Después de haber aparecido en el primer número del tomo VIII de los ANALES españoles la elegante y magnífica portada de la actual Casa Madre de la Congregación de la Misión, habitual residencia del Sr. Superior General y Consejo Superior de la misma, era muy natural se despertara en el ánimo de nuestros Misioneros españoles el deseo .Ir ver salir sin dilación la grandiosa figura de la Casa Cent al de la Provincia de España, constante morada del señor Visitador de la misma y su Consejo, cuna y Casa-Formación del personal de que se ha de surtir a cuatro y acaso a más Provincias, y feliz albergue, en ciertos tiempos, de Infatigables obreros, ilustres veteranos, Misioneros encanecidos en nuestros ministerios, y venerables inválidos que esperan tranquilos la hora de la eterna recompensa. Este concierto de justísimos deseos ha sido además coronado con indicaciones atinadísimas de altas entidades de dentro y fuera de España, y para un Misionero siempre de gran aprecio y acatamiento.
Cinco son las Casas que han llevado el nombre de Casa Central de la Provincia de España desde su desprendimiento de la Provincia de Lombardía en 1774, a saber: la primitiva de Barcelona, en la calle de Tallers; la del Barquillo, en Madrid, en la calle del mismo nombre; la de Osuna, al Oeste del antiguo Madrid, en la calle de Leganitos; la de los Cipreses, en el barrio de Chamberí, y «La Misión» en la calle de García de Paredes, contigua a ésa y a su derecha.
I
La primera, cuna de nuestra Congregación en España, fue tomada en 1704 por su venerable fundador y primer Paúl español, Sr. Sent Just y Pagés, al Oeste, a la sazón, de la Ciudad, y sucesivamente agrandándose hasta ocupar todo el cuerpo del edificio un área de 6.60 0,30 metros cuadrados en un perímetro rectángulo de 320 entre la Ronda de la Universidad al Norte, la calle de Tallers al Este, Valldonsella al Sur y de Ponent al Oeste. Su altura, hasta su techo, era de 19 metros, distribuida en cuatro pisos; tenía claustro a la entrada, espaciosa escalera, magnífica Iglesia interior, espacioso Refectorio, numerosos aposentos, capilla de la Comunidad y Capilla de Ordenandos y ejercitantes, devotas y grandiosas. Carecía de huerta, pero en cambio tenía un buen jardín y tres espaciosos patios interiores por donde recibía luz y temperatura la crecida Comunidad y los novecientos ejercitantes próximamente, de todas clases y categorías, que en numerosas tandas hacían anualmente en ella los santos ejercicios. Además del nombre La Missió, con que propiamente se la apellidaba, solían también llamarla con este otro muy significativo de La Casa Santa y Santificant, que expresa bien el olor de Cristo que despedía, y cuyos aromas, después de casi dos centurias, todavía llegan hasta nosotros.
En esta Casa, donde se formó nuestra Congregación desarrollándose hasta quedarse sólo dependiente de la veneranda Cepa, que echó sus profundas raíces en la capital del Reino llamado Cristianísimo, permanecieron nuestros Padres hasta el año de 1828. El año 1736 había quedado separada de su Casa primordial de Monte Citorio, Central de la Provincia italiana, siendo unida a la de Turín, Cabeza de la Provincia de Lombardía. Treinta años después, el 74, fue desligada de ésta y constituida Casa Central de la nueva Provincia española. Ésta, a causa de las muchas Comunidades que a la sazón cultivaban el variado Campo español, de su aislamiento de la. Corte é incomunicación con otros países de dentro y de fuera de la Península, en el espacio de cincuenta y cuatro años, sólo llegó a ser cabeza de ocho Casas, conviene a saber: Barcelona, Palma, Guisona, Barbastro, Reus, Nuestra Señora de la Bella, Badajoz y Valencia.
Después de la restauración de la Congregación en Francia y nombramiento del Superior General por el Papa León XII en la persona del Sr. Wally, nuestros Padres, como anticipándose, a lo que parece, por instancias de nuestro Rey Fernando VII, a la 19.a Asamblea general de 1843, que determinó que la Casa Central de cada Provincia radicase en capital de su Reino, vendieron la casa, Cuna de nuestra Congregación y Provincia en España, al Gobierno, que solicitaba para Hospital Militar (como ha venido siendo hasta el presente), y con parte de su valor compróse en Madrid un edificio en la calle del Barquillo, en el que se instaló la Casa Central de nuestra Provincia el 19 de Julio de 1828, habiéndose trasladado a ella gran parte del personal de la Casa de Barcelona.
