La Compañía de las Hijas de la Caridad, Sociedad de vida apostólica (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Miguel PÉREZ FLORES, · Fuente: Ecos 1997.
Tiempo de lectura estimado: 18 minutos

Observaciones previas

Permítanme que les exponga algunas observaciones que pueden clarificar nuestra situación ante lo que el Derecho canónico dispone sobre las Sociedades de Vida Apostólica. Considero conveniente tenerlo en cuenta para comprender mejor lo que voy a exponer y para salir al encuentro de algunas posibles dificul­tades.

1)       Se trata de una cuestión canónica, aunque en el fondo de la misma estén elementos propios del carisma. El carisma siempre va más allá de las disposicio­nes canónicas. El que sea un planteamiento canónico no es quitar importancia al tema.

2)       Bajo el título de Sociedades de Vida Apostólica, el Derecho canónico ha querido agrupar a una serie de Comunidades que coinciden en las características fundamentales. Según el Anuario Pontificio de 1996, actualmente existen 27 mas­culinas y nueve femeninas.

3)   El que coincidan en las características fundamentales no quiere decir que no se diferencien en otros muchos elementos muy importantes, por ejemplo, el com­promiso de vivir los consejos evangélicos. Unas Sociedades Apostólicas asumen dicho compromiso de una manera expresa y otras no. Unas se comprometen mediante voto, como son las dos Comunidades Vicencianas: Sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad, y otras mediante otro vínculo: v.g., la promesa, como es el caso de los Palotinos.

4)   Hay que reconocer que las Sociedades de Vida Apostólica llevan consigo elementos que también tienen otros grupos eclesiales, como son los Institutos de Vida Consagrada y los Institutos Seculares. El canon 731 § 1 reconoce esa seme­janza,      se asemejan   , dice el canon. Personalmente creo que sólo es una constatación, sin valor canónico especial.

5)    Esta coincidencia hace que, con frecuencia muchas leyes canónicas se apli­quen por igual a los Institutos de Vida Consagrada y a las Sociedades de Vida Apostólica. La razón es que los contenidos de esas leyes sirven tanto a los Institutos de Vida Consagrada como a las Sociedades de Vida Apostólica. Por ejem­plo, el proceso que se debe seguir cuando se trata de expulsar a un miembro del Instituto.

6)    El que estas leyes comunes a los Institutos de Vida Consagrada y a las Sociedades de Vida Apostólica se encuentren ordinariamente, no siempre, en la parte del Código de Derecho canónico en la que se legisla sobre los Institutos de Vida Consagrada, no quiere decir que sean leyes propias de los religiosos que se aplican a otras instituciones no religiosas con ánimo de “religiosizarlas”. Es debi­do a razones diversas:

a)   Históricas: históricamente son primero los Institutos de Vida Consagrada;

b)   Doctrinales: la importancia dada a los consejos evangélicos sobre otros valo­res también evangélicos;

c)    De técnica canónica: la técnica ha exigido poner dichas leyes en un lugar mejor que en otro.

7)    No podemos negar que ha habido épocas en que ha estado vigente la ten­dencia “religiosizante”. Hoy, en cambio, no podemos pensar que el gobierno de la Iglesia atribuya al legislador la voluntad de dar prioridad a unos Institutos sobre otros. El criterio del legislador es respetar la identidad de cada Instituto.

8)    Desgraciadamente, la identidad de las Sociedades de Vida Apostólica no es muy conocida por muchos obispos y por muchos canonistas. Pase que el pueblo cristiano, que tiende a dar un valor universal a los signos externos: hábito, casas, estilo de trabajo y de vida, englobe a todos en términos generales, como el de religiosos y religiosas, el de frailes y monjas.

9)   Hay que tener en cuenta que a las hoy llamadas Sociedades de Vida Apos­tólica les ha costado mucho encontrar un lugar adecuado dentro del Derecho canónico. De ahí las dificultades de aceptar ciertas normas comunes, el temor de “religiosizarse”, el temor de estar sometidas a leyes que no les permitía vivir plenamente el carisma propio. Esto fue un temor claro en san Vicente.

Todo esto nos obliga a tener ideas claras sobre la identidad canónica de las Sociedades de Vida Apostólica, conocer la amplitud de sus leyes y la relación con el derecho propio o las propias Constituciones.

