muchos de los espirituales de su época, no es exuberante, más bien sobria y serena. Esto no equivale a decir que no sea un devoto sincero de María, ni tampoco que sea «un pariente pobre» de los grandes devotos de su tiempo. La devoción no se mide por la extensión de los escritos y la abundancia de prácticas devocionales sino por la intensidad del amor. En San Vicente, y a su ejemplo en la Compañía, la devoción mariana no es una pieza sobreañadida sino perfectamente encajada en los misterios de la Trinidad y de la Encarnación que constituyen los dos pilares de su espiritualidad.

La devoción a María en Santa Luisa

Los pasajes referentes a María en los escritos de Santa Luisa son más nume­rosos y extensos que en los de San Vicente. Pero aún así, tampoco Santa Luisa ha pasado a la historia de la Iglesia como figura destacada ni en la devoción mariana ni en la mariología. Y es que el centro de su vida espiritual, como para San Vicente, son los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, y desde ahí integran a María, si bien cada uno lo hace desde una óptica diferente. Además de las breves alusiones y aplicaciones prácticas que hace la fundadora a las Hermanas en die­ciocho de sus escritos y en treinta y tres cartas poniéndoles como ejemplo a María, se nos conservan ocho escritos que tratan expresamente sobre distintos misterios marianos, especialmente el de la Inmaculada Concepción, la Virginidad, la Mater­nidad divina y la colaboración en la redención. Esos escritos son fruto de algunas de sus meditaciones que después redactó.

Utiliza unos conceptos y un lenguaje similares a los de otros autores espirituales de su época. Son eminentemente teológicos y místicos. Ignoro si llegaron a cono­cerlos las Hermanas de aquel tiempo. En todo caso, creo que no influyeran en la configuración de la devoción mariana de la Compañía. De hecho, en esos escritos no hay alusiones a la misión de Compañía ni a la vida de las Hijas de la Caridad6. Algún autor opina que Santa Luisa enriqueció la espiritualidad vicenciana con tres aportaciones: el Espíritu Santo, el bautismo y la Virgen María y que lo hizo en perfecta armonía con la perspectiva vicenciana.

El misterio de María que Santa Luisa contempla con preferencia es el de la Inmaculada Concepción. En sus reflexiones de tono místico se remonta al misterio de la Santísima Trinidad a quien alaba y agradece «por la elección que hizo de María para estar tan estrechamente unida la divinidad». Contempla a María en su relación con las tres divinas Personas: «hija amada del Padre, Madre del Hijo y digna esposa del Espíritu Santo». Su Concepción Inmaculada es la causa de todas las demás prerrogativas con las que fue adornada y que hacen de María la obra maestra de la omnipotencia de Dios en la naturaleza humana.

En otro de sus escritos marianos, redactado casi al final de su vida, Santa Luisa contempla la grandeza de María como Madre del Hijo de Dios. Lo hace durante la misa, y relaciona esa maternidad con el sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo que se ofrece en el altar.

En otros escritos sobre María se percibe la condición de esposa y de madre desde la que la fundadora la contempla. Ve a María como modelo de los diferentes estados de vida: ejemplo para las vírgenes, para los matrimonios, para las viudas.

«Me parece imposible que la bondad de Dios le niegue nada (a María), pues no habiéndose apartado nunca de ella la divina mirada viéndola siempre según su cora­zón, hemos de creer que su divina voluntad está siempre dispuesta a concederle lo que le pida». Esta firme convicción de Santa Luisa respecto a la eficaz intercesión de María es lo que la impulsó a peregrinar a Chartres a mediados de octubre de 1644. Y a tan poderosa intercesión confió allí dos de sus preocupaciones: su hijo y la Com­pañía. Para ésta pidió, a quien proclamó Guardiana y única Madre de la Compañía, la pureza, la fidelidad y el amor de las Hermanas en la comunidad.

Pero las prácticas devocionales de Santa Luisa difieren de lo que se podría deducir de sus escritos. Si en estos nos muestra su formación doctrinal sólida y su alta contemplación de algunos misterios de María, sus expresiones de devoción son más bien populares: promesas, peregrinaciones, imágenes, cuadros, flores, rosa­rios, (uno para honrar con treinta y tres actos la humanidad del Hijo de Dios, y otro con nueve cuentas en memoria de los nueve meses que Cristo permaneció en el seno de su Madre). San Vicente luchó hasta que consiguió de su dirigida que el cumplimiento estricto de esas prácticas no la angustiasen ni la dejasen caer en la superstición y que, incluso con dolor, las abandonase. «En cuanto a esos treinta y tres actos a la Santa Humanidad y los demás, no se apure cuando falte a ellos. Dios es amor y quiere que vayamos a Él por amor. No se considere pues obligada a cumplir todos esos buenos propósitos».

