Mas dejemos ya esas alturas y bajemos en busca de algunas dependencias que sirven de utilísimo cortejo a este grandioso edificio. Al Noreste aparece la Casa novísima las oficinas, de dos alas y tres pisos, donde hallan espacioso local las de la Sastrería, Zapatería, Blanquería, y más la Cuadra la Imprenta y la indispensable Cocina, y a plantas encuentran también cierto abrigo la Carpintería, t rifa y necesario Lavadero.
Viene a continuación otro tramo, reliquia en parte de la irle Casa de los Cipreses, que encierra las dos piezas menos indispensables de Refectorio y Enfermería, las dos respectivamente bastante holgadas y espaciosas. Ésta consta de dos salas, algunos cuartos, altar para comodidad los enfermos, cuarto de consultas, Cocina y regular Botica bastante bien provisto. Divídese el Refectorio en tres largas y anchas naves, delineadas por dos filas de diez columnas de hierro colado y macizo, dentro de un rectángulo de 29, 40 metros de largo con 12,10 de ancho. Cada nave tiene a lo largo dos órdenes de buenas mesas, cerrándose las tres por otro orden en cada extremo. Arriba, al extremo del Este, sobre la mesa de la presidencia, se destaca un ancho cuadro representando la Sagrada Cena en el acto de declarar el Divino Maestro a sus Apóstoles cómo uno entre ellos luego le hará traición. Es una escena importante, de mucha vida y movimiento, copia de La Cena, de Leonardo de Vinci. Abajo, al extremo del Oeste, frente a la cabecera y sobre la última mesa, se levanta un gran Crucifijo que inspira amor y compasión; al cual acompañan a derecha e izquierda, entre las dos puertas de entrada y salida, dos preciosos cuadros: el de San Vicente, Padre de dos familias, y el de la Venerable Luisa, Madre de las Hijas de Caridad. Como a la mitad del Refectorio está a la derecha el paso para recibir los alimentos de la Cocina, y a la izquierda y frente a aquélla el púlpito, desde donde ve sirve al espíritu celestial comida; puesto que el hombre vive, nos dice el Evangelio, no sólo del manjar corruptible, sino también de la palabra de Dios.
IX
Junto a la nave del Sur, primitivo Refectorio de la Casas de los Cipreses, se encuentra el pozo de la famosa noria de 36 metros de profundidad, alimentado de una corriente, abundante y perenne; cuyas aguas, subidas por tres cuerpos de bomba y empujadas por un motor de cinco caballos de fuerza, unas veces suben, salvando la elevación de los pisos, hasta una de las torres del alto desván, desde cuyo depósito se reparten abundantemente para la pieza, aseo y conveniencias de la Casa, y otras veces se derraman por la extensa huerta, siguiendo la hábil mano del horticultor, llevando la feracidad a la tierra, la vida a las plantas y la generosidad a los árboles, dando vista, frondosidad y lozanía a su variada vegetación, empapando de frescura y suavidad la atmósfera, proveyendo de hortaliza, regalada y copiosa fruta a los siervos de Dios; y contribuyendo a su animación y esparcimiento, y a levantar su ánimo decaído, a restaurar sus fuerzas perdidas, a amenizar sus áridos pasos y espirituales recreos; llevando y difundiendo por medio del puro y saturado ambiente la buena temperatura, la vida y la salud a toda la Comunidad.
En armonía con la naturaleza está en este lugar la ciencia y el arte, supliendo de noche el claro, despejado y esplendente cielo de Madrid, la luz eléctrica, que distribuyéndose convenientemente por 500 bombillas, irradia, esparcidas por sus tulipas, unas 200 bujías, en las habitaciones, salas y departamentos del edificio y de sus varias dependencias.
Local espacioso, bien dispuesto, suficientemente provisto, cielo hermoso, temperatura saludable, luz clara, salud, obediencia, piedad, aplicación, paz, abnegación, concordia, deseos santos, ¡qué de bienes nos dispensa Dios! ¡Cuánto nos ama Jesús! ¡Cuán fielmente cumple su promesa! ¡Dichoso este pueblo, que tiene a Dios por su Señor, y mil veces dichoso porque, en amoroso retorno, Dios le ha escogido por su herencia: Beatus populus, cujus Dominus Deus ejus, populus quem elegir in haereditatem sibi!