 

Un poco de historia

No voy a ser prolijo en la historia canónica de las Sociedades de Vida Apos­tólica. Me centraré en la historia de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Cuando san Vicente fundó a las Hermanas, el Derecho canónico prácticamente tenía en cuenta sólo a las religiosas de votos solemnes y de clausura. El Papa san Pío V fue intransigente con las comunidades femeninas que no se consideraban religiosas. En la Constitución Circa Pastoralis del 29 de diciembre de 1566 un siglo antes de la fundación de las Hijas de la Caridad mandó que todas las comunidades femeninas hicieran votos solemnes y se enclaustrasen.

Los historiadores reconocen que las disposiciones de san Pío V no tuvieron pleno efecto. Por una parte, los Pontífices siguientes continuaron apoyando a las religiosas de votos solemnes y de clausura, pero comenzaron a tolerar la existen­cia de otras comunidades de mujeres sin votos solemnes y sin clausura, pero sin llegar a formular un cuadro jurídico con suficiente solidez y claridad. La tolerancia llevaba un precio: depender de los obispos. A estas comunidades de mujeres sin votos y sin clausura, no les quedaba más remedio que contentarse con unos marcos canónicamente poco importantes, como era la cofradía, la unión piadosa, evitando toda forma exterior de religiosas que les impidiera dedicarse libremente a las obras apostólicas propias del Instituto. De hecho, esta falta de configuración canónica permitió a los Fundadores moverse con libertad. Santa Luisa, en dos cartas a san Vicente, se lamenta de que algunas Hermanas sientan repugnancia por el nombre de cofradía que, por otra parte, era necesario para mantener la propia identidad y no convertirse en religiosas. En este período de tolerancia, las Hijas de la Caridad aparecen como una comunidad de mujeres seculares, con unas normas propias, las necesarias para la convivencia y para lograr el fin de la comunidad.

Si examinamos los primeros estatutos de la Compañía, las primeras reglas explicadas por san Vicente, la petición de la aprobación pontificia de la Compañía por la Superiora General, Oficialas y Hermanas en 1688 y las llamadas Reglas Comunes aprobadas por el P. Almeras en 1672, percibimos, por una parte, que abundan las exhortaciones espirituales, que el armazón canónico es sencillo, casi lo imprescindible, y por otra parte, nos damos cuenta de cómo se han introducido como normas de vida para las Hijas de la Caridad, prácticas tomadas de la vida de las religiosas. Los Fundadores solamente se fijaron si servían o no para dar vigor espiritual y apostólico a la naciente Compañía, sin preocuparse de dónde procedían.

Las Hermanas pidieron al Papa Clemente X que aprobara la Compañía con la siguiente fórmula: que (las Hermanas) habiendo sido establecidas en su género de vida por el llamado Vicente de Paúl, Fundador y Superior General de la Con­gregación de la Misión, y que habiendo resuelto por inspiración divina vivir juntas en comunidad, sin abandonar, sin embargo, el vestido secular, se han consagrado y dedicado al servicio y alivio de los pobres enfermos, tanto en los hospitales de las ciudades como de otros lugares, y a todas las demás obras de caridad y de humildad. Y han hecho aprobar y confirmar en la debida forma su Comunidad o Congregación por la autoridad del rey y del ordinario, que era por entonces el Eminentísimo y Reverendísimo señor Juan Francisco de Gondy, Cardenal de Retz, Arzobispo de París, el cual, incluso, las hizo y dio para que las observasen, algunas Constituciones…”

El Papa Clemente X aprobó la Compañía en 1668, mediante su delegado el Cardenal Vendome, de la siguiente manera: “Aprobamos y confirmamos con la autoridad apostólica de la que estamos revestidos a este efecto, la dicha Comu­nidad o Congregación, su Noviciado y sus constituciones, tanto las del citado Fundador, Vicente de Paúl, como las que han sido hechas y aprobadas por el citado Cardenal (de París) siempre que, sin embargo, sean honestas y lícitas y que no contengan nada contrario a los sagrados Cánones y los decretos del Concilio de Trento”.

