Justino De Jacobis: el arte del diálogo

Francisco Javier Fernández ChentoJustino de JacobisLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Yaqob Beyené · Traductor: Julián Esteban Pérez Puente, C.M.. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Vincentiana Vol. 44, No. 6.

Yaqob Beyené, nacido en Etiopía es profesor ordinario de lengua y literatura “amárica” en el Instituto Universitario Oriental de Nápoles. Ha escrito diversos libros sobre temas de cultura etíope y de teología.


Tiempo de lectura estimado:

El misionero Justino De Jacobis no ha ido a un país africano para predicar el Evangelio a los paganos, sino a un país cristiano para unir a los cristianos del país africano con los cristianos de Roma. Quisiera entonces, ante de todo, decir unas pocas palabras para presentar este país de África, de religión cristiano-ortodoxa, Etiopía.

Etiopía es el país que ha sido conocido en Occidente, primero con la denominación de Abisinia, así como dice también De Jacobis en su Diario, y después, más tarde, por la influencia del cristianismo, con aquella de Etiopía.1 Es un país africano, pero se trata de un país que tiene una historia completamente diversa de la de otros países de África, no sólo porque Etiopía no ha conocido nunca el yugo colonial, sino también y sobre todo porque ésta es la continuación del muy conocido reino de Aksum, reino que, en el período de su máximo esplendor (hacia el año 325), ha recibido una nueva religión, el cristianismo, que ha tenido una influencia decisiva sobre su desarrollo histórico-cultural. Etiopía es el país en que el cristianismo ha sido, durante siglos, la razón más potente de unidad nacional, el país en que el cristianismo ha sellado, hecho conservar y transmitido todo cuanto caracteriza y distingue a sus habitantes, de fe cristiano-ortodoxa, de los otros africanos.

Etiopía es un país cuya religión cristiana, identificándose con el sentimiento nacional contra las amenazas invasoras de parte de pueblos de diversa religión, ha contribuido potentemente al mantenimiento de la independencia del mismo país, en el que el cristianismo ha sido la religión oficial hasta 1974.2

Todavía, Etiopía es un país en el que el cristianismo se ha extendido hasta el punto de confundirse, de identificarse con el sentimiento nacional contra cualquier agresor externo. Etiopía es, en fin, el país que el cristianismo ha transformado en una «isla», primero en el mar de los paganos y después en el de los musulmanes, en una «isla cristiana» que ha buscado los contactos con los países cristianos y que ha conseguido crear uniones permanentes con la civilización y la cultura mediterráneas.3

Para tener una idea clara de las enormes dificultades que ha debido afrontar San Justino De Jacobis en su actividad misionera, creo necesario trazar brevemente un cuadro de la situación política y cultural de la Etiopía de su tiempo.

En 1270, Yekunno Amlak destituyó la dinastía de los Zagwe y fundó la así llamada dinastía Salomónida, transfiriendo al mismo tiempo la capital de Etiopía, de Lasta a los confines de Tegráy meridional, más al sur, en Sewa, pero aquí sus sucesores se encontraron en una situación que les obligó a tener que afrontar una guerra contra los estados musulmanes del sur, guerra que fue ganada por los cristianos, pero que duró, a pesar de algunas interrupciones, desde 1333 hasta cerca de 1577. La última de ellas, que fue la más terrible y que se conoce como «Guerra de Gragni», es decir «Guerra del Siniestro», fue ganada por los cristianos de Etiopía, pero con la ayuda determinante de los soldados portugueses.

Después de la expulsión de los portugueses y de los misioneros Jesuitas (1632), misioneros que habían llegado a Etiopía para recobrar el precio que el país debía pagar por la ayuda de los soldados de Portugal, y debido al paso de los etíopes de la fe cristiano-ortodoxa a la católica, Etiopía volvió a cerrarse en su secular aislamiento cargado de hostilidad, por lo demás patente en general contra los europeos y en particular contra los católicos, aquellos que habían intentado sustituir su larga tradición cultural con la latina.

Terminada esta larga guerra entre cristianos y musulmanes, el estado etíope se encontró con el deber de enfrentarse a los invasores Oromo y a desplazar su capital a Gondar, en Dambya. Más adelante, después de una serie de acontecimientos, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, Etiopía llega a un período llamado «Zamana Masáfent» (era de los comienzos), en el que los ras, grandes feudales de varias regiones etíopes, afirmaron siempre más abiertamente su independencia de los soberanos salomónidas los que, siempre más debilitados, eran más bien emperadores-fantoches.

Cuando Justino De Jacobis llegó a Etiopía, era ésta la situación política del país. Además, cuando De Jacobis llegó, no era sólo difícil la situación política, también lo era la de la Iglesia, que estaba alineada con las disputas teológicas por lo que se refiere a la unción de Cristo. Tal cuestión era debatida entre los teólogos y a menudo provocaba conflictos sangrientos, en cuanto que, en Etiopía, durante siglos no había existido una neta distinción entre los problemas sociales y los religiosos ni entre los conflictos políticos y los teológicos. Para aclarar tal situación es necesario tener presente que en Etiopía, hasta 1974, el poder espiritual y el poder temporal, y así la Iglesia y el Estado, han estado fusionados y compenetrados formando, por tanto, un único ente moral.

Las escuelas teológicas etíopes estaban divididas en tres corrientes diferentes:

a. La escuela Karra, que era seguida por casi la totalidad de los monasterios del actual norte de Etiopía y de Eritrea;

b. La escuela de Yasagá-Leg, seguida por la mayor parte de los monasterios de Sewa;

c. La escuela Quebat, seguida por la mayor parte de los monasterios de Goggiám.