X
Mas, ¿qué es esto? ¡Qué silencio tan extraño, qué omisión, al parecer, tan culpable! Hemos recorrido toda la Casa de «La Misión», hemos transitado por sus largos corredores, extendido nuestra vista por sus salas y grandes salones, hemos entrado en sus varios departamentos y dependencias auxiliares, y nada hemos dicho, nada nos hemos ocupado de Ubi est Deus tuus? ¿Dónde está nuestro Dios? ¿Dónde está la Casa de Dios? ¿Qué lugar precioso y principal ocupa de esta dilatada área «El Amo de Casa»?…. ¡Ay! un pobre albergue, una humilde choza; en realidad de verdad, este y no otro nombre merece hoy la Iglesita de la Casa de los Cipreses, que aún permanece en pie, que cobija en su estrecho recinto al «Amo de Casa» y a su numerosa familia.
Buenos servicios ciertamente ha prestado la Iglesita durante los diez y siete años que lleva de existencia, sirviendo de anillo de la Casa vieja con la Casa Nueva, de puente de la Comunidad pequeña para con la Comunidad crecida. En ella se ha dignado permanecer nuestro Dios doméstico, casero y escondido; morar en ella personalmente y de continuo el «Amo de Casa», nuestro Jesús, nuestro Salvador; nuestro Rey, y recibir en ella nuestros homenajes; nuestro Dios, y recibir en ella nuestras adoraciones; nuestro Maestro, e ilustrar en ella nuestros entendimientos; nuestra vida, y vivificamos con el manjar sobrenatural de su Cuerpo y Sangre; y como Cepa Divina con su savia incorruptible mantenernos unidos, aumentarnos, multiplicarnos y hacernos producir óptimos frutos de todas las virtudes.
Mas ya no corresponde la Iglesita al gran aumento de la Comunidad; ya no se pueden celebrar en ella, cual conviene, los divinos Oficios; otra cosa reclama la preeminencia de los Prelados que con frecuencia se hospedan en nuestra Casa ó nos visitan, dignándose tomar parte en nuestras funciones; y otra cosa pide el grandioso edificio y toda la Casa nueva, esto es: Iglesia proporcionada al inmenso local, a la totalidad de la Obra, a la Cabeza de Provincia, a la importancia de la Casa de Dios, mayormente en medio de una gran familia religiosa.
Por esto el santo del Sr. Maller, al ver terminada la obra de la gran Casa sin Iglesia, su pieza principal y más preciosa corona, suspiraba muchas veces por ella, y discurría sobre el lugar donde pudiera levantarse, y acerca de los recursos y materiales con que podría realizar sus piadosos y justos deseos. Mas, contento el Señor con la buena voluntad de su siervo, no quiso que fuese él quien le edificase la nueva morada que había de habitar, como se hubo en otro tiempo con el Santo Rey David: Non aedificabis mihi Domum ad habitandum; tu inmediato sucesor ipse aedificabil mihi Domum; éste será quien me levante la Iglesia, mi Casa entre vosotros, para asistiros y consolaros.
En efecto, su digno sucesor y actual Visitador nuestro, preocupado de algunos años a esta parte de tan alto pensamiento, por fin ha resuelto, con la aprobación del Repre-sentante de Dios respecto a las dos familias, poner cuanto antes manos a la obra. Ya se aprobaron los planos, se bendijo el local, se hizo todo el desmonte necesario, se han abierto los cimientos, bendecido la primera piedra, y las paredes y las columnas y ventanales crecen de día en día suma rapidez.
La nueva Iglesia va levantándose sobre el área de la antigua Casita y huerta de los Cipreses, cabeza con el primitivo refectorio, y cabeza con cabeza a la primitiva Iglesia-Capilla de la Comunidad: singular coincidencia, como si el Señor de todo y, especialmente, «Amo de Casa», hubiese dicho hace veinticinco años al Ornan de Chamberí: Elegi et sanctificavi locum istum ut sit Nomen meum ibi in sempiternum, ut permananeant oculi mei et Cor meum ibi cunctis diebus. Tendrá de largo 46 metros, por 24 de ancho; por lo exterior, su elevación deberá ser proporcionada a la amplitud de base y conforme a la grandiosidad, esbeltez, gracia y sublimidad que exige la naturaleza del orden gótico. El coro, con su sillería en el presbiterio, servirá de aureola al Altar mayor; el cuerpo de la iglesia se distribuirá en tres largos lienzos en forma de naves; de cada uno de los lados se desprenderá una graciosa cadena de cinco altares de estilo gótico; el frontispicio mirando al Sur, la puerta principal te-niendo su salida a la calle del Marqués de la Colonetta, y sobre la altura que alcanzaban las puntas de los antiguos y fúnebres cipreses, a cuyas plantas se sepultó y se transformó el granito de mostaza, se levantarán, elevándose y desafiando con su altura a las estrellas, dos esbeltas torres en forma de piramidales agujas.