Esta situación y esta primera normativa de la Compañía continuaron con algu­nos retoques. El Padre Bonnet, en 1718, adaptó la normativa tradicional a la situación de la Compañía. En el año siguiente, la Compañía contaba con 300 ca­sas y 1.600 Hermanas. Entonces, se pensó en crear provincias, en establecer normas para las visitas regulares, para la celebración de las asambleas, para hacer bien las visitas canónicas y en redactar reglamentos para las obras. El Padre Bonnet no se olvidó de fomentar el rigor espiritual mediante los ejercicios espirituales, el estudio y aprendizaje del catecismo y la preocupación por una recta administración de los bienes materiales.

Toda esta actividad no preocupaba a la Curia Romana, ni a los obispos, ni a los canonistas, porque tenían un carácter pastoral interno y, además, daba como resultado una comunidad de mujeres, no religiosas, pero de vida espiritual fuerte y pastoralmente eficaz. La Compañía se gobernaba mediante las propias normas y las consignas que oportunamente daban los propios Superiores.

No es cuestión de meternos en los avatares que durante todo el siglo xvii fueron protagonistas las comunidades de mujeres sin votos solemnes. La Com­pañía de las Hijas de la Caridad se mantenía al margen, seguía, valga la expre­sión, su propio camino, pero demostrando al mundo la existencia de una comu­nidad viva espiritual y apostólicamente. Este vigor espiritual y apostólico es el que daba fundamento a los Romanos Pontífices para responder a los obispos que querían entrometerse en la marcha interna de la comunidad, a que la dejaran en paz, con sus propias normas y bajo la guía de los propios Superiores.

En el amplio espacio de tiempo que va desde la aprobación pontificia de la Compañía, 1688, hasta la aprobación de las Constituciones actuales, 1983, han sucedido algunos acontecimientos que han afectado a la situación canónica de la Compañía, para adaptarlas a los criterios del Vaticano II.

Hoy tenemos, por una parte, el Derecho canónico con la legislación pertinente a las Sociedades de Vida Apostólica6, y por otra, las constituciones actualizadas. Ahora, toca a la Compañía a que se empeñe en conocerlas en profundidad y sacar las consecuencias correspondientes en todos los aspectos: apostólicos, comunitarios, gobierno, formación, administración. Las Constituciones deben ser un libro vivo, y para mantenerlas vivas necesitan adaptarlas, quizá, suprimir alguna de ellas, completarlas, etc.

 

Elementos esenciales de las Sociedades de Vida Apostólica

Los elementos esenciales de las Sociedades de Vida Apostólica, según el Código de Derecho canónico actual, son los siguientes: 1.° El fin apostólico. 2.° La vida en común. 3.° Tender a la perfección de la caridad mediante la observancia de las Constituciones.

 

1. Fin apostólico

El canon 731 § 1, dice: “A los institutos de Vida Consagrada se asemejan las Sociedades de Vida Apostólica… cuyos miembros buscan el fin apostólico”.

El fin apostólico es, por tanto, el primer elemento esencial de las Sociedades de Vida Apostólica. La razón por la que las Sociedades de Vida Apostólica nacie­ron fue una exigencia apostólica. La razón por la que la Iglesia aprobó dichas Sociedades fue responder a una necesidad pastoral, es decir, por un fin apostó­lico. La razón de ser hoy de las Sociedades Apostólicas es el fin apostólico. En una palabra, las Sociedades de Vida Apostólica giran en torno al fin por el que nacieron, por el que justifican su presente y su futuro en la Iglesia. El fin es el punto de referencia para legitimar y ordenar todo lo que se refiere a la Compañía. El fin es el que orienta en los momentos de discernimiento sobre lo que hay que conservar, crear, actualizar o abandonar. El fin debe ser, por una parte, la luz que ilumina el quehacer de las Sociedades de Vida Apostólica, y por otra, el estímulo que las mueve a vivir plenamente el carisma. El fin apostólico de dichas Socieda­des debe ser como el grito que continuamente interpela la conciencia de las Sociedades de Vida Apostólica.

Durante la historia de la Compañía, nunca ha habido duda alguna sobre el fin de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Siempre ha sido evidente la razón de su existencia. Nunca las Hijas de la Caridad han tenido que preguntarse la razón por la que san Vicente las fundó. No todas las comunidades han tenido esta suerte. Si la historia del origen del carisma de la Compañía es bien conocida, las formulaciones del fin, sin embargo, han sido diversas, pero coincidentes en lo sustancial.