Siendo éstas las tres corrientes teológicas, con el pasar del tiempo convertidas también en verdaderos y propios partidos religioso-políticos, el emperador estaba obligado, por las circunstancias políticas del momento, a proclamar creencia oficial de su reino la doctrina cristológica enseñada por una de estas escuelas en perjuicio de las otras dos. Hay que hacer notar que, a menudo, a la proclamación de la doctrina oficial del estado etíope, seguían severos castigos, del que no estaba excluido la pena de muerte contra los máximos exponentes de las otras escuelas.

Justino De Jacobis llegó a Etiopía en 1839 y decidió establecerse en Adwa, una ciudad famosa por su manifiesta hostilidad en las confrontaciones con los europeos de religión protestante o católica. Probablemente su elección no fue debida sólo a su «fácil comunicación» con Massaua y al deseo de conservar «los primeros gérmenes de la verdad católica», como dice el mismo De Jacobis en su Diario,4 sino que fue también una elección calculada.

En efecto, Adwa está situada a unos 15 kilómetros de distancia de Aksum, la ciudad santa para todos los cristianos de Etiopía, cuna de la civilización etíope, la ciudad donde llegó, en el siglo IV, el cristianismo; sede de la iglesia madre de todas las provincias eclesiales del país, iglesia en la que, hasta finales del XIX, todos los emperadores de Etiopía eran coronados y recibían la aprobación de la Iglesia nacional. Además, Adwa está muy cerca a Fremona, localidad en la que los Jesuitas, en el siglo XVII, habían fijado su residencia y que, después de la expulsión, se convirtió en Addi-Abun, y así, en el dominio y la residencia de los metropolitanos de Etiopía. Hay que notar además que Adwa está situada en el área geográfica en la que los bien conocidos Nueve Santos, llamados «romanos» porque habían venido a Etiopía del Imperio Romano de Oriente, habían predicado el Evangelio, reformado las costumbres, propagado prácticas ascéticas y fundado monasterios.5

Nosotros no conocemos la verdadera razón por la que Adwa fue elegida por De Jacobis como su primera residencia, pero no podemos excluir que el Santo la haya preferido, ya sea por las razones históricas brevemente resumidas, ya por razones prácticas, toda vez que era un lugar que le permitía tener fácilmente contacto con aquellos que son los verdaderos depositarios y transmisores de la cultura tradicional etíope, los monjes, que residían en numerosos monasterios de las cercanías.

Como es sabido, la Etiopía cristiana ha sido siempre muy hostil a los misioneros, y es por tanto lícito hacernos la siguiente pregunta: ¿por que razón Justino De Jacobis, un humilde sacerdote, ha tenido tanto éxito al punto de merecer el título de «fundador» de la Iglesia católica etiópica de rito alejandrino-etiópico mientras que, ya sea los misioneros predecesores, ya los contemporáneos, en cambio, han fracasado completamente? A mi parecer no es de ningún modo difícil responder a esta pregunta. En efecto, sabemos con certeza que los demás han fracasado clamorosamente – y continúan fracasando todavía hoy – porque han pretendido, y pretenden aun, hacer pasar a los cristianos de Etiopía al catolicismo:

a. No dialogando sino empeñándose en inútiles y estériles discusiones, sin darse cuenta de que la dialéctica teológica etíope no se basa en un argumento racional sino sobre continuas citaciones escriturísticas, que se oponen a aquellas citadas por el adversario, en apoyo de la propia tesis, dialéctica completamente diversa de la de occidente;

b. Sustituyendo el cristianismo de tradición oriental, que es la etíope, con el cristianismo occidental, es decir, precisamente con el cristianismo de las misiones;

c. Imponiendo el rito latino en sustitución del etíope, que es apropiado a la cultura local;

d. Prohibiendo el respeto de usos y costumbres locales para imponer las occidentales.

Justino De Jacobis, en cambio, ha logrado obtener lisonjeros resultados porque, en su sencillez, había entendido bien que:

a. No era posible llegar a la unidad de los cristianos con un debate teológico, sino instaurando un diálogo religioso franco y abierto basado, sobre todo, en el respeto del prójimo;

b. Debía respetar el cristianismo de tradición oriental, que es el etíope, así como es;

c. Se utilizaba el mismo rito etíope;

d. Se observaban usos y costumbres del país con excepción de los que eran, a su parecer, manifiestamente en contraste con la enseñanza del evangelio.

Y ahora examinemos un poco más detalladamente el arte del diálogo de Justino De Jacobis.