Desde 1658, y por iniciativa de la fundadora, se conserva la práctica de renovar la consagración de la Compañía a María en la fiesta de la Inmaculada Concepción, a la que después se ha unido la del 1 de Enero, en la fiesta de María Madre de Dios, los dos misterios marianos preferidos por Santa Luisa.

El acto más dinamizador de la fidelidad de las Hijas de la Caridad es, sin duda, la renovación anual de los votos que realizan en la fiesta de la Anunciación. Así lo hizo y dispuso Santa Luisa en 1642. Es la expresión de su predilección por otro de los misterios de María: su colaboración en la Encarnación del Hijo de Dios.

La devoción mariana en las Hijas de la Caridad

La Compañía entera y cada una de las Hijas de la Caridad son las herederas del tesoro espiritual transmitido por sus fundadores. Una herencia espiritual a con­servar y a actualizar. La fidelidad al carisma de la Compañía implica fidelidad a la espiritualidad específica de los fundadores. Y la devoción a María es una dimensión integrante del conjunto de esa espiritualidad. Por eso, antes de tratar de la devoción mariana de las Hijas de la Caridad, era necesario exponer cómo fue la de San Vicente y la de Santa Luisa.

Todo lo dicho en la primera conferencia sobre la devoción mariana para todos los cristianos es aplicable a las Hijas de la Caridad que intentan ser, ante todo, «unas buenas cristianas». Pero también su devoción a María tendrá unos matices específi­cos que, en coherencia con su propio carisma, le proporcionan un colorido propio.

Los textos de las Constituciones referentes a María expresan la fidelidad diná­mica de la Compañía al pensamiento de los fundadores enriquecido con las nuevas enseñanzas de la Iglesia. Presentan a María como la Inmaculada Concepción, la humilde sierva del Señor y la Madre de Misericordia». Como «maestra de vida espiritual», las Hijas de la Caridad descubren y aprenden la virtud de la sencillez en el misterio de la Inmaculada Concepción, la humildad en el de la Anunciación, y la caridad en el de la Visitación. A ejemplo de María se ponen incondicionalmente en manos del Señor, para hacer de su vida un culto a Dios y del culto un compro­miso de vida con los pobres.

La devoción mariana de las Hijas de la Caridad deberá estar inspirada y sóli­damente cimentada en esos misterios de María, armónicamente integrada en el conjunto de la espiritualidad vicenciana y en coherencia con el espíritu y el fin que identifican a la Compañía en la Iglesia. Una devoción que se traduce en amor filial, en súplica confiada, en alabanza y agradecimiento. Las prácticas devocionales con que expresen lo que María significa en sus vidas pueden variar. San Vicente pre­fería la sobriedad a la exuberancia, la imitación a la admiración, la calidad a la cantidad. Las prácticas tradicionales del Rosario y el Ángelus lo eran también de los fundadores» y las recomiendan las Constituciones, dándoles un matiz especial: oración de los pobres y contemplación de la actitud servicial de María en el misterio de la salvación. Mediante la oración «Santísima Virgen» las Hijas de la Caridac sintonizan con la devoción mariana de Santa Luisa, pidiendo por intercesión de la Inmaculada Virgen María la fidelidad a la vocación y el espíritu de la Compañía. Y como la manera de expresar la devoción a María mediante determinadas prácticas guarda relación con las diferentes épocas y culturas, cabe también una «genuina actividad creadora» y una «revisión respetuosa.

Una re-lectura del mensaje de la rue du Bac en los comienzos del tercer milenio

Cuando se habla del mensaje de la rue du Bac, lógicamente se debe incluir en él toda la experiencia espiritual extraordinaria de la que Santa Catalina fue testigo y narró. Yo me voy a referir únicamente a dos momentos.

Los acontecimientos son signos a través de los cuales Dios nos habla. ¿Cómo re-leer ese mensaje a la luz de los acontecimientos actuales? No se trata de buscar en él la respuesta a todos los retos que nos lanza el milenio comenzado, pero sí de dejarnos interpelar, de escuchar y de tratar de responder a lo que nos pide la Iglesia en este tiempo.