1)        Las Reglas Comunes, explicadas por san Vicente, dicen: “Recordarán a menudo que el fin principal por el cual Dios las ha llamado y reunido es para honrar a nuestro Señor, su patrón, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres… para ser dignas de una ocupación tan santa y de un patrón tan perfecto deben tratar de vivir santamente y trabajar solícitamente en la propia perfección. Por esto, harán todo lo posible para poner en práctica las presentes Reglas, que son otros tantos medios para conseguirlo.

2)        En las Reglas Comunes, las más conocidas por ustedes, las aprobadas por el P. Almerás a petición de las Hermanas, se expone otra fórmula: El fin principal para que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor, fuente y modelo de toda caridad, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres… Por lo tanto, para que puedan responder dignamente a tan santa vocación e imitar un modelo tan perfecto, procurarán vivir santamente y trabajar con todo cuidado en adquirir su propia perfección, uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad cristiana, que ejercitarán con los pobres conforme a las Reglas siguientes, las que procurarán practicar con fidelidad, como medios más a propósito para conseguir el fin.

3)      Dando un salto en el tiempo, las Constituciones de 1954 distinguen entre fin general y especial:

a)        El fin general de la Compañía es el de procurar la gloria de Dios, la santificación de sus miembros, la práctica de los consejos evangélicos y de las virtudes cristianas, el ejercicio del apostolado y la observancia de las Constituciones, así como las Reglas a ellas anejas.

b)        El fin especial: es el de honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres…

4)        Las Constituciones actuales ofrecen otra cuarta formulación: “Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consa­gran por entero… al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad”.

Es fácil ver la coincidencia: honrar a nuestro Señor sirviendo a Cristo en los pobres. Nos podemos preguntar por la razón de las diferencias: ¿por qué se ve a Cristo, primero como patrón y después como manantial y modelo de toda caridad? ¿Por qué las referencias a la búsqueda de la perfección y a la armonía entre el ejercicio interior de vida espiritual y el exterior de caridad? ¿Por qué unas veces se distingue entre fin general y especial? ¿Por qué unas veces se mencio­nan expresamente las virtudes de la sencillez, humildad y caridad y otras se habla de las virtudes en general? ¿Por qué en una formulación se alude a los pobres como hermanos y en las demás formulaciones sólo se alude al pobre en general? ¿Por qué el fin se contempla a la luz de la vocación cristiana y de la respuesta- consagración a la llamada de Dios y en otros no? No voy a responder a todas esas preguntas. Solamente diré dos cosas: que la diversidad responde a momentos distintos de sensibilidad espiritual y apostólica de la Compañía, y que es un ejemplo aleccionador de lo que debe hacer la Compañía cuando reflexiona sobre su identidad: ahondar en el sentido del fin, doctrinal y apostólicamente, actualizar su contenido y sus expresiones. La diversidad de las formulaciones del fin son un signo de que la Compañía ha sido y es una realidad viva.

Una mirada a las Constituciones nos permite ver cómo el fin de la Compañía está presente en ellas. Es como un hilo que da color a todo el tejido constitucional. Las Constituciones 7-9 llevan como título: Para el servicio de los pobres, de todos los pobres y en todas partes. La C. 2,1 afirma expresamente que la Hija de la Caridad encuentra la unidad de su vida en la finalidad. La consagración y la práctica de los consejos evangélicos reciben del servicio el carácter específico. El servicio a Cristo en los pobres es la trama de toda la vida de la Hija de la Caridad (C. 2,9). Del servicio a los pobres se nutre la contemplación de las Hijas de la Caridad (C. 2,14). La vida fraterna en común es con miras al servicio (C. 2,17). La formación tiene como finalidad capacitar a la Hermana para que sea sierva de Cristo en los pobres. El gobierno de la Compañía no tiene otra finalidad que llevar a cabo el fin de la Compañía (3,24). Las Asambleas tienen como función evaluar y promover la fidelidad al carisma propio y la vitalidad apostólica (C. 3,47).