De Jacobis y las discusiones teológicas

Justino De Jacobis, en su primer discurso o, como dicen los etíopes, en su «manfasáwi Cewewet» (diálogo espiritual), en lengua amárica, dirigido a unos pocos eclesiásticos de la Iglesia Ortodoxa de Etiopía, y que tuvo lugar el 26 de enero de 1840, no les dijo: «estoy aquí delante de vosotros para que podamos discutir de los problemas teológicos que separan vuestra Iglesia de la de Roma», sino que dijo en cambio:

La puerta del corazón es la boca. La llave del corazón es la palabra. Cuando abro mi boca abro la puerta del corazón. Cuando os hablo doy la llave de mi corazón. Venid y ved que en mi corazón el Espíritu Santo ha plantado (…) un gran amor por los etíopes cristianos.6

Ahora, notemos cómo De Jacobis habla de su amor por los cristianos de Etiopía, el amor que el Espíritu Santo ha hecho «morar en él», como dice el texto amárico, pero evitando las acostumbradas discusiones teológicas, como si él hubiera estado al corriente del hecho que los católicos empeñados en la dialéctica teológica habían sido definidos, por los doctos etíopes del siglo XVII, de «disimuladores»,7 y que también un gran teólogo etíope de la primera mitad del siglo XV, Giyorgis di Sagla, después de las discusiones tenidas con un veneciano, había afirmado que «la malicia de las astucias (min) de los hijos de León es más abundante que los granos de arena de las orillas del río Ghion, es decir del Nilo Azul.8

Los etíopes de lengua tigrina, para decir que una persona no es sincera, dicen lebbu ayyeheben, que significa: «ellos no dan su corazón». En el momento en que De Jacobis ha dicho a los doctos etíopes: «cuando os hablo os doy la llave del corazón», ellos han entendido ciertamente que nuestro Santo quería decir que no hubiera usado aquello que ellos atribuían a los misioneros católicos, es decir, «disimulo y malicia», sino que era sincero con ellos. Por lo demás, a mi parecer, De Jacobis no tenía el carácter de una persona que, por no admitir el propio error, recurre a sofismas y malicias. En efecto sabemos que él, cuando se equivocaba, admitía públicamente el propio error y pedía perdón.9

Un dicho tigrino dice: Lebbi waddi saba ketfallet, benatka gémmer, que significa, «para conocer el corazón de la gente, comienza con el tuyo». De Jacobis conocía bien su corazón.

Pero volvamos a su primer discurso. Él, después de haber declarado, entre otras cosas, que en esta tierra no había nadie más a excepción de sólo Dios y del «querido cristiano de Abisinia» y que ahora aquellos que estaban allí para escuchar su discurso eran sus parientes y amigos, les dijo: «Soy sacerdote como vosotros; soy confesor como vosotros». Se debe notar que De Jacobis, contrariamente a sus predecesores y a algunos de sus autorizados contemporáneos, les consideraba sacerdotes, con igual dignidad a la suya, y ésto porque para él su sacerdocio era válido. Y además, De Jacobis, después de haber declarado ser un cristiano de Roma amante de los cristianos de Abisinia, cerró su primer discurso pidiéndoles que, si en los cuatro meses que él había vivido en Etiopía había hecho cualquier cosa que hubiera podido suscitar algún escándalo,10 le perdonaran, y les dijo además que les prometía ser su amigo y su servidor.11

Más tarde, en su segundo discurso, dirigido a las mismas personas que habían escuchado el primero, después de haber hablado largamente de la unidad de los cristianos, de San Pedro, de San Marcos, y después de haber subrayado que el Papa de Roma es sucesor de San Pedro y el Patriarca de Alejandría es sucesor de San Marcos, dijo: «He venido (…) para deciros que los cristianos de Roma quieren unirse a los cristianos de Abisinia, quieren amarles, quieren ser sus hermanos».12 Es de notar que De Jacobis no habla de «conversión» sino más bien de «unión», y la expresión «los cristianos de Roma quieren unirse a los cristianos de Abisinia», pronunciada por boca de un monje católico, por la boca de uno de los hijos de León, propiamente de aquel papa León, que sus oyentes habían llamado siempre regum (maldito), habrá suscitado ciertamente gran impresión en el corazón de sus oyentes.

De Jacobis y el cristianismo etiópico

De Jacobis creía firmemente en la unidad de los cristianos en la fe e invitaba a los sacerdotes etíopes a predicar, en sintonía con él, una sola fe, un solo amor y una sola Iglesia.13 Nunca he oído hablar ni he leído que De Jacobis haya definido el cristianismo etiópico con expresiones como «cristianismo sólo de nombre, o sólo de fachada, sin importancia; cristianismo de pura costumbre, sin efectos para la fe o para la vida; cristianismo que, si se le recortara la observancia material de alguna práctica, no le quedaría nada», etc. Pues bien, si De Jacobis hubiera tenido una opinión semejante del cristianismo etiópico, ¿hubiera quizás dicho, propiamente al clero de aquella Iglesia, que «los cristianos de Roma quieren unirse a los cristianos de Abisinia»? ¿Les hubiera, quizás, enviado a predicar junto a él «una sola fe, un solo amor a una sola Iglesia»? Creo que no. El suscitado juicio negativo relativo al cristianismo etiópico ha sido expresado por escrito no por el humilde sacerdote católico que es De Jacobis, sino por un alto prelado católico, el cardenal Guillermo Massaia14 que, en tiempos de nuestro Santo, desarrollaba la actividad misionera en Etiopía meridional.15

De Jacobis y el rito etiópico

En el prefacio a un pequeño librito que tiene como título «El Ordinario y las cuatro anáforas de la misa etiópica», publicado en Roma en 1969, página 5, se afirma lo que sigue:

Los varios ritos orientales, a los que pertenece también el etiópico, aún diferenciándose entre sí y del rito latino en cosas no esenciales, tienen numerosas partes en común, cosa que indica el mismo origen litúrgico: como los ritos de ofertorio, la liturgia de la palabra, con la recitación del credo en el centro; el Pater noster, el diálogo del prefacio y el sanctus, culminando con la consagración, etc. La diversidad en los elementos no esenciales está unida a la primera evangelización de todo pueblo que ha asimilado el cristianismo, según la propia cultura, como aparece claramente en la introducción del cristianismo en Etiopía, a mitad del siglo IV (etc.).