No sin misterio coloca el Señor su nueva morada sobre gran parte del solar de la Casita de los Cipreses, y queriendo tener a su derecha «La Misión», como dándonos a entender que Él quiere continuar poseyéndonos constantemente por su pueblo y su herencia, y ser nuestro dueño y protector, cumpliendo en adelante, como siempre, su palabra, si nosotros buscamos ante todo el Reino de Dios y su justicia sobre la tierra.
XI
Cercada al Norte de un patio exterior la Casa nueva de García Paredes, y al Noroeste de una ancha huerta llena de fertilidad, de verdor, matices y lozanía, con varios cuadros cortados por sendas y paseos, cubiertos de frondosos árboles, frutales unos, de sombra otros; rodeada toda la manzana, de una buena cerca, que la defiende de toda extraña e innecesaria comunicación; aislada del resto por cua-tro calles nuevas y bien alineadas; sentada sobre una altura a modo de meseta, al Noreste del antiguo Madrid y acompañada de un gran número de Comunidades religiosas de ambos sexos, que la rodean a manera de corola, y admiran tomando alientos y emulando santamente su bendición de lo Alto, cumpliendo está la importantísima y providencial misión que como Casa de Formación le ha sido confiada, de dar constantemente a la Iglesia nuevas generaciones de santos y bien dispuestos Misioneros.
En efecto, ella sostiene, continúa y perfecciona la obra que se empezó a desarrollar en la Casita de los Cipreses, al comenzar a crecer y a desenvolverse el activo y fecundo granito. Conviene recordar cómo en aquella época dispusieron los Superiores mayores que se diese más amplitud, y se aplicase mayor atención a los fundamentales, regeneradores y piadosos ejercicios, prácticas y virtudes del Novi-ciado, eliminando de él toda clase de estudios académicos, y fijando el Reglamento tradicional y único para todas las Provincias; que se perfeccionasen los estudios con mejores textos, señaladamente con la doctrina de Santo To-más. Trasladada la Comunidad a la casa nueva, se resolvió que se aumentara el número de cursos, y se les agregasen varias asignaturas, exigiendo sobre ellas exámenes rigurosos, sin disminuir por esto un punto, antes bien, aprovechando mejor los diez meses y medio de cátedra; pudiendo competir, y aun aventajar con estas mejoras, nuestros estudios superiores con los de los Seminarios Conciliares más bien montados. Para que la piedad y virtud no sufriera detrimento alguno con el aumento de los estudios, al mayor número de Comuniones, que desde algún tiempo se venían haciendo, añadiéronse visitas a Jesús Sacramentado, estableciéronse el retiro mensual y las separaciones; prescribióse un Reglamento; perfeccionóse la vigilancia y la dirección espiritual, etc., etc.; y en su consecuencia, aumentóse el número de Directores y el personal del Profesorado.
El número ordinario que en ella existe de Coadjutores, entre Hermanos y Postulantes, suele ser de unos sesenta; setenta y tantos el de los Seminaristas Clérigos; los Estudiantes ciento, aproximadamente; los Sres. Sacerdotes, entre Superiores, Directores, Profesores, Misioneros, Procuradores, ancianos y transeúntes, vienen a reunirse unos veinticinco; todo esto es sin contar los dos ó tres Sacerdotes y dos Hermanos que residen en la Casita de Jesús para la asistencia de las Hermanas de la Caridad, ni los tres Sacerdotes, diez ó doce Hermanos y cincuenta y tantos Es-tudiantes que viven habitualmente en nuestra Sucursal de Hortaleza, pertenecientes todos a la casa de la calle de García Paredes.
En dicha Residencia, los jóvenes recién salidos del Seminario cursan los dos primeros años de Filosofía, esto es, Lógica, Metafísica y Ciencias exactas. Favorecidos por el retiro y soledad, se aplican al estudio y a los ejercicios de virtud, generales a nuestros Estudiantes y a los particulares de los Estudiantes Bienistas.