En cuanto a la administración, el primer párrafo de la C. 3,52 dice: “La Compañía
de las Hijas de la Caridad que tiene como fin el servicio de Cristo en los pobres,
usa los bienes materiales con miras a esta misión”.

Supuesta la presencia del fin de la Compañía en todo tramado normativo, lo más importante es el criterio operativo que lo acompaña y que nunca se debe olvidar. La C. 1,3: “Las Hijas de la Caridad que se esfuerzan por beber en sus fuentes las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores, para responder, con fidelidad y disponibilidad, siempre renovadas, a las necesidades de su tiempo”. Esta Constitución es una clara llamada a la renovación vista como creatividad, adaptación, inculturación. La fidelidad y la disponibilidad deben responder a las exigencias del evangelio, de los signos de los tiempos, de las llamadas de la Iglesia, teniendo presente el servicio a los pobres.

 

2. Vida fraterna en común

El segundo elemento esencial de las Sociedades de Vida Apostólica es la vida fraterna en común. En el canon 731 § 1, leemos: “…y llevando una vida fraterna en común, según el propio modo de vida”. Coincide con lo que dicen las Reglas: “Llamadas y reunidas”, o como lo que dice la C. 1,6: “Los Fundadores vieron en la vida fraterna uno de los apoyos esenciales de la vocación de las Hijas de la Caridad. Esa vida común y fraterna se desarrolla en la comunidad local…”

Si es claro el fin de la Compañía y la fidelidad de la Compañía al mismo, también es claro que los Fundadores, san Vicente y santa Luisa, quisieron que las Hijas de la Caridad vivieran fraternalmente en común. La fundación de la Compa­ñía se empieza a contar desde el momento en que las Hermanas, bajo los cuida­dos de santa Luisa, empezaron a vivir en común. Desde entonces, la vida en común de las Hijas de la Caridad ha sido el modo ordinario de vivir. Si algunas veces no han vivido en común ha sido por dificultades externas: guerras, situacio­nes políticas, situaciones de emergencia, etc.

Permítanme que les recuerde lo que ya saben:

1)   La Comunidad está al servicio del fin de la Compañía: honrar a Cristo sirvién­dolo en los pobres. Este aspecto funcional de la comunidad no quiere decir que la comunidad sea mero medio de trabajo. No se trata de una comunidad solamen­te de trabajo. Este modo ordinario de vivir es una verdadera comunión de vida ordenada a un mejor servicio a Cristo en los pobres.

2)   El fin de servir a Cristo en la persona de los pobres será más significativo cuanto mejor funcione la vida fraterna en común. Los fallos de la vida fraterna en común afectan sin duda alguna, a las cualidades del servicio que debe ser comu­nitario, testimonial, santificador. Los estudios sobre la calidad de la vida común en las Sociedades de Vida Apostólica señalan los siguientes posibles fallos: vida relacional poco densa, poca ayuda en las dificultades serias, superficialidad en la intercomunicación, se comparte poco la vida de fe y se cae fácilmente en el individualismo y en el activismo exigido a veces, por las muchas responsabilida­des apostólicas.

3)   Las dificultades vienen de que no se armonizan bien la organización de la vida en común con las exigencias del servicio. Es cuestion de un discernimiento serio que, después, quede bien plasmado en el proyecto comunitario local.

El canon 731 dice también que la vida fraterna en común debe ser conforme a la propia índole. ¿Qué significa esto? Significa que los criterios para formar la co­munidad y vivir la fraternidad en las Sociedades de Vida Apostólica han de ser, ciertamente, los evangélicos, lo que exija el fin, teniendo en cuenta la propia tradi­ción, lo que dicte el espíritu. Es posible que en estas Sociedades de Vida Apostó­lica se den dos tendencias. Una se puede calificar de conventual, es decir, pone el acento en los aspectos conventuales, como pueden ser el orden, el recogimien­to, una cierta clausura de la casa. En otras, se da la tendencia que yo califico de secularizante, es decir, más abiertas al mundo, más flexibles en el orden y hora­rios, más abiertas a lo que sucede en el mundo. Más adelante, les hablaré de la secularidad de la Compañía. Allí, trataré con más amplitud este aspecto de la secu­laridad. El estilo de vida es, sin duda, uno de los reflejos de la “secularidad” y de la posible “conventualidad” de las Sociedades de Vida Apostólica.