Y más adelante, en las páginas 7-8, se hace presente cuanto sigue:

La liturgia etiópica, nacida entre insuperables dificultades por las continuas y seculares guerras para la defensa de la fe, refleja la fuerte índole y el sentimiento de profunda religiosidad de su gente. Permanece inmutable desde hace siglos, ya sea en su estructura, como en su lengua, y no ha habido jamás retoques ni a pesar de la renovación litúrgica post-conciliar. Por eso, en el estudio de ésta, podemos descubrir las más genuinas tradiciones de la antigüedad cristiana de los primeros siglos.

Comparto plenamente estas palabras escritas en 1969 por abba Adhánom Se’elu, entonces vice-rector del Pontificio Colegio Etiópico.

De Jacobis, como es sabido, cuando en 1839 llegó a Adwa, comenzó a frecuentar las iglesias ortodoxas para orar, para asistir a las funciones que se celebraban, comprendida la liturgia eucarística, suscitando la curiosidad, el interés y las simpatías del clero ortodoxo. Él dio así comienzo, no a las discusiones tan queridas a los doctos etíopes,16 sino a coloquios amistosos referentes a la fe. De estos diálogos y de su frecuente asistencia a las funciones religiosas, De Jacobis comprendió inmediatamente que no se debía enseñar a los etíopes nuevos dogmas, nueva moral, nueva liturgia, sino favorecer la unión de los cristianos de Etiopía de fe ortodoxa con los cristianos de Roma de fe católica. Con este ideal en la mente, comenzó a dialogar con personas doctas que podían seguir sus razonamientos, a hablar de la fe cristiana partiendo de los Libros de la Sagrada Escritura etiópica17 que éstos conocían bien. Así, con la asistencia de sus nuevos amigos, él consiguió que se aceptara que en la oración de la liturgia etiópica18 no existía nada que no gustase al Señor. Decidió dejar libres a sus seguidores de practicar sus devociones, después de que éstos habían abrazado la fe católica; dejó libertad a los sacerdotes para celebrar la misa utilizando sus libros litúrgicos así como son, sin aportar modificaciones,19 sin pedir – cosa muy importante – que fueran ordenados de nuevo según el rito latino. El cardenal Guillermo Massaia, que no aprobaba el comportamiento de Justino De Jacobis en materia de rito, pero que no osaba criticarlo abiertamente, escribió cuanto sigue:

El pueblo de Guwala, declarándose todo él católico, junto con su clero adepto a la iglesia de San Juan, continua asistiendo a las funciones de sus sacerdotes creyéndoles válidamente ordenados. Y nosotros estábamos obligados a tolerar provisionalmente este abuso y a dejarles en su buena fe todavía más tiempo.20

Massaia había recibido la orden de conferir ordenaciones sacerdotales en rito latino a condición de que los sacerdotes permanecieran en el rito etiópico. Y cuando, en 1847, él se encontró propiamente en Guwala, a petición de Justino De Jacobis, ordenó secretamente más de diez sacerdotes en una pequeña capilla.21 Nació así el clero católico de rito etiópico el cual fue resultado del arte del diálogo de nuestro santo Justino De Jacobis.

Los misioneros, ya sean los que han desarrollado, o aquellos que todavía hoy desarrollan su actividad en Etiopía, se pueden dividir entre seguidores de Justino De Jacobis y seguidores de Massaia, y esto es: favorables al rito etiópico y contrarios. Es triste constatar que, como consecuencia de tal división, los católicos de la única iglesia católica etiópica están divididos entre seguidores de rito etiópico y seguidores de rito latino. Y ésto es muy embarazoso. Pero todavía más embarazoso es saber que algunos obispos católicos europeos de rito latino, miembros de la Conferencia Episcopal Etiópica, en febrero de 1986, no se han avergonzado de presentar a la misma Conferencia un proyecto que preveía la creación de una «liturgia adaptada al pueblo etiópico», fundiendo las dos liturgias pre-existentes, la latina y la etiópica.22 Ya que los que han propuesto la creación de este rito híbrido no conocen la lengua litúrgica etiópica, no es fácil entender cómo han juzgado un rito que no conocen.

De Jacobis y los usos y costumbres de Etiopía

Como anteriormente se ha dicho, De Jacobis, que quería evitar todo aquello que podía de cualquier modo suscitar escándalo en la Etiopía cristiana, decidió respetar los usos y costumbres del país, con excepción de aquellos que estaban en manifiesto contraste con la enseñanza evangélica. Retengo por tanto útil anotar brevemente algunos de ellos, pero sólo a título de ejemplo, para entender mejor la importancia de la decisión de Justino De Jacobis.