La distancia de siete kilómetros no es tanta, para jóvenes, que les impida asistir a ciertas funciones y, si se quiere, a los actos académicos que entre año se celebran en la Casa de la Comunidad. En los días de asueto se dirigen de paseo a la Casa de Chamberí, donde pasan el día, volviendo por la tarde. Los Seminaristas, los miércoles, con el Subdirector; y los del grupo mayor de los Estudiantes, en varias secciones, con los Profesores, los jueves, pasan por diferentes puntos a la Quinta de Hortaleza. En ella se distraen, comen, practican los ejercicios de regla, se recrean por la extensa huerta cercada de una antigua tapia; a media tarde visitan juntos detenidamente y con piedad al «Amo de la Quinta»; después de algún tiempo más de esparcimiento en ella, se encaminan a Madrid, encontrándose frecuentemente con los que vuelven a Hortaleza. En el verano ordena el Superior que los Estudiantes de ésta pasen las vacaciones en Madrid, viniendo algunos días de paseo a la Quinta, y que los Estudiantes del grupo mayor pasen el verano en Hortaleza. Dicho se está que estas medidas contribuyen poderosamente al desarrollo y salud de los jóvenes, los alejan de muchos inconvenientes, favorecen su recogimiento, conservan y estrechan la mutua concordia, mantienen en los de la Sucursal el respeto y amor a los Superiores, facilitan la dirección y comunicación necesaria, fomentan el buen espíritu y afecto a la vocación y, por último, llevan a un ejercicio constante y práctico de la virtud de la santa obediencia.
Los amados HH. Coadjutores, cuyo número, como se echa de ver, es bastante considerable, persuadidos de la necesidad que tienen de disponerse para ayudar a los Eclesiásticos en sus ocupaciones y ministerios, durante su permanencia en esta Casa de Formación, aprenden a santificarse con el silencio, oración y el trabajo, y a coadyuvar con sus lágrimas, súplicas y mortificaciones, adiestrándose en los oficios de Marta su modelo, a los Clérigos y Sacerdotes en los trabajos de nuestra vocación santa.
Para que esta Casa llenase por completo sus fines, convenía que, como la de Barcelona, del Barquillo y de Osuna, fuese también Casa-Misión; y en efecto, lo es, no sólo por su precioso nombre, sino también por fundación expresa y por su ejercicio constante de las Misiones. Real y verdaderamente, si nos remontamos a lo que podríamos llamar génesis de esta Casa hasta nuestros días, hallaremos que nuestro tan estimado Sr. Esteban, primero con los Sres. Arana y Berrueta, después con los Sres. Pérez (Miguel) y Martín, y últimamente con los Sres. Azpilicueta y Bonafonte, levantó nuestra Obra Maestra de las Misiones, por la revolución interrumpida, recorriendo los pueblos del Arzobispado, mayormente de la provincia de Toledo. Todos los años misionaba como una docena de ellos en estilo claro, sencillo y propio, deteniéndose en ellos Io suficiente para que pudiesen instruirse y renovarse, y sin exigir ni aceptar retribución alguna. Con los dos Sacerdotes y el Hermano Río (Jerónimo), que hacía para con ellos el oficio de Marta, llevaba vida de Comunidad ambulante, practicando los ejercicios de piedad, ayunando, estudiando, rezando el oficio del día, y fuera de la comunicación necesaria con los fieles para el bien de sus almas, guardando silencio y retiro. Así es como realzó y fue acreditando de nuevo nuestra obra primordial de las Misiones este ilustre veterano, que ya durante diez años antes de la calamitosa Septembrina se había dedicado, con felicísimo éxito y bendición de Dios, a este santo ministerio. Los pueblos hablan todavía del P. Esteban y de algunos de sus compañeros, como de hombres extraordinarios por su espíritu, atractivo, laboriosidad y doctrina.
También con buenos resultados, y en forma parecida, continuó esta obra, desde el año 86, el Sr. Arana con los Sres. Bonafonte y López hasta el 90, en que fue llamado a encargarse de la dirección del Seminario interno. Siguióle el Sr. Azpilicueta, de pía y grata memoria. El 92 fue encargado de este nobilísimo ministerio el Sr. Burgos (León); venido de nuestra Casa de Sigüenza, quien con varios compañeros y Hermanos, pero más constantemente con los Sres. Indurain, Muruzábal y el Hermano Jiménez, ha llevado adelante hasta ahora la obra más amada de San Vicente. De los resultados por ellos generalmente obtenidos dan una idea aproximada algunos cursos de Misiones publicados en estos ANALES.
