La catedral de Los Angeles ha cumplido cien años. Con este motivo se celebró una solemne misa presidida por el Delegado Apostólico Jadot. Es digno de recordarse este acontecimiento del Centenario, pues sus orígenes son completamente hispanos y vicencianos.
Por aquel entonces —en los tiempos de la construcción de la catedral— era Obispo de la recién inaugurada diócesis de Los Angeles, un gran prelado español (era de San Miguel de Mar) y vicenciano, Tadeo Amat, C.M. El edificio que quiso Amat fuera como una réplica de la iglesia de su pueblo, conserva, en parte, mucho de su primitiva estructura, aun cuando ha sido bastante modificado por los subsiguientes obispos de la diócesis atendiendo a las necesidades y gustos de los tiempos durante estos cien años de existencia.
Al pensar Amat en construir su catedral para la nueva diócesis de Los Angeles, adquirió una propiedad por la que corría un pequeño arroyo, en agosto de 1858. Se puso entonces el grito en el cielo: «A quién se le ocurre construir una catedral tan lejos gritaron los angelinos de aquel tiempo. (Realmente habrá como medio kilómetro del Ayuntamiento que es el centro de la ciudad.)
Aquel proyecto pasó a ser noticia en los periódicos de entonces. En uno de ellos se daba la noticia de que «los católicos pensaban construir una catedral al costo de cuarenta mil dólares. Ayer se repartieron unos volantes pidiendo suscripciones y se recaudaron como unos cinco mil dólares en poquísimo tiempo». La cifra ridícula hoy, era elevadísima en aquel entonces y muy elevada para los escasos habitantes de Los Angeles que contaba con menos de diez mil habitantes.
Cómo cambian los tiempos. Hoy Los Angeles cuentan con nueve millones y medio de habitantes y en cuanto a los costos baste recordar que nuestra parroquia de Talpa construida hace tres años subió del medio millón de dólares.
Otra consideración que se hicieron los angelinos: ¿Por qué construir una catedral tan cercana del Colegio de San Vicente de Paúl que tiene ya su capilla y está tan sólo a dos bloques? Y eso que los buenos Padres del Colegio habían dicho que no abrirían su capillo al culto público para no interferir con la nueva catedral; pero siempre hubo personas influyentes que pensaron ser una extravagancia al construir semejante catedral tan cerca del colegio. Hoy el colegio no existe, ha desaparecido dando origen al dejarlo los Paúles americanos a la Universidad de Loyola de los Padres Jesuitas, mientras la catedral de Los Ángeles permanece en pie.
Las obras comenzaron después de la medición del terreno y en un periódico de la época se dice lo siguiente: «Esta ocasión atrajo a la mayor reunión de gente que se ha conocido, casi tres mil personas», como un tercio de la población total.
Los planes originales sufrieron varias transformaciones y el presupuesto se elevó también, pero en realidad quedó definitivamente en 80.000 dólares que se pagaron religiosamente de tal manera que al inaugurarse la catedral no había ninguna deuda. ¡O tempora!
La bendición del terreno, que tuvo lugar antes del viaje de Amat a Roma para asistir al Concilio Vaticano I, fue el día 3 de octubre de 1869. Una procesión recorrió Main Street hacia el sur donde estaba emplazada la catedral. Encabezaba la procesión la banda de música del cuartel Drum. El obispo Amat —ya muy viejecito— iba acompañado de varios sacerdotes en un coche. Las Hijas de la Caridad que llegaron a Los Angeles en 1856, caminaban con los estudiantes de su escuela por las aceras de la calle, y seguía una gran multitud de fieles y amigos de la Iglesia. Llegados al lugar determinado se celebró una misa de Pontifical y se bendijo el lugar donde se erigiría el altar mayor de la catedral. Con la marcha de Amat a Roma se paralizaron casi por completo las obras, y debido, además, al criticismo sobre el coste, conveniencia, lejanía, etc., no se había hecho nada o casi nada hasta 1874. Entonces fue cuando el coadjutor de Amat, Obispo Francisco Mora, dio un fuente impulso a las obras haciendo que terminaran en junio de 1875.
Entonces ya se pensó en la solemne dedicación y consagración de la nueva catedral de Los Angeles, fijando la fecha para el 30 de abril de 1876.
El consagrante fue el arzobispo de San Francisco, pues el pobrecito Amat ya no podía consigo mismo. Y, sin embargo, aún hizo de asistente junto con su coadjutor obispo Mora. Acudieron muchos sacerdotes desde San Francisco y San Diego. La primera misa para el público en general la celebró Mora, con gran asistencia de fieles. En ella se interpretó, hace constar el cronista, «con estilo muy elaborado», la Misa 12 de Mozart. El sermón corrió a cargo del P. Jesuita James Bouchard, de origen indio, de gran elocuencia que «conjuró a sus oyentes a consagrar sus almas a Dios». Por la tarde, a las 5, hubo una solemne procesión para trasladar las reliquias de Santa Vibiana, titular de la catedral, a su lugar definitivo. Se contaron hasta dieciséis sacerdotes que iban cantando las letanías de los santos. La urna, con las reliquias de la santa, era llevada por cuatro sacerdotes revestidos con alba y estolas rojas. Detrás seguían los obispos Alemany y Mora, mientras el ancianito Amat, cargado de años y emociones al conseguir su sueño, seguía en su cochecito.
Como cerrando la procesión venían las Hijas de la Caridad con 300 niños de la Sociedad de Santa Vibiana, 50 jóvenes de la Sociedad de San Luis Gonzaga y 50 miembros de la Abstemia Total (?).
Depositadas las reliquias en lugar, el Arzobispo Alemany dirigió unas palabras en español y el Padre Joaquín Admas en inglés. La ceremonia terminó con la bendición del Santísimo Sacramento.
He aquí un breve resumen de lo que pasó hace cien años; de lo que sucedió el día del centenario —1 de mayo de 1976— lo resumirá algún Padre de los que anden por aquí, en Los Angeles, en 2076, si es que existe esta ciudad.
Pues hay varias profecías sobre Los Angeles: los apocalípticos que anuncian la total destrucción de la ciudad por sus pecados; los científicos que no aseguran nada, pero se temen algo por estar muy próxima la gran falla geológica de San Andrés, y la del obispo Amat: «Los Angeles se contará algún día entre las grandes ciudades de la República e incluso del mundo. Por eso es por lo que vamos a levantar una catedral digna de un eminente cardenal (1875).» Este ya ha acertado.