1. Tabúes alimenticios

Como la tradición relativa a la historia civil y religiosa de Etiopía está ligada a los contenidos históricos de la Sagrada Escritura, así también los antiguos tabúes alimenticios de la Etiopía cristiana no son diferentes de los expuestos en el Antiguo Testamento, y más precisamente en el Levítico, capítulo 11.23 Se trata de severísimas restricciones que son observadas con tanto celo por los cristianos ortodoxos etíopes y eritreos que, en líneas generales, corresponden a aquellas observadas por los hebreos. Son respetadas muy fielmente y no para no violar las leyes judías. Las razones son dos, y están estrictamente ligadas entre sí: la primera razón es que los etíopes están muy orgullosos de sus propias tradiciones y no osarían jamás violar algunos de los tabúes alimenticios transmitidos durante siglos, de generación en generación, que están profundamente enraizados en el corazón y en la mente de cada cristiano etíope y eritreo. Y si alguien, superando los propios bloqueos psicológicos – sin duda con el auxilio de la cultura occidental – consiguiera comer aquello que está prohibido por la tradición, sería gradualmente excluido de la vida comunitaria del pueblo, y esto significaría la total destrucción del individuo como miembro de la sociedad en la que vive. La segunda razón, diría la principal, se debe a la posición doctrinal tradicional de la Iglesia Ortodoxa de Etiopía. En efecto, ésta es del parecer de que nada pueda ser ni añadido ni abrogado, de aquello que ha sido establecido en la Sagrada Escritura y en los primeros tres concilios ecuménicos. Es, así pues, del parecer, que ninguna de las leyes del Pentateuco sea abrogada por el Nuevo Testamento. Ella, al afirmar ésto, declara que Jesucristo es aquel que ha dado, ya sea la Ley a Moisés, ya sea la llave a San Pedro; que ha dicho que no ha venido a abolir la Ley y los profetas sino a ponerlos en práctica,24 y que ha dado a entender que no trae otra ley que contradiga la antigua.25 Por tanto, es posible que De Jacobis haya sido informado, más bien por sus amigos y seguidores doctos etíopes, que para los etíopes de cultura tradicional no es posible ser cristiano y no observar las leyes de Dios expuestas, ya sea en el Antiguo que en el Nuevo Testamento, así como están, sin alguna revisión ni aggiornamento.26

2. La carne sacrificada por los musulmanes

La historia de Etiopía ha sido caracterizada por el constante enfrentarse de los cristianos y de los musulmanes, por las conversiones forzadas por ambas partes y por la destrucción de iglesias y mezquitas.27 Y uno de los tabúes alimenticios presentes en Etiopía se refiere, para los cristianos, a la carne sacrificada por los musulmanes, y para los musulmanes, a la carne sacrificada por los cristianos. Tal Tabú, siendo todavía hoy rígidamente observado por ambas partes, constituye un vivo testimonio de las difíciles relaciones transcurridas y que transcurren entre los seguidores de las dos religiones en esta parte de África. Las consecuencias para quienes no observan este tabú son muy graves, en cuanto se cree firmemente que comer la carne sacrificada por los musulmanes equivale para un cristiano a la aceptación del Islam y viceversa.

Ignoro lo que sucede cuando un musulmán, convertido en cristiano por haber violado este tabú, se arrepiente y vuelve a su fe originaria; para un cristiano convertido en musulmán, por haber consumido carne sacrificada por los musulmanes, en cambio, la Iglesia etiópica, no pudiéndolo re-bautizar, recurre al rito de la reconciliación haciendo efectuar sobre él lecturas, oraciones, aspersiones y unciones exactamente así como se hace para los renegados que vuelven del Islam al Cristianismo.28 La razón por la cual es absolutamente prohibido a los cristianos comer carne sacrificada por los musulmanes y a los musulmanes la sacrificada por los cristianos, la explica el mismo De Jacobis. En efecto, en su Diario, escribe:

El cristiano no daría jamás el golpe mortal, por ejemplo a una vaca, a un carnero, a cualquier otro animal de cuyas carnes quiere alimentarse, sin haber invocado primeramente el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, un Dios. En conclusión, el cristiano abisinio no mata jamás un animal sino haciendo profesión de creer en la Trinidad de las Personas divinas en Dios. Así como, por otra parte, el musulmán no mata sino diciendo ‘No hay otro Dios que Dios, y Mahoma es su profeta’, la matanza de un animal para comer la carne es, en resumen, considerado aquí como un acto de religión; como una profesión de fe, como una especie de sacrificio en el que no es lícito participar a otros, sino a los hombres de la misma creencia.29

Es de notar que, en la Etiopía cristiana, quien come la carne sacrificada ya sea de los cristianos ya de los musulmanes, es considerado persona sin fe. En efecto, los protestantes y algunos compañeros de Justino De Jacobis que comían cualquier carne sin preguntarse quién la había sacrificado, eran considerados hombres sin fe. Al respecto, el mismo De Jacobis nos ha transmitido por escrito lo que le han dicho sacerdotes y monjes etíopes de Tara-Emni, en Saraya:

(…) una nueva generación de hombres blancos, que estaban entre nosotros, apareció como si fueran ni cristianos ni musulmanes, ni siquiera paganos: gente a la que si se le pregunta de qué religión es, jamás te responde: ‘de la religión de Dios’ y, mientras tanto, comen indistintamente las carnes de los animales sacrificados, tanto por los cristianos como por los musulmanes.30

Por tanto, De Jacobis había entendido bien que una religión enseñada por uno que es considerado hombre sin alguna fe religiosa, en Etiopía no habría sido escuchada ni por los cristianos ortodoxos, ni por los musulmanes. En efecto, cuando él entendió que los habitantes de Akkala Guzáy, en la actual Eritrea sur-oriental, estaban escandalizados porque Biancheri comía la carne sacrificada ya fuera por cristianos ya por musulmanes, se entristeció mucho y se vio obligado a escribir a Roma para preguntar cómo se debía resolver este grave problema. Entonces le llegó una carta con la que venía impuesta a los misioneros la prohibición de comer la carne sacrificada por los musulmanes. Después de que Biancheri, que no estaba de acuerdo con De Jacobis, no sólo sobre la cuestión de la carne sino también sobre la actitud de tener frente al clero ortodoxo, pidió y obtuvo el permiso de separarse de nuestro Santo y de retirarse a la zona habitada por los musulmanes.31