No es fácil explicar cuánto contribuyen a la formación de la «familia menuda», de la «familia estudiosa», y a la edificación de todos, la salida, el recuerdo, las noticias, las cartas, las relaciones, la vuelta y la presencia de nuestros Misioneros. Cuando el joven recorre con el pensamiento sus viajes con todas sus peripecias, sus encuentros con algunos presumidos sabidillos, el recibimiento que les dispensan los pueblos, su pobre alojamiento, los buenos servicios del Hermano, el ejercicio de las tres funciones, la asistencia a la Misión, las conversiones públicas, el entusiasmo del pueblo, el número de Comuniones, etc., etc, ¿no puede decirse que está asistiendo a una escuela de verdadero aprendizaje? ¿No puede preludiarse que los vivos ejemplos que ahora contempla, le servirán más adelante de dirección y de aliciente? En estos cuadros vivos ven menudear, según la conducta de nuestros Misioneros, los actos de obediencia, mansedumbre, pobreza, oración, sencillez, infatigable celo, mortificación, humildad; en fin, de todas las virtudes de nuestro estado; por donde no puede menos de entrañársele el convencimiento de la necesidad de revestirse de ellas durante su tiempo de formación.
No quiero terminar este punto sin bosquejar la escena indescriptible, que sucede todos los años entre nosotros al terminar el curso de las Misiones. En recreo corre la voz de que mañana, a media mañana, llegan los Misioneros. Ya la gente se alboroza y respira. — ¡Bendito sea Dios!—exclaman unos; — ¡Qué bueno, qué bueno! — dicen otros, frotándose las manos de gusto, como si se nos entrase la felicidad por las puertas.— Todos estamos en expectativa. Al día siguiente, a las diez, óyese tocar la campana de la Casa; ya se toca a vuelo, luego a rebato.—¡Los Misioneros!…—dicen unos, levantándose de sus asientos;—¡Ya están aquí los misioneros —dicen otros, echándose a andar a buen paso Estudiantes y Profesores, Directores y Novicios; de arriba, a abajo, de todos lados dirígense, llenos de un santo frenesí, pero sin alboroto, a la sala de los Sacerdotes; allí se reúnen los Superiores, oficiales y ancianos con toda la turba de Estudiantes, Seminaristas, Hermanos; hasta algún postulante con su blusa azul asoma la cabeza sonriéndose; los semblantes de todos, risueños, reflejándose en ellos, y en las palabras de unos y de otros, su afecto, su satisfacción y benevolencia para con los Misioneros. Éstos, viéndose rodeados de los Superiores y hermanos, no caben en sí de contento y satisfacción; dirígense mutuamente algunos saludos, danse algunos abrazos de caridad, comunícanse algunas noticias del viaje, y distribuyéndose en varios grupos el Director de la Misión y los Misioneros y el Hermano acompañante, en el seno de la familia, con la sencillez y franqueza de hermanos, van hablando sobre los felices ó medianos resultados de algunas Misiones, graciosos lances, malos caminos, etc., etc. Entretanto llegan los Hermanos zapateros, que tiraron la lezna y el zapato, y algunos, tal vez sin quitarse el delantal por la prisa, saludan a los Misioneros con semblante festivo y les preguntan por su calzado; viene el Hermano Sacristán, y hecho el fraternal saludo, pregúntales si han de celebrar aún la Santa Misa; y a uno que lo presencia todo, y que observa tanta animación y amor, se le viene naturalmente aquello del Profeta: «¡Cuán hermosas aparecen sobre los montes las huellas de los que van por esos mundos anunciando la paz, pregonando los bienes de la Religión Santa, procurando la salud de las almas, la gloria de Dios, y extendiendo su reinado tan de desear, en los pueblos!».
También la obra de los Ejercicios espirituales, modificados, propagados por nuestro Santo Padre y acomodados por él a toda clase y condición de personas, señaladamente al Clero, se ha visto practicar en nuestra Casa de los Cipreses primero, y después en la Casa nueva. El Sr. Arambarri unas veces, alguna el jovial P. Pérez, los dieron a los señores Ordenandos de Toledo, antes y aun después de constituirse el Obispado de Madrid. Aisladamente vinieron a hacerlos varios Sacerdotes, algunos seglares y también algún Obispo electo para prepararse a su Consagración.