Me voy a referir a las «líneas de acción» que el Papa ha propuesto a la Iglesia como prioridades a asumir en los comienzos del tercer milenio. Brevemente voy a resumir algunas de esas prioridades que señala Juan Pablo II en su carta «Novo Millennio Ineunte», y que bien podemos relacionar con otros tantos aspectos del mensaje de la Rue du Bac.

a) «Acercaos al pie de este altar; aquí las gracias serán concedidas particular­mente a las personas que las pidan»

Estas son las palabras que escuchó Santa Catalina durante el encuentro con la Virgen en la noche del 18 al 19 de julio de 1830.

Re-leer este mensaje a la luz de las prioridades señaladas por el Papa nos ayudará a redescubrir la centralidad de Cristo en la vida de todo cristiano, y de la oración como expresión de que el éxito de la misión apostólica depende más de Dios que de nuestros esfuerzos y programaciones.

El altar representa a Cristo. La invitación de la Virgen a «acercarnos a ese altar» conecta con la primera prioridad que señala el Papa. En efecto, todo el capítulo II de su carta es una invitación a contemplar los distintos rostros de Cristo (encarna­do, sufriente, resucitado) y a dar testimonio de Él porque «ante los desafíos de este tiempo no nos salvará una fórmula, sino una Persona (Cristo) y la certeza de que Él está siempre con nosotros». Y porque «los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo que les «ha­blen» de Cristo sino en cierto modo que se lo hagan «ver»».

«Acercaos al pie de este altar». Esta invitación de la Virgen resuena como un eco en otra prioridad que señala el Papa: la importancia de la Eucaristía «no como simple cumplimiento de un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente».

«Las gracias serán concedidas particularmente a quienes las pidan». Tal afirma­ción de la Virgen es una invitación a la oración de súplica confiada. Pues otra prioridad que señala el Papa para los cristianos del tercer milenio es «un renovado compromiso por la oración». Sin oración, los cristianos corremos el riesgo de un debilitamiento de la fe y de dar prioridad al «hacer» sobre el «ser», a los programas sobre la santidad.

b) «Sostenía en sus manos una bola que representaba la esfera terrestre».

Santa Catalina describe su visión de la segunda aparición de la Virgen —la que ha dado origen a la Medalla Milagrosa— resaltando dos actitudes de María: presen­tando con su manos a Dios el símbolo del mundo y derramando destellos de luz sobre la esfera en la que se apoyaban sus pies.

En conexión con esa frase de la vidente podemos enumerar otras «líneas de acción» que el Papa propone para el tercer milenio.

Varias de ellas guardan relación directa con vuestra identidad vicenciana, con la misión que tenéis en la Iglesia y en el mundo. Porque una circunstancia impor­tante del mensaje de la Rue du Bac es que quien lo percibió y transmitió fue una Hija de la Caridad.

Decir Hijas de la Caridad es sentirse remitidas radicalmente a los pobres, a la misión de ser en la Iglesia y en el mundo «apóstoles de la caridad». Tal es el rasgo principal de su identidad cristiano-vicenciana. ¿Será sólo algo accidental el que la Virgen compartiese con Santa Catalina, Hija de la Caridad, su dolor compasivo ante las desgracias que se avecinaban?

La cuarta parte de la carta del Papa se titula «Testigos del amor». Y comienza con estas palabras de Jesús: «en esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis los unos a los otros». Juan Pablo II, haciéndose eco de San Pablo, dice: «Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia en este nuevo siglo, pero si falta la caridad todo sería inútil». Ser testigos del amor al comienzo del tercer milenio y en las situaciones que vive la Iglesia y el mundo se concreta, según el Papa, en una «espiritualidad de comunión entre todos los miem­bros del único pueblo de Dios», en el empeño por el ecumenismo» y en el diálogo interreligioso30, en la pastoral familiar, vocacional y laical. No resulta extraño a todo esto la actitud de María ofreciendo a Dios el mundo entre sus manos y los rayos luminosos que descienden hasta la esfera de sus pies. Esas esferas y las doce estrellas son símbolos que expresan totalidad y unidad.