3. De Jacobis y el ayuno

Es cosa bien conocida que los etíopes tenían una fe viva y sólidamente enraizada. Son testimonios vigorosos las muchas prácticas religiosas como, por ejemplo, los frecuentes, largos y rigurosos ayunos que son observados con tanta puntualidad; ayunos que no son en modo alguno fáciles de observar.32 Es necesario subrayar que el ayuno etiópico consiste no sólo en evitar comer todo lo que procede de los animales, como lácteos, huevos y carne, sino también en no comer nada antes de las 3 de la tarde. Además la misa, en los días de ayuno, no se celebra jamás antes de aquella hora.33

De Jacobis, como es sabido, no gozaba de buena salud. No obstante esto, para evitar despertar el escándalo,34 observó todos los ayunos, comprendidos aquellos previstos por la Iglesia de rito latino.35 Entonces, visto que era muy difícil desarrollar la actividad misionera observando todos los ayunos, tras su petición, fue autorizado por Roma para observar sólo los ayunos etiópicos.36

4. El divorcio

Precedentemente hemos afirmado que De Jacobis ha observado usos y costumbres de Etiopía, a excepción de aquellos que estaban en contraste con la enseñanza evangélica. El divorcio es, ciertamente, uno de aquellos que De Jacobis siempre ha combatido.

Entre las poblaciones de lengua amárica y tigrina de religión cristiano-ortodoxa, el divorcio existe desde tiempo inmemorial, puesto que en la Etiopía y la Eritrea cristiana se dan dos tipos de matrimonio: el civil y el religioso. El matrimonio civil se celebra durante el banquete nupcial delante de todos los invitados, con testigos y garantes, en la presencia del padre espiritual de la familia que nace. Se trata de un matrimonio que es un verdadero y propio contrato con pacto entre dos estirpes, pacto que es anulado sólo con un nuevo matrimonio. Este tipo de matrimonio es soluble.

El matrimonio religioso, que en cambio es indisoluble, es contraído regularmente en la iglesia, y la unión es consagrada con la comunión eucarística de los dos cónyuges. El vínculo matrimonial así consagrado es el más rígido que conocen Etiopía y Eritrea de religión cristiano-ortodoxa y no puede ser disuelto con la misma facilidad del otro. En efecto, esto exige de parte de los cónyuges un comportamiento más castigado. Por lo cual el matrimonio religioso es elegido por los laicos, por lo general después de que los dos cónyuges han vivido juntos durante largo tiempo, unidos por el matrimonio laico normal.

El matrimonio para De Jacobis es, obviamente, uno e indisoluble y no ha dejado jamás de sostenerlo ya sea privada o públicamente en toda circunstancia. En el gadele, es decir, en la biografía de nuestro Santo, escrita en lengua amárica, aquí muchas veces citada, leemos el siguiente episodio que suscitó gran clamor: cuando los católicos de la zona de Addigrat, en la actual Etiopía nor-oriental, fueron muy numerosos, De Jacobis, no teniendo una disposición personal suficiente para afrontar el problema de la instrucción religiosa, decidió elegir una persona célebre por su extensa cultura religiosa para confiarle la enseñanza de la religión. Conociendo que en Tara-Emni, en Saraya, había un conocido maestro, de nombre Mabraq Walda-Sellase, lo hizo llamar a Guwala, en Agama, a pocos kilómetros de Addigrat, hacia el este, donde De Jacobis había mandado construir el primer seminario de la Iglesia católica etiópica de rito etiópico, y lo contrató, pagándole un estipendio anual bien definido. Mebraq Walda-Sellase, mientras vivía en Guwala, casado en segundas nupcias con una mujer del lugar, abrazó la fe católica. En el momento en que De Jacobis descubrió que el maestro había estado ya casado con una mujer amárica, cuando vivía en Dambeya, en Begameder, le dijo que el matrimonio, según la enseñanza del Evangelio, es uno e indisoluble y que, para vivir cristianamente, era necesario que él dejase la segunda mujer. Entonces el maestro acogió el consejo de Justino de Jacobis: dejó la mujer para vivir solo, garantizando, sin embargo, el pago de los costos necesarios para el sustento de los hijos. Este hecho suscitó estupor y perplejidad en todos.37

Como es conocido, De Jacobis había conquistado el corazón de los etíopes – que lo habían proclamado ya unánimemente santo antes de la beatificación en Roma – no con su dialéctica teológica, dialéctica que él había evitado cuidadosamente, sino con su arte del diálogo, basado en el amor incondicional hacia el prójimo; con su inclinarse no de la parte de los ras o de los grandes feudales, sino de parte de los pobres, de los marginados y de los enfermos; con su profunda humildad, con su vivir en medio de los etíopes como un monje etíope. En pocas palabras, De Jacobis había conquistado el corazón de los etíopes con su conducta auténticamente cristiana.