El Derecho canónico señala en el canon 602 que la vida fraterna en común de las Sociedades de Vida Apostólica debe ser: “propia de cada instituto, vivir unidos como los miembros de una familia peculiar en Cristo, debe determinarse de manera que sea para todos los miembros una ayuda mutua en el cumplimiento de la propia vocación personal. Por la unión fraterna, enraizada y fundamentada en la caridad, los miembros han de ser ejemplo de la reconciliación universal en Cristo”. Si a la luz de esta disposición de la Iglesia leemos y reflexionamos lo que las Constituciones contienen sobre la vida fraterna en común, podemos decir con toda seguridad que el contenido de las Constituciones (1,6 y 2,17-2,20) es un comentario que no sólo recoge lo que pide la Iglesia en el canon 602, sino que lo comenta amplia y sobreabundantemente.

Lo mismo hay que decir acerca de cómo construir la comunidad local. En el canon 619 se dice: “Los Superiores… en unión con los miembros que se le en­comiendan, deben procurar edificar una comunidad fraterna en Cristo, en la cual, por encima de todo, se busque y se ame a Dios. Nutran por tanto a los miembros con el alimento frecuente de la palabra de Dios e indúzcanlos a la celebración de la sagrada liturgia…” Lean a continuación lo que exponen las Constituciones 2,17-2,22 y se darán cuenta cómo las orientaciones de la Compa­ñía superan con creces lo que se dispone por ley común.

Finalmente, me parece conveniente recordarles que una de las grandes pre­ocupaciones de la Iglesia es la vida de las comunidades eclesiales: la vida frater­na en común de los religiosos —cuando la tienen— y la vida fraterna en común en las Sociedades de Vida Apostólica. Me limito a citar unas ideas recogidas del Documento postsinodal Vida Consagrada, que se aplica a las Sociedades de Vida Apostólica, teniendo en cuenta el propio espíritu, la propia índole.

—    La vida fraterna entendida como compartida en el amor, es signo elocuente de la comunión eclesial…

—    En las Sociedades de Vida Apostólica, la vida fraterna en común adquiere un peculiar significado…

—    No hay unidad sin el amor recíproco incondicional, que exige disponibilidad sin reservas para el servicio…

—    Prontitud de acoger al otro sin juzgarlo…

—    Capacidad de perdonarlo hasta setenta veces siete…

—    Exigencia de ponerlo todo en común: bienes materiales y espirituales, talentos e inspiraciones, ideales apostólicos y servicios de caridad.

—    La vida fraterna en común antes de ser instrumento de una determinada misión es espacio teologal en que se experimenta la presencia mística del Señor resu­citado.

Esta idea de que la vida fraterna en común, antes de ser instrumento de una determinada misión, debe ser lugar teológico, donde se experimente la presencia mística del Señor, adquiere especial importancia para las Sociedades de Vida Apostólica. La pregunta que yo hago es está: ¿Hay oposición entre lo que dice Juan Pablo II y lo que ha enseñado san Vicente? Creo que no, porque la prioridad de la misión no quita la densidad espiritual de la vida fraterna en común, antes al contrario, la exige, si se desea que la actividad sea verdadera honra a Cristo sirviéndolo en los pobres.

El Magisterio de la Iglesia también se ha dirigido a las Sociedades de Vida Apostólica con el documento la Vida fraterna en comunidad, publicado el 2 de febrero de 1994. Hay una preocupación por el modo de vivir la vida fraterna en común: Ha sufrido muchas transformaciones con respecto al pasado, asegura el documento. Tales transformaciones, así como las esperanzas y las desilusiones que han acompañado y siguen acompañando este proceso, requieren una re­flexión a la luz del Vaticano II. Se han logrado efectos positivos, pero otros son más discutibles. Llega a decir este documento que, en algunos lugares, parece que la vida fraterna en común ha perdido relevancia, y que ya no es un ideal que se desea perseguir. De todas maneras, es cierto que hoy la vida fraterna en común es uno de los aspectos que más hay que cuidar. El vigor del fin apostólico de las Comunidades de Vida Apostólica depende, en gran medida, de cómo se viva en comunidad.