Dos afirmaciones del Papa tendrán que tener un eco especial en la Compañía: 1ª: «El siglo y el milenio que comienzan tendrán que demostrar todavía hasta qué grado puede llegar la caridad hacia los pobres». La fidelidad de la Iglesia y de las Hijas de la Caridad a Cristo se demuestra en la opción preferencial por los pobres y en una caridad operante tanto o más que en una fidelidad a la doctrina. 2ª: «La caridad re­quiere una mayor creatividad. Es la hora de una nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capaci­dad de hacerse cercanos y solidarios con quienes sufren, para que el gesto de ayuda sea percibido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno… La ca­ridad de las obras corrobora la caridad de las palabras».

Por poco conocimiento que tuviésemos de la doctrina vicenciana, seguro que en estas palabras del Papa nos han resonado las de San Vicente. Por ejemplo: la «creatividad» y la «imaginación de la caridad» no son sino el eco del «amor inven­tivo hasta el infinito»; «la limosna que no humille» nos evoca que «al ayudar a los pobres no hacemos caridad sino justicia»; «la caridad corroborada por las obras» nos remite al «amor afectivo que se hace efectivo en el servicio integral a los pobres». Como vemos, es el Papa quien nos está sugiriendo cómo hacer una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac.

El globo en manos de la Virgen significa el mundo. Los rayos de luz que se desprenden de sus manos abiertas simbolizan las gracias. He ahí representadas otras de las inquietudes y propuestas del Papa: promover en todo el mundo la «civilización del amor» y la «cultura de la solidaridad».

La Familia Vicenciana la formamos millones de miembros pertenecientes a las distintas ramas que integran ese gran árbol de la caridad. No es ningún sueño irrealizable intentar formar entre todos una red de caridad que envuelva el mundo entero. La unión en red ya iniciada por toda la Familia Vicenciana para contribuir a erradicar el hambre en el mundo es sólo una muestra concreta. Ante el desafío de la globalización de la economía —y lamentablemente de la pobreza— las Hijas de la Caridad con toda la Familia Vicenciana deben asumir el reto de colaborar en la globalización de la caridad. Los increíbles avances de la informática nos están posibilitando y llamando a «en-reclamos» en una corriente mundial de caridad crea­tiva en favor de los pobres.

A modo de conclusión

El P. Dodin opinaba que el impulso a la devoción mariana de la Compañía proveniente del mensaje de al Rue du Bac no se ha hecho en coherencia y continuidad con la devoción mariana de los fundadores ni con el fin de la Compañía. Yo no comparto esa opinión. Creo más bien que los acontecimientos de 1830 han sido como el agua de un afluente que ha aumentado y enriquecido el caudal del río. Y no pienso que ese afluente haya traído agua extraña y menos aún sustancias contaminantes. Pero si fuese cierta la opinión del P. Dodin, una re-lectura del mensaje de la Rue du Bac a la luz de las prioridades que señala el Papa para el comienzo del tercer milenio nos llevaría a purificar el agua, a corregir esos desvíos y a volver a conectar con la devoción mariana de la Com­pañía, con el espíritu y el fin que deben animarla. Y si para ello hay que hacer una re-lectura de la Medalla desde los pobres, fue San Vicente el que recomen­daba a las Hijas de la Caridad «dar la vuelta la medalla».

Tampoco comparto la opinión frecuentemente repetida de que los acontecimien­tos extraordinarios ocurridos en la capilla de la Rue du Bac y que tuvieron como testigo a la Hija de la Caridad Catalina Labouré se los considere como un premio o reconocimiento a la devoción mariana de los fundadores heredada y cultivada en la Compañía. Hemos afirmado antes que en la historia de la Iglesia ha habido otros santos y otras congregaciones más marcadamente significativas en la de­voción mariana. Creo más bien que esos acontecimientos son una gracia, y como tal, gratuita. Un regalo para acogerlo con agradecimiento y para cultivarlo y ha­cerlo fructificar en la Iglesia, entre los pobres. La carta del Papa nos ha señalado unas «líneas de acción» que nos ayudan a actualizar el mensaje re-leyéndolo a la luz de los retos que nos lanza el tercer milenio. La dirección que señala el Papa está en sintonía con el espíritu vicenciano y con el fin de la Compañía.

Jean Guitton, en el primer capítulo de su libro sobre la Rue du Bac se entretiene en describir el «barrio místico» en el que está situada «esa capilla llena de misterio», ese «lugar de silencio» que es como «una gruta situada en el corazón de París».