Quisiera concluir este artículo citando algunas frases pronunciadas por algunas personas, entre las que han combatido al Santo, no por su conducta, sino por su fe católica, fe que amenazaba por sustituirse con aquella ortodoxa cual religión de estado:

1. El emperador Teodoro II, que quería unificar Etiopía bajo una sola corona y una sola fe, la ortodoxa, de Justino De Jacobis dijo: «si yo hubiera tenido conmigo al Abuna Yaqob (Obispo Jacobis) hubiera alcanzado el éxito fácilmente».38 Y, después de la expulsión de Justino De Jacobis de Gondar, la entonces capital de Etiopía, por orden del mismo Teodoro II (1855-1868), éste, mandando a Abuna Salama atado sobre una montaña para que permaneciera relegado, le dijo: «Eres tú el egipcio que me ha hecho luchar con mi amigo Abuna Yaqob».39

2. Abuna Salama III, amigo de los protestantes y gran enemigo de Justino De Jacobis, dijo: Yaqob sádeq naw hatiátun ayscéscegem, «De Jacobis es justo, no esconde sus pecados».40

3. Los ortodoxos que lo conocieron de cerca pero que no abrazaron la fe católica, hablando de Justino De Jacobis dijeron: haymánotu Kefu nat engi megbárus malkám nat : «su fe es mala, su conducta, en cambio, es buena».41

4. Áhmad Ára, jefe de los musulmanes que durante cuatro días escoltaron los restos mortales de San Justino De Jacobis, desde Aligade, entre addi-Kayeh y Massaua, hacia Hebo, en Akkala Guzay, violando la tradición islámica que prohibía llevar los restos mortales de cristianos, dio la orden, tanto a los Asawerta, sedentarios y nómadas de religión islámica, como a los viajeros cristianos ortodoxos, de llevar el féretro hasta Hebo, dijo: Yom tanasta dabra sedeq wameskáyomu lanadayán walaghefuán, «hoy ha caído el monte de la verdad, el refugio de los pobres y de los marginados».42

Cuando yo era un joven estudiante de filosofía, un día el difunto profesor Cornelio Fabbro nos dijo: «si los misioneros hubieran seguido el método de los comunistas, ahora todo el mundo sería ya católico». También yo digo que, si los misioneros que han desarrollado su actividad apostólica en Etiopía hubieran seguido el método de San Justino de Jacobis, es decir, el arte del diálogo, en este momento toda esta región sería ya católica.