 

3. Aspiración a la perfección de la caridad por la observancia de las Constituciones

Es el tercer y último elemento esencial que, según el canon 731, debe existir en todas las Sociedades de Vida Apostólica: la aspiración a la perfección de la caridad mediante la observancia de las Constituciones. La aspiración a la perfec­ción de la caridad es propia de todo cristiano. No voy a insistir en ello porque es de todos conocido. Interesa más reflexionar sobre el valor de las Constituciones como medio de caminar seguros hacia la perfección de la caridad, hacia la san­tidad. ¿Valen o no valen? Recordemos lo que dijeron el P. McCullen y la Madre Rogé al presentar las Constituciones actuales: “En estas “Reglas de vida” (las Constituciones) encontramos el proyecto del Señor sobre nuestra familia espiritual. Al recibirlo como tal, desde el fondo del corazón y viendo en él como un compen­dio del evangelio, acomodado al uso que nos es más adecuado para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios, damos gracias a Dios por esos 350 años de existencia de la Compañía, y por la llamada que se nos dirigió para vivir en ella, la plenitud de nuestro bautismo”.

Más adelante, leemos: Por consiguiente, estas Constituciones “no son el fruto del espíritu humano, sino del espíritu de Dios del que procede todo lo bueno, y sin el cual somos incapaces de producir por nosotros mismos el menor pensa­miento útil”. Y añaden: “Si san Vicente escribiera esta carta repetiría las palabras que dirigió a los Misioneros cuando les entregó las Reglas Comunes, y santa Luisa no hubiera hablado de otro modo: Creo que recuerdan ustedes la promesa que hizo nuestro muy honorable Padre a este respecto cuando, en una conferencia, nos dijo que si guardamos nuestras Reglas, ellas nos guardarán… Ya ven ustedes qué medio poderoso tenemos en nuestras manos. Ruego a nuestro Señor nos conceda la gracia de hacer buen uso de él” (20 de septiembre de 1658).

La validez de las Constituciones para que sean buen camino hacia el logro de la perfección de la caridad está en su contenido. En el tejido constitucional hay que distinguir dos grupos de Constituciones: Unas, eminentemente evangélicas, teológicas, espirituales, a veces, en grado muy considerable, muy vecinas a la utopía del evangelio. La C. 1,7 es una de ellas. Otro ejemplo son las Constitucio­nes 2,2 y 2,3. Otras Constituciones son, en cambio, de un orden más bien canó­nico, tales son, por ejemplo, las que se refieren al modo y estilo de gobernar, a la organización de la Compañía, etc. Si las primeras gozan de la perennidad del Evangelio, estas segundas no gozan de esa perennidad, son coyunturales, hechas en un momento determinado de la vida de la comunidad, de la Iglesia, por per­sonas sensibilizadas con los valores evangélicos, espirituales, apostólicos de un tiempo determinado, quizá influidas más por una cultura determinada que por otras, presentes, sin embargo, en el ámbito de la Compañía.

Pablo VI habló en cierta ocasión de cómo la Iglesia estaba sujeta a las leyes de la historia: leyes de vida y de muerte, de desgaste y de recuperación, de decaimiento y de entusiasmo, de acomodación o de ilusión, y a las leyes de la gracia y de pecado, de fidelidad e infidelidad. Lo mismo se puede decir de la Compañía inserta en la Iglesia, unida a su misterio y participante en su misión salvífica, según el propio carisma. Pues bien, estas leyes son las que pueden inspirar a la Compañía nuevas formulaciones, a eliminar ciertos contenidos, a añadir otros, a interpretarlos prácticamente de manera distinta. No obstante, las prudentes cautelas que se establecen en la C. 3,60, de que las Constituciones no pueden ser modificadas nada más que por la Santa Sede y a petición de dos tercios de la Asamblea General, de hecho se pueden cambiar, si se considera conveniente para que las mismas Constituciones cumplan la finalidad que tienen, bien para cada uno de sus miembros, bien para la marcha general de la Com­pañía.

Creo que con lo que les he dicho se puede saber qué es lo que queremos significar cuando decimos que la Compañía es una Sociedad de Vida Apostólica, como se afirma en la C. 1,13: “La Compañía de las Hijas de la Caridad es una Sociedad de Vida Apostólica en comunidad”.

 

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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