En la Casa nueva «La Misión» los han dado varios compañeros a los Ordenandos de este nuevo Obispado con mucho gusto de éstos, piedad y aprovechamiento. Todos los años se ha visto practicarlos a algunos eclesiásticos y a diversos seglares. Entre éstos se ha notado la presencia de algunos Catedráticos de la Universidad, de algún alto empleado, de algún título, escritor y de algún significado político. Se han dado diferentes tandas a Sres. Sacerdotes, algunas relativamente numerosas, y una presidida por el propio Obispo de la Diócesis.
El ejercicio de esta obra en nuestras Casas de Formación es de la mayor importancia, para aprender todos a conocerla, a tenerla en gran estima, a desempeñarla con expedición y fruto, a practicar las reglas y avisos particulares sobre ella, y para comprender y amar más y más las excelencias y riquezas encerradas en nuestra santa vocación.
Es cosa que causa gran satisfacción y contento, en una tanda de Eclesiásticos, el ver, por ejemplo, lo atareados que andan los HH. Coadjutores en preparar las cosas de cama y mesa; los HH. Seminaristas en hacer las camas y la limpieza con los HH. Estudiantes; éstos, además, cumpliendo los diversos oficios de Lector, Campanero, Guías e Inspectores, Preparador de lectura para el Refectorio, y el de Sirvientes del mismo. Es de ver Io atentos, lo formales, lo orondos y ufanos que andan los Estudiantes por verse ocupados en estos oficios; no parece sino que llevan entre sus manos el gobierno de un Reino. Los Sres. Sacerdotes tómanse también el más vivo interés en hacer el mayor bien posible a los ejercitantes; el Director, el Platiquista, el que explica el Nuevo Testamento, el Prefecto de Liturgia y Rezo, todos marchan a una para que los santos Ejercicios produzcan en sus favorecidos esa reforma y regeneración espiritual, que es tan propia de ese tiempo de gracia y de salud. En suma, toda Comunidad, teniendo en cuenta la gran importancia de obra, coopera a su feliz resultado con su trabajo, con oraciones, modestia y silencio. Todos se aplican, todos afanan, todos se interesan por el mejor éxito posible de santos Ejercicios; nadie se cansa, nadie se queja, nadie le reparos; no se sienten repugnancias, no se encuentran dificultades, ni se conoce el tedio en semejantes días. ¡Cuánto puede la gracia de la vocación en el desempeño de nuestros ministerios, con los Misioneros que la siguen ron fidelidad e incesante correspondencia!
Por último, la dirección de las Hijas de la Caridad, que San Vicente quiso que estuviera a cargo de los Misioneros; y cuya determinación después ha confirmado el Vicario de Cristo, halla perfecto cumplimiento en algunos de los individuos pertenecientes a esta Casa. En efecto, los señores Director y Subdirector, unos tiempos residiendo en Chamberí, otros en la Casita de Jesús, presiden el consejo provincial de las Hermanas, tomando una parte principal en su gobierno; el Director visita sus casas cuando conviene, señálales confesores ordinarios y extraordinarios en toda la Provincia, procúrales algunos Misioneros que las santifiquen con los Ejercicios espirituales, y con las frecuentísimas cartas que las dirige disipa sus dudas, allana sus dificultades, fomenta su buen espíritu, mantiene su armonía, facilita sus cambios, realiza nuevas fundaciones; en una palabra, les proporciona todo linaje de ventajas espirituales y temporales. Asimismo la ocupación de los compañeros y hermanos que de continuo residen en la Casita de Jesús llena ampliamente la espiritual dirección y asistencia del Noviciado de las Hermanas. Así que, la visita, las noticias y conocimiento de los trabajos, caridad, desvelos, circunspección, modestia, delicadeza de todos estos Misioneros para con la segunda familia de San Vicente, sirve de continua enseñanza y ejemplo para los que en «La Misión» están formándose.
En resumen de lo dicho en este párrafo: las mejoras introducidas y continuadas en el Noviciado, la mayor extensión dada a los estudios de los jóvenes y a su dirección espiritual, el maravilloso aumento del personal en todas sus secciones y categorías, la atención que se pone en el cuidado y desarrollo de la juventud, la formación de los Hermanos Coadjutores en la virtud y en sus oficios, la obra de las Misiones, la de los Ejercicios espirituales, y finalmente, la dirección de las Hijas de la Caridad, nos dicen elocuentemente hasta qué punto cumple su altísimo y trascendental objeto la Casa central de «La Misión» de la calle de García de Paredes.