  1. Los etíopes han adoptado para el propio país el nombre de Etiopía empujados por el deseo de atribuirle las numerosas referencias a Etiopía cotejables en la Biblia por razones de exaltación nacional. Es así propiamente basándose en los relatos bíblicos como los etíopes afirman, por ejemplo, que la monarquía etíope es de origen divino, en cuanto desciende de David, rey de Israel, a través de la legendaria reina de Saba y el rey Salomón , padres de Menelik I (1 Re 10, 1-13; Ez 27, 2).
  2. Este es el año en el que el Cristianismo ha perdido la propia favorable posición de «religión de estado» por causa de la revolución militar que se ha adueñado del poder.
  3. Para entender ésto es suficiente pensar en la peregrinación que los cristianos de Etiopía cumplían en Palestina y en la formación de la comunidad etíope en la cuenca del Mediterráneo, desde Jerusalén hasta Líbano, en Chipre, en Roma, que han mantenido en todos los siglos los contactos culturales con Occidente y con el Próximo Oriente.
  4. Acerca de la elección de Adwa, Justino De Jacobis, en su Diario, dice que ésta ha sido escogida «por las comunicaciones con Massaua, y por no perder los primeros gérmenes de la verdad católica sembrados por el Señor Sapeto». Justino De Jacobis, Scritti 1. Diario, Frascati 2000, p. 31. NB. De ahora en adelante será citado como Diario.
  5. Diario, pp.406-407.
  6. Diario, p. 79. Es de notar que el discurso ha sido escrito en lengua amárica, como se declara en una nota del mismo Diario. El texto italiano y el amárico substancialmente son iguales, pero hay algún matiz: por ejemplo, el texto amárico no dice «la puerta» sino «la boca», como no dice «ha plantado» sino «ha hecho morar, inhabitar». De todos modos, he preferido citar no el texto amárico sino el italiano porque pienso que éste expresa mejor lo que De Jacobis quería decir. Para el texto amárico ver: Gadla Abuna Yaqob (manuscrito inédito), p. 162.
  7. E. Rerulli, Mazgaba haymanot e Masehéta Lebuná, En Scritti teologici etiopici dei secoli XVI-XVII, II. Ciudad del Vaticano 1960; pp. 11, 77, 156 y 182.
  8. Beyené, Yaqob y Di Sagla, Giyorgis, Il Libro del Mistero (Masehâfa Mesetir), en CSCO, Scriptores Aithiopici, TT. 89-90, parte prima, Lovaina 1990, pp. 413 y 258.
  9. Tacla-Haymanot, Gadla Abuna Yaqob, texto en lengua Ge’ez. II parte, pp. 29-30. Esta obra, escrita por el discípulo predilecto de Justino De Jacobis, abba Takla-Haymanot, originario de Adwa.
  10. Acerca de los misioneros y los escándalos, De Jacobis en su Diario escribe: «Los Misioneros deben evitar creer que los abisinios pueden ser ganados como los salvajes con espectáculos frívolos. Quieren ellos mas bien observar, en quien se presenta como ministro de la Religión, gravedad, sagrada erudición, y vida ejemplar». p. 486.
  11. Diario, pp. 81-82.
  12. Diario, p. 84.
  13. Tacla-Haymanot, op. cit., p. 177.
  14. G. Massaia, I miei trentacinque anni di missione nell’alta Etiopia, I, Milán 1885, p. 60.
  15. Es decir, lejos de los centros culturales de la Etiopía cristiana; él ha sido misionero, no en la Etiopía cristiana sino en la Etiopía pagana, en la Etiopía de religión musulmana.
  16. De Jacobis conocía, diría yo, la innata capacidad dialéctica de los etíopes. En efecto, el en su Diario, escribe: «El talento abisinio, como el de todos los orientales, es naturalmente dialéctico, hasta en los más pequeños pastores de ganado». p. 558.
  17. Para un etíope un discurso racional, si no está basado en textos escriturísticos, no es un discurso teológico, sino filosófico. Por esta razón, los teólogos etíopes afirman que quien dialoga o discute de religión sin aportar testimonios de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia, no hace sino un discurso de maballat «viuda, religiosa, monja». Cf. I. Guidi, Annales Johannes I, Iyásu I et Bakaffa, en CSCO, Script. Aeth., T.V, París 1905, p. 82.
  18. De Jacobis tenía un maestro de liturgia, un dabtará, de nombre Walda-Sellase. Cf. Diario, pp. 827, 843 y 844.
  19. En 1890, en Karan (Eritrea); y en 1913, en Asmara, fueron publicados misales de rito etiópico para uso de los católicos etíopes, sin respetar la verdadera tradición de la liturgia etiópica. Puesto que estos misales habían asumido modificaciones para adaptarlos a la teología clásica occidental, provocaron una disputa pesada y contenciosa.
  20. G. Massaia, op. cit., I, p. 68; véase además Lettere e scritti minori, vol. V, Roma 1977, p.386, donde el rito etiópico es definido «informe aborto»
  21. Diario, p. 795.
  22. Habtemichael-Kidane, L’Ufficio divino della Chiesa etiopica, en Orientalia Christiana Analecta 257, Roma 1998, p. 38, nota 8.
  23. Es de notar que la posición tradicional de los cristianos ortodoxos de Etiopía corresponde perfectamente a la de los cristianos de los orígenes. De todos modos, para los usos y las costumbres etiópicas de origen bíblica, cf. E. Ullendorff, Ethiopia and the Bible, London 1968, y The Two Zions. Reminescens of Jerusalem and Ethiopia, London 1988.
  24. Cf. Mt 5, 17-18 y Lc 16, 16-17
  25. Cf. Mt 5,17.
  26. Por lo cual, la Iglesia Ortodoxa de Etiopía es del parecer que es necesario observar todas las instituciones mosaicas, a excepción de aquellas pocas que has sido abrogadas por los Apóstoles por razón de la autorización que les has sido concedida por Jesucristo en persona. Para la Iglesia Ortodoxa de Etiopía, las instituciones judías abrogadas son, por ejemplo: las fiestas de los ázimos, de las trompetas y de las espigas; la condena a muerte por lapidación, el sacerdocio levítico, etc. Véase Beyené, Yaqob y Di Sagla, Ghiorghis, Il Libro del Mistero, op. cit., TT. 97-98, Lovaina 1993, pp. 107, 65.
  27. Para la historia de la lucha entre cristianos y musulmanes, véase: Taddesse Tamrat, Church and State in Ethiopia 1270-1527, Oxford 1972; J. S. Trimingham, Islam in Ethiopia, London 1976; J. Cuoq, LÍslam en Ethiopie des origin au XVI Siecle, París 1981; P. Marrassini, Lo scettro e la croce, I.U.O., Nápoles 1993.
  28. El rito en cuestión es el que se contiene en el conocido Mashafa-Qedar «Libro de la Purificación», recuperado propiamente para este objetivo.
  29. Diario, p .483; v. también p. 371.
  30. Ibid.
  31. Takla-Haymanot, op. cit., texto amárico, pp. 159-60, 744-745.
  32. Para la Iglesia Ortodoxa de Etiopía los días de ayuno son doscientos cincuenta, de los cuales ciento ochenta son obligatorios, los otros voluntarios. Véase: The Rthiopian Orthodox Chuch, Adis Abeba 1970, pp. 63-65. De todos modos, los doscientos cincuenta días de ayuno son observados sólo por el clero y por los ancianos.
  33. Diario, pp. 560-561. NB. En el Diario, p. 44, se dice: «La Vigilia de Navidad (…) todos los abisinios comerán carne: el día siguiente, que para ellos es ayuno, si bien es Navidad, hubiera sido un gran escándalo comer carne». Esto es ciertamente un lapsus. De hecho, para los etíopes la vigilia de Navidad es de ayuno; la Navidad, en cambio, cuando cae en miércoles o bien en viernes, no es jamás de ayuno.
  34. En Etiopía, un monje que no observa los ayunos no sería considerado no sólo monje sino, menos aún, un buen cristiano.
  35. Ayunar no sólo el miércoles y el viernes, sino también el sábado.
  36. Takla-Haymanot, op. cit. texto amárico, p.159; texto Ge’ez, II parte, pp. 54-55.
  37. Takla-Haymanot, op. cit., texto amárico, pp. 443-445.
  38. Takla-Haymanot, op. cit., texto ge’ez, II parte, p. 49.
  39. Beyene, Yaqob y Fessehá, Ghiorghis, Storia d’Etiopia, I.U.O., Nápoles 1987, pp. 87 y 213.
  40. Takla – Hâymanot, op. cit., texto amárico, p. 720.
  41. Takla – Haymanot, op. cit., texto amárico, p. 161.
  42. Takla – Hâymanot, op, cit., texto Ge’ez, II parte, p. 87.

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