Vale la pena resumir las impresiones que experimentó J. Guitton al visitar la capilla. De ese lugar —dice— se desprende un perfume espiritual que sólo pue­den captarlo quienes están acostumbrados a la meditación. En ese recinto con­sagrado a la fe y al amor deben existir una especie de fuerzas invisibles que arrastran insensiblemente a miles de peregrinos. Unos acuden en grupo y se percibe que es una comunidad católica en estado de oración. Pero en su gran mayoría llegan individualmente como si no se quisiera dejar huella. Esas perso­nas son como flores que se abren y se expansionan. Y, lo mismo que las flores de un jardín parecen ignorarse la una a la otra, también aquí los peregrinos no se hablan, parecen yuxtapuestos por el azar. Se podría pensar en una sala de oraciones perdidas. Es la oración en estado puro, el silencio dentro del silencio, la oración constante, imploración más que oración. Aunque no se oiga ningún ruido, parece que el silencio de la capilla está tejido con hilos de súplica confiada, de agradecimiento, de interrogantes, de angustias, de problemas insolubles, de situaciones que no tienen salida. Parecería que la Virgen tiene estos hilos en sus manos. Como si cada peregrino, después de haber volcado en esas manos de la Madre todas las intenciones que traía, se abandonase a decir: Haced lo que vos queráis; vos sabéis mejor que yo lo que va bien o mal. Parece extraño que el Espíritu sea caprichoso, que sople en tal sitio y no en otro. ¿Por qué sopla en la capilla de la Medalla Milagrosa, en el 140 de la Rue du Bac? No hay respuesta. Sólo sabemos que ha elegido este lugar. Y lo ha elegido para siempre porque el Espíritu carece de arrepentimiento.

Lo que J. Guitton no advirtió u omitió es la presencia activa y callada de tantas Hijas de la Caridad que están colaborando a que la capilla sea ese lugar que él ha descrito en uno de sus aspectos. Es eso y mucho más. Desde el oficio que tengo confiado actualmente quiero expresar mi reconocimiento agradecido a to­das las Hermanas, cohermanos lazaristas y laicos que, además de cuidar ese silencio, presiden las celebraciones eucarísticas, penitenciales o devocionales, evangelizan, catequizan, acogen, escuchan y orientan ….La capilla es un lugar de misión continua a un pueblo característico, formado por millares de habitantes de paso. Un pueblo de pobres en su gran mayoría, de esos pobres y pequeños del evangelio que ponen su confianza en Dios. Esa «misión a los peregrinos» está en total sintonía con el fin de las dos Compañías. El equipo que anima la pastoral de la capilla es una muestra de lo mucho que es posible realizar con la estrecha colaboración de toda la familia vicenciana. El mensaje de la Rue du Bac es una gracia inmerecida, puro don de Dios a una Hija de la Caridad llamada Catalina Labouré. Y ante esa gracia no cabe sino el agradecimiento y la responsabilidad de conservar y acrecentar el regalo de Dios en y por María.

Y lo admirable es también que, diseminadas a lo largo y ancho de los cinco continentes, existen miles de parroquias y capillas donde, como rayos despren­didos de las manos de la Virgen de la Rue du Bac, se evangeliza y sirve a los pobres. Vaya para todos mi agradecimiento. Estoy convencido, y ellas y ellos también, que fomentando la auténtica devoción mariana y la caridad se está colaborando a saciar el hambre de la Palabra de Dios y de pan que experimentan los pobres.

En la solemnidad de la Anunciación del año 2002 la Compañía entera renueva los votos como signo de entrega a Dios para servir a los pobres. Que el «Sí» de este año incluya también un nuevo impulso a la auténtica devoción a María en sintonía con la vocación vicenciana. Y es que, como afirmó hace ya veinte años Madre Rogé, «así como la Iglesia no puede concebirse sin María, tampoco la Compañía. Ella es «la única Madre» desde su fundación por deseo de Santa Luisa y San Vicente. Una Hija de la Caridad que descuida la oración a María, que no hace referencia a la vida de la Virgen María sierva humilde del Señor se está desviando de su vocación». Mi intención al decidirme por estos temas no ha sido principalmente clarificar algunos conceptos sobre la devoción mariana sino impulsar el amor a la que invocamos como única Madre de la Compañía. Y, tratándose de una madre, es comprensible que el corazón prevalezca sobre las ideas.

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