II
La Casa del Barquillo, situada al Este del antiguo Madrid, al Norte tenía el antes Real Convento de las Salesas, al Nordeste el sitio donde se levanta hoy la Casa de la Moneda y la nueva Biblioteca Nacional, al Oeste la calle de su mismo nombre, al Sur el célebre Convento de las Pascualas y cl palacio de los Marqueses de Chinchón, hoy Ministerio (le la Guerra. Constaba de tres pisos, y además su parte superior, de forma irregular, tenía parte de otro y parte de desván con buhardillas: mirando su estrecho frontispicio hacia Poniente, prolongábase la casa por su parte posterior desmedidamente hacia Levante; su Iglesia era interior; regular su Refectorio, Capillas de la Comunidad y de Ordenandos de mediana capacidad, y contaba bastante número de aposentos. Hallábase la huerta al Sudeste de la casa y al Sur de lo que es hoy monumento de Colón. Regábase ésta con el agua de que surtía una gran noria.
La Comunidad del Barquillo, como formada en su mayor parte con el personal venido de la primitiva Casa de Barcelona, continuó la labor de ésta en los ejercicios a los eclesiásticos y seglares y en la obra maestra de las Misiones, manteniéndose siempre animada de aquel espíritu de piedad, oración, abnegación, silencio y de celo y laboriosidad por la santificación del Clero, cristiana instrucción y salud espiritual de los pobres aldeanos que, según expresión de San Vicente, hace de los Misioneros «Cartujos en Casa y Apóstoles en la campaña» I. Sin embargo, lo brevísimo de su existencia y los días críticos por que atravesó, no la dejaron dar la debida extensión a nuestros ministerios, ni muestras de su fecundidad, fundando nuevas Casas.
Continuó ahí la Casa de Formación y Cabeza de Provincia hasta el año 36, en que de hecho fue suprimida nuestra Congregación en España, corriendo la misma suerte que la mayor parte de las Comunidades religiosas.
Horripilados y llenos de espanto nuestros Padres por la matanza de los frailes; hechos como estos, objeto de befa y persecución de la canalla liberalesca; faltos de experiencia, madre de la previsión, y escasos de relaciones con el extranjero y con nuestras colonias, no sintieron, ó no dieron oídos al instinto de conservación común, como Provincia; así que, después de haber trasladado el Seminario y el Estudiantado a la Comunidad de París, en la cual quedaron fusionados y confundidos, sólo trataron de salvarse individualmente del naufragio, aportando a diversas y lejanas playas, en busca de hospitalidad, en varias casas de la común familia de San Vicente.
III
Después de una laguna de diez y seis años, cuando la indomable fiera liberal parecía tomarse algún reposo de sus enconados desahogos y violentas acometidas contra la fe de Recaredo, restauróse nuestra Congregación por el Concordato celebrado por nuestra Nación con la Santa Sede el año 51.
Entre los tres edificios que se propusieron a la elección del nuevo Visitador, el virtuoso y sabio Sr. Codina, para la reconstitución de la Cabeza de nuestra Provincia española, escogióse, el año 52, un antiguo palacio del Duque de Osuna, situado al Oeste de la antigua Real Villa.
Como puntos más notorios de sus contornos tiene: al Norte, la calle de la Princesa é iglesia del Buen Suceso; al Este, la calle de Leganitos, de donde toma de ordinario su nombre; al Oeste, el cuartel de la Montaña; y al Sudoeste, cl cuartel de Artillería de San Gil. Esta es la pequeña Casa-Madre de la generación que va rápidamente emigrando a la patria común de los Misioneros y almas santas.
Se distribuía en tres pisos: los dos primeros de 12 a 13 pies de elevación, y el tercero en disminución proporcionada. La entrada de la portería era soberbia; presidíala una relevante estatua de la Purísima. A mano derecha arrancaba una escalera regia, que terminaba en el segundo piso. La parte interior de la Casa recibía la temperatura y la luz por un patio cuadrilongo de 15 metros de largo por 4 de ancho. Este tenía en el piso bajo, al Norte, la Enfermería, con su obscura Capillita, donde solía celebrar la Misa el santo del señor Borja; al Oeste el. Botiquín, Barbería y espaciosa Cocina; al Este la Sacristía, Iglesia y Portería; al Sur y Sudoeste el precioso Refectorio, Capilla de la Comunidad y solar; donde empezaba a levantase ya la Iglesia nueva, cuando vino a echarnos la desastrosa revolución de Septiembre. En el segundo piso, al Norte, aposentos para ejercitantes, al Este una espaciosa sala, que daba entrada al coro, a tres escaleras, a la preciosa Capilla de Ordenandos y departamento de Obispos, ambos al Sur; al Oeste la Biblioteca, escalera principal y el corredor, al que miraban las habitaciones de los Superiores, Oficiales y demás Sacerdotes de la Casa. En el tercero estaba rodeado dicho patio de las habitaciones de los señores Estudiantes; tenía también al Oeste otro corredor que daba entrada a una larga fila de habitaciones, asimismo para señores Estudiantes, sobre el piso y aposentos de los Sres. Sacerdotes. Además, tenía un desván que solíamos habitar los Estudiantes muy gustosos, en tandas numerosas de ejercitantes. Al Sur estaba el espacioso departamento del Seminario interno con su Capilla y demás dependencias. La huerta de la Casa hallábase al Oeste, adonde daban los balcones de los aposentos de los señores Sacerdotes. Cercada de una alta muralla, bastante espaciosa para aquella Comunidad, ordinariamente bien cultivada, regada del agua de una noria, hermoseada con un frondoso emparrado de hierro, plantada de generosos ciruelos y de lozanas y abundantes higueras, hacía el edén de los pasos escolares y piadosos recreos.
En esta Casa de Osuna montáronse con harto trabajo el Seminario y Estudiantado por causa de la escasez de personal, frecuentes cambios de los Superiores, Directores y Catedráticos y de ciertas perniciosas preocupaciones; mas, vencidas varias dificultades, entró visiblemente la Casa de Formación en caminos de verdadera prosperidad. Echó se de ver desde entonces en todas partes la observancia de nuestras Santas Reglas; el silencio en los corredores, oficinas y señaladamente en el Refectorio; el esmero en las ceremonias eclesiásticas; la edificante modestia y piedad en los Sacerdotes, Clérigos y Hermanos; la diligencia en acudir a los actos de Comunidad, especialmente a la oración de la mañana, y una santa emulación, que fue despertándose en muchos, de mortificarse, humillarse y adelantarse en las virtudes, secundada por los admirables ejemplos de santos Prelados, que frecuentaban la Casa, como el ya Venerable P. Claret, que, olvidándose por un momento de su dignidad de Arzobispo, tomó un día el portador, poniéndose a servir a la Comunidad con los Hermanos; y el virtuosísimo P. Carrión, Obispo de Puerto Rico, de alta, simpática y venerable figura, con su larga barba de armiño y venerandas canas; el cual, dejando el bollo en su puesto, se iba a la apartada cesta de la Comunidad, buscando con sus benditas manos y anillo pastoral los mendrugos, en compañía del P. Borja y de otros hambrientos de mortificación y santidad; así vivientes las Santas Reglas, así reinantes las virtudes, así vigoroso, levantado y pujante el espíritu de San Vicente, que, al dar consejo cierto director espiritual a un joven que se lo pedía para entrar en Religión: «Entra, hijo mío—le decía—entra en la Congregación de los PP. Paúles, que aún se conservan en todo su espíritu primitivo.» Las Misiones tomaron una marcha más levantada, más próspera y más regular desde que nuestro mimado Sr. Esteban empezó a formar parte principal de la Comunidad ambulante, que iba saliendo todos los anos. Numerosas tandas de Eclesiásticos hacían de cuando en cuando ejercicios espirituales en esta Casa; y era cosa corriente el hacerlos en ella los Ordenandos del Arzobispado y varios particulares, ya Sacerdotes, ya Religiosos, ya caballeros. Las Hijas de la Caridad viéronse también constantemente atendidas, así en su dirección exterior como en la dirección espiritual del Noviciado. Los respetables Misioneros Santa Susana, Sanz, Masnou y Maller en la primera, y el inmutable Sr. Plá y varios otros con él en la segunda, hicieron mucho por su bien, como solícitos padres de las Hermanas. Organizóse la Procura provincial, y su marcha, cada día más regular, bien pronto hizo sentir su poderosa influencia. Con todos estos elementos empezó la Comunidad a desarrollarse, aumentando el Seminario y Estudiantado, y a dar pruebas de su fecundidad en las fundaciones que fueron verificándose en la Península y en Ultramar, hasta ya más ó menos entrada la época de la llamada Restauración Alfonsina.







